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La rebeldía de una inocente – Kate Hewitt

La rebeldía de una inocente – Kate Hewitt

La rebeldía de una inocente – Kate Hewitt

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Lo sabías –le dijo Ben Chatsfield a su
hermano Spencer.
Trató de controlar la ira que
comenzaba a nacer en su interior y
amenazaba con desbordarse en cualquier
momento. Hizo puños con las manos e
intentó ahogar las palabras que
asomaban a sus labios. Decidió que era
mejor tragárselas, como había hecho
siempre. Se limitó a dedicarle una
sonrisa irónica, como si lo que Spencer
le había revelado fuera algo divertido.
–¿Cuánto tiempo hace que lo sabes? –
le preguntó entonces.
–¿Que soy hijo ilegítimo? –repuso
Spencer apretando los labios un segundo
y encogiéndose de hombros–. Unos
cinco años, desde el día que cumplí
veintinueve años.

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Ben apenas pudo controlar su
sorpresa. Durante esos últimos cinco
años, había estado distanciado de su
hermano y del resto de la familia, pero
acababa de descubrir que su hermano
Spencer ya había sabido entonces que
era hijo ilegítimo.
–Me gusta mucho este sitio –le dijo
entonces Spencer.
Ben no respondió mientras su
hermano miraba a su alrededor,
admirando el elegante comedor del
mejor restaurante que tenía Ben en Niza.
Había sido una sorpresa ver aparecer a
Spencer de repente por la puerta
mientras se quitaba sus gafas de sol,
como si fuera un turista más cuando en
realidad era su hermano mayor, el líder
de los «Tres Mosqueteros», como los
llamaban a los hermanos. Recordaba
perfectamente la adoración que había
sentido entonces por Spencer y cuánto lo
había echado de menos.
Cuando salió de la cocina del
restaurante para entrar en el comedor, se
quedó parado al verlo allí, sonriéndolo
como si hubieran pasado sin verse solo
unos días en vez de catorce largos años.
–Hola, Ben –le había dicho su
hermano mayor.
La sorpresa había sido tan grande que
no sabía cómo había podido contestarle.
–Spencer… –había susurrado con la
voz entrecortada.
Otra sorpresa había sido descubrir
que Spencer ya hacía cinco años que
había descubierto el secreto que Ben
había conocido a los dieciocho. Un
secreto que le había roto el corazón y le
había hecho tomar la decisión de irse de
casa y cortar todo tipo de relación con
su familia. Un secreto que sabía que le
había costado mucho. Aun así, le sonrió
al ver cuánto le había sorprendido su
respuesta.
–Todo eso es historia, Ben –le dijo
Spencer tratando de ser conciliador.
Pero, para Spencer, las explicaciones
llegaban demasiado tarde.
–Es mejor no pensar en ello. Siempre
supe que tenía que haber algún motivo
para que Michael me tratara siempre de
manera diferente a como os trataba a
James y a ti. Cuando me enteré de que
vuestro padre había sabido desde el
principio que yo no era su hijo
biológico, comprendí muchas cosas. Me
costó, pero ya lo he aceptado.
–Me alegra saberlo –respondió Ben.
A pesar de la maraña de emociones
que sentía dentro de él, pudo hablar con
calma. Era una mezcla de
arrepentimiento y culpabilidad, de
tristeza por todo lo que había pasado y
felicidad al ver de nuevo a su querido
hermano. Pero, por encima de todo,
estaba enfadado.
No pudo evitar que una oleada de ira
lo quemara por dentro, era como un río
de lava recorriendo su ser e hirviendo
su sangre. Le parecía increíble que
Spencer pensara que podía volver de
repente a su vida como si no hubiera
pasado nada. Sin darle ni excusas ni
explicaciones, limitándose a hablarle
como si no hubieran estado catorce años
sin verse.
–¿Qué estás haciendo aquí, Spencer?
–le preguntó Ben.
–¿No te alegra verme? Ha pasado
tanto tiempo, Ben… –repuso Spencer
sorprendido por su tono.
–Siempre has sabido dónde podías
encontrarme –lo interrumpió furioso.
–Tú también –contrarrestó Spencer.
–Pero yo no tenía ni idea de que
supieras la verdad –le recordó Ben.
–¿Lo contrario habría cambiado las
cosas entre nosotros? –le preguntó
Spencer.
Ben apartó su mirada.
–Puede que sí.
Se preguntó si habría decidido
regresar con su familia si hubiera tenido
la seguridad de que Spencer sabía que
era hijo ilegítimo, pero era demasiado
difícil tratar de adivinar qué habría
hecho en esa situación. Después de todo,
no tenía demasiados recuerdos buenos
de su infancia con el resto de los
Chatsfield.
–El caso es que no me has contestado
–insistió Ben–. ¿Qué estás haciendo
aquí?
Cada vez estaba más enfadado. Tenía
la sospecha de que estaba allí porque
quería algo de él.
–Bueno, me pareció que ya era hora
de que nos reuniéramos de nuevo los
tres mosqueteros –le aseguró Spencer–.
James también está en Niza, aunque solo
durante el fin de semana, y quiere verte.
Así podremos por fin estar los tres
juntos de nuevo, Ben, por el bien de los
Chatsfield.
Los Chatsfield… Sabía que no se
refería a su familia, sino al imperio
hotelero que era el orgullo de su padre.
Y Spencer habría sido el heredero de
los hoteles si no hubiera sido hijo
ilegítimo. Al final, aunque no le
correspondiera por nacimiento, había
terminado por heredar de algún modo
los hoteles cuando su tío Gene decidió
nombrar a Spencer nuevo director
general después de que renunciara al
puesto su prima Lucilla.
Eran cosas que sabía por la prensa,
aunque trataba de no prestar demasiada
atención a ese tipo de noticias. Aun así,
a veces no podía evitar enterarse de
ciertos acontecimientos.
Y acababa de descubrir que Spencer
había ido a verlo, después de tantos
años sin verse, para que hiciera algo por
el bien de la cadena Chatsfield. Era
como si no tuviera en cuenta que habían
pasado la mitad de sus vidas separados.
–Lo que menos te interesa es que nos
juntemos de nuevo los «Tres
Mosqueteros» –le dijo a su hermano sin
poder ocultar su amargura–. Déjate de
excusas, Spencer. Lo que quieres es que
haga algo para ti. Y para los Chatsfield,
¿no?
Spencer echó hacia atrás la cabeza.
Estaba sorprendido y quizás también
algo ofendido.
«Le debe de extrañar ver cuánto he
cambiado, comprobar que ya no soy
aquel joven…», se dijo Ben al recordar
su infancia. Se había pasado esos años
tratando de agradar a la gente y hacer
feliz a todo el mundo, pero siempre
fracasaba. Pero ya no era así, ya no
trataba de complacer a la gente sin más.
Y no estaba dispuesto a hacer nada por
Spencer ni por los Chatsfield.
–Como puedes ver, estoy ocupado –le
dijo a Spencer mientras le dedicaba una
fría sonrisa.
No quería tener que decirle lo que
pensaba de él. Era mucho más fácil así.
Porque lo que tenía ganas de hacer en
ese momento era dejarse llevar por la
ira y darle un puñetazo a algo, quizás
incluso a Spencer.
–Lo sé, lo sé –repuso Spencer–. Has
hecho un gran trabajo en este sitio. He
oído que te han otorgado incluso una
estrella Michelin. Es impresionante,
felicidades –añadió–. ¿Cuántos
restaurantes tienes ya?
–Siete.
–Increíble.
Ben no dijo nada, se limitó a apretar
los labios. No necesitaba los elogios de
su hermano mayor.
–Lo que quería comentarte… –
comenzó Spencer–. Supongo que habrás
oído algo en las noticias sobre el
acuerdo con la cadena Harrington.
–¿Lo de que al final ha fracasado? Sí,
lo he oído.
Los dos grandes imperios hoteleros
habían aparecido continuamente en las
noticias durante esas últimas semanas.
Había sido imposible no enterarse de
los problemas que habían ido surgiendo
durante la operación por la que la
cadena Chatsfield había tratado de
hacerse con los hoteles Harrington.
También había leído en la prensa que su
hermano James se había comprometido
con Leila, la princesa de Surhaadi.
Al parecer, James le había pedido
que se casara con él frente al hotel que
su familia tenía en Nueva York después
de declararle su amor de la manera más
pública posible, en una de las
gigantescas pantallas publicitarias que
decoraban Times Square.
Todo ese asunto se había convertido
en el tipo de circo mediático que tanto
odiaba Ben, pero sabía que a la gente le
encantaban esas historias y las últimas
noticias habían contribuido a disparar la
popularidad de los hoteles Chatsfield.
–Los Harrington tendrán que entrar en
razón en algún momento –le dijo a
Spencer en un tono algo desdeñoso–. Su
cadena no es tan fuerte como la
Chatsfield, no tienen los recursos para
seguir siendo vuestros competidores.
–Las negociaciones van a ser muy
complicadas –le contestó Spencer–.
Tengo el apoyo de algunos accionistas,
pero no de todos. Aún no…
Ben se encogió de hombros. La
verdad era que no le preocupaban para
nada los hoteles. Ya no.
–Mira –le dijo Spencer–. Tengo que
estar presente en las negociaciones,
tanto en Nueva York como en Londres,
para tratar el tema de la adquisición. Es
una etapa crítica del proceso y tengo que
estar allí.
–Muy bien, ¿por qué me lo estás
contando? Si tienes que estar allí, ve.
–Pero también me esperan en Berlín a
partir de la próxima semana. Tengo que
encargarme de supervisar todas las
actividades del hotel durante la
Berlinale, el festival internacional de
cine.
Ben se quedó mirando perplejo a
Spencer. No entendía nada.
–Va a haber varias estrellas de
Hollywood que se alojarán en el
Chatsfield durante el festival. Es un
momento importante para el hotel y
también para la empresa, por supuesto.
–No sé por qué me estás diciendo
todo esto –le dijo Ben a pesar de que
empezaba a sospecharlo.
–Necesito a alguien de confianza allí
–le explicó Spencer–. A un Chatsfield.
Eso no podía negarlo. Aunque le
pesara, Ben era un miembro de esa
familia.
–¿Y esperas que lo deje todo para ir a
Berlín solo porque necesitas mi ayuda?
–le preguntó Ben con incredulidad–. ¿Y
me lo pides después de catorce años de
silencio?
Vio que a Spencer le brillaban de
repente los ojos. Sus palabras lo habían
molestado.
–Tú fuiste el que se fue de casa, Ben.
Tuvo que contenerse para no darle un
puñetazo. Apretó las manos para
calmarse. Tenía el corazón a mil por
hora. La necesidad de pegar a Spencer
era casi abrumadora, pero consiguió no
dejarse llevar por su enfado. Sabía que
debía controlar su ira. No podía olvidar
que una vez había estado a punto de
matar a un hombre por culpa de esa furia
sin control.
–Sí, lo hice. Y no pienso volver para
ayudarte a ti ni a tu hotel, Spencer.
Su hermano lo observó durante unos
segundos.
–Has cambiado –le dijo en voz baja
Spencer.
–Sí.
–Pero sigues siendo mi hermano, Ben
–le recordó Spencer con una triste
sonrisa–. Y yo sigo siendo el tuyo. Sé
que debería haber intentado contactar
contigo antes, pero también tú podrías
haberlo hecho. Los dos tenemos parte de
culpa, ¿no te parece?
Sabía que al joven Ben le habría
faltado tiempo para aceptar su culpa,
pedirle disculpas y tratar de hacer las
cosas bien. El joven que había sido
habría hecho lo que fuera para que
Spencer fuera feliz, para que toda su
familia lo fuera.
Pero se había convertido en un
hombre que había tenido que vivir
aislado de su familia durante catorce
largos años, que se había centrado
absolutamente en el trabajo mientras
trataba de ignorar la rabia y la amargura
que aún sentía dentro de él. Ese hombre
se limitó a encogerse de hombros al oír
a su hermano.
–Por favor –le dijo entonces Spencer
inclinando a un lado la cabeza y
dedicándole una sonrisa ladeada y
contagiosa que recordaba muy bien–. Te
necesito, Ben.
No podía mirarlo sin recordar su
infancia, pero negó con la cabeza, no iba
a dar su brazo a torcer por mucho que su
hermano estuviera consiguiendo hacerle
pensar en el pasado.
–Acabo de abrir un restaurante en
Roma y tengo que ir a verlo…
–Dos semanas, Ben, eso es todo.
Tenemos que volver a ser una familia y
permanecer unidos por el bien de los
hoteles Chatsfield. Es lo que más me
importa.
Todo lo que siempre había querido
Ben había sido tener una familia unida.
Había tenido que ver durante años cómo
discutían sus padres y sufrir el mal
humor de su progenitor. No había dejado
de intentar que mejoraran las cosas,
pero no había conseguido nada. Sentía
que ya se había sacrificado una vez por
su familia y, muy a su pesar, supo en ese
momento que iba a volver a hacerlo.
Había lamentado en más de una ocasión
haberse ido de casa como lo había
hecho y no sabía si iba a ser capaz de
arreglar las cosas con su familia, pero
se dio cuenta de que estaba dispuesto a
intentarlo. Aunque había cambiado
mucho, seguía teniendo vocación de
pacificador.
–Dos semanas –le dijo entonces.
Vio la expresión de alivio de la cara
de Spencer.
–Sí.
–Soy chef, Spencer, no me dedico a
dirigir hoteles ni a tratar con la gente –le
advirtió–. Eso se lo dejo a otras
personas.
–Todo irá bien –le aseguró Spencer–.
Solo hay que sonreír y saludar a un
montón de gente. Esa es la base del
trabajo.
No le hacía ninguna gracia, quería
echarse atrás, pero sabía que no iba a
hacerlo. Se dio cuenta de que no había
cambiado tanto como pensaba y eso lo
sacaba de quicio.
–No he tenido relación alguna con la
cadena Chatsfield durante estos catorce
años –le recordó a su hermano–. Casi la
mitad de mi vida.
–Bueno, más razón aún para
participar en el negocio familiar –le dijo
Spencer con sinceridad–. Te he echado
de menos, Ben. Lamento que te fueras de
casa hace tantos años. Sé que estabas
tratando de protegerme…
–Olvídalo –lo interrumpió Ben con un
nudo en la garganta.
Una mezcla de ira y tristeza lo
invadió en ese instante. No quería hablar
del pasado. Ni siquiera quería pensar en
eso.
–Te agradezco lo que trataste de
hacer –insistió Spencer.
Ben lo interrumpió de nuevo
sacudiendo la cabeza. No quería

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