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Libro PDF Juego de destinos Noemi Barroso

Juego de destinos  Noemi Barroso

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tapetes de ganchillo cubrían las sillas y la mesa de madera maciza. Apenas había un par de electrodomésticos; dígase de la nevera, el horno, los fogones y una lavadora
en el piso de arriba. A ninguna de las dos les hacía falta nada más.
Encontró a su abuela sentada, sirviendo las tazas de café recién molido. Era una mujer muy guapa y, a pesar de ser ya bastante mayor, aún rebosaba energía, a veces
incluso más que Brume. Su pelo, ligeramente rizado y tan blanco como la nieve, le confería ese aspecto tierno que toda nieta ve en su abuela, y era tan pequeña y
delgada como Brume; en resumen, era un cohete vivaracho, incapaz de estarse quieto. «Bueno, nadie podrá negar que somos familia».
Cuando la abuela Eleanor la miró y sonrió con su perfecta dentadura postiza, las arruguitas se acentuaron alrededor de sus ojos lavanda, otro rasgo que la unía a
Brume. —Deja de danzar y ven a sentarte con tu abuelita. —Frunció los labios y el ceño y miró ambas tazas por encima de sus gafas de media luna—. Que está medio
ciega ya y no sabe si ha puesto azúcar o sal. Bueno, esperemos que sea azúcar.
Brume se rio y se acercó a ella por detrás para darle un beso en la mejilla. —Buenos días, abueli.
Cogió de encima de la encimera de mármol blanco el plato con las galletas caseras y lo depositó sobre la mesa. No pudo evitar coger un par para el camino hasta la
silla; eran su perdición.
Su abuela dio un pequeño sorbo evaluativo al café. —Hum… Sí, esta vez he puesto azúcar. Oh, antes de que se me olvide, hija. Voy a ir a comprar al mercado,
¿quieres algo en especial para cenar?
—Tomates verdes fritos estaría bien, o rellenos. En realidad, no me importa; cualquier cosa estará rica, abuela.
La mujer asintió mientras se levantaba y empezó a murmurar para sí misma, haciéndose una lista mental de la compra; su mente era infalible, nunca se le olvidaba
nada. En tanto Brume se decidía si terminarse la taza de café o el zumo de naranja, su abuela llenó uno de los tupperware con las berenjenas rellenas que habían sobrado
la noche anterior para que ella se las llevase al trabajo para comer.
—Termina de desayunar, ahora vuelvo. Quiero poner la lavadora antes de irme, que luego no me acuerdo —dijo la abuela Eleanor mientras agarraba una cesta de
mimbre.
Brume se levantó de sopetón con una galleta a medio comer atrapada entre los labios. —Espera, abu. Ya lo haré yo después…
La mujer hizo un aspaviento con la mano, restándole importancia. —De eso ni hablar, todavía no chocheo tanto como para no poder hacer ni esto. Anda, anda,
come tranquila, todavía tienes tiempo de sobra —soltó señalando con la barbilla el reloj-pimiento que había colgado en la pared.
Después de desayunar y de lavarse concienzudamente los dientes, fue a buscar a su abuela; si quería llegar a tiempo para despedirse de Dave antes de que saliera a
faenar con el barco tenía que irse ya. La buscó por toda la casa y la encontró en el cuarto de la plancha, guardando una manta en el armario.
Se acercó y le dio un beso. —Me voy ya, abuela. Hoy viene la señora Olms con nuevo material y quiero hacer hueco.
—¿No vas muy ligera? Aunque sea mayo, hoy refresca —murmuró la mujer con aire preocupado mientras le agarraba la chaquetilla y se la intentaba cerrar más—.
Ah, y cógete el paraguas, que va a llover. Y si diluvia, será mejor que vengas directamente a casa; por un día que no vayas a jugar al bridge a la taberna no pasará nada.
Y…
—Abuela, abuela, tranquila. Está todo controlado, ¿de acuerdo? No te preocupes tanto. No va a pasar nada. Iré a trabajar, lloverá, luego saldrá el sol y vendré
puntual para cenar contigo. Como siempre —dijo de carrerilla mientras se reía.
La mujer suspiró. —Está bien. Pero no te entretengas demasiado por el camino, mi pequeña bailarina. —Era tan gracioso que la llamara así por su forma de
caminar…
Sin más, bajó las escaleras, cogió su paraguas rojo y salió de casa, cerrando con fuerza y haciendo chirriar las viejas bisagras de la puerta. El ruido pesado del molino
de agua que empujaba lentamente el arroyo la hizo sonreír. Inconscientemente, dio un último vistazo a aquella enorme casa, imaginándose por un momento cómo sería
tener a un montón de revoltosos niños correteando, chillando y jugando; llenando el vacío y el silencio con sus estridentes y reconfortantes risas mientras la llamaban.
«Soñar es gratis, ¿no?». No pudo evitar suspirar con cierto anhelo. Recorrió el trecho de tierra cubierto por campo salvaje hasta la verja que delimitaba con la propiedad
y se adentró en el camino de tierra como hacía cada mañana.
Aspiró profundamente el aroma y se empapó de la belleza silvestre y verde que la rodeaba. Técnicamente, todos aquellos terrenos, aquellas parcelas de tierra,
pertenecían a su familia, pero ella y su abuela habían decidido arrendarlos a otras familias del pueblo. De ese modo, ellas podían vivir tranquilamente sin preocuparse de
nada y aquellas personas tenían un pedazo de tierra con el que ganarse el pan y poder vivir con tranquilidad.
Sus padres jamás se habían opuesto a la idea. De hecho, la veían muy rentable mientras ellos vivían en la ciudad atendiendo los negocios de su padre. Nunca había
vivido con ellos, pero jamás se lo había reprochado a ninguno de los dos; prefería mil veces vivir en su pequeño y tranquilo pueblo con la abuela Eleanor, y ellos eran
más felices en su gran metrópolis. Además, de todos modos, no tenía tiempo para echarles de menos. La llamaban todos los días, o como mucho cada dos días, y su
padre siempre estaba muy pendiente de ella y de la abuela, asegurándose de que no les faltara de nada.
Se apoyó el paraguas en el hombro y saltó un pequeño charco embarrado. Un silbido familiar le hizo girar la cabeza hacia la pequeña verja que había a su derecha. El
señor Pierce, uno de sus arrendatarios, la estaba saludando y haciéndole gestos con la mano para que se acercara. Brume reprimió las ganas de reírse; Phil era un hombre
de costumbres fijas.
Se acercó hasta la valla de madera y se apoyó en ella con los codos. —Buenos días, Phil.
—¿Cómo va todo, Brume? No he visto pasar a tu abuela, ¿todavía no ha bajado al pueblo? —le preguntó mientras le daba una enorme manzana roja de las que
crecían en el patio trasero de su casa; era el ritual de cada día.
Ella le dio un mordisco generoso a la fruta. Puso los ojos en blanco mientras disfrutaba del sabor dulzón. —Mhhh… Extraordinaria. Y respecto a mi abuela, aún está
en casa, pero no creo que tarde en pasar. Ayer me dijo que quería hablar con Cudy sobre la Fiesta del Salmón de la semana que viene.
La abuela y Cudy, la señora Pierce, se encargaban de organizar toda celebración que hubiera en Whetfilangder; siempre había sido así y nadie tenía el suficiente valor
como para interponerse en el camino de esas dos mujeres.
Phil frunció el ceño y se rascó el mentón. —Ya decía yo que mi mujer estaba un poco… irascible estos días. No me acordaba de la fiesta. Bueno, solo espero que
este año no me obligue a vestirme de color salmón para ir a juego con ella. Un año más y no podré presentarme en la taberna sin que los chicos se rían de mí o me
cuelguen lacitos.
A Brume le entró un ataque de risa, y pudo taparse la boca justo a tiempo para no llenar a Phil de miles de trocitos de manzana triturada. —Que tengas suerte,
aunque no creo que te libres. Bueno, me tengo que ir. Nos vemos luego en Lou’s, ¿de acuerdo?
—Allí estaré. Y no te creas que hoy me vas a dar otra paliza a las cartas. Ayer solo tuve mala suerte.
Ella sonrió y le dijo adiós con la mano mientras volvía de nuevo al camino de tierra. Siguió andando, tropezándose con otros vecinos y arrendados que iban o venían
del pueblo o simplemente estaban trabajando en el campo; los señores Cowald, a cuyo perro le encantaba perseguirla durante un buen rato, mordiéndole los bajos de la
falda hasta que ella cedía y le acariciaba un poco detrás de las orejas; los señores Embly, que tenían un hijo de diez años que parecía estar medio encaprichado con
Brume y con el que a ella se le caía la baba, o los señores Wyatt, que tenían muchos problemas económicos y se sentían en deuda con ella porque era la que intercedía
con su padre para que no les cobrara apenas nada por el alquiler. De hecho, tenía bastantes discusiones por este motivo con su padre, que, como buen hombre de
negocios, no veía el lado positivo de permitir vivir gratis a alguien en sus tierras.
Ya eran las ocho de la mañana cuando llegó al pequeño puerto, al este de Whetfilangder, en el que algunos hombres recogían amarres y otros preparaban sus barcos
para salir a mar abierto. Brume había convertido ése en el momento cumbre del día. Buscó con la mirada un barco en concreto, “La Dama Azul”, del que él era parte de
la tripulación. El corazón le dio un vuelco al verle. «Mi pescador. Mi Dave». Reprimió un suspiro algo acalorado y se acercó para saludarle.
Y allí estaba él, Dave Ryans; el hombre que había robado su corazón hacía tantos años, antes incluso de que Brume supiera lo que eso significaba. Estaba de
espaldas a ella, recogiendo algo del suelo, algo a lo que Brume ni siquiera prestó atención. Suficiente tenía con intentar mantener las manos quietas a ambos lados de su
cuerpo para no ceder a la tentación de acariciar aquella piel bronceada. Daban ganas de darle un buen mordisco.
«Tal vez, algo más que un buen mordisco… Solo falta que me haga un poco de caso».
Y ése era su principal problema con él. Se conocían desde siempre, pero ella solo tenía veinte años y él rondaba los treinta y tres. Por lo que Dave todavía no se
había quitado esa imagen de ella; la de una niña inquieta y risueña correteando y bailando a su alrededor.
Aspiró aire, se estiró el vestido con las manos y elevó un brazo para sacudirlo con energía. —¡Hola, Dave!
En cuanto él se giró y la vio, esbozó la sonrisa más bonita y amplia que Brume había visto nunca. Su corazón dejó de latir para luego acelerarse como el trote de un
potrillo salvaje, y sintió cómo su frente se llenaba de ligeras gotitas de sudor. Estaba tan malditamente guapo…, con su pelo castaño recogido en un moño despeluchado,
con algunos mechones cayendo sobre sus pómulos salpicados por una creciente barba rubia, y sus ojos pardos, tan rasgados debido a la sonrisa que apenas se veían.
Dave se sacudió las manos, limpiándolas en su pantalón, y se remangó la camiseta hasta esos bíceps tan bien trabajados. —¡Hey, Brume! Buenos días. Hoy has
venido más tarde, ya creí que no llegarías para despedirme. Ya sabes que me das suerte.
Ella elevó una comisura y, con dos dedos, se pasó coquetamente un mechón oscuro y rojizo detrás de la oreja. —Sí, bueno… Me he entretenido con Josh, el hijo de
los Embly. Me ha hecho prometer que le guardaría un baile en la Fiesta del Salmón.
—Chico listo —dijo él riéndose.
—¡Eh, Dave! ¡Date prisa y sube a bordo esas redes! ¡Se está haciendo tarde y no tengo todo el maldito día! —gritó Sam, el patrón de La Dama Azul, mientras
agitaba los brazos. Padecía de ceño fruncido crónico.
Brume lo fulminó con la mirada.
Dave asintió y luego volvió a mirarla. Parecía algo incómodo. Siempre había sido así; no se le daba bien relacionarse con mujeres. De hecho, Brume nunca lo había
visto con una, que ella supiera siempre había estado soltero. —Parece que va a haber una buena tormenta. Será mejor que te abrigues y no olvides llevar tu paraguas
detrás.
Suspiró y se obligó a sonreír. «Déjate de milongas. ¿Por qué no me dices lo que quiero oír? En fin…».
—El patrón dice que volveremos pronto a puerto —dijo mientras se agachaba para recoger una de las redes.
—¿Pescarás algo grande para mí?
Él volvió a sonreír mientras se pasaba el antebrazo por la frente. —Claro, cómo no, cielo.
La sangre le subió de sopetón, inflamándole las mejillas, y el aire se le atragantó en la garganta. «¡Ay! Cupido me acaba de acribillar». Ya podía imaginarse a sí
misma siendo atravesada por una legión de flechas y cayendo al suelo a cámara lenta mientras sacaba espuma por la boca. Sí, se conformaba con muy poco.
Cuando llegaba a ese punto de muerte cerebral, básicamente le dejaba hablar y recoger las cosas mientras ella disfrutaba de su mejor hobby; mirarle. Le encantaba
observarle, empaparse de cada movimiento que él hacía, era la masculinidad encarnada. Y ese trasero… Se le hacía la boca agua. No soportaba la idea de que pudiera
fijarse en otra mujer; rezaba por que él fuera capaz de esperarla unos diez años más, de tal modo que no pudiera evitar verla como una mujer hecha y derecha.
Antes de que zarparan, Brume se acercó al borde del barco y le pasó una de las gruesas cuerdas que estaba enrollando. —Oye, Dave, ten cuidado, ¿vale? No me
gusta que salgáis con tormenta. Es muy peligroso.
Él negó, dándole un par de golpecitos al hombro. —Tranquila, ya te lo he dicho, volveremos pronto. No te preocupes, Brume, para cuando salgas de trabajar estaré
esperándote en Lou’s.
Ella asintió, aún con un nudo en el estómago, y le despidió con la mano mientras veía alejarse a La Dama Azul. «Dave, Dave, Dave… Lo que podría hacer contigo si
me dejaras». Sola de nuevo, empezó el camino hacia su pequeña tienda de antigüedades.
«¿Qué me traerá hoy Libia?», pensó con ilusión mientras cruzaba la calle. En realidad, era una de las dos avenidas que tenía Whetfilangder, las cuales se cruzaban
entre sí. El resto del pueblo estaba comunicado por pequeñas callejuelas que se ramificaban a partir de las dos principales. Y aunque no pudiera considerarse ni por
asomo un pueblo grande, no le faltaba de nada; tenía un par de tabernas, aunque la preferida por la mayoría era la de Lou’s; un mercado central donde se podía comprar
todo lo que necesitases; algunas tiendas de ropa; una tienda de ultramarinos; un hostal de tres plantas ni más ni menos, con un aparcamiento para caravanas que estaban
de paso, y un cine en el que ponían los mejores clásicos.
Después de tener que detenerse cada pocos metros para saludar a todos los que se paraban para charlar con ella, es decir, medio pueblo, por fin pudo llegar a su
tienda. Antiguamente había sido una tienda de regalos y chucherías para niños, y Brume había querido conservar esa fachada tan encantadora, con el típico cartel
ovalado colgante en el que ahora ponía “Fisher Antiques”, los grandes escaparates de cristal y el interior de madera de color avellana.
Sacó las llaves del bolsillo de su chaquetilla y entró, girando el cartel de “cerrado” a “abierto”. Olía a madera y a velas perfumadas. Mirara donde mirase estaba lleno
de pequeños tesoros y auténticos artículos de coleccionista; desde maniquís con preciosos vestidos de los años veinte, tocados de plumas y perlas, cofres engastados
con joyas y pedrería, elegantes sombrillas de seda del siglo XIX, fotos antiguas de gente anónima, muebles, juguetes antiguos, hasta mosquetes usados en duelos.
Se aseguró de que todo estaba como debía en la caja y de que tenía suficiente cambio, y empezó con su rutina diaria de limpieza e inventario. Era increíble el polvo
que se llegaba a acumular en un solo día. Se aseguró de guardar en el almacén los artículos que llevaban más tiempo y no se habían vendido para hacer sitio a la nueva
mercancía. «Me parte el alma por la mitad tener que esconder estas maravillas por el momento».
A mitad mañana, y cuando estaba totalmente enfrascada limpiando una tetera de porcelana china, el sonido de la campanilla de la puerta la sobresaltó. En cuanto se
asomó para ver quién era, el característico sombrero de la señora Janice Tirson apareció por el linde de la puerta.
Brume dejó la tetera en el estante y se acercó al mostrador, ensanchando la sonrisa. —Buenos días, señora Tirson. ¿Qué puedo hacer por usted hoy?
La mujer, una señora de mediana edad con la sobria melena ya totalmente plateada, escudriñó su alrededor mientras apoyaba el bolso en la repisa de madera. —
Buenos días, jovencita. Estaba buscando algo para mi aniversario de bodas. Cumplimos veinte años de casados y querría algo especial, pequeño.
—¿Una petaca? —bromeó Brume.
La señora Tirson sonrió, separando aquellos labios pintados de rojo. —No, ya tiene bastante con ir a la taberna, mejor no. —Ambas soltaron una carcajada—. Había
pensado en un reloj de bolsillo.
—Vaya, estamos de suerte. Precisamente, la semana pasada me trajeron una remesa de relojes preciosos —dijo mientras se agachaba y sacaba una caja de madera
negra con los relojes expuestos.
En cuanto la señora Tirson puso los ojos en aquellos relojes, sus pupilas se dilataron. Su mano viajó lentamente hasta acariciarlos con delicadeza. —Oh, querida,
son una preciosidad. Una delicia para la vista, ya lo creo. —Centró toda su atención en uno en particular, uno que tenía intrincadas filigranas grabadas—. Éste seguro
que le gustaría a mi Thomas. ¿Qué… qué precio tiene?
Brume estiró las comisuras y fingió mirar el precio en una lista. Estaba claro que a la señora Tirson le hacía ilusión llevárselo y que temía no tener suficiente dinero.
Así que dijo una pequeña mentirijilla; cubriría más tarde lo que la mujer no pudiera pagar.
—Solo veinte dólares.
Ella abrió los ojos como platos y volvió a mirar la pieza. —¿Estás segura, querida? —Brume asintió con una cabezada—. ¡Es una ganga! Tiene que tener algún
defecto, ¿no? —Ella misma se contestó al examinarlo y ver que estaba en perfectas condiciones—. No se hable más, ¡me lo quedo! ¿Sabes qué, cariño? Enséñame
también un alfiler para corbata, a ver si con un poco de suerte encuentro otra ganga —dijo con una sonrisa risueña.
A lo largo de toda la mañana, varias personas entraron para curiosear, saludarla o comprar algo, incluso algún que otro turista que estaba de paso. También apareció
el señor Aubert, que, básicamente, se dedicaba a chincharla y a retarla para su habitual partida de dardos de la tarde. Brume se lo pasaba en grande con él porque era de
lo más divertido, y tenía un sentido del humor un poco verde con el que llevaba de cabeza a todas las mujeres conservadoras de Whetfilangder.
Hasta que por fin escuchó chisporrotear la vieja camioneta pick up de Libia Olms. Saltó del taburete en el que estaba sentada y dejó sobre el mostrador una antigua
edición de “De la Tierra a la Luna”, de Julio Verne, que estaba leyendo. Salió corriendo, dejando la puerta abierta de par en par para poder meter todo lo que Libia le
había traído. Como a Brume no le gustaban nada los coches, y ni siquiera sabía conducir, le pedía a Libia que cada vez que fuera a la ciudad le hiciera el gran favor de
llevarle cualquier cosa interesante que encontrara. «Le estaré eternamente agradecida».
En el instante en el que vio la camioneta roja con el amplio maletero a rebosar, el mundo se iluminó para ella, a pesar de que el cielo seguía más oscuro que la
madriguera de un conejo. Era como tener delante el cofre del tesoro y que estuviera esperando a ser abierto.
Libia bajó de la camioneta y cerró con un portazo la puerta, dándole un manotazo después para asegurarse de que se quedaba bien cerrada. —Hola, Brume… Brum,
brum —se burló, imitando el ruido de un motor.
Enarcó una ceja e hizo una mueca divertida. —Vaya, me has dejado “Libia”. —Ambas se rieron con sonoras carcajadas mientras se daban un fuerte abrazo—. ¿Crees
que algún día perderán la gracia estas bromas?
—Bah, seguro que no. De lo que estoy segura es de que hoy vas a quedar muy satisfecha con lo que traigo para ti. Ha sido un arduo trabajo de búsqueda, pero
seguro que me lo agradeces con creces —dijo mientras se atusaba su larga melena pelirroja—. Ven, vamos a meterlo todo antes de que empiece a llover.
Más pronto lo dijo… Ambas rodaron los ojos hasta el encapotado cielo y luego se miraron mientras entrecerraban los párpados por las finas gotas que caían. Sin
perder un segundo, se pusieron manos a la obra, entrando y poniendo a resguardo el valioso material.
Brume elevó una comisura. —Eres una gafe.
Ella rebufó con sorna mientras la ayudaba con un precioso butacón orejero de seda rosada. —Debo de serlo para tener cuarenta y seguir soltera.
Poco a poco pudieron descargar por completo la pick up. Y, ciertamente, Brume se había quedado con la boca abierta. Había de todo; una máquina de coser de
principios de siglo; una gramola de los años cincuenta; un antiguo crucifijo de madera maciza cubierto con pan de oro; un juego de tazas de té de porcelana blanca con
ribetes dorados…
Mientras ella estaba haciendo hueco en una esquina para el sillón, Libia se acercó al mostrador con otro paquete y lo dejó allí encima. La miró de reojo con los labios
fruncidos y las cejas elevadas.
—Y esto… me lo ha regalado el dueño de la tienda porque no sabía qué hacer con ello. Es un poco tosco y…, para qué engañarnos, no es muy bonito. No sé si te
servirá para algo.
Brume esbozó una sonrisa interesada y empezó a desenvolver el pesado paquete. Se notaba que al dueño no le gustaba nada, porque, ¡madre mía!, estaba envuelto
en decenas de capas de papel. «A ver si con lo grande que parece se queda del tamaño de un meñique…». Cuando al fin logró desenvolverlo, tragó saliva y su sonrisa
desapareció. Era una estatuilla de piedra de unos treinta centímetros y con la forma típica de una gárgola gótica sentada en un borde, igual que las que adornaban las
catedrales. Libia tenía razón; no era bonita. Sin embargo, tenía algo especial, algo que no le permitía apartar la vista o las manos de la pieza. Apenas podían distinguirse
los rasgos y los detalles, pero, aun así…, era como un misterio que la llamaba a resolverlo.
—Bueno…, si ya no necesitas mi ayuda, me tengo que ir —dijo Libia a su lado, aunque Brume apenas la escuchó; se había quedado en Babia observando aquella
figura. Le dio un beso en la mejilla—. Que vaya bien el resto del día. Y hazme la lista con todo lo que te haga falta para la semana que viene. Veré lo que puedo hacer,
¿de acuerdo?
Brume se forzó a apartar la mirada y suspiró, un tanto contrariada. —Gracias, Libia. Lo haré.
*****
Jugueteó con el tenedor, dando vueltas a los restos de las berenjenas rellenas que quedaban en el tupper. Miró de reojo la oscura y enigmática estatuilla. Dio un
sorbo al agua, recogió todo y lo guardó en una bolsa de plástico para llevárselo luego. Volvió a mirarla. No sabía por qué, pero tenía la vaga idea de que cuando volviera a
mirarla se habría movido de su sitio.
«¡¿Será posible?! ¿Por qué me atrae tanto una cosa tan fea?».
Resopló con cierta ira creciente y bamboleó la cabeza. —No seas tonta. Lo que pasa es que es una figura un tanto inquietante y te parece curiosa. Punto.
Ni siquiera antes, cuando había estado haciendo inventario de todos los nuevos artículos, había podido apartar la vista de esa escultura. Y ahora…, se encontró
caminando hacía el estante con paso indeciso y algo receloso. Se detuvo delante de la pequeña gárgola y estrechó la mirada en ella, observándola desde todos los ángulos.
En verdad, no era tan horrible, simplemente era… extraña, única. Alargó la mano y acarició con el índice una de las alas; el frío de la piedra le dio un escalofrío. Tenía una
expresión salvaje, amenazante, y sus garras parecían curvarse y adentrarse en la base.
—¿Escondes algo ahí abajo? —murmuró distraídamente mientras cogía la pesada figura, dispuesta a darle la vuelta.
Entonces, escuchó un susurro tras ella. «¿Un cliente? ¿A la hora de comer?». Se asomó por un lateral de la estantería e inspeccionó la tienda, pero allí no había nadie.
Desvió los ojos hasta la campanilla que había sobre la entrada y que no había sonado.
Puso los ojos en blanco y alzó un hombro. «Son solo imaginaciones mías».
Volvió a centrar su atención en la gárgola que tenía entre las manos y empezó a girarla lentamente y con muchísimo cuidado mientras también ella ladeaba la cabeza.
Casi podía ver ya la base…
—Brume…
De repente, el sonido ensordecedor de un trueno hizo vibrar los cristales y el suelo de la tienda, y el haz de luz iluminó el interior por un instante. Brume soltó un
grito por el tremendo susto y la figura se le escurrió de entre los dedos.
—¡No, no, no…!
Estiró las manos, rozándola con las yemas, pero era demasiado pesada. Vio a cámara lenta cómo se estrellaba ruidosamente contra el suelo, rompiéndose en
centenares de trozos e incluso astillando la madera del parqué. Una nube de polvo de piedra se formó a sus pies. Brume se quedó estática, con los hombros elevados y
rígidos. Se llevó las manos a la boca y ahogó una aspiración y un taco. «¡Ay, Dios mío! ¡La he roto!».
Algo captó su atención. Algo que brillaba bajo toda aquella niebla de polvo gris. Y su corazón empezó a chocar con fuerza contra sus costillas. Era importante, lo
sabía; sentía como si hubiera descubierto un hallazgo sumamente valioso. «Tranquila, Brume, no te pongas nerviosa».
Lentamente, se acuclilló al lado de aquel destrozo que le encogía el alma y aventó con una mano los restos que había en el aire. Quitó algún que otro trozo de piedra
y por fin lo vio con claridad; había un pequeño rollo de pergamino y una especie de medallón. Estiró la mano y recogió aquel colgante tan extraño, una tira de cuero
oscuro se descolgó entre sus dedos temblorosos; era un precioso cristal de color turquesa engastado por unas delgadas líneas de un extraño metal blanco y reluciente a
un aro del mismo material. La belleza de aquella exótica joya era abrumadora, absorbente. No se parecía a nada que hubiera visto antes.
Después de observar el colgante y jugar con las luces que se reflectaban sobre el cristal, recogió aquel rollo del suelo, examinándolo también. Desde luego, parecía
una especie de pergamino, pero el material no coincidía ni tampoco el color, que en vez de ser blanquecino o amarillento era de un tono oscuro, casi negro. Lo toqueteó
con cuidado y se aseguró de que, a pesar de lo antiguo que parecía, era muy resistente y no se quebraría si lo desenrollaba. Cuando lo desplegó, vio una serie de
símbolos extraños, y la sensación de que lo que tenía entre las manos era importante se acentuó hasta el punto de contraerle el estómago. Obviamente, no era capaz de
identificar en qué idioma estaba escrito. De lo que sí estaba segura era de que no parecían jeroglíficos ni ninguna lengua clásica. «Madre mía, ya puedo imaginar mi
nombre escrito en los libros de historia. “Brume Marine Fisher, descubridora de…” lo que sea que sea esto».
Se miró las manos, primero el colgante y luego aquel “papel”, y tragó saliva, intentando contener los nervios y la exaltación. ¿Y si al estar fuera de la estatuilla y
quedar expuestos así, sin una atmósfera protectora, se estropeaban?
—Tengo que llevarlo al museo para que lo identifiquen ahora mismo. No puedo perder más tiempo.
Se puso en pie, corrió hasta detrás del mostrador y colocó con cuidado los dos objetos dentro de una caja de regalo. Sin más, cogió su paraguas y salió escopetada de
la tienda hacia la próxima parada de autobús.
*****
De vuelta al presente…
El sabor metálico de su propia sangre le inundaba la boca, junto con el barro que se colaba entre sus labios entreabiertos. «¿Qué… qué ha pasado?». La cabeza le
daba vueltas. Su mente estaba confusa y un pitido sordo taponaba sus oídos. Intentó recordar y una sucesión rápida de flashes la asaltó, saturándole el cerebro; la curva
cerrada, el autobús patinando sobre la carretera y despeñándose por una ladera, gritos de pánico, gente volando dentro del vehículo, estampándose contra los cristales y
saliendo disparada al exterior…
El caos.
Intentó moverse, pero un dolor agudo la atravesó, extendiéndose a cada miembro de su cuerpo. Estaba tendida en el suelo, sobre barro mojado, y la lluvia caía sobre
ella, empapándola y calándole hasta los huesos. «Muévete, Brume. No te quedes quieta, no te rindas. Abre los ojos». Cuando separó con dificultad los párpados, solo
podía ver una maraña de puntos negros y blancos, hasta que parpadeó un par de veces y la imagen se volvió más nítida. Los labios le temblaron y los ojos se le llenaron
de lágrimas al ver a dos personas tendidas un poco más allá.
Cerró por un segundo los ojos y sorbió fuertemente por la nariz. «No puede estar pasando esto… No es cierto. Es un sueño». Pero no podía negar la realidad. Tenía
los pies fríos, por lo que sabía que había perdido las sandalias, y sentía cómo escocían los cortes y heridas que tenía repartidos por todo su cuerpo, la sangre caliente
derramándose y mezclándose con las gotas de lluvia. Cuando los nervios se lo permitieron, abrió de nuevo los ojos.
Delante de ella, a solo unos metros, la cajita floreada estaba abierta, medio destrozada, y el colgante y el pergamino yacían sobre el barro. Con toda la fuerza de
voluntad que le quedaba, Brume estiró un brazo para intentar alcanzarlos mientras que con el otro se arrastraba, clavando las uñas en la tierra húmeda y empujándose.
Apretó la mandíbula y obvió el dolor; tenía una pierna rota. «Un poco más… Ya casi estoy…». Como un eco lejano, iban llegando a ella las voces de los supervivientes,
gente llamando para ayudar y otros suplicando esa misma ayuda.
Con un grito, dio el último empujón con la cadera y por fin alcanzó los objetos. Se apoyó con los codos, que se hundieron en la tierra, y con manos temblorosas
cogió el colgante y desplegó el pergamino cubierto de barro para asegurarse de que no se había roto. Pasó los dedos por encima de aquellos símbolos, pero, para cuando
se dio cuenta de que su mano estaba llena de sangre y de que estaba dejando marcas carmesíes, era demasiado tarde.
Entonces, los símbolos empezaron a iluminarse uno por uno. Susurros la llamaban, llenando sus oídos por encima del pitido. Cuando miró el colgante, totalmente
desconcertada, también éste brillaba con una luz azulada casi cegadora. Aún en shock y con la respiración entrecortada, negó para sí misma. «No puede ser. ¿Estoy
muerta? ¿O alucinando? Tal vez, todavía estoy inconsciente…».
Y al instante siguiente, una fuerza invisible la absorbió. Era como si estuviera siendo tragada por una aspiradora al mismo tiempo que la tierra se abría bajo ella, y la
sensación de caída libre le encogía el estómago. Solo podía ver retazos de un túnel azul muy brillante mientras ella daba vueltas sobre sí misma; no sabía cómo, pero
estaba segura de que aquello era cosa del colgante, de aquella piedra turquesa que no dejaba de brillar en la palma de su mano. «¡¿Pero qué está pasando?!». Vio
horrorizada cómo el pergamino salía disparado de su mano, perdiéndose en aquella inmensidad azul.
Y entonces, todo se volvió negro.
*****
Aspiró abruptamente un trago de aire, pero se quedó atascado en su garganta; era tan denso que casi tuvo que tragar para que pudiera llenar sus pulmones. Poco a
poco la consciencia volvió a ella, alejándola de lo que parecía ser un sueño muy profundo. ¿Realmente estaba muerta? Era lo más seguro, porque tenía la inquietante
sensación de que había viajado muchísimo, como si hubiera recorrido el universo entero. Al menos, así sentía la cabeza, como un hervidero, como si le hubieran
centrifugado los sesos en una lavadora y se los hubieran vuelto a colocar como si nada. No era capaz de recordar cómo había ido a parar allí; su mente estaba en blanco.
Tragó saliva de nuevo mientras sus manos viajaban a tientas sobre el suelo, intentando identificar dónde se encontraba. Pero, lejos de toparse con tierra dura o
afiladas puntas de hierba fresca, sintió la suavidad del terciopelo contra la palma. «¿Qué hago sobre una alfombra?». Frunció el ceño y se obligó a abrir los ojos, primero
uno y luego otro, parpadeando alternativamente en tanto se incorporaba con los codos. Sin embargo, no fue tan fácil; se sentía débil y su cuerpo parecía pesar toneladas.
Cuando por fin pudo sentarse, lo que vio a su alrededor la dejó muda, anonadada, perpleja y todos los sinónimos que se le pudieran ocurrir en ese momento. Volvió
a aspirar aquel aire tan pesado.
Lo que había creído una alfombra era en realidad una especie de musgo o hierba muy corta de un color violeta muy oscuro, y tan suave como el terciopelo. Se inclinó
un poco y la tocó de nuevo, hundiendo los dedos hasta los nudillos en aquella suavidad y cogiendo un puñado de la tierra que había debajo. Restregó los dedos. Estaba
húmeda y, curiosamente, desprendía un reconfortante calor, aunque lo más extraño era su color; negro, tan negro como la noche.
—¿Pero qué es este lugar…? —Su voz se apagó súbitamente cuando sus ojos se elevaron hasta el cielo—. Definitivamente, estoy muerta.
Era la única respuesta, porque tanta belleza no era posible. Aquella cúpula estrellada, aquella inmensidad bañada por un sol rojizo que teñía el cielo con pinceladas
púrpuras y bermellones, salpicada por miles de esquirlas brillantes, robaba el aliento que tanto le costaba tomar. No obstante, no eran aquellos colores o las estrellas lo
que más la impresionaba, sino las lunas y los planetas que cubrían el cielo, y que parecían estar tan cerca que hubiera jurado que podía tocarlos con las yemas de los
dedos. Estiró la mano hacia los anillos que rodeaban a uno de los planetas, uno gigantesco y en el que incluso podía ver los cráteres a través de los cúmulos de nubes
amarillentas que lo envolvían.
Entonces, un animal gigantesco apareció sobrevolando lentamente el cielo, seguido por tres más. Brume retrajo los dedos rápidamente y ahogó una aspiración.
Parecía más bien que estuvieran… ¿nadando? Estaba demasiado lejos como para poder distinguirlo bien, pero en esencia parecía una…
—¿Una ballena voladora? —soltó con total incredulidad.
Bajó la mirada hasta el suelo púrpura y arrugó la frente mientras se toqueteaba los labios. «¿Estoy en el Cielo? Bueno…, es un poco diferente a lo que me había
imaginado, pero ¿quién soy yo para quejarme?». Ciertamente, era un paraíso singular, pero paraíso al fin y al cabo, y a ella le parecía encantador y hermoso. Y fuera el
Cielo o no, a su lado estaba tirado el colgante con la piedra turquesa desprendiendo aún un leve brillo. Lo cogió con cuidado y lo limpió de tierra. Instantes después, la
tenue luz se apagó. «Esto se viene conmigo». Hizo un nudo a la tira de cuero negro y se lo puso alrededor del cuello, escondiéndolo dentro del vestido.
Decidida a ir haciéndose a la idea de que estaba muerta, se apoyó en el tronco del árbol que tenía al lado, y que era igual de negro que la tierra, y se puso en pie.
Aquel lecho tan colorido y esponjoso le dio la bienvenida a sus pies descalzos. Echó un vistazo rápido a su alrededor, intentando captar algún sonido familiar. Pero, al
parecer, estaba muy lejos de cualquier pueblo cercano, si es que había pueblos en el Cielo, no lo tenía muy claro. Solo se escuchaba el silbido del viento al mecer las
hojas violáceas de los árboles o extraños y escalofriantes sonidos de los animales que rondaban por allí. Ni siquiera sabía con certeza si estaba amaneciendo o
anocheciendo, porque no parecía ni una cosa ni la otra. Aquella extraña luz bermeja lo bañaba todo con su calidez, alterando los colores de aquella naturaleza tan salvaje
y exótica.
Alzó los hombros con desdén y empezó a caminar sin una dirección fija; era imposible orientarse bajo un cielo tan particular.
«No entiendo nada. ¿Por qué he acabado aquí?».
Por mucho que lo intentara, no conseguía recordar cómo había… ¿muerto? Lo último que recordaba era haber cogido aquel amuleto y el pergamino y habérselos
guardado en una caja, pero nada más, después de eso todo se volvía confuso. Tampoco sentía ningún dolor, a pesar de que su vestido estaba rasgado y lleno de manchas
de sangre. Levantó una mano y se la observó, apretando y relajando el puño…
—Un momento. —Volteó varias veces la mano, observándola detenidamente—. Eh…, de acuerdo. Esto sí que no me lo esperaba.
Se sentía como una completa y absoluta idiota por no haberse percatado antes. «Soy capaz de darme cuenta de que la hierba es morada y que hay ballenas
voladoras, pero no de que mi piel parece nácar». Y no solo eso, sino que, además, finísimas líneas verticales rayaban su piel, como ligeras estrías. Tampoco le pasaron
ahora desapercibidas una especie de pequeñas y redondeadas conchas, también nacaradas, que decoraban puntos clave de su cuerpo, como las articulaciones.
«Ahora sí que no me entero de nada. No solo estoy muerta, sino que he mutado en… algo».
Mejor sería que no pensara en eso de momento. Ya tenía bastante con intentar abrirse paso entre aquella espesura como para preocuparse de algo más; ya intentaría
encontrar respuesta a eso más tarde, si es que la había. «Los problemas, de uno en uno».
Cuando apartó unas ramas que colgaban de una manera un tanto tétrica, y mientras saltaba un seto con espinas rojas, se topó de bruces con lo que parecía ser una
mezcla entre una liebre y un suricato que se mantenía a dos patas. Brume se quedó muy quieta, observando con cautela aquel animalillo que bien podría ser carnívoro, o
venenoso, a juzgar por los llamativos colores púrpuras y carmesíes de su denso pelaje. Sin embargo, la “suriliebre” solamente la oteó por unos segundos antes de salir
brincando entre los matorrales.
Ella suspiró de alivio mientras apoyaba la mano en el rugoso tronco de un árbol enorme. Pero el alivio le duró poco, porque empezó a notar un leve cosquilleo y,
cuando se miró, vio un caracol con un caparazón de un intenso y vibrante rojo que se deslizaba tranquilamente entre sus dedos. Apartó la mano tan bruscamente que el
pobre animalillo salió volando por los aires, perdiéndose por ahí.
—Lo siento… —susurró a la nada.
Siguió caminando, sin tocar nada más de lo necesario y atenta a cualquier ruido o movimiento que hubiera a su alrededor mientras se remiraba y toqueteaba aquellas
líneas y conchitas tan raras de su piel. También malgastó tiempo inútilmente cerrando los ojos y pensando: “cuando los abra, todo habrá desaparecido y estaré en casa”.
Infantil, sí, pero quién sabe, era bien sabido que las cosas más tontas y sencillas a menudo eran las más útiles. Aunque no fue el caso, cuando abría de nuevo los ojos
todo seguía ahí; los miles de insectos de colores chillones, las flores extremadamente grandes, los pseudoanimalillos con sus ruiditos extraños, el aire pesado que
comprimía sus pulmones, la tenue neblina que lo cubría todo con un ligero rocío, el calor que desprendía la tierra calentando sus pies mientras que una brisa helada la
dejaba tiritando…
Y empezaba a tener mucho frío. La idea de tirarse al suelo y revolcarse en la tierra caliente era de lo más tentadora. Por el contrario, se abrazó a sí misma y empezó a
restregarse las manos por los brazos, intentando entrar en calor mientras procuraba no pisar las puntiagudas piedras que se clavaban en la planta de sus pies con un
repelente atino. «Mecachis en la mar…».
Y cuando el concepto tiempo había perdido ya su significado y no sabía hacia dónde caminar, muerta de hambre y sed, cuando ya estaba a punto de tirarse al suelo
y gritar de frustración con el puño teatralmente en alto, escuchó el eco de unas voces que se acercaban. Siguiendo el sabio consejo de su abuela, Brume se fue acercando
lentamente, escondiéndose de miradas curiosas tras los árboles y arbustos. «Mejor asegurarse antes de que no son gente peligrosa».
A cada paso, las voces se escuchaban más nítidas, y… no cabía duda de que eran hombres. Además, hablaban en otro idioma; uno que no había oído nunca y que
sonaba bastante ronco y áspero, por así decirlo. Pero en cuanto estuvo lo suficientemente cerca para verles con claridad, la mandíbula se le aflojó y los ojos se le
abrieron de par en par.
«Brume… ¿se puede saber dónde te has metido?».

II
Mavok
Ahair ol najaks in agersteruk hiat, liah najaks agersterna durk —protestó otra vez Sunk Ah Pyur, mascullando con disgusto en el idioma gutural.
“Si no te hubieras apartado, ella no habría muerto”.
¡Rahmaktup!, ya estaba más que harto de escucharle. El macho embroj había estado repitiendo lo mismo una y otra vez a lo largo de los dos últimos días, desde que
habían abandonado con marchas forzadas el pie de aquella colina junto al lago Merv. Allí había sucedido todo. Y, desde entonces, Pyur le tenía cautivo y tiraba sin
clemencia de la cuerda que se le enroscaba a la cintura y le retorcía allí los brazos, arrastrándole como si fuera una vulgar presa de caza. Además, no podía hacer nada con
ese rasposo saco de tela que el embroj le obligaba a llevar; le tapaba la vista por completo, le aplastaba las alas y se enredaba en su cuerpo hasta que apenas era capaz de
seguirle la marcha.
Liberó un gruñido áspero al recibir en el pecho el azote de una rama baja que se cruzó en su camino, y la respuesta de Pyur fue la misma que antes; otro tirón brusco
a la gruesa cuerda. Mavok intentó contrarrestarlo clavando los pies en la tierra y llevando el peso hacia atrás para reducir la velocidad, pero de nada servía; él seguía
respondiéndole con más de esos duros zarandeos de cuerda. Su afán por llegar cuanto antes a la ciudad más próxima y entregarle a los ildarian parecía tirar de Pyur tanto
como éste lo hacía de Mavok.
Seguramente, estaba ansioso por ver cómo le cortaban la cabeza en el centro de una plaza.
El siguiente vaivén fue tan duro que le obligó a alargar la zancada en un tropezón, aplastando con su gran pie descalzo un pequeño arbusto; por las punzadas, diría
que un zatach lleno de púas. Las agujas picaban en la planta y el talón molestamente, pero las ignoró, consciente de que su piel dura las resistiría sin problemas. Más
que el desagradable terreno que recorría pesadamente, o la intemperie y la húmeda neblina, lo que de verdad le parecía un estorbo eran las quejas constantes que le
llenaban las orejas y la cabeza de reproches.
En uno de los zarandeos, descubrió un pequeño rayo de luz rojiza que se colaba a través de la tela del saco y lo siguió hasta encontrar el diminuto agujero de
desgaste que había entre las hebras deshilachadas. Eso era justo lo que necesitaba. Así, al menos, podía avistar algo más allá de los mechones aplastados de su crin. Pisó
la tela con los labios y se esforzó por centrar el agujero en su ángulo de visión, justo a tiempo para esquivar una piedra negra y puntiaguda que estaba a punto de
ensartarle el pie. Pyur caminaba delante de él entre la maleza, fácilmente y con total libertad, mientras que él apenas podía respirar, moverse o estar seguro de dónde
ponía los pies.
Pero ni siquiera estar en esas condiciones tan penosas le haría lamentarse o arrepentirse de lo que había hecho; Ellea Lune Amirán merecía morir. Esos cinco largos
años, desde que Mavok le había sido asignado, habían sido suficientes para que consiguieran doblegarle, pero no para que lograran hacerle olvidar. Al contrario, si lo
pensaba, la ildarian incluso había obtenido un final demasiado rápido. Sin embargo, para Pyur, como guardián al que habían enviado para servirla y protegerla hasta del
propio Mavok, éste era un gran fracaso. Y lo que más sufría el embroj era saber que había sido su propia lanza la que la había atravesado. Hubiera preferido mil veces
más verle morir a él en su lugar y no dudaba en repetírselo constantemente.
Nada de eso le importaba. Quizás no fuera libre, pero ahora que había caído la verdadera culpable de que perdiera todo lo que había llegado a importarle en su vida,
Mavok sí que se sentía liberado de lo que había estado consumiéndole durante todos estos años: la angustia, la necesidad de luchar y de terminar con todo, el ansia de
venganza… Todas esas cosas habían muerto con ella.
Eso era lo que le movía a seguir caminando sin cesar, a dejarse arrastrar por un macho más pequeño y al que, sin duda, vencería en una pelea. Pyur estaba casi tres
cabezas por debajo de él, era bastante más delgado en comparación con su constitución musculosa y sólida, y tenía todo el cuerpo cubierto de un esponjoso pelaje
blanco, mientras que su piel tosca y dura, libre de pelo, era lo más parecido a una roca. Incluso tenía las mismas tonalidades rojizas y grises que se difuminaban hacia
sus brazos y piernas, y que le permitirían perderse a la vista con gran facilidad. Eso sería si lograra alejarse lo suficiente. Lo cierto era que le estaba llevando algo de
tiempo tratar de decidir qué hacer a partir de ahora. Al fin y al cabo, era un guerrero. Y los guerreros no servían para nada sin una causa por la que luchar. ¿Para qué
pelear por la libertad si después no sabría qué hacer con ella?
Pyur detuvo sus pasos abruptamente un instante antes de que él mismo lo hiciera, ambos atraídos por un olor distinto, dulce y aromático. No se parecía a nada que
hubiera olido antes. Mavok inspiró hondo y abrió las ventanas de su nariz, profundizando, intentando reconocerlo. Incluso a través del diminuto agujero del saco llegaba
hasta él con intensidad. No era una planta, de eso estaba seguro, pero sí que olía como una flor; una… diferente, una que no había olido nunca. La brisa transportaba el
aroma, y agitaba las hojas de color púrpura en los densos árboles y arbustos bañados por los últimos rayos rojos de sol, removiendo también el pelaje blanco de Pyur.
El embroj empezó a inquietarse y a caminar en círculos, escudriñando los alrededores para tratar de encontrar el origen de aquella fragancia. Mavok esperó,
observándole tantear el terreno hasta que al fin captó algo. Le vio girar las diminutas orejas que tenía sobre su cabeza en dirección a un macizo de árboles que se
balanceaban juntos suavemente con el viento. Pyur clavó allí la mirada del único ojo útil que le quedaba, ya que tenía el otro entrecerrado por culpa de una profunda
cicatriz, y tomó una gran aspiración. Involuntariamente, él también hinchó su gran torso, llenándose los pulmones todo lo que el apretado nudo de la cuerda le permitía.
No podía evitarlo, se sentía extrañamente atraído por ese olor, por su delicadeza y su efecto misteriosamente calmante.
Y de repente, algo se movió entre los arbustos.
Con rapidez, afiló la vista sobre los mazos de hojas, justo a tiempo para ver algo esconderse un poco más entre las ramas. Aun así, no abrió la boca para decir nada.
No tenía intención de ayudar al embroj que le permitió a Amirán humillarle y castigarle, y que, por encima de todo, pretendía entregarle de nuevo a las manos de los
tiranos ildarian. Con todo, su curiosidad era demasiado fuerte, y le llevó a ladear el cuerpo para poder ver mejor a través del agujero de la tela. Necesitaba saber qué era
eso que desprendía un aroma tan atrayente. Pero no llegó a lograrlo, porque Pyur captó antes su atención cuando tiró de él y le arrastró hasta el árbol más cercano,
lanzando la cuerda alrededor del oscuro y grueso tronco y anudándola rápidamente en espiral. El embroj se sujetó con fuerza a la desconchada corteza llena de moho
rojizo y la aseguró con un par de nudos, después volvió la peluda cabeza en su dirección.
—Nihs taj —susurró ásperamente, solo para ellos dos, exigiéndole que no se moviera de allí y dando un fuerte tirón a la cuerda.
Después, dejó caer los dos grandes sacos repletos de provisiones que colgaban de su espalda e inició sus pasos cautelosos hacia el lugar en el que la maleza
desprendía el aroma.
Mavok le miró a él y luego al tramo colgante de cuerda, respirando con más fuerza. Tal vez, podría intentar soltarla con el pie, pero… Dejó caer de nuevo la pierna
antes de poner a prueba la atadura del árbol, reconsiderándolo. Se arriesgaba a fallar y, entonces, probablemente, perder una mejor oportunidad de escaparse más tarde.
Si se paraba a pensarlo, aunque se soltara del árbol, con el cuerpo todavía atado, el saco cubriéndole por entero y la gruesa cola que iba arrastrando no sería capaz de
correr ni cuatro pasos antes de que Pyur le diera caza. No, pensándolo mejor… tenía que esperar a encontrar el momento adecuado. Si había sido paciente durante tanto
tiempo, unas horas más no tendrían que ser demasiado esfuerzo.
Y así, además, podría saber qué era lo que desprendía ese dulce olor.
Cuando volvió la cabeza para intentar acomodar el agujero de la tela a su nueva línea de visión, ya no escuchaba los pies de Pyur susurrando en la hierba. No podía
verle, pero sí que logró atisbar de reojo una pequeña silueta agazapada entre las oscuras hojas, que se movía lentamente y con cautela, intentando hacer una escapada
silenciosa. Mientras la seguía con los ojos, Pyur apareció rodeándola por detrás, inclinado como un depredador.
Cuando esta pequeña cosa se volvió, él saltó hacia delante y la hizo brincar y soltar un extraño chillidito.
Mavok enarcó las cejas y pestañeó desconcertado al presenciar cómo una asustada y menuda mujer ildarian, vestida con ropa extraña, lanzaba un manotazo al ojo
bueno de Pyur y echaba a correr sin dirección aparente. Zigzagueaba entre los árboles y saltaba ágilmente los arbustos y piedras con esas piernecitas delgadas que tenía.
Restregándose la cara con la mano, el embroj dejó ir una ruidosa protesta y no perdió tiempo para lanzarse a correr tras ella con expresión feroz mientras que
Mavok contemplaba la escena con una mueca de desconcierto bajo el incómodo saco, olvidándose por completo de todo lo demás.
—¡Aijaira! —gritó Pyur a pleno pulmón para que la huidiza mujer se detuviera, pero ella no parecía hacerle ningún caso—. ¡Aijaira na taleg!
En un instante estaba tras ella, rozándole el hombro con las zarpas, y al siguiente se lanzó sobre su espalda, enviándoles a rodar juntos por el suelo en una maraña
de brazos y piernas, hasta que aterrizaron enredados sobre la hierba. Pyur se apresuró a subirse a horcajadas encima de ella para inmovilizarla bajo su peso, sujetándola
con la cabeza contra la clavícula. Mavok estaba esperando con expectación a que la mirara, a que se diera cuenta de su raza, y la reacción fue la esperada. Al alzar los
ojos, aún jadeando por la carrera, el embroj se quedó paralizado. Incluso le vio llegar a abrir el ojo dañado.
Un suspiro ruidoso se le escapó entre los labios a Mavok al verle retroceder de rodillas e inclinar la cabeza. Sumisión total. Intolerable. «¡Raah!».
—Perdone, mi señora. No debería haberla tocado —se disculpó el embroj en la repulsiva lengua ildarian.
Mientras tanto, la mujer se incorporó respirando aceleradamente, le lanzó una expresión que estaba a mitad camino entre la incredulidad y la confusión, y después
recogió lentamente las delicadas piernas, levantándose con cuidado. Miraba a Pyur como si realmente le temiera y se sacudía la suciedad de las rodillas, sin responder.
Aquello debió de confundirle tanto como le confundió a él mismo, porque el embroj insistió: —Pido perdón por haberla tocado.
—No… No pasa nada… —contestó por fin, estirando la mano hacia él como si quisiera ayudarle a levantarse del suelo.
«¿Qué clase de ildarian es ésta? ¿Qué pretende?», rumió Mavok sin apartar la vista de ellos. La mujer parecía joven, pero no lo suficientemente joven como para no
saber cómo comportarse en esa situación. Parecía tan… benevolente. Los ildarian no eran así. Eso le hizo arrugar el ceño con una sensación de desconfianza recorriéndole
el cuerpo.
Pyur alzó unos ojos repletos de asombro y bajó otra vez la cabeza inmediatamente, echando un vistazo a sus pies descalzos y manchados de tierra para trazar un
recorrido por cada mota de suciedad que recubría sus piernas.
Cuando alcanzó el extraño ropaje que llevaba manchado de barro y de sangre, bajó la cabeza de nuevo y miró al suelo para mostrarle su respeto. —No sabía que era
una ildarian.
Mavok notaba su propia espalda tensa bajo la tela al ver los enormes esfuerzos que hacía por complacerla. Sin embargo, ella titubeó.
—¿Qué? —susurró muy bajito, dando un pequeño paso atrás. Aunque, por más que bajara la voz, a Mavok le llegaba con claridad, suave y delicada como su
apariencia—. Creo que te equivocas. ¿Podrías…? ¿Podrías decirme dónde estoy? ¿Estoy muerta?
Eso hizo que Pyur levantara los ojos de inmediato y, «¡rahmaktup!», ella se asustó y retrocedió un paso más. Increíble.
Parpadeando repetidas veces y tan impresionado como él, el embroj preguntó dócilmente: —¿Cuál es su nombre, mi señora? ¿Está herida?
—¿Herida? —Ella se agarró la tela del vestido con manos trémulas y examinó las manchas de sangre, pero sacudió la cabeza y dijo para sí misma—: No, no estoy
herida. —Su preocupación pareció borrarse ligeramente, y de nuevo tendió la mano con cautela en dirección a Pyur—. Soy Brume Marine Fisher.
¿De verdad pretendía ayudarle a ponerse en pie? Mavok ya no podía arrugar más el ceño, y Pyur observó aquel gesto tan desconcertante desde todos los ángulos.
Finalmente, se golpeó el pecho con el puño cerrado, rindiéndole sumisión.
—Sunk Ah Pyur.
Ella bajó la mano muy despacio, retrayendo los dedos, con las cejas tan alzadas que prácticamente le tocaban el nacimiento del pelo. Parecía afanarse en intentar
mantener la calma.
—Se encuentra en el bosque de Lothcromb.
Al oír eso, la ildarian le miró y asintió ausentemente, pero parecía completamente perdida. Tampoco Mavok estaba seguro de cómo sentirse respecto a ella; sabía
que debería mirarla con malos ojos, porque era ildarian, pero…, al mismo tiempo, no lo parecía. Y se la veía tan frágil.
—Eh… ¿Sigo en el condado de Whetfilangder?
—Wue… Wue… —repitió Pyur, intentando pronunciar aquel nombre tan complicado—. Whetfield…
—…angder. ¿Eso significa que no? —Ella esperó hasta que llegó su gesto de negación, luego continuó hablando y retorciéndose el vestido—. No sé muy bien cómo
he llegado aquí. ¿Estamos al sur, al norte?
—Esto es el Sur.
—¿De qué?
—De Hécteon.
—De Hec… —Por un momento, se detuvo a pensar y frunció el ceño como si hablara otra lengua muy distinta.
—Cerca de Aximorg. Venimos de Éntica. ¿De dónde es, mi señora?
—No, no. No. —Ella agitó las manos y sacudió la cabeza, retrayendo los hombros y sonriendo levemente con evidente malestar—. Yo no soy de ahí. No soy… de
aquí. Yo soy de Whetfilangder.
Whetfilangder. Mavok jamás había oído hablar de esa ciudad, si es que era una ciudad. Tampoco es que conociera demasiado territorio; era de Éntica, había crecido
allí, y antes de Amirán apenas había explorado los alrededores. Como mucho, había estado en Aximorg después de rechazar su asignación y que ella le mandara llevar,
pero de eso hacía mucho y prefería evitar los dolorosos recuerdos.
«No pienso volver allí».
—No conozco ese territorio. ¿En qué parte de Hécteon se encuentra? ¿Qué zona de la Esfera? —preguntó Pyur.
Ella se rascó la sien. —De la Tierra. ¿De la Tierra? —Arrugó la frente y sacudió la cabeza como si no pudiera creer lo que acababa de salir de sus propios labios.
Mavok observó con atención cómo el embroj excavaba con su zarpa en el suelo y sacaba un puñado de tierra negra, elevándolo para ella, pero la ildarian negó con la
cabeza mientras seguía con sus evidentes esfuerzos por mantener la calma. Sus dedos jugueteaban sin cesar entre sí.
Cansado de no conseguir llegar a ningún entendimiento, el macho dejó caer la tierra y suspiró, poniéndose en pie con una expresión desilusionada. Solamente
entonces pareció darse cuenta de que le había tenido totalmente olvidado. Se giró hacia él con el ojo abierto de par en par y le hizo lamentar no haber sabido aprovechar
esos momentos de distracción para hacer su escapada.
—Por favor, acompáñeme. No podemos dejar solo al asesino —soltó Pyur con desdén, empezando a caminar en su dirección.
Él dejó ir un gruñido de advertencia. Asesino. Una forma detestable de llamarle, por más que se la mereciera.
La ildarian no dijo nada. Siguió a Pyur de lejos, pisando donde él lo hacía, aunque no se la veía demasiado convencida de seguirle. Mavok les esperó con su ancha
espalda reposada desganadamente contra el tronco del árbol y les observó mientras se acercaban, estudiando con curiosidad a través del agujero a aquella mujer menuda
que caminaba con un pie delante del otro y una gracilidad que para los embroj como él era ajena.
—Acamparemos aquí —decidió el macho, recogiendo el saco de abastecimiento y disponiéndose a sacar las pieles y a tenderlas en el suelo—. Así podremos hablar
con la señora.
Mavok le ignoró y centró su atención en ella, que seguía manteniendo las distancias. La vio caminar hasta un árbol cercano para sentarse con las rodillas recogidas
entre los brazos, dispuesta a observarlo todo desde allí. Sin embargo, no tardó demasiado en acercarse en cuanto Pyur colocó algunas rocas en círculo y encendió la
hoguera, prendiendo leña seca con las chispas naranjas que saltaban al golpear las dos piezas de su dapaln cuadrado de metal blanco. Otro invento de sus adorados
ildarian. Se acuclilló junto a Pyur como si por verle hacer fuego ya no temiera nada de él, rascándose las manos y frotándolas para entrar en calor. Como si fuera su igual.
«¿Qué clase de ildarian sería tan humilde?». Callada y seria, observaba sus manos unidas delante del fuego con expresión lejana. Harían bien en desconfiar de ella.
Al ver que tenía frío, Pyur rebuscó de nuevo en el saco y desplegó el bulto que contenía las pertenencias de Amirán, ofreciéndole la ropa y la capa de pieles,
cubiertas de cálido pelo blanco, que tenía de reemplazo. Ella prestó atención al vestido que el macho sostenía delante del brillo de las llamas y su rostro reflejó una
expresión de sorpresa y de algo más. Algo que apenas podía captar a través del agujero en la tela del saco porque el brillo del fuego le impedía ver su cara en penumbras.
«Raah».
—Señora Brume Marine Fisher, acepte esto.
Tras unos momentos de reticencia, las tomó. —Con Brume basta.
¿Brume? ¿El primer nombre? ¿De dónde venía ella?, se preguntó, y a Pyur se le veía igual de desubicado. Entonces, para aumentar el desconcierto, añadió:
—Gracias. Gracias.
Y tanto él como el otro embroj arrugaron la nariz. «¿“Gra… cias”? ¿Es eso como decir “gratitud”?». Algo no estaba bien, definitivamente, si una ildarian le mostraba
gratitud a su servidor. Pero Pyur, por lo visto, no quiso darle mayor importancia; se levantó, sacó un cazo del saco y comenzó a preparar la comida.
Mavok ya no sabía tampoco qué pensar de ella. Con la cabeza llena de preguntas sin respuesta, se dejó resbalar contra el árbol y se sentó con pesadez, apoyándose
en el tronco mientras sentía sus asustadizas miradas fugaces. Era de esperar; su captor le había llamado asesino y eso era lo único que ella sabía de él.
Después de poner la comida en el cazo, Pyur lo dejó sobre el fuego y se puso en pie sacudiéndose las zarpas, acercándose hasta donde estaba ella. —Sígame. La
acompañaré hasta el arroyo.
La mujer…, Brume, (no quería pensar en su nombre, pero por algún motivo le sonaba bien y en su mente podía nombrarla cuanto quisiera), se estremeció
ligeramente de frío y lo consideró por unos momentos, pero terminó por ponerse en pie, dispuesta a seguirle.
—Muchas gracias por todo, eres muy amable.
Pyur ya estaba emprendiendo la marcha, pero volvió su cabeza igualmente para mirarla por un instante, negando sutilmente antes de continuar caminando sin decir
nada más. Mavok les vio perderse entre las ramas de los árboles y arbustos, y desaparecer en la penumbra de la noche. Pero todavía podía escucharles hablar a lo lejos
mientras apretaba los brazos bajo la cuerda contra el estómago, intentando tapar el agujero que el hambre había abierto en su vientre. Necesitaba distraerse para no
prestarle atención, así que intentó olvidarlo y centrarse en la lejana conversación. El macho estaba preguntando dónde se encontraba el tal Whetfilangder, y oyó a…
Brume responder con una risilla. Aquel sonido le hizo entrecerrar los ojos. Los recuerdos luchaban por volver, y los retuvo mientras se recreaba en el canturreo del
arroyo y las voces.
—Adelante, seguro que está caliente —decía Pyur—. La protejo.
—Me gustaría estar sola. Solo voy a bañarme. No creo que necesite protección —respondió ella, restándole importancia como si no fuera nada.
Bañarse sola. Cualquier ildarian exigiría que sus embroj montaran guardia. Incluso que le sirvieran durante el baño. Mavok sospechó que Pyur pensaría lo mismo que
él, pero, en cambio, le oyó preguntar bruscamente.
—¿Y por qué va sola?
Sí, a él también le parecía demasiado extraño para ser verdad.
—Me he perdido. —Un silencio. Eso podría ser verdad—. Pero sé volver… al campamento. ¿Por qué no me esperas allí? Tengo un poco de hambre, si eres tan
amable.
—¡La comida!
El embroj emprendió su regreso con paso veloz. Mavok no tardó en verle llegar por el sendero que se abría a través de las enzarzadas ramas oscuras, y que llevaba al
estrecho claro en el que él se encontraba rodeado de gigantescos árboles curvados hacia el cielo. Mientras tanto, los chapoteos de fondo continuaron sonando. El macho
se aseguró primero de que seguía bien atado al árbol y después se agachó para remover la cuchara dentro del cazo. Olía muy bien, a pescado y especias, y la boca se le
hizo agua al instante, pero no probaría bocado si eran esas manos las que se lo ofrecían.
—¡Guau! —exclamó Brume a lo lejos, incitándoles a ambos a alzar la cabeza por un momento.
¿Qué expresión era ésa? Y las risas y los chapuzones que flotaban en el aire les hicieron imposible volver a apartar la atención del sendero por el que llegaban todos
esos sonidos entusiasmados.
«Creí que estaba asustada».
Pasó un buen rato hasta que ella se decidió a regresar. Para entonces, Pyur ya había sacado el cazo del fuego y lo estaba probando con expresión evaluativa. Brume
caminó envuelta hasta la nariz con aquellas pieles blancas y aquel paso tan especial y suyo, y se detuvo junto a la roja hoguera. De pronto, parecía más absorta en la
cuchara que se enroscaba al dedo del embroj que en lo que él estaba haciendo. Era una cuchara de lo más común, con mango en espiral y fabricada con el mismo metal de
siempre; el inscerlin. Lo llevaban en todas partes; los pendientes, las decoraciones del pelo o la ropa… Y por eso, cuando se embobó también mirando la armadura de
Pyur brillar con las llamas, supo que sus pensamientos eran acertados. Nunca antes había visto el metal. Empezaba a sospechar que, tal vez, se hubiera criado en un
lugar lejano y remoto, probablemente en manos de darleer, viendo cómo se comportaba y hablaba.
—¿Se siente mejor ahora? —preguntó Pyur mirándola casi con ilusión. Ella asintió con el mismo entusiasmo—. ¿Tiene hambre?
—Sííí.
Mavok no pudo soportarlo más. Pellizcó la tela del saco con los dientes y lo movió como pudo para poder verla con mayor claridad, pero entre los gruesos
mechones de pelo y las hebras marrones que quedaban entrecruzándose delante de su vista, no era capaz de tener una imagen clara. Aquello solamente despertaba aún
más su curiosidad, aunque supiera que no debía. Atisbó a ver la cuchara llenando el cuenco vacío, que cambió de manos para terminar sobre las más pequeñas y
delicadas. Manos ildarian. Apretó los dientes e hizo una mueca, pero no apartó los ojos. Vio esas manos dejando de lado el cuenco en el oscuro suelo terroso y
sosteniendo con reverencia la cuchara. Las yemas de los dedos reseguían cada línea, cada filigrana y surco, y analizaban los pequeños símbolos ildarian con
detenimiento. Definitivamente, no parecía haber visto una en su vida.
Mavok dejó ir el aire y ladeó ligeramente la cabeza, tan ensimismado que apenas se percató de que Pyur se había levantado, hasta que le vio colocarse sin avisar
detrás de ella, en cuclillas, y enterrar los dedos en su pelo para peinárselo.
Inmediatamente, Brume dejó de lado lo que estaba haciendo y se inclinó hacia delante para apartarse de él.
—Lo siento. Debí pedir permiso —se excusó el macho.
—No, no, tranquilo. No pasa nada, pero no hace falta que lo hagas. —Se agarró la melena y la cepilló hacia un lado, lejos de las zarpas del embroj.
Visiblemente desconcertado, Pyur apoyó las palmas en el suelo, manteniendo el equilibrio en cuclillas y moviendo ligeramente las pequeñas garras de los pies. —Es
para secarlo. Estoy para servirla.
—No… no. No —insistió ella, y cuando Pyur ladeó la cabeza, intentando comprender, se explicó—. Creo que me has confundido con alguien —dijo girándose para
colocarse frente a él.
Mavok la tenía ahora de espaldas, y lo detestó porque todavía no había podido ver su cara con claridad. Qué reacciones tan curiosas, las de esta mujer.
—¿No es una ildarian?
Negó otra vez. —Soy humana.
Pyur frunció el ceño casi al mismo tiempo que lo hacía Mavok, luego barboteó la palabra. —¿Humana? ¿Qué es humana?
Brume miró a todos lados y por último de nuevo a él. Parecía perderse intentando buscar el modo de hacerse entender, algo que ambos embroj, sin duda,
necesitaban. —Alguien normal, humana. —Alzó ambas manos en contrapeso—. ¿No hay gente normal en… Hécteon? Como yo, pero sin… esto —dijo resiguiendo los
pequeños caparazones nacarados que cubrían la piel de su antebrazo, haciendo saltar las yemas de los dedos sobre ellos.
—Los darleer —escupió él, y el desdén envolvió cada sonido de aquella palabra.
Los darleer eran la mano de obra sin la cual sus reverenciados ildarian no serían nada, aunque para alguien como Sunk Ah Pyur tal vez no tuvieran ningún valor.
¿Pero y ella, qué sabía de todo esto? No podía dejar de preguntárselo.
El macho embroj se puso en pie como si diera la conversación por acabada. Dejó a Brume junto a la hoguera sin decir una sola palabra más y caminó hacia él con
paso oscilante, cortándole los pensamientos de raíz. Cuando llegó a su altura, Mavok ya estaba apretando los dientes porque sabía lo que venía a continuación. Pyur le
agarró firmemente por los brazos y le giró sin ninguna suavidad para colocárselo de frente, luego se inclinó ligeramente para abrir los enganches que le sujetaban el saco a
la altura de los muslos.
Iba a quitárselo. Ya había imaginado que lo haría, pero sabía muy bien lo que pretendía y no tenía intención de dejarle salirse con la suya.
—Nihs taj —ordenó Pyur para que no se moviera mientras daba tirones bruscos al saco, subiéndolo y arrastrándolo sin ninguna consideración por todo su torso y
su cara.
Finalmente, el embroj empuñó el amasijo que se había formado sobre su cabeza y dio un último tirón, arrancándoselo por completo. Mavok frunció los labios y dejó
ir un “rahmaktup” entre dientes. Tenía la crin salvajemente despeinada y le cayó por toda la parte derecha del rostro y el hombro, tapándole un ojo como una densa
cortina. Fue agradable volver a oír las decoraciones tintinear en las pocas trenzas y cordones entremezclados que se descolgaron contra su pecho y espalda. Menos mal
que llevaba el lateral izquierdo rapado por encima de la puntiaguda oreja y eso le permitía ver mejor.
Lo primero que hizo fue encoger la cabeza entre los hombros para desentumecer los músculos, sin prestar demasiada atención al macho que tenía delante. Después,
se miró los brazos, todavía enroscados a su cuerpo y bien sujetos por la apretada cuerda, y dibujó una mueca. Quería tirar levemente para ver si el nudo cedía un poco,
pero, por más que sus músculos se marcaron bajo la piel, no consiguió aflojarla lo más mínimo. Y empezaba a doler, aunque no se quejaría, así se le cayeran los brazos a
pedazos. No obstante, sí que aprovechó para mover un poco las alas; las desplegó ligeramente, solo lo justo para desentumecerlas.
Estaba ceñudo y no podía parar de refunfuñar. Le lanzó una mirada asesina a Pyur, raspándose el hombro con la corta barba en un gesto despectivo, para dejarle
saber lo mucho que le disgustaba el simple hecho de tenerle delante. Sin embargo, no se movió demasiado ni luchó por liberarse; todavía creía en aquello de esperar al
momento oportuno.
El embroj lo ignoró y se acercó a la hoguera para llenar otro cuenco para él. Mavok lo siguió de reojo con la vista, pero estaba más interesado en localizar a la mujer.
Ella ya no estaba junto al fuego, y no le dio tiempo de encontrarla antes de que Pyur volviera y se agachara en cuclillas delante de él, dispuesto a alimentarle como si
fuera un cachorro.
No vaciló, apartó la cara inmediatamente, cerrando los labios a conciencia.
—¡Come! —espetó Pyur con la cuchara en alto.
Él sacudió lentamente la cabeza. —¡Najaks!
—¡Que comas!
No tenía la más mínima intención de obedecer. Apretó los labios con fuerza y volvió aún más la cabeza. La tierra temblaría y se abriría bajo sus pies antes de que
ese embroj consiguiera ponerle una sola gota de su sopa en la boca. Desafiándole, alzó la barbilla, apartándose de la cuchara, cuando un sorbo bastante sonoro provino
de la penumbra tras la hoguera.
Mavok enderezó la cabeza de golpe y clavó su mirada en la joven ildarian que se había retirado a un rincón del claro. Maldijo las sombras, pero pudo ver mucho más
de lo que había logrado ver hasta ahora. Estaba sentada contra un árbol, interesadísima en lo que estaba pasando entre ellos dos. Tenía las piernas recogidas de lado
como si pretendiera ocupar el más mínimo espacio para no ser vista, y su pelo oscuro colgaba húmedo de un lado de su cuello. Era… diminuta, seguramente apenas le
llegaría por la cintura estando de pie, y parecía tan delicada comparada con las mujeres ildarian. Sus grandes ojos asustados se cruzaron con los suyos en ese momento,
mostrándole un atisbo del color violeta pálido del cielo. Nunca había visto ese color en los ojos de nadie, fuera de la raza que fuese.
En aquellos instantes, sintió el destello de luz en sus propios ojos; apenas una chispa de calor, pero, sin duda, se habían encendido. Los aplacó con capas y más
capas de indiferencia, temeroso de mostrar excesivo interés en alguien que, no debía olvidar, era el enemigo. Su mandíbula se fue aflojando poco a poco, más tranquilo
ahora que había tomado esa decisión.
Antes de que pudiera llegar a asimilarlo por completo, ella alzó el cuenco y la cuchara en su dirección, desbancando su resolución con aquel gesto simpático. Pyur
paseó sus ojos de uno a otro, preguntándose probablemente qué estaba sucediendo entre ellos, y… Brume dio otro sorbo a su cuchara.
—Ella es Brume Marine Fisher. Se ha perdido —le anunció el embroj, como si él no lo supiera ya.
Mavok le restó importancia, alzando un hombro y apartando los ojos de ella para dejarlos vagar en un punto indefinido de la espesura, mostrándose todo lo
indiferente que podía.
—¿Deberías decirle mi nombre a un asesino? —la oyó preguntar con un hilillo de voz y una sonrisa tensa.
“Asesino”. Ahí estaba de nuevo esa palabra, pronunciada como si nada en el lenguaje que tanto le desagradaba.
—No tema, dentro de poco le entregaremos.
—¿A quién?
Pyur dejó la cuchara en el cuenco y lo depositó en el suelo, dejándolo de lado para caminar hasta donde ella se encontraba. Mavok agradeció la distracción que le
había librado del apuro y esta vez hizo poco por disimular su interés. No podía evitar seguirle de reojo, con toda la atención puesta en sus oídos para saber qué,
exactamente, iba a contarle sobre lo que había sucedido. Por alguna incomprensible razón, no quería que aquella ildarian supiera lo que había intentado hacer, lo que sin
querer había conseguido.
Ella no se movió demasiado, continuó sorbiendo su sopa y no apartó los ojos de Pyur más que para otearle a él ligeramente a través de las llamas que se interponían
entre los dos.
—Antes de que Brume Marine Fisher llegara…
—Brume —le corrigió ella.
—Estábamos escoltando a la futura dadiva de Holaer. —La vio asentir en silencio, pero no parecía entender a qué se refería—. Dadiva. ¿Emperatriz?
Una expresión de reconocimiento surgió de pronto en el rostro de… Brume y se acarició los labios con los dedos, mostrándose ya más relajada. Pero fue como si le
traspasara las dudas a Pyur, que frunció el ceño antes de seguir hablando.
—Mi señor, el emperador, el dadiván de Holaer, iba a reclamarla como su dadiva. Mavok era su guardián.
Lo dijo señalándole a él, que tenía los labios apretados en una fina línea tensa y que no fue capaz de evitar mantener una breve mirada con ella antes de volver a
apartar los ojos. Podía sentir la pesada acusación sobre sus hombros. Sin embargo, alzó el mentón con orgullo y apoyó la cabeza en la rasposa corteza del árbol,
negándose a dejar que le humillaran por algo de lo que no podía sentirse culpable.
—Nos dirigíamos al este, pero no llegamos demasiado lejos. Hire Dy Mavok, el asesino, aprovechó un descuido y acabó con ella.
—¿Por qué?
—¿Quién lo sabe? Tal vez, porque no quería crear un vínculo material con ella.
Brume volvió a hacer ese gesto, tocándose nerviosamente los labios con los dedos y moviendo las cejas, y a Mavok no le gustó para nada no saber qué significaba.
¿Significaba que no lo entendía o que se había creído todo lo que Pyur le había contado? ¿Que le temía y le consideraba un asesino sin escrúpulos? Él había querido
matar a esa ildarian, sin duda, tenía sus motivos, pero nada tenía que ver con el vínculo material. Si no lo había hecho era porque nunca se ligaría voluntariamente de por
vida a la responsable de su pérdida y su miseria.
—Ahora tengo que entregarle. Le llevaré a la próxima ciudad, a Aximorg. Ya he dado la voz para que vengan a por él —aseguró el macho agachando la cabeza para
mirarla. Ella tragó saliva y asintió como si estuviera de acuerdo con eso; aquello dejó frío a Mavok—. Puede venir con nosotros. La llevaremos hasta la ciudad. No
puede ir sola, y estoy seguro de que estará impaciente por que le asignen un guardián.
Asintiendo, Brume titubeó y susurró: —Me encantaría.
«No te fíes de él. Estoy seguro de que trama algo para ti».
Como si hubiera presentido sus pensamientos, Pyur se puso en pie y le miró con una amenaza velada, caminando a zancadas entre refunfuños y protestas por no
haber conseguido que probara bocado. Mavok no se sentía intimidado en absoluto, así que simplemente se quedó quieto, sentado con la barbilla alzada y expresión
severa. Cuando lo tuvo frente a él, le miró fijamente, desafiándole a que lo volviera a intentar. Aquello enfureció tanto a Pyur que hizo rodar el cuenco por el suelo con
un puntapié, desparramando sopa por todas partes. Después se agachó para recoger de nuevo el odioso saco.
Aborrecía aquel pedazo de tela tanto como detestaba estar a su merced; gruñó con fuerza y se quejó entre dientes todo el tiempo que el embroj tardó en volvérselo a
embutir por la cabeza y bajárselo a tirones hasta que su cara y torso quedaron cubiertos. Otra vez no veía nada, otra vez le costaba respirar. Se removió y luchó contra
las cuerdas sin dejar de protestar mientras Pyur le abrochaba los anclajes sobre los muslos, hasta que sintió la descarga eléctrica que tocó su pierna.
Aquella arma ildarian estaba hecha especialmente para someter a un embroj, y Pyur la empuñaba con gusto contra él cada vez que podía. Dolía terriblemente; le hizo
rugir, retorcerse y temblar hasta que su cuerpo se quedó paralizado en el suelo, hecho un nudo de estremecimientos, chispas y dolor. Las fuerzas le abandonaron por
completo. Era increíble lo que una pequeña y delgada vara metálica en forma de “Y” era capaz de hacer, tan potente a pesar de su apariencia inofensiva. Mavok prefería
mil veces el dolor de las toscas armas de los embroj; al menos podía defenderse de los cortes y los golpes.
No contento todavía con eso, Pyur le dio una patada en el trasero. No dolió, pero el mensaje era claro: “Yo mando, tú obedeces”. Pues no, no lo aceptaría.
—No quiero que utilices eso —dijo la voz suave y delicada con una nota de firmeza. La mandíbula de Mavok se aflojó al escucharla—. Es cruel.
No podía ver nada, y sus sentidos estaban saturados por los pinchazos que la electricidad había dejado en todo su cuerpo, pero le pareció oír a Pyur levantarse.
—¿Lo ordena?
Después de un largo momento, le llegó el sonido del arma ildarian cayendo dentro del saco. ¿Había ella asentido en silencio?
—Es un asesino —murmuró el macho con incredulidad.
—Pero tú no estás aquí para juzgarle. ¿No?
«¿Me está defendiendo?».
—Yo lo vi. No necesita juicio —increpó Pyur con incredulidad.
Era cierto. No harían preguntas porque Pyur era guardián de un dadiván. Le cortarían la cabeza en cuanto les contara su versión de la historia, eso era todo lo que le
esperaba.
—¡Rahmaktup! —maldijo entre dientes.
Y ella se quedó callada. Pudo oír claramente, entre los sonidos de la noche, cómo se volvía a sentar en el lecho de hierba. Mavok apretó los dientes. Bueno, tampoco
necesitaba que le defendieran; se valdría por sí mismo en cuanto tuviera la oportunidad. Además, seguramente, solo había hablado por él para aprovechar y darse aires
de grandeza e imponer su voluntad por encima de la de dos embroj, como haría cualquier ildarian.
Pasó un largo espacio de tiempo hasta que logró recobrar el movimiento. El lugar había estado silencioso, excepto por el canto de algún insecto y el graznido de los
animales que poblaban la noche. Era como si cada uno de ellos hubiera estado sumergido en sus pensamientos. Podía imaginar a Pyur calentándose delante del fuego y a
la mujer sentada en la lejanía, observándoles cautelosamente mientras hacía sus propios planes. A saber lo que tramaba. Todavía no estaba seguro de que les hubiera
contado la verdad, aunque tampoco era que le interesara demasiado; él encontraría pronto la forma de escaparse y dejaría a Pyur cargar con todos los problemas. Y
luego…, suponía que iría a la deriva en busca de algo que le motivara a seguir adelante. Puede que se dirigiera a los bosques de Verón para averiguar si las historias que
había escuchado sobre los embroj que habitaban allí eran ciertas.
—Me gustaría pedir permiso para trenzar su pelo —anunció Sunk Ah Pyur, rompiendo la preciada calma.
Ya tardaba demasiado en pedirlo. Mavok resopló y se puso erguido, contorsionándose torpemente para maniobrar su gran cuerpo envuelto en el saco, hasta que
pudo apoyarlo en el árbol, igual que antes. Ella tardó en responder, provocando una pequeña tensión en el ambiente. A Pyur no le gustaba sentirse rechazado, Mavok lo
sabía muy bien. Era… ofensivo para él.
—¿Te sentirías mejor si lo hicieras? —preguntó al fin.
La ildarian debía de estar burlándose de él. ¿Por qué iba a importarle cómo se sentía? Con toda seguridad, estaba intentando ser cruel haciéndole ilusiones y después
diría algo así como… “Prefiero que no me toques. No quiero ser ensuciada por una bestia como tú”, como le solía decir Amirán.
—Estoy para servirla —murmuró Pyur emocionado, y le oyó caminar hacia donde ella estaba.
¿Le había dado permiso silenciosamente? Atacado por la necesidad de verles con sus propios ojos, mordió la rugosa y sucia tela del saco y volvió la cabeza,
buscando de nuevo el agujero. Le costó, pero consiguió encararlo, y le produjo una mezcla contradictoria de sensaciones contemplar lo que ocurría.
La ildarian estaba visiblemente incómoda, pero, aun así, le permitió ponerse en cuclillas a su espalda, partirle el cabello en tres grandes mechones y trenzarlo. No se
movió ni se quejó mientras le colocaba a cada extremo de las trenzas una pequeña espiral de inscerlin para sujetarlas. Y él lo hizo rápido y bien, como el excelente
guardián que era. Mavok le había visto antes peinar diestramente varias veces a Amirán, cuando tomaba su lugar, porque él nunca lo haría.
Vio la satisfacción en el rostro del embroj al terminar y ver el resultado. Alzó las comisuras y entrecerró su ojo sano, volviendo a su lugar junto a la hoguera mientras
ella se toqueteaba las trenzas como si admirara y valorara su trabajo.
Mujer extraña.
—¿Quiere que le coloque bien las mantas junto al fuego?
—Lo haré yo —respondió apartando las manos de su pelo para apoyarlas en el suelo y tomar impulso al levantarse.
Pyur cerró la boca con indignación. —¿Por qué? ¿Por qué querría hacerlo sola?
—Porque me gusta hacer las cosas por mí misma —aseguró ella sacudiéndose la suciedad de las manos y el trasero—. Es divertido.
—¿Divertido? —Se quedó callado, observándola, al igual que Mavok.
Porque ninguno de los dos encontraba diversión en algo así. Tampoco era que los embroj se divirtieran demasiado por lo general. Tal vez, peleando o apareándose.
Eso era divertido.
—Sí, como cuando juegas a las cartas o hablas con tus amigos. ¿Tú nunca te diviertes?
Cartas… ¿Se podía jugar con eso?
—Ya no, porque estoy asignado —murmuró el macho mirando la hoguera.
—¿Eres como una especie de… mayordomo?
—¿Mayordomo? —preguntó, al igual que él mismo hacía en sus pensamientos. Luego, suspiró profundamente y explicó con voz cansada—: Estoy al servicio del
dadiván. Soy un guerrero. Un soldado y un escolta. Un protector y un guardián. Nada más.
Ella…, Brume, asintió. —¿Y no tienes tiempo libre? —Agitaba las manos, haciendo aspavientos—. ¿O algo?
El macho mostró una mueca, ladeando la cabeza en su dirección. —¿De qué tipo de ciudadela proviene?
—Una de muy lejos —respondió la mujer, mirando a otro lado.
Luego, estiró la manta junto al fuego con gran destreza y habilidad, colocándole dos puñaditos de tierra en los extremos para que no se elevara con el viento. Se
sentó allí con la cabeza bien alta, estirándose la falda y cruzando las piernas.
Volvió de nuevo los ojos en otra dirección antes de añadir: —Es un poco distinta.
Distinta, sin duda. No podía concebir qué lugar albergaría ese tipo de ildarian con tanta consideración por las necesidades embroj, que hablara y se comportara como
los darleer. Y el lenguaje que usaba… Humana, mayordomo y… ¿tiempo libre?
«Hum. La libertad se tiene o no se tiene».
—Tendré que informar a mi señor, pues —murmuró Sunk Ah Pyur reflexionando—. ¿Y cómo ha llegado hasta aquí?
—La verdad es… que no lo recuerdo.
Mavok alzó una de sus gruesas cejas bajo la tela, que susurró y se movió justo cuando él se moría de curiosidad por lo que estaba sucediendo más allá del agujero. Se
apresuró en recolocarlo justo a tiempo para verla juguetear con los dedos en la hierba seca de color púrpura que crecía escasamente en el centro del claro. Miraba al
embroj y negaba en silencio.
—¿No tiene memoria?
Negó de nuevo. —Por eso parezco un poco confusa.
Eso explicaba muchas cosas, aunque también resultaba mucho más desconcertante. Ni ella misma sabía de dónde provenía. Mavok sintió de nuevo esa curiosidad
indeseada avivándose como las llamas, pero la apagó a patadas como a un fuego en el bosque.
—¿Y cómo piensa volver? —preguntó Pyur ladeando el cuerpo hacia ella, manteniendo el equilibrio en cuclillas y calentándose las zarpas en la hoguera. Brume…,
ella, alzó los hombros—. Mi dadiván podría ayudarla.
—No creo que deba molestar a tu señor —musitó mientras movía la cabeza con desaprobación—. Creo que yo sola podré encontrar el camino a casa.
Tenía razón, no debía confiar en Sunk Ah Pyur. Con toda seguridad, el macho buscaba la manera de evitar que la desgracia cayera sobre él por fallar a su señor en la
misión que le había encargado. Todo eso de ayudarla podría ser una excusa para llevársela con él y que hablara en su favor.
—No puede ir sola —gruñó el embroj con malestar.
—Bueno, encontraré a alguien. —Se quedó callada por un instante y agregó—: Un guardián.
Mavok reposó su espalda en el caparazón irregular que formaba la corteza del árbol y dejó ir una exhalación. Lo sabía. En realidad, no era distinta, buscaba a alguien
que le sirviera. Alguien que lavara sus pequeños y finos pies ildarian.
—Es muy peligroso que viaje sola —reconoció Pyur.
—Bueno, ¿me acompañarás hasta la ciudad? Y yo allí ya… —se pasó la mano por la nuca y tragó saliva— cogeré un guardián.
“Cogeré”. Por supuesto, como si fueran ganado o esclavos. La decepción le inundó como un amargo trago de lodo, dejándole sin ganas de escuchar más. Se dejó
resbalar un poco y se posicionó cómodamente, cerrando los ojos con intención de conciliar el sueño.
—Tal vez, podría enviar una misiva al dadiván para acompañarla yo mismo hasta su hogar.
Mavok dejó ir un gruñido disgustado y un “rahmaktup”.
—¿Qué ha dicho? —preguntó ella mirándole tímidamente y en voz baja. Como si no pudiera oírla, con el tono de voz agudo y delicado que tenía.
—No le haga caso, siempre le gusta protestar. Se niega a usar esta lengua y solo habla gavaj, el idioma gutural. Lo que ha dicho es algo así como una palabra fea.
«¿Es a mí al que le gusta protestar? Llevo días soportando tus quejas». Y no usaba ese lenguaje porque hablar como los ildarian era como aceptar ser como los
demás esclavos de los ildarian. No utilizaría otro lenguaje que no fuera el de los suyos.
—¿Una palabrota? —preguntó ella, soltando una pequeña risilla.
Mavok frunció el ceño y los labios con contrariedad al verla pasar del temor a la risa con tanta facilidad. Su expresividad era abrumadora.
Ahora que parecían haberse callado definitivamente, aprovechó para intentar en serio relajarse y dormir. Pero estaba intranquilo. Algo le movía a abrir los ojos para
poder echarle un último vistazo a aquella mujer. Así que, poco a poco, despegó las pestañas, diciéndose a sí mismo que lo hacía para vigilarles.
Había pensado que la encontraría recostada tratando también de dormir, pero seguía sentada sobre las pieles frente a las llamas, con la espalda recta, la cabeza
completamente echada hacia atrás y mirando al cielo. Estaba contemplándolo con una expresión de añoranza que a Mavok le resultaba muy familiar. Él mismo había
hecho aquello miles de veces, preguntándose si había algo más aguardando para él; algo que le diera sentido a su vida. Sus ojos azulados o violetas, todavía no podía
acertar con el color, resiguieron los enormes banyur que surcaban los cielos con sus aletas, dibujando espirales entre las gigantescas esferas y estrellas que los llenaban.
Mientras la observaba, empezó a sentir una sensación de arrepentimiento en el pecho, y se preguntó si se había equivocado al juzgarla.
«Tal vez, sea cierto que se encuentra perdida».
De alguna manera, el pensamiento le alcanzó, afectándole de un modo incomprensible para él. Pero apretó los dientes e hizo un gesto duro. Aunque fuera verdad, y
ella hubiera sido sincera, aquello no tenía nada que ver con él. No era el adecuado para ayudarla, Pyur se encargaría mucho mejor de ella.
Él solo tenía que centrarse en escapar y dejarlo todo sin mirar atrás.

III
Brume
Los rayos rojizos inundaron el pequeño claro en el que estaban acampados, devolviéndole a la tierra un poco del calor que había perdido durante la noche. Brume
estiró disimuladamente la espalda, desperezándose mientras le daba mil vueltas a todo lo ocurrido e intentaba dar con las respuestas que, de momento, se le escapaban.
«Al menos, ya recuerdo el accidente. Aunque eso no explica cómo he acabado aquí».
No, no lo explicaba en absoluto. Tenía cierta certeza de que, al final, resultaba que no estaba muerta, y era un alivio. Pero, sinceramente, no sabía si era peor pensar
que estaba muerta o creerse que había viajado a través del tiempo y del espacio hasta… Hécteon.
El sonido de la madera crepitando entre los rescoldos de la hoguera la sacó de su ensimismamiento. Y como todo allí, hasta el color del fuego era extraño y bello al
mismo tiempo; era como magma líquido luchando contra la gravedad por volverse etéreo.
Sin embargo, ni siquiera ese espectáculo de llamas danzantes era suficiente como para distraer su atención del “ser” que tenía delante y que estaba pelando lo que
parecía ser una fruta; algo así como un mango con la carne violeta. Sunk Ah Pyur, había dicho que se llamaba. No podía dejar de mirarle. Era raro, muy raro. «Una rareza
encantadora». Brume camufló una sonrisilla al ver cómo se movían sus orejitas redondeadas mientras captaba cualquier sonido que surgiera del bosque. Era como tener
delante a un felino de pelaje blanco. Con la diferencia de que medía lo mismo que ella; era bípedo, aunque con las rodillas en el ángulo contrario como cualquier animal;
llevaba parte de una preciosa armadura de metal blanco en el pecho y…, oh, sí, hablaba.
Y, ahora mismo, se dirigía hacia el “raro número 2”, fruta en mano. Al parecer, quería intentar alimentarle de nuevo. Brume estaba convencida de que no serviría de
nada, a juzgar por cómo se había negado el día anterior. Se mordió los labios para retener una carcajada al recordar cómo había apartado la cara igual que un niño,
rehusándose a probar bocado.
Pero después no pudo evitar fruncir el ceño en tanto los miraba desde el otro lado de la hoguera. «¿Desde cuándo no comerá?». Era cierto que no parecía muy
desnutrido, porque era enorme y sus piernas, que eran lo único que ella podía ver con aquel saco cubriéndole, eran como dos troncos de árbol; macizas y poderosas. Las
fibras de los músculos se le marcaban con dureza debajo de aquella piel grisácea, que parecía fina y al mismo tiempo dura como la piedra.
Sunk Ah Pyur se agachó en cuclillas, dispuesto a quitarle el saco mientras miraba de reojo la gruesa y pesada cola del… asesino. Se le ponían los pelos de punta.
«Bueno, ahora sería más adecuado decir “las conchas como escarpias”, ¿no?». Porque pelo, lo que se decía pelo, no tenía demasiado; apenas un poco de vello muy fino
y claro en el monte de Venus. O, al menos, era todo el que se había encontrado en su inspección en el río. Y eso que se había tomado su tiempo…
«Quién sabe, igual tengo la espalda peluda».
—¿Ha descansado bien? —preguntó Sunk (para abreviar), como si arrastrara las palabras con ese extraño acento. Al parecer, utilizaban los tres nombres, pero
resultaba demasiado extraño.
La miró por encima del hombro mientras tiraba del saco sin finura alguna, descubriendo al otro tipo. Ella asintió, dibujando una sonrisa algo tensa. No había querido
dormirse porque se sentía de todo menos segura con aquel panorama, pero, al final, el cansancio le había jugado una mala pasada y había caído rendida.
—No quería despertarla, por eso no hemos levantado campamento antes.
En cuanto el rostro del otro ser estuvo descubierto y su mirada se centró en Sunk, frunció los labios en una mueca. No pudo evitar quedarse embobada con aquellos
ojos del color del bronce, que parecían estar hilados con finísimas líneas de cobre en forma de 8; eran impresionantes. Además, su forma ascendente, junto con las
pobladas cejas oscuras, endurecía aún más su mirada. Le hacía preguntarse si esa era la mirada de un asesino. Estaba tan absorta que apenas se percató de que Sunk
había cortado un trozo considerable de aquella fruta y se la estaba acercando a la boca, justo como había hecho la vez anterior. Y, justo como el otro había hecho, apretó
la mandíbula y giró la cabeza, negándose de nuevo a comer.
Sunk ladeó el rostro, observándole con aquellos ojos enormes de color miel. —¿Estás arrepentido? —El asesino ni siquiera volvió la cara, simplemente le dedicó una
mirada severa. Él soltó el aire burlonamente y le acercó el cuchillo al cuello, dándole un par de golpecillos al collar metálico que llevaba—. Deberías. Estoy seguro de que
tu hembra y tus dos cachorros lo lamentarán.
Brume arrugó el ceño. No le gustaba nada lo que Sunk estaba insinuando.
De nuevo, él apretó la mandíbula y desvió la mirada, pero Sunk no se dio por vencido e insistió; estrujó la fruta en su mano y se la estampó contra la boca. —¿Se te
ha ido el apetito? ¡Come!
Hire Dy Mavok, si no le fallaba la memoria, escupió lo que le había logrado meter en la boca y apartó la cara otra vez. Sunk estaba siendo cruel sin motivo. Otra
vez. Diciéndole todo aquello, golpeándole, ¡electrocutándole con una especie de palito metálico! «Pero ¿qué le pasa a este hombre, eh… a este ser…, a éste?». Si no
quería comer, problema suyo era. Ya comería cuando el hambre le apretara; no era necesario tratarle así.
—¡He dicho que comas!
—¡Najaks! —soltó de repente el otro, retrayendo los labios y mostrándole los dientes y los colmillos; uno estaba serrado.
«¡Ahí está otra vez!». Había sido por un insignificante instante, pero lo había podido ver perfectamente; ese brillo ambarino, ardiente como brasas, encenderse en
sus ojos. ¿Era una reacción a la furia?
Una chispa de temor le cerró el estómago, aplacando el hambre. Aún tenía grabado en la memoria el primer contacto directo que había tenido con él; aquella mirada
evaluativa que, por un instante, se había convertido en ámbar al observarla. «Será mejor que no juegues con él, Sunk Ah Pyur. O lo lamentarás cuando se escape». Y lo
haría, estaba convencida de ello. Sabía que solo estaba esperando el momento adecuado para hacerlo. «Y para cuando llegue ese momento, espero no estar cerca».
En un intento por que le dejara tranquilo ya, Brume se adelantó un poco y levantó la mano. —Yo sí tengo hambre.
Sunk la miró con su único ojo sano y asintió con solemnidad antes de levantarse y golpearle la cara a Hire Dy Mavok con el puño cerrado. Ella, por el contrario,
hinchó los carrillos reteniendo el aire para expulsarlo lentamente. «¡¿Quieres dejarle ya?!». Cuando pasó junto a la hoguera, tiró al fuego el trozo que había tocado el otro
y se acuclilló a su lado para buscar algo dentro de un saco. Odiaba aquella sensación de frustración, de inseguridad al hablar. No sabía dónde estaba, no conocía este
mundo ni sus reglas, estaba a oscuras y le daba la sensación de que si hablaba solo empeoraría la ya complicada situación. Y el hecho de que el tal Hire Dy Mavok
estuviera observándola tan fijamente en ese momento, y con aquella expresión seria, no ayudaba nada.
Dispuesta a escapar de aquel molesto escrutinio, Brume dio un saltito sobre el trasero y se medio escondió tras Sunk. Éste no se dio ni cuenta, estaba demasiado
ocupado pelando y cortando varias de lo que supuso que eran frutas. Pero el otro no se dio por aludido y se inclinó por un lado, dejando que la espesa y larga crin
ondulada que le cubría medio rostro se balanceara. El brillo de la hoguera arrancaba destellos cobres de su pelo y platas de las decenas de abalorios de metal que tenía
repartidos entre los mechones.
Segundos después, apartó la mirada con desinterés, no sin antes dedicarle una de pura rabia a Sunk. La tensión crepitaba en el ambiente entre aquellos dos.
—Coma, mi señora. Está dulce —dijo ofreciéndole uno de los trozos.
Cuando ella lo cogió sin reservas, él emitió un pequeño gemido complacido. Como si creyera que por fin había hecho algo bien con ella. «¿Ah, sí? Pues no».
—No está bien que le golpees. ¿Por qué lo haces?
Él observó a Hire Dy Mavok por un instante y dijo con tono duro: —Porque es un asesino. Porque he visto cómo mataba a su asignada con sus propias manos.
—Rahmaktup —gruñó el aludido.
Brume alzó las cejas. —Creo que él no está de acuerdo con eso.
—No importa lo que él crea. Es un asesino. —Lo dijo con una convicción absoluta; como una verdad innegable—. ¿Por qué le muestra simpatía?
Brume alzó la barbilla, reafirmándose. —No es simpatía. Es solo que no es justo. Y es todavía peor amenazarle con su mujer o sus hijos. ¿Quién eres tú para hacer
algo así?
—Soy el testigo de su asesinato, mi señora. No he dicho ninguna mentira. —Sunk ladeó la cabeza, totalmente incrédulo—. Es una vergüenza para su familia.
—Bueno…, para mí eso no es suficiente. Así que no lo vuelvas a hacer —dijo con firmeza, rayando la testarudez, mientras daba un mordisco a aquella fruta morada
que olía a azúcar.
«¿Qué se supone que estás haciendo, tonta? No te metas en cosas que no entiendes». Demasiado tarde.
Zanjada aquella cuestión, y después de un desayuno de lo más curioso con cosas que nunca había visto o probado, a base de carne seca, pan especiado y una
especie de mantequilla para untar con una textura semejante a la de la miel o la resina, empezaron a desmontar el campamento. O a intentarlo, al menos, porque en
cuanto ella quiso apagar la hoguera, Sunk Ah Pyur saltó.
—¡No! ¡No! Una señora no puede hacer eso.
Brume soltó una carcajada mientras espolvoreaba las brasas con tierra. —Yo no soy ninguna señora.
Aquella respuesta le valió la atención y una mirada interesada del “raro número 2”. Pero ni siquiera a él le hizo caso, estaba demasiado ansiosa por moverse y hacer
algo. Así que empezó a enrollar todas las mantas que estaban esparcidas por el suelo y a recoger aquellos preciosos utensilios de cocina. Sunk se estaba volviendo loco
intentando, en vano, quitarle las cosas de las manos y adelantarse a ella, recogiendo más deprisa. Brume estiró una comisura y se rio, dispuesta a empezar una
improvisada carrera contra él y ver hasta dónde era capaz de llegar con tal de no dejarle hacer nada.
Solo faltaba una ridícula musiquilla de trombones y violines de fondo mientras ella se partía de risa, Hire Dy Mavok les observaba con el ceño fruncido y expresión
desconcertada y Sunk apretaba el morro, muy disgustado consigo mismo.
*****
«No le mires… No le mires…». Pero no podía evitarlo. Dio otro vistazo disimulado hacia atrás, hacia donde se encontraba aquel gigantesco… lo que fuera. Hire Dy
Mavok era enorme; ella apenas le llegaba al pecho, por lo que mediría más de dos metros. Y por si no fuera suficiente con su altura, las puntas de sus alas rozaban con el
fondo del saco y todavía le hacían parecer más alto y peligroso. También su forma de caminar era muy curiosa, balanceándose y con los hombros caídos mientras
arrastraba aquella contundente cola. Y por culpa del saco, que le llegaba hasta los muslos, sus pasos eran un poco torpes.
Sunk lo llevaba firmemente atado con una cuerda y tampoco dejaba de vigilarle, diciéndole de vez en cuando algo en voz baja y en aquel idioma…, el gavaj. Brume
iba a su lado, por supuesto. Todavía no estaba tan loca como para caminar cerca de un asesino. Además, si quería entender este mundo tenía que empezar a aprender;
por ejemplo, cómo se orientaba Sunk Ah Pyur o cómo funcionaba un pequeño aparato, hecho a base de discos circulares y agujas, que parecía medir el tiempo usando el
sol y los planetas como referencia.
El dolor de pies era lo peor. Aquellos zapatos “ildarian” eran muy incómodos, y, además, ya llevaban un buen rato caminando, aunque por suerte habían dejado
atrás los matorrales espinosos y los arbustos del bosque. Eso incluía a una desconcertante fauna, en la que cada cual parecía más peligroso o venenoso que el anterior.
Incluso se habían topado con una “tortuga” que parecía tener dos cabezas, una de ellas falsa que servía para desconcertar a sus enemigos, según le había explicado Sunk.
Ahora, un sendero de tierra oscura les guiaba hasta su destino. Ese sol rojo se alzaba solamente un poco más que al amanecer, pero había la suficiente luz como para
ver perfectamente y la temperatura había subido hasta ser casi agradable. Aunque prefería no quitarse el abrigo. El vestido que le había prestado Sunk era… un poco
más atrevido de lo que estaba acostumbrada. «Si la abuela Eleanor me viera con un escote tan pronunciado que llegara hasta mi ombligo, me daría un buen capón», pensó
con diversión mientras se ajustaba el abrigo al cuello.
Pero la diversión se convirtió en fascinación cuando pasaron cerca de pequeños grupos de casas desperdigados a lo largo del camino sin orden aparente. Ni siquiera
podrían considerarse pueblos, apenas constaban de unas cuantas viviendas. Las edificaciones eran sencillas y parecían muy rudimentarias, pero, aun así, tenían un
diseño y una complejidad cautivadores. Estaban construidas sobre una base rectangular, con techos abovedados, y la forma en la que estaban talladas las ventanas y
puertas le recordaban a una mezcla entre algo oriental y árabe.
Sin embargo, lo que la dejó patidifusa, y casi la hizo detenerse, fue ver a sus habitantes.
—Esos son los darleer —dijo Sunk, tal vez al verla tan interesada.
Eran increíblemente similares a los humanos, con la piel bronceada y de un tono ligeramente rojizo, muy robustos, incluso algo toscos, y no parecían ser muy altos.
Todos y cada uno de ellos estaban trabajando, ocupándose de alguna tarea; no había nadie sentado o descansando.
Él arrugó el morro en una mueca. —Son la raza más baja. Sirven para que los demás no tengan que trabajar.
Brume suspiró con cierto hastío. «Es una sociedad puramente clasista». Lo había sospechado, pero ahora quedaba claramente confirmado. Y era extraño porque, de
todos los seres que había visto hasta el momento allí, los darleer eran los que más se parecían a ella. «Ya no». No, físicamente ya no se asemejaba a una humana, sino a
una ildarian, o eso había dicho Sunk. Pero ella continuaba sintiéndose como siempre, humana. Y no le gustaba para nada el desprecio que se les profesaba a los darleer
sin motivo alguno, simplemente porque estaban considerados solo como una mano de obra.
—Aximorg no queda lejos. Solo tendremos que caminar un poco más —indicó él señalando con el dedo hacia delante. Un gruñido ronco provino de atrás. Sunk Ah
Pyur volteó la cabeza y le miró como si quisiera abrir el ojo que tenía la cicatriz—. ¿Qué sucede? ¿No quieres que te apresen? No haber asesinado.
Brume permaneció en silencio, observando a uno y a otro mientras seguían haciendo camino y el atado susurraba una ristra de palabras en el idioma gutural,
amortiguadas por el saco. Palabras que no sonaban nada bien. «Pues sí que tienen un buen repertorio de palabrotas». No era gracioso, y tampoco tendría que resultarle
gracioso oírle refunfuñar, pero lo hacía. Y no tenía ni idea de por qué.
Mientras estaba distraída en sus pensamientos, sintió que Sunk la observaba, por lo que le miró con las cejas alzadas. Él retorció la cuerda enrollada en su mano
antes de preguntar:
—Entonces…, ¿piensa solicitar que le asignen un guardián?
¿Un guardián? A Brume eso le sonaba a escolta o a algo parecido. Y, tal vez, no era mala idea que alguien la ayudara y la guiase mientras intentaba encontrar la
manera de volver a casa. Porque, de hecho, si era cierto que había viajado hasta Hécteon, también existía la posibilidad de regresar a Whetfilangder.
Asintió con una sola cabezada.
Sunk Ah Pyur asintió también. —Tal vez, podría ser yo.
—Claro. —Aquella respuesta pareció dejarle desconcertado—. Además, pareces conocer bastante bien esta tierra, ¿no?
Otra afirmación contundente. —Sería un honor ser su guardián. —Ya visiblemente más tranquilo, paseó tímidamente el ojo sano por su pelo—. ¿Son cómodas las
trenzas?
—Sí, mucho. Lo cierto es que te salen muy bien.
Sunk enarcó una de sus cejas peludas y asintió lentamente. «Dentro de poco, si sigue sorprendiéndose así con cada palabra que le digo, puede que hasta abra el ojo
tuerto». «Espero que no tenga la cuenca vacía…». «¡Brume, deja de pensar cosas raras!».
Por culpa de estar pensando aquella sarta de tonterías, casi se resbaló y salió rodando por la colina que acababan de subir. Pero logró mantener el equilibrio y
disimularlo estirándose la falda antes de levantar la vista y quedarse otra vez con cara de boba.
«Así que eso es Aximorg».
Era impresionante, gigantesca, comparada con…, bueno, con nada de lo que hubiera visto ella jamás. Lo que más destacaba era el altísimo castillo que se alzaba muy
por encima de las demás construcciones. No estaba muy segura, pero parecía estar tallado en la misma montaña que tenía detrás. Aunque no tenía el color oscuro de la
piedra, sino que era blanco, de un brillante e inmaculado blanco. Destacaba igual que una luciérnaga en medio de la noche y daba la sensación de ser algo inalcanzable.
—¿Le gusta? Es el Palacio de Hielo. Todas las ciudadelas tienen uno —le explicó Sunk.
Tragó saliva sonoramente y asintió. Daba gracias por haber fingido estar desmemoriada; de ese modo no resultaba extraño, o al menos no demasiado, que pareciera
lo que realmente estaba. Perdida.
Él entreabrió la boca para decir algo más, pero se detuvo en cuanto una figura bastante más alta que ella pasó por su lado. ¡Un ildarian! «Es increíble… El mismo
patrón de líneas sobre la piel. El mismo color nacarado y las mismas conchas». Tenía el pelo largo, de un castaño muy claro y con varias trenzas repartidas; además era
muy guapo. Iba seguido por dos… ¿guardianes? Aunque ninguno de los dos se parecía a Sunk o al asesino; uno era bastante más bajo y con cuatro brazos y el otro se
parecía muchísimo a un centauro, con una larga cola que incluso arrastraba. Ambos tenían unas garras terribles.
«Tú tranquila. No pasa nada. Hazte a la idea de que este mundo es así. Punto». Qué fácil sonaba en su mente. No podía cerrar la boca mientras les veía ponerse
tranquilamente a su altura, aunque, a pesar de su aspecto feroz, no parecían amenazantes. «Hazte un favor y disimula tu asombro, anda».
Sunk, sin embargo, tenía el pelo erizado y el ojo con la cicatriz aún más guiñado. Su voz sonó conciliadora, pero extrañamente acongojada. —Saludos.
Ese hombre, el ildarian, ni siquiera se molestó en responder o mirarle. Aunque sí que dirigió sus ojos hacia ella mientras le hacía una leve reverencia con la cabeza,
como si fuera la única que existiera. Brume, incapaz de algo más elaborado, inclinó también la cabeza.
Sus dos guardianes copiaron el movimiento y le dijeron al unísono: —¡Saludos!
Entonces, la cuerda que Sunk sujetaba se tensó, haciendo que temblara y sonara tenuemente. Brume observó a todos y cada uno de los allí presentes, porque la
tensión que había en el ambiente estaba empezando a ahogarla. Sobre todo, la que emanaba del ser a su espalda.
Por suerte, aquel trío tan particular siguió su camino sin más palabras que las dichas. Y por fin pudo respirar, casi sintió el impulso de apoyarse en las rodillas y
suspirar de alivio. Sunk Ah Pyur seguía tenso.
—¿Qué te pasa?
—Temía que fueran una amenaza —murmuró arrastrando las palabras mientras se ponían de nuevo en marcha.
—¿Por qué querrían atacarnos?
Él la miró de un modo extraño. —Para conseguir su materia, mi señora. —Al verla asentir sin mucha convicción, se paró en seco y se volteó hacia ella—. ¿Tampoco
recuerda lo que es la materia? ¿La Divinidad?
—Estoy amnésica, ¿recuerdas? —farfulló mirando a otro lado y toqueteándose el abrigo de piel blanca.
Aquella respuesta pareció acabar con la paciencia de Sunk. Ahora la miraba con… desconfianza. —¿De verdad no conoce a la Divinidad? ¿Y qué es amnésica?
—Amnésica significa que no tengo recuerdos. Y no, no conozco a la… Divinidad.
—¡¿Cómo es eso posible?! —Dejó caer la bolsa de provisiones al suelo y empezó a dar vueltas, a caminar de arriba abajo, inquieto e incrédulo a partes iguales—.
¿Qué clase de ildarian es? ¿Cómo puede no saberlo? ¿Cómo puede no conocer la fuente de su poder?
«¿Materia? ¿Poder? ¿Pero de qué está hablando?». Por el rabillo del ojo vio cómo se removía Hire Dy Mavok dentro del saco. Entre uno y otro la estaban poniendo
muy nerviosa.
—Es algo normal si se supone que no recuerdo nada —aseguró dando un paso atrás, alejándose de aquella mirada de un solo ojo que la estaba fusilando.
Sunk dio un paso hacia ella. —Es muy extraño que hasta eso haya olvidado. En fin…
En cuanto Sunk Ah Pyur se dio la vuelta y se agachó para recoger la bolsa, una rodilla se estampó contra su cara, golpeándole y haciéndole rodar por el suelo. Una
nube de polvo negro se levantó a su paso.
—¡Sunk! —gritó Brume estirando el brazo hacia él.
El saco que cubría aquella mole de músculo empezó a temblar, a resquebrajarse, mientras el asesino soltaba un gruñido ensordecedor. Alguien estaba muy, pero que
muy enfadado. Brume empezó a retroceder, dispuesta a salir corriendo, pero sus piernas no le respondieron.
—¡Quieto! —gritó Sunk, levantándose del suelo con dificultad mientras empuñaba aquel palito metálico. Un fino reguero de sangre se desbordaba de su comisura
partida.
Pero antes de que pudiera desenfundar la lanza que llevaba a la espalda, Hire Dy Mavok, aún cubierto por el saco, lo embistió con la potencia de un tren. Brume
estaba en shock, estática mientras les veía rodar sobre la tierra negra. «¡Es imposible que pueda hacer nada contra él! Tiene una fuerza brutal». La lanza y el palito
quedaron desperdigados por el suelo, dejando a Sunk totalmente desarmado.
Unas manos enormes aparecieron por el borde del saco medio roto, desgarrándolo y destrozando las cuerdas que lo mantenían atado, o aparentemente, porque era
escalofriante la facilidad con la que estaba haciendo todo añicos. Los músculos de sus brazos y su pecho estaban hinchados y se le marcaban como cuerdas bajo la piel.
«Ay, Dios… Ay, Dios…».
Sunk Ah Pyur no tardó ni un segundo en lanzarse sobre él en un tremendo y ágil salto, haciéndoles caer a los dos de nuevo al suelo. El sonido de los golpes y los
zarpazos rasgando y cortando la piel era turbador mientras rodaban y se ensuciaban de tierra, intentando imponerse al otro.
Sin pensarlo dos veces, Brume corrió hasta donde se encontraba tirado aquel palito de metal blanco y lo agarró con ambas manos, apresándolo contra su pecho.
Tenía que hacer algo. «¡Basta! ¡Estaos quietos, maldita sea!». Mientras les oía gruñir como animales y enseñarse los dientes, intentaba averiguar cómo funcionaba
aquella cosa.
—¡No tiene botones! ¡No tiene nada! —gritó entre dientes.
Miró de reojo a Sunk Ah Pyur, pero en ese momento estaba demasiado ocupado encajando un puñetazo del grandullón, que lo mandó al menos a tres metros de
distancia. Al fin, cuando lo agitó, un arco de electricidad pasó de una punta a otra, haciendo chisporrotear el aire de alrededor. «¡Sí, sí!». Sin perder más tiempo, corrió
hasta el asesino, que ya tenía las alas ligeramente desplegadas y estaba preparándose para volver a saltar sobre Sunk. Brume apretó los ojos y le dio una pequeña
descarga en la espalda que lo hizo gruñir de dolor.
—Perdona…, perdona… —murmuró ella con expresión contraída.
Él se desplomó al suelo como un peso muerto, completamente paralizado. Tenía la mejilla aplastada contra la tierra y la miraba fijamente con el ceño fruncido.
—Najaks —gruñó con voz ronca. Pero, acto seguido, empezó otra de sus interminables hileras de palabras en su idioma.
Brume soltó ese palito infernal de inmediato y se acercó a él inconscientemente. «Ay, madre, ¿qué he hecho?». —Lo siento, lo siento mucho… Perdóname. No
quería hacerte daño.
Cuando quiso darse cuenta, Sunk Ah Pyur ya había conseguido levantarse del suelo e iba hacia Hire Dy Mavok, mostrando los dientes y desprendiendo furia por
cada pelo de su cuerpo. El grandullón también logró recuperarse con rapidez y se puso en pie de nuevo. Brume entrecerró los ojos, pero en vez de golpearla y vengarse
como ella había creído que haría, la apartó a un lado con un mínimo movimiento de su muñeca. Aunque apenas la había tocado, la hizo retroceder unos cuantos pasos.
La miraba por debajo de aquellas gruesas cejas como si estuviera diciéndole: “Ya está bien. No me molestes más”.
Sin más, empezó a correr hundiendo los pies descalzos en la tierra y dio un salto, desplegó las alas y le propino una impresionante patada en el pecho a Sunk.
—¡No! ¡Parad! Por favor…, ya está bien —chillaba Brume. Pero era como aullarle al aire, nadie hacía caso.
Un grito de Sunk y un gruñido de Hire Dy Mavok y de nuevo estaban enfrascados en otro festival de puñetazos, mordiscos y patadas. Solo que, esta vez, a pesar
de parecer pesado y lento, el ser alado golpeaba con una rapidez y con tal contundencia que helaba la sangre.
Sunk Ah Pyur intentó darle un par de zarpazos rápidos, pero el otro los esquivó, devolviéndole los golpes. —¡Utilice el arma! ¡Utilícela…!
No llegó a terminar la frase. Hire Dy Mavok le golpeó la mandíbula con el codo, girándole la cabeza y dejándole sin sentido. «¡No! ¡Déjale!». Brume corrió todo lo
deprisa que pudo, atrapando al vuelo el palito del suelo, mientras veía impotente cómo el grandullón se subía a horcajadas sobre Sunk Ah Pyur y le apretaba el cuello
con ambas manos.
Estiró el brazo para darle otra descarga, muy a su pesar, pero ni siquiera llegó a rozarle porque, en cuanto él se percató, dio un manotazo y el palito salió volando
por los aires. Se fue al menos a diez metros de distancia.
—¡No! —gritó mientras seguía con los ojos la trayectoria del arma.
—Najaks —dijo él a medio camino entre un susurro y un gruñido de advertencia.
Pero ella no se achantó. —Suéltale.
Él la miró y tragó saliva, como si estuviera en medio de un conflicto interior. Luego, bajó los ojos y observó a Sunk mientras con una mano le tapaba la nariz y la
boca. Sunk Ah Pyur apretó con fuerza los ojos y empezó a convulsionar; lo estaba asfixiando.
Brume agarró la coraza de Sunk y empezó a tirar de él con todas sus fuerzas; de nada servía. —¡Ya basta! ¡Estás ahogándole!
Una mirada encendida en ámbar fue su respuesta mientras le cogía la mano, deteniéndola. —Asesino.
«¿Asesino? ¿Sunk?». Ambos le miraron. Apenas podía respirar. Ella volvió a intentarlo. Esta vez, agarró la mano con la que Hire Dy Mavok intentaba ahogarle y la
apretó mientras negaba rápidamente con la cabeza.
—Por favor…, no lo hagas. Por favor.
Y por increíble que pareciera, al final lo soltó, levantándose del suelo y apartándose un poco de ellos. Con manos temblorosas, Brume le colocó a Pyur dos dedos en
el cuello, asegurándose de que tenía pulso; era débil, pero pudo sentir el latido bajo la yema de los dedos a través del pelaje. Seguramente, tardaría un buen rato en
recobrar el conocimiento. Intentando recuperar la calma y bajar su propio ritmo cardíaco, se llevó la mano a la frente y se masajeó la sien.
El grandullón replegó las alas hasta casi hacerlas desaparecer tras su espalda y volvió a su postura encorvada de hombros caídos, menguando ligeramente de tamaño.
Cuando ella elevó el rostro para mirarle, él ya la estaba observando con aquellos ojos aguileños de cobre y bronce. Tenía la mirada de un ave rapaz; penetrante,
intimidante.
«¿Y ahora yo qué hago?». Se levantó mientras le devolvía la mirada. —No deberías haber hecho esto. —Pero él no contestó, se limitó a dar media vuelta, dispuesto a
largarse de allí. Brume dio unos pasos en su dirección—. ¿Qué has querido decir cuando has dicho que era un asesino?
Hire Dy Mavok se detuvo, la ojeó por un instante y luego señaló a Sunk con la barbilla.
—¿Él es un asesino? —No respondió, su mirada lo decía todo—. ¿Y por qué debería creerte? Él decía lo contrario.
Aquel “hombre” solamente alzó los hombros. «Ya. Que crea lo que quiera, ¿verdad?». Entonces, ella también los alzó con desdén. «Pues si hay alguna posibilidad
de que sea un asesino, va a ser que no voy a quedarme con él». La duda era razonable, y su decisión también. No les conocía y no tenía manera de saber quién decía la
verdad. Ahora, fue ella la que dio media vuelta y empezó a caminar en dirección a la ciudad mientras él la observaba marchar. Solo por si acaso, decidió llevarse el palito
eléctrico con ella.
Volvió al camino sin mirar atrás. Aunque sabía con certeza que él no se había movido del sitio, como si estuviera esperando a que se detuviera o que se acercara de
nuevo a él. «No. No me esperes. Yo me voy sola». Aquella situación, digna de un libro de Agatha Christie, la desestabilizaba, amenazando con destruir su aparente
fachada de tranquilidad. No podía dejar de refunfuñar.
—Ahora resulta que he estado durmiendo, comiendo y viajando… no solo con un asesino, ¡sino con dos! ¿Será posible? Brume, eres tonta… Cómo te has dejado
meter en este lio.
Y caminó y caminó. Parecía que aquella ciudad…, Aximorg, estaba cerca, pero ¡madre mía! nada más lejos de la verdad. Entre suspiros, vistazos a aquel precioso
cielo plagado de planetas y estrellas, y chutes a pequeñas y puntiagudas piedras pasó el rato. Estaba segura de que llevaba, al menos, una hora caminando por aquel
sendero solitario. Pero el esfuerzo había valido la pena; por fin se encontraba casi a las puertas de la gran muralla de piedra negra que protegía la ciudad.
Al final del sendero, una chica muy joven, otra… ildarian, caminaba tranquilamente en su dirección. Brume casi tuvo que apartar la mirada por el vestido tan
provocador que llevaba; era de gasa azul cielo, apenas le cubría los pechos y dos aberturas laterales dejaban sus muslos al descubierto. Iba seguida de cerca por otro de
esos seres. «Vaya, se ve que es algo normal y corriente eso de llevar guardianes contigo a todas partes». Éste era muy alto, más bien humanoide y, aunque estaba
delgado, tenía bien definidos los músculos. Lo que más llamaba la atención era su larga melena rubia, que le cubría gran parte del rostro y se balanceaba con cada paso
desgarbado que daba. También vestía con unos pantalones cortos por el muslo, muy parecidos a los que llevaban Sunk y los otros guardianes. Y, al parecer, todavía no
habían reparado en ella. Pero eso cambió en cuanto estuvo casi a su altura y se percataron de su presencia; ambos se detuvieron en seco, observándola en silencio.
—Hola —saludó Brume sonriendo cálidamente. No se detuvo, siguió caminando.
La chica seguía con las cejas levantadas, los ojos muy abiertos y aquella expresión incrédula. —¿Dónde está tu guardián?
«Ups». Definitivamente, algo iba mal. Muy mal. Brume se giró para enfrentarla, pero la valentía menguó considerablemente cuando vio la expresión demasiado
interesada del guardián. Ladeaba la cabeza en un ángulo extraño, y sus rasgos extremadamente alargados parecían estar tallados en una máscara de madera. La ildarian, en
cambio, la miraba con una sonrisa torcida llena de soberbia. A falta de algo mejor que decir, optó por permanecer en silencio.
—Tu guardián —insistió con la arrogancia impregnando cada palabra—. ¿Dónde está?
«Di algo. ¡Lo que sea!». Levantó el mentón y templó la voz para su mentira. —Más atrás. Y ahora, si me disculpas. —Dio media vuelta airada, fingida con gran
maestría, habría que añadir, y empezó a caminar de nuevo.
Al parecer, no se habían quedado satisfechos con su respuesta, porque la estaban siguiendo. «Ay, madre mía… Me quieren robar». El nerviosismo la asaltó, pero lo
aplacó cogiendo de nuevo el palito eléctrico y escondiéndolo debajo de sus brazos cruzados. «Como se les ocurra acercarse a mí, les electrocuto. Lo juro».
—Estás sola, ¿verdad? ¿Has perdido a tu guardián?
Brume la miró por encima del hombro, apretando todavía más el paso. —Yo no he dicho eso.
Un silencio. —Pues yo no veo a nadie más.
—Que no lo veas no significa que no esté.
Pero ella pareció no escucharla, o la ignoró, que era lo más probable. Su voz fue como un suspiro cuando dijo: —Átkalis.
Entonces, empezó a oír unos pasos pesados acercándose con rapidez. Apenas le dio tiempo de girarse y comprender lo que estaba sucediendo. Aquel guardián ya
estaba prácticamente encima de ella, amenazándola con sus largas garras. «Pero ¡¿qué le pasa a esta gente?!». En un acto reflejo, le apuntó con el palo en forma de Y,
dispuesta a luchar. Pero, de repente y de la nada, de las manos de la chica emanó una especie de líquido azul muy luminoso, que serpenteó por el aire y le golpeó la
mano como un chorro de electricidad pura. El palito salió disparado y se perdió en la espesura del bosque colindante.
Simultáneamente, aquel ser la agarró del cuello y la elevó del suelo sin el menor esfuerzo. Y apretó… y apretó. Casi podía escuchar crujir su cuello, y el miedo la
inundó como un veneno. Brume estiró los brazos e intentó arañarle la cara, obligarle a que la soltara, pero era inútil. Su piel era demasiado dura, ni tan solo podía clavar
las uñas, se rompían antes. Probó con patadas y puñetazos, pero tampoco le hacían ni el más mínimo rasguño. Era demasiado superior a ella físicamente, un muro
inamovible.
Las fuerzas fueron abandonándola a la velocidad del rayo. Apenas podía respirar, sentía cómo se comprimían sus pulmones, la cara roja, puntos negros en su visión
y el dolor en su cuello. Pobremente podía mantenerse despierta, el mareo le estaba nublando la vista. «No quiero morir. Todavía no…».
Más pasos acercándose. Un suspiro ahogado de la ildarian.
Al instante siguiente, ella estaba en el suelo, agarrándose el cuello y luchando por respirar. Cuando consiguió coger algo de aire y se giró para averiguar qué era lo que
había pasado, la sorpresa le provocó otro ataque de tos.
El grandullón, Hire Dy Mavok, estaba peleándose con el guardián rubio, que no dejaba de propinarle rápidos zarpazos con sus afiladas garras. Sin embargo, él las
esquivaba sin problema, devolviéndole el golpe multiplicado por diez, haciéndole rodar por el suelo y sangrar con cada arremetida. Apenas le dejaba respirar, volviendo
a aporrearle una y otra vez.
La joven ildarian veía la escena con una expresión horrorizada. —¡Para! No merece la pena. Creí que estaba sola. —Brume le dirigió una mirada asesina entre toses.
Ella negó mientras miraba de arriba abajo a Hire Dy Mavok—. Pero veo que no.
Cuando Brume también le miró, aún anonadada por que realmente estuviera allí y le hubiera salvado la vida, se quedó boquiabierta al ver sus ojos. Ardían con un
brillo naranja casi cegador, como llamas que bailaban dentro de sus iris y que parecían avivarse con cada segundo que pasaba. Era asombroso. «No sabría decir quién da
más miedo».
Sin decir nada más, la chica y su guardián levantaron las manos en signo de rendición y comenzaron a retirarse sin darles la espalda hasta que estuvieron a suficiente
distancia. «¡Eso! ¡Huid, malditos, huid con el rabo entre las piernas!». De la rabia que sentía, cogió una piedra que tenía a su lado y la lanzó con todas sus fuerzas hacia
el idiota rubio. Le golpeó, rebotó y él ni siquiera se giró. Dudaba que hubiera sentido nada. Ella, en cambio, sí se sentía mejor.
Cuando esa “furia asesina” dejó de cegarla, se acordó del grandullón. Por lo que se volteó hacia él y se acercó con un par de pasos. Esperaba que no estuviera
demasiado herido por su culpa.
—¿Estás bien?
Él la miró como si no comprendiera a qué venía esa pregunta.
—No entiendo muy bien lo que acaba de pasar, pero… muchas gracias.
—Tú… —Se quedó en silencio durante unos segundos como si estuviera pensando lo que iba a decir a continuación. Normal, si se tenía en cuenta que no solía
hablar ese idioma—. Tú no materia.
Ella alzó los hombros. —La verdad es que no sé qué quiere decir eso.
El grandullón miró por encima de ella hacia la ciudad y negó lentamente con la cabeza.
Brume suspiró. Estaba claro. —Volverá a ocurrir esto, ¿no? —Él levantó el hombro—. ¿Y… a dónde puedo ir?
Vio cómo su nuez se movía tragando saliva mientras miraba el camino que tenían detrás y de nuevo hacia la ciudad. Le daba la sensación de que estaba debatiéndose
en algo. Tal vez, si iba ayudarla o a dejarla. O, en el caso de que decidiera ayudarla, a dónde podían ir. Finalmente, le hizo una seña con la cabeza para que le siguiera y
comenzó a caminar a través del bosque, dejando atrás el sendero y Aximorg.
Brume se lo pensó por unos instantes. «No estoy segura de que sea buena idea. Aunque visto lo visto…». Al menos, él la había ayudado y no había intentado
matarla. Alzó los hombros y se adentró ella también en la espesura violácea.

IV
Mavok
No llevaba un rumbo fijo, sino que estaba buscando un lugar en el que refugiarse de los otros ildarian que pudiesen rondar por allí para entrar o salir de la ciudad.
Podía olerles por debajo de la esencia que ella desprendía; el olor del peligro se solapaba con su aroma reconfortante con cada brisa que le soplaba el pelo hacia el rostro.
Después de empeñarse en no seguirle y en caminar por ahí sin un guardián, ajena al peligro que corría bajo los ávidos ojos de los de su raza, ahora por fin podía oír
sus pasos tímidos y livianos tras él. Dudara o no de que fuera realmente el asesino, iba siguiéndole. Eso era un alivio.
Pero ¿qué iba a hacer con ella? Su cabeza guerreaba sin llegar a una decisión. Ni siquiera recordaba cómo hablar con fluidez su idioma, y todavía no estaba seguro de
por qué había sentido el impulso de seguirla y asegurarse de que nada malo le pasara. Simplemente, no podía dejarla sola; no sabía lo que hacía, no usaba la materia y
tampoco sabía cómo comportarse o sobrevivir por sí misma. Ya había tenido que salvarle la vida una vez.
«Ahair. Está desvalida. Cuido de ella».
Seguía sin considerarse el adecuado para ayudarla, pero eso ya no le importaba; el pensamiento estaba envuelto por un extraño instinto de protección que le hacía
olvidar todo lo demás. Aunque quedó eclipsado por el dolor mientras hacía a un lado la maleza y pisaba con firmeza las plantas rastreras secas y la esponjosa hierba,
arrastrando la cola sobre ellas. Todavía le dolía el cuerpo por la descarga que Brume le había dado con ese fastidioso eskil ildarian, y que hubiera repetido si no se lo
hubiera tirado al suelo de un manotazo. Así que se obligó a recordar lo nerviosa y preocupada que había estado mientras lo hacía. «No era su intención hacerte daño,
solamente pensaba en salvar a Pyur».
Después de caminar un buen trecho, avistó un montículo saliente de roca. Era perfecto, bien oculto por su color gris oscuro y el círculo de altos árboles que lo
rodeaban. Se detuvo y se aseguró de que ella seguía ahí con un rápido vistazo, luego buscó un recoveco adecuado en la piedra desnuda que servía a la vez de techado y
cobijo. Se agazapó y se refugió bajo él, acuclillándose cómodamente.
Cuando se volvió por fin para mirarla y pedirle que se acercara, ella parecía todavía desconfiada y le miraba con cierta cautela. Sin embargo, como si tomara la
decisión al fin, se acercó con un suspiro y se dejó caer junto a él a su lado, sentándose con las rodillas abiertas y los tobillos cruzados. Mujer extraña. Aquello le
sorprendió agradablemente. No guardaba las distancias, no parecía temerle. Tal vez, empezara a dejar de verle como un asesino. Solamente por si acaso, tuvo cuidado de
mantener las alas bien plegadas a su espalda en todo momento, como solía hacer normalmente para reducir un poco su incómoda estatura. No quería parecer
amenazador.
Ya estaban a salvo. ¿Y ahora qué?
La miró de nuevo y la encontró examinándole como si le viera por primera vez. Sus ojos azulados vagaban por su rostro, fijándose en cada detalle hasta el punto de
hacerle sentir extraño. Incluso bajó su mirada, resiguiendo su piel hasta la pequeña decoración de inscerlin en forma de media luna que llevaba en el pectoral izquierdo.
Y, por último, sus pestañas se elevaron de nuevo para dirigirse a su crin, demorándose también demasiado allí. Entendía su curiosidad, él también la sentía por ella, pero
no estaba acostumbrado en absoluto a que le examinaran tan de cerca o con tanto esmero.
Le hacía debatirse consigo mismo, incapaz de decidir si eso le gustaba o le disgustaba. De lo que sí estaba seguro era de que, si se estaba quieto, no podría seguir
fingiendo tanta indiferencia.
Apoyó las manos en la tierra negra que había bajo sus pies y la removió ligeramente con los dedos, mirando los alrededores en busca de una planta de kuya. Llevaba
días sin probar bocado y, además, esa raíz era esencial para sobrevivir. Su estómago gruñó cuando encontró una no muy lejos de él, recordándole lo hambriento que
estaba en realidad. Un par de arbustos la escondían. Miró fugazmente a Brume, que tenía en su cara una expresión de no saber qué hacía allí con él, y, sin decir nada,
estiró el cuerpo y apoyó el antebrazo en el suelo para arrancar la planta de un tirón y sacudir

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