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Libro La hija del abad – Josu Sorauren

Libro La hija del abad - Josu Sorauren

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zuen garaian sortuak. Beraien errairik
itxaropentsu enterarte maitatuak, ia
neure egin ditudan erraiak, bizitza
irracional honen barrunbetako infernu
bizi eta ezustekoetatik sortutako labana
madarikatu baten mina samurtzera
etorriak.
Bosturteko gutxi barru narrazio hau
jasango duzuela espero dut. Hau da
dakidan guztia. Ahal nezaken guztia,
agian. Ez gehiako…
Dedicar este relato a estas dos
existencias, como hechas con carne de
estrellas, como pintadas con esencia de
corolas, como aromadas en su alma con
el oxígeno de nuestras nieves más
vírgenes…
Todo eso, resulta un privilegio
para mis ensueños, para mi locura por
ellos, para mis ansias de verlos
crecer…
Tengo la percepción de que algún
Olimpo conspiró e inspiró a sus
progenitores… O quizás fuera un
complot de las lamias del Irati y de los
duendes del Neretva para colarse
furtivamente en sus venas…Quizás…
Haizea y Odei, Odei y Haizea…
surgidos cuando mi existencia carecía
de razones. Amados hasta sus entrañas
esperanzadoras, que ya son como
propias, para mitigar la amargura de una
daga maldita, surgida de alguno de los
sorpresivos infiernos latentes en los
sustratos de esa razón irracional de la
vida… Espero que en pocos lustros podáis
soportar esta narración. Es todo lo que
sé. Es quizás todo lo que puedo. Nada
más…

Notas previas:
En lo que concebimos como
casualidades, suelen iniciarse caminos,
aventuras u odiseas vitales,
insospechadas.
En una de esas curiosidades, que
nos llevan a enredar en nuestra
genealogía, encontré —sería el onceavo
— un apellido muy nuestro, Zozaya.
Esto no significa, que todos los que
en su acerbo antroponímico, porten tal
apellido, ostenten algún lazo de
parentesco. Quizá en la noche ancestral.
En cualquier caso, muy probable, ya sin
implicaciones inmediatas.
De todas formas, el hecho de
encontrar a cientos de millas de nuestros
lares, uno de tus apellidos, no deja de
sorprenderte.
Los que han estado en la Habana,
difícilmente habrán dejado de
“andurrear” por su plaza de Armas. Y
no sólo por su “encanto” colonial —no
es que tal estilo me enamore, pero
bueno…—, sino por el atractivo de su
mercadillo de libros…
Fue justamente allí, donde topé con
una simpatiquísima anciana llamada
Wilma, para más exactitud, Wilma
Céspedes Zozaya.
Una anciana extremadamente
jovial, y excelentemente plantada para
sus años.
Lo que nunca me hubiera
imaginado, es que de aquella
coincidencia, surgiera un interés y hasta
cierto punto, un quehacer, diría, tan
comprometido.
Y digo comprometido, porque
durante un tiempo, me embarcó en el
relato e investigación de unos hechos
que sin pretenderlo, acabaron por
engancharme.
Los papeles que recibí, estaban
borrosos, confusos y deslavazados.
Añadí a estos, ciertas
averiguaciones que realicé
aprovechando mi estancia en Cuba.
Por dar cuerpo al relato, hube de
echar mano de ciertos elementos de
ficción. Algo inevitable para cohesionar
una narración mínimamente decorosa.
Recursos, que imaginé connaturales y
lógicos con el aporte de datos
obtenidos…
Se trata de las aventuras, aunque
más me pareció una odisea, de unos

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jóvenes vascos —hijos de una dramática
diáspora—, tras el descalabro y la
posterior frustración de la encrucijada
carlista. Todo se inició allá, en las
décadas del treinta y cuarenta del s.
XIX.
No sabría distinguir si en mi relato
pesa tanto o más la ficción que la
realidad. Diré que sin ficción es
imposible acceder a muchas realidades.
De la misma forma, añadiré, que sin
realidades verídicas no se pueden hacer
creíbles muchas ficciones. Y añadiré
que en mi caso, el relato se aproxima
bastante más a hechos verídicos que a
elementos novelescos. Simplemente
confesaré, que me sentí incapaz de dar
una mínima credibilidad a la narración,
sin utilizar para adobar, o mejor
engrasar este engranaje, los elementos
convencionales.
Pero existen hechos irrenunciables,
que la historiografía carpetovetónica,
tan ladina como trafulca, ha omitido
sistemáticamente oficial y
ceremoniosamente.
He ahí algunos de estos hechos.
Hoy sabemos con toda certeza, que
la principal causa de la emigración
vasca, en el s. XIX, para hacer las
américas —pastores, indianos,
emprendedores…— fue, quizás al
mismo nivel, económica y política.

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Términos absolutamente
complementarios.
Ahí están, todavía en carne viva,
las guerras y la presión o represión del
imperio contra Vasconia…
Algo, que aun hoy día, —basta con
darse una vuelta por “las américas”—,
se puede comprobar, hurgando en la
memoria de algunos de los hijos de
aquella malhadada diáspora.
Este relato, no tiene más
pretensiones, que las de encarnarse en
los avatares de uno de aquellos jóvenes
carlistas, que emigraron en busca de
horizontes más halagüeños.
Fue la respuesta, que a la iniquidad
y falta de futuro que siempre planteaba
la violencia del imperio español, hemos
tenido que dar reiterativamente los
euskaldunes.
Una interpelación, a esos
malhadados vecinos, que tantas veces
nos dejaron rotas, las entrañas de
Euskalherria…

PRIMERA PARTE: Los
aromas de la causa

I
El fraile apenas podía contener
aquella sensación, mezcla de estupor,
admiración y deseo que aquel ángel que
apuraba los últimos quiebros del
sendero, le producía.
No se sabe si el verano se rompe o
si en un último ímpetu se reinventa para
diseñar semejante paleta de colores
como los que se deslizaban por las
laderas de Peña de Plata. Lo cierto era
que aquel otoño tan tempranero como
tormentoso, había entorpecido la
recogida de la manzana.
El veranillo de San Martín era
posiblemente la última oportunidad para
la cosecha. Es por lo que el abad, ya
desde los primeros destellos de luz,
puso a todos los frailes en acción,
distribuyéndolos por los manzanales del
monasterio.
Lo más seguro era, que María
Zozaya no hubiera permitido a Iñazi
aventurarse sola por el paraje de
Ikaburu. Su amiga Ane aquel día estaba
indispuesta, pero la muchacha no se
resignaba a prescindir de una
policromía tan excitante. Desde los
ocres hasta los vivos púrpuras, pasando
por los granates, la gama de colores
gritaba, tan variada como inimitable.
Aquel aroma húmedo, amalgama de
musgos, hojas muertas y “onttos”, le
llenaban el alma a la jovenzana. Son
esos momentos que nos dejan huellas,
recuerdos, nostalgias de nuestros
paisajes. Querencias profundas y
referencias que nos llamarán toda
nuestra vida, desde lo más recóndito de
nuestras entrañas y en cualquier lugar
que nos encontremos.
Iñazi había acelerado el paso al
pasar por Ikaburu. Su amatxo siempre le
advirtió que en aquellos parajes, seguir
sus advertencias era sagrado: no
acercarse al diabólico “kobazulo”, y por
supuesto, no ir nunca sola a la ermita de
San Esteban.
Y con más razón aquel día. Estaba
segura de que el muchacho que había
entrevisto en el entorno de la cueva era
Fausto. Porque aunque no había podido
definirlo con toda certeza, no era la
primera vez que ella y su amiga lo
habían encontrado enredando por
aquellos andurriales. Y no es que
departir con el muchacho, le supusiera

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ningún corte. Eso sí, no dejaban de
resultar inquietantes, aquellos forasteros
que no tan esporádicamente
acompañaban al muchacho. Rostros
extraños —jóvenes y no tanto—, nada
habituales en aquellos parajes
Estando con su amiga ya habían
coincidido con cierta frecuencia. El
muchacho era una pequeña sorpresa,
porque al aspecto externo tan arisco, no
correspondía su trato bastante humano e
incluso dependiendo de la circunstancia,
bastante jovial.
Vivía en Indianoa Baita. Se decía
que era sobrino del indiano, aunque las
malas lenguas decían que era su hijo. Y
es que ni siquiera sus rasgos de leve
mestizaje, podían desdibujar las huellas
euskaldunes del propio indiano. De
todas formas, la “neska”, en aquellos
momentos, prefirió no dar pie a ningún
tipo de coloquio, quizás porque se
apercibió de que el muchacho no
parecía estar solo.
Tan pronto accedió al manzanal de
Leorlaz, ya bastante próximo a la ermita,
se dedicó a llenar su cesta con las
manzanas caídas.
La idea era retornar lo más presto
al molino. Temía las reprimendas de su
amatxo por haber trajinado sola. Esto la
apuraba, hasta el punto de abstraerse de
todos lo que acontecía en su entorno.
—Sosiego muchacha. Disfruta de la
belleza de la tarde, que nadie te las va a
quitar…
El sobresalto, más que encenderle
el rostro, le quemó el corazón. Al
levantar sus pupilas y ver cerrado su
horizonte por aquel lienzo blanco que
conformaba el hábito del monje, sintió
como agarrotados al propio tiempo, los
labios y la palabra. Luego aquella barba
negra, que tan pulcramente recortaba y
diseñaba, y su rostro entre místico y
cetrino… Y la profundidad
indescifrable de unas pupilas de un
azabache intenso, ebrio de irisaciones,
pero con un indisimulado bizqueo…
Iñazi tuvo por unos momentos la
sensación, de que toda su vida e incluso

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sus energías estaban a merced del
religioso…
El fraile al verla como asustada y
sin recursos expresivos, sintióse más
que prendido, ardido por el
desvalimiento de la moza. Entonces trató
de mediar con una cortesía, no exenta de
ternura.
—Puedes recoger cuantas
quieras… Con tanta humedad muchas se
perderán…
—Es que… perdone —soltó como
excusándose—, pero el padre Abad, nos
ha dado permiso…
—Por supuesto… Aunque hubiera
sido igual sin su expreso permiso. No
debes apurarte, que enseguida se conoce
a la gente… Creo conocerte… ¿no eres
la hija del molinero?
—Sí padre…
—Quizás, dados los tiempos que
vivimos no sea prudente que una joven
como tú ande sola por estos parajes…
Andan patrullas sueltas y nunca sabe uno
con qué y sobre todo con quien se puede
encontrar.
—Es que mi amiga no ha podido
acompañarme… Por eso me apresuraba
para volver lo más rápido posible.
—Hazlo… que las tardes acortan y
no es prudente que a tu edad andes
suelta por ahí…
—Voy a cumplir 18 años…
—Precisamente por eso —sonrió
el fraile—. ¡Ala…!, no se vaya a
preocupar tu madre…
Mientras Iñazi, descendía por el
sendero, el diácono que se preparaba
para acceder al curato en Adviento,
seguía los pasos ágiles de la moza. El
trotecillo de sus perfectos senos le
recordaba el de una graciosa corza, al
propio tiempo que trastornaban el flujo
de sus venas…
El fraile no podía dominar la
intensa agitación que sentía en sus
entrañas. La verdad era que aquella niña
había turbado no sólo su paz interior,
sino la de la propia la tarde.
Lo peor que podías sucederle al
próximo misacantano, era ver como las
pupilas ámbar de aquella joven
quedaban esculpidas en el cenit de su
firmamento interior.
El fraile recogió el capazo y
prosiguió la recolecta de manzanas. Si
sería imbécil pensó para su coleto,
¿quién le había dicho nunca, que el
hecho de ser fraile, le iba a privar
alguna vez de las tentaciones de la
carne?
El caminar asustado de la joven,
reverberaba en el silencio

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