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La ópera secreta – Javier Urzay

 La ópera secreta - Javier Urzay


La ópera secreta – Javier Urzay

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E
Capítulo
1
La carta
Viena, noviembre de 2006
ra el trayecto habitual, que cubría cansinamente en tranvía bajo la cantilena de una voz
mecánica e impersonal que, impertérrita y falsamente servicial, anunciaba el nombre de cada
parada y las opciones de transbordo disponibles. El mensaje que oía ocho veces por trayecto, dos
trayectos por día, doscientos días al año… más de cincuenta mil veces desde que trabajaba en la
Central de la Österreichischer Bundestheaterverband, la Unión de Teatros Federales de Austria,
habitaba mi cerebro hasta atravesar el vestíbulo de entrada de la oficina, pasando a ser sustituido por
el confuso sobreponerse de las voces de las chicas que atendían el call center. Allí las teleoperadoras
respondían a todo tipo de preguntas y confirmaban las reservas de los cientos de personas y agencias
que llamaban cada día para conseguir sus entradas de la ópera o pedir información sobre las
exposiciones culturales de aquel Annus horribilis de 2006, el 250 aniversario del nacimiento de
Wolfgang Amadeus Mozart.
El primer año horrible fue 1.991, el segundo centenario esa vez de su muerte, que se convirtió en
una verbena insoportable de conciertos, conferencias, congresos y todo tipo de actividades culturales.
La locura mozartiana llevaba a los especialistas a discutir cosas tan absurdamente trascendentales
como si el poema de Wolfgang a la muerte de su estornino era una elegía que reflejaba su amor por
los animales, o si en realidad era el adiós que siempre quiso dar a su padre fallecido, u otras materias
mucho más sesudas, como la interpretación en clave freudiana de sus conciertos para piano. Nunca
imaginé que aceptar aquel puesto en la ÖBTV pudiera depararme un destino tan cruel. Mi único
consuelo era que, como entre el nacimiento y la muerte de Mozart no se había celebrado ninguna
efeméride que justificara un año Mozart intermedio, para cuando fuera el 250 aniversario de su
muerte yo ya estaría tañendo el arpa con los querubines.
Por eso el comienzo de 2006 reabría una herida que nunca terminó de sanar, probablemente
porque nunca tuve la voluntad de curarla: Mozart fue mi pasión de juventud y mi amor compartido
con Birgit, el motivo de mi fracaso profesional y, mal que me pesara, también el centro de mi vida
actual.

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Aquella mañana se presentaba tan gris y plana como cualquier otra, condenado a seguir
involuntariamente atado a Mozart por el trabajo, pero ya de una manera tan automatizada que mis
ojos pasaban sin ver sobre el nombre del compositor impreso en folletos, programas y entradas. Tras
doblar la gorra, meterla en el bolsillo del abrigo y colgar éste en el perchero, me acerqué al office a
por mi primera taza de café. Fue entonces cuando vi un extraño sobre en la bandeja de entrada del
correo.
Como técnica publicitaria me pareció buena. Recibíamos tanto material impreso y en tan grandes
cantidades que cada vez era más difícil captar la atención de la gente y evitar que los folletos
acabaran en la papelera incluso antes de haber sido hojeados. Aquel sobre, sin embargo, no era de
brillante papel satinado ni de vistosos colores; daba la impresión de haber viajado mucho; estaba
amarillento y envejecido, maltratado por el tiempo o la distancia, y el cierre de lacre había saltado.
En la cara visible, sólo el nombre y cargo del destinatario en una caligrafía rizada y algo torcida: A
Su Excelencia el Conde Orsini-Rosenberg, Gran Chambelán y Director del Teatro de la Corte Imperial
de Viena.
Sonaba a broma. Alguien había tenido la graciosa idea de coger mi nombre y emparentarme nada
menos que con Franz-Xaver-Wolf von Orsini-Rosenberg, embajador de Austria en la corte toscana
hacia 1770 y más tarde príncipe del Imperio y personaje clave de la corte vienesa durante el reinado
de José II, encargado de la programación de las representaciones operísticas en el Teatro Imperial.
Centré mi atención en el contenido del sobre, una cuartilla tan estropeada como su envoltorio y
con una letra de aspecto infantil; el idioma, un curioso italiano con algunas incorrecciones
pintorescas:
Excelencia,
Como bien sabe vuestra Excelencia, llevo ya varios años instalado en Viena y he tenido la fortuna
de contar con el favor del público, que me ha honrado con su presencia en numerosas ocasiones.
Para mi serie de conciertos del año pasado conseguí una amplia lista de suscriptores, entre ellos
las familias más nobles de la ciudad: príncipe de Auersperg, conde y obispo de Herberstein,
príncipe Pal, príncipe Lobkowitz, condes de Stabremberg, príncipe Von Liechtenstein, conde Fries,
familia Thun, príncipe Galitzine, conde Erdödy, conde Czernin, conde Waldstein, príncipe Von
Schwarzenberg, conde Zizendorf, príncipe Von Mecklembowrg, condesa Hatzfeld, princesa
Lichnowsky, la casa Esterhazy… Os ruego que perdonéis mi atrevimiento al mencionaros a estas
nobles personas, pero mi intención no es otra que testimoniaros la aceptación de mis
composiciones.
Mi más ferviente anhelo, sin embargo, ha sido siempre el de componer óperas, que considero la
más sublime creación humana. Es entonces cuando la música, en íntima unión con la historia que
le da vida, alcanza las cotas más altas de belleza y elevación espiritual. Conozco vuestro bien
ponderado aprecio por el gusto italiano que yo comparto enteramente. Me atrevo a sugeriros,
empero, que quizá ha llegado el momento de dar una nueva, oportunidad al teatro nacional. Hace
ya tres años que tuve el honor de ver representada El rapto del serrallo y tengo grandes ideas para
una nueva obra que sería del agrado de nuestro amado Emperador. Si vuestra Excelencia pudiera
trasladarle este deseo mío o al menos la posibilidad de poder presentárselo personalmente…
Quizá entonces el teatro nacional, cuyos gérmenes son tan hermosos, llegaría a su florecimiento; y
sería una verdadera tarea para Alemania, si nosotros, alemanes, nos pusiéramos seriamente a
pensar en alemán, actuar en alemán, a hablar en alemán, ¡e incluso a cantar en alemán!
No me guardéis rencor, Excelencia, si en mi ardor he llegado quizá demasiado lejos. Os ruego
lo consideréis sólo como una expresión de mi anhelo y mi deseo de complaceros, poniendo todo mi
empeño en vuestro mejor servicio y el de Su Majestad. Vuestro más humilde servidor
Wolfgang A. Mozart
Viena, 14 de diciembre de 1785
El papel en mis manos se movía ajeno a mi voluntad. Me costaba seguir las líneas al releer el
texto. Si aquello realmente era lo que parecía, me encontraba con una carta autógrafa del propio
Mozart, algo que siempre suponía una pequeña revolución en los estudios mozartianos.
Miré a mi alrededor; ninguno de mis compañeros parecía haberse dado cuenta de mi turbación.
Andrea estaba discutiendo vivamente con una de las nuevas telefonistas del call center que no
terminaba de aclararse con el sistema automático de reservas del ordenador. ¡Sólo nos faltaba otro
problema con las entradas como el del grupo de japoneses del mes pasado, que casi ocasiona un
conflicto diplomático! Llevaba ya años insistiendo a mis superiores para que contrataran a alguien
que dominara ese endiablado idioma, pues eran la tercera parte de nuestros clientes y, aunque
parecían siempre muy formales y respetuosos, cualquier dificultad con ellos era inevitablemente
calificada de incompetencia y terminaba proporcionándonos un serio quebradero de cabeza. Peter,
por su parte, estaba enfrascado en la lectura de un periódico deportivo que, como él decía, le ayudaba
a compensar el peso de tantísima cultura y así mantener un cierto equilibrio espiritual.
Aparentando calma, metí la carta en mi porta-documentos, que guardé en uno de los cajones de
mi mesa. Normalmente encendía el ordenador a primera hora con cierta prevención, porque la
diferencia horaria con Oriente hacía que nada más conectarme aparecieran en la pantalla no menos
de treinta mensajes de mis amigos nipones. En aquella ocasión, sin embargo, esa tarea me vendría
bien para estar entretenido y alejar de mis pensamientos el porta-documentos durante la mayor parte
de tiempo posible.
* * *
Pasé una de esas noches de pensamientos sobreexcitados que me impedían conciliar el sueño, dando
vueltas en la cama y girando la almohada cada vez que el sudor empapaba una de las caras. No
acierto a recordar más que el desasosiego del insomnio y una imprecisa y rápida sucesión de
imágenes y sensaciones. Lo que sí tenía claro al levantarme es que estaba dispuesto a olvidar mis
frustraciones con Mozart y a investigar aquella carta hasta sus últimas consecuencias. Lo primero que
tenía que hacer era comprobar la autenticidad del documento y esa determinación me tranquilizó.
Tenía un plan.
Me levanté temprano y envié un correo electrónico al trabajo para excusar mi ausencia. Miré el
horario de trenes y me apresuré a la Westbahnhof para coger el primer tren a Salzburgo. Me instalé
en un departamento vacío y pronto nos pusimos en movimiento; rápidamente dejamos atrás las
afueras de la ciudad. El paisaje que se divisaba desde la ventanilla estaba cubierto por una delgada
capa de nieve, la primera de aquel fin de otoño, que comenzaba a derretirse mezclada con barro en el
tibio sol de la mañana.
Al llegar a la estación, me encaminé a la fila de taxis y le di la dirección al primero —
Schwarzstraße 26, por favor—. A pesar de su oscuro nombre[1], la calle estaba enteramente cubierta
de blanco, y la nieve hacía un curioso relieve en las cuatro figuras mitológicas que coronaban la
fachada del palacio neoclásico de la Universidad Mozarteum, uno de los conservatorios más
prestigiosos de Europa, que alberga la sede de la Internationale Stiftung Mozarteum, la Fundación
Internacional dedicada a promover la música del genial compositor y la investigación sobre su vida y
su obra, además de gestionar algunos de los templos de la devoción mozartiana: su casa natal
(Geburthaus), la casa donde nació su madre —y en la que vivió su hermana Nannerl, hoy dedicada a
recordar la historia de la familia Mozart—, la Mozart-Wohnhaus —la vivienda de la familia hasta
1780— y la Zauberflötenhäuschen —la cabaña de madera en donde cuenta la tradición que le encerró
Schikaneder para componer La flauta mágica y que había sido transportada a Salzburgo desde su
emplazamiento original en el jardín del Theatre auf der Wien—. La Fundación también obtenía
pingües ingresos de un sinfín de actividades, incluyendo el alquiler de salones de estos lugares para
celebraciones y la organización de conciertos y todo tipo de eventos relacionados con la vida del
músico.
Pero la razón por la que me había acercado al Mozarteum era una muy concreta: en el primer
piso de la Fundación, cerca de la sala de audición, se encontraba la más amplia biblioteca sobre
Mozart existente en el mundo, con más de 35.000 volúmenes, cartas y partituras autógrafas y todo
tipo de material sobre la música del siglo XVIII, que se complementaba con el Mozart-Archiv, situado
en la Geburthaus. Mi acreditación de la ÖBTV me abrió rápidamente las puertas y pronto estuve
sentado en una inmaculada sala de aire neoclásico de altos techos, recubierta de estanterías repletas de
libros y decorada con medallones de imágenes de compositores y molduras de escayola —también
de ordenadores y pilas de libros y partituras acumuladas sobre las mesas de trabajo—, mientras
esperaba sentado a que la amable bibliotecaria me trajera algunos documentos que había solicitado.
En el otro extremo de la mesa alargada que se encontraba en el centro de la sala de lectura se
distinguía una cabeza rubia sumergida entre dos pilas de libros y documentos. Un tímido rayo de sol
había logrado colarse entre las nubes y proyectaba los cuadros de la ventana sobre aquella cabellera;
por un breve instante antes de desaparecer, arrancó un reflejo cobrizo que avivó en mí un fugaz
recuerdo. La impresión fue efímera, pero lo suficientemente intensa como para hacerme levantar de
la silla y acercarme a ella.
—Buenos días, mi nombre es Paul Rosenberg. Ejem…
La joven dio un respingo. La había sorprendido enfrascada en la lectura.
—Lo lamento, de veras, no era mi intención molestarla.
La joven se quitó las gafas con un gesto elegante, apoyó brevemente un extremo de la patilla en
sus labios y me miró con aire interrogativo.
—¿Ha dicho usted… Rosenberg?
—Sí, Rosenberg, Paul Rosenberg. Le ruego por favor que disculpe mi atrevimiento. No pretendía
asustarla. La he visto tan sumergida en sus investigaciones que me ha picado la curiosidad.
—¿Paul Rosenberg? —Bajó la vista y comenzó a rebuscar entre los papeles de la mesa—. ¿Es
usted el Rosenberg que firmó con Schwarz el artículo del Mozart Jahrbuch sobre los cuartetos
Haydn?
—Me halaga usted, señorita, no puedo creer que alguien recuerde aún aquel modesto ensayo. Han
pasado más de veinticinco años desde que se publicó ese material.
—Pues lo debo de tener aquí mismo encima de la mesa, porque justamente estoy trabajando sobre
ese tema.
—Ah, entonces…
En ese momento se acercó la bibliotecaria con algunos libros.
—Lo siento, señor, la edición autógrafa de la dedicatoria de los cuartetos que se conserva en el
Museo de Viena no es más que una copia de principios del siglo XX. Aquí tenemos la edición
completa de los cuartetos editada por Artaria, pero está en préstamo. Precisamente…
—Precisamente está aquí —dijo la joven—. Es uno de los documentos que estaba consultando.
Me quedé de piedra. ¿Cómo había podido cometer el error de ir a Salzburgo estando en Viena el
documento que quería consultar? Además el documento autógrafo no me servía porque era una mera
copia. ¡Menudo patinazo! Era patente que mis antes vastos conocimientos de los lugares mozartianos
estaban más que oxidados. Necesitaba una puesta al día inmediata si quería seguir adelante con mi
proyecto. Así y todo, no debía desaprovechar el viaje, y allí tenía la publicación de los cuartetos
Haydn que, si bien no me permitía cotejar la caligrafía, sí me serviría para comprobar algunas
peculiaridades de la forma de escribir de Mozart en italiano que ya había detectado en la carta que
guardaba celosamente en la cartera.
—¿Le importa que eche una ojeada? —pregunte—. Sólo quería mirar la dedicatoria.
—Por supuesto, no hay inconveniente. Recordará que la escribió en italiano, el idioma de la
música.
—Claro, ésa es la razón por la que me interesa. Quiero comprobar una cosa.
Era la dedicatoria que Mozart escribió a Joseph Haydn para la primera edición de los seis
cuartetos para cuerda publicada por Artaria & Co en septiembre de 1785[2]. Efectivamente, ahí
estaban algunas de las expresiones y giros propios de un alemán: el uso de las mayúsculas en muchos
sustantivos (Amico, Amicizia, Padre, Mondo, Uomo, Cuore), el innecesario pronombre io en italiano
trasunto del obligado Ich o el dudoso uso de la coma para separar las oraciones subordinadas:
Questo tuo suffragio mi anima sopra tutto, perché Io te li raccommandi, e mi fa sperare, che non ti
sembreranno del tutto indegni del tuo favore.
—¿Oiga? ¿Le ocurre algo?
Su voz me sacó de mi concentración. La miré de frente por primera vez. Era guapa, tendría unos
veinticinco años y lucía unas gafas sin montura que daban a su rostro un aspecto estudioso y aseado,
como de chica lista y ordenada. Pero lo que me enganchó fueron sus ojos, profundos, de un color
pardo verdoso como de bosque otoñal. Me encontré así como en terreno propio, no sé, como en
confianza, como si la conociera de siempre.
—¿Oiga? ¿Se encuentra bien? —Cruzó sus dedos a apenas diez centímetros de mi rostro como
hace el cuidador con el boxeador medio grogui.
—Sí, cómo no, perdóneme, estaba… En fin, creo que sí, que voy por el buen camino.
—¿Puedo ayudarle? La verdad es que ahora quien me ha picado la curiosidad es usted. Me choca
que le interese tanto la dedicatoria. Es un texto bien conocido de Mozart que seguramente encontrará
en cualquier biografía.
—Es cierto, pero quería consultar la versión original. Es por el italiano. Quería comprobar algo.
No sabía quién era ella, ni a qué se dedicaba. No parecía muy sensato entrar en mayores
confianzas. El mundo de la investigación mozartiana era duro —bien lo había sufrido yo de joven—
y cualquier nueva pieza original que arrojara luz sobre algún aspecto de la vida del compositor era
un extraordinario trofeo que podía dar la fama a su descubridor. Probablemente mi carta no era tan
especial, pues no era muy distinta a otras de aquella misma época que habían sido publicadas hace
mucho tiempo. Si acaso, podía sorprender que Mozart escribiera al conde Orsini-Rosenberg, que era
un conocido detractor de su música, aunque Mozart era a veces tan ingenuo que quizá no fuera
realmente consciente de la oposición que generaba en alguna gente.
Alcé la vista y aquello fue mi perdición. Los ojos que antes habían llamado mi atención se habían
estrechado hasta formar una fina ranura en el fondo de la cual las pupilas chispeantes de la joven me
escrutaban como valorando… ¿el qué? ¿Quizá sí valía la pena lanzar sus redes?
Volvió entonces la sensación de dejà vu, de una familiaridad con aquella muchacha basada
exclusivamente en percepciones, sin dato alguno que justificara de manera racional la confianza en
ella. Pero aun así, después de todo —pensé—, la carta no era tan especial y algo me impulsaba a
compartir con ella aquel hallazgo. En el fondo, quizá no me vendría mal contrastar con alguien mis
primeros pasos en la investigación.
—Bien, es una historia un poco curiosa y algo difícil de creer. Lo mejor es que usted vea
directamente lo que encontré ayer en la bandeja de entrada del correo.
Abrí la cartera y saqué el sobre.
Un brillo de excitación iluminó sus ojos al leer el nombre del destinatario y escrutar ávida el
contenido del sobre. Sostuvo con delicadeza el folio entre sus dedos y comenzó a descifrar la sinuosa
caligrafía.
—¡Dios mío, es una carta de Mozart a Rosenberg! ¡Y parece buena! —Siguió observando
atentamente el papel—. No soy una experta, pero diría que el papel y la tinta tienen el aspecto y la
textura adecuados y la letra me resulta muy familiar. Hay algunos rasgos… Por ejemplo, fíjese en
esas oes. Todavía hay discusiones sobre ello, pero hay muchos que defienden que Mozart era zurdo,
aunque en aquella época ser zurdo era casi pecado y obligaban a todos desde niños a trabajar con la
derecha. Además, Mozart se ejercitó tanto con el piano que, aunque hubiera nacido zurdo,
seguramente manejaba la derecha con igual agilidad. Para escribir música difícilmente lo haría con la
izquierda, pues ensuciaría mucho la partitura y con Mozart no ocurre así. Pero otra cosa es la
escritura normal. Una buena forma de identificar con qué mano está escrito un texto es fijándonos en
las oes: normalmente, los diestros comienzan a trazar la letra «o» por la izquierda desde un punto
entre las 10 y las 11 horas; por el contrario, los zurdos lo hacen desde la 1 o las 2 horas. Lo
característico de algunos textos de Mozart es que se encuentran oes de los dos tipos, lo cual sólo tiene
sentido si el que los escribe alterna ambas manos para escribir, una cosa bastante rara salvo en
personas completamente ambidiestras y quizá con un notable sentido del humor, como el propio
Mozart. ¡Fíjese! ¡Aquí tiene oes de los dos tipos!
—¡Es cierto! —respondí excitado—. Y concuerda perfectamente con el análisis que he realizado
del texto. —Le conté entonces lo de la sintaxis italiana de un germanohablante y las similitudes que
había encontrado entre la dedicatoria de los cuartetos Haydn y la carta. Nos quedamos unos segundos
como suspendidos, pensando en las implicaciones de todo aquello.
—¡Y usted también se llama Rosenberg!
—Eso no puede ser más que una casualidad. De alguna forma, no me pregunte cómo, esta carta ha
permanecido perdida en el correo durante doscientos años y ahora ha seguido su curso. Supongo que
el hecho de que trabaje para la Unión de Teatros Federales ha podido provocar que fuera a parar a mi
despacho.
—Mire, yo creo que merece la pena hacer algunas comprobaciones adicionales para autentificar
la carta y analizar su relación con otros documentos conocidos de la época. No todos los días aparece
una carta original de Mozart. Su contenido además podría apoyar alguna tesis que hasta ahora no ha
conseguido demasiadas evidencias.
—¿A qué tesis se refiere?
—La verdad es que preferiría cerciorarme de la autenticidad antes de decirle más. Tendría que
volver a Viena para consultarlo con un colega, pero para ello debería dejarme el documento unos
días. Me quedé pasmado ante aquella petición. Parecía una chica lista, pero no podía pretender que le
prestara sin más la carta, un documento tan valioso.
—Perdone el atrevimiento, es absurdo, me he dejado llevar por el entusiasmo.
Se produjo un incómodo silencio entre nosotros.
—Mire, Paul, le aseguro que puede confiar en mí, pero entiendo que no quiera desprenderse de la
carta. Hagamos una cosa. —Se detuvo unos instantes para enfatizar sus palabras—. Yo debo volver
ahora a Viena. Consultaré este tema con un colega mío y me pondré de nuevo en contacto contigo.
¿Te importa que te tutee? Será entonces cuando podrás decidir si puedes confiar en mí —dijo al
tiempo que clavaba su mirada en mis ojos.
No sabía qué hacer. Desde luego no iba a desprenderme de la carta pero, por otro lado, me
intrigaban las palabras de… ¡no sabía ni su nombre! Debió de ver la duda reflejada en mi cara.
—No te preocupes, Paul, tranquilo. Apunta mi número de móvil y me tendrás localizable las
veinticuatro horas del día. No lo apago nunca. Me llamo Brenda. Brenda… Schmidt.
—De acuerdo, Brenda. Sólo una cosa, me preocupa que cuentes esta historia a otra persona.
Preferiría que esto quedara entre nosotros.
—No hay problema, el colega es mi padre y sabrá ser discreto. Te llamaré en cuanto tenga algo.
Le di mi número de teléfono y mi dirección en Viena, que guardó en un portafolio de cuero claro
y, antes de que me diera tiempo a decir nada, cruzó la sala con paso veloz y decidido, y bajó las
escaleras hasta la planta baja. A través de la ventana la vi alejarse por la acera flanqueada de nieve
recién amontonada.
E
Capítulo
2
La ópera secreta
l sábado me levanté con un fuerte dolor de cabeza y el estómago revuelto. La botella de
Cardhu casi vacía y el vaso sucio con las huellas de mis dedos impregnados de cacahuetes
salados eran el testimonio de una estúpida noche de autocompasión y desvelo. Ahora la excusa erala
carta de Mozart cuya existencia había compartido con una desconocida, mezclada con extraños
sueños sobre aquella chica que había removido algo dentro de mí. Miré a través de la ventana y vi lo
de siempre, unos cuantos tejados grises, a lo lejos la verde cúpula barroca de la iglesia de San Carlos
Borromeo y, a mis pies, la calzada empedrada y húmeda, tonta, mojada y resbaladiza, esperando los
torpes pasos de cualquiera que osara cruzarla sin reparar en la trampa que representaba. A pesar de
ser sábado, parecía como si todo el vecindario hubiera decidido quedarse arrebujado en sus blancos
edredones de plumas o hubiera escapado fuera de la ciudad a guarecerse junto al fuego y conjurar así
la climatología y la soledad. Los pasos apresurados de un joven protegido con un paraguas sonaron
amortiguados por el repicar de la lluvia sobre las ventanas del ático y se perdieron al doblar la
esquina.
Seguía sin poder creerme la estupidez que había cometido. Parecía como si nunca lograra
aprender de mis errores. Siempre igual. Y el alcohol sólo servía para embotarme la cabeza y
sumergirme en un estado de semiinconsciencia en la que ya no era responsable de nada y nada de lo
que me ocurriera en el fondo tenía que ver conmigo. Antes fue Birgit y ahora Brenda. Lo que sí que
conseguía era ser indefectiblemente engañado por unos ojos bonitos y una sonrisa amable.
Debía de ser ya tarde. Es probable que las calles desiertas se debieran a algo más que a mi propio
estado gris y dolorido. Era ya la hora del almuerzo y la gente había terminado sus compras y recados
de la mañana.
No soy de esos solitarios que tienen la casa hecha un desastre, como si la ausencia de una mujer
convirtiera a los hombres en seres sucios e insensibles. A mí me gusta tener las cosas ordenadas y en
su sitio, aunque vivir solo es una invitación a la molicie. Era habitual por eso que, aunque no se
pudiera llamar «pocilga» a mi apartamento, el frigorífico careciera de lo más elemental —los
yogures caducaban invariablemente y la lechuga ennegrecía sin remedio—. Sólo alimentos no
perecederos —básicamente pasta, arroz y conservas— tenían alguna posibilidad de sobrevivir en la
despensa. Por eso acudía a lo más socorrido, ingerir nutrientes fuera y surtirme en casa de alimentos
para el espíritu de preparación instantánea, tales como brandy, whisky, cacahuetes, aceitunas y nueces
de macadamia. Aunque en las circunstancias de ese día fuera más que sacrificado, no me quedaba más
remedio que arrastrarme hasta la cafetería de Manfred, mi primer refugio para estos casos, donde me
podrían servir un plato combinado con el combustible necesario para unas horas más.
Me senté en mi sitio habitual, una mesa con bancos corridos a ambos lados para cuatro personas
junto al ventanal nada más entrar, más propia de un local americano que de un auténtico café vienés.
Eso sí, Manfred, fiel a las tradiciones, seguía trayendo el café en una bandejita de alpaca, con una
pieza de chocolate negro cuidadosamente envuelta con papel dorado y un vaso de agua. Engullí unos
huevos con salchichas y unas tostadas con mermelada acompañadas del café que Manfred hacía como
pocos y comencé a sentir algo de consuelo. Tuve que dejar precipitadamente sobre la mesa el soporte
de madera que sujetaba el Wiener Zeitung porque mi móvil comenzó a sonar con ese timbre
intempestivo que siempre lograba sobresaltarme. No se identificaba el origen de la llamada.
—¿Sí, quién es?
No lo podía creer. Era Brenda. ¿Es que iba a cambiar mi suerte con las mujeres? Su voz sonaba
excitada y apremiante.
—Tenemos que vernos, tengo algo que enseñarte. ¿Tienes conexión a Internet en casa?
—Sí, pero…
—Estaré ahí en media hora.
Colgó antes de que pudiera reaccionar. Me quedé unos segundos mirando sin ver el cuero verde
del respaldo del banco que tenía frente a mí. Miré el reloj, terminé el café, pagué la cuenta y salí
aprisa de vuelta a casa.
Bastó una llamada de mujer para que lo que antes parecía un apartamento ordenado y casi digno
ahora sí resultara una auténtica pocilga. A los restos de la triste noche de whisky y el dolor de cabeza
que —a pesar del ibuprofeno— aún latía en mi nuca, se sumaba la escasa gracia de un piso de soltero
exclusivamente masculino, sin una mala planta que diera un toque de verde al conjunto —mi éxito
con el reino vegetal corría parejo al de mis relaciones con el sexo femenino—; sin que nadie pudiera
decir que algo en concreto no estaba donde debía estar, el aspecto general era desaliñado e
impersonal. No podía hacer mucho en el escaso tiempo disponible, salvo ventilar, estirar el edredón,
ahuecar la almohada y pasar una bayeta rápida por los cercos de suciedad dejados por el vaso y la
botella sobre la mesa frente al sofá.
Apenas terminé de adecentar un poco la casa retumbó en mis maltratadas sienes el pitido del
portero automático. Di a Brenda la clave de entrada y me asomé a la puerta para oír el ruido del
ascensor que se aproximaba. Cerré —no quería parecer impaciente— y me senté en el salón,
obligándome a tardar unos segundos en abrir cuando sonara el timbre.
—Buenos días, Paul —dijo Brenda nada más entrar—. Espero que no te importe que me plante así
en tu casa.
—Adelante, no te preocupes. No pensé que iba a tener noticias tuyas tan pronto.
—Nada más volver de Salzburgo me puse manos a la obra pero tardé unos días en contactar con
mi padre para contarle lo de la carta. Me corroboró lo que hablamos tú y yo y añadió también que
convendría echar un vistazo al papel. Él conoce bien las filigranas y el tipo de papel utilizado en la
época de Mozart y podría autentificar el soporte de la carta. De todas formas, eso puede hacerse más
adelante. No es eso lo más importante.
—¿Y qué es lo importante?
—Tiene que ver más con el contenido de la carta que con sus características físicas. Según me
contó, hay una de las muchas historias y leyendas sobre Mozart que habla de una ópera secreta que
compuso por encargo de José II y que nunca ha llegado a encontrarse.
—Sí, como aquello de que fue envenenado por Salieri o por los masones o que contrajo la sífilis
en Praga y que, a través de varias transmisiones, acabó infectando a Beethoven. Si hiciéramos una
lista de las leyendas sobre él, tendríamos que escribir una enciclopedia o, más bien, un especial de los
mil mejores cuentos infantiles.
—Lo sé, es bastante increíble, pero antes de decir más quiero que veas algo. ¿Puedo…? —Señaló
el ordenador que estaba sobre mi mesa de trabajo.
—Adelante, está conectado.
Coloqué otra silla a su izquierda y me senté apoyando los codos sobre la mesa para sujetar la
barbilla. De reojo y a través del tablero de cristal podía ver sus rodillas que asomaban bajo la falda
embutidas en unas medias negras. Brenda tecleó rápidamente http://www.mozartweb.com. El cursor se
transformó en un reloj de arena mientras comenzaba a descargar los contenidos de la página.
Parecía ser una de tantas páginas creadas por admiradores de Mozart con todo tipo de datos sobre
su vida y su obra. A la izquierda había un menú de botones en inglés: Forum, Köchel[3], Biograpy,
Images, Who is Who, Library, News, Search y About Us. Al pinchar Brenda en este último, vi que no
me había equivocado:
Esta web está dedicada a la vida y obra de Wolfgang Amadeus Mozart, al mundo en que vivió y a
la pasión por la música clásica que gracias a él sentirnos millones de personas en todo el mundo.
La intención de los fundadores de este sitio es animar la exploración inteligente y compartida
sobre Mozart y su mundo, utilizando todos los recursos que nos ofrece la Red. Tenemos distintas
procedencias y backgrounds y pensamos que eso es lo mejor de todo: poner en común nuestros
conocimientos, habilidades y perspectivas para revivir juntos nuestra pasión y acceder a nuevas
experiencias. Ahora te contarnos quiénes somos:
Ronald Steeenson. Nacido en 1950 en San Diego, California. Soy ingeniero de producción en
una empresa aeroespacial y jamás he sido capaz de tocar un instrumento ni de cantar afinado
siquiera. Mi escasa formación musical, sin embargo, no me ha impedido disfrutar enormemente
con la música clásica. Empecé con la curiosidad de un quinceañero pedante escuchando las
sinfonías de Beethoven, pero mi oído cambió cuándo, en 1978, tras comprar un pack de vinilos con
los últimos conciertos para piano de Mozart, escuché el nº 21 en do mayor K 467 por primera vez
en mi vida. El resultado fue que no sólo no devolví la compra —tenía diez días de periodo de
prueba—, sino que empecé entonces la búsqueda incesante y apasionada de cualquier cosa que ese
hombre hubiera compuesto. Después de 26 años la búsqueda continúa, contando con la paciencia y
benevolencia de Megan, mi mujer. A través de las maravillas de Internet he conocido a muchos
otros admiradores de Mozart como tú con los cuales quiero compartir este sitio web.
Ralf Garrison. Tengo cincuenta años y desde niño soy un amante de la música clásica. Mi
padre me metió Chopin en vena y me puso a dar clases de piano a los seis años. Como casi todos,
me reboté a los trece y dejé las clases. De todas formas, seguí metido en esto de la música a través
de la banda de la High School y acabé estudiando en el California Institute of Arts, donde me
gradué en interpretación musical y fotografía. Después de mi graduación toqué el clarinete en
varias orquestas y conjuntos de viento y mi vida profesional se ha desarrollado entre
interpretaciones y la industria del cine. Soy un aficionado a Mozart bastante tardío. La chispa
prendió en el año 2000, cuando alquilé la películaAmadeus. La música me llegó de una forma que
nunca antes había experimentado e hizo de mí un fanático de Mozart y del mundo musical del siglo
XVIII. Volví entonces a tomar lecciones de piano y he hecho muchos nuevos amigos gracias a
Mozart. Estoy muy orgulloso de contribuir a la creación de este sitio web.
Daniel Petit. Nacido en Indianápolis en 1949 y aún residente en Indianápolis después de 55
años. Con suerte, dentro de otros cuarenta, seguiré viviendo en Indianápolis. Fui un fanático
seguidor de todos los grupos de rock, and roll que venían de Inglaterra a mediados de los sesenta
y comencé a aficionarme a la música clásica en los tempranos ochenta con Mozart y Haydn. Mi
personalidad nunca se conforma con escuchar o ver pasivamente, así que pronto empecé a leer
sobre todo lo que estaba alrededor y detrás de aquella música sublime. Casi sin querer me convertí
en un experto sobre todos aquellos fragmentos y piezas que han sido equivocadamente atribuidos a
Mozart. Esta vía de investigación era tan interesante que ha acabado por absorberme los últimos
siete años. Consciente de que el conocimiento es inútil si no es compartido, durante ese tiempo he
disfrutado mucho relacionándome con otros amantes de Mozart por Internet. A lo largo de los
años he reunido una absurda colección de varios miles de discos y CD de música clásica, pero
todavía no puedo evitar un escalofrío de placer cuándo de vez en cuando pongo a todo volumen
Ticket to ride de los Beatles o cualquier canción olvidada de Dave Clark 5.
Caroline McGregor. Nací en 1952 en Perth, Australia, aunque avatares de la vida me llevaron
a vivir en el sur de California cuando tenía doce años. Nunca tuve claro qué quería ser de mayor y
las circunstancias me llevaron a hacerme programadora de informática cuando aparecieron los
primeros PC. Musicalmente, como Ron, Ralf y Dan, soy una criatura de los sesenta y tuve la suerte
de ir al colegio en una época en la que aún enseñaban a entender y apreciar la música. ¡Incluso
creo que llegué a ir a un par de conciertos de música clásica sin que me supusiera un trauma!
Pero todo cambió una noche en 1984, cuando fui a ver la película de Milos Forman con un amigo.
Aquel día cambió mi vida.
@ Mozart-web, 2004
—Es cierto que son aficionados, pero te aseguro que la web es muy interesante y que los
contenidos son de gran calidad. No tienes más que navegar un poco por la biblioteca o la biografía
para verlo. De todas formas, lo mejor es el Fórum.
Hizo clic sobre el icono del Fórum y se abrió una página en la que aparecía una invitación a
inscribirse como primer paso para participar. La mayor parte de la gente solía registrarse con
seudónimo, pues nunca se sabe con quién se va a relacionar uno en Internet.
—¿Qué ponemos? —preguntó ella.
—Probemos «Trazom», su nombre al revés, uno de los juegos de palabras con los que a menudo
se entretenía.
Terminamos de rellenar los datos, con nuestra ciudad de residencia y una breve presentación que
estaría accesible a todos los miembros del Fórum. Nos presentamos como Trazom acompañado de la
correspondiente clave personal y remitimos nuestra solicitud. Teníamos que esperar un rato a que la
petición fuera procesada por el servidor y nos enviara la confirmación del permiso para entrar en el
foro. Mientras llegaba el mensaje de correo electrónico seguimos buceando por los contenidos del
sitio. Había una completa galería de imágenes —violando todas las leyes de copyright— sobre el
compositor y su tiempo, personajes de la época, partituras originales, carteles de sus óperas… Había
un apartado donde podía descargarse una amplia variedad de fotografías de los lugares mozartianos
en la actualidad, donadas por fans que iban regularmente de peregrinaje a Viena, Salzburgo, Praga,
Mannheim, Fráncfort y tantos otros sitios hollados por el pie del genio. Un pop up interrumpió
nuestra navegación advirtiéndonos de que había entrado un e-mail.
—Debe de ser la confirmación. Ha sido rápido.
Metimos la clave en la página y entramos en el foro, donde nos recibió un mensaje de bienvenida
del webmaster y unas cuantas normas de participación. Lo habitual: no entrar en temas personales,
hablar con educación y respetar al resto de miembros del foro. Había un apartado con el archivo de
todos los temas tratados anteriormente, donde se podía consultar por meses o investigar algo
determinado mediante un buscador interno. Pulsé el botón del mes anterior y salió un listado de
threads —«hilos» era el término utilízalo para una conversación interactiva sobre un tema lanzado
por cualquier miembro, al que se iban uniendo las respuestas y contrarrespuestas del resto—. Había
de todo, de lo más simple y coloquial, hasta discusiones eruditas sobre una pieza determinada o sobre
cómo conseguir una grabación ya agotada de una edición rara difícil de encontrar.
Leopold Mozart: Paternal Pride and Prejudice
Some Circumstances for Replacement Arias K 577 and K 579
Mozart’s grandmother
Why did Mozart compose the Symphony K 551?
Does anyone know the history of this?
Music for Expectant Mothers
Mozart’s Viotti Additions K 470a and Lost Andante K 470
F.X. Mozart
Contemporaries of Mozart: Jan Ladislav Dussek
NMA Listings
Complete Violin Concerto Sets
Website of Interest
Clarinet Concerto on BBC Radio 3 archive
Leopold Mozart’s Grave
Another «final hours of Mozart» picture
My Trip to Viena and Salzburg
Mozart’s Viena
Genius of Mozart DVD
Violin Concerto in C K 27la
Por curiosidad pulsé en el tercero para ver qué decían de la abuela de Mozart.
La abuela de Mozart
Jan van der Suijen 5/10/2006 20:03
El otro día me tropecé con el árbol genealógico de la familia Mozart en un sitio de Internet.
Decía que la abuela de Mozart murió en 1766. Si eso es correcto, Mozart tuvo abuela durante los
primeros diez años de su vida. Sin embargo, nunca he leído u oído nada sobre su relación. Mi
pregunta es: ¿conoció Mozart a su abuela? Saludos.
Rob Bokowsky 5/10/2006 20:33
Leopold Mozart fue el mayor de cinco hijos. Nunca tuvo intención de seguir el oficio de
encuadernador de su padre y eligió convertirse en músico en Salzburgo, fuera de su ciudad
natal de Augsburgo. Allí conoció a Anna Maria Pertl y pidió la bendición de su madre para
casarse con ella —su padre había muerto poco antes—. Su madre no quería dar su aprobación,
aunque finalmente la dio sin saber que ya se habían casado. Lo que más dolió a Leopold es que
él fue el único hijo excluido de un regalo de 300 florines que sus hermanos recibieron al
casarse.
En esta situación de separación es probable que ni Wolfgang ni Nannerl conocieran a su
abuela. No es mencionada en ninguna correspondencia. Incluso cuando Leopold llevó a sus
hijos a Augsburgo donde dieron diversos conciertos públicos nadie de su familia asistió.
Gianna Barberini 5/10/2006 23:22
Cuanto más conozco de Leopold, más pienso que debió de ser un tío complejo y con mucha
voluntad. Hay que tener muchos arrestos para ignorar el negocio de su padre y hacerse músico
en una ciudad «extranjera». De todas formas, aunque hace tiempo que no releo biografías de
Mozart, creo recordar que siempre se inclinaba por dar consejos de lo más conservador a su
hijo, lo que es un poco chocante vista su propia historia. ¡Parece que eso es una «enfermedad»
común a todos los padres de todas las épocas! Ciao!
Rob Bokowsky 5/10/2006 23:33
Leopold trató de controlar a Wolfgang todo lo que pudo. Uno diría que le quería
«demasiado». Sin duda estaba alarmado por la conducta rebelde de su hijo y algunas
sospechosas coincidencias con su propio pasado. Habiendo experimentado en su propia carne lo
que podía ocurrir en las relaciones familiares, trató de usar el conservadurismo como
herramienta para «domar» a su hijo. Lo que pasa es que le salió el tiro por la culata.
Recientemente he estado oyendo algo de música de Leopold, que está bien, es bonita, pero
nada del otro mundo.
Agnes Salisbury 5/10/2006 23:42
Jan: es muy improbable que Wolfgang llegara a conocer a su abuela de Augsburgo. Nacida
en 1696 como Anna Maria Sulzer, era hija de un tejedor y fue la segunda mujer del padre de
Leopold. Las obsesiones de Anna Maria con sus vecinos mayoritariamente protestantes la
llevaron a numerosos pleitos que mermaron la economía familiar. Finalmente, fue enviada a
una institución mental por las autoridades de la ciudad donde murió en 1766. Un abrazo
Rob Bokowsky 5/10/2006 23:43
Querida Agnes, perdona por haber mandado el mail cuando tú lo acababas de hacer. Se
conoce que lo estábamos tecleando mismo tiempo…
Agnes Salisbury 5/10/2006 23:45
No pasa nada, Rob. Siguiendo con el tema, yo lo que sospecho es que Leopold heredó de su
madre su naturaleza obsesiva y la destructividad asociada a la misma. Su conducta para con su
hijo, particularmente durante los años de Mozart en Viena, su testamento en el que dejó a
Nannerl la mayor parte de la herencia, su obsesivo odio hacia la mujer de Wolfgang, su falta de
disponibilidad para cuidar de sus nietos y que Wolfgang pudiera ir a Londres… Este tipo de
«enfermedad», si es que hay que llamarla así, incluso apareció en la descendencia de Mozart:
una tataranieta (no sé cuántos «tatas») fue capturada por los nazis en un manicomio junto con el
resto de internos y llevada a un campo de concentración.
Brenda me interrumpió.
—Puedes pasarte horas leyendo los threads. Son apasionantes. Se entrecruzan y lían como una
auténtica red. Muchas veces te dan pistas sobre otros recursos de la web y, si te descuidas, puedes ir
rastreando un solo tema durante días accediendo a los sitios más pintorescos. De todas formas, lo que
quería enseñarte está aquí. Déjame un segundo.
Brenda manejó con destreza el ratón y entró en el buscador de threads. Tecleó velozmente las
palabras «ópera secreta» y, mientras lo miraba sorprendido, fue apareciendo en pantalla el resultado
de la búsqueda.
La ópera secreta de Mozart
Otto Salzburg 7/11/2006 19:01
He leído en una extraña web que Mozart compuso una ópera por encargo de José II que
desapareció sin llegar a conocerse. ¿Alguien sabe algo de esta historia?
Caroline McGregor 7/11/2006 19:21
Se me ocurre que podría ser Semíramis, un melodrama que le encargó en 1778 el barón
Herbert von Darlberg, ministro de Estado e intendente del teatro de Mannheim, sobre un libreto
de Gemmingen adaptado de una tragedia de Voltaire. Gemmingen era un conocido masón y la
obra era una vía muy adecuada para hacer propaganda de algunas ideas fundamentales de la
corriente racionalista e ilustrada de la masonería. Lo malo es que nunca se supo qué fue de esa
obra. Saludos
Otto Salzburg 7 /11/2006 19:30
Gracias, Caroline, pero no es Semíramis. Aparentemente, es una ópera de la que no se
conoce el título y la encargó José II. En 1778 aún vivía la emperatriz María Teresa y es muy
improbable que su hijo José tuviera algo que ver con Semíramis.
Sylvain Massot 7/11/2006 20:11
El 5 de febrero de 1783 Mozart escribió a su padre: «Estoy escribiendo una ópera alemana
para mí mismo. He elegido la comedia de Goldoni il serpitore di due padroni, y el primer acto
ha sido traducido por el barón Binder». Nada más se sabe de este proyecto. Los investigadores
están divididos: algunos piensan que en realidad nunca la empezó y otros sostienen que algunas
partes pueden ser encontradas en otras composiciones posteriores hoy conocidas, como las
arias K 435 (aria Müsst ich auch durch) y K 433 (arieta Männer suchen stets).
Agnes Salisbury 7/11/2006 20:49
¡Muy bien, Sylvain, es un buen comienzo! Os propongo que trabajemos un poco más este
tema. Por mi parte, os mando una sugerencia: ¿recordáis una de las obras perdidas de Mozart, el
aria K 569 para soprano Ohne Zwang aus eignem Triebe? Está listada en su catálogo (el suyo
autógrafo, el de las pastas rosas) en enero de 1789 como «un aria alemana». Podríamos ver si lo
poco que se sabe del inicio de la letra corresponde con alguna parte de la obra de Goldoni.
Puede ser un poco complicado o tedioso, y al menos hay que controlar el alemán y el italiano.
¿Algún voluntario?
Maurizio Rovereto 7/11/2006 20:58
Lo intentaré, Agnes. Si encuentro un match de palabras, podría confirmarse la tesis de que
fragmentos de la ópera aparecen en composiciones posteriores. De todas formas, a mí me atrae
más la idea de pensar que existe realmente una ópera desconocida de Mozart. ¿Os imagináis el
bombazo?
Otto Salzburg 7/11/2006 21:20
Yo me apunto a lo que dice Maurizio y voy a empezar a investigarlo. Por mi parte tengo una
tesis: la única razón que se me ocurre para que la ópera no llegara a conocerse es que tuviera
que ver con la masonería y tuviera que ocultarse para huir de la represión del emperador
Leopoldo tras la muerte de su hermano José II. De ser así, tendría que haber recibido el encargo
antes de enero de 1790. Quiero chequear unas cuantas cosas antes de ir más allá. Os propongo
que nos demos una semana para reabrir el thread y comentar los avances.
Caroline, Sylvain, Maurizio y Agnes enviaban mensajes de confirmación, citándose para la
semana siguiente, es decir, para el martes o miércoles siguiente.
En mi cabeza se agolpaban los datos e informaciones y me resultaba difícil pensar. Es cierto que
la carta que teníamos entre manos encajaba en esa explicación —la existencia de una ópera secreta de
la que nunca se supo, tan secreta que no aparecía en ningún papel—. Era un hilo que, como decía
Otto, bien merecía la pena investigar. Mi mirad a se cruzó con la de Brenda y un guiño de
complicidad brilló en sus ojos.
E
Capítulo
3
El plan
ra una hermosa mañana de primavera en el Prater. Los vieneses aprovechaban los tímidos
primeros rayos de sol para asomar sus blancas carnes, blandas y faltas de vitalidad tras la
hibernación. La mayor parte de los cuerpos tumbados sobre el césped del jardín correspondían a
estudiantes de la Universidad de Viena que escapaban de sus clases, ansiosos de absorber un poco de
luz y calor. Junto a los grupos de jóvenes tendidos en animada conversación, no faltaban algunos más
deportistas o juguetones que se lanzaban pelotas o se retaban a carreras.
Algo golpeó sorpresivamente mis hombros, lo suficientemente fuerte como para haberme
ocasionado un serio disgusto si me hubiera

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