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La Proposicion Del Principe – Carla Cassidy

 La Proposicion Del Principe - Carla Cassidy


La Proposicion Del Principe – Carla Cassidy 

Descargar La Proposicion Del Principe En PDF Rebecca miró al atractivo príncipe, incrédula.
—Espero que esto sea una broma —le dijo, sorprendida de que su voz sonara
tan calmada.
Él la tomó del brazo para llevarla hacia las puertas acristaladas que daban al
jardín. Mientras cruzaban el salón de baile, eran seguidos por murmullos de
felicitación que a Rebecca le sonaban llenos de incredulidad.
Él no dijo nada hasta que estuvieron sentados en un banco, rodeados de
fragantes rosales.
—No, no es una broma. Has sido proclamada oficialmente como mi prometida
y nos casaremos en tres semanas.
—¡Pero eso es absurdo! —exclamó Rebecca—. No puedo casarme contigo. Ni
siquiera nos conocemos —le dijo, con el corazón latiendo a toda velocidad.
El príncipe Nicholas Stanbury era guapísimo, pero tenía fama de mujeriego y
su foto aparecía en las revistas del corazón con actrices y modelos. Una mujer
diferente cada semana.
—Mi madre y mi padre no se conocieron hasta el día de su boda. Nosotros
tenemos tres semanas para conocernos —Nicholas sonrió, una sonrisa encantadora
que la hizo sentir un calorcito por dentro—. Debo casarme el día de mi treinta
cumpleaños o perderé mis derechos de sucesión, Rebecca. Dentro de tres semanas
cumpliré treinta años, de modo que necesito una esposa.
—Me parece muy bien, pero yo no necesito un marido —replicó ella,
preguntándose absurdamente si seguirían decapitando a las mujeres rebeldes en
aquella parte del mundo—. Además, no estoy enamorada de ti.
—El matrimonio no tiene nada que ver con el amor —murmuró Nicholas, sin
mirarla a los ojos—. Te ofrezco lo que cientos de mujeres darían cualquier cosa pro
tener: una vida de cuento de hadas. Siendo mi esposa disfrutarás de un fabuloso
castillo, vestidos caros y joyas exquisitas. Lo único que pido a cambio es que me des
un heredero.
Rebecca se quedó atónita ante esa fría descripción de lo que sería su
matrimonio.
—Si hay cientos de mujeres que quieren casarse contigo… y con el estilo de
vida que ofreces, te sugiero que te cases con alguna de ellas —le espetó,
levantándose del banco. El príncipe era guapísimo, pero estaba claro que no sabía
nada sobre asuntos del corazón.
Él se levantó también para tomar su mano. Y, a pesar de que Rebecca no
quería saber nada sobre aquella absurda propuesta de matrimonio, no pudo evitar el
calor que recorrió su brazo.
—Pero yo no quiero a ninguna de esas mujeres. Te quiero a ti.
Ella apartó la mano.
—Uno no siempre consigue lo que quiere.
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Carla Cassidy — La proposición del príncipe – 1º Multiserie Familia Real de Edenbourg
Nicholas sonrió, una sonrisa retadora que se reflejaba en sus pupilas oscuras.
—Yo sí.
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Capítulo 3
Rebecca despertó con el sol de la mañana, pero permaneció en la cama,
preguntándose si lo que había ocurrido por la noche habría sido un sueño. En
realidad, se había sentido como en un sueño desde que bajó del avión en
Wynborough y vio a su cuñado Gabriel esperándola.
Habían pasado cuatro años desde que su hermana, LeAnn, murió en el trágico
atraco a un banco. Después del funeral, Rebecca y Gabe habían perdido el
contacto, pero lo retomaron cuando él la invitó a su boda con Serena; una boda a la
que no pudo asistir. Sin embargo, al enterarse de la muerte de su madre, Gabe la
convenció de que necesitaba unas vacaciones. Y cuando la invitó a las
celebraciones del aniversario de la coronación del padre de Serena, el rey Phillip,
Rebecca decidió aceptar.
Vio entonces la rosa sobre la mesilla, la misma rosa que Nicholas había puesto
en su pelo por la noche para proclamar el compromiso. El corazón de Rebecca se
aceleró al pensar en el apuesto príncipe. Un príncipe de verdad la había hecho su
prometida. Sería como un sueño romántico si amara a Nicholas… y si él la amase a
ella.
Un golpecito en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Pase —contestó.
—Buenos días —la saludó Serena, entrando en la habitación.
Rebecca sonrió a la pelirroja princesa. En el breve tiempo que llevaba en
Wynborough había forjado una buena amistad con ella.
—No sé si son buenos o no.
Serena se sentó al borde de la cama.
—Fue una noche emocionante, eso desde luego.
—Yo estaba preguntándome si había sido un sueño. Ayer era una maestra sin
empleo que había salido fuera de su país por primera vez, hoy soy la prometida de
un príncipe al que ni siquiera conozco —Rebecca se incorporó, mirando a Serena
con gesto desesperado—. ¿Cómo voy a solucionarlo? Yo no quiero causar un
incidente diplomático.
Serena la miró con gesto pensativo.
—Yo que tú seguiría adelante con el compromiso durante unos días, pero
déjale claro que no tienes intención de casarte. Es importante que parezca que ha
sido Nicholas quien ha cambiado de opinión… para salvar la cara con su gente.
Rebecca asintió, sabiendo que Serena sabía cómo manejar esos asuntos
mejor que ella.
—No dejes que te haga daño —le dijo luego su amiga, levantándose—.
Nicholas es un seductor, pero no creo que ninguna mujer le haya tocado nunca el
corazón. Ten cuidado con el tuyo.
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—No te preocupes por mí, no voy a perder la cabeza —Rebecca miró la rosa
que había sobre la mesilla y luego a Serena—. Me alegro de que Gabe te
encontrase. Y me alegro mucho de que haya vuelto a encontrar la felicidad.
—Yo también soy muy feliz —el rostro de Serena resplandecía—. Gabe es mi
corazón, mi amor, mi alma gemela.
Y eso era exactamente lo que Rebecca esperada encontrar algún día: amor de
verdad. Pero eso era precisamente lo que el príncipe Nicholas no le había ofrecido.
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Capítulo 4
Había sido una sorpresa para Nicholas que Rebecca mencionase el amor.
También él había tenido una vez la esperanza de que esa emoción existiera y la
había buscado desesperadamente, sobre todo para demostrarle a su padre que
estaba equivocado. Pero después de pasar todo un año buscándolo, saliendo con
una larga lista de mujeres que lo dejaban frío, había llegado a pensar que el amor no
existía. O, al menos, no existía para alguien como él.
Los matrimonios se formaban, como el de su padre y su madre, por una
variedad de pragmáticas razones, no porque entre dos personas pudiera existir una
magia loca y repentina.
Sentado en el salón de Gabe y Serena, mientras esperaba que Rebecca se
reuniese con él, Nicholas pensó en lo que sabía sobre ella: tenía veinticinco años y
era una profesora sin empleo que había pasado el último año cuidando de una
madre enferma que, lamentablemente, había muerto un mes antes.
Tenía una tarjeta de crédito que apenas usaba, un coche de más de siete años
y ninguna propiedad a su nombre. Además de una reputación sin mancha. Un
modesto pasado que sus compatriotas encontrarían encantador.
Lo que sabía sobre Rebecca era lo que podría saber cualquiera, pero había
tantas cosas que ignoraba… y le sorprendía reconocer que estaba deseando pasar
tiempo con ella. Nicholas sonrió al recordar su risa. Esperaba hacerla reír aquel día.
—Rebecca bajará enseguida —dijo Gabe, entrando en el salón.
—Muy bien, estoy deseando volver a verla —Nicholas sonreía, pero el hombre
alto y moreno estaba muy serio.

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—Tú sabes que Rebecca es la hermana de mi difunta esposa —dijo Gabe.
Nicholas asintió con la cabeza. Sabía que la primera esposa de Gabe había
muerto trágicamente. Tras su muerte, Gabe se trasladó a Wynborough, donde había
encontrado un puesto como guardaespaldas. Según los rumores, Serena y él se
habían enamorado locamente, pero Nicholas sospechaba que el padre de Serena, el
rey Phillip, había llegado a algún tipo de acuerdo con el guardaespaldas. No sabía
qué le había prometido, pero sí que el rey Phillip estaba muy satisfecho al ver a su
aventurera hija casada. Así era como funcionaban los matrimonios reales, se
recordó a sí mismo.
—Siento un gran aprecio por Rebecca —siguió Gabe.
—Y estoy seguro de que también yo acabaré sintiendo un gran aprecio por ella
—replicó Nicholas, notando que su respuesta no aliviaba la tensión.
—No quiero que le hagas daño.
—No tengo la menor intención de hacerle daño. Voy a casarme con ella, no a
enterrarla —protestó él, con una sonrisa forzada. No entendía por qué no se
mostraba alegre. Al fin y al cabo, iba a ofrecerle a Rebecca la vida de una princesa.
—Sólo quería advertirte —insistió Gabe—. Si le haces daño, no tendrás que
seguir preocupándote por tus derechos de sucesión al trono… ni por ninguna otra
cosa.
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Nicholas lo miró, sorprendido. Y por primera vez se preguntó si quizá no se
habría apresurado al comprometerse con la bonita Rebecca Baxter.
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Capítulo 5
—He pensado que podríamos ir de compras, Rebecca —le dijo Nicholas, a su
lado en el asiento trasero de la limusina—. Sé que a las mujeres os encanta ir de
compras.
—No, a mí no —contestó ella. Estaba más nerviosa de lo que quería reconocer.
Nicholas le parecía incluso más guapo aquella mañana y tendría que estar hecha de
hierro para que su sonrisa no la afectase.
Ni siquiera debería estar allí, pensó. No debería haber aceptado seguir
adelante con esa locura. Pero, si era sincera consigo misma, debía admitir que era
una experiencia emocionante. Resultaba increíble que después de un año cuidando
de su madre enferma, su primera cita fuera con un príncipe que le había propuesto
matrimonio.
—No creo haber conocido nunca a una mujer a la que no le gustase ir de
compras —dijo Nicholas.
—Pues a lo mejor es que sales con mujeres que no te convienen.
Él rió. Tenía una risa preciosa, ronca y masculina.
—Es posible que tengas razón. Aun así, me gustaría comprarte algo especial
para mañana por la noche. Algo para conmemorar nuestro compromiso.
—¿Mañana por la noche?
—La fiesta en casa de los Woodtower. Tengo entendido que los Woodtower
organizar unas fiestas fabulosas.
Rebecca asintió, recordando que Gabe había mencionado algo sobre eso.
—Prefiero que no me compres nada. Sólo he aceptado tomar parte en este
absurdo compromiso durante una semana. Y sólo para que puedas contarle a todo
el mundo que ha sido un error porque sería totalmente inapropiada como princesa.
—Pero es que no me pareces inapropiada.
—Ya veras como sí —dijo ella, mirándolo a los ojos—. ¿Por qué te ha puesto tu
padre una fecha límite para casarte?
—Porque a mi padre le gusta controlarlo todo —contestó Nicholas—. Y yo debo
casarme porque es mi obligación hacia Edenbourg.
La conversación terminó cuando la limusina se detuvo frente a un mercado al
aire libre. Unos minutos después, estaban paseando entre los puestos. Rebecca
tenía la impresión de que el príncipe no era sólo guapo, sino muy obstinado también.
Y era evidente que no había hecho caso de sus protestas de que encontrase otra
prometida.
Ella no quería ser la responsable de que perdiera su derecho a ser algún día el
rey de su país, pero no estaba dispuesta a sacrificar sus sueños.
—¡Alteza!
Nicholas y Rebecca se volvieron. Tras ellos había un hombre que parecía un
periodista.
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—¿Puedo hacerle una fotografía con su prometida?
—¡No! —exclamó ella, horrorizada. No quería que aquel falso compromiso
apareciese en las noticias.
—Desde luego que sí —dijo Nicholas sin embargo—. ¿Qué tal una fotografía
de nuestro primer beso?
Antes de que Rebecca pudiese protestar, o supiera lo que estaba pasando, los
labios del príncipe se acercaron a los suyos.
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Capítulo 6
La intención de Nicholas había sido darle un beso breve, amable, pero en
cuanto sus labios tocaron los de Rebecca se vio envuelto en una tormenta de
inesperado deseo. Sus labios tenían un sabor muy dulce y su perfume se le subía a
la cabeza.
Se apartó a regañadientes, sin fijarse siquiera en el periodista que se alejaba.
Rebecca tenía los ojos muy brillantes y Nicholas se preguntó cómo serían cuando le
hiciera el amor. Esa idea hizo hervir su sangre.
—No deberías haber hecho eso —murmuró Rebecca, con las mejillas
enrojecidas.
—¿No? Pues yo estaba pensando repetir la experiencia.
Ella dio un paso atrás, haciéndole un gesto de advertencia.
—No te atrevas —le advirtió—. Estás empeorando las cosas, Nicholas. No
pienso casarme contigo.
Él la siguió cuando se dirigía a un puesto de flores. Rebecca Baxter lo
intrigaba. Nunca se le había ocurrido pensar que una mujer no saltaría de alegría
ante la oportunidad que le estaba ofreciendo; la oportunidad de ser algún día la reina
de un país precioso.
Sabía sin la menor duda que cualquiera de las mujeres con las que había
salido durante aquel año se habría casado con él sin pensarlo dos veces. ¿Qué le
pasaba a Rebecca Baxter? ¿Estaba haciéndose la difícil o de verdad pensaba
rechazarlo?
Nicholas apresuró el paso para llegar a su lado, admirando su bonita figura
mientras se inclinaba para oler un ramo de flores recién cortadas.
—¿Te gustan las flores? —le preguntó.
—Me encantan —la sonrisa de Rebecca creó una agradable calorcito en su
estómago—. Y me encanta la jardinería.
Siguieron caminando, dejando el puesto de flores atrás.
—¿Qué más cosas te gustan?
—Me gustan muchas cosas: la pizza de jamón, trabajar con niños, disfrutar de
un atardecer… —Rebecca lo miró con curiosidad—. ¿Y a ti?
Nicholas arrugó el ceño, pensativo.
—Me gusta viajar por mi país, charlar con la gente y representar sus intereses
por todo el mundo —contestó, pensando en las cenas oficiales, en los bailes de gala
y en las reuniones que ocupaban todo su tiempo.
Había perdido mucho de ese precioso tiempo saliendo con una variedad de
mujeres y dando que hablar a las revistas del corazón porque sabía que eso
enfurecía a su padre, pero era algo que nunca había disfrutado.
—Parece que no tenemos mucho en común —bromeó Rebecca.
—No es necesario que nos gusten las mismas cosas —dijo él.
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—¿Cómo que no? —Rebecca sacudió la cabeza—. Bueno, en realidad esta
conversación es una pérdida de tiempo porque no tengo intención de casarme
contigo. Una semana, Nicholas, ya te lo dije. Tomaré parte en esta farsa durante una
semana y luego tú le dirás a la prensa que no era una persona apropiada para ti y
podrás elegir otra mujer para que sea tu esposa.
Y después de decir eso se alejó.
Nicholas fue tras ella, preguntándose cómo iba a convencerla para que
cambiase de opinión en siete días. Y preguntándose por qué de repente era tan
importante para él que cambiase de opinión.
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Capítulo 7
Flores. Había flores por todas partes. Enormes ramos de flores que ocupaban
tanto espacio en el dormitorio de Rebecca que tuvo que sacar algunos al pasillo. No
dejaban de llegar y con cada ramo su furia aumentaba.
Nicholas la había llevado de vuelta a casa de Serena y Gabe por la tarde y el
envío de ramos de flores había empezado casi inmediatamente.
—Un poco extravagante, pero es un detalle bonito —opinó Serena, mientras
observaba el jardín en que se había convertido el dormitorio.
—¿Bonito? —repitió Rebecca, incrédula—. Ese hombre es un lunático. Está
intentando comprarme, pero no va a funcionar. Nicholas no entiende una negativa
porque seguramente no le han negado nada en toda su vida. Es extravagante y
malcriado…
—El príncipe malcriado está esperándote en el vestíbulo —anunció Serena,
con una sonrisa en los labios.
—Ah, muy bien porque pienso decirle cuatro cosas —Rebecca salió de la
habitación hecha una furia. Afortunadamente no le había dicho que le gustaban los
animales porque le hubiese enviado un zoo entero.
Pero la furia se disipó un poco cuando llegó al vestíbulo y Nicholas la saludó
con una amplia sonrisa. Estaba tan guapo, con esos ojos tan brillantes…
—¿Estás contenta?
—No, no estoy contenta —contestó ella con sequedad.
—Pero dijiste que te gustaban las flores —la sonrisa de Nicholas desapareció,
reemplazada por una expresión de sorpresa.
Rebecca no pudo seguir enfadada al darse cuenta de que de verdad había
querido complacerla y no entendía por qué no lo estaba.
—Te dije que me gustaban las flores, pero también te dije que me gustaba la
jardinería.
—Cuando nos casemos podrás pasar mucho tiempo en el jardín —dijo
Nicholas.
Ella suspiró.
—Mira, vivimos en dos mundos totalmente diferentes. Prefiero ser una
profesora en Iowa que una princesa que no se ha casado por amor.
—Tal vez debería haber enviado joyas en lugar de flores —murmuró él, como
para sí mismo—. Pensé que querías flores.
No lo entendía. Sencillamente, no lo entendía, pensó Rebecca. Estaba tan
acostumbrado a comprar lo que quería, a conseguir lo que deseaba, que no
entendía que a ella sólo podría ganársela con amor.
—Ven conmigo —dijo de repente, tomando su mano.
—¿Dónde vamos? —preguntó Nicholas, perplejo.
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—Las flores que me has enviado me han enseñado mucho sobre tu mundo.
Ahora voy a enseñarte algo del mío.
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Capítulo 8
Nicholas, intrigado, se dejó llevar, disfrutando del calor de su mano.
No entendía por qué las flores no le habían gustado. Los enormes y exóticos
ramos habrían gustado a cualquiera de las mujeres con las que había salido en el
pasado.
Mientras lo llevaba hacia la parte trasera de jardín, notó cómo la luz del sol
bailaba sobre su pelo oscuro, dándole reflejos rojizos. Sus propios dedos parecían
deseosos de acariciar los sedosos mechones.
Rebecca lo llevó al invernadero y señaló las flores y plantas que había a su
alrededor.
—Estas son las flores que me gustan… flores vivas, que están creciendo —
dijo, mirándolo con curiosidad—. ¿Tú has plantado flores alguna vez?
Era tan encantadora que deseó poder decirle que sí, pero no iba a mentir.
—Nunca. Tenemos jardineros en palacio para eso.
—No hay nada mejor que hundir las manos en la tierra —Rebecca tomó una
palita y una bolsa de semillas de la estantería y se arrodilló frente a un macetero.
Nicholas la miró, sorprendido por un momento, y luego se arrodilló a su lado.
En unos minutos estaban manchados de tierra hasta los codos.
Debía admitir que había algo sensual y evocador en plantar semillas, pero no
sabía si era el calor y la textura de la tierra o la alegría que iluminaba las facciones
de Rebecca.
—Siempre he creído que el matrimonio era algo parecido a plantar flores. No
vale sólo con plantarlas, para que florezcan hay que alimentarlas.
Nicholas consideró sus palabras con interés.
—Puede que yo creyese eso una vez, pero ahora sé que el matrimonio es sólo
un deber que uno debe cumplir.
Ella lo miró con expresión triste.
—Pues si es por eso por lo que te casas, nunca encontrarás la felicidad.
Para Nicholas esa conversación era extrañamente turbadora, pero Rebecca
pareció notar su desconcierto y soltó una carcajada. Habían sido esa risa tan
musical y el brillo de sus ojos las razones por las que la había elegido precisamente
a ella, pensó, sonriendo también.
—¿De qué te ríes?
—Si tus súbditos pudieran verte ahora… Su Alteza Real con la cara manchada
de tierra.
—¿Dónde? —Nicholas se tocó la cara con una mano manchada de tierra y, de
nuevo, Rebecca volvió a reír, con esa risa suya que tanto lo deleitaba—.Tú también
te has manchado —sonrió, poniendo las manos en su cara.
Rebecca puso cara de sorpresa, pero enseguida soltó una carcajada.
Lectura on-line de Harlequin Ibérica Nº Paginas 18-46
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Nicholas no sabía nada sobre el amor, pero no había nada que deseara más
que tomar a Rebecca entre sus brazos.
Y decidió no luchar contra ese impulso, sino dejarse llevar.
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Capítulo 9
Había sido fácil para Rebecca no darle demasiada importancia al primer beso
de Nicholas porque a su lado había un periodista con una cámara y sabía que
estaba besándola con propósitos publicitarios.
Pero en cuanto sus labios la rozaron supo que aquel beso era diferente. No
había nadie en el invernadero más que ellos, ninguna razón para que la besara más
que porque quería hacerlo.
Los labios de Nicholas aplastaban los suyos con ardiente pasión mientras la
apretaba contra su torso y a Rebecca le daba vueltas la cabeza. Aunque sabía que
podría haber dado un paso atrás, su cuerpo se negaba a obedecer las órdenes que
enviaba su cerebro.
Pero tenía que apartarse, pensó. Tenía que buscar aire y recuperar el
equilibrio. Y, a la vez, quería que aquel beso no terminase nunca.
Mientras seguía besándola ardientemente la apretaba contra su cuerpo y
Rebecca notaba los salvajes latidos de un corazón… aunque no podría decir si era
el suyo o el de Nicholas.
Pero, a juzgar por el deseo que se había apoderado de ella, tenía que ser su
corazón el que latía con tal fuerza.
Estar entre sus brazos, besarlo, hacía que sus sueños pareciesen asequibles.
Y el deseo de su corazón no tenía nada que ver con convertirse en una princesa o
una reina, sino con amar y ser amada por un hombre especial.
Nicholas se apartó por fin, con desgana, sus oscuros brillando de deseo. Y, al
ver ese brillo, Rebecca sintió el mismo deseo en la boca del estómago.
—Espero que tardes mucho en darme un heredero —susurró—. Cuanto más
tardes, más veces tendremos que intentarlo.
Esas palabras fueron como un jarro de agua fría, recordándole exactamente
qué le estaba ofreciendo con ese matrimonio y qué esperaría a cambio.
Rebecca abrió la boca para protestar, para recordarle que no tenía intención de
casarse con él, pero Nicholas empezó a acariciar suavemente su mejilla.
—No puedo tener una conversación seria con una mujer que tiene la cara
manchada de tierra. Ven —dijo, tomando su mano—. Vamos a asearnos.
Con la mano de Nicholas en la suya, y la mejilla ardiendo por la dulce caricia,
Rebecca se dio cuenta de que iba a tener que ser fuerte. Le había prometido una
semana de falso compromiso y le daría una semana.
Pero debía tener cuidado porque cuando le regalaba su encantadora sonrisa,
cuando la tocaba, aunque fuera el gesto más simple, despertaba emociones que
sólo podían tener un final: un corazón roto.
Lectura on-line de Harlequin Ibérica Nº Paginas 20-46
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Capítulo 10
—Esa rubia de ahí sería una princesa estupenda —le dijo Rebecca en voz
baja.
El baile de los Woodtower estaba en todo su apogeo. Charles y Edi Woodtower
eran amigos personales del rey Phillip y la reina Gabriella y no habían ahorrado
gasto alguno en aquella fiesta que habían organizado en su honor.
El salón de baile era espléndido, con molduras forradas en pan de oro y
enormes candelabros de cristal. La suave música de una orquesta actuaba como
contrapunto de las conversaciones y las risas de los invitados. Nicholas y ella
estaban en una pequeña estancia desde la que tenían

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