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Libro PDF Instant Karma – Wendy Davies

Instant Karma - Wendy Davies

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Rin no entendía el mundo. O también podía ser que fuera el mundo el que no le
entendía a él. El caso es que algo no funcionaba bien.
Existen seis mil novecientos doce idiomas. Y después hay idiomas que no se
contabilizan, que nadie quiere conocer, exiliados, sin patria ni bandera. Encerrados en
las profundidades de miradas que entienden la vida de una manera distinta.
El Asperger es uno de esos idiomas que nadie quiere conocer.
Y tras el Asperger no solo hay un idioma desconocido; tras él se esconde un
cementerio de palabras muertas, palabras que jamás llegarán a pronunciarse y que
arrastran a sus prisioneros hacia las profundidades de las tumbas en las que habitan.
Rin hablaba ese extraño idioma; su prisión estaba forjada con su propia carne y
huesos y a su alrededor había miles de palabras mutiladas que jamás llegarían a
emerger.
Aquella mañana, mientras el sol decidía que era un buen día para salir de entre las
nubes y bostezar, bañándolos a todos con su luz, Rin observaba a Emmy con
detenimiento. Ella inclinaba ligeramente la cabeza, así hacía que unos mechones de
pelo rubio le cubrieran parte de los ojos, como si ella también conociera un idioma
desconocido. Sus dedos acariciaban la guitarra y a Rin le habría gustado saber cómo
se sentía en ese momento, al ver que la chica también era capaz de hablar sin
palabras.
Lo cierto era que él sí que se sentía de una manera, solo que no sabía ponerle
nombre. Lo que sí sabía era que el 21 de julio de 1969, a las trece horas cincuenta y
seis minutos y veinte segundos, Armstrong dejaba atrás el Apolo 11 y pisaba por
primera vez la luna. Si algo había que supiera Rin era que en ese preciso instante,
exactamente cuarenta y cuatro años, ocho meses y veinticuatro días después —
equivalente a dieciséis mil trescientos cuarenta y un días—, las huellas de Armstrong
todavía permanecían intactas. Y que lo harían millones de años más, a causa de la
falta de atmósfera, viento o lluvia en la luna.
Recordó entonces una película llamada La delgada línea roja basada en una
novela con el mismo nombre donde en una escena alguien le pregunta al protagonista:
«¿No se siente solo?». A lo que él responde: «Solo cuando hay gente».
Así es como se sentía Rin todo el tiempo, como si fuera un marciano en un planeta
desconocido. Lo peor era que no sabía cómo volver a casa.
Se recordaba a sí mismo con diez años en el tren; volvían de Reading tras haber
visto a otro psicólogo más que añadir a la lista.
—Quiero quitármelo —había dicho él.
Su madre le había sonreído desde el asiento de enfrente.
—Quítatelo, Rin. Hace calor.
La madre de Rin hablaba del jersey y él de eso a lo que no sabía poner nombre
pero que gobernaba su cerebro y le colocaba la etiqueta de «especial». Esa
conversación resumía cómo se sentía Rin con el resto del mundo, como si su paso por
la vida fuera un eterno malentendido, una conversación malinterpretada o un tren
cogido por error.
Mientras contemplaba a la chica de la guitarra, pensó que quizá todo se resumía en
que él era la Luna, ella la astronauta y su música las huellas.
Pero la realidad era otra.
La realidad era que él vivía en el planeta Asperger, Emmy era una neurotípica más
y la música que surgía de su guitarra un idioma que la gente conocía y amaba.
A él y a su planeta nadie los entendería —ni amaría— nunca.
En cuanto la chica terminó la canción, Rin se puso nervioso. Había ensayado hasta
la saciedad lo que tenía que decir. «Buenos días, Emmy». «Buenos días, Emmy».
«Buenos días, Emmy».
Estaba preparado. Podía hacerlo.
«Buenos días, Emmy».
Eso era lo único que tenía que decir.
«Buenos días, Emmy». Se dirigió hacia ella mientras se retorcía los dedos de forma
compulsiva. Caminaba ligeramente encorvado, mirando al suelo, sin dejar de susurrar
su «Buenos días, Emmy».
En cuanto llegó al árbol —bajo el cual estaba sentada la chica junto a dos amigas
—, se paró en seco y se las quedó mirando. Ella alzó el rostro levemente y le dedicó
una sonrisa ensayada, de esas que dedicaba a todo aquel que se detenía a escucharla.
Fue una verdadera lástima que Rin apenas tuviera tiempo de apreciarla dado lo
concentrado que estaba en lo que tenía que decir a continuación.
—Buenos días, Emmy —dijo en un susurro.
Emmy se llevó la mano a la frente, protegiéndose del sol, y fijó la vista en él
buscando una cara conocida. Pero no vio más que a un chico que se daba la vuelta y
desaparecía calle abajo.
Nada en su rostro podía demostrarlo, pero Rin estaba contento. Muy contento.
Lo había conseguido. La valentía no siempre trata de correr hacia los miedos y
vencerlos, a veces no es más que perseverancia. Rin llevaba mucho tiempo
fracasando y repitiéndose una y otra vez que lo volvería a intentar. Nunca se daba por
vencido, cuantas más veces fallaba más veces lo intentaba.
Se detuvo en seco y alguien se chocó de lleno contra él. Ni siquiera se percató y
mucho menos tuvo tiempo de pedir disculpas; estaba demasiado absorto mirando
hacia el suelo. Una alcantarilla grisácea y desgastada, que se encontraba a dos metros
a su derecha, era lo único que existía para Rin. Se acercó para mirarla como la había
mirado tantas otras veces. A esa en particular y a muchas otras más.
No sabría decir qué era exactamente lo que le llamaba la atención. Desde que era
un niño le habían fascinado todos los objetos circulares; primero fueron los coches —
con sus preciosas ruedas, sus volantes y sus tubos de escape—, después los trenes —
que tenían muchas más ruedas y por lo tanto eran infinitamente mejores—, y no
tardaron en unírseles la lavadora, los molinos, las alcantarillas, la luna y los planetas.
Situado junto a la alcantarilla, contó hasta tres antes de pasar por encima de ella.
Sintió un extraño placer del cual emergió una de sus sonrisas escondidas, esas que
nadie veía.
Rin se encontraba frente al cine Odeon cuando vio la cafetería. Miró la hora.
Faltaban cinco minutos. Normalmente no hubiera llegado tan pronto pero, al haber
conseguido por fin hablar con Emmy, el tiempo dedicado a intentarlo se había
reducido.
Dudó un instante. Tendría que haberlo previsto, pero lo cierto era que no lo había
hecho. Se quedó quieto, contrariado, sin saber qué hacer.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó una voz a su espalda, situándose a su lado para
pulsar el botón del semáforo frente al cual Rin se había detenido.
—Quedan —volvió a consultar su reloj— dos minutos y veintiocho segundos para
las cuatro.
—Vale, te espero dentro —respondió Leon.
Mientras le veía entrar en el Costa, deseó que Leon fuera eterno, infinito. Que
siempre fuese su mejor amigo. Y se pidió a sí mismo —y a su Asperger— que nunca
lo estropearan.
A las cuatro en punto Rin cruzó la calle, sin esperar a que el semáforo se pusiera en
verde, y entró a toda prisa en la cafetería. Leon ya estaba sentado en su mesa de
siempre y había pedido por los dos.
Rin se dejó caer junto a él y, mientras cogía su bebida, anunció:
—Lo he conseguido.
—¿Me tomas el pelo?
—¿Para qué iba yo a…? —Leon le dio una ligera patada en la pierna por debajo de
la mesa al tiempo que esbozaba una sonrisa. Él dejó el vaso en su sitio antes de
mirarle—. Vale, es una de esas veces en la que dices algo que realmente no quieres
decir intentando decir lo que realmente quieres decir, ¿no?
—Exacto.
—¿Sabes que hay veintitrés alcantarillas desde el parque hasta aquí?
—Claro que lo sé. —Alzó una ceja y se inclinó hacia Rin—. ¿Qué le has dicho?
—¿A quién?
—A alguno de tus cientos de amigos.
—Pero si eres… —Otro puntapié por debajo de la mesa hizo que Rin se quedase
pensativo—. ¿Te refieres a Emmy?
—Pues ¡claro que me refiero a Emmy! —Leon puso los ojos en blanco antes de
darle un sorbo largo a su café.
—Le dije «Buenos días, Emmy».
—¿Y qué pasó?
—¿Qué pasó de qué?
—¿Qué dijo después de que la saludaras?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? —Leon dejó la taza con tanta brusquedad sobre el plato que parte
de su contenido se volcó sobre este.
Rin se dio cuenta de que ahora venía la peor parte y clavó los ojos en el platillo
manchado de su amigo cuando confesó:
—Me fui.
—¿Le dijiste «Buenos días, Emmy» y te fuiste sin más?
—Sí.
Leon rompió a reír tan fuerte que un grupo de chicas sentadas en un extremo de la
cafetería soltaron algunas risitas mientras los miraban sin disimulo. Rin le dedicó a su
amigo una mirada severa, negando con la cabeza. Le parecía extraño cómo un
sentimiento podía transformarse tantas veces, cómo algo que te hacía feliz podía
hacerte infeliz en un suspiro o tras una palabra.
—No te enfades, lo has hecho muy bien. La próxima misión será decirle «¿Qué
tal?». —La sonrisa de Leon se ensanchó—. Serás el primero en mantener una misma
conversación durante meses.
—Tenía que saludarla y eso hice —replicó. Odiaba cuando le hablaba como si
fuese tonto.
Leon captó la crispación en su tono de voz y quiso restarle importancia.
—Al menos ahora sabe que existes.
Rin pensó que existir era una palabra curiosa. Coleccionaba palabras que sabía
que nunca llegaría a entender, como si jugase a contar estrellas que jamás podría
sostener entre los dedos.
A Rin le gustaban tanto las palabras como los números, hasta que llegaba la parte
en la que descubría su significado. Era entonces cuando todo se hacía más difícil. Las
palabras, como los números, son lo que son. Inmutables, constantes. Pero cuando
entran en juego las personas, las palabras dejan de parecerse a los números; sus
caminos se bifurcan. Y ese era el punto en el que Rin se sentía totalmente
desorientado.
Le resultaba demasiado confuso y lo peor era que por más libros que leía y por más
que se esforzaba por entender el mundo que le rodeaba y las personas que habitaban
en él, estos se las ingeniaban para devolverle una solución cargada de nuevas
incógnitas que resolver; nunca una solución precisa. A Rin le habría gustado poder
resolver su día a día de la misma manera en que solucionaba un problema de
matemáticas.
Aunque lo más extraño aquel día para Rin fue que Emmy pudiera saber que existía
cuando él mismo solía dudarlo.
—Rin, vuelve. —Leon chasqueó los dedos delante de su cara, esperando a que él
volviera de su planeta.
Rin solía viajar mucho sin moverse del sitio y su amigo siempre había deseado ir
con él, conocer los caminos y parte del lugar en el que se hallaba cuando ni Leon ni
nadie más podía encontrarlo. Se conocían desde preescolar y las diferencias no
habían tardado en retarlos. Podrían haberse convertido en desconocidos o haber
acabado orbitando en sistemas paralelos, destinados a no encontrarse jamás, pero
Leon siempre se había negado a soltar la mano de Rin. Incluso cuando parecía que
Rin corría en dirección contraria.
Si algo sabía Leon es que jamás soltaría la mano de su amigo, aunque eso
significase acabar perdiendo la suya. Para él, Rin era su hermano aunque este se
empeñase en desmentirlo cada vez que se le ocurría mencionarlo. Puede que para el
resto del mundo Rin fuera un reloj a deshora, una brújula desorientada, un mapa
anticuado o un sobrio en un mundo de borrachos, pero para él simplemente era Rin y
así lo había sido desde que lo conoció. No siempre era fácil seguirle y se necesitaba
mucho coraje para aceptarlo tal y como era sin querer cambiarlo. Pero Leon había
aprendido a hacerlo. Lo hizo el día en que quiso llevar a Rin por otro camino que no
era el que él había establecido previamente; al verlo aislado, sufriendo por algo que
se escapaba de su control. Entonces comprendió que Rin siempre sería Rin y que él
nunca cortaría los hilos que ligaban la amistad que compartían.
Volvió a chasquear los dedos e incluso tuvo que tocarle levemente el hombro para
conseguir que volviera a aterrizar en aquella cafetería cada vez más atestada de gente.
De repente, Rin clavó sus ojos azules en él y por algún extraño motivo Leon
recordó las cabinas azules. Fue el gesto de desconcierto en la profundidad de su
mirada lo que le hizo pensar que, de existir el planeta de Rin, sus ojos albergarían la
más recóndita de las TARDIS, una que lo llevaría en dirección a ese lugar en el que
los problemas solo eran baobabs que se podían cortar. Un lugar en el que las palabras
solo eran eso, palabras, y donde el mundo era lo suficientemente pequeño como para
no perderse dentro de él. Ese planeta al que le habría gustado viajar pero en el que
solo había sitio para Rin.
Capítulo 2
Via
Siempre hay un poco de locura en el amor,
pero siempre hay un poco de razón en la locura.
FRIEDRICH NIETZSCHE
Dónde estaría de no estar donde estaba en ese momento?
Tal vez estaría sentada frente a la chimenea, pintándose las uñas con Imogen
mientras hablaban de cualquier banalidad; la misma Imogen a la que había encontrado
pegándose el lote con su novio durante el Half Term de Halloween.
Quizá tocando el piano en algún conservatorio, ganándose la aprobación de unos
padres que parecían autómatas programados para desaprobar todos y cada uno de sus
pasos.
O besando al chico de los libros. Apoyados en una montaña de libros, danzando en
un mar de historias que poco tenían que ver con aquella que estaba viviendo.
Sí. Sin duda, esa sería la mejor opción. Podría besar a un puñado de palabras, a un
pensamiento, a una quimera. Podría pasarse la vida besándole, oyéndole susurrar
gritos silenciosos en su oído. Casi podía sentir la calidez de su aliento en el cuello, su
voz acompasada, su risa triste que no llegaba a ser perfecta. Se lo imaginaba de mil
maneras distintas. Cada día tenía un rostro diferente y su presencia cobraba otro
matiz. Él era quien ella quería que fuera. Era todo y nada. Ruido y silencio. Palabras.
Era imaginación.
Vida.
Libertad.
Por instinto, metió la mano en el bolso y pasó las yemas de los dedos por el viejo
ejemplar de El Principito al que tanto cariño tenía. Era como un ritual para ella
llevarlo siempre consigo, su amuleto más preciado. «Caminando en línea recta no
puede uno llegar muy lejos», decía el principito en una de sus frases favoritas; y en
ese caso la animaba a seguir, a desviarse del camino que habían marcado sus padres
para ella.
Recordó entonces la frase que el chico de los libros había escrito justo debajo, una
de sus tantas anotaciones, y sintió un calor reconfortante en el pecho. «Calculando
adónde quieres ir llegarás todo lo lejos que quieras llegar».
Una sonrisa se dibujó en los labios de Via y un puñado de ceros y unos pasaron a
cámara lenta a través de sus pensamientos: «01010010 01010111». Porque el chico
de los libros era eso: números, frases escritas con una letra irregular, libros. Él
formaba parte de su historia a pesar de no conocerlo, a pesar de no saber más de lo
que podía imaginar por sus anotaciones.
El Principito había sido el primer libro que había encontrado —por pura
casualidad en una charity de la High Street de Maidenhead— con su huella marcada
en él. Le había conocido a través de aquel pequeño hombrecito que, como el
mismísimo Peter Pan, siempre permanecería eterno; un recuerdo inalterable de su
niñez. Había sido especial conocerlo a través de esa historia, de las frases que iba
dejando olvidadas en aquel libro. Ella había comprado un libro de segunda mano y,
como premio, le habían regalado pensamientos.
Via había imaginado que todo acabaría ahí, que sería como una de esas personas
interesantes que aparecen y desaparecen de tu vida con la misma rapidez con que lo
hace un secreto cuando deja de serlo. Entonces había encontrado otro libro, con la
misma secuencia de números y la misma letra irregular. Y lo que empezó como una
casualidad se convirtió en una aventura, una búsqueda incesante de libros con regalo
extra. Un dos por uno.
Desde luego, estar con él sería mucho más reconfortante que estar ahí fuera, delante
de aquella casa que había decidido ser distinta a pesar de ser casi idéntica a las
demás. Y era diferente porque de ella dependía su vida.
¿No es extraño que una casa posea semejante poder? Lo es, indudablemente, pero
así era como se sentía Via. Ella, que era luchadora por naturaleza, luchaba contra su
karma.
Una vez más.
El corazón le martilleaba con fuerza y ni siquiera el libro, que ahora apretaba con
fuerza contra su pecho, conseguía apaciguarla.
Estaba segura de que iba a suceder una catástrofe. Era así como funcionaba y la
prueba de ello estaba en el mensaje que se había colado en su bandeja de entrada,
dejándola con el corazón en un puño y una necesidad visceral de saltar y gritar hasta
sentir que podía seguir pisando suelo firme sin echar a volar al menor descuido.
Porque era algo bueno, vaya que sí. Era algo que podía cambiar su vida para siempre,
delimitar el rumbo de su propia historia.
Pero antes necesitaba prevenir las consecuencias de tan curioso golpe de buena
suerte, fueran cuales fueran. Un tornado concentrado en su habitación, una pierna rota
—aunque había altas probabilidades de que las dos—, o incluso puede que sufriese
una repentina combustión espontánea.
Su equilibrio kármico era imprevisible, ya se lo había demostrado en multitud de
ocasiones.
Via tenía muchas teorías, pero su teoría número uno era que el karma era muy
estricto con ella. Nunca fallaba. Si le ocurría algo malo, en lugar de entristecerse o
enfadarse, ella sonreía; sabía que pronto vendría lo bueno. Pero cuando la buena
suerte arremetía contra su vida, temblaba. Una de cal y otra de arena. Jamás había
habido una concesión.
Pero esta vez estaba preparada y más lo estaría al acabar con la tarea a la que se
había encomendado aquella tarde. Había salido de su casa con un pequeño trébol de
plata colgado al cuello y con una pata de conejo que pertenecía a un peluche olvidado
en un baúl en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Además de llevar ambos amuletos,
caminaba con los dedos cruzados mientras hacía caso omiso a las miradas de aquellos
con los que tropezaba. Aunque le divertía pensar que la miraban porque sabían que su
fin estaba cerca, suponía que se debía más bien a que iba vestida de amarillo de
arriba abajo. Había tenido que improvisar. Unas botas de agua amarillas, un abrigo de
plumas escondido tras un chubasquero también amarillo y un pantalón blanco que
llevaba dibujados elefantes, tréboles, budas y todo lo que se le había ocurrido que
podría dar buena suerte con un rotulador permanente del mismo amarillo llamativo
que el resto de su ropa. Puede que no fuera la mejor indumentaria dado el día
extrañamente soleado que hacía para tratarse de Maidenhead, pero necesitaba
urgentemente encontrar esa casa.
Se la había recomendado una conocida de una amiga de su madre que ciertamente
no era amiga ni conocida de su madre. Dudaba siquiera que conociera su existencia.
Era una mujer excéntrica que tenía una hija unos años menor que ella y que estaba
atravesando uno de esos momentos de rebeldía adolescente; a Via le daba muchísima
pena ver la manera en que trataba a su madre y esperaba que su karma lo tuviera en
cuenta. El caso es que se la había encontrado en la salida del Claires Court Schools,
el instituto privado al que iba, y muy amablemente, después de escucharla soltar una
de sus peroratas contra su karma y ofrecerse a llevarla a casa, le había hablado de la
tienda esotérica de una tal Diana. Era una pequeña y —según le había asegurado entre
susurros la mujer— exclusiva tienda esotérica donde aquella señora encantadora —
como había recalcado hasta la saciedad— echaba las cartas, hacía pociones de amor
o hablaba con seres del más allá según las necesidades de sus clientes. Aunque había
omitido que se tratara de una casa. O más concretamente del garaje de una casa.
Via se quedó mirando la fachada de la casa con la boca abierta. La puerta del
garaje estaba decorada con cortinas de cuentas de color violeta que apenas dejaban
entrever lo que había en el interior. Dio unos pasos, aproximándose, y comprobó que
sus ojos no la engañaban. La parte delantera de la casa estaba abarrotada de mesas y
trastos de lo más variopintos, todos colocados sin orden ni concierto. Parecía que un
tornado hubiera arrasado con todo y la decoración hubiese sido el resultado. Se
imaginó la entrada de su casa con un aspecto similar y la cara que pondría su madre al
verlo y casi tuvo un ataque de risa. Casi. Porque en ese momento las cuentas se
abrieron y salió una extraña mujer no demasiado alta con el pelo negro azabache
recogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda.
La mujer no reparó en ella. Tarareaba una canción y movía el cuerpo al ritmo de la
música que sonaba en su cabeza y, tras coger algo de una de las mesas, volvió a
desaparecer en el interior.
Via decidió seguirla. Cuanto antes entrara antes terminaría. Tenía clase de piano a
las cinco y media y sus padres iban a estar presentes aquel día. Atravesó la cortina
con paso firme hasta que este se fue atenuando en cuanto sus ojos vislumbraron
cientos de colores y formas extravagantes. El interior de aquella tienda era como la
entrada a otro mundo. Se imaginó cayendo por un precipicio y aterrizando ahí, en esa
sala que era más espaciosa y más acogedora de lo que pensaba, a pesar de estar
invadida por todo tipo de cachivaches.
Se había olvidado de la mujer al contemplar las velas y los colgantes expuestos en
la mesa de la esquina, por lo que dio un respingo al oír un ruido a sus espaldas.
—Buenas tardes —saludó con una sonrisa nerviosa. Pero al ver que la mujer seguía
colocando piedras de colores y tarareando, ignorándola completamente, decidió
insistir. Quizá tenía algún problema auditivo. Carraspeó antes de preguntar—: ¿Es
usted la señora Diana? —Se sintió un poco tonta al llamarla por su nombre de pila,
pero lo cierto es que no tenía ni idea de cuál era su apellido.
—Eso depende —contestó la mujer con indiferencia, como si contestara a una
pregunta hecha al aire.
—¿De qué depende, si se puede saber? —se atrevió a preguntar.
—No, no se puede.
Via se quedó en blanco. Quedaba claro que la estaba vacilando, pero había algo en
la mujer que la hacía sentirse tonta, a retractarse de responder como normalmente lo
haría en una situación similar.
—He venido por recomendación de Estelle. Supongo que se acordará de ella…
—Supones mal —le cortó Diana, dejándola por segunda vez con la boca abierta.
Tardó unos segundos en reaccionar a la respuesta, el tiempo en que la mujer pasó
por su lado y le plantó unas velas cerca de la nariz.
—¿Las has olido? —Era una pregunta absurda ya que estaban delante de su cara y
las velas desprendían un olor dulzón que, estaba segura, llegarían

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