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Juegos insolentes Libro 4 – Emma Green

Juegos insolentes Libro 4 – Emma Green

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Apenas si tengo tiempo de llamar a mi abuela de camino a la estación de policía. Y de enviarle un mensaje lacónico a Tristan para decirle que vaya conmigo. Desde
entonces, nada. Me quitaron todo, celular, bolso, y me encerraron en una habitación vacía de no ser por una mesa y dos sillas. Varios policías diferentes se sentaron

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frente a mí para hacerme las mismas preguntas diez veces. Una mujer también vino a tomarme algunas muestras de las manos, la piel de mis brazos, mi camisa blanca,
sin explicarme nada.
Pero sé muy bien lo que están buscando: lo mismo que yo. Saber quién metió esa foto en mi bolso hace algunas horas. Saber quién se escondía entre la multitud de
Mallory Square durante esa ceremonia en memoria de Harry. Saber quién escribió esas palabras terribles al dorso de la fotografía:
« Él está vivo. Se encuentra bien.
Ella no se lo merecía. »
Llevo tres horas pensando en estas frases. Si efectivamente Harrison sigue vivo y esa foto lo demuestra, ¿quién la tomó? ¿El que lo secuestró hace seis años? Pero
entonces, ¿por qué salir de las sombras ahora? ¿Por qué contactarme a mí? ¿Por qué no haberme hablado directamente en lugar de escribir ese enigmático mensaje? ¿Y
quién es « ella », esa mujer que no merecía a Harry? ¿Su madre, Sienna Lombardi? Siento frío en la espalda.
No sé cuántas horas han pasado desde que llegué aquí, ya no puedo ni pensar. Ni siquiera sé si es de día, de noche o de madrugada. E ignoro por qué nadie me
habla, por qué no me liberan. Muero de calor, de sed, de cansancio, de miedo y de frío a la vez.
– Señorita Sawyer, una disculpa por hacerla esperar.
– ¡Teniente Boyle!
Estoy sorprendida y a la vez aliviada de volver a ver el rostro familiar del investigador. Él era el encargado de la investigación de la desaparición de Harry. Con él
hablé por teléfono hace dos meses, cuando intentaba comprender el mensaje que me envió mi padre en su última carta. Pero no lo había vuelto a ver desde entonces. Y el
físico intacto del teniente Boyle me hace volver a pensar en lo que sucedió hace seis años. Es exactamente el mismo hombre barrigón y sudoroso, con respiración
ruidosa y laboriosa, cuyo cinturón apenas si puede detener a su pantalón y cuyo pañuelo empapado ya no puede secarle la frente. Llego a preguntarme si lleva puesto
el mismo traje beige que en ese entonces, los mismos lentes sin armazón que se le deslizan en la nariz por culpa del sudor. Él saca su bloc de notas y la pluma del
bolsillo interior de su saco, como lo he visto hacer decenas de veces y luego se acomoda frente a mí.
– Nuevamente, siento mucho lo de su padre. Me hubiera gustado volver a verla en otras circunstancias. Hay casos que se niegan a ser cerrados…
– ¡No! ¡Eso es algo bueno! lo interrumpo. Es una nueva pista, ¿no? ¿Vio la foto?
– Seguimos sin saber si esa foto es auténtica, señorita Sawyer. Podría tratarse de un montaje, de una foto vieja de Harrison. O simplemente de otro niño que se
pareciera a él. Con el Internet y todas esas series de Experts en Miami o en Manhattan, todo el mundo se cree capaz de resolver los casos usando solamente una
computadora.
Pesimista. Decepcionado. Directo y sin tacto, eso tampoco ha cambiado.
Boyle suspira. Se quita los lentes y se da golpecillos en las sienes. Lo miro hacer su ritual mientras siento mis esperanzas derritiéndose bajo el oprimente calor de
esta sala sin ventanas. Él sale por un minuto y regresa con una pequeña botella de agua fresca para mí y otra para él, la cual ya vació hasta la mitad.
– Necesito que recuerde absolutamente todo lo que pasó esa noche, señorita Sawyer. ¿Alguien pudo haberla seguido hasta la Mallory Square? ¿Quién sabía que
usted estaría en esa ceremonia? ¿Algún desconocido se le acercó demasiado? Debe pensar en todo lo que le pareció extraño durante esa reunión. Una persona con
comportamiento anormal o…
– Ya le dije todo a sus colegas. Había centenares de personas y todo el mundo se parecía, vestidos de blanco… La única persona con la que hablé fue mi mejor
amiga, Bonnie Robinson…
– Ebony, me corrige como si eso pudiera tener alguna importancia.
– Tristan vino para darnos un farolillo…
– Entonces habló con dos personas por lo menos, me interrumpe el teniente. ¿Cómo estaba él?
– Radiando felicidad, ironizo molesta.
– ¿Hizo o dijo algo en especial?
– Nos agradeció por estar ahí y…
– ¿Y qué? Necesito saber todo, insiste fríamente, como si yo estuviera escondiendo algo.
– Me abrazó… Pero fue sólo porque llevaba zapatos verdes y… ése era el color favorito de… No podría entenderlo, renuncio a explicar.
–Debo entender, señorita Sawyer.
– ¿Por qué siempre parece estar sospechando de todo el mundo? comienzo a disgustarme.
– Porque si el sospechoso fuera alguien obvio, lo habría encontrado desde hace mucho.
Ahora soy yo quien suspira. No hay nada que quiera más en este mundo que encontrar a Harry. Pero este investigador tiene el don de arruinar todo. En seis años,
es la primera y única vez que encontramos una prueba de que el pequeño desaparecido sigue vivo. Hay miles de preguntas a las que no encuentro respuesta, pero no
puedo evitar seguir teniendo fe. Esa foto me llegó la noche de esa ceremonia dedicada a Harry, no puede ser casualidad.
– Tristan, digo de pronto. ¿Habló con él?
– Vino aquí y lo enviamos de regreso a su casa.
– ¿Pero por qué? ¡Es su hermano! Tiene derecho a…
– Señorita Sawyer, quiero que este interrogatorio termine tanto como usted. ¿Qué sucedió después?
– Vi a mi abuela. Del brazo de su… amigo.
– ¿Nombre?
– Bigote Blanco… Pero seguramente debe tener un nombre más oficial. Betty-Sue lo conoció en el festival de la cerveza y no tiene nada que ver con todo esto. Ellos
estaban lejos de mí, ni siquiera hablamos, sólo fue un gesto con la mano. La multitud se movió en cuanto la ceremonia terminó. Fui presa del pánico, ni siquiera sé por
qué. Luego alguien jaló mi bolso, creí que estaban intentando robármelo y fue allí que descubrí la bolsa abierta con la foto al interior. Ya se lo conté diez veces. ¿Puedo
irme?
Necesito ver a Tristan urgentemente.
– Sí, suspira el investigador garabateando algunas últimas notas en su bloc.
– ¿Dónde está mi bolso?
– Se va a quedar aquí por un tiempo. Para ser analizado. Igual que su teléfono.
– Genial. ¿Imagino que tampoco podré recuperar la foto?
– No.
– Teniente Boyle, Tristan ni siquiera la ha visto. ¿Se imagina en qué estado debe estar?
– Se la mostré antes de enviarla a analizar, cuando estuvo en la comisaría.
– Gracias…
Respiro de nuevo. Finalmente, debajo de su prominente vientre y esos litros de sudor, también se esconde un corazón.
– No hable con la prensa, eso es todo lo que le pido, señorita Sawyer. Y ambos deben tener en mente que esa foto puede no ser lo que creen.
– O puede ser que sí lo sea… murmuro para mis adentros.
Al fin salgo de la habitación sin ventanas, hinchada y llena de contracturas después de haber pasado tantas horas sentada en esa incómoda silla. Desde aquí escucho
la voz aguda de Betty-Sue haciendo un escándalo en la recepción de la comisaría.
– ¿Arrestaron a mi nieta? No. ¿La van a mandar a la cárcel? No. ¡Entonces regrésenmela! No me iré de aquí sin ella, ¡¿me escucharon?! ¡No me obliguen a entrar a
buscarla yo misma! ¡Y sus esposas no me dan miedo, señor policía! Yo ya las usaba cuando usted seguía en pañales. ¡Y creo que no quiere saber para qué las utilizaba!
El joven de la recepción le lanza una mueca entre divertida y asqueada. Saco a mi abuela antes que la arresten por atentar contra la moral pública o que siga
hablando con tantos detalles sobre se vida sexual con accesorios.
– ¿Te lastimaron, Livvy? ¡No se saldrán con la suya!
Betty-Sue examina mi rostro tomándome del mentón y luego me levanta la blusa para buscar rastros de golpes.
– No, sólo quiero regresar a casa. Ven, vamos a caminar.
Dejamos el Key West Police Department, tomadas del brazo, y aprovecho el trayecto para recobrar el ánimo y contarle todo lo que sé. Después de recoger mi auto
en la agencia, donde lo había dejado, llevo a mi abuela a casa de un tal Eugene Dick Roberts – Al parecer no tiene ganas de pasar la noche sola – y finalmente regreso al
1019 de la Eaton Street, con el corazón lleno de esperanza, pero también estrujado por el miedo.
Son casi las 4 de la mañana y la casa parece dormida. Me sorprende no encontrar a Tristan dando vueltas en la sala o clavado en su computadora buscando nueva
información. No enciendo la luz, voy a la cocina de puntillas y abro el refrigerador, sin saber qué estoy buscando.
– ¿Esto es lo que quieres?
Su voz grave me espanta, suelto las llaves de mi auto, que caen al piso y volteo bruscamente. Tristan está allí, en la esquina, iluminado por la luz del refrigerador.
– Era la última cerveza, dice ofreciéndome la botella.
Cruza los brazos sobre su torso mientras tomo un trago muy frío, pero tranquilizador. Distingo los rasgos cansados en su rostro, sus ojos enrojecidos y su
mandíbula contraída que intenta atravesar la piel de sus mejillas. Es evidente que no durmió en toda la noche. Sin duda esperaba mi regreso. Pero soy incapaz de
descifrar su expresión. O de encontrar una pregunta que pueda hacerle sin ser demasiado hiriente o completamente estúpida. Me conformo con ponerle suavemente la
mano en el antebrazo. Ante el contacto de su piel ardiente, mis dedos parecen congelados. Vuelvo a pensar en todas esas cosas lindas que me confesó, la tortura de
poder amarme, la esperanza de que algún día…
– Sigues siendo tú, Liv.
Su tono contundente, su voz ronca y grave, que viene desde muy profundo, me saca de mis pensamientos. Tristan retrocedió para que no lo tocara.
– ¿Yo qué..? le pregunto en voz baja.
– A ti te escriben para decir que seguramente Harry está vivo…, resopla casi con demasiada calma.
– Era una carta de mi padre, Tristan.
– Y eres tú quien recibe esa foto de él, justo hoy. ¡Yo también estaba allí! Buscando entre la multitud. ¡Pensando que tal vez el bastardo que hizo esto estaría allí!
Que el sádico vendría a ver todo el daño que causó. Estaba listo para recibirlo. ¡Pero de nuevo todo pasó por ti, Sawyer! La desaparición de mi hermano siempre ha
estado vinculada a ti, ¿no lo comprendes?
– Eso es injusto. ¿Por qué…?
– Sí, ¿por qué, Liv? ¡Eso es todo lo que hay, por qués! ¿Por qué siempre regresamos a lo mismo? ¿Por qué te dieron a ti ese maldito mensaje? ¿Por qué estamos tan
malditos? ¡Cada vez que logramos avanzar, algo arruina todo! ¡Cada vez que me duele un poco menos, regresa! ¡Cada vez que por fin logro ver en ti algo más que
aquella noche… todo vuelve a comenzar! ¡¿Por qué?!
Su voz se quiebra, llena tanto de rabia como de tristeza. Luego se apaga. Quisiera poder abrazarlo, deslizar mis dedos por su cabello, calmar los furiosos latidos de
su corazón y murmurarle algunas respuestas, algunos intentos de « porque ». Pero no los tengo. Y el dolor en su bello rostro me lastima todavía más.
Tristan vuelve a cerrar el refrigerador con el pie y se aleja. La obscuridad me rodea nuevamente. Luego el silencio, después de que cierra la puerta de su habitación.
Corro a la planta alta para atrincherarme en la mía. Sin pensarlo realmente, saco una pequeña maleta de abajo de mi cama y comienzo a llenarla. Meto en ella cada prenda
con un poco más de rabia. Un sentimiento de culpa me invade, casi tan fuerte como la primera vez. Sólo que hace seis años sabía lo que había hecho mal. Esta noche, o
más bien esta mañana, no entiendo nada. Llego hasta a desear jamás haber tenido esa foto en las manos. Pensé que esta noche tal vez cambiaría nuestras vidas, la de
Tristan, la mía y sobre todo la de Harry. Pero nada es tan simple. Sí, puede ser que todo esté maldito. Y comienzo a sentirme tan pesimista, tan decepcionada como el
teniente Boyle.
Dejo la casa, echo la maleta a la cajuela de mi Mini Cooper y llamo a mi abuela una vez que me instalo al volante.
– Betty-Sue, ¿te molesto?
– No, claro que no, Livvy querida.
– ¿Puedo quedarme en tu casa? Sólo por unos días…
– ¡Sabes que siempre eres bienvenida! Pero en estos momentos estoy remodelando y la casa está inhabitable.
– ¿Desde cuándo? ¿Y cómo le haces tú? ¿Y tus animales? intento comprender.
– O acampamos en el jardín o… me quedo con Eugene, me informa.
– Dile que puede venir aquí, farfulla una voz masculina, un poco adormecida.
Intento no imaginar a mi abuela en la cama con su amante bigotón. Demasiado tarde.
– ¿Escuchaste? me pregunta tímidamente.
– Sí.
– ¿Quieres…?
– No, gracias.
– Puedes quedarte en mi carpa, si prefieres. Ahí hay uno o dos perros que te mantendrán caliente esta noche.
– Prefiero dormir sola, Betty-Sue… Iré a un hotel.
– ¿Estás segura?
– Sí, no te preocupes por mí.
– Sabes que estoy aquí para lo que necesites, ¿verdad? Te saqué a la fuerza de una comisaría, puedo hacer muchas cosas más con mis propias manos.
– No lo dudo para nada, digo sonriendo. ¿Pero cómo le haces? ¿Para tener esa energía? ¿Y para poder remodelar con lo poco que ganas de pensión? ¡No lo sabía,
debiste avisarme, te hubiera ayudado!
– En cuanto a la energía, tengo mis tisanas mágicas, ¡y me encantaría darte mis recetas de abuela! Y en cuanto a lo demás, no te molestes… Digamos que tengo un
benefactor generoso.
– ¿Está acostado al lado de ti? pregunto conteniendo una mueca.
– Digamos que prefiero que no lo sepas.
– Buenas noches, Betty-Sue.
– Te amo, Oliva verde.
Es una frase que mi padre podría haber pronunciado.
Pero jamás me sentí tan sola como esta noche.
***
Tomo la primera habitación de hotel que encuentro. Y apenas si tengo tiempo de quitarme los tacones verdes y de deshacer la cama antes de derrumbarme boca
abajo. Duermo toda la mañana, como si estuviera inconsciente. Luego me despierto pensando en Tristan. Llamo a Romeo para avisarle que estoy enferma y que no
podré ir a trabajar. No tengo que fingir nada, mi voz está apagada, velada. Mi brazo derecho, amigo y a veces confidente no me hace ninguna pregunta. Y eso es bueno,
porque no habría podido responder otra cosa que no fuera Tristan.
Tomo una larga ducha, la cual esperaba que fuera tranquilizadora y ardiente, pero que resultó ser tibia, sin presión, perfectamente inútil. Finalmente me cambio y
me doy cuenta de que llevo puesta la misma ropa desde la reunión en la Mallory Square, la ceremonia de los farolillos, la marea humana, la foto en mi bolso, la noche
que pasé en la comisaría siendo interrogada. Luego el reencuentro desastroso con Tristan en la casa. Ordeno un platillo que ni siquiera puedo tocar. Me derrumbo de
espaldas esta vez. Cierro de nuevo los ojos: Tristan y su hermano siguen ocupando mis pensamientos. Me vuelvo a dormir, a trompicones, hasta que anochece de
nuevo.
Las vibraciones insistentes de mi celular terminan por despertarme. Apenas abro los ojos, me doy cuenta de que se trata de mi teléfono profesional, al que nadie me
llama a mitad de la noche. Me agito, convencida de que es una urgencia. Escucho un mensaje de voz entrecortado:
– Liv, soy yo. Lamento llamarte a esta hora. Creo que hice una estupidez. Sí, otra vez… Estoy en la comisaría. Sólo quería volver a ver la foto. Y Boyle me dijo que
ya no la tenía. No debí molestarme, pero… Le respondí que hiciera su maldito trabajo y encontrara a mi hermano. Y el bastardo me arrestó. Todos piensan que estoy
ebrio, sabes… Pero tengo las ideas en claro, Liv. Si no, ¿cómo habría pensado en llamarte a tu maldito teléfono de trabajo? Estoy seguro de que pensabas que ni siquiera
me sabía el número. En fin, no te llamo para que vengas a buscarme. Ni siquiera sé por qué te llamé, de hecho. ¡Ah sí! Porque me dijeron que tenía derecho a hacer una
llamada. Y porque sólo te tengo a ti, Liv.
« Porque sólo te tengo a ti, Liv… »
2. Un rayo de esperanza
6 :15 a.m.
Los escasos rostros con los que me cruzo esta mañana parecen medio dormidos y bostezan como si se les fuera a salir la mandíbula. Las calles apenas si están
iluminadas por un sol que se levanta a medias y camino rápidamente hacia la estación de policía. Hace un poco de frío, no sé si porque es temprano o porque sigo
agotada después de mi agitada noche en el hotel. Me subo el cuello del saco y acelero un poco más. No pude dormir nada, imaginando a Tristan en su celda, siendo
prisionero y vigilado por esos policías a quienes cree tan estúpidos como ineptos. Un verdadero león enjaulado.
Es demasiado temprano para tener una verdadera cita. Sin embrago, apenas pasé la entrada el policía de la recepción descolgó su teléfono para avisarle a su
superior. Ni siquiera necesito decir que vengo a ver al teniente Boyle. Todos los oficiales de la ciudad me conocen ya. Y no estoy segura de que eso sea algo bueno…
Al parecer, tanto para ellos como para Tristan, soy la chica que tiene una relación « extraña » con la desaparición del pequeño Quinn.
– El teniente vendrá en cuanto pueda, si gusta tomar asiento.
– ¿Sabe si Tristan Quinn ya fue liberado? pregunto acercándome al escritorio.
– Hasta después de las 7 , me responde distraídamente el rubio alto con camisa mal abotonada.
– ¿No cree que ya pasó suficiente tiempo en una celda? ¿Que tiene circunstancias atenuantes?
– Iba a preguntarle lo mismo…, resuena detrás de mí una voz que me congela la sangre.
Volteo y me encuentro frente a Sienna Lombardi. Madre (entre otras cosas) de Tristan y Harry. Pistolera en su tiempo libre. Mi ritmo cardiaco se acelera al doble.
– Liv, dice observándome con su mirada obscura.
De pronto, ya no tengo miedo. Puedo sentir la lucha interna que se lleva a cabo bajo su largo cabello castaño sedoso. La bella italiana me detesta, pero también
parece odiarse a sí misma por haber perdido el control y amenazarme con un arma hace algunos meses. Al parecer, no soporta que yo esté en todas partes, que una vez
más me encuentre involucrada en la investigación, en su familia, con sus hijos, pero al igual que yo, quiere que todo esto termine. Entonces deja de lado su rencor y va a
sentarse al fondo de la sala de espera después de decirle al joven policía:
– Saque a mi hijo de aquí, inmediatamente. Y vístase decentemente.
El teniente Boyle no se toma la pena de venir a buscarme, sino que envía a un emisario en su lugar. Sigo a la joven policía hasta la planta superior y entro en la
oficina del oficial. Absorbido por su computadora, él apenas si levanta la mirada hacia mí:
– Me leyó la mente, señorita Sawyer, justamente iba a llamarla. Estaba por enviar una patrulla a buscarla.
– ¿Tan temprano? ¿Por qué?, respondo desconfiada.
– Tenemos noticias.
– ¿Buenas? ¿Malas?, murmuro impaciente.
– Imagino que un poco de todo.
– ¿Podría ser más preciso?
– No.
– ¿Perdón?
– Faltan dos personas en esta oficina. Usted no es mi única invitada, sonríe el astuto hombre. ¿Puedo ofrecerle un café? ¿Un té? ¿Una dona?
Suspiro y me dejo caer en la silla más cercana. Sé muy bien lo que me espera: una sesión de tortura con Tristan… y su terrible madre. Boyle descuelga el teléfono y
dice unas diez palabras, casi sin aliento.
– ¡Quinn puede salir! Sí. ¡Tráelo aquí! Sí, a ella también.
Tristan es el primero en entrar, ligeramente desaliñado y despeinado, tocándose la nuca como si le doliera. Mi corazón se estruja al imaginar la noche que acaba de
pasar. Sus ojos claros se fijan en mí por un instante fugaz, juraría que una ínfima sonrisa se dibuja en sus labios, pero desaparece de inmediato. A regañadientes, el bad
boy va a sentarse donde el oficial le indica. Sienna llega después, silenciosa como una tumba. Ella se acomoda al lado de su hijo, lo más lejos posible de mí, y mira hacia
el frente. Un zombi. Con traje Chanel y tacones Louboutin. El teniente la saluda y luego se inclina hacia ella para preguntarle con una voz prudente:
– ¿Puedo ofrecerle algo, Sra. Lombardi?
– No necesita tantas formalidades, gruñe Tristan. Confórmese con hacer su trabajo, Boyle.
El teniente se recarga en su escritorio, pone las palmas sobre la mesa y observa al insolente. Después de algunos segundos de incomodidad, se disculpa a medias.
– Era mejor que pasara la noche aquí… Su enojo terminaría por hacerlo perder la razón, ¿sabe?
– Encuentre a mi hermano y me comportaré como un ángel.
Me contengo de sonreír, pero quiero hacerlo. La arrogancia de este hombre, a veces…
– ¿Podemos regresar al tema?, interviene Sienna con una voz peligrosamente calmada. ¿Mi hijo está vivo, sí o no?
Silencio mortal. Paseo furtivamente mis ojos de la madre al hijo. Su hijo mayor. La misma expresión de esperanza y de desesperanza mezcladas. La misma
intensidad, la misma agresividad. Por primera vez, creo que se parecen. Ambos tienen una belleza elegante, cierto orgullo en la mirada y una fuerza increíble. La
atmósfera cambia radicalmente en la oficina del teniente. Rápidamente, el rostro de Boyle comienza a transpirar. Con su barriga apuntada hacia nosotros, finalmente nos
explica:
– Dos expertos de la policía forense están en camino. Ellos analizaron la fotografía.
– ¿En menos de dos días?, me sorprendo.
– Harry es nuestra prioridad absoluta, señorita Sawyer. El equipo especialista trabaja las veinticuatro horas al día desde que se reabrió el caso.
– Ya era hora… gruñe Tristan estirándose. ¿Y finalmente podremos tener respuestas o tenemos que esperar a que los dos genios terminen su turno?
Boyle murmura algo para sus adentros y luego descuelga el teléfono para presionar a sus colegas. Es inútil, ya que la puerta se abre en ese momento. Dos hombres
con traje arrugado y portafolios entran saludando al teniente y después acomodan sus documentos en el gran escritorio. Luego se presentan, revisándonos a los tres.
– Ted Wilkinson, perito judicial en fotografía.
– Nabil Bishar, perito judicial en grafología.
– Como les decía antes, el equipo científico analizó todo lo que podía ser analizado, agrega Boyle. Los reuní aquí para mostrarles los primeros resultados.
– Antes que nada, es importante precisar que no encontramos huellas en la foto, además de las de la señorita Sawyer, nos explica Wilkinson.
– Mierda… suspira Tristan.
– ¿Realmente es él? ¿Realmente es Harrison? pregunta Sienna de pronto.
Ella contiene las lágrimas al igual que yo. El pequeño hombre con anteojos espesos voltea hacia el teniente, obtiene su aprobación y finalmente responde.
– Todo parece indicar que sí. Intentaré explicarles…
El torpe cuarentón se agita en todos los sentidos, conecta una aparato con una gran pantalla que nos queda de frente, se golpea de paso, pero no importa, ni
siquiera me doy cuenta de ello. Mi respiración está entrecortada. Le echo un vistazo a Tristan y muero de ganas de acercarme a él. Extremadamente tenso, él juega con
sus manos mirando al piso. Probablemente tiene miedo de estar soñando. No quiere despertarse. De pronto, sus ojos se clavan en los míos y lo que siento es
indescriptible. Mi infinito amor por él, mi ternura, mi admiración, mi deseo, mis ganas de protegerlo, de no verlo sufrir nunca más: todo se mezcla. Entonces me levanto
sin pedirle permiso a nadie y me siento sobre la silla vacía más cercana a él. Y mientras que aprisiono su mano en la mía, el insolente me murmura:
– Es demasiado temprano, Sawyer…
Sienna no puede esperar más, le pide secamente al perito que deje sus aparatos para concentrarse en nosotros. Wilkinson termina finalmente de conectar todo y
enciende la pantalla. La foto de Harry aparece.
La que aterrizó en mi bolso, como por arte de magia…
Sus ojos azules nos miran directamente y nos hacen llorar a todos. Es algo difícil de soportar.
– ¿Entonces no es un fotomontaje? pregunta Tristan con esa voz ronca que me atraviesa.
Al hermano mayor le cuesta trabajo mirar al pequeño, quien ha crecido tanto en casi siete años. Siete años que ha pasado lejos de su familia.
¿Se acordará de nosotros? ¿Lo sabremos algún día? ¿Lo llegaremos a encontrar?
– Comparamos esta foto con las que nos dieron durante la investigación, comienza Wilkinson pasando a la pantalla siguiente, mezclando varias fotos. Nuestro
sistema de reconocimiento facial tiene una efectividad del 9 9 .9 %. Se trata del mismo sujeto.
– ¿Del mismo qué? suelta el titán.
– Si es lo que pienso, el sujeto tiene un nombre… gruño sin poder evitarlo.
Tristan aprieta un poco más mi mano, como para agradecerme que defienda a su hermano. Y como para darme valor antes de la respuesta fatídica.
– Perdón, retoma el perito con anteojos. Para resumir, se trata efectivamente de Harrison. La fotografía no fue retocada o envejecida artificialmente. Es… él.
Silencio incómodo. El shock nos paraliza. Nuestros corazones laten al unísono. No hay explosiones de alegría, es demasiado pronto para eso. Pero una chispa de
esperanza arde en cada una de nuestras miradas.
– ¿Mi hijo está… vivo? se atreve a pronunciar Sienna.
– Respira, mamá…, le murmura Tristan. Lo vamos a encontrar.
– ¿Y en dónde fue tomada? insisto mirando la foto reciente.
– Eso nos causa problemas. Es posible que el rostro del suj… de Harrison haya sido colocado en un fondo « neutro ». Una especie de montaje para colocarlo en
otro lugar, el cual podría ser una simple foto en sí. Pero necesitaremos más tiempo para esclarecer este punto.
– La imagen muestra un valle desértico, nada que ver con Florida, precisa el grafólogo.
– Tal vez el secuestrador intenta borrar las pistas, agrega Boyle.
« El secuestrador »… Esa palabra nos hace estremecer a todos. Tristan aparta su mano de mí para pasársela nerviosamente por el cabello rebelde, pero su pierna se
pega a la mía. Para no perder el contacto ni por un segundo. Este punto de equilibrio nos hace más fuertes a él y a mí. Juntos.
– 10 años… Tiene 10 años…
Sienna se deshace en llanto y se limpia la nariz con el pañuelo que le ofrece el teniente.
– ¿Es posible encontrar la fecha de la foto?
– Buena pregunta, señorita Sawyer, me sonríe Boyle.
– La fotografía fue tomada con un smartphone, responde Wilkinson.
– ¿Y eso cambia algo?
– ¡Eso cambia todo!, se entusiasma el perito. Con eso tenemos varios elementos para analizar. El contexto luminoso, la temperatura del color, la saturación, la
luminiscencia, la ausencia de grano, la presencia de un sensor facial, los…
– Con eso basta, Ted.
– Lo lamento. Para resumir: gracias a todos esos datos, podemos establecer el perfil del teléfono en cuestión. Su marca, al igual que el modelo. Y quien dice
modelo…
– Dice fecha de lanzamiento. Tal vez año. O hasta mes, resoplo.
Tristan mueve nerviosamente la pierna, Sienna parece estar a punto de desmayarse y yo me aferro como puedo.
– Exactamente. Esta foto de Harry fue tomada en los últimos seis meses, concluye el teniente secándose la frente.
– Y… ¿el mensaje? ¿Qué es lo que saben?, pregunta Tristan.
Diapositiva siguiente. Algunas letras aparecen en la pantalla, en primer plano.
« Él está vivo. Se encuentra bien.
Ella no se lo merecía. »
Sollozos de Sienna. He visto su labor durante varios años y jamás le hubiera entregado la medalla de oro o la taza de la mejor madre del año. Pero esa acusación va
demasiado lejos. Y probablemente está dirigida a ella. Boyle la abastece de pañuelos mientras que el grafólogo se acerca a nosotros, se aclara la garganta, se rasca la barba
y comienza con su discurso jalando su corbata demasiado corta.
– La grafología no es una ciencia exacta, pero creo que puede ser una mujer. Letrada. De buena educación. Ortografía irreprochable, letras aplicadas. Pero es
demasiado pronto para saber si la escritura fue forzada, adulterada. Y sobre todo, si ésta nos llevará al culpable.
– ¿Cuánto tiempo?
– Semanas, Sr. Quinn. También tendré que examinar la escritura de los potenciales sospechosos.
– ¿Es decir? se despierta Sienna.
– Los criminales que ya se han visto involucrados en este tipo de casos. Antiguos sospechosos también. Vamos a reforzar la búsqueda, explica Boyle.
– ¿Piensan utilizar los nombres que les había dado mi padre? pregunto de pronto.
– Sí, entre otros, asiente el teniente.
– Él sabía que Harry estaba vivo, murmuro. Tal vez había visto todo lo que ustedes no…
– Todo el mundo será investigado, señorita Sawyer. Le aseguro que…
Tristan lo interrumpe levantándose de su silla. Su silueta se despliega, su voz ronca y profunda atraviesa el aire mientras que desafía al oficial con su mirada salvaje.
– Mi hermano lleva más de seis años perdido, en manos de algún psicópata. Encuéntrelo, Boyle. Encuéntrelo o lo haré yo. Y entonces tendrá que lidiar con un
asesino…
El rebelde voltea hacia mí y, con una simple mirada me invita a huir con él. Me aferro a su antebrazo tatuado y dejo la oficina del teniente corriendo. Tristan, con
una sonrisa sublime en los labios, repite incansablemente:
– ¡Está vivo! ¡Mierda, lo sabía! ¡Voy a encontrarlo! ¡Harry va a regresar, Liv!
Una vez que salimos de la estación de policía, el titán me lleva aparte, contra el tronco de un árbol.
–Lo que te dije ayer, murmura. Fui un imbécil, yo…
– Olvídalo, Tristan.
– No. Tengo que…
– Harry está vivo, eso es todo lo que importa. ¡Ven, regresemos a la casa!, digo queriendo alejarme.
De inmediato, sus manos de acero rodean mi cintura y me retienen.
– ¿Puedo decirte algo?, sonríe.
– No.
– ¿Por qué?
– Porque irás demasiado lejos. Estás eufórico, en shock, vas a decir algo de lo que te arrepentirás después.

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