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La estrella de Cooper – Jessica A. Gomez

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españoles. Así que, cada tarde, un pirata deseo conocer aunque al volver a casa siempre me toque rezar, para al día siguiente verlo pasar.
Pero como he dicho, corren malos tiempos. Los corsarios más reconocidos ya están encarcelados, muertos, e incluso a punto de ser colgados, pero y así sé por
lo escuchado entre marineros borrachos, a veces sin ser vistos llegan a puerto con la excusa del comercio.
—Chico, piedad por esta vieja. —Una anciana me para.

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—Lo siento, pero no tengo monedas. —Me agarra del brazo.
—Pero sí una estrella. —La miro perpleja—. No creas que será tarea fácil hallar lo que buscas. Intentarán matarte, apoderarse de tu piel, robarte lo que esconden
los cinco puntos.
—¿Los cinco puntos?
—Esta vieja decrépita tiene hambre. Dame una moneda.
—¿Los cinco puntos? —Estupefacta la veo reír chistosa y abiertamente—. ¿Cómo sabe que…
—Cada día, cada tarde y en cada puesta de sol observas el mar en busca de respuestas, pero… ¿cuánto deseas? —Toca mis calzones—. ¿Hombre que mujer
ocultas?
—¿Qué?
—Deseas un tesoro, hallar un gran y un profundo amor, y si acaso, también un perdón. Admiras el cielo intentando alcanzar esa estrella del firmamento, pero
solo una resplandece en su reflejo a pesar de no serlo. Con ciega mente verás cinco puntos alineados que jamás unirás. Mas el pequeño oculta lo anhelado a hallar.
—¿Qué significa?
—Dame una moneda.
—Pero no tengo.
—¡Aparte vieja! —De un empujón tiran a la anciana a tierra mientras yo me aparto para dejar pasar a los jinetes, que portan a un capturado.
Entretanto pierdo de vista a la anciana, que por arte de magia desaparece, como el sol tras el horizonte.
—Padre se pondrá furioso.
Y echo a correr por el pedregoso camino que lleva a mi casa, en donde al llegar con la luna a mi espalda y a medio formar, veo a mi curtido padre, o al hombre
más solitario y triste, más solo y vacío de todo.
—Padre, ¿qué hace en el jardín?, podría empeorar.
—¡Elís! ¡¿Cuántas veces he decir que no llegues bajo luz de luna?! ¡¿Y otra vez aparentas hombría?!
—Lo siento, padre. Fui al puerto y…
—¡Cambia tu vestimenta! ¡Debemos cumplir sacramento!
—Lo siento, padre. Le pido mil perdones. —Paso su brazo por mis hombros para ayudarlo a entrar en la casa—. He traído pescado para cenar.
—¿Has estado con William?
—Sí, padre. Estuve en el mesón.
—William no es hombre para ti. El hijo de la sirvienta no es de recibo para pudiente mujer como tú.
—Lo sé, padre. No se preocupe. William no me interesa. Ningún hombre me interesa.
—Ahora no, pero en la próxima luna nueva te interesará.
—¿Qué quiere decir?
—Ve y dile a Cándida que se esmere en limpiar el pescado. William no sabe quitar bien la espina.
—Está bien. Ahora acomódese frente a la chimenea.
Y mientras deseo que la luna nueva no llegue plagada de malas noticias, desnudo mi apariencia varonil para cubrirme con la enagua, el polisón, la camisa, el corsé,
la falda, la sobrefalda y…, y como odio vestir como debo.
Y los zapatos…, no sé ni caminar con ellos. Pero si solo fuera eso…, encima he de ponerme el maldito sombrero. Con lo desahogada que iba…
—No entiendo tu empecinamiento por ser varón.
—No quiero ser hombre, padre.
—No quiero ser hombre, padre.
—¿Y por qué lo aparentas?
—Esto no es para mí. —Recojo mi falda—. Quizá podría, si usted me permitiera, aligerar mis ropajes.
—¿Aligerar es usar calzones? —Señala mis bombachos y yo los tapo con la falda de camino hacia camposanto—. La próxima luna nueva será tu gran día,
Elizabeth.
—¿Qué pasará ese día?
—Dará comienzo tu futuro.
—¿Mi futuro?, mi destino tan solo depende de mí, padre.
—Tu destino es hacer lo que le corresponde a una mujer de tu edad. Tienes diecisiete años. Ya deberías haberte desposado. Nadie desea a una mujer muy entrada
en carnes.
—¿Muy entrada en carnes? —espeto asombrada—. ¿Pero me ha visto?, todavía soy muy joven. —Carraspea—. No me desposaré, padre. —Enfurece ante la
tumba del bebé que enfermó a mi madre al nacer, sin que viviera más de dos días.
—Lo harás, Elizabeth. Es más, agradecerás a tu futuro esposo su predisposición a contraer matrimonio. Ya tendrías que haber encontrado a un buen marido. Mi
deber como padre es asegurar tu futuro.
—Yo no quiero un marido. —Retiro las flores marchitas.
—Lo que tú desees no importa. —Limpia las tumbas de manera vaporosa—. En la próxima luna nueva conocerás al padre de mis futuros nietos. No consentiré
que eches a perder el esfuerzo invertido en convencerlo para que no te rechazara.
—¿Cuánto valgo?, ¿cuánto le ha ofrecido por mí?
—Esos asuntos no te corresponden. Tú solo tienes que estar perfecta ese día y decir que sí a todo lo que te pida.
—Lo siento, padre, pero no haré nada, y menos lo que desee ese hombre. —Me alejo de las tumbas.
—¡Niña malcriada! ¡¿Qué crees que diría tu madre?! ¡¿Cómo osas contradecirme?!
—¡Madre creía en sus sueños como yo creo en los míos! ¡Lucharé por ellos como así me dijo en su lecho de muerte!
—¡Ella deseaba tu casamiento! ¡Te deseaba un buen futuro! ¡El que ella encontró tras las penurias que sufrió! —Me sigue apresurado—. ¡Tu madre hubiera
querido que te desposaras, y tu pretendiente es el benefactor de buena parte de los pesqueros del Peñón, además de inglés e hijo único de una familia muy
adinerada!
—¡Ni siquiera lo conozco! ¡No pienso desposarme con alguien a quien no amo! ¡No puedes obligarme!
—¡Sí puedo! ¡Y tú se lo harás saber en persona!
—¡No lo haré! ¡Antes moriría!
—¡¿Morir?! ¡Serás insensata! ¡No se trata de morir ni de amar, sino de asegurar un buen futuro!
—¡Quiero navegar, ver mundo, surcar el océano y buscar esa estrella de la que siempre me ha hablado!
—¡Sandeces! ¡Eso no es más que un cuento para niños!
—¡Si es así, ¿cómo explica mi marca?! —Atónito calla y yo me arrepiento.
—Locura de hombre codicioso —confiesa ofendido.
—Lo siento, padre, no debí decirlo. —Intento abrazarlo pero reniega de mí—. Sé por qué lo hizo, no pretendo dañarlo.
—La culpa de todo esto es mía. No debí llenar tu cabeza con sueños e ilusiones imposibles de alcanzar.
—No son imposibles. Quizá no encuentre un tesoro y no logre hallar al hombre adecuado, pero si usted desea mi felicidad, entenderá que no puedo evitar lo que
siento.
—Memeces de madre encaprichada con su hija.
—Padre…
—Padre…
—Olvida tus sueños, Elís. Corren malos tiempos y hay que pensar en el futuro. Se acabaron los viajes a otros mundos y los casuales descubrimientos. Ahora
tan solo hay naufragios, marineros exiliados y cárcel para aquel que intente revelarse. Ahora debemos allanar el camino hacia un futuro digno de ti.
—Y eso pasa por casarme.
—Sí, Elizabeth. Te casarás y no hay más que hablar.
—No lo haré, padre.
—¡Qué no entiendes! ¡Osarás de nuevo a contradecirme!
—¡No lo haré porque creo en el amor! ¡Jamás me casaré! ¡No lo haré! ¡No!
—¡Se acabó!
¡PLAS!
—Padre… —Asustada acaricio mi mejilla tras su bofetada.
—Regresa a la casa. De noche estos lares no son para mujer.
—Pero padre…
—¡Entra en la casa!
Tras él, sin pronunciar palabra alguna, con su mandato en mi cabeza y el rechazo obligándolo a desaparecer, corro hasta la cocina donde lloro desconsoloda,
angustiada y amargada.
Desde que era niña he oído por boca de mi padre historias de navegantes surcando los mares, que atraían mi curiosidad de manera apabullante. Siempre sentí que
la supuesta vida que debía emprender siendo mujer estaba en desacuerdo con mis deseos y mi peculiar, a ojos del mundo, personalidad, de ahí que siempre haya
sentido que hay algo más que no me supieron contar, aunque mi padre lo niegue.
Mi madre era mestiza y originaria de las tierras bañadas por el océano Índico. Ella halló el amor en un comerciante de especias arábicas cuyo viaje a las Indias
tenía parada en el gran continente negro: mi entonces joven padre. Ella, de la misma forma que yo deseo para mí, se enamoró y logró crear una familia destacando
sobre la mayoría siendo afortunada, ya que, dos posibles caminos hay para vivir si nativa africana eres aunque mulata: el primero es ser ramera, y el segundo
esclava, a mi parecer, idénticos.
De madre negra y de padre portugués, mi madre destacaba por su larga y negra melena, y su por almendrado color de piel, frente a sus intensos ojos verdes. La
razón de lo poderosamente atrayente que le fue a mi padre y de ahí que prendado quedara de ella. Por eso, yo estoy llorando a mares como los que deseo surcar
contra el viento y la marea de un futuro indeseable repleto de trabas, que me impide realizar mis más profundos deseos.
Toc toc toc…
—Elís, ¿puedo pasar?
—Sí, padre. —Evito que me vea.
—Siento mucho haberte abofeteado.
—Supongo que lo tenía merecido por impertinente.
—Sí, pero no debí hacerlo. Ya eres una mujer cabal que debería pensar con los pies en la tierra y no en la profundidad del mar.
—Yo solo quiero la vida que llevó madre. Enamorarme y ser yo quien elija al hombre con quien darle esos nietos que usted tanto ansía.
—No es por mí, Elís. Lo hago por ti, por tu futuro y el de tu familia. —Toma asiento en mi cama.
—¿Y no hay otro camino?, quizá, si me deja ver mundo, al volver…
—No verás mundo si no es de la mano de tu futuro esposo. No permitiré que seas la pupila de nadie y tampoco una vieja solterona.
—A mí no me importaría ser la vieja… —Irritado rebusca debajo del catre.
—¿Todavía los conservas? —Me enseña mis barcos.
—Ya no juego con ellos, si eso le inquieta.
—Sé que no juegas, ya lo hacías cada día de pequeña, pero los guardas, los escondes de mi vista.
—Sé que los odia.
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