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Libro La mujer del reloj – Álvaro Arbina PDF

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Julián se detuvo ante el rastro del animal. Observó con ojo experto los indicios de su paso por aquel hueco que se abría entre los arbustos. Las huellas eran
recientes y había ramitas rotas en el suelo. Sin duda alguna se trataba de un jabalí. Si conseguía alcanzar a su presa tendrían carne para todo el mes. Y en los tiempos
inciertos que corrían, aquello supondría un verdadero alivio.
El bosque se iba cerrando a medida que subía por la pendiente. La niebla que cubría el valle empezaba a quedarse atrás y el muchacho pudo apreciar cómo el día
despertaba despejado. La luz se filtraba entre las copas de los árboles, arrancando brillos y destellos al rocío que cubría la selva de helechos que le rodeaban y apenas le
dejaban ver el camino. Tenía frío. Las plantas le estaban calando los calzones y las polainas y agradeció los primeros rayos de sol.
Julián tenía dieciséis años recién cumplidos. Se encontraba en ese punto en el que uno alcanza la altura de un hombre pero no su cuerpo. Su constitución aún era
delgada y ligera, a pesar de que sus brazos y su espalda fueran fuertes y firmes por el duro trabajo en el campo. Portaba un rifle de caza envuelto en un paño para
protegerlo de la humedad de los helechos. No sería la primera vez que la cazoleta le fallaba porque la pólvora se había mojado. Llevaba un pequeño macuto del que
colgaba una cantimplora de piel y un cinturón con varios cartuchos de papel encerado.
Caminaba agazapado, pisando como su padre le había enseñado: posando el pie con suavidad sobre la mullida tierra, y siempre atento de no aplastar ramas y
hojas caídas. Se detuvo expulsando nubes de vaho que se deshacían en el aire y escrutó los alrededores en busca de algún movimiento extraño. No se veía nada. Debía
andar ojo avizor, los jabalíes podían ser animales peligrosos si se veían amenazados.
Los domingos no trabajaban en el campo y antes de la hora de misa subían a los montes que rodeaban el valle en busca de alguna presa que cazar. Aquel día no fue
diferente salvo porque su padre no lo había acompañado. Hasta no hacía demasiado tiempo, ambos cazaban juntos. Él le había enseñado los secretos del bosque, le había
enseñado a interpretar huellas, a poner cepos, a usar el rifle, a distinguir las plantas medicinales y a reconocer las setas y los frutos comestibles.
Sin embargo, últimamente, su padre se ausentaba a menudo. Tenía asuntos que resolver con su abuelo Gaspard y solía permanecer varios días o incluso semanas
fuera, durante los cuales Julián se hacía cargo del trabajo en el campo.
Habían transcurrido siete días desde que Franz partiera rumbo a la capital del país, asegurando a Julián que volvería aquel día. «Viajaré de noche, hijo. Estaré de
vuelta la mañana del séptimo día.» Julián estaba deseando volver a verlo.
Un pequeño chasquido captó su atención. Provenía de un hayedo que se extendía a su derecha. Antes de avanzar hacia allí, resolvió mantenerse inmóvil,
conteniendo la respiración y aguzando el oído. El aleteo de un pájaro en las alturas de las copas, el pulular de un búho, gotas de agua cayendo sobre las hojas, su corazón
retumbando en sus sienes… Con cautela, retiró el paño que envolvía el rifle y lo guardó en el macuto. Extrajo un cartucho del cinturón; lo mordió y cebó la cazoleta de
pólvora. Después, sacó una bala de un bolsillo del cinturón y la introdujo en el cañón. Finalmente, empujó suavemente con la baqueta, evitando hacer ningún ruido y
terminando de cargar el rifle.
Avanzó hacia el hayedo, apartando con cuidado los helechos a su paso y con el arma en alto, alejada del agua que desprendían las plantas. Entonces volvió a oír
aquel ruido, tras la selva de helechos.
Siguió avanzando, cada vez más rápido. Su corazón se aceleró, sus manos apretaban la madera del rifle. De pronto salió a un claro.
Y allí estaba su presa, entre hayas y montones de nieve, en una pequeña hondonada.
Desde su posición, Julián no gozaba de buena visión y dudaba de que pudiera hacer blanco con fiabilidad. Solo disponía de un tiro, en caso de errar el animal huiría
antes de que pudiera cargar de nuevo. Se tumbó y avanzó a rastras entre pequeños neveros y raíces de árboles. El viento venía de frente, bajando de las alturas, y evitaba
que el animal pudiera olerlo.
Alcanzó el tronco de un árbol a escasos cincuenta pasos de su presa. Apuntó. El animal se comportaba de manera extraña; permanecía sobre las cuatro patas, pero
agitaba la cabeza con nerviosismo y su cuerpo parecía temblar con violencia. Julián rozó el gatillo con su dedo índice. De pronto algo le hizo detenerse. Un bulto cayó al
suelo entre las patas del animal. El joven entornó los ojos, y entonces, aquel bulto empezó a moverse. Parpadeó, aturdido, y levantó la cabeza para ver mejor, no podía
creer lo que estaba viendo.
Era una cría. Estaba pariendo.
El animal volvió a estremecerse y otro bulto cayó al suelo. Una segunda cría. Entonces la madre cayó exhausta mientras sus crías se arrimaban a ella en busca de
calor.
Julián levantó el arma conmocionado por la escena. Jamás había visto nacer a un jabalí. Los observó unos instantes más. Las crías parecían haber sobrevivido al
parto y se arremolinaban en torno a su madre. Esbozó una sonrisa. «Otra vez será.»
Volvió sobre sus pasos y se encaminó pendiente abajo.
Si el joven hubiese disparado a aquella hembra, sus crías habrían quedado indefensas, y habrían muerto enseguida. Habría roto el curso de la vida. Desde pequeño,
su padre le había enseñado a aprovechar todo lo que les proporcionaba la tierra. Pero siempre con gran respeto por esta, puesto que su maltrato les negaría el uso de ella

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en el porvenir. Sus vidas y las de los demás pobladores del valle estaban directamente relacionadas con la naturaleza y sus elementos. De ella extraían el trigo que
plantaban en las eras, y las verduras y las legumbres en los huertos. De ella extraían los frutos silvestres en primavera y verano, o las setas y las castañas en otoño.
Aunque había algunas setas que comenzaban su brote en primavera. Ella les proporcionaba animales que cazar y ríos donde pescar. Vivían gracias a ella y tenían que
respetarla.
En años de malas cosechas, los que no tuvieran algún corral, cerdos que sacrificar o los reales suficientes para acudir al mercado en busca de alimentos con que
completar su dieta, podían llegar a pasarlo realmente mal. Por ello había un sentimiento de comunidad en la aldea y cuando una familia sufría estrechez se la ayudaba,
proporcionándole tierras comunales de la aldea para su cultivo.
Julián salió a un claro dejando atrás la oscuridad del bosque. Se deleitó durante unos instantes bajo los rayos solares, dejando que le calentaran el cuerpo y le
secaran la ropa.
El claro se abría como un balcón sobre el ancho valle rodeado de blancas montañas. Pudo distinguir las murallas de Vitoria en el centro, encaramadas a lo alto de
una loma. Desde allí, la villa coronaba el valle, con sus cuatro torres recortadas por las finas mantas de la neblina desgarrada.
Alrededor de ella se extendía el inmenso valle donde Julián había desarrollado toda su vida; conocido como la Llanada, se trataba de un paisaje ondulante que
alternaba terrenos llanos y suaves colinas y moría en las faldas de las montañas nevadas. Desde el lugar donde se encontraba, en las pendientes de las montañas del sur,
Julián podía apreciar el mosaico infinito de colores verdes y pardos que formaba el tapiz que cubría la Llanada; eran cientos de campos de cultivo, ríos, espesos bosques
y las pequeñas aldeas de los campesinos y los pobladores del lugar, que asomaban con timidez entre las finas columnas de humo de las casas y los campanarios de las
iglesias.
Una de esas congregaciones de casitas era su aldea. Se asentaba un poco más al este, en las faldas de las mismas montañas donde se encontraba. Observó el sol y
dispuso las dos manos abiertas entre la posición del astro y el horizonte. Cabían dos manos y media, unos diez dedos porque el pulgar no contaba. Si había amanecido a
las ocho serían las diez y media, una hora por cada cuatro dedos. No quedaba mucho para mediodía. Debía darse prisa. Sus dos amigos lo esperaban un poco más abajo
y debían llegar a misa para las doce.
Aceleró el paso pendiente abajo, dejando el pequeño balcón natural atrás. Cuanto más bajaba, el bosque era menos espeso, ya no había nieve y hacía menos frío.
Poco después halló otro claro. Y allí los vio, esperándolo.
Lur permanecía con el hocico en la tierra, pastando en los hierbajos del claro. Era un maravilloso caballo de pelaje castaño. Lo había acompañado desde pequeño,
estando presente en los momentos más importantes de su vida. Juntos habían compartido infinidad de aventuras, protagonizado excursiones por la Llanada y los reinos
de alrededor, descubriendo lugares inhóspitos y vírgenes, rincones escondidos que nadie conocía. Juntos habían compartido cientos de noches estrelladas en las que solo
existían ellos dos y los sueños del más allá. Era un hecho poco común disponer de caballos entre los agricultores, a no ser que fueran de origen salvaje. Además, podía
resultar costoso mantenerlos. Pero Lur, junto con su hermano Haize, que era el ejemplar que montaba su padre, habían sido dos regalos de su abuelo hacía ya ocho años.
Y pese a la comida y el cuidado que requerían en el establo de casa, habían llegado a ser muy útiles en los campos, comiéndose las malas hierbas y abonando la tierra con
sus excrementos. Además, en alguna ocasión los habían ayudado como animales de carga, cuando la tierra estaba muy dura y era difícil ararla a mano.
Lur levantó la cabeza al olerlo y movió la cola. Se alegraba de verlo y Julián sonrió.
—Hola, viejo amigo —le susurró al oído mientras le acariciaba el lomo y la crin. El caballo lo miró con sus enormes ojos negros y el joven sintió cómo sus
músculos se relajaban bajo su contacto. Amplió su sonrisa—. ¿Y dónde se esconde nuestra pequeña acompañante? —añadió, mirando alrededor.
—No soy pequeña…
Una niña de unos siete años apareció de los árboles que rodeaban el claro cargada con una cesta más grande que ella. Avanzaba con dificultad, sus bracitos no le
daban para abrazar la carga y parecía que su contenido se fuera a caer en cualquier momento.
—Si fuera una niña pequeña no la habría cargado de perretxikos.
Dejó caer la cesta al suelo y se sentó en una piedra con los brazos cruzados. Julián rio alegre ante la presencia de la niña.
—¿Has tenido algún problema para encontrarlos? —le preguntó.
—¡Qué va! —exclamó Miriam, orgullosa—. Perretxikos de primavera: en febrero solo nacen en claros bajo el sol, tienen un sombrero blanco y se encuentran en
grupos.
Julián aplaudió con efusividad.
—¡Veo que te has aprendido bien la lección!
Ella le restó importancia con un ademán de la mano muy exagerado.
—Ya te lo decía. No soy tan pequeña como tú te piensas. —Se había vuelto a levantar porque unas ramitas le habían llamado la atención—. ¡Mira! —exclamó
mientras las alzaba emocionada—. Secas y pequeñas. ¡Perfectas para hacer un fuego!
Julián rio con agrado y observó a su pequeña amiga. Miriam era una niña incansable. Tenía la tez pálida y un revoltoso pelo enmarañado, y sus intensos ojos
azules se movían curiosos, deseosos de captarlo todo. Estaba hecha un palillo y parecía tremendamente frágil, pero ello no impedía que se moviera con brío.
Julián recogió la cesta y la ató a los arreos de Lur.
—Vamos, Miriam, nos esperan en la aldea.
La niña asintió y dejó su juego a regañadientes. Julián estaba impaciente. Quería llegar a la aldea cuanto antes porque sabía que su padre ya estaría de vuelta.
Bajaron por un estrecho sendero hasta el Camino Real.
El Camino Real era el principal y más transitado de aquella zona. Unía las principales ciudades del país y cruzaba el valle de lado a lado, entrando por el suroeste,
pasando por Vitoria y saliendo por el este. Alrededor de él, asomaban cientos de caminos y senderos más estrechos y embarrados que se perdían en el laberinto de
campos y bosques de la Llanada. Algunos conducían a las aldeas, otros a ermitas perdidas por el valle, muchos comunicaban los campos de labranza entre sí, y también
había los que conducían a las montañas y a las tierras pastoriles como el que habían empleado ellos. Julián llevaba años recorriendo esos senderos, y siempre acababa
descubriendo nuevas rutas y nuevos lugares.
Miriam montaba a Lur, porque, aunque no quisiera admitirlo, estaba cansada.
—Madre y padre estarán muy contentos de que sepa montar a Lur —comentó ella, relajada.
Era hija única. Sus padres vivían en la casa más humilde de la aldea y, desde que Julián tenía memoria, ambas familias, la suya y la de Miriam, habían sido
inseparables. Por ello, muchas veces Miriam hacía compañía a Julián mientras trabajaba o subía a los montes en busca de frutos.
—Mi madre dice que eres un cielo. Dice que te estará agradecida toda la vida por enseñarme tantas cosas.
—Pues dile que eres mi amiga y a los amigos hay que cuidarlos.
Teresa, la madre de Miriam, e Isabel, la de Julián, habían compartido una estrecha amistad desde su infancia. Ambas habían vivido toda la vida en la aldea,
compartiendo juegos, secretos de niños y no tan de niños, experiencias alegres y también experiencias tristes. Siempre se habían tenido la una a la otra para apoyarse
mutuamente hasta que una extraña enfermedad se llevó a la madre de Julián cuando este contaba cuatro años.
Tras aquello, y tras la muerte poco después del hermano mayor de Julián, Miguel, Teresa y su marido, Pascual, se habían volcado en ayudarlo a él y a su padre. A
menudo, ella se había prestado para limpiar su casa y lavar sus ropas en el lavadero; por otro lado, Pascual había sido el inseparable compañero de Franz durante las
largas y duras jornadas de trabajo en el campo.
A pesar de ello, el mayor apoyo que había tenido Julián durante todos aquellos años era el de su padre. Y sabía que el sentimiento era mutuo. Ellos habían
convivido bajo el mismo techo, aquel que albergaba aún el olor de sus seres queridos, compartiendo aquellas largas noches de invierno en silencio, con las miradas
perdidas en el fuego de la chimenea y en los felices recuerdos de años atrás. En aquellos momentos junto al calor de la hoguera apenas hablaban. No lo necesitaban.
Tenían el firme sentimiento de que aquella carga la compartían entre los dos, y el joven sabía que cuando una carga así la compartes con un ser querido, su peso no se
reduce hasta la mitad, se reduce mucho más.
Lo había percibido con los años, cuando empezó a ser consciente del orgullo que delataban los ojos de su padre cuando lo miraba, del empeño con que le enseñaba
los secretos del campo y del monte, de la ilusión con que le levantaba cada día, cuando todavía era de noche, para desayunar juntos e iniciar el nuevo día con las estrellas
aún centelleando en la oscuridad.
—Tienes que buscar tus sueños, hijo, y no dejes que nadie se interponga en tu camino hacia ellos —solía decirle casi de madrugada, mientras pasaban el arado por

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los duros surcos de tierra—. Yo encontré mi sueño aquí, en estas tierras, en nuestra casita, en la vida junto a tu madre y junto a vosotros.
Cuando le decía eso, no podía disimular la melancolía que le embargaba la voz.
Julián era muy pequeño cuando sucedió, aún albergaba un corazón de niño, y cuando se es

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