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Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas

Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas

Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas 

PDF Descargar Una noche común de invierno,
quizás más helada que de costumbre, se
encontraba recorriendo las frías calles
nuevamente la muerte; buscando con
impaciencia a las personas que estaban
inscritas en su extensa lista. Caminando
por la enorme ciudad, siguiendo el olor
a miedo y confusión que emitían los
seres humanos antes de morir. Su
búsqueda se detiene a las puertas de una
enorme mansión, con sus pasos gélidos y
lentos, sin prisa para atravesar sus
puertas, guiado por la agonía del futuro
difunto sube las escaleras como si sus
pasos estuvieran sincronizados con los
segunderos de un reloj, llegando hasta
una inmensa habitación, donde en una
lúgubre y solitaria cama yacía un triste
señor; con la mirada apagada, el cuerpo
desgastado que parecía esperar con
ansias la muerte, su mirada carecía de
temor y asumía su final, esta aceptación
le permitió ver claramente a la espectral
y temible figura de su visitante.
– ¿Has venido por mí? -preguntaba
el señor, mientras que la muerte
asombrada miraba como aquel simple
humano parecía no temerle a su tétrica
presencia.
La muerte se acerca y le responde
con voz de ultratumba:
– A lo largo del tiempo muchos
hombres, Faraones y Reyes al verme
frente a ellos, han temblando y llorado
suplicando por no morir, los más
afortunados, dejaron sus inútiles cuerpos
para seguirme resignados al triste
destino que los esperaba con los brazos
abiertos, pero ¡tú! eres el primer hombre
que me mira fijamente sin temor ni
llanto, aceptaste tu destino, abrazaste tu
final y por este acto hoy por primera vez
seré compasivo y no arrancare de tu
inútil cuerpo el espíritu valiente que
tienes dentro de ti…
El viejo hombre con una sonrisa
asienta con la cabeza dejando escuchar
un susurro:
– ¡gracias…!
La muerte le extiende la mano y el
señor la coge sin miedo alguno, siente su
mano congelarse, mientras que empieza
a perder el brillo de sus ojos, el color
de su piel deja de ser rosada para
empalidecer, un pequeño dolor en el
pecho, un olor extraño a putrefacto se
apodera de la habitación, la muerte se
gira y empieza a caminar sin soltar la
mano de aquel valiente hombre,
estupefacto sentía que aquel pequeño
dolor que había nacido en su pecho se
hacía mucho más insoportable, pero en
menos de un segundo aquella sensación
desapareció. En ese momento se percata
que se encontraba de pie, mientras que
la muerte seguía su camino sujetándole,
una sensación de intenso frío se
apoderaba de su ser pero que poco a
poco se fue desvaneciendo junto con
todo el temor que sentía, mientras
avanza en conjunto con los pasos de la
parca gira la mirada y observa que
detrás de él, se encontraba recostado en
la cama, su cuerpo inerte pero con una
expresión de tranquilidad reflejada en su
rostro.
En ese entonces el mundo
simplemente oscureció, era imposible
ver más allá de lo que podrías ver al
extender tus brazos, pero ya no existía el
miedo, La muerte era el guía y él un
simple espíritu que seguía su destino.
De pronto La muerte siente las dudas
del valiente espíritu y le dice:
– El morir es muy doloroso, es
desprenderte de este mundo, son raras
las almas que aceptan su destino sin
saber que no existe ninguna imploración
o rezo que les permita seguir viviendo,
pero hoy te fuiste del mundo de los
vivos como un verdadero hombre y eso
simplemente lo respeto…
Y con estas palabras la muerte y el
señor se pierden entre las sombras.
Sin más tiempo que perder, esa
misma noche la muerte vuelve a las
calles recolectando más almas, y por
donde pasa se escuchan los gritos de
dolor de las familias que lloran por la
pérdida de sus amados parientes. El
pasar de las horas hace de la noche más
fría y tenebrosa, pero aun así, la muerte
recorría cada rincón de aquella pequeña
ciudad lentamente. En uno de los
callejones se encontraba una gran
multitud de pordioseros, alcohólicos y
gente de mal vivir, entre ellos, a lo lejos
el alma de una mujer que se encontraba
sentada a un lado de su cuerpo, llorando
amargamente.
La muerte se acerca sin comprender
por qué aquel espíritu lloraba:
– ¿tal vez aún sigue aferrada a la
vida? – se preguntaba mientras se acerca
a aquella alma, quien sujetaba
fuertemente a su gélido y pálido cadáver
que yacía en el suelo húmedo de aquel
tenebroso callejón.
– ¡es hora de marcharnos! – le dice
la muerte mientras extendía su mano,
pero la mujer no obedecía el llamado,
era como si lo ignorara, solo se repetía
entre susurros una y otra vez.
– ¡morirá, morirá!…
La muerte furiosa insiste una vez
más y con voz estruendosa le dice:
– ¡Es tu hora!, ¡tenemos que irnos
mujer!
Pero no escuchaba nada más que sus
lamentos, sin dejar de repetirse entre
susurros y lágrimas.
– ¡Morirá, morirá!…
La muerte muy ofendida al ver que
estaba siendo ignorada, coge del brazo a
aquella alma tan terca que aún abrazaba
a su cuerpo inerte aferrándose a él, pero
nadie es más fuerte que la muerte, nadie
puede huir de su destino, si tu nombre
está escrito en la lista de la parca, es tu
fin, porque no existirá llanto, o
terquedad, tampoco rezos o suplicas, ni
segundas oportunidades, para extender
tu tiempo entre los vivos, pero aquella
mujer se había aferrado a su cuerpo con
tanta pasión que a pesar de ser
jaloneada ella aún se mantenía sujeta
fuertemente del abrigo que cubría su
cuerpo gélido. La muerte sigue
insistiendo en su cometido arrastrándola
salvajemente, dejando al descubierto
que en los brazos del cadáver tenía a un
niño pequeño de tan solo siete años, en
ese momento la muerte entiende lo que
aquella mujer quería hacer, pues el amor
de madre no le permitía alejarse de su
pequeño, aunque no había nada que él
pudiera hacer para calmar su angustia, el
nombre de aquel pequeño no estaba en
su lista y no podía llevárselo pero
estaba claro que sin nadie que lo
protegiera, muy pronto tendría que venir
también por él. La muerte abraza a la
madre que no dejaba de llorar y se la
lleva a rastras entre las sombras, donde
se desvanecen.
Al día siguiente La muerte sin
cansancio continuaba con su cosecha de
almas, pero algo dentro de él no dejaba
de pensar en aquel niño que había tenido
que quedarse solo, abandonado en aquel
frio lugar, rodeado de la peor escoria de
la raza humana, una sensación parecida
al remordimiento se apodera de él,
haciendo que sus pasos fueran de mayor
intensidad, tenía un gran presentimiento,
el destino de aquel pequeño no tendría
buen final. Sabiamente conocía a la
perfección la actitud egoísta del hombre
y de los males que es capaz de cometer
contra criaturas indefensas.
Al llegar a aquel callejón ve la
silueta del pequeño, junto al cadáver
desnudo de su madre; los demás
vagabundos y ladrones al ver que la
pobre mujer había perdido la vida le
arrebataron todas sus pertenencias,
incluyendo los harapos que cubrían del
frio al niño. Descalzo y desnudo en
aquel lugar lleno de humedad, tenía los
ojos muy enrojecidos de tanto haber
llorado su desdicha, sin poder entender
lo que estaba ocurriendo, solo mirando
el cadáver de su madre, sin emitir ni una
sola palabra, sus pequeñas manos
secaban su rostro lleno de lágrimas, sin
encontrar consuelo por ningún lugar,
solo las miradas indiferentes de los que
vivían en aquel horrible callejón.
La muerte se acerca lentamente hacia
el pequeño, al verlo tan indefenso, triste
y solo, algo dentro de él cambió, porque
su frio y duro corazón empezó a
dolerle:
– ¿Remordimiento? – se preguntaba
sin entender por qué aquellas palabras
salían de sus gélidos y secos labios.
Pero el niño no gritaba ni reclamaba
al destino por todo lo que le estaba
ocurriendo, quizás parecía no entender
lo que sucedía en realidad:
– ¿Por qué mi madre no despierta? –
se preguntaba.
¿Quizás la incertidumbre le mantenía
ahí, en aquel callejón frío y
completamente solo, esperando quizás
morir también?
La muerte se marcha de aquel
callejón a pesar de que sus labios
repetían nuevamente aquella palabra que
había tomado control de su voluntad:
– Remordimiento…
Mientras se alejaba ignorando
completamente aquella emoción extraña
que había empezado a sentir, tres
espantosos hombres andrajosos, de
miradas lascivas, traspasan su cuerpo
gélido sin imaginar su presencia e iban
en dirección al indefenso niño y sin
querer escucha los pensamientos de
aquellos hombres, que tenían deseos
enfermos de abusar de aquella criatura y
después de haberse saciado, venderlo a
cualquier mercader que quisiera
comprarlo.
El pequeño, junto al cadáver de su
madre, no sabía lo que la fatalidad del
destino le tenía deparado, los tres sucios
rufianes rodean al pequeño, el más
grande lo coge por detrás abrazándole
mientras le dice:
– ¡No llores pequeño! ¡estás frio!
somos tus tíos y te daremos todo el amor
y calor que necesitas…
Entre risas burlonas cargan al
pequeño que lloraba asustado
sospechando que lo lastimarían, le
llevan a la parte más sucia del callejón y
le arrojan sobre la basura cayendo
precipitosamente sobre el pavimento y
el hombre más grande empieza a bajarse
los pantalones, el niño empieza a llorar
desconsoladamente por el miedo y el
dolor que le causaron al ser lanzado con
tanta crueldad, causándole diminutas
heridas en su frágil cuerpo.
Los pasos de la muerte se detienen,
el sentimiento que yacía dentro de su ser
crecía cada vez más, sentía que ya le
había quitado al pequeño el amor y
protección de su madre mientras que el
mundo se había encargado de despojar
todo lo demás, pero estaba
completamente prohibido intervenir ante
las acciones del hombre.
La palabra “remordimiento” era
cada vez más intensa dentro de él y de
forma extraña recordaba aquella alma
atormentada que susurraba
constantemente:
– “Morirá, morirá…”
Un frio desmesurado se apodera de
los cuerpos de los tres vagos, por un
momento sus risas burlonas
desaparecen, pero sin tomarle mucha
importancia, el que tenía los pantalones
bajados les dice a sus hombres:
– ¡Sujeten al niño!
Mientras que el pequeño sollozaba y
pedía a gritos:
– ¡Ayúdame mamá!
Gritos vacíos a oídos sordos de
personas que prefieren tomar otra ruta
para no presenciar aquel acto de
injusticia y abuso.
Vuelven nuevamente las risas
burlonas de aquellos hombres lascivos,
risas que se apagan al ver el rostro de
aquel que tenía los pantalones bajados
que empezaba a palidecer tomando un
aspecto cadavérico, como si le
estuvieran quitando la vida ante la
mirada atónita de sus cómplices,
asustados sueltan rápidamente al
pequeño para huir despavoridos sin
rumbo fijo, pero sus pasos no llegaron
muy lejos, sus cuerpos quedan
suspendidos mientras escucharon una
voz de ultratumba que les decía:
– Sólo yo soy digno para arrebatar
una vida, sólo yo y nadie más que yo
tengo el poder de despojar al hombre de
sus sueños y sus significantes
esperanzas, sólo es por mi voluntad y a
través de mis actos el poner de rodillas
el proceder de los hombres, para que
después sus ganas de vivir en este
mundo se pierdan y el hombre me abrace
como un consuelo después de tener una
vida llena de sacrificios. Pero ustedes
estúpidos humanos que se creen con el
derecho de arrancar la felicidad, de
arrancar las esperanzas y la vida de los
más débiles tratando de reemplazar mi
voluntad, no merecen tener la vida que
se les regaló, no merecen vivir entre
aquellos que si desean vivirla y que
luchan día a día para darle un
significado a su corta estancia en este
mundo.
Después de escuchar aquellas
terroríficas palabras, se escuchan gritos
de desesperación provenientes de
aquellos hombres suspendidos que
empiezan a adoptar el mismo aspecto
cadavérico de su compañero y de
inmediato caer como sacos de huesos
contra el suelo, mientras que el niño
entre sollozos, se levanta limpiándose
las lágrimas, mira fijamente a su
salvador sin temor alguno para decirle:
– ¡Gracias señor!
La muerte sorprendida le pregunta:
– ¿Me puedes ver pequeño?
El niño asienta con la cabeza y la
muerte sorprendida pregunta una vez
más:
– ¿Pequeño, es que no me temes, no
sientes horror al ver mi aspecto?
– ¿Por qué tendría que temerle a mi
salvador? Más quisiera agradecerle por
haberme ayudado, muchas gracias por
apiadarse de mí, mi nombre es Liam y
mi mamá se encuentra muy enferma, no
se quiere despertar, tal vez aquellos
hombres que nos han quitado todo la
hayan lastimado también, ahora tengo
mucho frio y creo que mi mamá también,
porque está muy fría señor, muy fría… –
habla entre sollozos.
Liam ignoraba completamente que su
madre había perdido la vida y que la
persona que creía su salvador era el
responsable de dejar ese cuerpo vacío.
Las personas que pasaban por aquel
callejón creían que había enloquecido al
ver que hablaba solo y que se
encontraba completamente desnudo, más
aterrador aún era el ver cuerpos tirados
a su alrededor, ninguno se atrevía a
cruzar por aquel lugar, prefiriendo rutas
más largas para llegar a su destino, la
muerte vio la actitud indiferente de los
hombres y entendió que aquel pequeño
no sobreviviría, la inocencia que el
pequeño portaba no le hacía entender
sobre las etapas de la vida y el terrible
final que espera a los humanos cuando
su lapso de vida ha concluido.
La muerte sin un ápice de
sensibilidad mira al pequeño con una
mirada vacía, sin sentimientos,
acercándose a su rostro cálido e
inocente para decirle:
– Tu madre ya no despertará, esta
fría porque el alma que habitaba dentro
de ella se marchó y se marchó porque el
tiempo de vida que se le había ofrecido
en este mundo terminó pero no te pongas
triste ni te preocupes por ella, porque
está en un lugar mucho mejor y se
encuentra contenta, para que tú puedas
reunirte con ella tienes que esperar a
que tu tiempo en este mundo termine,
¡pero eso no basta! porque no solo
tienes que vivir, sino también tienes que
aprender a vivir bien, tus actos
decidirán si te reunirás con ella o no, y
para eso tienes que obrar bien en este
mundo, tienes que aprender a vivir sin
odio ni resentimiento, sin indiferencia a
otros seres vivos, cuidar de la vida
ajena como si fuera la tuya propia, solo
así podrás irte de este mundo con la
mirada en alto y poder reunirte

Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas

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nuevamente con las personas que amas.
¿Entiendes?…
– Si señor, entiendo todo lo que me
dice… Por cierto, ¿cómo se llama? me
gustaría saber el nombre de la persona
que salvo mi vida – Dice mirando
fijamente a la muerte sin temor alguno.
– Yo soy el ángel que muchos temen,
el que recolecta el último aliento que
exhalan los hombres, mi nombre es
maldecido por muchos y venerado por
otros, “Muerte” es como todos me
conocen, pero mi verdadero nombre es
Azrael, es como mi padre me llama y
soy un arcángel encargado de guiar a las
almas del hombre, ahora pequeño coge
las prendas de aquellos caballeros y
abrígate para llevarte a otro lugar más
cálido y seguro.
Liam rápidamente pero con poca
fuerza trata de desvestir a duras penas
los cadáveres, logrando su objetivo y
sin emitir ninguna queja obedece a su
salvador, una vez vestido coge la mano
de la muerte sin importarle su apariencia

Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas
ni el nombre que tenía, mientras la parca
trata de cogerlo con delicadeza y se
retiran de aquel lugar lleno de muertos.
Días después, la leyenda de aquel
niño había tomado fuerza no solo en
aquella pequeña ciudad sino también en
los pueblos vecinos, “un niño que había
sido adoptado por la muerte”, era lo que
la gente murmuraba, porque desde aquel
día, no dejaba que nada le pasara a
aquel indefenso pequeño, ahora era la
muerte quien protegía con recelo su
existencia.
En muchos lugares de diferentes
ciudades habían niños abandonados por
sus padres o familiares, estos
aprovecharon la noticia asegurando ser
ellos mismos los que tenían como aliado
a La muerte, pudiendo así coger todos
los alimentos y ropas que quisieran,
para muchos mercaderes era preferible
eso a morir a manos de su protector, la
historia era aprovechada al máximo
mientras que el verdadero protegido no
gozaba mucho de su fama, aún tenía
dificultades para encontrar un lugar
cálido y la comida no era abundante, su
protector no siempre estaba a su lado
pero siempre cuidaba de él.
La sensación de soledad aumentaba
con los días, a pesar de tener como
cuidador a La muerte, aun extrañaba los
abrazos calurosos de su madre, sus
dulces palabras tiernas que le llenaban
de mucha alegría, aquellos recuerdos
eran dolorosos porque sabía que todos
esos días jamás volverían y que por más
que lo deseara, su madre nunca más
estaría a su lado, resignado y
entristecido en gran manera, sin poder
evitar más su dolor sus lágrimas
empapan sus mejillas, mientras que a lo
lejos La muerte observa con gran pena
el daño que le había provocado, ya no
había marcha atrás y por más que
quisiera no podía devolverle la vida,
eso estaba completamente prohibido.
Liam se percata de que su cuidador
se acerca y con sus pequeñas manos
empieza a secarse las lágrimas, no
quería que se sintiera mal por el vacío
que había dejado en su corazón, estaba
claro que La muerte tenía un deber muy
importante en el mundo, uno por el cual
había sido creado y que toda creación
tiene motivo, una razón de ser, sin él
muchos ancianos vivirían aún en este
mundo y llevarían por siempre la carga
de la vejez sobre sus hombros sin
encontrar nunca el descanso que tanto
anhelaban o que aquellos enfermos sin
cura siempre vivieran con el dolor que
les causaban sus enfermedades estando
solo en agonía, o que las personas malas
siguieran cometiendo actos horribles sin
consecuencia alguna, La muerte ayudaba
a que la vida tuviera sentido porque sin
ella no apreciaríamos cada detalle del
mundo, el simple hecho de ver el
amanecer cada mañana al despertar,
para todo eso y para muchas otras cosas
más existía, aunque aún el pequeño no
conocía.
Al darse cuenta de que su protector
pudo ver que aún tenía el rostro húmedo
con sus lágrimas, trata de disimular
diciendo:
– Tengo mucho frio, la verdad es
que no me siento nada bien.
La muerte al verlo afligido y
tembloroso se da cuenta de lo que tenía,
lo había visto antes en aquellos que
vivían en abandono, pero ¿qué se podía
esperar de un niño que llevaba consigo
una gran tristeza en su pecho? Además el
hecho de que dormía a la intemperie
sobre periódicos viejos y pedazos de
cartones, era muy claro que las calles no
eran un buen lugar para que un niño
viviera en ellas, no podía permitir que
algo malo le sucediera, así que utiliza su
poder para calmar su dolor y sus
temblores; poniendo sus manos sobre su
cabeza absorbiéndolos, logrando que
Liam se sintiera mucho mejor aunque
quedó muy agotado, se recostó poniendo
su cabeza sobre el suelo para poder
descansar quedando profundamente
dormido, La muerte le tomo en brazos y
se marchó con rumbo desconocido.
En las calles, La muerte se
encontraba buscando; miraba hacia
todos lados tratando de recordar la
dirección de aquella enorme e
impresionante casa que parecía una
mansión de rica arquitectura gótica, era
la casa de aquel hombre solitario quien
poseía un alma digna de admiración,
decidió llevarle a ese lugar y recostarle
en esa enorme y cálida cama que habría
de encontrarse vacía. Llegando a una
conocida esquina, ahí estaba aquella
enorme mansión, una sonrisa nace en el
rostro cadavérico de La muerte,
rápidamente se acerca y frente a la
puerta recuerda que el cuerpo solido del
pequeño no podría atravesarla, sin
muchas complicaciones se suspende en
el aire elevándose cada vez más para
ingresar por la ventana que si se
encontraba abierta. Entrando a la
habitación se acerca a la cama para
recostarle con delicadeza; era inmensa
de suaves y finas telas hechas de seda y
él seguía durmiendo, en sus sueños
podía ver que estaba tumbado sobre
enormes nubes ¡tenía tanto temor de
caerse de ellas! pero a la vez tanto
placer por su suavidad que era muy fácil
opacar su miedo. La muerte le observa
con una enorme sonrisa, y viendo que
todo estaba bien decidió marcharse para
seguir recolectando almas.
Liam al despertar miro hacia todos
lados y al verse en aquella habitación
creía que aún seguía durmiendo, se
encontraba muy contento al ver que
podía descansar plácidamente sobre una
hermosa cama, al darse cuenta de que lo
que estaba ocurriendo no era un sueño
empieza a sentir mucho miedo,
rápidamente abraza las almohadas
aferrándose a ellas, no quería alejarse
nunca de aquel lugar, porque nunca en su
vida había sentido tanta comodidad
como en aquel momento, era casi lo
mismo que le daba su madre al
abrazarlo cuando dormían juntos en
aquel callejón, mientras sonreía
recordando a su madre su estómago
empieza a sonar, dormir mucho causa
mucha hambre y ese sería el único
motivo por el cual saldría de aquel

Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas 

cómodo lugar.
Decidió buscar algo que comer, sus
pies tocan el helado suelo de madera,
travieso va corriendo en busca de alguna
cocina, bajando por las escaleras de
madera hasta un primer piso y con
mucha curiosidad entre tantas puertas
encuentra por fin una enorme cocina con
la alacena llena de mucha comida y
golosinas esperándolo, ver tanta comida
junta le emociona hasta las lágrimas,
gustoso empieza a buscar en todos lados
para devorar todo a su paso, con gran
ímpetu sacia su apetito entre lágrimas y
sonrisas de felicidad, nunca había
tenido la oportunidad de probar los
dulces, solo podía verlos a través de las
vitrinas de las tiendas cuando caminaba

Libro La muerte y el niño – Luis Alberto Vargas
por las calles junto a su mamá, su corta
vida había estado llena de muchas
carencias pero nunca le falto amor, él
tenía todo lo que muchos hombres ricos
debieron anhelar, “amor” esa palabra
tan dulce y tan necesaria para todo aquel
que lo necesite, su madre lo amaba y le
protegía, esos dulces le recordaban los
agradables momentos de su vida cuando
su madre aún vivía con él.
Los fríos pasos de La muerte iban
con rumbo a la mansión donde había
dejado descansar a su pequeño
protegido, ingresa traspasando la puerta
principal pero una temible escena lo
esperaba, observa en la sala rastros de
comida que subían por las escaleras,
rápidamente sube despavorido con la
idea de que alguien haya entrado a la
casa y estuviera lastimando al pequeño,
con furia descontrolada entra a la
habitación esperando lo peor, el
escenario no era lo que él esperaba; la
cama llena de migajas y un niño con la
panza llena de golosinas completamente
dormido. Exhaló aliviado, una
tranquilidad que nunca antes había
sentido, un gran peso salió de su cuerpo,
empezó a entender a la raza humana, una
raza que lo exasperaba cuando se trataba
de recoger sus inquietas almas,
temerosas de abandonar el mundo de los
que todavía tenemos que seguir viviendo
y empezó a entender el motivo por el
que les era tan difícil dejar atrás todo lo
que con esfuerzo y dedicación les costó
lograr, personas que han pasado casi
toda una vida de soledad y cuando
encuentran el amor la muerte llega a
arrebatarles esa felicidad, pero aquella
acción no era por capricho propio, eran
las propias acciones humanas lo que
llevaba a que La muerte tuviera que
llegar a tocarles la puerta, una mala
alimentación, una mala decisión, una
persona ebria haciendo cosas que no
debería hacer arrancándose la vida o la
de alguien más, no era culpa de la
muerte si no de los propios humanos y
sus acciones que les llevaban a un lugar
sin salidas ni segundas oportunidades,
recuerda demasiadas estúpidas
decisiones humanas:
– La muerte no es caprichosa…la
verdad es que los humanos son
demasiado tercos para aceptar que se
están equivocando – decía mientras veía
a Liam explayado en la cama.
En ese momento una serie de dudas,
de preguntas sin respuesta de lo que
debería hacer ahora, de si debería de
darles oportunidades a las personas que
llevaba, cuantas madres y padres tuvo
que llevar, personas que tenían asuntos
pendientes, hijos que aun necesitaban de
ellos, de sus consejos, de su ayuda, ¿a
cuántos robo esa felicidad, la
oportunidad de tener una vida larga y
feliz?
Liam despierta y mira a su salvador
que tenía un aspecto muy triste más de lo
que estaba acostumbrado a ver en él,
rápidamente se sienta sobre su cama y le
pregunta:
– ¿Porque estas triste?
– Más que tristeza son dudas,
¿porque las personas tienen que ser tan
tercas y aferrarse a esta vida llena de
penas, de hambre? – Le pregunta la
muerte.
– Porque es preferible vivir una vida
que nunca haber probado de ella, no
siempre vendrán días malos si no
también habrá buenos y en abundancia,
yo perdí a mi madre, no tenía ropa para
vestir y comía lo que encontraba,
mírame ahora que es mi cumpleaños la
vida me ha regalado una hermosa cama,
me ha dado la alegría detener el
estómago completamente lleno y no
satisfecho con eso me regaló a un nuevo
papá que a pesar de tener mucho trabajo
siempre cuida de mí, que más felicidad
que la que siento ahora – responde con
una enorme sonrisa.
– No soy bueno pequeño, por culpa
mía muchas personas lloraron, les
arrebate a sus seres queridos, por culpa
mía ya no tendrán más sueños ni
destinos que seguir, así como lo hice
con tu madre a quien amabas.
– Mi mamá no era feliz, siempre la
veía llorar, sin que yo pudiera hacer
nada por ella, solo podía secar las
lágrimas de su rostro, fue muy buena
conmigo y sé que en el lugar donde se
encuentra ahora es muy feliz, nunca más
pasará hambre ni frio, ahora sé que me
ve y está tranquila porque sabe que
cuidas de mí, pero en este mundo así
como hay personas buenas también hay
hombres muy malos, que si no te los
llevas harían daño a las personas que no
pueden defenderse, eso me hubiera
pasado a mí en aquel callejón si no
hubieras venido en mi ayuda
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