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La guardiana del ambar – Freda Lightfoot

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La guardiana del ambar – Freda Lightfoot

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Queridos amigos:
Gracias por todos sus amables
mensajes diciéndome cuánto les gustan
mis libros. Sus comentarios y críticas
son muy importantes para mí. Los
tengo en cuenta y tomo nota. Muchos
de ustedes me han seguido desde que
empecé mi carrera con las sagas a
principios de los años noventa, y
agradezco su fidelidad.
La idea de La guardiana del ámbar se
me ocurrió cuando mi esposo y yo
hicimos un crucero por el Báltico (sí,
hemos llegado a esa edad y nos
encanta ir de crucero) y visitamos San
Petersburgo. Es una ciudad increíble,
hermosa y cosmopolita. Vimos el
Palacio de Catalina y la Cámara de
Ámbar, navegamos por el río Neva y
visitamos la Fortaleza de San Pedro y
San Pablo, donde encerraban a los
prisioneros durante la revolución, y
que aparece en mi libro. Decidí que
tenía que saber más y empecé a leer
muchos libros sobre el zar de Rusia y
su familia. Mis favoritos fueron Los
tres emperadores, de Miranda Carter, y
Del esplendor a la Revolución, de Julia
P. Gelardi. Después encontré por
casualidad Seis años en la corte rusa,
de Margaret Eager, sobre una
institutriz que fue a Rusia en el cambio
de siglo, y mi creatividad se puso en
marcha. Por eso, aunque este es un
libro de ficción, lo he situado sobre un
fondo histórico real, una época de
grandes cambios en el Imperio ruso.
Mi más sincero agradecimiento a mis
editores, Emilie Marneur y Victoria
Pepe, y a todo el equipo de Amazon.
Gracias en especial también a mi
agente, Amanda Preston, de la Agencia
LBA, por su apoyo y su fe en mí.

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Con mucho cariño para todos,
Freda
PRÓLOGO
1919
Mis botas de nieve estaban tan
desgastadas que tenía la sensación de
caminar descalza sobre el hielo que
cubría el duro sendero de montaña y
tenía las plantas de los pies entumecidas
por el frío. El aliento se me congelaba
formando cristales en las partes de mi
nariz y mis mejillas que quedaban al
descubierto a pesar de la bufanda y el
gorro de piel. Hacía mucho que había
perdido a mi pequeño poni, pues el
pobre animal había dado media vuelta y
había salido corriendo aterrorizado en
dirección a la casa cuando empezaron
los disparos, aunque no estoy segura de
que lo lograra.
Mi casa, si se podía llamar así al
lugar en el que había habitado tantos
años, ya no existía. No era más que el
cascarón de su antigua gloria.
Recordaba cómo me oprimía la
oscuridad de la noche casi como si
estuviera de nuevo entre las paredes de
aquella cárcel. Había cerrado mi mente
a los horrores que había dejado atrás, en
un intento por desterrar los miedos
engendrados por todos los seres
queridos que habían desaparecido de mi
vida. En lugar de eso, intentaba fijar la
mirada en los talones de mi guía, que
caminaba fatigosamente delante de mí,
porque sabía que, si quería sobrevivir,
debía permanecer concentrada. Era mi
última oportunidad de salir de Rusia.
Estuvimos caminando durante días,
enfrentándonos al hielo, la nieve y las
ventiscas, alimentándonos a base de
pedazos de pan rancio no demasiado
limpio y sin nada con lo que humedecer
el paladar excepto los carámbanos que
chupábamos. Cuando al fin llegamos a
una cueva, se me doblaron las rodillas y
caí al suelo, llena de gratitud. Recuerdo
que sentí un gran alivio al saber que
podría descansar un rato, y daba gracias
por estar protegida de aquel viento
cortante. Las dos noches anteriores, ¿o
habían sido tres?, habíamos dormido al
aire libre, sin siquiera atrevernos a
encender fuego por si lo veían los
bolcheviques y venían a buscarnos. Me
acurruqué agradecida en un rincón, me
froté las manos y los pies para evitar
que se congelasen, me subí el cuello del
abrigo, coloqué la bolsa junto a mí y me
dije con firmeza que no debía quedarme
dormida. Tenía miedo de no volver a
despertar, tan feroz era el frío.
Pero a pesar de mis esfuerzos, debí
de quedarme dormida al instante por
puro agotamiento, ya que no recuerdo
nada más hasta el momento en que me
despertaron un rayo de luz diurna que se
filtró en la cueva al amanecer y un
sonido extraño. Me incorporé de repente
y miré a mi alrededor en busca del guía.
No estaba allí. El hombre al que había
pagado una suma desorbitada, hasta el
último kopek que poseía, me había
abandonado. Estaba sola. Pero cuando
el ruido de los cascos de los caballos
sobre las rocas penetró en mi aturdido
cerebro, comprendí que estaba a punto
de tener compañía poco grata.
CAPÍTULO 1
1963
No logró verlo hasta que el andén de la
estación empezó a despejarse de gente,
una figura demacrada con un traje
oscuro que emergía como un fantasma
entre el vapor. Ella permaneció
paralizada por la pena y el resentimiento
mientras el tren de Windermere
vomitaba a sus pasajeros. Oyó el largo
ulular de su silbato y el lento rechinar de
sus engranajes cuando empezaba a
abandonar lentamente la estación de
nuevo. Tuvo que contener el impulso de
saltar a bordo y regresar a París para no
afrontar las inevitables recriminaciones.
Abigail tenía la impresión clara de que
aquel era el final de la línea no solo
para el tren, sino también para ella.
Miró a su alrededor, el paisaje familiar
donde todavía quedaban rodales de
nieve en las cimas de la montaña, con el
sol de primavera concediendo una
claridad brillante a los picos
congelados. El aire frío encajaba muy
bien con su estado de ánimo. Inhaló el
aire despejado, tan fresco y embriagador
como el champán, y se dijo a sí misma
que estaba en casa. Que su corazón
estaba allí.
Él se acercó a ella, no exactamente
con los brazos abiertos, como ella había
esperado, sino con una mano alzada en
un gesto de saludo y lo que podía ser un
amago de sonrisa en los labios rígidos.
—Abigail, por fin has llegado.
—Papi, qué bien estar en casa —dijo
ella. Un vacío se abrió en su interior,
probando que sus palabras eran falsas.
Esperaba que él la abrazara como solía
hacer cuando era pequeña, pero él no
hizo ningún gesto que revelara tal
intención. Abbie había soñado durante
años con ese encuentro, pero ni por un
momento había imaginado que sería en
esas circunstancias. Desde que se había
marchado de casa, había tenido mucho
tiempo para reflexionar sobre cómo
podría haber hecho mejor las cosas.
¡Qué inteligentes somos todos al mirar
atrás! Por desgracia, no era posible
retroceder en el tiempo y cambiar el
pasado. Solo se podía avanzar hacia un
futuro nuevo.
Como en un reflejo de ese
pensamiento, aferró la mano de su hija y
avanzó con paso vacilante. Muy
consciente de la incomodidad que había
entre ellos, le dio un beso en cada
mejilla fría, al estilo francés, pero al no
obtener ninguna respuesta, retrocedió
con rapidez. Era casi como si fueran
desconocidos.
—Te esperábamos ayer. —El tono
forzado de él sonaba a reprimenda.
—Lo siento, perdí el tren. —A
propósito, pero eso no lo dijo.
—Ya casi habíamos perdido la
esperanza.
—Oh, nunca se debe perder la
esperanza, papá. A veces es lo único
que nos queda.
La salida pretendía rebajar la tensión
entre ellos. No lo consiguió, aunque esa
vez no se había arriesgado a llamarlo
«papi» como cuando era pequeña.
En un transistor próximo se oía
Please, Please Me y a su alrededor
sonaban grititos de felicidad de
encuentros más alegres que el suyo, lo
que hacía que Abigail se sintiera aún
peor. En otro tiempo habrían gastado
bromas, quizá sobre el jersey de rayas al
estilo beatnik de ella, o sobre el hecho
de que todavía no pudiera controlar su
pelo largo y revoltoso a pesar de la
boina negra que llevaba. —Córtate el
pelo, chica —solía decirle él con su voz
de sargento mayor. Y ella se reía y le
recordaba que no era una de sus reclutas
y que la guerra había terminado hacía
tiempo.
Pero ese día no hubo tales bromas.
Abigail respiró hondo y atrajo a la
niña hacia sí.
—Esta es Aimée, mi hija. Está
deseando conocerte.
—Y yo a ti —dijo Tom Myers con
amabilidad.
Se inclinó un poco, tomó la manita de
la pequeña en la suya y la estrechó. Pero
hasta la niña reconoció la falta de
sinceridad de sus palabras y no dijo
nada; se limitó a apoyarse con timidez
en su madre. Abbie le acarició los rizos
suaves con un gesto reconfortante.
¿Qué esperaba? ¿Perdón, o que
pudieran seguir como si no hubiera
sucedido nada? Durante todos los años
que habían pasado sin verse, la
comunicación entre sus padres y ella
había sido casi nula desde que había
enviado aquella carta al llegar a París
en la que anunciaba que no tenía
intención de regresar para terminar sus
estudios. Las otras cartas que había
escrito desde entonces raramente habían
recibido contestación. ¿Acaso no había
soñado con que Kate se convirtiera un
día en la madre tierna y cariñosa que
siempre había anhelado? Eso ya no
ocurriría nunca. La posibilidad de que
se reconciliaran había desaparecido
para siempre.
El viaje hasta Carreckwater duró más
de lo que Abbie recordaba, lo cual fue
una lástima, pues tanto Aimée como ella
deseaban desesperadamente una cama,
ya que habían pasado una noche llena de
incomodidades en la estación Gare du
Nord tras haber perdido el tren, o mejor
dicho, haber dejado que se fuera sin
ellas. Por suerte, pudieron cerrar los
ojos y dormitar un poco en el asiento de
atrás del automóvil; la niña apoyaba la
cabeza en el pecho cálido y
reconfortante de su madre. Aimée olía a
flores y al dónut que se había comido
antes. Aparte de algunos comentarios
educados sobre el clima, el viaje
transcurrió casi en silencio, lo cual fue
un alivio para Abbie.
Más tarde, una vez la niña se hubo
dormido con apenas tumbarse en la
pequeña cama junto a la antigua
habitación de su madre, debajo del
tejado, Abbie no pudo resistirse al lujo
de tomar un buen baño. El agua caliente
y el aceite de lavanda resultaban
deliciosamente reparadores después del
largo viaje y de las duchas templadas a
las que estaba acostumbrada en el
apartamento de París. Sin embargo,
quedarse en la bañera durante tanto
tiempo resultó ser un error, pues su
mente empezó a conjurar las esperanzas
y sueños por los que se había dejado
llevar la última vez que había estado en
aquel cuarto de baño, la noche antes de
que Eduard y ella se fugaran juntos. Y
también recordó la pelea con la que se
habían despedido, solo unos días atrás,
cuando ella creyó que su vida se
derrumbaba. Sus ojos se llenaron de
lágrimas ante la posibilidad de no
volver a verlo nunca más, justo cuando
más lo necesitaba.
¿Por qué la había defraudado tanto?
¿Es que ya no la quería? ¿O es que no
había conseguido hacerlo feliz? Abbie
se secó frotándose enérgicamente la piel
con la toalla, y expulsó de su mente
aquellos recuerdos dolorosos. La
decisión estaba tomada. Ahora tenía que
aprender a vivir con ella y seguir
adelante, y la primera tarea sería
intentar algún tipo de reconciliación con
su padre.
Eligió un vestido modesto de lana
hasta la rodilla y de un tono caramelo
suave. Su padre era un hombre
conservador que todavía se aferraba a
las viejas tradiciones y la etiqueta, y
probablemente no aprobaría los
pantalones negros de cinturilla elástica y
la camiseta de piel de leopardo falsa
que llevaba. Lo que sí hizo fue pintarse
un poco de sombra de ojos verde que se
complementaba bien con los ojos
marrones que había heredado de su
madre, un poco de rímel y carmín rosa
pálido en los labios. Hasta se recogió el
cabello en un moño francés. Después se
pellizcó las mejillas para dar algo de
color a su cutis pálido y descendió la
ancha escalera para ir al comedor.
La sensación de la barandilla bien
pulida bajo la mano, el crujir de los
viejos suelos de madera, el olor mismo
de las paredes forradas de roble y los
muebles antiguos consiguieron
ablandarle el corazón. Había olvidado
cuánto echaba de menos aquella vieja
casa. Por fuera, Carreck Place parecía
aburrida e insulsa, con un césped amplio
delante. Pero dentro era otra historia. La
casa poseía un encanto intemporal que
Abbie siempre había adorado. Casi
esperaba ver un árbol de Navidad
elevándose en el vestíbulo y un gran
fuego en la chimenea del salón, y casi
podía oír el rumor de las
conversaciones de los muchos invitados
que a su madre le gustaba congregar a su
alrededor.
La mesa del comedor estaba puesta
solo para dos y la cena transcurrió
principalmente en silencio. Abbie
apenas probó la trucha recién pescada
que había preparado la señora Brixton,
el ama de llaves. Su apetito parecía
haber desaparecido, a pesar de que
apenas había comido nada durante el
largo viaje. Por fin apartó el postre
intacto y acompañó a su padre a la
biblioteca a tomar café. Ya no se podía
ignorar más la realidad.
Abbie carraspeó.
—Dime cómo ocurrió. ¿Quién la
encontró?
Hubo una larga pausa, durante la cual
su padre miró la chimenea vacía. Abbie
se estremeció. En la biblioteca hacía
frío. Un viento fresco de marzo movía
las contraventanas, pero a él no se le
había ocurrido mandar que encendieran
un fuego para su regreso. Aun así, el frío
no procedía de la habitación en sí, sino
del shock y la ira que todavía
reverberaban en él.
Abbie casi había perdido la
esperanza de recibir respuesta a su
pregunta cuando al fin su padre empezó
a hablar, con un tono de voz
cuidadosamente controlado, casi
escueto.
—Yo había pasado la tarde paseando
por Loughrigg, puesto que era

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