---------------

La mirada de Chapman – Pere Cervantes

La mirada de Chapman – Pere Cervantes

La mirada de Chapman – Pere Cervantes 

Descargar La mirada de Chapman En PDF de pescadores le ofrecía una versión inédita, distinta de la que ella había contemplado en todas las visitas anteriores. Un cielo vencido por nubes sulfurosas parecía
querer plantar cara al viento del norte, pero esa era una batalla perdida de antemano. La tramontana —ese viento que llega al Mediterráneo desde lejanas cumbres
europeas— es el soplo que limpia, el encargado de dejar impoluto el cielo y, con él, todos los oscuros actos humanos. «Una oportunidad de hacer borrón y cuenta
nueva», pensó María. Según los lugareños, la tramontana atrapa la voluntad de los visitantes impidiéndoles abandonar la isla. Sonrió al recordar el dicho, pues para ella
ese viento tenía el don de modificar las conductas humanas.
Tal vez por eso, esa misma mañana, Bruno, su ex marido, la había recibido con una alegría que parecía desmesurada, teniendo en cuenta que llevaba seis meses en el
paro, que hacía algo menos de un año que había enterrado a su madre y que la propia María le había pedido que se ocupara durante los siguientes cinco días de Hugo, el
hijo en común que apenas alcanzaba los tres años. Si el alarde de júbilo se debía únicamente a que una ingeniera alemana le calentaba desde hacía medio año la cama y los
sobres precocinados de boulettes —albóndigas típicas de Berlín—, la única conclusión posible era que la estupidez del macho ibérico no tenía parangón.
Sumida en aquel pensamiento, estacionó frente a una casa encalada, sobre cuya puerta principal de madera teñida de verde rezaba el nombre de CAN BIEL. Tocó una
sola vez el claxon, subió un grado la temperatura del climatizador y se acomodó a sabiendas de la parsimonia que su amigo Galván imprimía a todos sus movimientos.
Paco Galván acababa de cumplir setenta años, y, además de haber sido su profesor de Criminología en Barcelona, su confesor y la persona que dos años atrás la
había ayudado en la resolución del caso de la psicópata asesina de ancianas, se había convertido en un colega. Tras la detención de aquella depredadora de almas
abatidas, podría decirse que a Galván la vida le escocía. La muerte de Rocío, su compañera sentimental durante más de cuatro décadas, lo había noqueado cuando la
jubilación acababa de entrar en sus vidas. En aquel tiempo las visitas de María se habían espaciado, entregada como estaba a la enfermedad de su suegra, al cuidado del
pequeño Hugo y a mantener en pie un matrimonio que jamás pasó de estar de rodillas. Sin embargo, en una de esas escapadas a Cala Murtar, Galván la recibió con un
vigor impropio de aquel hombre vapuleado por la aflicción. Tenía una propuesta que hacerle, por emplear sus propias palabras. María comprendió al instante que se
trataba de un rescate, aunque este término jamás llegó a pronunciarse.
El profesor de Criminología, experto en perfiles criminales, quería escribir una novela con ella. Los últimos meses había estado trabajando en la confección de la
estructura y en la creación de los personajes principales y ficticios, cuya coincidencia con la realidad sería fruto no ya de la casualidad, sino de sucesos paranormales,
expuso el profesor enfatizando esas palabras con un guiño. La historia se inspiraba en los asesinatos cometidos en la isla en cuya investigación ambos habían tenido una
participación directa.
A María la aventura le pareció extraña. Ella era policía. En alguna ocasión la literatura había resultado ser una efímera válvula de escape, aunque a decir verdad ella
era más de cine. Sin embargo se vio incapaz de negarse a participar en aquel proyecto. Para Galván no era negociable: «Si no cuento contigo, no hay novela.» Y de no
haber novela, de no tener una meta que alcanzar, María tenía claro que para Galván el transcurso de los días serían una suerte de acupuntura letal de la que no saldría
vivo. Durante el proceso creativo María se encargó de aportar nuevas perspectivas, de revisar todo lo referente al proceso policial, de crear conflictos humanos que
Galván ni siquiera podía imaginar y de sazonar los diálogos con el aroma de la calle.
Con un par de llamadas, Galván logró colocar el manuscrito en el circuito literario de la Ciudad Condal. La cadena de favores continuaba siendo un argumento de
peso a la hora de tomar decisiones respecto a la publicación de una novela. Eso y el hecho de que la historia estuviera basada en un suceso negro que había sacudido
todo el país, con el añadido de que los autores resultaban ser algunos de los protagonistas. Editar es vender una apuesta, y aquella historia cuyo título definitivo terminó
siendo La cazadora cazada suponía una apuesta segura. A pesar de que habían acordado con la editorial una fecha de publicación, el anuncio de que Ciutadella iba a
sumarse al carro de las Semanas Negras que asediaban la geografía española hizo que al final su aparición se postergara para que coincidiera con el evento literario más
importante jamás acontecido en Menorca. Durante cinco días confluirían en la isla un centenar de autores reconocidos, editores de peso, agentes pretendidos,
periodistas ávidos de las rarezas de los autores y lectores adictos al género negro.
Dentro del vehículo, María se quedó embelesada viendo cómo la tramontana azotaba un mar embravecido y sacudía los llaüts, las típicas embarcaciones
menorquinas, que danzaban sobre unas desordenadas posidonias. Un hombre demasiado vocinglero para trabajar en la radio anunciaba que la isla permanecía en alerta
roja a consecuencia de las fuertes rachas de viento que alcanzaban los ochenta kilómetros por hora. Los puertos de Maó y Ciutadella llevaban un día cerrados y la
previsión no era del todo optimista. La isla se declaraba marítimamente incomunicada.
Galván asomó por la puerta de Can Biel con el pelo cano embarullado, más largo de lo normal, envuelto en un plumón rojo y con una bandolera de ante colgada del
hombro que se balanceaba tanto como los llaüts. Luchó con la puerta del acompañante para que esta no saliera despedida por la fuerza del viento y se dejó caer en el
asiento. La besó en la mejilla y le regaló una sonrisa franca que terminó por aniquilar la particular tramontana que María sufría en el estómago, allí donde todas sus
tensiones solían hospedarse.

La mirada de Chapman – Pere Cervantes 

—¡Qué guapa estás! Ese corte de pelo a lo garçon te favorece —soltó Galván, entusiasmado.
—Llevo el mismo corte desde hace seis años.
—¿Seguro que no te has hecho nada en el pelo? —aventuró el profesor, estirando el rostro. María negó, divertida—. Nunca te hagas mayor María —lamentó—. En
fin, ¿estás preparada para presentar nuestra primera novela, señora escritora?
María suspiró y se encogió de hombros.
—Por cierto, ¿no habían prohibido a los vecinos de Cala Murtar que dejaran las embarcaciones en la playa por ser dominio público? —preguntó la policía con la
mirada clavada en la cala.
—En los rincones perdidos del mundo es donde habitan más revolucionarios.
María sonrió ante la respuesta de aquel profesor reconvertido en autor de novelas policiacas y enfiló la angosta carretera asfaltada por la que se abandonaba Cala
Murtar. No llevaban ni dos minutos circulando cuando Galván carraspeó.
—¿Has logrado contactar con Roberto?
María cogió aire sin apartar la vista de la calzada, tensó los brazos aferrándose al volante y obvió la pregunta.
—Me refiero a si conoce los detalles de la novela, sobre todo los que afectan a la investigación.
—Sé a qué te refieres —respondió María con desdén.
—Roberto fue el responsable policial de la operación y estos días van a hacernos muchas entrevistas.
—¿Intentas hacerme creer que no habéis hablado durante estos dos años?
Galván se tomó un tiempo antes de responder. Estaban pisando un terreno minado y no tenía ganas de empezar la mañana con las emociones amputadas.
—Claro que hemos hablado de vez en cuando, pero tal vez convendría que un superior jerárquico tuyo estuviera al corriente de todo, ¿no crees?
—Lo está, y también la actual jefa de la comisaría —respondió María, molesta—. ¿Sabes qué me dijo Roberto en su último wasap? Y de eso ya hará un año… —
Galván negó con la cabeza, expectante, aunque viniendo de ese hombre esperaba cualquier salvajada: la empatía y la diplomacia no eran precisamente sus mayores
virtudes—. «Sobre el mal real no se escribe.» Esas fueron sus únicas y trascendentes palabras: «Sobre el mal real no se escribe.»
Transcurrió un buen rato sin que ambos se dijeran nada. Galván la conocía bien y era consciente de que Roberto era un tema tabú, ese territorio al que nadie podía
acceder. Sin embargo, su pregunta no escondía una doble intención, solo pretendía asegurarse el apoyo de la institución policial, no ir por libre, algo a lo que María era
propensa. No era ajeno al esfuerzo que aquella mujer había realizado para mantenerlo ilusionado, enchufado a la vida. Galván respetaba sus silencios cada vez más
frecuentes, ese mundo interior en el que su amiga se refugiaba desde hacía un tiempo. A modo de disculpa, el viejo profesor le mostró la lengua con un gesto infantil que
María agradeció. Todo volvía a estar en orden.
Al llegar al aeropuerto el hombre no pudo reprimir su alegría.
—Mira, María. —Galván señaló con un dedo los paneles publicitarios que escoltaban la puerta de acceso al recinto. En el centro del cartel, a modo de logotipo
principal, destacaba la silueta del conocido monumento prehistórico la Naveta des Tudons. El fondo estaba compuesto por un libro abierto en cuyas páginas las
palabras habían sido sustituidas por olas. Unas impactantes letras negras coronaban la imagen con el texto SEMANA NEGRA DE CIUTADELLA, DEL 16 AL 22 DE
FEBRERO—. Tu amigo Maimó ha hecho los deberes.
—Yo no tengo amigos políticos —zanjó María, conteniendo una sonrisa que Galván percibió, para su tranquilidad.
—Allí está nuestra editora —advirtió él al dirigir la mirada hacia la parada de taxis.
—Nuestra insoportable editora —rezongó María, que entretanto tiraba del freno de mano y ensayaba frente al espejo retrovisor una expresión menos agria.
El enjuto cuerpo de Raquel Nomdedeu tenía serios problemas para no dejarse llevar por el viento, preservar su peinado y poder tirar a la vez de su equipaje. A sus
cincuenta años, aquel torbellino de mujer todavía conservaba su atractivo. Un hombre cubierto por un tres cuartos negro y acolchado, y de un gran parecido con Pep
Guardiola, siguió a la editora hasta el vehículo. Ambos parecían divertirse con las inclemencias del tiempo.
—¡Pero qué guapos están mis autores favoritos! —logró articular Raquel en cuanto Galván descendió del coche para ayudarla. María hizo lo propio y saludó a la
recién llegada con dos besos—. Fijaos qué suerte la nuestra, he coincidido en el vuelo con este caballero —explicó la editora a la vez que sonreía a su acompañante—. Os
presento a Eric García, director del programa de Radio Nacional, Chandler and Hammett P.I. O lo que es lo mismo, el gurú de la novela negra en las ondas.
El temporal les apremió a que las presentaciones fueran escuetas. Eric García ayudó a María a colocar las maletas en el vehículo.
—Para que luego digan de las mujeres… —ironizó María ante el excesivo equipaje que llevaba el periodista. La policía lo ubicó en la frontera de los cuarenta y
descubrió que era dueño de una interesante mirada azul y de una media sonrisa cuya socarronería encubierta no le disgustó.
—Llevo toda la tecnología que requiere una emisora —explicó Eric, acompañando sus palabras con un mohín que formó un simpático hoyuelo—. Por mucho que
digan, no todo está en la nube.
De camino a Ciutadella, la editora no dejó de hablar sin permitir que la interrumpieran. Una vez que se hubo asegurado de haberle vendido bien a Eric la novela La
cazadora cazada y de haber concertado entrevistas con todos sus autores, se lanzó a radiografiar el tipo de eventos a los que iban a asistir. Era una asidua a las Semanas
Negras que se celebraban; de hecho, el año anterior, había coincidido con Eric en la de Aragón, Gijón, las Casas Ahorcadas de Cuenca, Castellón, Pamplona, Barcelona,
Collbató Negre y en el último Getafe Negro.
Empeñada en dar un curso acelerado a sus dos nuevos autores en lo que a esos eventos literarios se refería, repitió más de tres veces que María y Galván eran una
apuesta de la editorial. A pesar de la hostilidad de la tramontana y de la perorata de la editora, María halló una suerte de evasión en el espejo retrovisor. Desde los
asientos de atrás, una mirada azul, profunda y descarada trataba de escrutar la suya. Aquel gurú de la radio sabía cómo hacer que sus ojos hablaran y, en ese momento
de su vida, María era todo oídos.
2
Madrid, mediodía
Roberto nunca había sido un buen comedor y a sus cuarenta y seis años no contemplaba la posibilidad de cambiar. Y mucho menos tras el declive muscular que
había sufrido ese último año, castigado con una interminable lista de lesiones que afectaban severamente sus rodillas. Desde que había dejado de correr, el control de la
ingesta de calorías se había convertido en una obsesión. La inapetencia ante el suculento plato que le había cocinado Alma se había forjado aquella mañana en los
juzgados de la plaza Castilla.
—Te has dejado más de la mitad del entrecot y ni siquiera has probado el vino —dijo la oficial, dirigiendo la mirada al plato de su acompañante.
Roberto la escudriñó con gesto condescendiente, aún era demasiado joven para que las injusticias le arrebataran el hambre.
Alma recogió los platos de la mesa y los dejó sobre la barra americana que separaba la cocina del comedor de aquel piso de la calle Bravo Murillo.
—¿Quieres un yogur, al menos? —insistió poco antes de explorar el interior de una nevera raquítica—. Vaya, olvida lo que he dicho.
Roberto continuaba cavilando en silencio. Alma regresó a la mesa con las manos vacías, acercó la silla a la del inspector y le besó en la boca.
—Llevas sin hablar desde que hemos llegado del juicio, malas pulgas. Tenemos el día libre, ningún homicidio que resolver… —Alma acercó los labios a una oreja de
Roberto y se desabrochó el botón de la camisa que servía de frontera entre la sensualidad y la concupiscencia—. Y llevo puesto un conjunto negro de encaje que…
Roberto sonrió, pero la besó en la mejilla. Alma conocía bien aquella respuesta: tocaba esperar.
—Ya sé qué te pasa, tú estás acojonado. —Echó la cabeza hacia atrás y se abrochó de nuevo el botón que debería haber servido de acelerador—. Eso es. Te da miedo
que dentro de una semana me venga a vivir contigo y convierta este apartamento espartano, frío e impersonal, en un hogar de verdad. ¿Me equivoco?
Roberto negó con la cabeza.

La mirada de Chapman – Pere Cervantes 

—¿Significa eso que no me equivoco o que no estoy en lo cierto? —Alma se sentó a horcajadas sobre Roberto y le acarició el peló.
—Es ese caso del juicio, el de Mar Sevilla.
—Ya.
La oficial detuvo el gesto cariñoso y atendió a lo que Roberto estaba a punto de decirle.
—Llevamos cuatro años buscando el cadáver, Alma. Cuatro años en los que sus padres han envejecido quince, les tiembla el cuerpo cada vez que suena el móvil y
ya no tienen fuerzas ni para insultar a los tres hijos de puta que hoy estaban en el banquillo de los acusados. En menos de dos meses, dos de ellos quedarán en libertad:
ya sabes, eran menores cuando mataron a esa pobre cría. Se han reído de todos nosotros, nos han chuleado desde el primer minuto. —Sin dejar de escuchar, Alma
repartió el vino que quedaba entre las dos copas que había sobre la mesa. Roberto agradeció el detalle y apuró la suya de un trago—. ¿Cuánto dinero lleva gastado la
administración en buceadores, en rastrear vertederos, en explorar hectáreas de terrenos de nadie? ¿Se puede medir el dolor que han causado a sus padres? ¿Sabes a qué
oferta se refería el juez?
Alma negó con la cabeza, expectante.
—Hace unos días el padre de Mar envió a Quiñones, el mayor de ellos, una oferta en la cárcel. Le entregaba todos sus ahorros a cambio de saber dónde estaba su
hija. ¿Puedes imaginar lo que es eso? —Roberto alzó la voz—. Pagar al asesino de tu pequeña para que te diga de una vez por todas dónde está enterrado su cuerpo.
¿Sabes qué le respondió?
La oficial prefirió no abrir boca.
—«No me compensa.» —Roberto necesitó inspirar aire y soltarlo, iracundo—. «No me compensa», respondió el muy cabrón. Y todo porque a esos tres niñatos les
ampara la ley para que sigan riéndose de las víctimas. De todos nosotros. Se sienten protegidos, respaldados y, sobre todo, inmunes. Todo lo contrario que los padres
de Mar: a ellos la vida les ha dado por el culo y luego llegamos nosotros y nos limitamos a ofrecerles una pomada para calmar el ardor. —Roberto alzó la copa y Alma
le sirvió de nuevo sin perder la posición—. ¿Por qué somos tan hipócritas? ¿Por qué nadie tolera que en una detención policial se den tres hostias a un asesino? Tres
hostias, Alma, con tres hostias bien dadas nos ahorraríamos dinero y sobre todo dolor. Mucho dolor. Invertimos más en instalar cámaras y micros en los calabozos que
en proteger a las verdaderas víctimas.
—No todos los policías tienen suficiente criterio para discernir a quién hay que soltar esas tres hostias y cuándo —argumentó Alma con una indulgencia
premeditada—. Ese es el verdadero problema. ¿Qué ocurriría si tras darles las tres hostias siguen sin decirte el paradero de la víctima? ¿Pasaríamos entonces a las
descargas eléctricas, a las técnicas de interrogatorio de la CIA? ¿Y si el detenido resulta ser inocente? ¿Qué hacemos entonces con esas hostias mal dadas?
Roberto liquidó su segunda copa y la dejó sobre la mesa tras sortear el moldeado cuerpo que tenía delante. Rozó voluntariamente con el brazo uno de los pechos de
Alma y por el escote comprobó que, efectivamente, el sujetador tenía el mismo color que su melena.
—Estoy cansado de toda esta mierda.
—Pues esta no es la mejor actitud para alguien que va a presentarse al examen de comisario.
Roberto chasqueó la lengua.
—Un país donde se cree que si algo no se puede demostrar es que no existe es un país condenado a ser devorado por la delincuencia, la de nuestros políticos y la de
los monstruos que perseguimos.
—¿Sabes? Creo que este piso es el culpable de tus malas pulgas. No tienes televisión, ni siquiera un sofá cómodo donde leer, tu portátil está tirado en el suelo y en
la única estantería que hay solo distingo vinilos de los Beatles. Por no hablar de lo vacía que está tu cocina. —Alma se incorporó, enérgica—. Venga, levanta el culo,
aparca tu mala hostia y acompáñame a Ikea.
El rostro de Roberto no dejaba lugar a dudas: si lo hubieran llamado comunicándole el asesinato multitudinario de una secta de cien personas lo habría encajado
mejor. Se puso de pie con la misma intensidad con que acababa de hacerlo su compañera y un pellizco en el menisco le recordó sus recientes limitaciones. Alma tuvo
que esforzarse para no romper a reír. Roberto se abalanzó sobre aquel rostro sugerente, adornado por unos labios carnosos, obra de una sutil cirugía, y una mirada
gatuna del color que tiene la hierba de los jardines adinerados. Ella lo besó con ansia; él, con cierta rabia contenida.
—Pinchas —dijo Alma, sorprendida al percatarse de que tenía la camisa totalmente desabrochada, el botón del pantalón liberado y el sujetador a punto de hacer
mutis.
—Me conociste sin afeitar, no es un asunto negociable.
—No tienes consideración —lamentó la oficial sin mucho afán, centrada en liberar el torso de Roberto de su camiseta interior—. Eres cruel, tengo la piel muy
delicada y tu barba me la destroza.
Roberto se apartó unos centímetros y constató que, efectivamente, una mancha rosada merodeaba el labio inferior.
—Tú lo has querido, sexo sin besos —anunció Roberto risueño—. ¿Vamos mejor a la cama?
Alma palmeó insistentemente sobre la mesa, se liberó de los vaqueros y utilizó como imanes el par de piernas infinitas que tan buen resultado le habían dado en
circunstancias similares.
—No me sea clásico, señor inspector.
3
El hombre de la mirada con las horas contadas recorrió el cuarto con asombro. Consultó el reloj y estimó que aún tenía una hora por delante. De una suerte de
bandolera extrajo una máquina de escribir de aspecto vetusto, plateada y que

La mirada de Chapman – Pere Cervantes image host image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------