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La hora de los culpables – Luano Chaves

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En el interior del hospital Valleverde, el doctor Gasol esperaba sentado a la mesa de su despacho, rellenando con diligencia formularios e informes de los
«pacientes», como solían llamarlos allí, pese a que era claramente presos. A él en concreto no le gustaba nada aquel eufemismo; sentía que estaba faltando a la cruda
realidad que vivían aquellas personas encerradas como animales entre cuatro paredes acolchadas de un blanco frío y sobrenatural, sin otra salida que un sueño amargo
inducido por las drogas. Verdaderos reclusos, de esos que no valían para estar en una cárcel, y era mejor tenerlos permanentemente drogados, ya que si morían de
sobredosis daba igual al mundo que ya no los recordaba.
Su larga experiencia a cargo del sanatorio le había servido de entrenamiento para ser capaz de mantener su mejor actitud de médico profesional y competente

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ante las turbulentas y, a veces, embarazosas situaciones en que ellos solían colocarle. Sin embargo, al cabo de numerosos tachones y errores en las dosis, el doctor se dio
cuenta de que su mente estaba muy lejos de su sillón giratorio de cuero rojo, el flexo y los documentos que abarrotaban la mesa.
Para él, sus casos solían ser pura y dura rutina, pero este era diferente, Sergio Gómez le apasionaba. Le tenía absorto hasta tal punto que pasaba noches en vela
dándole vueltas a la cabeza bebiendo una taza de café tras otra. Llevaba demasiadas horas seguidas sin dormir por su culpa.
La noche anterior ni siquiera había ido a descansar a casa, estuvo mirando aquel cuerpo desnudo en una cama que le servía de refugio para la cantidad de drogas
que llevaba encima. Mandó que le desnudaran para que no pudiera usar las ropas en lesionarse y añadir el dato al expediente; eso oficialmente, extraoficialmente tenía
ganas de verlo, de disfrutarlo una vez más como hacía días que hacía en la penumbra que le daba su autoridad.
El doctor fue a la primera página del dossier que tenía en las manos y se quedó un momento mirando la fotografía que la encabezaba. Estaba hipnotizado por la
belleza de aquel hombre. Después, empezó a escudriñar el texto que había debajo.
«Sergio Gómez, 27 años, entrenador personal». Seguía con cómo había ahorcado a su mujer y a su hija en el patio de su casa después de administrarles «una
dosis de barbitúricos muy por encima de la recomendada». Cuando Gasol comprobó la cantidad en miligramos creyó que veía visiones. En el juicio su defensa alegó
primero inocencia y luego demencia, pero solicitó que se le internara en un hospital psiquiátrico del estado «para una posible rehabilitación».
Todo el mundo sabía que aquello era una falsa esperanza, nunca saldría de allí. En realidad, una cadena perpetua revisable hubiera sido mejor condena en la teoría
que estar en Valleverde.
En esos momentos Sergio debía estar lleno de magulladuras por la lucha de la noche anterior, el doctor leyó de su puño y letra en la última página que se las había
hecho él mismo, pero tenía claro que fue fruto de una sesión más de los enfermeros en sus placeres personales. «Fran y Melchor siempre tan juguetones», pensó
sonriendo y colocando delicadamente un sobre que contenía un objeto con un clip.

El asesino
Enrique Gasol, el doctor, recordaba la tarde de primavera que Sergio ingresó en Valleverde desde el centro penitenciario, tras el mediático juicio que tuvo lugar en
la audiencia valenciana.
A los médicos que lo acompañaron hasta la puerta les sorprendió que no tuviera la típica reacción: insultos, patadas y forcejeos. Al contrario, Sergio se mostró
colaborador, casi sumiso, e incluso ayudó a que le pusieran la camisa de fuerza en la parte trasera de la ambulancia. Aun así, estuvo reservado y no despegó los labios en
todo el trayecto, porque ya sabía que sus palabras no tenían ningún valor.
Gasol siempre se encargaba de la primera entrevista con los pacientes nuevos, para evaluar a fondo su grado de desequilibrio mental. Este «reconocimiento»
podía durar desde unos minutos, cuando los pacientes no querían o no podían dar una respuesta a sus preguntas, hasta un par de horas, cuando el doctor sentía tanta
curiosidad o era tan morboso como para insistir a sus enfermos en que le dieran más detalles: si se avergonzaban de su condición, si tenían llagas en la lengua de
mordérsela en los ataques epilépticos e incluso si hacía poco habían mojado la cama. Todo con un cinismo que a cualquier persona en su sano juicio le daría ganas de
vomitar.
En el caso de Sergio estaban después de meses en esa fase de evolución sin avanzar, y Enrique Gasol no pensaba dejarla pasar por mucho que se negara a
continuar con ella el recluso.
Ya habían pasado muchas entrevistas, y el hombre que se hacía llamar Sergio seguía mirando fijamente a Gasol desde la carpeta, pero él ya no le prestaba
atención: había dado rienda suelta a su mente para que divagara a su antojo. Intentaba verlo como otra cosa que no fuese su apodo para la prensa: «El asesino de
Torrent».
La falta de sueño empezaba a hacer mella en el doctor; sus amplias ojeras se pronunciaban aún más bajo la luz blanca del flexo y notaba sus pensamientos muy
lentos e imprecisos, como si discurrieran por una especie de melaza. Estaba convencido a abandonar aquella obsesión por un macho loco y asesino, podría tener al
hombre que quisiera, pero ninguno se asemejaba a Sergio. El doctor era un moreno guapo que se cuidaba, pero más por salud que por estética, porque no pensaba gastar
su tiempo encontrando una pareja.
Aquel día pudo darse cuenta de que quizá a Sergio le habría bastado con la altísima dosis de somníferos para acabar con la vida de su familia, claro, que habría
necesitado más de un caja de tabletas, si además hubiera querido quitarse la suya.
Por mucho que lo intentó, el director encontró muy pocas maneras en que ellas pudieran tragarse semejante cantidad de pastillas de una sola vez. Se imaginó a
Sergio forzándolas y metiéndoles la droga a puñados por el gaznate, obligándolas a tragar mientras ellas intentaban zafarse, hasta que quedaban reducidas a peleles
dóciles e inofensivos, sumergidas en el más profundo de los sueños. O muertas.
No iba a salir de allí nunca, el doctor Gasol lo sabía. Pero tenía ganas de poder contar algún éxito entre sus

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