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Juegos Prohibidos 3 Emma Green

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Descargar libro PDF saliendo al fin del pasillo.
Su voz profunda y viril envía una descarga de escalofríos por mi columna
vertebral. No me volteo. Avanzo, decidida a no cruzarme con su mirada. Aunque
muera de ganas de hacerlo.
– Liv, ¿puedes convencerlo de apresurarse? suspira su madre al verme bajar las
escaleras.
– No, Sienna, digo suavemente pasando frente a ella. No puedo convencerlo de
nada.
Los ataques desde arriba cesan inmediatamente. Ignoro si Tristan me fusila con la
mirada o si está enojado, apenado, si lo que acabo de decir lo conmovió, molestó o
divirtió. Y no me importa para nada. Lo único que quiero es irme de aquí para ya no
sentir a mi corazón acelerándose cada vez que él está presente.
Finalmente, estoy en esta guerra fría en contra de mi voluntad.
Porque después de todo, yo soy la única responsable de lo que siento por él.
Sentimientos prohibidos.
***
El mes de septiembre ya comenzó, y sin embargo, las playas de la isla siguen
estando abarrotadas. Para no llamar la atención, estaciono mi pequeña SUV a algunos
cientos de metros de mi cala secreta y recorro el resto del camino a pie. Las piedras
se me clavan en los pies, algunas plantas secas me rasguñan las pantorrillas, pero no
me desanimo. El océano turquesa me espera al final de este camino salvaje.
Una vez en el agua, con los brazos y las piernas separadas, flotando alegremente,
olvido casi todo. ¿Todo? El extraño ambiente que reina en la casa – Tristan y yo
evitándonos, Sienna y Craig peleándose más de lo normal, Harry hablando cada vez
menos y aislándose, a pesar de la presencia y el cariño de su hermano. Yo también
cuido al pequeño lo más que puedo, pero desde que confesó su « amor » por mí y la
rígida de su madre, ya no es como antes. La reacción de Sienna fue desproporcionada,
Harry es particularmente sensible, y la mezcla de ambas cosas no resultó en nada
bueno. Yo creía que un niño de 3 años olvidaba todo de un día para otro. Me
equivocaba. Harrison no olvida nada. Nunca.
Algunas carcajadas me llegan desde lejos, pero permanezco sola en medio de esta
inmensidad. Me quedo como una tabla, con los ojos cerrados, luchando sin fuerzas
contra las olas que intentan envolverme. Varias veces, el agua salada me cubre el
rostro, pero se quita en menos de un segundo para dejarme nuevamente a merced de
los rayos del sol.
Así es como me siento con él. Con Tristan. Él es a la vez el mar que me atrae, me
arrulla, me acaricia. Y el mar agitado que me atormenta. Que me hace sentir que me
ahogo.
Y no estoy segura de querer que eso se detenga.
¿Cómo se le llama a eso? ¿Masoquista?
La temperatura cuando entro al auto, con la piel apenas seca, debe ser de unos
cuarenta grados. Tomo mi teléfono y le echo un vistazo rápido. Un mensaje de voz de
Bonnie:

Juegos Prohibidos 3 Emma Green

– ¡Liv, ven por mí antes de que haga una estupidez! Si vieras mi habitación en la
residencia universitaria… ¡Es una invitación al suicidio! ¡Y sucede lo mismo con
Fergie, no ha cerrado los ojos en toda la noche por miedo a que su coinquilino le
haga cosas mientras duerme! Cosas sexuales, ¿me entiendes? ¡En fin, deja tus
clases a distancia o abandona a tus compañeros en la agencia y ven aquí!
Al estacionarme en el campus del Florida Keys Community College, constato que
mis dos mejores amigos son unos verdaderos cobardes – y unos drama queens. A mi
alrededor pasan los rostros serenos, sonrientes, amables. Nadie entre los cientos de
estudiantes que observo parece estar a punto de jugar a la ruleta rusa con un viejo
revólver, o de saltar del techo del edificio principal. Y cuando Bonnie y Fergus llegan
conmigo, comprendo que todo eso no era más que una farsa. Una mentira para
hacerme venir con ellos.
– ¿Qué pasó? se burla pelirroja dándome un beso en la mejilla. ¡Llevas casi una
semana rechazando nuestras invitaciones!
– Si esto te causa problema, puedes decirlo, me resopla Bonnie avergonzada. Ya
sabes, que nosotros estemos aquí y tú no…
– ¡Basta con eso! suspiro robándole a la castaña su botella de refresco. ¿Puedo?
Muero de sed.
– ¿Alucino o traes puesto el bikini abajo de la ropa? se da cuenta Fergus
levantándome la blusa.
Tres muchachos que pasan por ahí me silban, así que me sonrojo y empujo a mi
mejor amigo – que al parecer, también se ha convertido en mi proxeneta.
– ¡Mi situación es ideal! tranquilizo a Bonnie riendo. Me encargo de mis clases a
distancia por la mañana y así tengo tiempo de trabajar en la agencia por la tarde y de
ir a nadar durante mi receso!
– Sí, es cierto que visto así, tu vida parece una pesadilla, me sonríe mi mejor
amiga. Y además, como jugaste bien tus fichas – es decir, nosotros -, ¡podrás venir a
las fiestas de la facultad! No te cuento cuántos hombres guapos hemos visto hasta
ahora… ¡Y las clases apenas acaban de comenzar!
– ¿Y entonces qué sucedió con Drake?
Largo silencio. Me muerdo las mejillas, esperando no haberme equivocado.
– Drake y yo somos una pareja abierta, se defiende ella alzando los hombros.
– Traducción: ¿no te prometió ser exclusivo? pregunto.
– Así es, confiesa. Pero decidí tomarlo bien. Bueno, al menos intentarlo…
– Sabes que no estás obligada a hacerlo. Debe haber algún chico guapo por aquí
que te quiera, sólo a ti, digo mirando alrededor.
– Sí, pero yo lo quiero a él, Liv. Sólo a él.
– Lo sé, murmuro teniendo un flash.
Sus ojos tan azules. Sus labios tan suaves. Su voz tan estremecedora.
– ¿Qué?
– No, nada, respondo sonrojándome. ¿Me llevan a la cafetería?
– Aquí la llamamos el self, me regaña Fergus masajeándose el vientre por el
hambre que tiene.
– Y para agradecerte que vinieras a salvarnos, te invito una ensalada, me anuncia
Bonnie sacando su credencial de estudiante de su bolso.
– ¿Desde cuándo comes ensalada?
– Desde que está convencida de que Drake la querrá más si es delgada, me dice
Fergus.
– ¡Bonnie Robinson! me ahogo jalándola del puño. ¡No cambies por él! ¡Por nadie!
¡Sólo por ti, si quieres hacerlo!
– Liv, tú no amas a nadie. No puedes comprender, suspira sin maldad.
OK. Siguiente tema.
Finalmente, la ensalada no estuvo tan mal. Mi mejor amiga no resistió mucho
tiempo y las hojas de escarola se vieron rápidamente recubiertas de queso, pollo,
nuez y aderezo César.
1:54 p.m. Mientras me alejo del campus, llamo a mi padre para avisarle que no
llegaré a tiempo. Como mi primer visita está programada a las 3 de la tarde, no se
enoja y simplemente me aconseja manejar con cuidado. Justo antes de colgar, lo
escucho agregar precipitadamente:
– ¡Espera, Oliva verde! ¡Si me puedes comprar un slushi verde en el camino,
cambiaré mi testamento y te dejaré cien dólares más! Y tráeme el más grande, ¿eh?
– ¿Otro de tus granizados asquerosos? río en respuesta a sus gritos de emoción.
¿Por qué no puedes beber té, café o whiskey, como todos los padres que se respetan?
– Porque soy único y formidable. ¡Y porque amo el azúcar, el azúcar, el azúcar!
– ¿Entonces qué te llevó a casarte con una persona tan… amargada? pregunto
intentando hacer una broma.
No lo logré. De inmediato me arrepiento por haber abordado el tema de esa forma.
Al otro lado de la línea, mi padre no dice nada.
– Lo lamento, papá, no quería…
– No te disculpes, pequeña. Ve a comprarme un slushi y te perdono.
– Trato, digo en voz baja. ¿Y, Craig?
– ¿Sí?
– Tú siempre me has bastado, ¿sabes? No podría haber pedido un mejor padre.
– Dos hubiera sido mejor, suspira suavemente.
– No. Tú y tus slushis son todo lo que necesitaba para ser feliz. Y hasta hoy, no
necesito nada más.
– ¿Lo prometes?
– Lo juro.
– ¿Por tu vida?
– Sí. Porque me educaste muy bien, río antes de colgar.
Tomo la avenida principal de Key West y bajo hasta White Street, donde me
estaciono. A algunos metros de allí se encuentra una de las mejores reposterías de la
isla. que vende tanto especialidades locales como atractivos turísticos como los
granizados. Llego hasta allí caminando, admiro los key lime pies y otros postres en la
vitrina, y luego entro para comprar la famosa bebida. La repostera sirve un litro de la
mezcla color verde menta fosforescente en un inmenso vaso de plástico transparente,
le pone una pajilla y me lo da.
– Qué raro que hayas escogido el verde, pocas personas saben apreciar ese sabor,
me dice tomando el billete que le doy. Seguimos haciéndolo sólo porque nos gusta el
color.
– Eso no me sorprende, sonrío pensando el lado extravagante de mi padre.
Saliendo de la tienda, no pongo atención a dónde piso y por poco le tiro todo el
líquido helado encima a un rubio alto con sonrisa encantadora. Drake.
Y a su derecha, Tristan. Con su playera lo suficientemente pegada como para dejar
entrever cada uno de sus músculos.
– ¿Mucha sed, Liv? bromea Drake mirando el vaso gigante en mi mano.
– ¿Qué están haciendo aquí? les pregunto mirando al piso.
Una extraña tensión emana de Tristan, puedo sentirla sin siquiera tener que mirarlo.
– Vamos a la Key West Art School, me explica el más amigable de los dos
mostrándome la guitarra que cuelga de su hombro. Es justo ahí, al final de la calle, y
ya vamos diez minutos tarde.
– Dar una buena impresión desde el primer día: ¡check! bromeo tontamente para
esconder mi agitación.
Me conformo con sonreír por fuera mientras que otra cosa sucede en mis entrañas.
Me sumerjo por un instante en los ojos de Tristan, antes de salir de ellos para retomar
el aliento. Su mirada es magnética. Imposible de descifrar.
– Debo irme, les digo simplemente. ¡Y ustedes también! ¡Hasta pronto!
– ¡Sawyer! exclama el titán rodeando mi cintura con su brazo.
Un auto toca el claxon a menos de un metro de mí y comprendo que Tristan acaba
de evitarme pasar al menos un mes en el hospital. O la eternidad en una tumba.
– ¡Mierda, fíjate antes de cruzar la calle! me gruñe al oído haciéndome estremecer.
Luego su brazo me suelta y lo miro alejarse hacia el otro lado de la calle,
completamente estupefacta. Drake me hace una pequeña señal con la mano y va con
él. Mi corazón está apunto de estallar.
Y el slushi está intacto.
Tres minutos más tarde, llego a United Street. Todavía un poco alterada, paso la
puerta de la agencia y llego directamente a la oficina de mi padre. Apenas si toco
antes de entrar y pongo maquinalmente su granizado color extraterrestre sobre su
escritorio. No es sino hasta después que me doy cuenta de que no está solo. Y que el
hombre que me observa pareciendo divertirse podría ser un actor de cine. Pero más
chic.
Alto, musculoso, de piel bronceada y muy elegante con su traje de diseñador…
Un poco cliché, pero nada desagradable a la vista.
– Oliva verde, te presento a mi nuevo brazo derecho: Romeo Rivera.
El joven, que no debe tener más de 25 años

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