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La dama del lago – Andrzej Sapkowski

La dama del lago - Andrzej Sapkowski

La dama del lago – Andrzej Sapkowski 

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El canto que el caballero había
escuchado surgía precisamente de
aquellas riberas. Y la muchacha que
cantaba era invisible. Tiró del caballo,
lo arrastró del bocado y los ollares para
que no relinchara ni bufara.
La ropa de la muchacha descansaba
sobre una de las rocas que estaban en el
agua, tan plana como una mesa. La
chica, desnuda, con el agua por la
cintura, se estaba lavando, canturreando
y chapoteando al hacerlo. El caballero
no reconocía las palabras. Y no era de
extrañar.
La muchacha, apostaría la cabeza, no
era humana de carne y hueso. Lo
demostraba el delgado cuerpo, el
extraño color del cabello, la voz. Él
estaba seguro de que cuando ella se
volviera iba a ver unos ojos grandes con
forma de almendra. Y si se recogiera los
cabellos cenicientos, vería unas orejas
agudas, terminadas en punta. Ella era
una habitante de Faërie. Un hada. Una de
las Tylwyth Têg. Una de aquellas a las
que los pictos y los irlandeses llamaban
Daoine Sidhe, el Pueblo de las Colinas.
Una de aquellas a las que los sajones
llamaban elfos.
La muchacha dejó de cantar por un
instante, se sumergió hasta el cuello,
salpicó, rebufó y lanzó unas
impresionantes maldiciones. Esto, sin
embargo, no confundió al caballero.

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Las
hadas, como es de todos sabido, eran
capaces de blasfemar como la gente. Y a
menudo peor que un mozo de establo. Y
la blasfemia a menudo servía de
introducción a alguna de esas bromas
pesadas por las que las tales hechiceras
son famosas, como por ejemplo hacerle
crecer a uno la nariz hasta alcanzar el
tamaño de un pepino o reducirle a otro
la masculinidad al tamaño de una
habichuela.
Al caballero no le atraían ni la
primera ni la segunda posibilidad. Ya
casi, casi se estaba disponiendo a una
discreta retirada cuando, de pronto, el
caballo le traicionó. No, no su propia
montura, la cual, sujeta por los ollares,
estaba tranquila y silenciosa como un
ratón. Le traicionó el caballo del hada,
una yegua mora a la que el caballero al
principio no distinguió entre las rocas.
La jaca negra como la pez comenzó a
arañar la tierra con el casco y relinchó
como saludo. El semental del caballero
agitó la cabeza y respondió cortésmente.
Hasta que el eco llegó al agua.
El hada salió chapoteando del agua,
presentándole por un momento al
caballero todo su agradable esplendor.
Se lanzó sobre la roca en la que estaba
su ropa. Pero en vez de aferrar algún
avío y cubrirse decentemente con él, la
elfa tomó la espada y la sacó de la vaina
con un silbido, aferrando el hierro con
una asombrosa maestría. Duró esto tan
sólo un corto instante, después de lo
cual el hada se encogió o se arrodilló,
escondiéndose en el agua hasta la nariz y
sacando por encima de la superficie la
mano enderezada que sujetaba la
espada.
El caballero parpadeó de
estupefacción, soltó las riendas y dobló
la pierna, arrodillándose sobre la arena
mojada. Había comprendido al momento
a quién tenía delante.
—Os saludo —murmuró, al tiempo
que estiraba la mano—. Es un gran
honor para mí… Una gran distinción, oh,
Dama del Lago. Acepto esta espada…
—¿Y no podrías levantarte y darte la
vuelta? —El hada sacó los labios por
encima del agua—. ¿No podrías dejar
de mirarme? ¿Y permitirme que me
vista?
Él obedeció.
Escuchó cómo chapoteaba al salir
del agua, cómo crujía la ropa, cómo
maldecía por lo bajo al ponérsela sobre
el cuerpo mojado. Él se entretuvo
contemplando a la yegua mora de pelaje
suave y brillante como la piel de un
topo. Era sin duda un caballo de raza,
con toda seguridad veloz como el
viento. Con toda seguridad encantado. Y
con toda seguridad habitante de Faërie,
como su propietaria.
—Puedes darte la vuelta.
—Dama del Lago…
—Y presentarte.
—Soy Galahad de Caer Benic.
Caballero del rey Arturo, señor del
castillo de Camelot, gobernante del País
del Verano y también de Dumnonia,
Dyfneint, Powys, Dyfed…
—¿Y Temeria? —le interrumpió—.
¿Redania, Rivia, Aedirn? ¿Nilfgaard?
¿Te dicen algo esos nombres?
—Nada. Nunca he oído hablar de
ellos.
Ella se encogió de hombros. En la
mano, aparte de la espada, sujetaba las
botas y la camisa, lavada y escurrida.
—Me lo imaginaba. ¿Y qué día es
hoy?
—Es —él abrió la boca, totalmente
sorprendido— la segunda luna llena
después de Beltane… Dama…
—Ciri —dijo maquinalmente,
retorciendo los brazos para que se le
adhiriera mejor la ropa a la piel
empapada. Hablaba de modo extraño,
tenía los ojos grandes y verdes… Ella
se escurrió instintivamente el cabello
mojado y el caballero dio un respingo
involuntario. No sólo porque su oreja
era normal, humana, en ningún caso
élfica. Tenía la mejilla deformada por
una enorme y desagradable cicatriz. La
habían herido. Pero, ¿acaso se puede
herir a un hada?
La muchacha advirtió su mirada,
entornó los ojos y arrugó la nariz.
—¡Una cicatriz, sí! —dijo, con su
acento sorprendente—. ¿Por qué tienes
esa cara de susto? ¿Tan rara cosa es una
cicatriz para un caballero? ¿O acaso es
tan fea?
Él, despacio, con las dos manos, se
bajó la capucha de la cota de malla, se
pasó la mano por los cabellos.
—Ciertamente no es rara cosa para
un caballero —dijo, no sin orgullo
juvenil, mostrando su propia sutura,
apenas cicatrizada, que le corría desde
la sien hasta la mandíbula—. Y más feas
son las cicatrices en el honor. Soy
Galahad, hijo de Lanzarote du Lac y
Elaine, hija del rey Pelles, señor de
Caer Benic. Esta herida me la causó
Breunis el Cruel, un indigno opresor de
damas, pese a que le venciera yo en
justo desafío. Ciertamente, honrado
estoy de tomar de vuestras manos esta
espada, oh Dama del Lago…
—¿Cómo?
—La espada. Estoy dispuesto a
aceptarla.
—Es mi espada. No le permito a
nadie tocarla.
—Pero…
—¿Pero qué?
—La Dama del Lago siempre…
siempre surge de las aguas y otorga una
espada.
Ella guardó silencio durante un rato.
—Entiendo —dijo por fin—. En fin,
donde fueres… Lo siento, Galahad o
como te llames, pero por lo visto no has
dado con la Dama que hacía falta. Yo no
otorgo nada. Ni me dejo que me quiten.
Que quede todo claro.
—Pero —se atrevió a decir—,
¿procedéis de Faërie, señora, o no?
—Procedo —dijo al cabo, y sus
ojos verdes, daba la sensación, estaban
fijos en el abismo del tiempo y el
espacio—. Procedo de Rivia, de una
ciudad con el mismo nombre. Junto al
lago Loc Eskalott. Llegué aquí en una
barca. Había niebla. No veía las orillas.
Sólo escuché el relincho de Kelpa… mi
yegua, que me había seguido los pasos.
Extendió la camisa mojada sobre
una roca. Y el caballero dio de nuevo un
respingo. La camisa había sido lavada,
pero no muy a conciencia. Todavía se
podían ver rastros de sangre.
—Me trajo hasta aquí la corriente
del río —continuó la muchacha, sin ver
que él se había dado cuenta o bien
fingiendo no ver—. La corriente del río
y la magia del unicornio… ¿Cómo se
llama este lago?
—No lo sé —reconoció—. Hay
tantos lagos en Gwynedd…
—¿En Gwynedd?
—Pues claro. Aquellos montes son
Y Wyddfa. Dejándolos a mano izquierda
y cabalgando por los bosques, al cabo
de dos días se llega a Dinas Dinlleu y
más allá a Caer Dathal. Y el río… El río
más cercano…
—No importa cómo se llame el río
más cercano. ¿Tienes algo de comer,
Galahad? Es que, sencillamente, estoy
que me muero de hambre.
—¿Por qué me miras así? ¿Temes que
desaparezca? ¿Que vuele por los aires
junto con tus bizcochos y tu salchicha de
ternera? No tengas miedo. He montado
unos buenos líos en mi propio mundo y
he andado revolviendo el destino, así
que es mejor que no me deje ver por allí
por el momento. Así que andaré por tu
mundo algún tiempo. En un mundo en el
que en vano se busca el Dragón o los
Siete Cabritillos por las noches. En el
que ahora estamos en la segunda luna
llena después de Belleteyn y Belleteyn
se pronuncia Beltane. ¿Por qué me miras
así, te digo?
—No sabía que las hadas comieran.
—Las hadas, las hechiceras y las
elfas. Todas comen. Beben. Y demás.
—¿Cómo?
—No importa.
Cuanto más la observaba, más iba
perdiendo el aura mágica y se iba
haciendo más humana y normal, vulgar
incluso. Sin embargo, sabía que no era
así, que no podía ser así. No se
encuentra uno a muchachas vulgares en
las faldas de Y Wyddfa, en las cercanías
de Cwm Pwcca, bañándose desnudas en
los lagos de montaña y lavándose
camisas ensangrentadas. Daba igual el
aspecto que tuviera aquella muchacha,
en ningún caso podía ser una criatura
terrenal. Pese a saber eso, Galahad
podía ya mirar tranquilamente y sin
temor supersticioso sus cabellos de
ratón que, para su asombro, ahora que
estaban secos, brillaban atravesados por
vetas de un gris entre plateado y
blanquecino. Podía ya mirar sus manos
delgadas, su pequeña nariz y sus pálidos
labios, su traje de hombre, de corte un
tanto extraño, confeccionado de una tela
delicada de nudo extraordinariamente
denso. Y su espada, de extraña factura y
ornamentación, pero que no parecía sólo
un adorno para los desfiles. Y sus pies
desnudos, cubiertos de arena seca de la
playa.—
Para que quede claro —habló
ella, limpiándose un pie con el otro—,
yo no soy una elfa. Hechicera, es decir
hada, sí que soy, aunque… más bien
atípica. Eh, creo que no lo soy siquiera.
—Pues lo siento, de verdad.
—¿Qué es lo que sientes?
—Dicen… —Se ruborizó y
tartamudeó—. Dicen que las hadas,
cuando se encuentran por casualidad con
los jóvenes, los llevan consigo a Elfland
y allí… Bajo los arbustos del bosque,
sobre un lecho de musgo, les muestran…
—Entiendo. —Ella le lanzó una
corta mirada, tras la que dio un fuerte
mordisco a su salchicha—. En lo que se
refiere al País de los Elfos —dijo,
tragando—, hace algún tiempo que salí
huyendo de allí y no tengo prisa alguna
en volver. En lo tocante al lecho de
musgo… Cierto, Galahad, no has dado
con la Dama que hacía falta. Pese a ello,
agradezco los buenos deseos.
—¡Señora! No quería faltaros…
—No te excuses.
—Y todo porque —balbuceó— sois
tan hermosa.
—Te doy las gracias de nuevo. Pero
esto no cambia nada.
Guardaron silencio durante un rato.
Hacía calor. El sol en su cénit calentaba
las piedras agradablemente. Un leve
golpe de viento, arrugó la superficie del
lago.—
¿Qué significa…? —habló de
pronto Galahad con voz exaltada—.
¿Qué significa un paje con una lanza de
la que mana sangre? ¿Qué significa y por
qué sufre el rey tullido? ¿Qué significa
una dama de blanco que lleva el graal,
una copa de plata?
—Y aparte de eso —le interrumpió
ella—, ¿te va todo bien?
—No hago más que preguntar.
—Y yo no entiendo tus preguntas.
¿Es alguna contraseña? ¿Una señal por
la que se reconocen los que están en el
secreto? Ten la merced de explicarlo.
—No soy capaz de hacerlo mejor.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—Porque… —habló desconcertado
—. Bueno, por decirlo en pocas
palabras… Uno de los nuestros no
preguntó cuando tuvo ocasión. Se le
comió la lengua el gato, o le dio
vergüenza… No preguntó y por esa
razón sucedieron muchas desgracias.
Así que ahora preguntamos siempre. Por
si acaso.

La dama del lago – Andrzej Sapkowski
—¿Hay hechiceros en este mundo?
Sabes, de ésos que tratan en magias.
Magos. Taumaturgos.
—Merlín. Y Morgana. Mas Morgana
es mala.
—¿Y Merlín?
—A medias.
—¿Sabes dónde lo puedo encontrar?
—¡Por supuesto? En Camelot. En la
corte del rey Arturo. Precisamente allí
me dirijo.
—¿Lejos?
—De aquí a Powys, al río Hafren,
luego siguiendo el Hafren hasta Glevum,
junto al mar de Sabrina y desde allí ya
está cerca el País del Verano. En total,
como unos diez días de camino…
—Demasiado lejos.
—Se puede acortar un poco el
camino —tartamudeó— yendo a través
de Cwm Pwcca. Pero es un valle
maldito. Es horrible. Allí viven los Y
Dynan Bach Têg, unos enanos
malvados…
—¿Y es que tú llevas la espada para
los desfiles?
—¿Y qué puede hacer la espada
contra la magia?
—Puede, puede, no tengas miedo.
Yo soy una bruja. ¿Has oído hablar de
ello alguna vez? Eh, por supuesto que no
lo has oído. Y a mí no me amedrentan
esos tus enanos. Tengo bastantes amigos
entre los menudos.
Seguro, pensó.
—¿Dama del Lago?
—Me llamo Ciri. No me llames
Dama del Lago. Me trae recuerdos
desagradables, penosos, nefastos. Así
me llamaban ellos, en el País… ¿Cómo
has llamado a ese país?
—Faërie. O, como dicen los
druidas: Annwn. Y los sajones lo llaman
Elfland.
—Elfland… —Se cubrió los
hombros con una manta picta a cuadros
—. He estado allí, ¿sabes? Entré en la
Torre de la Golondrina y cataplúm, ya
estaba entre los elfos. Y ellos me
llamaban precisamente así. Dama del
Lago. Al principio hasta me gustaba. Me
halagaba. Hasta el momento en que
comprendí que en aquel país, en aquella
torre y junto a aquel lago no era yo
señora, sino cautiva.
—¿Fue allí —él no lo resistió—
donde os manchasteis la camisa de
sangre?
Calló durante largo rato.
—No —dijo por fin, y la voz, le dio
la impresión, le temblaba ligeramente—.
Allí no. Tienes ojos agudos. En fin, no
se puede huir de la verdad, no hay por
qué meter la cabeza en la arena… Sí,
Galahad. Me he manchado a menudo en
los últimos tiempos. Con la sangre de
los enemigos a los que maté. Y con la
sangre de los amigos a los que intentaba
salvar… y que murieron en mis manos…
¿Por qué me miras así?
—No sé si seáis de origen etéreo o
acaso la dama de la muerte… O una de
las diosas… O acaso seáis habitante de
los celestiales valles…
—Al grano, por merced.
—Me gustaría —los ojos de
Galahad ardían— escuchar vuestra
historia. ¿Querríais contarla, oh, señora?
—Es larga.
—Tenemos tiempo.
—Y no acaba demasiado bien.
—No lo creo.
—¿Por qué?
—Cantabais cuando os bañabais en
el lago.
—Eres observador. —Volvió la
cabeza, apretó los labios y su rostro se
arrugó y afeó de pronto—. Sí, eres
observador. Pero muy inocente.
—Contadme vuestra historia. Por
favor.—
En fin —suspiró—. Bien, si
quieres… Te la contaré.
Se sentó con mayor comodidad. Y él
también se sentó con mayor comodidad.
Los caballos se acercaron al borde del
bosque, mordisqueando hierbas y
helechos.
—Desde el principio —le pidió
Galahad—. Desde el mismo principio…
—Esta historia —dijo ella al cabo,
bien apretada en la manta picta— me
parece a mí cada vez más una historia
que no tiene principio. Tampoco tengo la
seguridad de que se haya terminado. Has
de saber que el pasado y el futuro se
entremezclan terriblemente. Incluso hubo
cierto elfo que me dijo que es como esa
serpiente que clava los dientes en su
propia cola. Esta serpiente, para que lo
sepas, llámase Uroboros. Y el que
muerda su propia cola significa que el
círculo está cerrado. En cualquier
instante se esconden a la vez el pasado,
el presente y el futuro. En cualquier
instante se encuentra la eternidad.
¿Entiendes?
—No.
—No importa.
Capítulo segundo
En verdad os digo,
quien cree en los
sueños es como aquel
que quiere atrapar los
vientos o aferrar la
sombra. Se engaña
con imágenes de
curvo y falaz espejo
que miente o discurre
despropósitos cual
mujer de parto. De
modo que necio es
quien a las visiones
de los sueños concede
crédito y se adentra
en el camino de las
quimeras.
Mas todo aquel que
precie de menos los
sueños y en nada los
tenga, procede
también con poco
seso. ¿Pues acaso si
los sueños no
hubieran de tener
sentido alguno, nos
habrían dotado los
dioses de la
capacidad de soñar?
La sabiduría del profeta
Lebioda, 34:1
*****
All we see or seem
Is but a dream within
a dream
Edgar Allan Poe
*****
Un vientecillo arrugó la superficie del
agua, que bullía como una cazuela, y
desterró los dispersos retazos de niebla.
Los escálamos chirriaban y golpeteaban
rítmicamente, las palas de los remos
sembraban una granizada de brillantes
gotitas. Condwiramurs apoyó la mano en
la borda. La barca navegaba a una
velocidad tan lenta que el agua apenas
se alzaba y caía sobre sus dedos.
—Ah, ah —dijo ella, confiriendo a
la voz tanto sarcasmo como le fue
posible—. ¡Pero qué deprisa! Si hasta
parece que volamos sobre las olas. ¡La
cabeza da vueltas!
El remero, un hombre bajo, torvo y
compacto, gruñó algo ininteligible y
rabioso, sin alzar siquiera la cabeza,
cubierta de un cabello tan digno y
crespo como el de una oveja caracul. La
adepta estaba ya muy harta de los
gruñidos, carraspeos y jadeos con los
que aquel palurdo despachaba sus
preguntas desde que ella había subido a
la barca.
—Cuidado —dijo, marcando las
palabras y manteniendo la calma con
dificultad—. De remar con tanta fuerza
le pueden dar a uno unas infosuras.
Esta vez el hombre alzó un rostro
tostado, de piel tan oscura como si
hubiera sido curtida. Murmuró, tosió,
señaló con un movimiento de una
barbilla cubierta de gris pelambre a una
cabria de madera atada a la borda y una
cuerda tensada por el movimiento de la
barca que desaparecía en el agua.
Convencido a todas luces de que la
explicación había sido suficiente,
continuó remando. Al mismo ritmo que
antes. Remos arriba. Pausa. Remos hasta
la mitad de las palas en el agua. Larga
pausa. Remada. Una pausa todavía más
larga.—
Ajá —dijo Condwiramurs con
soltura mientras miraba al cielo—.
Entiendo. Lo importante es el señuelo
que va arrastrando detrás de la barca,
que debe moverse a la correspondiente
velocidad y a una profundidad
apropiada. Lo importante es la pesca. El
resto no importa.
Era algo tan evidente que el hombre
ni siquiera se tomó la molestia de gruñir
o carraspear.
—¿A quién le puede interesar —
continuó Condwiramurs su monólogo—
el que lleve viajando toda la noche?
¿Que esté hambrienta? ¿Que el trasero
me pique y me duela por culpa de este
banco duro y húmedo? ¿Que tenga ganas
de mear? No importa, lo importante es
la pesca de arrastre. Y al fin y al cabo
para nada. El señuelo que llevamos
arrastrando horizontalmente en medio de
la corriente no va a capturar nada en una
arcilla de veinte brazas de profundidad.
El hombre alzó la cabeza, la miró
con una expresión amenazadora y
refunfuñó en un tono muy, pero que muy
hostil. Relucieron los dientes de
Condwiramurs, contenta consigo misma.
El palurdo seguía remando con lentitud.
Estaba enfadado. Se dejó caer sobre el
banco de popa y cruzó las piernas. De
forma tal que en el doblez de la falda se
viera mucho.
El hombre gruñó, apretó sobre los
remos sus manos callosas, haciendo
como que no miraba más que la cuerda
de arrastre. Por supuesto, ni se le
ocurrió apresurar la velocidad de su
remado. La adepta suspiró resignada y
se entretuvo en observar el cielo. Los
escálamos chirriaban, brillantes gotitas
salpicaban desde las palas de los remos.
Entre la niebla que se iba

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