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Libro PDF La desafiante prometida del jeque – Elizabeth Lennox

La desafiante prometida del jeque – Elizabeth Lennox

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inculcarle.
–Buenas noches, señora mía –dijo él, sujetándole la mano e inclinándose ligeramente–. Es agradable conocer oficialmente a mi futura esposa.
Lo dijo como una broma, puesto que su presentación en una gran cena de estado un tiempo atrás apenas les dio la oportunidad de conocerse. Hubo muchos más
invitados y ella ni siquiera sabía que se la consideraba como una novia en potencia. Pero él sentía que la conocía, ya que había leído el informe detallado que habían
reunido sobre ella.
Laila levantó ligeramente la mirada, pero no lo miró a los ojos. ¡Aquello era un gran error! Recorrió su cuerpo magnífico con la mirada, intentando ignorar el
cosquilleo que su tacto le causaba en los brazos y la loca y gelatinosa sensación de sus rodillas. No quería mirarlo, temía que su presencia fuera más de lo que pudiera
soportar. Pero sus ojos se vieron atraídos por su rostro, necesitaba ver si realmente era tan guapo como lo recordaba. Los ojos le palpitaban un poco, pero estaba
furiosa porque él tenía el poder de irrumpir en su lugar secreto, de invadirlo y arrastrarla fuera. No tenía ninguna defensa contra aquel hombre y eso hizo que pareciera
más peligroso. ¿Cómo podía él hacer eso sin intentarlo siquiera? Ella quería apartar la mano, detener la alocada electricidad que Jabril le pasaba con la mano a ella,
quemándole la piel y haciendo que se le disparara la sangre por todo el cuerpo. Pero todos los miraban. Toda la familia de ella, la familia de él, sus consejeros y cada
persona poderosa del reino esperaban a ver cómo reaccionaba Laila en su presentación pública formal.
–Gracias –ella intentó decir algo más, articular más palabras que fueran un saludo o una respuesta a su afirmación jocosa.
Pero en aquel momento no podía pensar. Estaba demasiado ocupada asimilando al enorme hombre que había ante ella. No solo era alto, ella apenas le llegaba a la
barbilla, sus hombros eran de un ancho cuando menos imponente. Y no tenía ni un gramo de grasa de más en el cuerpo. Era de constitución sólida, con una buena
musculatura y los ojos más intensos que hubiera visto jamás. Aquellos ojos negros ahora la estaban atravesando, intentando ver su alma. Aquello no le gustaba. Quizá le
gustara su mandíbula robusta o los labios firmes que casi parecía que rieran en todo momento, pero desde luego que no le gustaban aquellos ojos invasivos.
«El problema es que todos nos están mirando», se dijo a sí misma. Todo el mundo se sentiría incómodo en esa clase de situación y su reacción no era culpa de ese
hombre. Su presencia y su tacto no la afectaban en absoluto. Al menos, es lo que ella se decía mentalmente una y otra vez, intentando encontrar el camino de vuelta a su
lugar secreto, donde no estaba aterrada, ni confundida o enfadada por la mano que el destino le había repartido.
–¿Me harías el honor de compartir este primer baile? –preguntó él.
Laila se mordió el labio, quería rechazar su oferta pese a que toda la sala esperaba que empezaran a bailar. Nadie osaría salir a la pista de baile hasta que aquel
hombre les diera permiso. Era una norma absoluta y a ella le habían informado de cómo se desarrollaría aquel encuentro. Se reunirían, bailarían y a continuación él la
presentaría a todos los miembros de su gabinete. Había un generoso bufé dispuesto en la habitación contigua para socializar, y ella sería exhibida, puesta a prueba y
evaluada. Analizarían todos sus movimientos y al día siguiente le harían comentarios sobre cómo mejorar su actuación en esa clase de situaciones.
Ella ignoró todos los recordatorios desagradables de todo lo que debía hacer y se centró en el presente, en su pregunta, para poder superar la noche momento a
momento.
–Me encantaría –respondió Laila mientras Jabril le pasaba el brazo alrededor de la cintura, acercándosela.
Incluso con los tacones, ella apenas le llegaba al hombro y no le gustaba sentirse pequeña e indefensa. Quería sentirse fuerte y poderosa. ¡Quería gritarle a todos que
aquello era una farsa! Que no participaría en esa clase de boda solo para propiciar la paz y la felicidad en toda la región.
Pero no podía hacer nada de eso. En su lugar, dejó que él se la acercara más mientras ella se fijaba en los detalles de su uniforme militar. Contó las medallas con la
mirada, forzándose a pensar en cosas mundanas porque no podía asimilar las sensaciones que esa cercanía física le provocaban.
¡Maldito sea! Incluso bailaba divinamente. ¿Había algo que ese hombre no pudiera hacer? A ella le hubiera encantado que la pisara los pies o que la hiciera girar de
forma que tropezara. Lo que fuera con tal de apartarse de sus brazos para poder respirar. En aquel momento, supo que podía odiar honestamente a ese hombre.
¿Odiarlo por ser perfecto? Vaya pensamiento más estúpido. Pero ahí estaba. Lo odiaba genuinamente. Pero no por ser perfecto. Porque en el fondo ella sabía que
nadie era perfecto. Y ella conocía demasiado bien el lado oscuro de la personalidad de ese hombre.
Era un jugador de la peor clase. El jeque Jabril había disfrutado de una sucesión de amantes, varias de ellas muy conocidas por el público, antes de la inesperada y
trágica muerte de su padre. Pero Laila había ido más de los informes superficiales, ya que deseaba saber todo aquello a lo que la estaban empujando. Había contratado a
alguien para investigar sus flirteos sexuales. Sabía los nombres de tantas amantes que le parecía aberrante que un hombre pudiera haberse acostado con esa cantidad de
mujeres. ¡Y lo peor es que según aquel informe una de esas aventuras había sido el fin de semana anterior! Mientras a ella la obligaban a comprar sus galas para la boda,
a morirse de hambre para que los reporteros de todo el mundo no la vieran gorda o desaliñada mientras la fotografiaban una y otra vez, aquel hombre tenía un lío con una
bailarina de París que había pasado allí el fin de semana.
No iba a ser el tipo de esposa que se queda sentada con un aspecto ridículo mientras su esposo juega con cualquier mujer que se le pavonee. Quizá estuviera
legalmente casada con él, pero por lo que a ella respectaba el resto del contrato quedaba nulo y sin validez.
Pero esa era una conversación para el día siguiente. Aquella noche, todo era un espectáculo. Tenía una actuación que ofrecer a los demás y, si la interpretaba lo
bastante bien, podría engañarlos a todos. Se centró en el momento y el lugar y se forzó a interpretar el papel para el que la habían elegido.
–Su Alteza, ha sido un gran placer leer acerca de todos los cambios que ha habido Surisia en los últimos años. Su liderazgo ha traído muchos avances a la población.
Seguro que se siente muy orgulloso de su trabajo.
–Los resultados no fueron solo cosa mía –respondió él, mirándola a la cabeza cada vez más irritado. Quería verle los ojos, leer su pensamiento y no solamente
escuchar las palabras que surgían de aquellos adorables labios–. Muchas personas participan para que un proyecto tenga éxito.
«Buenas palabras», pensó ella. Así que no tenía un gran ego. O quizá solo decía lo que sabía que los demás esperaban de él, igual que estaba haciendo ella ahora.
–Eso es muy generoso por su parte, Su Alteza. Seguro que fue su visión lo que otros llevaron a cabo. Y he escuchado que trabaja incansablemente por el bien de su
pueblo.
Al menos eso decían los rumores. Aquel hombre podía ser un completo vago, pero con un buen equipo de relaciones públicas podría parecer un superhéroe para
sus compatriotas.
–¿Qué visión tienes para nuestro pueblo? –preguntó él, cambiando un poco de tema.
Él no quería escuchar sus clichés. Sonaban ensayados. Quería llegar a conocer a esa mujer. Había intentado acordar encuentros con ella antes de aquel fin de semana,
pero algunas complicaciones impidieron esa posibilidad.
Parpadeó, sorprendida por la pregunta.
–¿Mi visión?
Definitivamente, no se esperaba esa pregunta. ¿Era un truco? ¿Intentaba ponerla a prueba, descubrir si ella tenía opiniones diferentes a las suyas?
Él soltó una risita y miró esos bonitos ojos marrones que se veían confundidos y sorprendidos, aunque no sabía por qué podía ser. También estaba sorprendido por
lo mucho que le gustaban sus ojos. Era muy bella y tenía una figura preciosa que deseaba explorar minuciosamente. Estaba sorprendido de verdad por la intensidad con
la que le estaba reaccionando el cuerpo a su atractivo, ahora que le había visto los ojos. Poco antes, ella había estado cálida y suave entre sus brazos, aunque un poco
rígida y todavía nerviosa. Pero ahora que por fin ella le había mirado, Jabril podía sentir algo más, algo con una fuerza intensa. Y le gustaba.
–Seguro que hay asuntos que creas importantes –apuntó él.
Ella entrecerró un poco los ojos, insegura de a qué juego jugaba él.
–Seguro que me hará feliz apoyar su trabajo, Su Alteza.
Él escuchó, pero por alguna razón sus palabras no le sonaban verdaderas. ¿De verdad era ella una de esas mujeres pasivas y sumisas a su marido? Todo lo que había
investigado indicaba lo contrario. Ni siquiera la hubiera tenido en cuenta para que fuera su esposa si ese fuera el caso. Había ido a la universidad, se licenció con honores
y desempeñó un trabajo por el que recibió excelentes recomendaciones por su tarea. ¿Por qué actuaba ahora como una mujer trofeo?
Él levantó la mirada y se sorprendió al ver que el resto de la sala esperaba a su señal. Había olvidado completamente hacer algún gesto para permitir a los demás
invitados que se unieran a ellos en la pista de baile. Casi le divertía la idea. Nunca, jamás antes había dejado que nadie se interpusiera a su deber. Le habían criado desde
que nació para saber que tenía obligaciones para con su país. Nunca ese sentido del deber ni su claridad mental habían titubeado. Pero tras cinco minutos en brazos de
esa enigmática belleza se estaba olvidando de su cargo. Todo lo que quería era llevarla a una habitación privada y exigirle que se explicara, que discutiera con él y le
mostrara el fuego que, sospechaba, había bajo la superficie.
–Bueno, es mejor así –contestó él mientras los demás se les unían para bailar–. No me gustaría que mi mujer tuviera una opinión diferente a la mía.
Casi rio en alto al ver el disgusto de ella, se sintió encantado cuando ella se puso más rígida entre sus brazos por la indignación que le había provocado esa
afirmación y que no pudo reprimir. Sí. Quizá estuviera jugando algún tipo de juego o intentando ser la mujer que creía que él deseaba que fuera, pero bajo ese rostro frío
y bello había un cerebro y una inteligencia que estaban furiosamente ofendidos por su comentario. ¡Bien!
Ahora debía descubrir cómo convencerla de abandonar totalmente esa fachada. Sospechaba que sería encantadora si saliera de ese caparazón. Se la acercó y se alegró
al ver que ella temblaba más.
–¿Te doy miedo? –preguntó, agachándose para susurrarle al oído.
Su cuerpo ya se estaba endureciendo sólo de pensar en tener a esa belleza desnuda en su habitación, pero no deseaba una amante asustada. Deseaba a alguien con
pasión y calor. Con suerte, ella tendría el mismo fuego para hacer el amor que, suponía, tenía para tratar con los asuntos sociales y políticos.
–Por supuesto que no –replicó ella y se mordió la lengua por ser tan irritable. Pensó que probablemente la estrategia más diplomática era cambiar de tema y dijo–.
Es un bailarín muy elegante, Su Alteza.
Intentó apartarse de sus brazos, poner cierta distancia entre sus cuerpos porque su aroma la estaba volviendo loca. Había algo que era demasiado… ¡agradable! Y
entonces se percató de lo que estaba pensando. ¡No! Ese hombre no tenía nada agradable. ¡Era un jugador, un embustero y un idiota arrogante!
Se sintió aliviada cuando él la tomó de la mano y la condujo fuera de la pista de baile. Por desgracia, no podía separarse de él porque su mano fuerte y su agarre
firme la mantenían cerca. Jabril le pasó el brazo por encima de una mano y con su otra mano se la agarraba, de forma que ella no podía apartarla. ¡Maldito sea!
Durante los siguientes cuarenta minutos, le presentaron a todos los miembros de su gabinete. Laila ya había memorizado no solo sus nombres, sino también los de
todos sus hijos y esposas, sus cargos gubernamentales oficiales y los diversos proyectos que supervisaban. Desempeñó su papel muy bien, cautivando a todos sus
consejeros y sus esposas, haciendo preguntas, ofreciendo elogios y sonriendo a todos los comentarios adecuados.
Cuando terminaron con las presentaciones, Jabril la observó con orgullo. Lo había hecho muy bien. Mejor de lo que él esperaba. Tenía un verdadero don para hacer
que los demás se sintieran cómodos.
–Eres maravillosa. Todos te adoran ya.
Laila no sonrió ni movió la cara en modo alguno. No se sentía orgullosa de sí misma. Se sentía falsa, así que, ¿cómo podía aceptar elogios solo por saludar a otras
personas? Todo aquel matrimonio sería una farsa y ella no era nada más que uno de los actores de esa actuación en desarrollo.
–Es demasiado amable –fue todo lo que dijo ella y apartó la mirada, no quería ver esos hombros anchos ni los dedos masculinos y fuertes que descansaban con
firmeza sobre su mano.
No le gustaba que la tocara porque la hacía sentir… ¡incómoda y vulnerable! Prefería ser fuerte y competente. Tampoco tenía mucha experiencia con hombres.
Había ido a la universidad, pero los hombres que había conocido no le interesaron mucho y prefirió mantenerlos como amigos y conocidos. Ninguno de ellos le pareció
material romántico, pero tampoco ninguno de ellos buscó ningún tipo de relación más íntima con ella. Nunca antes había pensado mucho en eso, pero quizá hubiera algo
que la hacía rechazar a los hombres. Y eso planteaba una pregunta muy buena.
–¿Por qué me seleccionó para ser su esposa, Su Alteza? –preguntó ella, incapaz de evitar que se le escapara la pregunta una vez se le había ocurrido.
No era la primera vez que le pasaba la pregunta por la cabeza. Se había preguntado cuál era su criterio de búsqueda desde que supo que estaba en la corta lista de
candidatas. Tampoco había hecho nada para ganarse su futuro papel. Por lo que sabía, había asistido a una cena con más de cincuenta personas presentes.
Él la miró a esos ojos marrones seductores y sonrió un poco.
–¿No crees estar cualificada?
Ella tomó el plato que él le pasó e intentó ocultar su irritación.
–Ni siquiera sabía que hubiera habido una entrevista de trabajo.
Él soltó una risita y le sirvió un poco de pollo asado en el plato.
–Todo es un trabajo. ¿Verdad?
Ella ahogó el bufido de disgusto. El matrimonio no debería ser un trabajo ni depender de cualificaciones. El matrimonio debería basarse en el amor y el respeto
mutuos. Desde luego, ella no respetaba a ese hombre, aunque lo peor era que no se creía capaz de amar alguna vez a un hombre con una falta total de una sensibilidad
más amable. Ella deseaba a un hombre que fuera amable y comprensivo. No a un bruto que se abriera paso por la vida a la fuerza, exactamente lo que había hecho Jabril
para conseguir hacer tantos cambios en todo el país con tanta rapidez. A ella no le importaba que esos cambios fueran beneficiosos. Y quizá fuera una ingenua, pero
como no le gustaba ese hombre, no veía posibilidades de amarlo.
Una vez más, él interrumpió su castigo mental.
–¿Cuáles crees que fueron tus cualificaciones?
Ella se resistió a poner los ojos en blanco, pero apenas pudo.
–No sabría decirlo, Su Alteza. Probablemente tenga usted unos requisitos muy específicos.
Él se rio de su enojada respuesta. Sí, desde luego que tenía agallas.
Y también había algo en ella que él no esperaba encontrar en su matrimonio… la deseaba. Diablos, quizá pudiera incluso respetarla si pudiera hacer que se librara de
su autocontrol y se expresara con naturalidad.
Por suerte, otra pareja les interrumpió y Laila encontró un poco de alivio ante la intensidad de su mirada y sus preguntas.
La noche avanzó y Laila interpretó su papel a la perfección. Sabía lo que se esperaba de ella, pero no le gustaba demasiado. ¡Probablemente pudiera manejarse con
más facilidad en todas las conversaciones si ese hombre le dejara un poco de espacio! Cada vez que ella se apartaba y comenzaba a respirar con más tranquilidad, él se
acercaba y la tocaba de algún modo. La distraía mucho y al final de la noche solo quería gritar. Las luces brillantes rebotaban en las paredes doradas, creando un reflejo.
Al principio era bastante cegador, pero ahora era puramente molesto.
–Pareces cansada –dijo él, inclinándose y susurrándole al oído.
–Lo estoy –contestó ella con la esperanza de poder alejarse de él. Estaba a punto de abrir la boca para preguntar si podía retirarse a sus aposentos asignados cuando
él la interrumpió.
–Te acompañaré a tu suite –dijo él y la tomó de la mano con una de las suyas y entonces le colocó la otra en la espalda.
Ella volvió a ponerse rígida, sentía que su piel ardía bajo su tacto. Intentó moverse un poco para no seguir teniendo su mano en la espalda, pero Jabril contrarrestó
su táctica tocándola incluso con el brazo.
Pese a los intentos de Laila para detenerlo, él dio rápidamente excusas a los pocos invitados que quedaban antes de conducirla fuera del salón de baile. Cuando se
encontraron en la calma relativa del pasillo, ella empezó a temblar más y no pudo apartarse de él.
–Es muy amable, Su Alteza, pero no era necesario que abandonara la gala tan pronto. Puedo encontrar el camino yo sola –dijo ella con todo el control que pudo
reunir en esas circunstancias.
Jabril sólo sonrió un poco y se la volvió a acercar.
–Es un placer para mí asegurarme de que llegas a salvo a tus aposentos. Ahora eres responsabilidad mía.
Ella quería apartarse de sus brazos, pero él la agarró rápidamente y entonces supo que no podía escaparse.
–Soy perfectamente capaz de garantizar mi propia seguridad –declaró con firmeza.
Por suerte, habían llegado a su puerta y ella soltó un pequeño suspiro de alivio pensando que por fin estaría a solas.
Capítulo 2
–Gracias por una velada encantadora, Su Alteza –dijo ella, mirándose los dedos de los pies.
–Mírame cuando me hables –ordenó Jabril, inclinándose hacia ella mientras posaba una mano contra la puerta, por encima de la cabeza de Laila.
Laila respiró hondo y se forzó a eliminar la ira de su expresión. Cuando creyó tener sus emociones bajo control, movió los ojos para mirarlo con la esperanza de
tener una expresión calmada y controlada.
–Gracias por la velada –fue todo lo que dijo. Era incapaz de usar la palabra «encantadora» mientras lo miraba. Él tendría que conformarse con eso si se ponía
autoritario.
Jabril levantó la mano y le acarició la mejilla, con una suavidad tal que ella sintió ese tacto hasta en el estómago y jadeó.
–¿Qué está haciendo? –exigió ella.
–Te voy a dar un beso de buenas noches –contestó él con los ojos divertidos mientras observaba su expresión horrorizada.
Se echó atrás de golpe, espantada, pero él simplemente se la volvió a acercar.
–¡No!
Él casi rio, pero se contuvo. Sabía que ella se sentiría aún más insultada si veía cómo le divertía.
–¿No? –apuntó él–. ¿Sólo no? ¿No tengo permitido tocar a mi prometida en privado? ¿Es un privilegio que solo puedo permitirme cuando otros miran?
Laila no sabía cómo responder a eso porque no había tenido tiempo de explicar sus sentimientos acerca de su matrimonio.
–Creo que deberíamos… –empezó a explicar sus pensamientos, pero él la detuvo con un método muy oportuno, tapándole la boca con la suya.
Al principio ella estaba sorprendida, pero en cuanto la sorpresa desapareció, empezó a apartarse. Jabril no iba a permitirlo. Con su fuerte mano la sostuvo por la
parte trasera de la cabeza y separó el otro brazo de la pared para rodearla por la cintura, apretando el cuerpo de ella contra su complexión dura. Laila se le resistió
durante una fracción de segundo antes de que el calor la golpeara. No quería, pensaba que ni siquiera era posible, pero se derritió bajo su tacto. Todo su cuerpo se
convirtió en papilla mientras la boca de Jabril tomaba posesión de la suya. Laila había experimentado algunos besos sosos en citas anteriores, pero como la población
masculina no la había logrado impresionar con el paso de los años, no había adquirido suficiente experiencia para saber cómo reaccionar a esa clase de beso. Estaba
aturdida y reaccionó instintivamente agarrándose a lo único sólido que tenía al alcance, los hombros de Jabril.
En cuanto ella tocó su cuerpo con las manos, él intensificó el beso. Movió sus labios contra los de ella, la mordisqueó con los dientes y al principio Laila no
entendía qué estaba haciendo. Pero cuando Jabril continuó con la provocación, exigiendo caricias, abrió la boca para protestar y él la invadió con su lengua. Ella entendió
en ese momento lo que estaba intentando hacer y no estaba segura de cómo podía negarse.
Pero eso fue antes de que la lengua de Jabril tocara la suya. Con esa impactante caricia, ella explotó en llamas de necesidad tan intensas que sintió verdadero miedo.
Se apartó, pero los labios de él pasaron de su boca a su cuello, mordisqueando la piel sensible, provocándole escalofríos. Cerró los ojos, se le entrecortó la respiración e
intentó apartarlo con las manos, pero éstas no le obedecían. No pudo reaccionar cuando él encontró un punto tras otro que la volvía loca en esa sensación descendente y
fuera de control.
–Por favor, pare –jadeó cuando él le pasó las manos por la cintura. Ella agarraba el tejido de su atuendo militar con los puños, intentando descubrir qué le estaba
pasando y no lograba entenderlo. No le gustaba nada. Él movió su boca a la oreja, la mordió y Laila se sobresaltó. Pensó que se había zafado, pero al momento se dio
cuenta de que se aferraba a él con más firmeza–. Por favor, Su Alteza. No puedo…
–Debes aprender a llamarme Jabril –le gruñó él al oído. Pero afortunadamente, se apartó. Todavía tenía las manos sobre su cintura, pero al menos no estaba
besándola. Lo consideró una pequeña victoria.
Jabril la miró a los ojos, marrones y suaves, y sintió que había logrado una gran victoria ya que el deseo era muy claramente visible. Quizá esa esbelta belleza
quisiera ser inmune a él, pero no podía negar los sentimientos que su tacto había creado dentro de ella. Eso le gustó. Ella se había separado de sus brazos y él no podía
esperar a descubrir qué pasaría cuando ambos estuvieran desnudos y en la cama, donde podría descubrir todos sus secretos, conocer todas las cosas que Laila quisiera
que le hiciera para excitarla. Y sí, quería ver qué aspecto tendría ella cuando llegar al clímax entre sus brazos y se desmoronase teniéndolo sólo a él para agarrarse.
Jabril frotó los labios de Laila, ahora hinchados, con el pulgar.
–En solo unos días más podremos terminar esto –le prometió a ella, sintiendo que la necesidad que la dominaba era casi tan grande como la que lo dominaba a él.
Laila escuchó esa promesa en su voz y se horrorizó.
–¡No podemos!
Jabril le puso un dedo sobre los labios, silenciándola.
–Te veré en el desayuno –afirmó–. Hasta entonces, ¿soñarás conmigo?
Dio un paso atrás y le tomó la mano, besándole los dedos antes de mordisquearle una de las yemas. Soltó una risita cuando ella apartó la mano de golpe, con los
ojos llenos de confusión y deseo.
Laila se dio la vuelta e intentó usar el pomo de la puerta con los dedos torpes. Por desgracia, sus manos temblaban demasiado como para poder agarrar la
herramienta bien. Se puso rígida cuando sintió el pecho de Jabril contra su espalda y su mano caliente sobre su hombro semidesnudo. No la tocó de ninguna otra forma,
pero le cubrió la mano que tenía en el pomo, ayudándole a girarlo. Quiso gritarle, arañarle los ojos y alejarse de él tanto como fuera posible. En su lugar, se internó en su
suite y apoyó el cuerpo contra la puerta para cerrarla.
Cerró los ojos y escuchó con alivio como las fuertes pisadas de Jabril desaparecían en el pasillo. Cuando por fin no las oyó, casi se hundió en el suelo igual que el
impacto de ese beso se había hundido en su cerebro. Logró llegar a duras penas a una de las lujosas sillas. Hundió la cabeza entre las manos y le entraron escalofríos
cuando asimiló la reacción.
¿Cómo podía haber reaccionado con tanta intensidad al beso de ese hombre? ¡Ni siquiera

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