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La hija de la nieve – Nuria Esponella

La hija de la nieve – Nuria Esponella

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Resumen y Sinopsis De 

La hija de la nieve – Nuria Esponella

Crac, crac.
Los dientes del tren encajan en la vía y nos sacuden con un movimiento de vaivén leve aunque suficiente como para que el suelo del vagón tiemble un poquito. Las
muelas de acero se cierran y obligan a la cola de los vagones a avanzar sí o sí por la pendiente en un movimiento seguro. Poco a poco, el ruido se disipa bajo los pies de
los que viajamos en el cremallera.
Papá, papá, seré más alto que el palo…
Un niño rubio, despeinado, se compara con uno de los esquís que su padre sostiene de pie; engaña un poco, porque veo como se pone de puntillas. Qué manía con
hacerse mayor; luego llega la decepción de la edad adulta. Un poco más allá se sienta una niña pequeña, abrigada con un jersey polar con el eslogan «Yo de mayor quiero
ser pequeño».
Me entretengo observando los asientos acolchados con tela impermeable y las formas hexagonales, como nidos de abeja, que convierten la alfombra de plástico en
una superficie rasposa para impedir que la gente resbale junto a la puerta. Miro la cola de vagones que se comunican entre sí a través de puentes y escalones bajos.
Frente a mí, el espacio para el equipaje está repleto de mochilas y esquís.
Está anocheciendo, pero, aun así, me he sentado junto a la ventana; la luz del atardecer acentúa el sentimiento de expectación que experimento ahora mismo.
Bordeamos el precipicio, está a mi lado, casi lo noto, es una sensación física palpable que retumba en mi estómago.
Nos encaramamos a un desfiladero; hemos entrado en un túnel largo, y eso consigue que los niños que se sientan delante de mí se callen por un instante. Aunque se
hayan encendido las luces del vagón, me siento oprimido por la visión de las paredes oscuras; a veces tengo un poco de claustrofobia, supongo que es normal que desee
abandonar este tramo que me recuerda a un agujero negro y llegar a la boca del túnel. Cuando salimos, mis pulmones se ensanchan; finalmente ascendemos a las regiones
de los rebecos, los quebrantahuesos y las águilas.
Intento evadirme del ruido que me rodea; la troupe de padres y niños ruidosos que hace un rato ocupaban la estación, cargados con esquís y maletas, están aquí,
juntos, igualmente caóticos y parlanchines. Son el recordatorio más fiable de que hoy es viernes, día de los urbanitas escapistas, de algunos solitarios como yo y de una
mayoría de clientes que pertenecen a la categoría de «turismo familiar». Sea como fuere, los fines de semana, tanto unos como otros tomamos la montaña por asalto. La
única diferencia es que ellos han venido a esquiar y lo que yo pretendo es escribir.
Basta ya.
¿Queréis sentaros bien?
Un hombre y una mujer de unos treinta años regañan a un muchacho y a una niña más pequeña que se parten de risa tumbados sobre los asientos de madera y con
las botas de montaña al aire. «Las mías son más grandes. ¿Y qué?» Hasta ahora, sus padres habían fingido no verlos, porque es evidente que los críos no les hacen
ningún caso. Siguen jugando, igual que el resto de los niños del vagón. Entre los pasajeros abundan los pequeños viajeros; seguramente mañana muchos de ellos
esquiarán por primera vez o bajarán en trineo, solos o sobre el regazo de su padre o de su madre.
La ventaja de subir al santuario en el último tren que circula los viernes, de manera excepcional, es el viaje nocturno, que permite refugiarse en el hotel o tomar el
funicular que funciona desde hace décadas para ir a dormir al albergue del pico del Águila.
¡Mira, nieve!
Hemos ascendido bastantes metros. La luz tamizada del interior del coche-vagón permite ver el reflejo de la luna sobre la nieve que cubre el barranco y las gargantas
del río. Estamos a principios de noviembre y hace un frío que pela. Dentro de más o menos veinte minutos, que es lo que tardaremos en completar el recorrido, veré el
valle totalmente nevado.
Los niños que viajan en mi vagón se han calmado un poco; miran con curiosidad, con los ojos y las manos pegados a la ventana. Consulto en el móvil la página web
de Vall de Núria: fotos de esquiadores, pestañas de promoción de forfaits, packs combinados con noches en el hotel, información sobre el estado de las pistas… En estos
momentos, tres de ellas están cerradas, no sé por qué motivo, ya que en la información meteorológica no consta que sople el viento; el resto de las pistas están en verde,
activas.
El tren silba al llegar a la estación final, y por la ventana se ve el santuario mayestático, aún silente, que no sabe lo que le espera cuando bajen todos estos niños
intempestivos y el resto de alienígenas. Las luces de las barracas de juegos de esquís centellean bajo la montaña y se reflejan en la superficie blanca. Cuando enfilamos la
última recta del trazado, los niños gritan excitados ante la visión de la nieve. Llegamos y bajamos. Todo es ruido de maletas, trineos, equipos de montaña, mochilas y de
aquí estamos porque hemos llegado. Cuántos invasores de las hordas metropolitanas

Pages : 79

Tamaño de kindle ebook :  846 kb

Autor De La  novela : Nuria Esponella

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La hija de la nieve – Nuria Esponella

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