---------------

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno

PDF Descargar de la arena
pierde la vista en el horizonte,
el futuro le abre las puertas
la muerte las cierra de golpe
para que le perdone la guerra
que le ensangrienta y le
desgarra…
él ya atravesó la raya
y no quiere besar la tierra que
le maltrata.
Encontré la vida en las playas
de Argelers.
Elna, francesa y suiza,
la otra cara del infierno.
Nunca más, nunca más, nunca
más, nunca más.
Un cuerpo pequeño en medio
de la arena…
Joan Josep Bosch i Rescalvo
(Figueres, 1976) Cantautor
A todos vosotros, lectores, que
habéis confiado en mí
Prólogo
Conocí a Baltasar en el año 1998,
cuando ambos vivíamos en Sant Carles
de la Ràpita. Nos unía la pasión a la
música y a la literatura. No me dejó
indiferente: un ser de libre espíritu,
audaz y risueño, a la vez que
comprometido con la causa ajena. Por
aquel entonces me dejó leer su original
d e Hija de la guerra —que hoy
conocemos por la edición de 2014—. Su
amistad, la de su familia y amigos me ha
acompañado a lo largo de estos casi
veinte años, entre confidencias y buenos
ratos de ocio.
La moza de Pip, obra derivada de
Hija de la guerra, supone una creación
literaria que parte de un personaje real,
Priscilla Scott-Ellis, Pip, quien «en el
estallido de la Guerra Civil Española,
apoyando al ejército nacionalista, lucha
contra el Frente Popular del Gobierno.
Ella ofreció voluntariamente sus
servicios a los fascistas en España, pero
lo hizo para poder seguir a su amor,
Ataúlfo»[1].
Co n La moza de Pip, Baltasar nos
revela la personalidad y las hazañas de
su protagonista, fiel a la realidad y al
carisma de una mujer aristócrata que
realizará tareas de enfermería en plena
Guerra Civil. Conoceremos el contexto
bélico en que se mueve y sus secretos
mejor guardados, enigmas que
desvelarán el interior de su persona.
Asimismo, el autor nos abre una visión
aguda y profunda de los hechos
históricos, paralela e inteligentemente
entrelazada a modo de ficción con los
personajes y el argumento de Hija de la
guerra. Cabe destacar en Baltasar su
rico lenguaje e impecable redacción, un
entramado de acciones y sucesos, que
teje a través de los capítulos mediante la
técnica del analepsis.
Citando al genio José Saramago:
«Leer e imaginar son dos de las tres
puertas principales —la curiosidad es la
tercera— por donde se accede al
conocimiento de las cosas. Sin antes
haber abierto de par en par las puertas
de la imaginación, de la curiosidad y de
la lectura —no olvidemos que quien
dice lectura, dice estudio—, no se va
muy lejos en la comprensión de uno
mismo y del mundo»[2].
Así pues, bienvenidos lectores, en
vuestras habilidades y sentidos están las
herramientas para que, página a página
—o puerta tras puerta—, entréis en este
significativo libro y veáis su luz a partir
de sus sombras.
Agradezco enormemente a Baltasar el
darme el privilegio de componer este
prólogo y de corregir sus tres novelas
hasta hoy publicadas. Así como lo
blanco y lo negro van unidos para crear
nuevas verdades, la amistad y la guerra
también; por eso escribir en términos de
la Guerra Civil —y de cualquier otra
guerra…— supone palpar trazos de
nuestra historia, de nosotros mismos.
Desde lo popular a lo histórico, desde el
ayer al hoy, a todos nos envuelve el
hecho de ser «hijos de la guerra».
David Jiménez Marchena
Filólogo y corrector
Marzo de 2016
Capítulo 1
El orfanato
10 de agosto de 1908
Clara de los Hares Espínola, una
mujer andaluza, era una de las muchas
sirvientas que trabajaban en el palacio
de los Montpensier, de estilo historicista
y ecléctico, propio del s. XIX. En su
fachada se usaba el estilo neomudéjar y
el clasicismo italianizante, propios de
una población española de Sanlúcar de
Barrameda, provincia de Cádiz. De pelo
liso, largo y castaño, lo más llamativo
en ella eran sus ojos de color miel, los
cuales no hacían sino resaltar su ya de
por sí natural belleza. La mayoría de
hombres intentaba pretenderla, pero tan
solo uno, Ramiro Cortázar Ibáñez, lo
consiguió. Sus intenciones no eran las
que Clara, al igual que toda jovencita
española, esperaba de un buen mozo
trabajador, pues fue abandonada en el
instante en que ella misma le contó que
estaba embarazada, sin despedirse
siquiera ni dejarle mensaje alguno.
Ramiro cogió su pequeña maleta y se
marchó a Cuba, desapareció de la vida
de Clara mientras ella lloró su ausencia
los ocho meses que duró su embarazo.
Todo Sanlúcar de Barrameda rumoreaba
de la desdicha de la joven que trabajaba
como sirvienta en el palacio,
circunstancia muy mal vista por ser
soltera. Estando de contracciones en uno
de los establos de palacio, su mejor
amiga Pepita, y también sirvienta, se fue
a visitar a las monjas dominicas en el
convento Madre de Dios, con el
objetivo de que auxiliaran a Clara.
—Empuja, niña, hazlo fuerte y no
grites tanto, vas a morir desangrada
junto a tu bebé si no te das prisa.
La hermana Lourdes sudaba a mares,
la ayudaba cogiéndole las manos y le
hablaba para que no desfalleciera,
mientras los fuertes gritos se escuchaban
en los mismísimos pasillos de palacio.
El parto estaba resultando difícil,
Clara empezaba a sangrar mucho.
—No sé por qué no habéis confiado
en los señores, seguro que ellos te
hubieran ayudado y en lugar de estar
pariendo aquí, entre paja y caballos,
estarías en un hospital con todas las
necesidades.
—Se lo decía constantemente a Clara,
pero ella temía ser despedida.
—¡Tonterías!
Clara seguía gritando, el dolor era

QmBJUI5c

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno

insoportable. Estaba haciendo todo lo
posible para mantener la calma tal y
como se lo decía la hermana Lourdes
pero le era imposible.
—Un último esfuerzo, niña, ya le veo
la cabecita.
Por fin, aunque extenuada, Clara con
su último esfuerzo notaba como su bebé
había nacido.
—¡Aquí está!, qué niña más bonita.
—Es preciosa —sonreía Pepa
mirando a su amiga.
—Quiero verla —sollozaba Clara.
La hermana Lourdes, con la niña en
brazos, aún llena de sangre y sin
limpiarla se la entregó a Clara para que
la tuviera en sus brazos.
—Desabróchate la camisa y empieza
a amamantar a tu preciosa niñita.
Clara, olvidando el dolor que aún
sentía y sufría, cogió a su bebé en brazos
mientras le acariciaba su pequeña y
pelona cabecita.
—Te voy a llamar Mariana, como mi

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno
abuela.
Nadie de los allí presentes
imaginaban lo que tenía en mente Clara.
—Hermana Lourdes, ¡llévese a mi
hija! —la monja no daba credibilidad de
lo que le estaba diciendo Clara—, yo no
puedo mantenerla, y los señores me
despedirán, no querrán que me quede en
el palacio cuidando de mi hija.
—No hagas eso, Clara, seguro que no
habrá problemas.
—Haz caso a tu amiga Pepa, te
arrepentirás si nos la entregas, ya que
una vez esté en nuestras manos, no
podrás reclamarla, e incluso otra familia
tendrá derecho a adoptarla y ya nunca
más sabrás de ella.
—Es un riesgo que voy a asumir, he
estado pensándolo todos estos meses y
no voy a dejar que mi hija sea una
desgraciada, prefiero que una familia
con mejores condiciones económicas la
pueda acoger y tenga una infancia feliz.
Clara acariciaba a su hija Mariana, y
la lavaba apreciando lo bonita que era,
con la piel blanca y unos ojos que
todavía era muy pronto para averiguar si
eran iguales a los de ella. Aunque sabía
que en pocos días los bebés cambiaban
su aspecto físico, con mucho dolor y
lágrimas en los ojos, ante la mirada de
su amiga Pepa, se la entregaba a la
hermana Lourdes.
—Solamente quiero pedirle un favor,
que mientras la niña esté en Sanlúcar de
Barrameda me permita visitarla los días
que tenga libres.
—Hablaré con la madre superiora
pero no puedo asegurártelo, pásate la
semana que viene y te daré una
respuesta.
Mariana lloraba cuando la hermana
Lourdes la introducía en una cesta de
mimbre y la tapaba con una manta. Su
madre, Clara, veía cómo se alejaba del
establo, del palacio de los Montpensier,
separando para siempre el vínculo que
las unía… o eso creía ella.
Capítulo 2
La adopción
Septiembre de 1915
Clara fue a ver a la pequeña
Mariana al convento Madre de Dios en
Sanlúcar de Barrameda, custodiada por
las monjas que allí vivían con los bebés
y niños sin padres o que simplemente
eran abandonados en la puerta. Se le
permitía visitar a su hija una vez a la
semana, por lo que Clara acudía todos
los martes que tenía libre en el palacio
sin falta.
La pequeña Mariana había crecido
sana y feliz junto a las monjas que le
daban todo el cariño que no le ofrecían
sus padres, pero ella, que contaba ya
con siete años, esperaba con ansiedad
todas las semanas a una mujer llamada
Clara, con la cual había creado un
vínculo tan parecido como el de una
madre y una hija. Iban juntas a pasear
por el pueblo, tomaban chocolate, le
enseñaba a coser y a hacer ganchillo… y
sobre todo hablaban mucho. Mariana
contaba a las amiguitas que crecían con
ella en el convento que ojalá la pudiera
adoptar Clara, para marcharse con ella y
así poder estar unidas para siempre.
Un martes cualquiera del mes de
septiembre y antes de ver a su hija
Mariana, Clara fue a visitar a la
hermana Lourdes, ya que tenía algo
importante que decirle. La hermana
Lourdes le abrió la puerta de su
despacho de trabajo disponiéndose a
escucharla atentamente.
—Hermana Lourdes —se arrodillaba
a las piernas de la monja—, tiene que
permitirme llevarme a mi hija, decirle
toda la verdad… ella me quiere mucho y
lo entenderá. En estos momentos ya
puedo alquilar un piso pequeño con todo
lo que he ahorrado estos años y a
Mariana no le faltará ni la comida ni la
educación.
—Clara, no es tan fácil, tendré
primero que hablar con la madre
superiora, pero recuerda que firmaste un
documento en el que nos dabas la patria
potestad de tu hija.
—Hágalo, hermana, se lo pido por
Nuestro Señor, hágalo, por favor —
suplicaba juntando las manos y con las
venas de los ojos visiblemente
enrojecidas.
—Cuando venga la semana que viene
le daré una respuesta.
Clara se lanzó a los brazos de la
hermana Lourdes llorando y contenta de
alegría.
—Mariana te quiere mucho y cuenta
los días para verte cada semana, la
madre superiora lo sabe y todas
esperábamos que lo que me acabas de
contar sucediera tarde o temprano.
Clara abrazó a su hija nada más verla
aparecer.
—¡Qué bien!, tenía tantas ganas de
verla.
—Y yo, preciosa.
—¿Puedo hacerle una pregunta,
Clara?
—¡Claro que sí!, ¿te ha pasado algo?,
¿te han pegado? —mientras miraba los
brazos desnudos de Mariana observando
si llevaba un moratón.
—¡No, no! —reía a carcajadas.
—Pues entonces, dime, ¿qué quieres
preguntarme, princesita?
—¿Puedo irme a vivir con usted? —
preguntaba sin andarse por las ramas.
Clara no esperaba la pregunta y se
quedó callada unos segundos, tanto que
Mariana cambió su rostro sonriente por
el de un semblante más serio.
—¡Por supuesto que quiero que te
vengas a vivir conmigo! —Mariana miró
fijamente a los ojos de Clara y la
expresión de su cara volvió a cambiar
—, pero no es tan fácil, haré todo lo que
pueda, porque te quiero mucho, ¿lo
sabes?
—Sí, yo también la quiero mucho,
Clara.
Ambas salieron del convento e invitó
a su hija a merendar chocolate con
churros en la churrería de siempre en
Sanlúcar de Barrameda. Después la
llevó a una feria ambulante donde había
payasos, malabaristas, títeres, y la dejó
subir a dos atracciones, el carrusel y
unas sillas colgantes que daban vueltas
muy rápidas, de las que disfrutó mucho
al lado de Clara, la persona que más
quería. Mariana ignoraba que esa señora
que la visitaba cada semana durante sus
siete años recién cumplidos de vida era
su propia madre…
Capítulo 3
El último adiós
Una semana después
Pasada una semana, el penúltimo
martes de septiembre, Clara se presentó
de nuevo en el convento, visiblemente
nerviosa. Allí la esperaban la madre
superiora y la hermana Lourdes.
Cuando Clara entró en el despacho
saludó a las dos monjas y sus mejillas
enrojecieron visiblemente.
—Siéntate, Clara, tenemos una muy
buena noticia para ti.
Clara se santiguó (hizo la señal de la
cruz) y dejó que la madre superiora
siguiera hablando, a la vez observaba de
reojo a la hermana Lourdes.
—Vas a recuperar a tu hija Mariana,
aproximadamente en una semana estarán
todos los documentos tramitados y listos
para que puedas volver a tener la

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno

custodia de tu hija.
—No saben cuánto se lo agradezco —
Clara se levantó de la silla con una gran
sonrisa en su cara y con enorme
sorpresa y agradecimiento abrazó a las
dos monjas—. No se arrepentirán, tuve
que separarme de ella y dejarla con
ustedes cuando nació, pero por entonces
era demasiado joven para poder
criarla… han hecho de ella toda una
señorita responsable.
—Si hemos aceptado a que obtenga la
custodia de su hija es porque ella
también desea estar a su lado y así nos
lo hacía saber siempre el día antes de su
visita semanal, pero la hermana Lourdes
y yo queremos pedirte que le digas la
verdad a Mariana, ¡dile que eres su
madre!
—¡Pero! ¿Y si me rechaza por no
entender el porqué la dejé con ustedes?
—No te va a rechazar, he oído miles
de veces como hablando con sus
amiguitas siempre deseaba que ojalá tú
fueras su madre.
Clara no podía ser más feliz al oír eso
de la hermana Lourdes mientras veía
entrar a la madre superiora con la niña,
cogidas las dos de la mano.
—¡Clara! —se abalanzaba Mariana
corriendo hacia sus brazos.
—¡Mi niña!, tengo que decirte algo
muy importante —temblaba, estaba
nerviosa y clavaba los ojos en los de
Mariana, hasta que le dijo la verdad ante
la presencia de la hermana Lourdes y la
madre superiora—. ¡Yo soy tu mamá!
Mariana estaba desconcertada
mirando fijamente a Clara, a la madre
superiora y a la hermana Lourdes; no
sabía si lo había escuchado bien. El
despacho de la madre superiora estuvo
durante cinco segundos en un completo
silencio, no se escuchaba ni el silbido
del viento esa mañana. Mariana
reaccionó y corrió hacia su madre
abrazándola fuertemente, derramando
lágrimas de alegría, y entretanto su
madre se excusaba contándole el motivo
de haberla dejado con las monjas en el
convento.
—Desde que tengo uso de razón usted
no ha dejado de venir a verme y sé que
me quiere tanto como yo la quiero,
mamá —Mariana abrazó de nuevo a
Clara y esta derramaba lágrimas al oír
la voz de su hija decir mamá.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Todas las que quieras, cariño mío.
—¿Está usted viviendo con mi padre?
Clara no sabía ni cómo responder a su
hija ante la pregunta que le acababa de
hacer y balbuceando un poco acabó de
explicárselo todo.
—Tu padre me abandonó cuando supo
que estaba embarazada de ti, me
disgustó tanto que por eso fue uno de los
motivos por los que decidí dejarte al
cuidado de las monjas dominicas —
Mariana abrazó a su madre mientras
entrelazaban sus dedos. Llegadas las
ocho de la tarde y tras realizar su paseo
habitual, ambas se despidieron para
reunirse en breves días, tan pronto como
las monjas tuvieran la documentación
preparada.
—¡Te quiero mucho, Mariana!, no lo
olvides, en pocos días estaremos juntas,
para siempre.
—¡Yo también la quiero, mamá, la
estaré esperando impacientemente!
Clara la besó en las mejillas sin dejar
de mirarla a los ojos hasta que por fin se
cerró la puerta del convento de Madre
de Dios. Al salir se puso su chaquetilla
de hilo hecha por ella misma, ya que
notaba un poco de frío. Mientras cruzaba
la calle, escuchó una voz muy familiar y
conocida, se giró con las piernas
temblorosas, pues parecía reconocerla.
Sin duda no se equivocaba, sus ojos se
quedaron fijos hacia la persona que la
llamaba por su nombre. Era Ramiro, el
padre de Mariana, y sin dudarlo

Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno
retrocedió para ir a hablar con él, pero
desgraciadamente estaba tan perpleja
que no se dio cuenta de que un coche
Hispano Suiza hacía su presencia en
esos momentos por la calle, el cual la
atropelló sin que el conductor del
vehículo pudiera hacer nada para
evitarlo. El automóvil arrolló el cuerpo
de Clara y lo arrastró varios metros
hacia adelante, golpeándole la cabeza
contra el asfalto formado por adoquines,
lo que le causó la muerte instantánea
ante la mirada atónita y a la vez
indiferente de Ramiro, quien en lugar de
ir en su ayuda se giró y se marchó
rápidamente de allí.

—¡Madre superiora! ¡Madre
superiora! ¡Qué desgracia! —gritaba la
hermana Lourdes a la vez que corría por
el convento buscándola—. ¡Dios mío
qué horror, qué horror!
—¿Qué pasa, hermana Lourdes?
—¡Clara!, la acaba de atropellar un
coche de esos modernos —el corazón de
la madre superiora se le aceleraba en
cuanto escuchaba la atroz noticia—.
¡Está muerta, madre superiora! ¡Ha
fallecido en el acto!
La madre superiora se puso las manos
en la cara pensando en el fatal desenlace
de Clara. En ese momento se puso a
pensar cómo se lo iba a decir a Mariana,
su primogénita.

Capítulo 4
Soledad
La hermana Lourdes había sido la
encargada de dar la mala noticia a
Mariana. Esta, que ya tenía preparadas
las maletas para irse a vivir con su
madre, no ocultaba el dolor que
transmitía a través de la expresión de
sus ojos por haberla perdido y, llorando
sin creérselo, se marchaba a su
habitación, hacia donde la siguió la
hermana para consolarla.
—Llora, niña, llora, desahógate todo
lo que quieras conmigo —le tocó
suavemente el pelo e intentó secarle las
lágrimas con su pañuelo—, ¡ha sido
todo tan desafortunado!
—Me gustaría verla por última vez —
dijo levantando la cabeza Mariana
mirando a la hermana.
—Hoy va a ser el entierro, puedes
acompañarnos… tu madre tan solo tenía
una amiga, a nosotras y a ti, así que
ponte la ropa con el uniforme de estudio.
Mariana llegó acompañada por las
monjas al cementerio de Sanlúcar de
Barrameda. Mientras contemplaba el
ataúd donde yacía su madre, lloraba y
depositaba una rosa que llevaba entre
sus manos sobre el féretro de madera.
Pudo observar que también estaban los
señores de Montpensier, así como una
señorita que también lloraba
desconsoladamente, seguramente era
Pepita, la amiga de Clara.
—Adiós, mamá, volveré a tenerte
entre mis brazos cuando Dios quiera
reunirme contigo —así se despedía
Mariana en el momento en que el ataúd
con el cadáver de Clara dentro era
depositado en el nicho, en cuya tapa de
mármol habían escritas unas palabras.
La inscripción decía lo siguiente: «Tu
hija Mariana nunca te olvidará».
Octubre de 1916
Había pasado más de un año de la
muerte de Clara y su hija Mariana
cumplió en agosto ocho años. Durante
esos trescientos sesenta y cinco días
había madurado mucho más de lo que ya
era con siete años y se había convertido
en una muchachita muy trabajadora que
estudió constantemente y no paró de
ayudar a las monjas dominicas en las
tareas que le encomendaban.
La madre superiora llamó a su
despacho a la hermana Lourdes, pues
tenía que decirle algo de máxima
importancia en referencia a Mariana.
—Hermana Lourdes, hemos recibido
aprobada la petición para la acogida de
Mariana en una familia inglesa, al
parecer el rey ha intervenido para que
unos amigos suyos aristócratas

   Libro La moza de Pip – Baltasar Perez Gimeno

Comprar Ebook en 

Clic Aquí Para comprar 

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------