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Inocente hasta el matrimonio – Chantelle Shaw

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El detective privado al que había
contratado le había asegurado que
encontraría allí a la amante de su padre.
Raul Carducci se bajó de la limusina y
recorrió con la vista el muelle de aquel
pueblo pesquero de Cornish. La tienda
Nature’s Way – Comida sana y
herboristería estaba entre una heladería
y una tienda de regalos, ambas cerradas
y, a juzgar por su aspecto abandonado,
no volverían a abrir hasta principios de
verano.

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El cielo estaba plomizo y lloviznaba,
y Raul hizo una mueca y se levantó el
cuello del abrigo. Cuanto antes pudiese
volver a Italia, donde el sol de la
primavera ya calentaba las aguas
cristalinas del lago Bracciano, mejor,
pero había ido a Pennmar para seguir las
instrucciones del testamento de Pietro
Carducci, así que avanzó con paso
decidido hacia la única tienda abierta
del paseo.
Libby estaba tan absorta estudiando el
informe financiero anual de Nature’s
Way que tardó varios segundos en darse
cuenta de que habían sonado las
campanillas que colgaban sobre la
puerta. Mientras levantaba la vista del
libro se dijo que era un sonido que no
había escuchado mucho durante el
invierno. Había tenido pocos clientes
desde que los veraneantes se habían
marchado de Pennmar al terminar el
verano y, en esos momentos, la tienda
estaba al borde de la quiebra.
La apertura de una tienda de comida
sana en un pueblo perdido de Cornish
había sido otra de las disparatadas ideas
de su madre, pensó Libby con tristeza.
Se había gastado enseguida la pequeña
herencia que su abuela le había dejado
en reformar la tienda y su madre, con
aquel optimismo ciego, tan típico de
ella, había estado segura de que el
negocio tendría éxito.
–¿En qué puedo ayudarlo? –preguntó
alegremente, pero su sonrisa se borró
cuando el recién llegado se dio la vuelta
y la traspasó con su mirada oscura.
No era el típico cliente que solía
entrar en la tienda. De hecho, no tenía
nada de típico. Su pelo era brillante y
oscuro y las facciones de su rostro
parecían esculpidas, tenía los pómulos
marcados y una barbilla cuadrada, todo
ello suavizado por la sensual curva de
los labios. Su piel aceitunada brillaba
bajo la intensa luz de la tienda. Sin duda
alguna, era el hombre más guapo que
Libby había visto en toda su vida. No
podía apartar la mirada de él y se
sonrojó al ver que la miraba fijamente.
Raul recorrió con la mirada la falda
estampada en tonos morados y el jersey
verde intenso y se estremeció. Tal vez el
estilo chic bohemio estuviese de moda
en las pasarelas parisinas, pero él
prefería a las mujeres elegantes,
vestidas de alta costura. El aspecto
hippy no le atraía lo más mínimo.
Pero tuvo que admitir que era una
mujer muy guapa. Estudió su rostro
ovalado, los pómulos altos y la melena
rizada, rojiza, que le llegaba a la mitad
de la espalda. El color del pelo
contrastaba con su piel de alabastro y, a
pesar de la distancia, se dio cuenta de
que tenía la nariz y las mejillas cubiertas
de pecas doradas. Los ojos eran de un
azul verdoso, como el mar en un día de
tormenta, y tenía las pestañas claras y
muy largas. Sin saber por qué, Raul
sintió ganas de besar aquellos labios
rosados.
Frunció el ceño y bajó la mirada a las
medias color verde lima y a las botas
moradas antes de volver a mirarla a la
cara. La boca era demasiado ancha, pero
aquello solo parecía realzar su
atractivo. Con un vestido de diseñador
habría estado preciosa, reconoció Raul,
muy molesto con aquella inesperada
atracción.
Apretó la mandíbula. Había ido a ver
a la amante de su padre, no a aquella
chica, y contuvo el inadecuado deseo de
besarla.
–Estoy buscando a Elizabeth Maynard
–dijo bruscamente.
El hombre tenía la voz profunda, tan
rica y sensual como el chocolate
fundido, y su acento era muy sexy.
Italiano, adivinó Libby mientras
estudiaba su piel dorada y sus ojos
negros. No ocurría todos los días que un
hombre tan guapo entrase en la tienda.
De hecho, era la única persona que
había entrado en toda la mañana. Por
educación, debía contestarle, pero Libby
había tenido una niñez difícil y se había
acostumbrado a hablar a través de la
puerta con usureros y agentes judiciales
mientras su madre escapaba por la
ventana del baño, así que se había
acostumbrado a desconfiar de los
extraños.
De repente, se le ocurrió algo que
hizo que se le encogiese el estómago.
Aunque aquel no parecía un asistente
social, y había visto a muchos de niña,
¿y si había ido allí por Gino?
–¿Quién es usted? –inquirió.
Raul frunció el ceño. Se había pasado
casi toda la vida rodeado de sirvientes
cuya obligación era complacerlo y
satisfacer inmediatamente todos sus
deseos. No tenía ningún motivo para
explicarse frente a una dependienta, y
frunció el ceño mientras hacía un
esfuerzo por controlar su impaciencia.
–Me llamo Raul Carducci.
La chica tomó una bocanada de aire y
abrió mucho los ojos.
–¿El hijo de Pietro Carducci? –
balbució.
Raul se puso tenso, estaba indignado.
No era posible que la amante de su
padre hubiese hablado de la familia
Carducci con sus empleados. ¿Habría
ido alardeando por todo el pueblo de su
aventura con el rico aristócrata italiano?
Miró hacia una puerta cubierta con
una cortina y se preguntó si la dueña de
la tienda estaría escondida detrás de
ella.
Luego, se encogió de hombros con
impaciencia.
–Sí, Pietro Carducci era mi padre,
pero he venido a hablar con la señorita
Maynard, así que, si no le importa
anunciarle que estoy aquí –añadió, sin
poder seguir conteniendo la amargura
que lo había invadido al enterarse de las
condiciones del testamento de su
padre–. Seguro que se pone muy
contenta cuando se entere de que,
gracias al hijo ilegítimo de mi padre,
tiene el sustento asegurado para el resto
de la vida. No tendrá que luchar por
mantener este lugar para vivir.
Miró a su alrededor con desprecio, y
después continuó:
–Me temo, signorina, que va a tener
que buscarse otro trabajo.
Libby miró fijamente a Raul
Carducci, en un silencio ensordecedor.
Su madre le había comentado que Pietro
tenía un hijo, pero la relación de Liz con
su amante italiano no había sido más que
una aventura de verano, y ni si quiera se
había dado cuenta de que Pietro era el
dueño de la famosa empresa de
productos cosméticos Carducci
Cosmetics hasta que, en la sala de
espera del ginecólogo, había leído un
artículo acerca de él en una revista. Liz
se había debatido entre contarle a su
amante que estaba embarazada y no
hacerlo. Al final se había decidido a
escribirle y contárselo, pero Pietro no se
había molestado en contestarle.
No obstante, y a pesar de no haber
reconocido al niño, Libby se dio cuenta
de que sí debía de haberle hablado a su
hijo de la existencia de Gino. Las duras
palabras de Raul hicieron que se
sintiese incómoda. No parecía gustarle
la idea de tener un hermanastro. Libby
no supo qué decir y, mientras lo
pensaba, el tintineo de las campanas de
la puerta rompió el silencio.
Raul se giró y vio cómo una mujer
maniobraba para entrar en la tienda con
una sillita de bebé.
–Ya estamos otra vez en un lugar
caliente, Gino –comentó la mujer
animadamente, su voz casi inaudible
entre los gritos procedentes del
cochecito.
Levantó el plástico que protegía al
niño de la lluvia y dejó al descubierto el
rostro colorado del pequeño.
–Ya está, cariño. Ahora mismo te
saco de ahí.
Raul clavó la vista en la sillita y se
vio invadido por una emoción
indescriptible al ver al niño de piel
aceitunada y pelo rizado, moreno. La
mujer lo había llamado Gino y, aunque
todavía no debía de tener un año, su
parecido con su padre era inconfundible.
Raul había pensado pedir una prueba de
ADN para demostrar la paternidad del
niño, pero no iba a ser necesaria. Sin
duda alguna, aquel era el hijo de Pietro
Carducci.
Entonces se fijó en la mujer, que tenía
las mejillas rubicundas, el pelo basto,
castaño y parecía regordeta debajo de
aquel abrigo beige. Le pareció increíble
que Pietro, cuyo amor por la belleza
clásica había dejado tras de sí una
valiosa colección de arte, hubiese
escogido a aquella mujer tan burda
como amante. Además, a Raul le resultó
imposible imaginársela trabajando en un
local de striptease.
Apretó los labios al recordar la
reunión, ocho meses antes, con el
abogado al que su padre había
nombrado albacea de su testamento.
–Esta es la última voluntad o
testamento de Pietro Gregorio Carducci
–había leído en voz alta el signor
Orsini–: Es mi deseo que el control de
mi empresa, Carducci Cosmetics, se
reparta de manera equitativa entre mi
hijo adoptivo, Raul Carducci, y mi único
hijo de sangre, Gino Maynard.
El abogado se había dado cuenta de la
sorpresa de Raul al enterarse de que
Pietro tenía un hijo secreto

Inocente hasta el matrimonio – Chantelle Shaw

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