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La discusión Habla conmigo 2 – Elvira Ashto

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encontrarse con su conciencia al otro lado.
Pero era una mujer. Una ya de edad.
Vestía con un vestido pulcro de color escarlata oscuro,
que sin duda realzaba sus ojos verdes y su pelo más
negro que castaño. Un pelo que tenía recogido en un
estilo sencillo, pero que al ser rizado y permanecer
encerrado le daba un toque de rebeldía. Se sorprendió
deseando liberar aquel pelo, como deseaba liberarse a
sí mismo.
Miró a la mujer, que le miraba a su vez con una
hostilidad que él estaba seguro de no haber provocado.
Cuando compartía un rato con una fémina ninguna se
enfadaba.
Decidió que le gustaba el reto que ella le planteaba, y
si sintió un rayo de esperanza, lo descartó. Nadie le
salvaría. Ella tenía razón. Perdería todo por el juego.
Pero mientras tanto podía ser divertido.
-¿Cómo dice?
-Me ha oído usted perfectamente.
Aquella voz ronca le llegaba a una parte muy profunda
de su cuerpo, y también despertaba otra más básica de
su anatomía. Tomó un trago de su whisky, que tenía ya
olvidado, sólo para darle más emoción a la escena.
Luego le sonrió.
-Sin duda la he oído. Ahora dígame milady, ¿Qué la
hace sugerir tal afirmación?
Gillian ya se estaba arrepintiendo de haber hablado,
pero si al menos sus palabras pudiesen servir para
salvar a unas hijas de una vida complicada…
Miró a aquel hombre tan guapo. Era alto, pero no
mucho, ya que ella casi le llegaba a la altura de la
barbilla, y de aspecto delgado. En su niñez debió ser
uno de esos niños enclenques, y ahora que era una
adulto tenía la corpulencia justa.
Sus ojos castaños la miraban con cierto resentimiento y
apatía, como si nada pudiese salvarle ya. Ni nadie. Y
como si lo supiera. Le vio girar la cabeza, haciendo así
que su pelo largo a la altura de la barbilla se moviese
como si acabase de salir de la cama, y de repente
percibió el peligro.
Miró a su alrededor para ver si alguien la veía. Era
poco más que una sirvienta, y su reputación de viuda
respetable y casi invisible le pagaba un buen sueldo.
Él vio su vacilación y decidió atacar. Se acercó a ella
y, asiéndola del brazo, la apartó hasta un rincón del
salón.
-Ah no, ahora no la dejaré marchar…
Gillian levantó la barbilla con gesto altivo. Nadie la
retenía contra su voluntad. Decidió decirle lo que había
decidido decirle y salir de allí cuanto antes.
-Si no quiere perder todo, deje de jugar.
Hizo ademán de irse, pero él todavía no había soltado
su brazo.
Connor miró aquella boca que ahora veía cruzada por
una pequeña cicatriz. ¡Eso era! ¡De ahí venía su
sensualidad! Y de su tono de voz ronco…
-¿Cómo se hizo esa cicatriz? -se oyó preguntar.
Y aquella mujer le miró más que asombrada.
-¿Qué?
Se encogió de hombros y decidió volver al tema
principal. Nadie se había atrevido a ser tan sincero con
él. Ni sus padres, ni su hermana, ni sus mejores
amigos, Ilya y su primo Ainsley.
-No puedo dejarlo. -dijo sin más.
Gillian notó el vuelco en el corazón nada más ver su
expresión. No podía ser cierto… Él no podía pedirle
esperanza a ella. Ni siquiera se conocían.
-Al menos reconoce su problema. -dijo incrédula. No
muchos lo hacían. Su padre siempre lo había negado.
Ese hombre tan guapo le lanzó una sonrisa triste. E
incluso así sintió las rodillas temblar. Tenía que irse.
-No soy tonto. -dijo él enfadado.
Lo que le dio a ella el tono indignado con el que había
empezado a dirigirse a él.
-Pues entonces déjelo…
Connor puso los ojos en blanco. ¿No sería aquella
conciencia suya algo crédula?
-Si fuese tan sencillo…
-¡No puedo creer que ponga excusas! ¡Es usted un
cobarde, eso es lo que es!
Gillian se dio cuenta de que había alzado la voz, y
algunas personas se giraron a mirarles. Había puesto
demasiada emoción, sin duda. Miró a aquel hombre
para ver su reacción. ¿Quién era? ¿Tal vez un duque?
¿Un conde? ¡Dios Santo qué había hecho! Ahora sus
dos años de esfuerzo se irían por la borda.
Él giró su boca perfecta en una mueca que era casi
una sonrisa.
-Si va usted a seguir insultándome necesitaré conocer
su nombre.
¡No! ¿Pensaba castigarla por insolente?
-Tengo que irme.
¿Cómo podía entrar por la puerta de servicio evitando
que la viese? Su trabajo había terminado cuando había
reconocido a ese hombre que había estado jugando en
la sala de juego como un loco. Ella reconocía esa
mirada…
Pero ahora que había hecho lo que debía, tenía que
regresar.
Él la soltó al fin, pero la mantuvo allí aguantándole la
mirada con sus ojos oscuros fijos en los de ella.
-Dígame su nombre, por favor, me lo debe…
Tenía razón. En la vida todo tenía un precio y Gillian lo
sabía bien. Incluso las buenas obras lo tenían.
-Gillian Wendmiller. -dijo haciendo una genuflexión,
como si acabasen de ser presentados.
Él le cogió la mano en un gesto muy caballeroso y se la
besó brevemente.
-Connor Eirish, Vizconde de Ayr, a su servicio Lady
Wendmiller.
Ella soltó el aliento que había estado conteniendo sin
darse apenas cuenta. Puestos a ser sinceros…
-No soy Lady…
Él le sonrió. Y esta vez su sonrisa era más alegre.
-Ahora que ya hemos dejado de discutir, dime Gillian,
¿Me ayudarás?
CAPÍTULO 2:
Había pronunciado su nombre de forma correcta, con
“gui” en lugar de “yi”, que derivaba en Gale cuando

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su hermana la llamaba Jill, y la había dejado
estupefacta.
Pero lo peor era que ella había respondido que se lo
pensaría. ¡Pensarlo! Le había dado esperanzas. Pero,
¿Para qué? ¿Para salvarle? ¿Era eso posible? ¿Cómo
podía encontrarse ella en esa situación? La viuda
pobre e insulsa de Gillian Wendmiller ayudando a un
Vizconde.
O pensando en ayudarle… Se consoló.
Aunque ya sabía que lo haría en lo más recóndito de su
corazón, todavía se sorprendía.
Se había levantado rozando el mediodía, como casi
siempre después de una fiesta, aunque la noche
anterior se había dormido más tarde debido a un largo
cabello negro y a unos ojos de súplica…
Al final había conseguido escapar de él aduciendo a
que su carruaje la estaba esperando.
Y era cierto. Su trabajo como organizadora de fiestas
le daba bastante rentabilidad, y últimamente podía
permitirse alquilar un coche para las noches de los
eventos.
Sin embargo, aquel era el único lujo que se permitía, y
lo hacía para guardar las apariencias y conseguir así
más trabajo.
Pese a que su madre y su hermana insistían en que
abandonase su habitación en aquella zona a cambio de
una casita, ella se negaba. Pretendía presentar a
Kayleigh en sociedad, y dedicaba todo el dinero que
podía ahorrar a ese fin.
De ahí que cada mañana tras desayunar dedicase su
tiempo a remendar toda su ropa, que estaba formada
por dos vestidos de noche, dos de día, un camisón y
unos cuantos pares de medias. Los zapatos eran
nuevos, los había comprado hacía poco, y eran lo único
de su armario que podía recibir el calificativo de
londinense. Todo lo demás, incluidos sus sombreros e
incluso los escasos muebles de su habitación, los había
traído de su casa, en el sur.
Tras remendar un par de calcetines, se puso uno de
sus vestidos de visita, y se encaminó por las bellas
calles de Londres hacia la casa de su siguiente clienta.
Se trataba de un anuncio de compromiso, y enseguida
Gillian comenzó a planear todo lo imprescindible.
Aún así, tras su visita, y con todo el trabajo que tenía
por delante, en su mente no paraba de bullir la imagen
de un hombre.
“Connor Eirish, Vizconde de Ayr”
¿Qué clase de hombre era Connor? ¿Y de dónde venía
Eirish? Gillian creía que Ayr estaba en el Norte,
pero…
“Dime Gillian, ¿Me ayudarás?”
Todas las veces que la pregunta aparecía en su mente,
ella respondía un rotundo sí.
Pero no era una romántica, los años la habían
enseñado a práctica. Y un vizconde tenía mucho
dinero, o al menos ella esperaba que este aún lo
tuviese. Sí, le ayudaría, pero a cambio de dinero. Una
vez tomada la decisión, Gillian sólo tuvo que empezar a
planificar, eso se le daba muy bien.
Si en algún momento su corazón daba un brinco al
recordar unas manos grandes o un suave beso sobre
su piel, ella no le hacía caso. Al fin y al cabo, ¿Para
qué?
-Lo pensaré. -había respondido ella. -Pero, por favor,
no juegue más esta noche.
Y él se había ido.
Connor sabía que la decisión de marcharse había sido
suya, pero también sabía que aquella mujer había
hecho algo más. Le había despertado.
“¡Es usted un cobarde!”
Se lo había gritado. Y nadie más lo habría hecho.
Necesitaba la ayuda de aquella mujer, Lady Gillian
Wendmiller, pese a que ella negase lo de Lady. Tal vez
había caído en desgracia, pero no sería él quien la
juzgase.
Algo le decía que sólo con su ayuda podría salvarse, y
aunque seguía sin tener demasiada esperanza, al
menos alguna había.
Dedicó las siguientes noches a buscarla en cada fiesta,
hasta que al final la encontró en la fiesta de
compromiso de los Wellscherton.
Vestía el mismo atuendo escarlata de la noche en que
la conoció, y su pelo permanecía de nuevo sujeto en
aquel moño prieto. Como ella todavía no le había visto,
se dedicó a observarla ir y venir por el salón.
La vio hablar con los músicos, con los lacayos, y con la
Señora Wellscherton, sin que en ningún momento
desapareciese su sonrisa profesional.
¿Por qué le había hablado a él con tanta emoción?
¿Acaso alguien a quien conocía era jugador? ¿Tal vez
su marido?
Connor se encontró mirando su mano en busca de un
anillo, y luego suspiró al no ver nada. ¿Pero qué le
ocurría? Él sólo necesitaba a Gillian como conciencia.
Nada más.
Observó aquella cicatriz de su boca que le daba un
tono tan sensual durante un rato más, antes de
decidirse a hablar con ella.
Se cruzó con ella bajo el arco de una puerta que
separaba los salones.
-Lady Wendmiller, ¡Qué casualidad! -le sonrió ufano
dándole a entender que no había tal casualidad.
Ella puso aquel gesto de enfado que parecía tener
reservado especialmente para él. Le encantaba.
-Ayr, creí haberle dicho que no es correcto que me
llame Lady. -dijo en tono bajo, aunque nadie podía
oírles.
-¿Y usted sí puede llamarme Ayr? Llámeme Connor,
¿quiere?
Ella asintió a regañadientes con la cabeza. ¡Vaya
cabezota!
Casi le igualaba. Ya estaban otra vez discutiendo.
-¿Lo ha pensado? -le preguntó para no darle tregua.
Ella le miró desconfiada. Era lista. Sabía que él
tramaba algo. Y no se equivocaba.
-¿El qué? – la oyó pronunciar con aquella voz de tono
ahumado.
-Si se hará el harakiri, ¿Qué va a ser? ¿Me ayudará?
Gillian abrió los ojos de par en par.
-¿Ha venido a la fiesta sólo para saberlo?
Connor se removió incómodo. El cambio de ella de
decidida a inocente le afectaba, y además, él nunca
buscaba a una mujer. Pero al parecer a esa sí.
-¿Ve por aquí alguna partida?
Decidió bromear para enfadarla y volver así a un
terreno más conocido. Dio resultado.
-Es usted imposible. ¿Cómo puede bromear con algo
así?
Se encogió de hombros.
-Es parte de mi encanto.
“Es parte de mi encanto”
Aquel hombre nunca sonreía, sólo hablaba con ironía.
Gillian pensó por última vez si no se estaría
equivocando en su decisión de ayudarle, y luego
descartó su preocupación. Sólo era otro trabajo para
presentar a Kayla en sociedad.
Le vio acercarse tan alto, caminando como si el mundo
le perteneciese, incluida ella, y ya no pudo pensar más.
-¿Entonces me ayudará? -él volvía a mirarla como la
otra noche, con un atisbo de esperanza.
Le hizo un gesto con la mano y empezaron a caminar.
Se había citado con él allí, en la esquina de la casa de
los Wellscherton, de todas formas esa noche era cálida
y tenía previsto regresar andando a su casa. Le dejaría
unas calles antes, por supuesto, no estaba tan loca
como para decirle dónde dormía. Por su propia
protección, y por cierto orgullo.
-Lord Ayr… -comenzó a decir.
Él la miró y ella claudicó ante su ceja arqueada con un
suspiro.
-Connor. Le ayudaré, pero tengo unas cuantas
objeciones.
-¿Objeciones?
Gillian asintió con la cabeza y luego volvió a mirarle. Al
ir caminando las palabras fluían mejor que si tuviese
que mirarle, pero tenía que decirle aquello viendo su
reacción.
-Condiciones, normas, como prefiera.
-Normas está bien. -dijo él, y tras pensarlo un
momento, añadió. -Aceptaré lo que quiera.
Ella le sonrió tratando de darse ánimo. Allá iba…
-Por motivos de mi trabajo todo esto debe quedar en
secreto. Nuestra… Hummm… Relación digo. –
Gillian dio las gracias a la oscuridad porque se estaba
ruborizando. ¡A sus treinta años!
-¿Su trabajo?
Ella se encogió de hombros.
-Le hablaré de eso más tarde. ¿Acepta esa norma?
-Bueno, Gillian… eso será difícil porque no sé cuándo
nos veremos, y la gente hablará. ¿Qué le parece si
finjo que la cortejo?
-¿Usted? ¿A mí? -Gillian no podía creerlo.
-Sí, bueno… ¿Es algo tan raro?
Connor se estaba divirtiendo de lo lindo, y la voz cálida
de ella le estaba matando.
Gillian le miró por un segundo, pensando si aquello
sería una ventaja. Sin duda le ayudaría por lo menos a
ganar prestigio que el Vizconde de Ayr la cortejase.
-De acuerdo. Pero cuando todo termine yo romperé
con usted de forma pública.
Él le sonrió. Con una de sus medias sonrisas
-Debes de odiarme…
Gillian alzó su mirada al cielo en contestación a su
broma.
-¿La segunda?
Gillian casi preguntó de qué estaba hablando. Connor
se la estaba llevando a su terreno, y eso no le gustaba
demasiado. Veríamos ahora.
-La segunda es que usted me pagará diez mil libras.
Connor sonrió. Ella podía haber pedido mucho más. Él
gastaba esa cantidad al año jugando. O tal vez en
medio año.
Suspiró.
-Siempre el dinero…
Esta vez ella no le siguió la broma. En cambio la vio
retorcerse las manos con inquietud.
-Es que… Necesito ese dinero…
Gillian no pensaba humillarse tanto como para hablarle
de Kayla. Con ese dinero tendría para una buena dote,
sus vestidos y…
Connor la cogió de la mano.
-¿Tiene problemas? ¿Huye de algo? ¿De alguien?
Puedo ayudarla…
Ella miró sus manos unidas y luego a él, y por un
instante deseó que la abrazase. Nadie la había
ayudado, nunca. Negó con la cabeza. Al fin y al cabo
aún le quedaba algo de cordura.
-No, es un tema familiar. -dijo, y no pensaba dar más
explicaciones.
Connor la miró un segundo. Ella estaba en su derecho
de guardar su intimidad, y él podía averiguarlo más
adelante.
Le puso su mano en el brazo para continuar.
-¿La tercera?
Gillian suspiró.
-Bien Connor… Si vuelve a jugar esto se termina.
Para ella quizá aquella condición era sencilla, pero para
él… Soltó el aliento que no recordaba haber retenido.
Las tres noches que había pasado buscándola no había
jugado, sin duda su acuerdo no comenzaba ese día…
Gillian le leyó el pensamiento. Le apretó el brazo para
hacerle mirarla.
-Hoy es un día como cualquier otro. Y es el día para
empezar.
-Aún es de noche. -gruñó él.
¿Qué hacía allí, paseando con aquella mujer a la que
no conocía de nada sólo porque ella le había gritado?
Con una solterona, por favor… Las cartas le
esperaban y nada ni nadie se lo impediría…
-No sé por qué pensé que podría…
Oyó a Gillian murmurar apenada a su lado.
-¿Cómo dice?
-Nunca logré convencer a mi padre para que dejase de
jugar, no sé cómo pensé…
Y entonces él la besó.
No hubiera podido evitarlo aunque hubiese querido. No
quería oír el final de esa sentencia en los labios de
Gillian. Ella parecía tan vulnerable. Su conciencia. Tan
bella, tan auténtica. La acercó cogiéndola de la cara
para profundizar el beso y ella respondió.
¡La estaba matando! Gillian jamás habría
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