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Libro Invencible 6 Saga indomable III – Kattie Black PDF

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Piensa en ti. ¿Es esto lo que quieres?
¿Deseas ser padre? Porque yo quiero ser
madre.
—Pensaba que tú…
—Sí, yo también pensaba otra cosa.
Pero ahora estoy segura de que esto es
lo que quiero, y no me arrepiento de
nada. Si tú también lo quieres, eres
bienvenido, pero si solo vas a hacerlo
por mí, entonces tengo que pedirte que
renuncies.
La expresión de Crowley se volvió
salvaje.
—¿Pero de qué estás hablando?
¿Pedirme que renuncie? ¡También es mi
hijo!
El camarero nos miró. Daniel había
alzado la voz y se había inclinado sobre
la mesa. Le puse la mano en el hombro y
le empujé hacia atrás.
—Te estoy diciendo que no es una
responsabilidad tuya.
—¿Qué clase de hombre crees que
soy? —siseó él. Estaba molesto. Muy
molesto.
—No seas antiguo. Ninguno de los
dos lo estábamos buscando. Si no
quieres ser padre, por mí no hay
problema.
—Tú lo vas a tener, vamos a estar
juntos… —Me señaló y negó con la
cabeza, acorralado—. ¿De qué forma
voy a dejar de ser padre así?
—Ya encontraremos la manera —
repuse—. Lo único importante ahora es
saber qué quieres tú.
Él seguía mirándome como si
estuviera loca. Finalmente, suspiró y se
pasó las manos por la cara.
Mientras le daba su tiempo, casi me
parecía estar viendo sus pensamientos.
Me perdí en los recuerdos durante un
rato. Crowley Hex… la forma en que
nos habíamos conocido era terrible. Él
estaba… enfermo. Yo, prisionera.
Ambos heridos. Y sin embargo,
mirándolo en perspectiva, las cosas
habían resultado liberadoras para los
dos. Me agarré a Crowley como a una
tabla de salvación para huir de La
Ratonera y la ruptura con él me ayudó a
sacar a mi hermana del país e impedir
que esos cerdos siguieran utilizándola
para amenazarme. Ahora Victoria estaba
a salvo y yo era libre por primera vez en
años.
Él era como yo, siempre lo supe.
Daniel y yo éramos iguales, de la misma
especie. Salvajes. Con poder. Pero
también vulnerables. Nuestra fuerza
nacía de nuestra fragilidad, y en eso,
Daniel me llevaba la poco deseable
ventaja de haber tenido una infancia de
mierda, realmente negra. Esas
experiencias, los horrores que había
tenido que vivir a manos de su padre,
aquel era el útero en el que se gestaban
todos sus miedos. Y mientras le miraba,
me parecía verlos como sombras negras,

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susurrando en su oído. Comencé a notar
cómo su mirada se teñía de rabia y
angustia. Tenía los dientes apretados.
—Daniel. —Le hablé con suavidad,
sujetándole las manos—. Cuéntamelo.
Tardó aún unos segundos en
reaccionar. Sus dedos apretaron los
míos y cuando volvió a mirarme, temblé
al notar el ardor del veneno que le
recorría la sangre.
—De alguien como él no puede salir
nada bueno —me dijo en un susurro
tenso, ahogado. Miró alrededor y luego
de nuevo a mí—. Soy su hijo,
Alexandra. Su maldición está en mí. Tú
lo sabes. Has visto cómo soy… cómo
puedo llegar a ser.
Negué con la cabeza.
—No, eso no es cierto.
—Sí lo es. —Sus ojos brillaban
febriles—. Hasta que tú llegaste…
hay… hay una oscuridad en mi alma que
yo no podía exorcizar. Will… —le
costaba encontrar las palabras, hablaba
en susurros—, él me ayudó pero… a
veces la siento crecer dentro de mí…
Verle así era un asco. Siempre me ha
costado mucho ver sufrir a Daniel. Él
sufre como nadie más, de un modo atroz
que nunca he visto en nadie. Su dolor es
un océano en el que se ahoga, y en ese
momento yo solo podía luchar por
mantenerle a flote.
—Lo que él hizo no te convierte en
su legado, Crowley. Tú no eres como él.
—No lo entiendes. Está en mí. Está
oculto en mí, ese monstruo, y me aterra
la idea de…
—No harás daño a nuestro hijo. —
Que pusiera palabras a los miedos que
él ni siquiera podía nombrar le hizo
palidecer—. Tú no lo harás, nunca lo
harías. Y yo no te lo permitiría. Si
deseas ser padre, serás un buen padre,
como George.
Él dudó. La vaga esperanza que yo le
daba actuó como un bálsamo, pero no
era suficiente.
—¿Cómo lo sabes? No puedes estar
segura.
—Sí, estoy segura. Eres un buen
hombre. Siempre me has respetado.
—No, no lo he hecho, y tú lo sabes.
—Siempre me has respetado, ¿vale?
No te atrevas a contradecirme en eso. —
Me mantuve firme, sus uñas se clavaban
en mis manos pero no las aparté—. Si
quieres ser padre, seremos padres y
todo irá bien, porque lo haremos juntos.
—Alexandra…
—¿Cuándo han ido mal las cosas
mientras estamos juntos? Dime una sola
vez.
—Alexandra, dame tiempo para
pensarlo.
—No creo que necesites tiempo.
¿Sabes lo que creo? —Daniel parecía
cada vez más turbado, sabía que le
estaba acorralando y tal vez agobiando,
pero no me importaba demasiado. Solo
quería acabar con esa oscuridad que le
consumía—. Creo que tienes que hacer
lo que sientas. Darle vueltas para tomar
una decisión racional no servirá. Solo
conseguirás que tus miedos se hagan más
fuertes y te parezcan obstáculos reales.
Y no lo son, Daniel. Tenemos todo lo
que hace falta para ser padres. Para ser
buenos padres.
Por un momento pensé que iba a
levantarse e irse. Tenía los puños
apretados y tiró para alejarlos de mis
manos.
—Pensaba que lo que yo quisiera
importaba algo en todo esto.
Se echó hacia atrás. Yo hacia
delante.
—Y así es. ¿Quieres formar una
familia conmigo?
—Alex… —Respiró entre dientes,
mirando alrededor, buscando una salida.
—¡Responde! No pienses, solo
responde. ¿Quieres formar una familia
conmigo, sí o no? ¿Quieres a este hijo,
sí o no?
—¡Sí, maldita sea! ¡Sí!
Se puso en pie, las manos abiertas
sobre la mesa, los dientes fuertemente
apretados. Le temblaban los brazos. El
camarero nos miraba desde el otro lado
de la barra, pero me importaba un bledo.
Me puse en pie y me acerqué a él para
abrazarle. Él me correspondió con un
gesto desesperado.
—Todo irá bien. Por favor, ten fe.
Todo va a ir bien. Nosotros no somos
como nuestros padres, Daniel.
Su abrazo se volvió más blando y
dúctil, sus manos acariciaron mi
cabello. Poco a poco volvíamos a
nuestro hogar, a esa tierra que nos
correspondía.
Cuando salíamos del bar, íbamos
tomados de la mano. Fargo era una
ciudad árida y triste, al menos a mis
ojos. Caminamos hasta el coche,
aparcado algunas manzanas más lejos,

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hablando a media voz, como flotando.
—No podrás bailar durante unos
meses —dijo él.
—No será demasiado.
—Hablaré con los chicos para
aplazar la gira.
Asentí, mirándole de reojo. Ahora
Daniel no podía tomar decisiones solo,
yo formaba parte de la junta directiva de
su empresa, Infernalia, y era accionista
principal junto con él y el resto de los
miembros de la banda.
—No pondrán problemas, salvo tal
vez Draven. Ya sabes cómo es.
Daniel rió suavemente. Parecía
cansado.
—A veces tengo la impresión de que
les conoces mejor que yo. ¿A qué te
refieres?
Apreté su mano cálidamente.
—A que necesita mucha actividad.
Le cuesta quedarse quieto y esperar. No
obstante lo entenderá. Ellos te apoyarán
en todo.
De pronto, Daniel se detuvo en seco
en medio de la calle. Me miró. Tenía el
pelo algo revuelto de tanto pasarse los
dedos por la melena y sus ojos agotaban
los restos de luz detrás de las gafas de
pasta negra. Sin embargo, su expresión
era grave y serena, teñida de una rara
solemnidad.
—Alexandra…
—¿Sí?
—Te quiero.
Hay cosas que no importa cuántas
veces se digan, nunca te acostumbras. Es
como la caricia de una madre: cada vez
que te llega, te enternece el corazón. Le
abracé y pegué mis labios a los suyos,
dejando que el aire frío del otoño
mezclara nuestros cabellos.
***
El hospital era súper pijo. La verdad
es que me alegraba que Will estuviera
allí. «Todo saldrá bien —me repetía—.
Mira este sitio, Tammy. ¿Qué puede ir
mal? Nada».
Aparqué mi Ford cutre, con cuidado
de no colarme sin querer en la zona de
los discapacitados, y me puse el abrigo
mientras recorría el camino de gravilla,
con el bolso en una mano y la bufanda
colgada del brazo de cualquier manera.
Iba deprisa, me habría gustado llegar
antes pero el maldito Markus me había
entretenido.
—¿Es que no piensas venir a ver a tu
amigo? —le había dicho al salir de la
ducha a toda prisa. Él seguía en la cama.
—Iré después. ¿Qué prisa tienes,
April?
Me había estado mirando con
descaro mientras me vestía. Sí, seguía
haciéndolo, llamándome por nombres
que no eran el mío y comportándose
como un capullo… y… bueno, y
acostándose conmigo. Soy débil, ¿vale?
Además, Markus me gustaba. Sí, me
gustaba y aunque fuera raro y un cretino,
hacía cosas que eran guays, y me trataba
de un modo dulce, en cierto modo. Tenía
detalles que me agradaban. Y sabía que
todo eso de cambiarme el nombre y
burlarse de mí no era más que un teatro,
que me chinchaba porque yo le gustaba y
quería que le prestara atención, igual
que cuando los chicos te tiran del pelo
en el colegio. O algo así.
Mientras empujaba la puerta del
centro de salud, trataba en vano de
quitármelo de la cabeza. Ahora no tenía
que pensar en Markus, ahora tenía que
pensar en Will.
Cuando llegué a la sala de espera
que me indicaron en recepción, encontré
a George sentado con un vaso de café en
la mano. Ninguno de sus hijos estaba por
allí, así que me acerqué y me acomodé a
su lado. El hombre alzó la mirada y me
sonrió. Parecía un poco cansado.
—Han terminado hace un rato —me
dijo—. Ahora está en reanimación.
—¿Qué? ¿Ya han terminado? —
Mierda, había llegado tarde—. Pensé
que la operación duraría horas.
—No, apenas media hora. —Me dio
una palmada en la mano—. No te
preocupes. Todo el mundo cree que es
una intervención larga y complicada,
pero resulta que no. Yo tampoco lo
sabía antes de todo esto.
—Lo siento. Debería haber estado
aquí. Debería haber estado con usted.
—No digas tonterías. —Sonrió de
nuevo, pero después su expresión se
volvió un poco triste—. Cuando
despierte no podremos verle en un
tiempo, lo sabes, ¿verdad?
Fruncí el ceño.
—¿Cómo dice? ¿No podremos entrar
a la habitación?
—No durante demasiado rato. Y
siempre con mascarillas. —George
suspiró—. Ya ves, ni siquiera podemos
tocarle sin guantes. Parece que tiene alto
riesgo de infección.
Toda la determinación y la esperanza
de días atrás se esfumaron. De pronto
era consciente de lo que suponía todo
aquello y me asusté un poco. George se
dio cuenta y me apretó la mano con
suavidad.
—Todo irá bien —le dije. Me lo
estaba diciendo a mí misma en realidad,
pero le miraba a él, como si tratara de
convencerle—. Antes de que nos demos
cuenta se habrá recuperado y habrá
pasado todo, ya verá, señor Graham.
El padre de Will asintió y luego pasó
un rato en silencio antes de hablar.
Todos los señores mayores que conozco
hacen lo mismo: piensan antes de hablar.
Parece muy básico pero no creáis.
Algunos nunca lo hacemos.
—Te has involucrado mucho con
todo esto, chica. Tenemos que darte las
gracias. Todos nosotros. No sé si mi
hijo lo habrá hecho apropiadamente…
—No es necesario, señor Graham.
Es mi amigo y…
—Es lo que haces por tus amigos, ya
lo sé. —Dio un trago al café. Me dio la
impresión de que esas palabras
escondían algo más, pero no fui capaz
de averiguar qué era—. Aun así. Sé que
él se siente agradecido, aunque tal vez
no sepa comunicártelo. Durante un
tiempo no fue muy amable.
Esta vez me tocó a mí sonreír con
cara de circunstancias.
—Bueno, estaba bajo mucha presión.
No era fácil para él.
Recordé sus miradas frías, los gestos
de rechazo, y se me hizo un nudo en la
garganta. Al menos había sido capaz de
capear aquello. Pero una parte de mí se
sentía pequeña y temblorosa, como un
pollito deseando romper a llorar.
—Eres muy comprensiva, pero
también puedes… ya sabes.
Desahogarte.
El señor Graham parecía leerme el
pensamiento. Le miré de reojo y
carraspeé.
—Bueno, yo para desahogarme digo
tacos.
—Tranquila, no voy a
escandalizarme.
—Oh, bien… bueno… —Me rasqué
la nariz y me coloqué las gafas,
vacilante—. Mierda —dije en voz baja.
George me miró con absoluta
decepción y luego emitió un resoplido
por la nariz. Se puso en pie y me tomó
del brazo, llevándome con delicadeza
hacia una esquina. Al volverla
encontramos la máquina del café. La
señaló amablemente y me dijo:
—Puedes hacerlo mejor, señorita.
Imagínate que es mi hijo en uno de sus
días malos.
¿Qué estaba diciendo? Le observé,
confusa.
—Pero… no puedo insultarle, se
trata de su hijo. Bueno, es una máquina
de café, pero ya me entiende.
—Es mi hijo, por eso sé que se
merece mucho más que esa grosería
infantil.
Me puse roja.
—Es que me da vergüenza decir
tacos delante de usted, señor Graham.
El hombre hizo un gesto
tranquilizador con las manos y se alejó
para regresar a los asientos, al otro lado
del recodo. Sus ojos brillantes y
burlones eran la viva imagen de la
expresión de Will. Una vez se hubo
marchado, me quedé mirando la máquina
negra con sus estúpidos botones de
capuccino, descafeinado y doble.
Entrecerré los ojos y tras un momento de
vacilación, empecé a hacer el ridículo a
media voz. Pero qué queréis que os
diga: George tenía razón, necesitaba
desahogarme.
—Eres un idiota —Dije a la máquina
de café. Miré alrededor para
cerciorarme de que estaba sola—. Y un
cretino. ¿Cómo se te ocurrió mantener
algo tan grave en secreto? Ni siquiera se
lo dijiste a tu familia. —Volví a tomar
aire y a comprobar que no venía nadie.
Luego me encaré con la máquina más
furiosamente, apuntando con el dedo a
sus botones como si fuera su pecho—.
Nos has tratado a todos como a una
mierda, ¿entiendes, gilipollas?
Empezando por tu padre, y terminando
por mí, que al fin y al cabo soy el último
mono. Porque lo soy, ¿verdad?
Suspiré. El pollito se había
convertido en un dragón rabioso. Le di
una patada a la máquina, aunque seguía
hablando en voz baja.
—Eres lo peor. No te das cuenta de
lo que haces, de cómo nos… nos haces
daño, ¿sabes? —Era un dragón gordo y
rojo, hecho de frustración. Gordo, rojo y
moñas, porque también quería llorar,
además de soltar fuego y destruir. Me
pregunté fugazmente cuántos puntos de
daño tendría el dragón si fuera un
enemigo de Dungeons and Dragons,
pero el pensamiento se desvaneció
deprisa—. Nos haces daño a todos. Nos
quieres a todos, eres así de espléndido,
¿no es cierto? Tú das, pero no se te
puede pedir nada. No aceptas la menor
exigencia, no tomas ninguna
responsabilidad en los sentimientos de
nadie, en lo que tú mismo provocas…
eres un… eres un idiota. ¡Idiota! ¡Idiota!
Estuve poniendo en su sitio al
ficticio Will hasta que una enfermera
vino y me regañó. Entonces volví junto a
George y me senté a su lado, bastante
más relajada. Él me miró con expresión
beatífica y ambos nos echamos a reír.
Una media hora más tarde, Markus
apareció en la sala de espera. Iba
peinado hacia atrás, pero los mechones
rebeldes se le soltaban y le caían
delante de la cara, como si nada en él
pudiera mantenerse en orden. Vestía una
camiseta con una leyenda de publicidad
de los caramelos Pez en color naranja
oscuro y una chaqueta de cuero marrón
con forro de lana. No se había afeitado.
Cuando le vi llegar quise pensar que él
también era un idiota, igual que la
máquina de café, pero no me salió bien.
Y cuando le vi saludar al padre de Will
del modo en que lo hizo, menos todavía.
—Buenos días, señor Graham —le
dijo con aquel acento suyo tan raro. Se
inclinó hacia él para darle la mano con
humildad—. No, no se levante, no es
necesario. Soy Markus Strand, he
trabajado con su hijo desde hace años y
somos buenos amigos.
«Buenos amigos, sí, eso es lo que tú
te crees —pensaba yo amargamente—.
Will es “buen amigo” de todo el mundo
pero a nadie le dice nada, y a todos nos
aparta cuando le viene en gana».
—Encantado de conocerte, chico. —
George llamaba a todos los amigos de
Will «chico» y a todas sus amigas
«señorita». Yo era la única de estas
últimas a las que tuteaba y eso me hacía
sentir especial.
—Hola, September.
Markus me sonrió cortésmente y se
sentó junto a mí. Le miré con toda la
furia e indignación de la que fui capaz.
Por primera vez, me llamaba por mi
nombre. ¡Así que claro que se lo sabía!
No se me escapaba el brillo burlón, mal
disimulado, en sus pupilas. ¡Maldito
fuera!
—¿Vienes a esperar noticias? —le
preguntó George.
—Sí, como todos, supongo.
Esperaba poder verle después de la
operación.
—Hace un rato le estaba contando a
la señorita McGraw que es posible que
no podamos entrar mucho rato.
—Hay mucho riesgo de infección —
proseguí yo—. Tendremos que ir con
mascarillas y guantes.
—Ya veo. —Markus se rascó la
barbilla un rato y luego soltó—:
Entonces será mejor que no lo hagamos.
Me indigné, claro.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
¿Es que no has venido a verle? Él querrá
vernos, necesita saber que estamos con
él, que…
—En realidad va a estar hecho polvo
por la anestesia. Y querrá ver a su
familia, no a un montón de amigos. —
Sus palabras fueron como un mazazo. De
todos modos, decía una parte de mí, ¿él
qué sabía? ¿Por qué decía eso, es que
nosotros no éramos nada? Pero en el
fondo sabía que tenía

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