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La maldición de los Werck – Valeria Lopes

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Diecinueve de febrero de 1510.
Estábamos al final de la tarde y el cielo,
cubierto de nubes negras, anunciaba la
tormenta. Todos estaban en la plaza
esperando el gran momento del día.
Unos eufóricos y otros tristes. Con los
brazos atados y los ojos cubiertos, la
condenada esperaba la sentencia, un fin
que todos ya conocían. La niña sería
quemada viva en plaza pública para
servir como ejemplo al pueblo, para
enseñarles a todos cuál era el destino de
los que adoraban a otro Dios diferente
al de la Iglesia Católica.

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Elizabeth estaba allí y
demostraba un pequeño arrepentimiento.
Su intención era solamente alejar a
Helen de su hijo y no matarla. No pensó
que sus acciones la llevarían a la muerte
y también a toda su familia. Pero ahora
era tarde, no podía hacer nada más.
¿Cómo explicaría las pruebas que había
forjado?
Solo rezaba, le pedía a Dios que
la perdonase, pues esa no era su
intención, no quería que la niña muriese.
Si había cometido un pecado, había sido
por amor de madre. Dios la
comprendería y la perdonaría. Pero
Elizabeth se olvidó de un detalle:
pedirle perdón a Helen.
Cuando llegó el cura inquisidor,
ordenó que encendiesen las antorchas y
empezase la condenación. En ese
momento, gritó Helen:
– Quiero pedir algo. ¿Lo
puedo?
El verdugo miró al cura,
esperando una respuesta.
– Sí – contestó el inquisidor – y
espero que te arrepientas de tus errores.
La niña no contestó. Pidió que le
sacasen la venda de los ojos. Quería
morir mirando a cada uno de los
torturadores y a los responsables de
acabar con la vida de una joven
inocente. Con el permiso del inquisidor,
el verdugo subió al tablado de roble y
arrancó la venda de los ojos de Helen.
Sus ojos negros flameaban de odio.
Miró a cada una de las personas
presentes en aquel momento y buscó en
todas una mirada de piedad, pero no la
encontró. Todos creían que era culpable,
con excepción de un cura de edad
avanzada y espaldas arqueadas. Sus ojos
dejaban claro que creía en su inocencia.
Él era el viejo cura del pequeño Pueblo
y por eso, la conocía muy bien. Intentó
más de una vez ayudarla, pero, por su
edad avanzada, la gente le hacía oídos
sordos. La actitud fría y deshumana de
todos los presentes en aquella plaza
aumentó el odio de Helen.
Nadie la consiguió salvar,
tampoco el cura que la conocía desde
antaño. Helen no entendía el motivo de
esta gran injusticia. Siempre adoró a
Dios y nunca, jamás cometió ningún
crimen o acto que no estuviese de
acuerdo con lo que enseñaba la Iglesia
Católica. Se confesaba siempre. Su
único error fue amar a Néstor más que
todo.
Cruzó la mirada con Elizabeth en
la muchedumbre. Intentó desviar la
mirada pero no consiguió. La mirada de
Helen era fulminante. Elizabeth sintió la
intensidad del odio penetrando
profundamente su cuerpo y su alma. El
remordimiento que sentía la hizo llorar.
Helen, sin embargo, no desviaba la
mirada y empezó a hablar en voz alta,
para que todos la escuchasen:
– ¡Volveré! ¡Seguro que
volveré! Me vengaré de todos. Si soy
bruja como dicen, volveré en nombre
del demonio.
Las llamas subían por sus
piernas, su grito era alucinante, pero sus
ojos seguían abiertos, mirando a todos
con odio. Cuando reunía fuerza, gritaba
de dolor y odio a la vez. Aunque Néstor
no estuviese presente, le dirigió sus
últimas palabras.
– ¡Te quiero! ¿Dónde estás?
Llega pronto. Quiero morir mirándote.
Y, suplicando de agonía, dio un
enorme grito, pronunciando su nombre.
– ¡Néstor!
Los allí presentes en la plaza
jamás se olvidarían de aquella mirada.
Estos momentos estarán para siempre en
la memoria de todos que asistieron
aquella terrible escena. En aquel
momento, todos, de alguna manera, se
sentían culpables por no hacer nada,
unos por ayudar en la condenación de la
joven y otros por sentir placer al asistir
a alguien quemándose vivo.
El sufrimiento de Helen
terminaba, su cuerpo ardía en fuego y la
única cosa que se podía ver eran sus
ojos, que, por obra de Dios o del
demonio, estaban vivos y abiertos.
Su cuerpo parecía una antorcha
cuando surgió un caballero gritando por
ella. Era Néstor, que había oído de un
amigo en la corte sobre el destino de
Helen. Con lágrimas cayendo por la
cara, galopaba a gran velocidad.
Desesperado, oraba y le pedía a Dios
que llegase a tiempo.
– ¡Helen, mi amor, espérame!
¡Helen!
El desespero era tanto que no
percibió que ya era tarde. Sin aliento, se
bajó del caballo y corrió hacia la
hoguera y, solamente en este momento,
percibió que sus esfuerzos no servían
para nada. Solo hubo tiempo para ver
los ojos negros de Helen todavía
abiertos, mirándolo, como si estuviesen
esperando su llegada para que después
se cerrasen para siempre.
Helen partió, dejando a cada uno
de los presentes un enorme sentimiento
de culpa. En el corazón de Néstor, el
vacío jamás será sustituido por otra
persona. En aquel momento, todos
estaban seguros de que se habían
omitido y permitido que sucediese la
tragedia. Por miedo o inseguridad, se
sentían criminales y los gritos de Helen
aún resonaban en sus oídos con la
promesa de volver un día.
Se desató la tormenta y la gente
buscaba guarecerse en zonas techadas.
Con la lluvia, se apagó la hoguera y
Néstor se acercó, intentando unir lo que
restó de su amada. Había mucho dolor
en su mirada, estaba aturdido con lo que
veía, no podía creer que nada más
existía de la mujer que tanto había
amado, solo restaban sus ojos intactos,
como si aún estuviesen vivos y lo
mirasen.
Néstor se alejó. Aquella mirada
no era de Helen. No reconocía aquella
expresión facial. Tenía memorias de una
mirada dulce y tierna que reflejaba
amor, y no aquellos ojos de odio.
Elizabeth, que asistía la escena, se
acercó a su hijo intentando aliviarle la
pena, como si también sufriese con la
tragedia. Cuando percibió la cara de
terror en el rostro de Néstor, le preguntó
asustada:
– ¿Qué pasó?
Observando los ojos de Helen,
él dijo:
– ¡Mira! Sus ojos no quemaron.
Elizabeth, petrificada, empezó a
gritar para que todos fuesen testigos:
– ¡Miren! ¡Miren! ¡Era
realmente bruja! ¡Solamente una
hechicera puede hacerlo! ¡Miren!
¡Acérquense!
En este momento, un rayo cayó
en la plaza. El pueblo se asustó y corrió
a casa. No querían ver nada más y
temían por las últimas palabras de
Helen: volvería para vengarse.
Elizabeth puso las manos en los
ojos de Néstor para que él no viera más
y dijo:
– Ven, vamos a casa, no hay
nada más que podamos hacer.
Néstor se puso la capa, recogió
las cenizas del cuerpo de la que un día
había sido su amada y dijo que si ya no
podía tenerla en cuerpo, la tenía en
cenizas para que fuesen sepultados
juntos cuando él también muriese.
Elizabeth se puso horrorizada
con lo que escuchó de su propio hijo.
– Eso no lo puedes hacer,
Néstor. ¡Es sacrilegio! No, Néstor, ¡no
llevarás las cenizas de esta bruja! Los
curas nunca lo permitirán, además,
¡serás considerado hereje y te castigará
la Iglesia!
– Mamá, por favor, nadie lo
sabrá. Con esta tormenta que se nos cae,
pensarán que las cenizas de Helen se las
llevó la lluvia. Y usted se callará y no
gritará así como loca. Además, dígame,
usted no creía que Helen era realmente
una hechicera, ¿no? Sabe muy bien que
todo no pasó de una farsa. Usted conocía
muy bien a su familia y sabía que eran
todos muy religiosos. Solo no puedo
entender el porqué de toda esta historia,
¿qué beneficios gana la gente con esta
injusticia?
Elizabeth le pidió que se callase.
No quería oír nada más. No podía más,
su conciencia la consumía. Quería
olvidar todo lo que sucedió.
– De acuerdo, Néstor. No
contaré tu secreto. Solo te pido que
pongas las cenizas en cualquier lugar,
pero no en nuestra casa. Por favor, hijo.
Al decirlo, se marchó. Estaba
mojada, sentía frío y eso no era bueno
para su salud pues ya tenía la edad
avanzada. Dejó a su hijo solo, cargando
el peso en su alma. Caminó despacio,
intentando no recordarse de cuánto era
culpable por verlo en aquella situación
lastimosa, en el medio de la plaza
pública como un niño perdido

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