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La Isla del Coco – Bianca Aparicio

La Isla del Coco – Bianca Aparicio

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Resumen y Sinopsis De 

La Isla del Coco – Bianca Aparicio

Su risa llegaba con claridad hasta donde William se había detenido, quien permaneció en silencio para poder escucharla sin interrumpir. Le fascinaba observarla
cuando ella no se daba cuenta. Vio cómo su cabello rubio brillaba bajo los rayos matutinos y sus labios rosados se entreabrían para dejar salir una melodiosa voz. ¿Cómo
podía ser tan perfecta? Pensó que era lo mejor que tenía en la vida. No había nada que no hiciera por ella ni nada a lo que no estuviera dispuesto a renunciar.
¡Papá! En ese momento, Clara se percató de su presencia y se acercó a la carrera para lanzarse a su cuello y cubrirle la cara de besos rápidos, como un pajarillo.
¿Me has echado de menos? La estrechó entre sus brazos y aspiró con ansiedad su aroma de inocencia.
Tras despedirse de doña Elvira, ambos caminaron de regreso a la casa que había permanecido cerrada durante su larga ausencia. Tuvo que empujar la puerta atascada
para poder abrirla, y de inmediato les envolvió un fuerte olor a cerrado. Liberaron las contraventanas y la luz entró para acariciar cada contorno, devolviendo la vida al
hogar. Las motas de polvo bailaron en el aire y la niña jugó, intentando atraparlas entre risas. Sin poder apartar los ojos de tanta belleza, él se acercó en silencio mientras
mantenía algo oculto tras su espalda. En cuanto Clara se percató, dejó sus cabriolas y centró en él toda su atención.
¿Es para mí? preguntó ella con sus dulces ojos muy abiertos.
Claro… respondió travieso. ¡Si consigues cogerlo!
Corrieron alrededor de la mesa de la cocina, volcaron un par de sillas, y tropezaron con los troncos abandonados junto a la lumbre tanto tiempo apagada. Ella intentó
arrebatarle el objeto, pero él se lo puso difícil, era mucho más alto y lo alejaba de su alcance justo cuando los pequeños dedos estaban a punto de rozarlo. Clara no se
rindió, divertida con el juego. Hasta que él fingió perder el equilibrio, rodando por el suelo, donde la niña se apresuró a arrebatarle su tesoro y desenvolverlo con
alborozo.
¡Oh, es preciosa! exclamó maravillada.
¿Te gusta? Su hija asintió con vehemencia. Es la ciudad de Londres, donde nació tu madre le explicó. Algún día regresaremos, a ella le encantaría.
Acercó la tarjeta pintada con acuarela al haz de luz que se colaba por la ventana ante los extasiados ojos de su hija. En ella, cientos de copos de nieve inundaban el
paisaje, creando la magia de una escena invernal que dejó a la pequeña sin palabras. William no pudo evitar que los recuerdos le pellizcaran el corazón.
Para alejar los fantasmas del pasado, se levantó y continuó con la tarea que había interrumpido. La casa era modesta: una estancia que hacía las veces de cocina y sala
de estar, y un dormitorio contiguo que compartía con su hija. Tampoco necesitaban más. Dejó a Clara entretenida con su regalo, y él se ocupó de retirar los paños que
cubrían los muebles para preservarlos del ataque del polvo. Cuando la gran cama con cabecero de hierro forjado quedó desnuda, le faltó el aire. En ese lecho había amado
a su esposa Mary, y también la había perdido. Habían pasado cinco años, pero no lograba recuperarse de su ausencia, y empezaba a sospechar que nunca lo haría.
Sacudió la cabeza tratando de espantar los recuerdos, y siguió descubriendo el escaso mobiliario de la vivienda. Sonrió al descubrir el reloj de péndulo que había sido
su regalo de bodas. Recordó a aquella pareja joven, que se embarcaba hacía el nuevo mundo con la esperanza de encontrar un futuro mejor, cargados con más ilusiones
que equipaje. Él no tardó en encontrar trabajo en el próspero puerto de Callao como marino en uno de los muchos navíos mercantes. Era duro, pues les obligaba a estar
separados durante meses, pero era también la única manera de ahorrar algo de dinero para formar una familia. William le había prometido a Mary que trabajaría duro
hasta poder comprar una casa y que entonces dejaría la mar, buscaría algún trabajo modesto en tierra firme, y se dedicarían a traer hijos al mundo y ser felices. Creyó
que el cielo le enviaba el mayor de los regalos cuando su esposa le anunció su primer embarazo. Los seis meses siguientes que pasó a bordo fueron un suplicio para él.
Su mente volaba junto a Mary y el latido que crecía en su vientre; se juró que nunca más la dejaría sola. A su regreso, arreglaron su hogar a la espera del gran momento y
contaron sus ahorros, descubriendo con alegría que, sin ser gran cosa, sería suficiente para que él pudiera dejar el oficio de marino. De todo eso hacía tanto tiempo…
Apartó de un tirón la tela que cubría el juego de aguamanil y jofaina pintado a mano con preciosos motivos florales. A sus ojos llegaron las imágenes de la matrona
corriendo apresurada con ellos hacia su esposa, quien luchaba desesperada por sacar una nueva vida de su cuerpo. Revivía ese momento una y otra vez sin poder
evitarlo. Sus gritos de dolor, la mirada grave de la partera que no auguraba nada bueno, el suspiro de alivio cuando la experimentada mujer logró girar el cuerpo del bebé
estando aún este dentro de su madre, permitiéndole llegar al mundo amoratada pero vivo. Su emoción al recibir entre sus brazos al pequeño ser que pataleaba y lloraba.
El desasosiego al percatarse de que la respiración de Mary se iba debilitando. Lo

Pages :120

Tamaño de kindle ebook : 1,26  MB

Autor De La  novela : Bianca Aparicio

kindle  Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

La Isla del Coco – Bianca Aparicio

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