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Juegos Prohibidos 5 Emma Green

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Descargar libro PDF trampa, frente a todos esos rostros impresionados.
Si tan sólo pudiera borrar esa imagen. Arrancarla de mi mente donde está tan
grabada, para siempre.
Sienna está furiosa. La castaña, humillada por nuestra culpa, atraviesa la multitud
del country club y nos ordena con una voz glacial que la sigamos. Tristan obedece, se
pone de pie y me ofrece la mano animándome con su mirada grave y protectora. Mi
corazón me incita a tenerle confianza, a creer en él, en nosotros, pero me quedo
postrada, incapaz de moverme. Los murmullos se multiplican, se hacen más fuertes.
Craig interviene, llega hasta mí sosteniendo todas las miradas acusadoras, toma
suavemente mi muñeca y me convence de seguirlo hasta el estacionamiento. Recupero
el uso de mis pies, pero de la palabra todavía no.
En el auto reina un silencio de muerte. Lucho contra las lágrimas, estoy en otro
mundo. Harry se duerme rápidamente, acurrucado en su asiento del auto. Tristan está
volteado hacia el otro lado y sus amplios hombros forman una barrera entre nosotros.
Al bajar de la SUV, me doy cuenta de que lo peor todavía está por llegar.
– ¡No se conformaron con arruinar la ceremonia de mi premio, no! ¡Hicieron que
no me atreva NUNCA más a salir de mi casa por la vergüenza que siento!
Los gritos de Sienna llevan más de una hora resonando en la residencia familiar.
Mientras que mi padre permanece mudo, volteado hacia la ventana, su mujer se
desgañita sin parecer para nada cansada. Y a pesar de mis tímpanos que timbran, a
pesar de todo lo que me molesta de ella, me siento culpable. Me odio por haber
arruinado su velada. Me odio por haber decepcionado a mi padre, por haber dado ese
espectáculo, por haber manchado el retrato familiar. Y por haberle hecho sufrir todo
eso a Tristan. Pero más que nada, me odio por haberme enamorado del único chico al
que no tenía derecho de amar. « No tienen derecho », eso es lo que todos deben estar
pensando. Justo cuando acababa de decirle, o casi, que lo amaba. Siento que
regresamos al punto de partida.
Tristan no me ha mirado, no me ha dicho ni una sola palabra desde que dejamos el
country club. Con la mirada dura y pareciendo intocable, él mira la pantalla plana de
la televisión apagada, como si fuera a lograr atravesarla para huir.
Cuánto lo comprendo…
Y Sienna continúa hecha una furia dando vueltas alrededor de mí:
– ¡Maldita sea, digan algo! ¡Al menos eso nos deben! ¡Craig, reacciona! ¿Te das
cuenta de lo que hicieron?
– ¿Sólo fue un beso? pregunta de pronto mi padre, pareciendo cansado y sin
mirarnos. ¿Uno sólo? ¿Nada más?
Estoy agotada. Agotada de tanto mentir, de tanto actuar, de tanto esconderme. Estoy
a punto de confesarlo todo cuando Tristan voltea finalmente hacia mí. Mi corazón se
detiene, me doy cuenta de que ya no es el mismo. Nuestra burbuja, nuestra serenidad,
nuestra osmosis realmente acaba de romperse. ¿Todo el camino que recorrimos fue
en vano? Tiene los brazos cruzados, la mordida apretada, sus ojos me examinan
cuidadosamente, con cierta ternura. Esperaba encontrar en ellos enojo, desconfianza,
pero estaba muy equivocada.
Él parece comprender que estoy a punto de confesarlo todo. Parece leer la
desesperación en mi mirada. Y con una ínfima señal de la cabeza, me dice que no. Me
impide hacerlo. No estoy segura de entender por qué. Me siento confundida. Una
lágrima corre por mi mejilla. Tristan se voltea y toma el control de la situación. Su
voz ronca llega a rescatarme.
– Fue un error… resopla hacia mi padre. Lamento lo que hice. Yo soy el único
responsable, no sean tan duros con Liv. Esto no se va a repetir. Nunca.
Mi corazón se rompe en mil pedazos. Sé que no dice estas palabras en serio. Sé
que sólo está buscando sacarnos del apuro, pero ya no logro quedarme allí y seguir
fingiendo, así que huyo. Una vez que llego a mi habitación, puedo darle rienda suelta a
mi llanto. Toda la noche.

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La información recorrió toda la isla en menos de veinticuatro horas.
Bonnie y Fergus llegaron a mi casa al día siguiente de la catástrofe, mientras que
Tristan estaba desaparecido, aparentemente decidido a no verme ni hablarme. La casa
estaba desierta, ya era hora de que me liberara. Mis mejores amigos tuvieron derecho
a la versión completa, a toda la historia de Tristan et Liv desde el principio. Bonnie
estaba furiosa, Fergus impresionado. Ambos convencidos de que lo odiaba.
Disgustados de que hubiera podido mentirles por tanto tiempo. Y luego se hicieron a
la idea, poco a poco, venciendo el dolor. Hay que decir que probablemente mis
abundantes lágrimas les ayudaron a sentir compasión. Después de hacerme un millón
de preguntas, Bonnie concluyó que siendo mi mejor amiga debía haberlo sabido antes.
Fergus se conformó con suspirar y admitir que oficialmente era el último loser del
grupo. Y los tres nos pusimos de acuerdo en que estaba prohibido volver a hablar del
tema, hasta que pusiera mis ideas en orden. Y que la vida normal retomara su curso.
¿Él también siente este vacío en su interior?
Acompañar a mis dos mejores amigos a la playa y dejar la villa es toda una tortura.
Al igual que enfrentar las miradas, las sonrisas fingidas, los juicios apresurados.
Paranoica o no, me parece que ya nada es como antes.
– Sólo tienes que pintarte el cabello y aumentarte los senos. ¡Las personas no
notaran nada! bromea Fergus llenándose todo de bloqueador.
Bonnie lo mata con la mirada y se levanta los lentes del sol.
– Nadie te está mirando, Liv, todo está en tu mente.
– ¿Y eso qué es? gruño.
Le muestro con el dedo al grupo de chicos que se instaló a algunos metros de
nosotros y en particular el castaño bajo que me toma una foto riendo.
– ¡Váyanse, bola de rapaces!
Mi mejor amiga corre hacia ellos gritando y agitando su sombrero. Reúno mis
cosas, decidida a regresar a mi madriguera. A estas alturas, nada podría
reconfortarme… excepto los brazos de Tristan. Sólo que éstos ya no se abren para mí.
Perdí ese privilegio al besarlo frente a todo el mundo. Y ahora más que nunca
debemos mantener las apariencias. No acercarnos más. Actuar nuevamente como si
nos detestáramos. Y evitarnos para no cometer un error.
– Liv, quédate con nosotros, me sonríe con tristeza Fergus. Esto es sólo un mal rato
pero ya pasará. Las personas ya encontrarán otra cosa para distraerse… Mira, Bonnie
y yo aceptamos la situación, los demás harán lo mismo.
– Gracias… por haber comprendido…
Aprieto los puños, me muerdo el labio, estoy decidida a no llorar más. Miro el
océano. El agua se ve particularmente clara el día de hoy y, a pesar de la presencia de
algunas nubes, el sol se refleja perezosamente en la superficie. Pero este repentina
serenidad se ve rápidamente interrumpida por la diva que se lanza de nuevo, ruidosa y
sin aliento:
– ¡Ese pervertido tuvo suerte! Al lanzarme sobre él, hice un movimiento demasiado
brusco y la parte de arriba de mi bikini salió volando.
– ¡Espero que haya inmortalizado ese momento! se burla el único chico de nuestro
grupo.
– Sí, yo también…, sonríe ella insolentemente.
El sol ya está bajo cuando salgo del cacharro de Bonnie y atravieso a pie el portón
de la casa. Antes siquiera de atravesar el patio, percibo

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