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Juegos Prohibidos 6 Emma Green

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Descargar libro PDF Harry ha desaparecido.
No sé cuántos segundos pasaron entre la desgarradora confesión de Tristan y la
reacción de su madre, Diez, o tal vez hasta veinte. Veinte largos segundos de silencio
incrédulo. Luego Sienna se desvaneció, en la entrada, como en cámara lenta. Se
derrumbó sin hacer ni un sonido. No se desmayó realmente, sino que simplemente
estaba demasiado impresionada como para mantenerse de pie, pronunciar una sola
palabra o soltar un grito. Mi padre corrió para levantar su cuerpo amorfo, desprovisto
de toda energía y de toda emoción, y recostarlo sobre el sillón de la sala.
Mientras que mi madrastra recupera la conciencia, la villa se ve literalmente
invadida. Por policías, socorristas, algunos hombres uniformados y otros con traje y
corbata, mujeres, jóvenes, viejos, como si toda la ciudad hubiera decidido reunirse en
nuestra casa, en medio de la noche. Sin saber cómo llegó hasta ahí, una cobija me
rodea los hombros. La que alguien debe haber intentado ponerle a Tristan yace a sus
pies. Todos sus músculos están tensos, sus puños apretados, sus mandíbulas
contraídas, y unos faros giratorios reflejan una luz azul en sus ojos, que nunca me han
parecido tan obscuros.
Desde lejos, escucho a mi padre respondiendo a las preguntas, intentando controlar
la situación, aparentemente tan calmado como siempre. Pero puedo ver todo su
desasosiego en su voz inquieta y casi ahogada. Y en su economía de palabras, como si
ya no supiera qué más decir, no cómo decirlo.
– Harrison Quinn. Tiene 3 años. No, no es mi hijo. Es de Sienna Lombardi, mi…
Mi esposa. Sí, su padre está muerto. Antes de que él naciera. No… nunca lo adopté.
Nunca hablamos de eso.
Tristan aparece entre mi padre y el hombre que toma notas en su pequeño bloc, sin
duda un detective, que sólo deja de escribir para sacar un pañuelo del bolsillo de su
pantalón y secarse la frente con él.
– Escuche, no sé quién es usted y no me importa.
– El oficial Boyle.
– Lo único que tiene que hacer es encontrar a mi hermano, continúa Tristan
ignorándolo. ¡Está perdiendo su tiempo!
– No, joven. Estoy siguiendo el procedimiento en caso de la desaparición de un
menor.

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– Ya veo a lo que quiere llegar, con sus preguntas y sus cejas que no se conforman
con las respuestas. ¡Craig no tienen nada que ver con todo esto! Él ni siquiera estaba
en la casa. Y adora a Harry. Que lo haya adoptado o no, no cambia nada. No
comience a convertir a todos en sospechosos. Mi hermano menor desapareció.
Simplemente desapareció. Y usted debería encontrarlo. Encontrarlo vivo. ¡Nada más!
¡Ése es su maldito trabajo!
La voz grave de Tristan cede y me acerco lentamente a él para impedir que diga
más groserías o se meta en problemas. El oficial se seca de nuevo la frente respirando
ruidosamente. Tiene un ligero sobrepeso, concentrado únicamente encima de su
cintura, a la que le cuesta mantener a su pantalón de traje beige. Pero más que el calor
de este principio del mes de mayo, aunque sea la 1 de la mañana, es la tensión en la
casa lo que parece darle calor. Varias gotas finas de sudor corren bajo sus lentes sin
montura.
– ¿No dicen que cada segundo cuenta cuando un niño desaparece? pregunto en voz
baja.
– Mis hombres ya están trabajando en eso, señorita…
– Sawyer. Liv Sawyer, soy su hija, digo señalando a mi padre con el mentón.
– La hermanastra del desaparecido, entonces, concluye el detective garabateando
en su bloc.
– Si así lo quiere ver.
La expresión me hiela. No sé qué es peor, que se refiera a Harry como el «
desaparecido» o que todo esto de los hermanastros vuelva a relucir en una situación
así.
– ¡Fergus! grita de repente Tristan. ¡Fergus O’Reilly estuvo aquí esta noche!
¿Hablaron con él? Tal vez…
– Él fue llevado a la estación de policía, donde está siendo interrogado en este
mismo momento, lo interrumpe el detective.
– ¿Qué fue lo que dijo? ¿Vio algo? Ese imbécil…
– No tengo permitido decirle nada sobre el tema. El Sr. O’Reilly está en calidad de
testigo. Por ahora, necesito una descripción precisa del desaparecido: estatura, peso,
color de cabello y de ojos, ropa que traía puesta. Lo más detallada posible.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos mientras que Tristan describe a Harrison, su
corte de cabello, sus ojos azules, su pequeña pijama de cuadros, unas bermudas y una
camisa de botones, y su cocodrilo.
– ¡Alfred desapareció también! dice poniendo su mano sobre mi nuca, con un brillo
de esperanza al fondo de sus ojos azules.
– Harry no se separa nunca de él…
– ¡Ya sé! Pero entonces eso quiere decir que se fue con él. ¡Se lo llevó, Liv! ¡Si
hubiera sido secuestrado, no habría tenido tiempo de tomar su peluche! ¡Pensó en
Alfred! ¡Tal vez sólo se fue a pasear, masticando su pata como siempre lo hace!
Con un intento de sonrisa sobre los labios, Tristan me abraza, como si tuviera la
prueba de que nada pudo pasarle a Harry. El oficial nos mira más de lo que nos
escucha. Sus pequeños ojos sorprendidos siguen los dedos de Tristan alrededor de mi
cuello, observan nuestro abrazo. Él debe ser uno de los pocos habitantes de Key West
que no sabe nada del escándalo. O bien ya lo olvidó. O es del tipo de hombres a los
que no le interesa los rumores o las historias de amor de adolescentes.
Ruego en secreto por que sea la última opción.
Mi padre regresa de la sala con varias fotos de Harry, completas o de retrato, solo
o rodeado. El detective se las pasa una a una a la mujer al lado de él, una castaña con
el cabello peinado hacia atrás y la piel bronceada, y le murmura que lance una Alerta
de Secuestro – aparentemente no con la discreción suficiente.
– ¡Pero lo digo que sin duda no fue secuestrado! se enoja Tristan. Su peluche…
– Usted no decide eso, joven. Quiere que haga mi « maldito trabajo », ¿no es así?
Eso es lo que haré. Necesito saber quién fue la última persona que vio al pequeño. Y
todo lo que sucedió la noche anterior a su desaparición. ¿Su comportamiento ha
cambiado últimamente? ¿Hay problemas en la familia? ¿Cómo es que…
– ¡Problemas es lo único que hay! grita Sienna desde el fondo de la habitación.
Ella se levanta quitándose de encima la espesa cobija que alguien también le puso
mientras se recuperaba del shock. Luego llega hasta nosotros, en la entrada. Me doy
cuenta de que la fase « Estoy demasiado conmocionada como para poder gritar » se
ha terminado. Mi madrastra necesita pasarle sus nervios a alguien, y no puedo más
que comprenderla.
Sólo me hubiera gustado que no fuera a mí…
¿Pero a quién más podría ser?
– Mi hijo mayor debía cuidar a su hermano mientras que yo estaba ocupada en el
hotel. En lugar de eso, pasó la noche con esta… esta… ¡chica! ¡Que había decidido
irse! ¡Y que regresó cuando nadie estaba! Para hacer sus cosas sucias en secreto,
como siempre!
– Sienna…, dice mi padre.
– Mamá…, suelta Tristan casi al mismo tiempo.
– ¡No, quiero hablar! ¡Y ustedes me dejarán hablar! grita.
– La escucho.
El oficial Boyle saca nuevamente su bloc y su pluma, al parecer contento de
obtener información sin tener que sacarla.
– ¡¿Nunca nos vas a dejar tranquilos?! grita mi madrastra hacia mí. ¡Ibas a
mantenerte lejos de aquí! ¡Eres tú quien le trae desgracia a la familia! ¿Qué necesidad
tenías de venir a buscarlo a media noche? ¿De meterle todas esas ideas en la cabeza!
¡Mi bebé desapareció por tu culpa! ¡Y Dios sabe qué estaban haciendo y por eso no
escucharon nada! Despareció cuando ustedes estaban allí y ni siquiera fueron capaces
de…
– ¿Y tú dónde estabas? gruñe Tristan al lado de mí. ¿Dónde estabas mientras que tu
hijo dormía solo en su habitación? ¿Qué estabas haciendo cuando desapareció? ¿Viste
algo? ¿Escuchaste algo? ¡No, porque ni siquiera estabas aquí! ¡Tú eres su madre! ¡No
Liv! ¡Ni yo!
Los gritos coléricos de Sienna resuenan en toda la villa, pero nada inteligible
parece salir de su boca. Ella se rasguña la cara y es la primera vez que su dolor y sus
gritos me parecen sinceros. Mi padre la toma por los hombros y la lleva aparte. Sólo
él es capaz de lidiar con ella cuando está en ese estado. Él me lanza un vistazo por
encima del hombro, para asegurarse de que estoy bien y le respondo asintiendo con la
cabeza y espero a que desaparezca para soltarme a llorar.
Tristan me toma entre sus brazos pero, por primera vez, el calor de su cuerpo no
me basta. Éste no se expande hasta mí, no me rodea, no me tranquiliza. Mis lágrimas
caen sobre su playera. Su hombro no parece lo suficientemente amplio como para
cargar con todo mi peso y el de mi culpa.
Algo se ha roto.
– Le contaré todo, termina por suspirar hacia el detective.
La joven mujer de hace rato me lleva a la cocina para hacerme un café. Y, sin que
realmente me dé cuenta, interrogarme. A algunos metros de mí, de pie en el comedor,
Tristan relata la velada, la noche, la desaparición de Harry, mientras que el oficial
Boyle llena de tinta las páginas de su bloc, con el rostro lleno de sudor. Yo también
cuento mi versión. Sin duda la misma. Sin olvidar ni omitir nada. Sin dejar de pensar
ni un segundo en Harrison, a quien no protegí por estar demasiado ocupada pensando
en mí. En Tristan, a quien le impedí cumplir con su papel de hermano mayor al
quererlo sólo para mí. En Sienna, a quien le arranqué a su hijo, el más pequeño, el
más frágil, y quien tiene todas las razones del mundo para odiarme a muerte. En mi
padre, quien también está viviendo un infierno por mi culpa.
Yo, yo, yo… ¿Cómo pude ser tan egoísta? ¿Ponerme a mí antes que a los demás?
Estar cegada por mi deseo de volver a ver a Tristan, de poseer a Tristan, de amar a
Tristan sin que nadie se interpusiera entre nosotros?
***
Una noche en vela más tarde, Harry sigue sin aparecer. Las búsquedas de la
policía, en un perímetro de cinco kilómetros alrededor de la casa, no dieron ningún
resultado. Y esta mañana se duplicaron los elementos para retomar la búsqueda. Ya
es de día y la simple idea de que el pequeño haya pasado una noche afuera solo, o
peor, entre las manos de un enfermo, me es insoportable. Un médico se encargó de
Sienna y le administró calmantes. Por fin está dormida. Mi padre tiene ojeras y una
ligera barba rubia en las mejillas, y huele mucho a tabaco. Tristan, por su parte, lleva
una máscara de dolor y de fatiga en el rostro, jamás lo había visto tan diferente, tan
cerrado, tan alejado. Y aun tan bello, a pesar de la dureza de sus rasgos.
Son más de las 9 cuando el oficial Boyle y su colega, la detective Cruz, reaparecen
en la casa. El cabello de ella sigue impecablemente peinado hacia atrás en un
minúsculo chongo muy apretado. Él sigue llevando puesto su traje beige pero se quito
el saco, y su camisa blanca está empapada en sudor, en la espalda y bajo los brazos.
– Por ahora, no privilegiamos ninguna pista pero tampoco descartamos ninguna.
Secuestro, fuga, accidente, ahogamiento, enumera fríamente con sus dedos, como si se
tratara de una lista de compras.
– Y la investigación del vecindario no dio ningún resultado, agrega la joven mujer,
más simpatizante. Nadie vio ni escuchó nada anoche. Pero el aviso de la investigación
tal vez debería ayudar a que alguien hable…
– ¡Fergus! exclama Tristan interrumpiéndolos. ¡Él estaba aquí, frente a nuestra
casa, debe saber algo! ¿Qué obtuvieron del interrogatorio?
– El Sr. O’Reilly fue interrogado y salió libre anoche.
– Pero entonces, ¿qué diablos estaba haciendo aquí? ¡A media noche! ¡Justo
cuando mi hermano desapareció!
– Estaba visitando a la señorita Sawyer, que es una de sus amigas. Eso no tiene
nada de inusual.
– Pero ese bastardo corrió cuando…
– El Sr. O’Reilly declaró que tuvo miedo de

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