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La noche de los alfileres – Santiago Roncagliolo

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Bueno, era una pregunta. Y no me parece tan rara.
A fin de cuentas, en cuarto de secundaria aún nos quedaba mucho por descubrir. En la Lima de 1992 sabíamos poco de la vida. Y la vida sabía poco de nosotros.
Éramos inimputables, si se me permite la expresión legal. Eso quiere decir inconscientes, irresponsables ante la ley, y por lo tanto no castigables. Quiero que conste
esta precisión: inimputables.
En el colegio para varones de La Inmaculada, pastoreados por los sacerdotes jesuitas, nos apiñábamos unos dos mil aspirantes a sementales, como en una gigantesca
olla a presión llena de hormonas. Disponíamos de un territorio inmenso, con cancha de fútbol y pista olímpica, cuyo perímetro incluía la mitad del cerro de Monterrico.
Pero más allá del muro que limitaba ese universo, no conocíamos casi nada. Era peligroso alejarse demasiado del barrio. Podía sorprenderte un apagón. O una redada. O
una bomba. Las actividades seguras eran los deportes en el colegio y la televisión en la casa. La mayoría de nosotros ni siquiera éramos capaces de localizar la avenida
Javier Prado en un plano. Internet no existía. Nuestro único tema recurrente era lo que nos colgaba entre las piernas.

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Incluso cuando no hablábamos de eso, todo se convertía en eso. Cualquier frase inocente podía cargarse de connotaciones inesperadas. Si decías «pásame el tenedor»,
aparecía detrás de ti algún gracioso que gritaba:
—¡Ha dicho «méteme el surtidor»!
Y se desataba la chacota general.
Para evitar atraer hacia uno mismo a la jauría de cachorros hambrientos, hacía falta ser muy cuidadoso con los nombres de cualquier cosa larga y puntiaguda. Yo
evitaba palabras como «lápiz», «cuchillo» o «zanahoria», que podían volverse fácilmente contra mí, y procuraba emplearlas contra los demás, como un arma arrojadiza.
La popularidad de cada estudiante se medía por la cantidad de chistes de doble sentido que era capaz de contar. Aunque la mayoría de esos chistes, en realidad, sólo
tenían un sentido:
—Jaimito se tiene que quedar a dormir con la profesora. A mitad de la noche le dice: «Profesora, no puedo dormir. ¿Puedo poner mi dedo en su ombliguito?». Ella
dice que sí, pero luego grita: «¡Jaimito, eso no es mi ombliguito!». Y él responde: «Tampoco es mi dedito».
Ja ja. Humor escolar.
Soñábamos sexo. Respirábamos sexo. Desayunábamos sexo. Pero en contraste con todo el espacio que el tema ocupaba en nuestra cabeza, ahí afuera, en la vida real,
carecíamos de experiencias concretas.
Todos mis compañeros juraban que lo habían hecho ya. Pero cada vez que alguno repetía su experiencia —y la repetían sin parar—, los detalles cambiaban. La
morena se convertía en rubia. La prostituta en novia. El dormitorio en carro. Y si alguno lo había hecho en realidad, resultaba difícil creerle en aquella proliferación de
mentiras. Los chicos a veces inventaban vidas sexuales sólo porque carecían de tema de conversación.
Las mujeres en sí, salvo para aquellos que tenían hermanas, formaban una especie ajena, indescifrable, a la que sólo nos asomábamos a través de películas y revistas.
(Eso sí, circulaba por el colegio una infinidad de ambas, la mayoría provistas por Moco, traficante oficial de porno de la promoción.)
En cierta ocasión, durante unas jornadas espirituales, los curas nos llevaron chicas. No para tocarlas o algo así, claro. Las llevaron para que las viésemos. Y les
hablásemos. Eran cuatro, de un colegio mixto. Se sentaron frente a toda nuestra clase, como pececitos de colores en un acuario, y los monitores nos animaron a hacerles
preguntas. Cada alumno tenía derecho a plantear una duda:
—¿Qué te gusta de un chico?
—¿Has tenido enamorado?
—¿Cómo te enamoró?
Pasamos dos horas ahí, investigando qué era una mujer. Tomando notas. Documentándonos. Y al día siguiente, volvimos a nuestros chistes rojos y a nuestras
palabras tabú.
Las chicas, en nuestro colegio, eran como los Juegos Olímpicos: se les hacía mucha publicidad, pero siempre ocurrían en un país lejano y Perú nunca ganaba. En las
Olimpiadas se llevaban todas las medallas Estados Unidos y la URSS. Entre las chicas de nuestro pequeño mundo también había superpotencias: el colegio San Silvestre
acaparaba las medallas de oro. La plata era para el Villa María, y el bronce para el Santa Úrsula. No muy lejos andaba el Regina Pacis (conocido cariñosamente como
«Vagina Pachas»).
Si llegabas a una fiesta con una chica de esos colegios —o si al menos te inventabas a una enamorada de ahí—, te convertías en el ídolo de nuestro plantel escolar, un
ejemplo a seguir, un ícono social. A partir de ahí, comenzaba una extensa clase media donde se amontonaban el Belén, el Sophianum y algunos otros colegios religiosos
que resultaban aceptables, aunque no admirables. En el peldaño más bajo del escalafón figuraban el De Jesús o el Santa María Eufrasia. Si tenías a una chica de ahí, mejor
la escondías, porque esos colegios quedaban fuera de los márgenes de lo socialmente aceptable. Era preferible una fea del Santa Úrsula que una bonita del Santa María
Eufrasia. A fin de cuentas, no importaba cómo fuera la chica, sino cómo la verían tus amigos.
Sin embargo, para nuestro pequeño grupo —Moco, Beto y yo— nada de eso era un problema. Los chicos como nosotros estábamos fuera del ranking del atractivo
físico. Por lo general, ni siquiera nos hacía falta inventar coitos inexistentes, porque nadie esperaba gran cosa de nosotros. Si las mujeres eran como los Juegos
Olímpicos, nosotros competíamos en los Paralímpicos.
Será por eso que recuerdo la clase sobre el aparato reproductor. Como si hubiese sido ayer. Sobre el pizarrón reinaban los enormes dibujos de un pene y una vagina,
uno junto a otra. Incluso había diagramas y dibujos explicativos: un mapa completo de toda la cosa, la del hombre y la de la mujer, por dentro y por fuera. Era mucho
mejor que las fórmulas de álgebra o los mapas de las fronteras del Perú. Era algo nunca visto en el aula, como un desvirgamiento del pizarrón.
Y ahí, frente al dibujo del pene, como una emperatriz ante su escudo de armas, la señorita Pringlin.
La señorita Pringlin tenía una capacidad increíble para lograr que el sexo sonase aburrido. Más que una capacidad: una misión. Estaba decidida a quitarnos las ganas de
practicarlo, o siquiera imaginarlo. Convertía cualquier tema de clase en una advertencia sobre los riesgos de divertirse, o de vivir.
Esta vez trataba de convencernos de que acostarse con una chica era tan placentero como rendir un examen de Biología. Decía, con el mismo tono de voz para todas
las palabras:
—El fluido que transporta los espermatozoides hasta el final de su viaje recibe el nombre de semen o esperma y se produce en los testículos, es decir, en la parte
inferior posterior del aparato reproductor masculino…
Por feo que lo pintase, la profesora sabía que algunos entre nosotros seguiríamos con ganas de hacer todo eso. Para evitarlo, nos amenazaba con toda clase de
enfermedades, chancros y ronchas:
—Además de las semillas de la vida —decía—, estos fluidos pueden transportar también a los mensajeros de la muerte: en efecto, las llamadas enfermedades venéreas
pueden transmitirse por esta vía durante la actividad sexual. La sífilis, caracterizada por un grano en la cabeza del pene —y aquí la señorita Pringlin mostró una foto
para dejarlo claro—, en algún momento de la historia de la humanidad fue tratada con profundas sangrías para las cuales se utilizaban sanguijuelas que succionaban la
sangre infectada…
Ése era el estilo Pringlin: ¿por qué hacerlo agradable cuando podía mostrarnos pústulas?
La clase daba pie a todo tipo de bromas —bromas adolescentes, estúpidas, como las de Jaimito—, y todos estábamos haciendo chistes en voz baja, y de esos chistes
surgió la pregunta.
Sí. Ahora me acuerdo: fue por un grano de Beto.
La señorita Pringlin nos enseñaba la foto del miembro con el enorme furúnculo, y Beto tenía uno parecido en la boca, cerca de una de las comisuras de los labios.
Siempre entre murmullos, Moco dijo:
—A Beto le ha dado sífilis en el labio. ¿A quién se la has estado chupando?
Beto odiaba que le señalasen los granos, espinillas e imperfecciones físicas, y respondió:
—A tu madre. Y a ella se lo pasaron en el trabajo.
En realidad, Moco tenía mucho más acné que Beto. La cara de Moco era un campo minado, un magma en erupción. Así que yo le dije:
—Si es así, tú debes haber tenido una orgía.
No soy capaz de recordar si ésas fueron nuestras palabras exactas. En todo caso, tal era nuestro nivel habitual de diálogo. Y nos parecía genial. Hablábamos todo el
día de lo que no teníamos. Nos reímos un poco más, intercambiamos algunas bromas entre los tres, y entonces a alguno de los tres se le ocurrió:
—¿Y si te la chupan? ¿Te pueden contagiar sífilis si te chupan la pinga?
La Pringlin seguía hablando de sanguijuelas, o de hongos —no de sida; incluso entonces, para nosotros, el sida era algo que sólo les ocurría a cantantes y estrellas de
cine—. Y nosotros, por primera vez, sentíamos legítima curiosidad científica, teníamos una duda clínica. Pero no íbamos a pronunciar en voz alta una pregunta que
incluyese las palabras «chupar la pinga». Las clases no se hacían para que preguntásemos lo que nos saliese del forro. Era mucho más seguro —y más divertido—
especular entre nosotros.
De modo que continuamos con nuestros cuchicheos y nuestras risitas. La respuesta a la pregunta era lo de menos. Lo gracioso era formularla. Una y otra vez. ¿Cómo
sonaría con la boca hinchada por el grano? ¿Y con el labio hinchado? ¿Cómo se la preguntas a la enfermera cuando la lengua no te cabe en la boca?
—¿Mñsitlpchupn? ¿Tchpdncontngiarsflstlpchupn?
Fue divertido. Hasta que, claro, la señorita Pringlin nos descubrió:
—¿Algún comentario de interés general relativo a la reproducción o a la transmisión de enfermedades venéreas, jóvenes? —atacó con su voz de buitre, la que usaba
justo antes de morder—. Los veo muy entusiasmados con el tema.
No recuerdo si la señorita Pringlin era alta o baja. Francamente, no debe haber sido especialmente grande. Y sin embargo, encaramada en la tarima y vista desde el
subsuelo de nuestros quince años, parecía gigante. Supongo que también ayudaba la atmósfera. Cuando la señorita Pringlin se dirigía a ti con tono sarcástico en la clase, a
su alrededor se hacía el silencio, y las miradas de tus cuarenta compañeros, que eran las miradas del mundo, se concentraban en tu rostro enrojecido. A ella le brotaban
alas de murciélago, botas de dominatrix y un látigo mientras nosotros rogábamos que nos tragase la tierra.
Y la tierra nos abandonaba a nuestra suerte.
—Yo… —dijo Moco.
—Eeeehh… —dijo Beto.
—Este… —añadí yo, paralizado como ellos por el pánico.
—¿Están haciendo chistes sobre infecciones venéreas? —preguntó ella con voz gutural, ya con la bota sobre nuestro cuello—. Cuéntenlos más alto. Así nos reímos
todos.
Así nos reímos todos. Ella nunca te asestaba la puñalada directamente. Prefería arrojar tu cuerpo a las pirañas de tus compañeros. Te liabas en tu propia red y te
ahogabas, como un atún gigante, incapaz de moverte más, mientras ellos te devoraban. Estábamos resignados a soportar esa muerte lenta y cruel, convencidos de no
tener salvación, cuando ocurrió lo último que esperábamos: una piraña se pasó a nuestro bando.
Hasta ese día, Manu no hablaba mucho. Él era nuevo en el colegio, y no se relacionaba mucho con los demás. Era de nuestro grupo, porque nuestro grupo era
justamente el de los que no se relacionaban con los demás.
En un principio, los chicos más fuertes de la clase habían tratado de humillarlo un poco, lo normal, pero al primer intento —del capitán del equipo de fútbol, nada
menos— Manu había contestado con una paliza. Dos puñetazos en la cara, sin miedo. Una patada en el estómago. Ni siquiera nos dio tiempo de gritar «¡bronca,
bronca!». El futbolista acabó con un ojo morado y la nariz bañada en sangre. Desde entonces, nadie había intentado molestar a Manu… ni hablarle.
Y sin embargo, aquella vez en la clase sobre el aparato reproductor, cuando Moco, Beto y yo nos dábamos por perdidos, sin saber qué responder, Manu se puso de
pie. Lo hizo casi en cámara lenta. Al principio pensé que quería ir al baño. Luego creí que iba a acusarnos. Incluso cuando habló, tardé en asimilar de verdad lo que dijo:
—Ha sido culpa mía —admitió.
No sólo nos sorprendió a nosotros. Un murmullo de asombro se extendió por el aula. La confesión era algo nunca visto en nuestra experiencia escolar. Un par de
semanas antes, cuando a Cuadrado Gómez le robaron el reloj, nos habían castigado a los cuarenta, tres horas después de clase, de pie en el patio, y nadie delató a nadie.
Confesar, menos.
Y confesar un delito no cometido estaba fuera de este mundo.
La señorita Pringlin enarcó una ceja y desvió la mirada, desconfiada ante el sacrificio pero hambrienta por una víctima nueva, una que se arrojaba contra su guarida
alegremente y por voluntad propia.
—Entonces usted podrá contarme el chiste —lo recibió, venenosa.
—Yo… —en ese momento, Manu vaciló. O eso creí yo. Ahora sé que lo estaba gozando. Estaba creando expectativa, para que todos escuchasen lo que iba a decir—.
Yo tenía una pregunta. Les hice la pregunta a mis compañeros. Por eso se rieron.
Pringlin paladeó el sabor de la sangre fresca. Esto iba a ser más fácil de lo que esperaba:
—Las preguntas, señor Battaglia, se hacen en voz alta. Estoy segura de que toda la clase se alegrará de compartir los conocimientos y satisfacer su curiosidad.
Manu asintió y comenzó:
—Yo quería saber…
El pobre Manu era nuevo, no sabía a qué se exponía. Nuestra obligación era impedirle el paso al campo minado.
—No lo hagas… —susurró Beto, pero Manu ni siquiera volteó.
—Al menos usa el término técnico —murmuré yo—. «Felación», di «felación».
—No jodas —dijo Moco, sobre todo para sí mismo—. Va a hacerlo de verdad.
Iba a hacerlo. Manu cargó baterías y, sin más preámbulo, hizo la pregunta. Con todas sus palabras.
Manu
¡Puta, claro pues, cuñado!
Claro que fui yo el que hizo la pregunta, el que la pensó y la dijo en voz alta. Esos subnormales no eran capaces de inventar nada por sí mismos.
Además, yo tenía un plan.
Yo quería que me expulsasen.
Pronuncié la pregunta enterita, huevón, con énfasis en «pinga», como para conseguir una buena rabieta de la vieja. Quería ver furia. Tarjeta roja directa. Suspensión
para siempre. Quería un certificado que dijese: para dolor de sus fans, Manu Battaglia no terminará la temporada.
Sólo que, justo mientras hablaba, el cojudo de Carlos estornudó.
Lo hizo a propósito, para distraer, para que no se me escuchase. Fue el estornudo más fuerte de la historia. Y luego sonó el timbre.
Ese día no me expulsaron.
Lástima. Al final, todo habría salido mejor si me hubieran botado. No habríamos hecho… Bueno, no habría pasado… lo que pasó después.
Moco
Je je. Manu tenía las bolas bien puestas. Eso sí debo reconocerlo. Atornilladas al cuerpo. Y recubiertas de teflón, o quizá de ese material indestructible con el que
construyeron a Terminator.
Guau. Las bolas de Terminator.
O las de Godzilla.
O las de Hulk.
Tiene que haber una lista en Facebook con los diez pares de testículos más resistentes del cine de monstruos. Y si Manu hubiese hecho una película de invasiones
extraterrestres, seguro que estaría en la lista. Hacen falta unas pelotas de acero para provocar que te larguen del colegio sin dudar.
Lo único que yo no entendía era: ¿por qué quería que lo expulsaran?
Nadie quiere eso. ¿No?
Beto
Manu me impresionó. Cómo hizo eso. Levantarse y decir lo que nadie se atrevía a decir. Sólo porque tenía el valor de hacerlo. Tenía agallas. Eso me gustó.
Cuando un chico hace tantos esfuerzos por demostrar que es duro, sólo puede significar una cosa: que es muy frágil. Todos lo éramos. Como jarrones en una mesa
tembleque, a punto de caer y rompernos. Y yo era el más débil. Yo era un jarrón de porcelana.
Ojalá yo hubiese sido tan valiente. Por entonces yo era mudo. Trataba de no hablar con nadie.
Porque hablo así. Porque soy sensible. Nada más.
Yo era el afeminado, el chivo, el cabro, el mariposón, el cacanero, el putito, el gay. Todas las promociones tenían uno. Uno que hacía «rosquetadas» como leer. Uno
que hablaba más suave que los demás, sin decir «huevón» cada tres palabras. Un buen blanco para burlas.
Estaba bien visto ser ladrón, asesino o delincuente. Pero maricón, de ninguna manera.
Yo ya estaba acostumbrado. En clase de Educación Física, un grupo de pesados me iba detrás remedando mi forma de correr. O se burlaban de cómo saltaba para
jugar al voleibol. A veces, al ir al baño, encontraba mi nombre con algún dibujo de penes encima. Si tenía que subir a hablar en público, mis compañeros se ponían a
silbar y chiflar, como si fuese un striptease. Una vez me dejaron todo el pupitre lleno de dibujitos porno hechos con lápiz de labios. Eso les parecía a todos muy
divertido.
Pero yo sabía que no debía resistirme. Resistirme significaba pelear. Y eso era peor. En abril había tratado de enfrentarme a Ricky Baca, un matón de la sección E.
Ricky se había puesto a molestar («Betito, ¿y si me haces una chupadita? Ven, dale un besito al tío») y yo había querido responderle con un golpe sorpresa.
Ni siquiera le di. De hecho, casi me caigo solo, por el esfuerzo.
Como respuesta, Ricky sacó su camiseta de deportes y se puso a darme latigazos en la cara. Estuvo a punto de volarme un ojo. Cuando yo trataba de devolver los
golpes, ni siquiera atinaba a encontrarlo. Pero cada vez que daba vuelta, ahí estaban él y su maldita camiseta, sacudiéndome. Y ahí estaban todos alrededor, gritando
«¡bron-ca!, ¡bron-ca!». Azuzándonos. Como a dos orangutanes en una jaula.
Desde ese día, al sonar el timbre, yo siempre me iba directamente a la biblioteca. En ocasiones me pasaba todo el recreo solo, o conversando con la bibliotecaria. Otras
veces se me sumaban un par más de exiliados de la masculinidad con sus loncheras. Formábamos un té de tías patético, aunque al menos estábamos a salvo de los
salvajes de nuestros compañeros, que en su mayoría nunca habían pisado una biblioteca.
Pero ese día, tras la clase sobre el aparato reproductor, no pude marcharme como era mi costumbre. No pude apartarme de Manu.
Tampoco Moco y Carlos se resistieron a su hechizo. Los tres nos quedamos con él. Había que agradecerle. Nos había salvado. Con esa pregunta de la sífilis, se había
puesto de carnada. Se había ofrecido en sacrificio justo cuando la

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