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Jazz para el asesino del hacha Ray Celestin

Jazz para el asesino del hacha - Ray Celestin

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el asesino del hacha

una imagen de lo que toco. Como
imágenes en movimiento por delante de
mis ojos. Un pueblo, una chica conocida
tiempo atrás, un viejo que viste una vez
no recuerdas dónde.»
LOUIS ARMSTRONG
Esta novela está basada en hechos reales.
Entre 1918 y 1919 el Asesino del Hacha de Nueva
Orleans mató a seis personas.
Las cartas del Asesino del Hacha incluidas son
transcripción de las originales, no obra del autor.
PRÓLOGO
Nueva Orleans, mayo de 1919
JOHN RILEY ENTRÓ apresuradamente en la
redacción del Times-Picayune, de Nueva Orleans,
hora y media después de la que se suponía que era
su hora de entrada al trabajo. Se sentó a su mesa,
tomó aire lenta y profundamente, y alzó la vista
para pasearla por la sala. A pesar de su
aturdimiento, consiguió apreciar que sus colegas le
miraban con disimulo y se preguntó hasta qué
punto su aspecto debía parecer descuidado. Había
pasado fuera la noche, en su sitio habitual de la
avenida de los Campos Elíseos, y se llevó la mano
a la cara para asegurarse de que ya no estaba
sudando. Cuando sus dedos se toparon con una
barba de al menos dos días, se arrepintió de no
haberse mirado en un espejo antes de entrar.
Miró su mesa y sus ojos se encontraron con la
máquina de escribir. Su armazón negro, la media

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luna de las barras de los tipos, sus palancas y
teclas, todo lo que en cierto modo hacía parecer
intimidante a aquella cosa, fría y dura y de otro
mundo, y comprendió que todavía no se encontraba
en condiciones de ponerse a escribir. Necesitaba
unos cuantos cafés y un paquete de cigarrillos, y
puede que un brandy de los de mediodía, antes de
sentirse en condiciones de enfrentarse a cualquier
cosa que exigiera un cerebro a pleno rendimiento,
así que decidió liquidar lo que quedaba de la
mañana con algo que se aproximara a la idea de
trabajo. Se levantó y dio unos pasos indecisos
hasta la bandeja de entrada donde estaban las
cartas al director. Cogió todas las que pudo,
sujetándolas contra el pecho, y regresó a su
asiento.
La correspondencia era la habitual: ciudadanos
furiosos, gente con quejas, sabelotodos, y los que
utilizaban la página de cartas como una tribuna
para discutir con otro. Eligió para publicar unas
cuantas de las diatribas más largas porque
llenaban la página con más facilidad, y luego
rebuscó entre las cartas de gente que aseguraba
haber visto al Asesino del Hacha. Desde que
habían empezado los asesinatos unos meses atrás,
la redacción estaba inundada de cartas de
ciudadanos preocupados que juraban que habían
visto al Asesino del Hacha cuando iba a cometer
alguno de los asesinatos. Riley suspiró y se
preguntó por qué aquellas personas mandaban esas
cosas al periódico y no al departamento de
policía. Encendió un cigarrillo y agarró la última
carta del montón. Era un sobre de aspecto poco
corriente, de fino papel de arroz, sin datos del
remitente y la dirección del periódico escrita con
una caligrafía enmarañada y llena de borrones con
un líquido color teja que él deseaba que fuese
tinta. Dio una calada al cigarrillo y la abrió con
una uña.
Infierno, 6 de mayo de 1919
Estimado mortal:
No me han atrapado y nunca lo harán. Nunca me
han visto porque soy invisible, tanto como el éter
que rodea vuestra tierra. No soy un ser humano,
sino un espíritu y un demonio del ardiente infierno.
Soy lo que vosotros, vecinos de Nueva Orleans, y
vuestra estúpida policía llamáis el Asesino del
Hacha.
Cuando lo decida, saldré a reclamar otras
víctimas. Sólo yo sé quiénes serán. No dejaré más
pista que mi hacha ensangrentada, bañada con la
sangre y los sesos de aquellos a los que haya
mandado abajo a hacerme compañía.
Si queréis, podéis decirle a la policía que tenga
cuidado de no irritarme. Eso sí, soy un espíritu
razonable. No me molesta la forma en que han
llevado a cabo las investigaciones hasta ahora. En
realidad, los policías han sido tan absolutamente
estúpidos que no solo me han divertido a mí sino
también a Su Satánica Majestad, Francis Josef, etc.
Pero decidles que se anden con cuidado. Que no
intenten averiguar lo que soy, pues más les valdría
no haber nacido que provocar la cólera del Asesino
del Hacha. No creo que sea necesaria esa
advertencia, pues tengo la seguridad de que la
policía siempre me evitará, como han hecho hasta
ahora. Son listos y saben cómo mantenerse lejos de
todo daño.
Es indudable que vosotros, vecinos de Nueva
Orleans, me consideráis el más horrible de los
asesinos, lo que soy, pero podría ser mucho peor si
quisiera. Si lo deseara, podría hacer una visita a
vuestra ciudad todas las noches. Podría matar si me
lo propusiera a miles de vuestros ciudadanos más
insignes, pues mantengo una relación íntima con el
Ángel de la Muerte.
Bien, para ser exacto, a las 12:15 de la noche
(hora terrestre) del próximo martes voy a pasarme
por Nueva Orleans. Con mi infinita misericordia,
voy a haceros una pequeña proposición. Ésta es:
Me gusta mucho la música de jazz, y juro por
todos los demonios de las regiones infernales que
no será atacada ninguna persona en cuya casa esté
sonando a plena potencia una banda de jazz a la hora
que acabo de mencionar. Si todo el mundo tiene una
banda de jazz tocando, bien, entonces mucho mejor
para vosotros. Una cosa es segura y es que sobre
algunos de los que no oigáis jazz el martes por la
noche (si hay alguno) se abatirá el hacha.

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