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La piedra de las lágrimas – Terry Goodkind

La piedra de las lágrimas - Terry Goodkind

La piedra de las lágrimas – Terry Goodkind 

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achel apretó contra el pecho su muñeca y se quedó mirando fijamente la
cosa oscura que la observaba desde los matorrales. Al menos, a ella le
parecía que la observaba, aunque era difícil decirlo, pues los ojos eran tan
negros como el resto de la bestia, menos cuando la luz les daba de pleno;
entonces eran dorados y brillantes.
La niña estaba acostumbrada a ver animales en el bosque —conejos,
mapaches y ardillas—, pero eso era más grande, tanto como ella o incluso
más. Tal vez era un oso, se dijo, pues los osos también son oscuros.
Pero no se hallaba en el bosque, sino en un palacio. Era la primera vez que se
encontraba en un bosque bajo techo. Rachel se preguntó si en él vivirían también
animales, como en los bosques al aire libre.
Se hubiera asustado si Chase no estuviera allí junto a ella, pero sabía que con él al
lado estaba a salvo. Chase era el hombre más valiente que hubiera conocido nunca.
No obstante, no podía evitar sentirse algo asustada. Chase le había dicho que era la
niña más valiente que conocía, y ella no quería que pensara que se asustaba de un
conejo.

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Tal vez no era más que eso: un conejo muy grande sentado encima de una roca o
algo así. Pero los conejos tienen orejas largas. Quizá sí que se trataba de un oso.
Rachel se metió en la boca un pie de la muñeca.
Entonces se volvió y miró el sendero, las hermosas flores, los muretes cubiertos
de plantas trepadoras y los prados, hasta que posó la vista en Chase, que hablaba con
Zedd, el mago. Ambos estaban de pie junto a una mesa de piedra, miraban las cajas y
discutían acerca de qué iban a hacer con ellas. Rachel se alegró, pues eso significaba
que Rahl el Oscuro no las había conseguido y que ya nunca más haría daño a nadie.
Rachel dio media vuelta para asegurarse de que la cosa negra no se le acercaba,
pero ya no estaba. La niña miró alrededor, pero no pudo verla.
—Sara, ¿dónde crees que puede haber ido? —susurró.
La muñeca no respondió. Rachel mordió el pie de Sara y echó a andar en
dirección a Chase. Aunque tenía ganas de correr, no quería que Chase creyera que no
era valiente; se había sentido muy bien cuando el guardián la había llamado valiente.
Sin detenerse, echó una mirada por encima del hombro, pero no vio la cosa oscura
por ninguna parte. Tal vez había regresado a su madriguera. Aún tenía ganas de correr,
pero se contuvo.
Al llegar junto a Chase, se arrimó a él y le abrazó una pierna. Chase y Zedd
estaban hablando, y Rachel sabía que era de mala educación interrumpir, por lo que
esperó chupando el pie de Sara.
—¿Qué pasaría si te limitaras a cerrar la tapa? —preguntaba Chase al mago.
—¡Cualquier cosa! —Zedd alzó sus entecos brazos. Se había alisado el cabello
blanco, pero aún despuntaban algunos mechones—. ¿Cómo quieres que lo sepa? El
hecho de que sepa que son las cajas del Destino no significa que sepa qué hacer con
ellas ahora, una vez que Rahl el Oscuro ha abierto una. La magia del Destino lo mató
por abrir una, y podría haber destruido el mundo. Podría matarme a mí por cerrarla, o
algo peor.
—Bueno —replicó Chase, lanzando un suspiro—, no podemos dejarlas aquí sin
hacer nada, ¿verdad? ¿No crees que deberíamos hacer algo?
El hechicero observó ceñudo las cajas, absorto en sus pensamientos. Tras más de
un minuto de silencio, Rachel tiró de una manga de Chase. El hombre bajó la vista
hacia ella.
—Chase…
—¿Chase? ¿No recuerdas las normas? —El hombre puso los brazos en jarras y
torció el gesto, fingiéndose disgustado, hasta que la niña soltó una risita y se le agarró
a la pierna con más fuerza—. Hace apenas unas pocas semanas que eres mi hija y ya
estás incumpliendo las reglas. Ya te dije que debías llamarme «papá». No permito a
ninguno de mis hijos que me llame Chase. ¿Entendido?
Rachel sonrió de oreja a oreja y asintió.
—Sí, Ch… papá.
Chase puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza, tras lo cual despeinó el cabello
de la niña.
—¿Qué quieres?
—Hay un animal muy grande entre los árboles; un oso o algo peor. Creo que
deberías desenvainar la espada e ir a ver.
—¡Un oso! ¿Aquí dentro? —Chase se rió—. Niña, estamos en un jardín interior, y
aquí no hay osos. Será un truco de la luz.
—No, creo que no Ch… papá. Me estaba mirando.
Chase sonrió, volvió a despeinarla, posó una de sus manazas sobre la mejilla de la
pequeña y le apretó la cabeza contra su pierna.
—En ese caso, quédate junto a mí, y no te molestará.
Rachel asintió con un pie de Sara en la boca, mientras Chase le mantenía la cabeza
contra su pierna. Ahora ya no se sentía tan asustada, por lo que volvió a posar la
mirada en los árboles.
La cosa oscura, que se escondía tras uno de los muretes cubiertos de hiedra, corrió
hacia ella. Rachel mordió con más fuerza el pie de la muñeca y se le escapó un leve
gemido al tiempo que alzaba el rostro hacia Chase. El hombre señalaba las cajas.
—¿Y qué es esa cosa, esa piedra o joya o lo que sea? ¿Estaba dentro de la caja?
—Sí, pero prefiero no pronunciarme sobre lo que es hasta estar seguro.
—Papá —gimió Rachel—, se está acercando.
—Bien. —Chase bajó la mirada—. Tú vigílala por mí. ¿Cómo que prefieres no
pronunciarte? —añadió, dirigiéndose al mago—. ¿Crees que tiene algo que ver con
eso que dijiste sobre que el velo del inframundo seguramente se ha rasgado?
Zedd se frotó el terso mentón con sus enjutos dedos mientras contemplaba ceñudo
la gema negra colocada delante de la caja abierta.
—Eso me temo.
Rachel miró el murete para comprobar la posición de la cosa oscura y dio un
respingo al ver unas manos que se agarraban al borde del muro. Se había acercado
mucho.
Aunque no eran manos, sino garras, unas garras largas y curvas.
La niña alzó los ojos hacia Chase y todas sus armas para asegurarse de que tenía
suficientes. El guardián del Límite llevaba un montón de cuchillos alrededor de la
cintura, una espada colgada a la espalda, una gran hacha sujeta al cinturón y otras
cosas que parecían cachiporras, con pinchos afilados que sobresalían, también
colgadas al cinto, además de una ballesta a la espalda. Rachel esperaba que bastasen.
Tantas armas asustaban a otras personas, pero no a la cosa oscura, pues seguía
acercándose. El mago ni siquiera llevaba un cuchillo, sino simplemente una túnica
muy sencilla de color marrón. Y era tan flacucho… No era un hombre fornido como
Chase. Pero los magos tenían magia, y tal vez con magia podría ahuyentar a la bestia
oscura.
¡Magia! La niña recordó entonces la cerilla encantada que el mago Giller le había
dado. Se llevó una mano al bolsillo y cerró los dedos en torno a ella. Tal vez tendría
que echar una mano a Chase. No permitiría que esa cosa hiciera daño a su nuevo
padre. Sería valiente.
—¿Es peligrosa?
Zedd alzó hacia Chase unos ojos enmarcados por tupidas cejas.
—Si es lo que creo y cayera en manos equivocadas, «peligrosa» sería quedarse
corto.—
En ese caso, quizá deberíamos enterrarla en un agujero muy profundo o
destruirla.
—Imposible. Podríamos necesitarla.
—¿Y si la escondemos?
—En eso estaba pensando. El problema es dónde. Debemos tener en cuenta
algunas cosas. No sabré qué hacer con la gema ni con las cajas hasta que vaya a
Aydindril con Adie para estudiar las profecías.
—¿Y hasta entonces qué? ¿Qué haremos hasta que estés seguro?
Rachel miró hacia la cosa oscura, que estaba más cerca, tanto como el muro.
Agarrada al borde con sus garras, alzó la cabeza y miró directamente a la niña a los
ojos. La bestia sonrió mostrando unos colmillos largos y afilados. Rachel se quedó sin
respiración, los hombros empezaron a temblarle, y los ojos se le abrieron de par en
par. ¡La bestia se reía! La niña podía oír cómo los latidos de su corazón le resonaban
en los oídos.
—Papá… —gimió en voz muy baja.
Chase ni la miró, sino que se limitó a hacerla callar. La cosa pasó una pierna por
encima del muro y se dejó caer, sin dejar de mirar a la niña y de reír. Entonces posó
sus relucientes ojos en Chase y en Zedd, siseó y volvió a reír mientras se encorvaba.
Rachel tiró de la pernera del pantalón de Chase y pugnó por hablar con voz
audible.
—Papá… Se está acercando.
—Muy bien, Rachel. Zedd, aún no sé…
Lanzando un aullido, la bestia saltó hacia campo abierto y corrió. No se veía más
que una raya negra desdibujada. Rachel gritó. Chase giró sobre sus talones justo
cuando la cosa lo golpeaba. Las garras relampaguearon en el aire. Chase cayó al suelo
y la bestia se lanzó contra Zedd.
El mago agitó los brazos como aspas de molino. De sus dedos brotaban
relámpagos que rebotaban en la bestia negra y levantaban tierra o piedra allí donde
impactaban. La bestia tiró a Zedd al suelo.
Entonces, riendo con un sonoro aullido, volvió a saltar sobre Chase, que justo
empuñaba el hacha que llevaba al cinto. Rachel gritó de nuevo cuando esas garras
desgarraron la carne de Chase. La bestia era más rápida que ningún animal que la niña
hubiese visto jamás. Sus garras no eran más que una mancha borrosa.
Rachel estaba aterrorizada; la cosa estaba haciendo daño a Chase. Después de
arrebatar el hacha de manos del guardián, lanzó su horrible carcajada. Estaba haciendo
daño a Chase. Rachel apretaba entre los dedos la cerilla encantada.
La niña dio un salto hacia adelante y acercó la cerilla a la espalda de la bestia, al
tiempo que gritaba las palabras mágicas que la encenderían: «¡Luz para mí!».
El monstruo negro quedó envuelto en llamas y lanzó un espeluznante chillido
mientras se volvía hacia la niña. Con la boca completamente abierta, daba chasquidos
con los dientes, mientras el fuego prendía en él. La bestia volvió a reír, aunque no
como se reía la gente por cosas divertidas; la suya era una risa que ponía la carne de
gallina. Aún ardía cuando se encorvó y echó a andar hacia la niña. Rachel retrocedió.
Chase gruñó al lanzar una de las cachiporras guarnecida de pinchos afilados. La
cachiporra fue a darle en la espalda y se le quedó clavada en un hombro. La bestia se
volvió hacia Chase y se rió mientras movía una garra hacia atrás y se arrancaba el
arma. Acto seguido fue a por Chase.
Pero Zedd se había recuperado, y de sus dedos partían lenguas de fuego, lo que
inflamó aún más a la bestia. Pero ésta se limitó a reírse de Zedd. El fuego se extinguió.
Excepto por el humo que desprendía, el cuerpo de la bestia tenía exactamente el
mismo aspecto que antes. De hecho, incluso antes de que Rachel le hubiera prendido
fuego, parecía oscuro de haber sido quemado.
Chase se puso en pie. A Rachel se le anegaron los ojos de lágrimas al ver que
sangraba. El guardián cogió la ballesta que le colgaba de la espalda y, en un abrir y
cerrar de ojos, disparó. El proyectil se estrelló contra el pecho de la bestia. Con una
espeluznante risotada, ésta se lo arrancó.
El guardián arrojó la ballesta, desenvainó la espada que llevaba a la espalda y se
abalanzó sobre el monstruo, saltando sobre él mientras golpeaba. Pero la bestia se
movió tan rápidamente que Chase falló. Zedd, por su parte, hizo algo que la
desequilibró. Chase se puso delante de Rachel y la empujó por la espalda con una
mano, mientras que con la otra mantenía la espada presta.
La cosa se puso de nuevo en pie y miró a todos ellos uno a uno.
—¡Caminad! —gritó Zedd—. ¡No corráis! ¡No os quedéis quietos!
Chase agarró a Rachel por la muñeca y echó a andar hacia atrás. Zedd lo imitó. La
bestia negra dejó de reír y los miró uno a uno, parpadeando. Chase jadeaba. Tanto la
túnica de piel curtida como la cota de malla que la cubría mostraban desgarros
producidos por las garras. Rachel sintió ganas de echarse a llorar al ver cuánta sangre
tenía encima, tanta que le fluía por el brazo hasta la mano. La niña no quería que
Chase sufriera daño alguno, pues lo amaba con todas sus fuerzas. Apretó con más
fuerza a Sara y la cerilla encantada.
—Sigue andando —ordenó Zedd a Chase. El mago se había detenido.
La bestia negra miró a Zedd, quieto, y esbozó una amplia sonrisa que dejó al
descubierto sus afilados colmillos. Nuevamente lanzó esa espeluznante risa, y sus
garras hendieron la tierra cuando se lanzó en tromba contra el mago.
Zedd alzó las manos. Tierra y hierba saltaban en el aire alrededor de la bestia. Algo
la elevó, y unos rayos de luz azul impactaron en ella desde todas partes antes de caer
de nuevo al suelo con un ruido sordo. Humeaba, pero lanzó su aullido de risa.
Algo más sucedió; Rachel no sabía qué era, pero la bestia se quedó quieta con los
brazos extendidos al frente, como si tratara de correr pero tuviera los pies pegados al
suelo. Zedd movía los brazos en círculos y, nuevamente, los alzó bruscamente. El
suelo tembló como por efecto de los truenos, y destellos de luz golpearon a la bestia.
Ésta rió, se oyó un ruido como de madera que se rompía, y la cosa avanzó hacia Zedd.
El mago echó a andar otra vez. La bestia se paró y frunció el entrecejo. Entonces,
el mago se detuvo y alzó los brazos. Una terrible bola de fuego surcó el aire en
dirección a la bestia, que corría hacia Zedd. La bola de fuego emitió un alarido y fue
creciendo mientras se aproximaba a la bestia oscura.
El impacto fue tan tremendo que el suelo tembló. La luz azul y amarilla era tan
intensa que Rachel tuvo que entrecerrar los ojos, mientras andaba hacia atrás. La bola
de fuego fue ardiendo sin moverse de sitio, rugiendo salvajemente.
La bestia emergió del fuego, humeando. Los hombros le temblaban como si se
estuviera carcajeando. Las llamas se extinguieron dejando pequeñas chispas que
flotaban en el aire.
—¡Cáspita! —exclamó el hechicero, echando a andar hacia atrás.
Rachel no sabía qué significaba «cáspita», pero Chase le había advertido que no
dijera esa palabra delante de niños. Rachel no sabía por qué. Ahora, el cabello blanco
y ondulado del mago se veía enmarañado y desgreñado.
Rachel y Chase habían ido avanzando por un sendero entre los árboles y se
encontraban muy cerca de la puerta. Zedd reculaba hacia ellos, mientras la cosa negra
vigilaba. Cuando el mago se paró, la bestia se le lanzó de nuevo.
Un muro de llamas le cortó el paso. En el aire flotaba el olor a humo y un rugido.
La bestia atravesó el muro de fuego. Zedd levantó otro, pero la cosa lo atravesó
también.
Cuando el mago empezó de nuevo a andar, la bestia se detuvo junto a un murete
cubierto de plantas trepadoras y observó. Las enredaderas se separaron del muro por
sí solas y, de pronto, comenzaron a crecer y a rodear a la bestia, que se mantenía
quieta. Zedd casi los había alcanzado.
—¿Adónde vamos? —preguntó Chase.
Zedd se volvió. Parecía cansado.
—Intentaré encerrarlo aquí —respondió.
La bestia se debatía entre las enredaderas, que tiraban de él hacia el suelo. Mientras
trataba de desenredarse con sus afiladas garras, los tres humanos atravesaron el gran
umbral. Chase empujó una de las enormes puertas de oro, Zedd la otra, y juntos las
cerraron.
Al otro lado se oyó un aullido, seguido por un gran estrépito. En la puerta se
formó una gran abolladura que lanzó a Zedd al suelo. Chase colocó una mano sobre
cada uno de los batientes y empujó con todo su peso, mientras la bestia aporreaba la
puerta desde el otro lado.
La cosa arañaba la puerta, produciendo un horrible sonido de metal al rechinar.
Chase estaba cubierto de sudor y sangre. Zedd se levantó de un salto y corrió a
ayudarlo a mantener las puertas cerradas.
Una garra se introdujo en la rendija entre los dos batientes y fue deslizándose hacia
abajo; luego otra apareció por debajo. Rachel podía oír a la bestia reír al otro lado de
la puerta. Chase gruñó mientras empujaba. La puerta crujió.
Zedd retrocedió un paso y extendió los brazos al frente con los dedos hacia arriba,
como si empujara el aire. El crujido cesó. La bestia aulló con más fuerza.
—Marchaos —ordenó Zedd a Chase, agarrándolo por la manga.
—¿Crees que eso lo contendrá? —inquirió el guardián mientras empezaba a
recular.
—No lo creo. Si va a por vosotros, caminad. Correr o estar quieto atrae su
atención. Díselo a todos a quienes veas.
—Zedd, ¿qué es esa cosa?
Se oyó un estrépito y apareció otra gran abolladura en la puerta. Los extremos de
las garras atravesaron el metal y empezaron a romper la puerta. Rachel acusó
dolorosamente ese ruido en los oídos.
—¡Vamos, marchaos!
Chase sujetó a la niña pasándole un brazo por la cintura y echó a correr por el
pasillo.
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edd palpaba distraídamente la gema, guardada en un bolsillo interior de la
túnica, a través de la basta tela mientras observaba cómo las garras iban
abriendo un boquete en el metal de la puerta. Al volver la vista, vio al
guardián del Límite que se alejaba por el pasillo con Rachel en brazos. No
habían avanzado más que unas pocas docenas de pasos cuando uno de los
batientes saltó de los goznes con gran estrépito. Pese a ser muy resistentes,
los goznes se hicieron pedazos como si fueran de arcilla.
Zedd se agachó justo a tiempo de evitar la puerta de hierro revestida de
oro, que voló por el pasillo y se estrelló contra la pared de mármol pulido, levantando
en el corredor una nube de fragmentos de metal y polvo de piedra. El mago se irguió
y echó a correr.
El aullador se plantó de un salto en el pasillo, dejando atrás el Jardín de la Vida.
Su cuerpo no era más que un esqueleto cubierto por una capa de piel reseca,
quebradiza y ennegrecida, como un cadáver que se hubiera secado al sol durante años.
Fruto de la lucha le colgaban pellejos en algunos puntos del cuerpo por los que
asomaban huesos blancos, aunque eso no parecía afectarle; el aullador era un ser del
inframundo al que no entorpecían las debilidades de los seres vivos. No sangraba.
Quizá se podría destrozar o hacer pedazos, pero era terriblemente rápido y,
ciertamente, la magia no parecía ser capaz de detenerlo. Era una criatura de Magia de
Resta y absorbía la Magia de Suma como una esponja.
Quizás era vulnerable a la Magia de Resta, pero Zedd no poseía el don para ella.
Aunque algunos magos, como Rahl el Oscuro, habían sentido la llamada de la Magia
de Resta, hacía milenios que nadie tenía el don para ella.
No, su magia no iba a detener al monstruo, al menos, no directamente. Pero ¿y si
probaba por medios indirectos?
Zedd caminó hacia atrás bajo la mirada parpadeante y confusa del aullador.
«Ahora —pensó—, mientras está quieto».
Concentrándose, el mago acumuló aire haciéndolo denso, tanto como para
levantar la pesada puerta. Le costó, pues se sentía cansado. Lanzando un gruñido
mental, empujó el aire y lanzó la puerta contra la espalda del aullador. La puerta
aplastó al monstruo contra el suelo y levantó una nube de polvo que llenó el pasillo.
El monstruo aulló. Zedd se preguntó si sería un aullido de dolor o de rabia.
Esquirlas de piedra se desprendieron de la puerta cuando el aullador la levantó
sosteniéndola con una garruda mano, riéndose. Aún tenía alrededor del cuello un tallo
leñoso de la enredadera que había tratado de estrangularlo.
—Cáspita —murmuró Zedd—. No hay nada sencillo.
El mago siguió reculando. El aullador lanzó la puerta contra el suelo y también
avanzó. Estaba aprendiendo que las personas que caminaban eran las mismas que
corrían o estaban quietas. Zedd tenía que pensar en algo antes de que el monstruo
aprendiera más. Si al menos no estuviera tan cansado…
Chase bajaba por una amplia escalera de mármol, y Zedd lo siguió a paso rápido.
De haber tenido la seguridad de que el aullador no perseguía específicamente a Chase
o a Rachel, habría tomado otro camino para alejar el peligro de ellos, pero no podía
arriesgarse a que Chase se enfrentara solo al monstruo.
Un hombre y una mujer, ambos de ojos azules y ataviados con túnicas blancas,
ascendían por la escalera. Chase trató de hacerlos dar media vuelta, pero ellos pasaron
por su lado.
—¡Caminad! —les gritó Zedd—. ¡No corráis! ¡Dad media vuelta u os matará!
La pareja lo miró con el entrecejo fruncido, confundida.
El aullador se acercaba a la escalera arrastrando los pies. Sus garras repiqueteaban
el suelo de mármol, rayándolo. Zedd podía oírlo jadear con esa risa que crispaba los
nervios.
Al ver a la bestia, hombre y mujer se quedaron helados y abrieron los ojos
desmesuradamente. Zedd los empujó para obligarlos a dar media vuelta y bajar la
escalera. De pronto, ambos echaron a correr y a bajar los peldaños de tres en tres. El
cabello rubio y las túnicas blancas ondeaban tras ellos.
—¡No corráis! —gritaron Zedd y Chase al mismo tiempo.
El súbito movimiento atrajo la atención del aullador, que se irguió sobre sus
garrudos pies, soltó una risa burlona y se lanzó hacia la escalera. Zedd le propinó un
puñetazo de aire que lo obligó a retroceder un paso. Pero la bestia apenas lo notó; se
asomó por encima del pasamanos de piedra esculpida y observó a la pareja que corría.
Riéndose socarronamente, se agarró a la barandilla y la esquivó con un salto de
más de seis metros, yendo a aterrizar delante de las dos figuras vestidas de blanco que
corrían. Inmediatamente, Chase escondió la cara de Rachel contra su hombro y
cambió de dirección, subiendo de nuevo. Sabía qué iba a ocurrir y no podía hacer
nada para evitarlo.
—De prisa, ahora que está distraído —gritó Zedd desde arriba, donde los
esperaba.
Hubo una lucha muy breve y unos pocos gritos, tras lo cual una risa aulladora
resonó en el hueco de la escalera. La sangre salpicó formando un arco ascendente;
cayó sobre el mármol blanco y casi alcanzó a Chase, que subía a toda prisa. Rachel
escondió la cara contra él y se aferró a su cuello, pero no dijo nada.
Zedd estaba impresionado por el comportamiento de la niña. Nunca había visto a
nadie tan pequeño usar como ella la cabeza. Era lista; lista y valiente. Era comprensible
que Giller hubiera confiado en ella para tratar de evitar que la última caja del Destino
cayera en manos de Rahl el Oscuro. Era típico de los magos usar a otras personas para
hacer lo que debía hacerse.
Los tres corrieron por el pasillo hasta que el aullador apareció en lo alto de la
escalera; entonces caminaron hacia atrás. El aullador sonrió, dejando al descubierto
unos colmillos cubiertos de sangre. A la luz del sol que entraba por una alta y estrecha
ventana, sus eternos ojos negros parecían dorados. El monstruo se estremeció al sentir
la luz en sus ojos, se lamió la sangre de las garras y trotó en persecución de los
humanos. Los tres bajaron la siguiente escalera seguidos por la bestia, que de vez en
cuando se paraba, confundida, sin saber a quién perseguía.
Chase sostenía a Rachel con un brazo y empuñaba una espada con la otra mano,
mientras Zedd se mantenía entre ellos y el monstruo. Así, bajando lentamente,
llegaron a un pequeño vestíbulo. El aullador los seguía subiendo por las paredes,
arañando la lisa piedra y saltando de un tapiz a otro, que destrozaba con las garras.
El monstruo lanzó al vestíbulo unas mesas gemelas de madera de nogal pulida,
cada una con tres patas esculpidas con motivos de enredaderas, salpicadas con flores
doradas. Los jarrones de vidrio tallado colocados sobre las mesas se hicieron añicos
contra el suelo de piedra; el sonido hizo sonreír y reír al monstruo. Agua y flores se
derramaron sobre las alfombras. El aullador descendió de un salto y destrozó una
alfombra azul y amarilla de precio incalculable, confeccionada en Tanimura, mientras
aullaba de risa y trepaba por el muro hasta el techo.
Entonces empezó a avanzar como una araña, con la cabeza colgándole, mientras
observaba a los humanos.
—¿Cómo puede hacer eso? —susurró Chase.
Zedd expresó su ignorancia con un gesto, mientras los tres retrocedían hacia los
inmensos patios centrales del Palacio del Pueblo. El techo, que medía más de quince
metros de alto, estaba formado por una colección de bóvedas de crucería de cuatro
aristas y que descansaban sobre una columna.
De pronto, el aullador saltó por el techo del pequeño vestíbulo y se abalanzó sobre
ellos. Zedd arrojó un rayo de fuego a la bestia cuando ésta volaba por el aire, pero falló.
El fuego subió por el muro de granito, dejando tras de sí una estela de hollín negro
antes de disiparse.
Pero, por vez primera, Chase no falló y propinó un terrible golpe con la espada
que cortó de cuajo un brazo de la bestia. También por primera vez el monstruo aulló
de dolor y, avanzando a trompicones, corrió a refugiarse detrás de una columna de
mármol gris con estrías verdes. El brazo cercenado se movía sobre el suelo de piedra,
mientras la mano hacía ademán de agarrar algo.
Unos soldados irrumpieron corriendo en el vasto patio, espadas en mano. El
repiqueteo de sus armaduras y armas reverberó en los altos techos abovedados,
mientras que el ruido que hacían con las botas resonaba en las baldosas del estanque
de las oraciones que tuvieron que sortear. Los soldados d’haranianos eran realmente
temibles, y mucho más ahora que se enfrentaban con un invasor.
Al verlos, Zedd sintió un extraño temor. Pocos días antes los soldados lo hubieran
llevado a rastras ante el antiguo amo Rahl para que lo matara, pero ahora eran los
leales seguidores del nuevo amo Rahl: su nieto Richard.
Mientras observaba cómo los soldados se acercaban, cayó en la cuenta de que el
patio estaba lleno de gente. La plegaria de la tarde justo había acabado. Incluso con un
solo brazo, el aullador podía hacer una carnicería, podía matar a varias docenas de
personas antes incluso de que pensaran en salir corriendo. Y, si lo hicieran, mataría
todavía más. Tenían que alejar a toda esa gente.
Los soldados rodearon rápidamente al mago, mirando con dureza, prestos,
vigilantes, tratando de descubrir la causa de tanto alboroto. Zedd se dirigió al
comandante, un hombre musculoso con un uniforme de cuero y un peto pulido con
una R ornamentada grabada en él; era el símbolo de la casa de Rahl. En la parte
superior de los brazos, cubiertos únicamente por ordinarias mangas de malla,
mostraba las cicatrices que indicaban su rango. Bajo el reluciente yelmo brillaban unos
ojos azul intenso.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó—. ¿Qué es tanto alboroto?
—Aleja a todas estas personas de aquí. Están en peligro.
—¡Soy un soldado, no un maldito pastor de ovejas! —exclamó, sonrojándose tras
las placas que le cubrían las mejillas.
Zedd apretó los dientes.
—El primer deber de un soldado es proteger a la gente. Si no sacas a estas
personas de aquí, comandante, me encargaré personalmente de que te conviertas en
pastor.
Al darse cuenta de con quién estaba discutiendo, el comandante saludó llevándose
un puño al corazón y habló con voz controlada.
—A sus órdenes, mago Zorander. —Acto seguido descargó el enojo en sus
hombres—. ¡Sacad a todos de aquí! ¡Vamos, maldita sea, rápido! ¡Desplegaos!
¡Vaciad el patio!
Los soldados se desplegaron y obligaron a avanzar a una oleada de personas
asustadas. Zedd confió en que pudieran sacar a todo el mundo de allí y luego, con
mucha suerte, ayudarlo a hacer pedazos al aullador.
Pero entonces, la bestia salió en tromba de detrás de la columna; era como una
línea negra que destrozaba el suelo. La bestia se lanzó contra un puñado de
espectadores a los que los soldados obligaban a retroceder, tumbando a más de uno y
de dos. En el patio resonaron chillidos, gemidos, así como la horrible risa del
monstruo.
Los soldados se abalanzaron sobre él, pero fueron repelidos y salieron muy mal
parados. Sus compañeros corrieron en su ayuda. El aullador se abría paso dejando
tras de sí cuerpos ensangrentados, mientras que los soldados, rodeados por una
multitud aterrorizada, no conseguían herirlo ni con espadas ni con hachas. La bestia
mostraba tan poca prudencia ante los soldados armados como si éstos fueran
inocentes indefensos; simplemente hacía pedazos a cualquiera que tuviese cerca.
—¡Cáspita! —maldijo Zedd—. No te alejes de mí —dijo a Chase—. Tenemos que
llevárnoslo de aquí. El mago miró alrededor y añadió: Hacia allí. Hacia el estanque de
las oraciones.
Ambos corrieron hacia el estanque cuadrado situado bajo una gran abertura en el
techo. La luz del sol que entraba a raudales se reflejaba en forma de ondas en la
columna situada en una de sus esquinas. De la roca negra colmada de hoyos que
descansaba en el estanque, pero no en el centro, colgaba una campana. Peces naranjas
nadaban por las aguas poco profundas, ajenos al tumulto de arriba.
Zedd tuvo una idea. Era evidente que el fuego nada podía contra el aullador; como
mucho humeaba cuando las llamas prendían en él. Haciendo oídos sordos a los ruidos
de dolor y de muerte, el mago extendió ambas manos sobre el agua y reunió el calor
de ésta, preparándola para lo que tenía en mente. Justo encima de la superficie del
agua se formaron relucientes ondas de calor. El mago mantuvo la temperatura en ese
punto, justo a punto de encenderse.
—Cuando se acerque tenemos que conseguir que caiga al agua —dijo a Chase.
El guardián asintió. Zedd se alegró de que Chase no fuera de los que necesitan que
se les explique siempre todo; por el contrario, sabía que no era el momento de perder
unos segundos preciosos haciendo preguntas. Chase dejó a Rachel en el suelo, y le
dijo:—
Quédate detrás de mí.
Tampoco la niña hizo preguntas, sino que asintió y se abrazó a su muñeca. Zedd se
dio cuenta de que en la otra mano apretaba la cerilla encantada. Realmente tenía
agallas. Entonces se volvió hacia la zona de tumulto, levantó una mano y lanzó
cosquilleantes lenguas de fuego contra la bestia negra, que causaba estragos. Los
soldados recularon.
El aullador se irguió, dio media vuelta y, al hacerlo, dejó caer el brazo cortado que
sostenía entre los colmillos. Despedía humo por donde lo habían alcanzado las llamas.
La bestia se rió entre dientes, mofándose del mago, quieto bajo la luz del sol junto al
estanque.
Los soldados empujaban a las personas que quedaban para que se alejaran por los
pasillos, aunque ahora ya no debían obligarlas. Zedd lanzó bolas de fuego rodando
por el suelo. El aullador las apartó, y las bolas se extinguieron. Zedd sabía que el
fuego no podía hacerle daño alguno; sólo quería llamar su atención. Y lo logró.
—No lo olvides —recordó Zedd—: Debe caer al agua.
—Da igual que esté muerto cuando caiga, ¿verdad?
—Tanto mejor.
El aullador cargó contra ellos haciendo repiquetear las garras contra la piedra,
arañando el suelo con los extremos de éstas, levantando polvo y esquirlas de piedra.
Zedd le lanzó compactos nudos de aire que lo golpearon con fuerza, tumbándolo. Su
intención era mantener su atención y retrasar su marcha lo suficiente para poder
enfrentarse mejor a él. Pero la bestia se ponía inmediatamente en pie cada vez y seguía
cargando. Chase lo aguardaba presto, con las piernas flexionadas y sosteniendo una
maza de seis filos en vez de la espada.
El aullador describió un salto imposible en el aire y, con un aullido, aterrizó sobre
el mago sin darle oportunidad de defenderse. Mientras era arrojado al suelo, Zedd tejía
redes de aire para tratar de mantener a raya las garras de la bestia. Con los colmillos
trataba de desgarrarle la garganta.
Hombre y bestia rodaron uno sobre el otro y, cuando el aullador quedó arriba,
Chase blandió la maza y le dio de refilón en la cabeza. El monstruo se volvió hacia él,
cosa que el guardián aprovechó para propinarle otro mazazo directo al pecho,
quitándolo así de encima del mago. Zedd oyó el ruido de huesos que se rompían por
efecto del mazazo, aunque el aullador apenas pareció notarlo.
La bestia dirigió un barrido con su único brazo a las piernas del guardián, el cual
dio dolorosamente con los huesos en el suelo. Inmediatamente, el aullador le saltó
sobre el pecho. Zedd pugnaba por recuperarse. Rachel acercó la cerilla encantada a la
espalda del monstruo, y la cerilla prendió. Zedd le propinó puñetazos de aire, tratando
de lanzarlo al agua, pero el aullador no soltaba a Chase. Su furiosa mirada de ojos
negros atravesaba el muro de llamas y retraía los labios mientras gruñía.
Chase alzó la maza con ambas manos y dio un terrible golpe a la poderosa bestia
en la espalda. El impacto lanzó al aullador al agua. Las llamas se apagaron al entrar en
contacto con el agua con un sibilante sonido y vapor.
Sin perder ni un segundo, Zedd prendió fuego al aire por encima del agua, usando
el calor de ésta para alimentarlo. El fuego conjurado por el mago absorbió todo el
calor del agua, que se convirtió en un sólido bloque de hielo. El aullador quedó
atrapado. Las llamas chisporrotearon al apagarse cuando el calor que las alimentaba se
agotó. Sobrevino un súbito silencio sólo roto por los gemidos de los heridos.
Rachel se abalanzó sobre Chase.
—Chase, Chase, ¿te encuentras bien? —preguntó Rachel al guardián con voz
ahogada por las lágrimas.
—Sí, pequeña, estoy perfectamente —respondió el hombre, abrazándola al tiempo
que se incorporaba en posición sentada.
Pero Zedd se dio cuenta de que eso no era del todo cierto.
—Chase, ve a sentarte en ese banco. Tengo que ayudar a esa gente y no quiero que
la niña vea a los heridos.
El mago sabía que de este modo evitaría que el guardián se paseara, herido, hasta
que pudiera atenderlo. No obstante, Zedd se sorprendió cuando Chase hizo un gesto
de asentimiento y no intentó protestar.
El comandante y ocho de sus hombres acudieron a toda prisa. Unos pocos de ellos
se veían ensangrentados; uno presentaba zarpazos irregulares que habían atravesado el
metal del peto. Todos ellos posaron la mirada en el aullador, congelado en el estanque.
—Buen trabajo, mago Zorander. —El comandante le dirigió un leve saludo de
cabeza y una sonrisa de respeto—. Unos pocos heridos siguen con vida. ¿Puede hacer
algo por ellos?
—Les echaré un vistazo. Comandante, quiero que tus hombres hagan pedazos con
las hachas a esa bestia antes de que halle el modo de derretir el hielo.
—¿Queréis decir que aún está viva? —inquirió el soldado, muy asombrado.
Zedd respondió con un gruñido afirmativo.
—No pierdas tiempo, comandante.
Los soldados ya tenían prestas las hachas en forma de media luna y sólo esperaban
la orden. A una señal del comandante, cargaron contra el hielo y se balancearon antes
de detenerse patinando.
—Mago Zorander, ¿qué tipo de criatura es?
Tras mirar al comandante, Zedd posó los ojos en Chase, que escuchaba con
atención. El mago respondió sin apartar la mirada del guardián del Límite.
—Es un aullador. —Fiel a su costumbre, Chase no mostró reacción alguna. El
mago se volvió de nuevo hacia el soldado.
Los grandes ojos azules del comandante estaban abiertos de par en par.
—¿Hay aulladores sueltos? —susurró—. Mago Zorander… no lo diréis en serio.
Zedd estudió la cara del comandante y reparó por primera vez en las cicatrices
ganadas en combates a muerte. Para un soldado de D’Hara, las batallas solían ser a
muerte. Era un hombre que normalmente no dejaba que el temor asomara a sus ojos,
ni siquiera al enfrentarse a la muerte.
El mago lanzó un suspiro. Hacía días que no dormía. Después de que las cuadrillas
trataran de capturar a Kahlan, ésta, creyendo que Richard había sido asesinado,
invocó el Con Dar o Cólera de Sangre, y mató a sus atacantes. Ella, Chase y Zedd
caminaron durante tres días y tres noches para llegar al palacio y tomar venganza. Una
vez que había invocado el Con Dar, esa milenaria mezcolanza de magias, nada podía
detener a una Confesora. En el palacio fueron capturados y, finalmente, descubrieron
que Richard no había muerto. Eso había ocurrido ayer, aunque parecían años.
Mientras ellos miraban, impotentes, Rahl el Oscuro había trabajado toda la noche
para conjurar la magia del Destino de las tres cajas, y esa misma mañana había muerto
al abrir la caja equivocada. Richard lo había engañado usando la Primera Norma de
un mago. Era la prueba de que Richard poseía el don, aunque ni él mismo lo creyera,
pues sólo alguien con el don podría usar la Primera Norma de un mago contra un
nigromante de la talla de Rahl el Oscuro.
Zedd lanzó un vistazo a los hombres que destrozaban a hachazos al aullador
atrapado en el hielo.
—¿Cómo te llamas, comandante?
El soldado se puso firmes y respondió con arrogancia:
—Comandante general Trimack, Primera Fila de la Guardia de Palacio.
—¿Primera Fila? ¿Y eso qué es?
Orgulloso, el hombre apretó las mandíbulas.
—Es el círculo de acero que rodea a lord

La piedra de las lágrimas – Terry Goodkind 

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