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La hija del capitán Groc – Víctor Amela

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PEP lo Bitxo acaricia con las yemas de los dedos la piedra que lleva en el bolsillo del pantalón, un canto rodado de río casi esférico, muy liso y suave. Lo encaja en la
flexible badana de cuero y tensa la goma de su tirachinas. Entre las matas ve temblar al conejo. Aleja lentamente la horquilla de su rostro pecoso. A sus trece años, el
pequeño de Casa Resina, de desordenados cabellos castaños y sonrisa amplia, es el mejor tirador entre todos los chavales del pueblo de Forcall.

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Si acierta el tiro sacará de penas a sus hermanos. También con las vaquetes, carnosos caracoles de gruesa concha blanca que porta en el zurrón, recogidos en la ribera
del río Calders. La guerra de los Siete Años entre carlistas y liberales concluyó hace ya un año, pero su devastación tiene a casi todas las familias de la comarca de
Morella y del Maestrazgo al filo de la supervivencia. Aguanta la respiración, apunta. Su ojo gris enfoca la cabeza del conejo y el resto del mundo se desvanece.
Entre saltos y un grito de júbilo, Pep lo Bitxo retuerce el cuello del conejo agónico. La pedrada certera ha abierto una brecha encarnada en la sien, y al niño no le
importa verse las palmas de las manos manchadas de sangre tras hundir en el zurrón el palpitante cuerpo del animal. No es la primera sangre que ha visto.
La primera sangre fue de hombre. La sangre de Ignasi Bordàs, Nasi, padre de su amigo Pepet. La sangre de Nasi y de otros cien paisanos de Forcall, de espaldas
despellejadas por látigos liberales cinco años atrás, el 24 de octubre de 1836, como canta una estremecida coplilla:
Bien se acordará el Orcajo
del día de San Rafael,
zotaron ciento y tres hombres
aquella gente cruel.
Pep lo Bitxo tenía entonces ocho años y jugaba en los tejados de las casas de la plaza con su amigo Pepet de Nasi, tres años mayor que él, muchacho resuelto y
belicoso que siempre le ha confiado las emocionantes conversaciones escuchadas en su casa entre su padre y el Groc. Bordàs y el Groc, desde aquel día, son los más
firmes puntales carlistas en Forcall, devotos de Ramón Cabrera.
Aquel día horrible no estuvo el Groc en Forcall. Antes de despuntar el sol había salido del pueblo en busca de cáñamo para urdir sus sogas y cordeles, al paso de su
mulo. Durante el crepúsculo, de vuelta en un pueblo encogido por el dolor y el miedo, el Groc se sentó con los dos niños para que le relatasen lo que habían visto.
—¡Mi padre atado a la reja, tío Tomás! —Pepet de Nasi lloró de rabia, con los dientes apretados.
—Los latigazos… La sangre… —Pep lo Bitxo sollozó.
—¡Aquel hijo de perra ha abofeteado a mi madre, la ha hecho rodar por el suelo! —Pepet de Nasi rabiaba aquella noche.
Con la mano sobre el zurrón caliente, Pep lo Bitxo entra en Forcall por el puente medieval, asciende por la calle del horno, se asoma a la plaza porticada y se detiene
ante las sólidas rejas de las ventanas del Palacio Osset, en la plaza. Siempre que las ve recuerda aquel día terrible y su noche, hablando con el Groc…
—¡Patulea liberalesca! —En sus oídos todavía resuena la voz del Groc y ve su rostro crispado a la luz de un quinqué en el centro de la mesa de Casa Bordàs,
mientras las esposas, Josefa Ferrer y Josefa Marcoval, curan las heridas del maltrecho Ignasi Bordàs en la pieza contigua.
Pep lo Bitxo tampoco olvida la mañana anterior a la de aquel día. El campanario de la iglesia despertó al pueblo con repique de angelets, el repique de los niños
muertos.
—Ha muerto el bebé del Groc y Josefa —oyó Pep lo Bitxo.
Si fallecía un bebé, el cura lo anunciaba con un toque de campanas que pellizcaba el corazón. Con apenas un año de edad había expirado Rufino, entonces último
bebé de Josefa Ferrer y Tomás Penarrocha, el Groc.
Dos años antes se les había muerto ya otra niña, Petronila, que tampoco llegó al año de edad… Parecía que la angustia de la guerra en los campos no fuese bastante
laceración, que se empeñase en cobrarse tributos de llanto dentro de las casas…
Durante el funeral del niño de pañales, Pep lo Bitxo se había acercado a la hija del Groc, Manuela, casi de su misma edad, de ocho años entonces. La niña Manuela
lloraba con la cabeza baja, sus hombros se agitaban y sus trenzas doradas le parecieron a Pep lo Bitxo más hermosas que nunca… Necesitó acercarse a ella. A su lado, al
niño se le aceleró el corazón y quiso consolarla con un abrazo. No se atrevió a tocarla.
Pep lo Bitxo caminó junto a su amiga Manuela hasta el camposanto de Forcall. Seguían al Groc, el alto y fornido padre de Manuela, de cabellos y bigotes rubios, que
abría la procesión y portaba en su hombro derecho el pequeño ataúd con el liviano cuerpo de su segundo hijito muerto en solo dos años. Josefa Ferrer, la madre triste, la
esposa del Groc, flanqueada y sostenida por cuatro o cinco comadres, caminaba detrás de su hombre con toda su amargura pintada en el rostro, una amargura resignada
que ya le había secado los lagrimales.

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