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Libro PDF La resistencia El régimen 1 – Mauricio I. Herrera

La resistencia (El régimen 1) - Mauricio I. Herrera

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mañana tranquila, igual que otras.
Ernesto Palacios era un muchacho de
apenas diecisiete años de edad. Aún
asistía a la preparatoria y pronto tendría
que decidirse por una carrera
universitaria. Era un joven normal, ni
alto, ni bajo, con una fisonomía delgada.
Su cabello era una maraña negra, y su
piel, aunque con una tonalidad clara, se
oscurecía en un ligero bronceado
producido del día a día. Su padre era
una réplica exacta de él, pero con menos
cabello y unos cuantos kilos de más. Su
madre era una señora de estatura
pequeña, y cuerpo delgado, que se lucía
menor a su edad real. Ambos andaban
cerca de los cuarenta, y trabajaban en el
ayuntamiento de la ciudad.
Una alarma comenzó a sonar por toda la
casa.
-Max, contestar –dijo Regina.
La pantalla adherida a la pared que
mostraba el noticiero matutino se
dividió en dos, dejando ver un enorme
rostro femenino que cubría la otra mitad
de la televisión. Se trataba de una mujer,
parecía que miraba hacia abajo. Por
lógica, Ernesto comprendió que se
trataba de una computadora de pulsera,
viendo el ángulo y las proporciones de
la imagen. La mujer era Susana, la tía de
Ernesto; se le veía desesperada,
despeinada, con la cara marcada por
lágrimas recientes. Los padres se
alarmaron al mirarla en ese estado.
-¡Susana! –gritaron Pedro y Regina al
mismo tiempo.
-¡No hay tiempo! ¡Han descubierto todo,
capturaron a Salazar y Vega! Se llevaron
a sus familias, y, por lo que me he
enterado, tienen la lista de todos, se los
van a llevar a los confines. Tienen
que…
Un fuerte golpe hizo que Susana volteara
de repente, gritando. Se vio cómo movió
su otra mano para apagar de un tajo la
computadora. El silencio en casa de
Ernesto se hizo presente. Regina y Pedro
se miraron a sí mismos, después miraron
a su hijo. Él estaba más desconcertado
que ellos dos, no sabía absolutamente
nada.
Tres coches negros llegaron de repente a
estacionarse enfrente del jardín de su
casa; la familia los miraba a través de la
ventana. Cinco hombres trajeados
bajaron con armas a los costados, en
posición de ataque. Regina ahogó un
grito.
-¡PÁRATE, RÁPIDO. VEN! –le
apresuró su padre a Ernesto-. Max,
cierra toda la casa hacia exteriores –
gritó a nadie en general.
-Bloqueando salidas –resonó una voz
electrónica por todos lados.
Las puertas y ventanas de la casa se
cerraron automáticamente justo antes de
que los hombres entraran. Los perros de
casas vecinas, junto el pequeño labrador
que tenían en el patio trasero, ladraban y
aullaban haciendo un escándalo mayor.
Pedro tomó a su hijo del brazo,
jalándolo con él. Ambos, junto con
Regina, se dirigieron apresuradamente
hacia las escaleras, corriendo y
empujando todo lo que se les ponía en
frente. Un cristal de las ventanas estalló
cuando una bala fue a incrustarse en la
pared donde un segundo antes estaba la
madre de Ernesto. Ellos siguieron
avanzando hacia el segundo piso.
-¡Tienen cinco segundos para entregarse
por su propia cuenta! –gritó alguien
atrás de la puerta principal. Ellos
entraban a su recámara.
-Tú, toma el computador –le dijo Pedro
a Regina.
Mientras Regina sacaba de un cajón una
computadora de pulsera, Pedro movía un
sofá al fondo de la habitación. Atrás,
Ernesto observaba a su padre
desprender un pedazo de la pared,
revelando un pequeño hueco del tamaño
para una persona. Su padre lo tomó del
hombro y lo arrojó dentro. El chico no
tenía idea de lo que ocurría.
-¿Papá, qué está pasando? –preguntó.
Regina le dio el computador a Ernesto.
Abajo, alguien golpeaba la puerta
principal.
-Toma el computador y no hagas ruido,
pase lo que pase; alguien más tarde se
comunicará contigo. No te preocupes
por nosotros. Cuídate y protégete; no
salgas de aquí hasta que te digan. Te…
te queremos –le dijo el papá con los
ojos al borde del llanto.
-Te amamos –agregó Regina, a quien ya
le empezaban a brotar las lágrimas.
La puerta de abajo fue abierta por la
fuerza justo en el momento en que el
papá de Ernesto colocaba de nuevo la
tapa al agujero. Regina le ayudó a mover
el sofá a su lugar. Los pasos ascendían a
prisa por las escaleras.
-¡ABAJO TODOS! –escuchó Ernesto
una voz que gritaba.
-¿Dónde está el muchacho? –preguntó
otra voz después de un pausado silencio.
Ernesto se encontraba envuelto en las
sombras, sólo resplandecían unas
lucecitas de la computadora que cubrió
con su mano. Estaba muerto de miedo,
temía por sus padres.
-¡DIJE: ¿DÓNDE ESTÁ EL
MUCHACHO?! –replicó a voz alta.
-Huyó –era la voz de Pedro.
Se escuchó como si hubiera un fuerte
golpe. Regina gritó.
-¡¿DÓNDE, CARAJOS, ESTÁ?! –
preguntó con más énfasis.
-Ya les dije que huyó. Cuando subimos
él se fue a su recámara. No sabemos
nada más.
Hubo silencio unos segundos.
-Torres, Guzmán, Beltrán, revisen toda
la casa. José Luis, esposa a estos dos.
Unos pasos recorrieron la estancia hasta
el sofá, que crujió cuando alguien se
sentaba encima de él.
-Ustedes dos son unos grandes pendejos
–dijo el mismo hombre, parecía dar las
órdenes e ir al mando de los trajeados-.
Miren a su alrededor: casa bonita, buen
auto, buen empleo, buenas condiciones
de vida, y ahorita todo ya se fue a la
mierda por su pinche pendejez. ¿Por qué
sacrificarlo todo por unos cuantos putos
que no tienen nada ni sirven para algo?
¿Por qué ponen a prueba sus vidas y la
de su hijo? ¡JA! –Hizo un silbido entre
los dientes-. A ustedes dos les va a ir
muy mal, muy pero muy mal. Una cosa
es que sean de aquellos, pero otra muy
diferente es que traicionen al gobierno
de esta manera. El alcalde está muy
decepcionado.
Por las paredes se transmitía el sonido
de la casa siendo registrada de arriba
abajo. Daban portazos, arrojaban
objetos, volteaban los cajones de las
cómodas, y movían las camas y sillones.
El sofá volvió a crujir; el sujeto se había
puesto de pie para deambular por la
habitación. Luego, se escuchó cómo
revisaban cada rincón de la habitación,
esculcando entre los muebles y cajones.
-¿Y dónde está el computador?
-No sé de qué computador me hablas –
respondió Pedro con voz calmada.
-¿Crees que soy un pendejo? A todos
ustedes les encontraron una computadora
de pulsera. ¿Dónde está la suya?
-Te digo que no sé de qué me hablas.
Se volvió a escuchó un golpe seco.
-Sé que mientes, lo veo en tus ojos –
habló en casi un susurro-. Pero bueno,
vamos a dejarlo así y que en el
reclusorio te saquen la verdad a punta
de madrazos, papi. –Rio por lo bajo.
Alguien más entraba a la habitación, se
escuchaban sus pasos.
-No hay rastro del muchacho, señor –
dijo otra voz.
-¿Revisaron bien?
-Sí, señor, por todos los lugares, y no
sabemos dónde puede estar.
-En ese caso, tendré que mandar a
algunos a que revisen más tarde. Por
mientras, den la orden de confiscar la
casa y que manden algunos halcones a
vigilar el área, por si llegan a encontrar
al muchacho.
-Él no tiene nada que ver, ni siquiera
sabía qué somos parte de esto. Déjenlo
en paz, por favor –suplicó Regina;
Ernesto notó que ella lloraba.
-Posiblemente no esté enterado –explicó
el mismo hombre-; ¿pero creen que se
quedará tranquilo con todo esto? Aparte,
no podemos darnos el lujo de confiar al
cien por ciento en su palabra. ¡NO! El
muchacho será buscado y lo llevaremos
ante las autoridades para que sea
juzgado como se debe; no correremos el
riesgo.
-Sólo no le hagan daño si lo encuentran
–pidió Pedro.
Hubo un silencio tenso, luego el hombre
dijo:
-Bien, será todo. Lleven a este par de
putos con el alcalde y yo los alcanzaré
más tarde.
Salieron de la habitación, dirigiéndose a
la salida. Llevaban a la fuera a ambos
padres. Ernesto se encontraba aún en la
oscuridad, escuchó cuando los coches
encendían de nuevo los motores y
partían. El chico soltó el llanto frustrado
que había estado aguantando. Sus
padres… ¿qué sería de ellos?…
Capítulo 2: El Agente
Las lágrimas rodaban por sus mejillas
en silencio. ¿Qué era lo que había
ocurrido? Tan sólo unos cuantos minutos
atrás él se encontraba tranquilamente
comiendo su desayuno, preparándose
para ir a la escuela. ¿En qué diablos
estaban metidos sus padres? ¿Qué
habían hecho para causar tal
conmoción? Su mente trataba de
comprender y encontrar respuestas a
tantas preguntas que se le habían
formulado los últimos diez minutos. Su
tía también había estado involucrada con
ellos, ¿acaso toda su familia estaba
metida en ese lío? ¿Por qué no le habían
contado nada? ¿Y si pertenecían a la
resistencia? Sus padres nunca dieron
signos de estar metidos en nada ilegal.
LOS CONOCÍA. O al menos eso
pensaba.
El sujeto dijo que ellos habían
traicionado al gobierno. Eso significaba
que estaban en un gran problema. Pasó
una mano sobre los ojos y limpió sus
lágrimas. Las preguntas que lo invadían
luchaban por hacerse espacio contra la
preocupación por sus padres.
Exhaló en un largo suspiro, girando los
ojos hacia arriba. El corazón le
palpitaba tan fuerte que podía escuchar
los latidos en sus oídos. Bajó la mano al
suelo, topándose con la computadora de
pulsera. Al pasar una parte del dedo
sobre el cristal, una pantalla holográfica
se abrió encima de la pulsera,
iluminando débilmente el espacio donde
se encontraba.
Observó la interface, notando que no era
un computador cualquiera. Las
aplicaciones estaban alteradas. Al irlo
explorando, observó que el gadget no
había sido diseñado por un usuario
común. Casi todo se encontraba
restringido por contraseñas o
identificaciones específicas de usuario.
Su aspecto físico era como el de
cualquier otro (un simple brazalete
plano de color negro brillante), pero el
software mostraba que había sido
fabricado para alguien que se dedicará
más que a los negocios.
¿De dónde lo habían obtenido? A pesar
de toda la tecnología que se disponía en
esos años, ese tipo de computador de
pulsera habría valido demasiado dinero
debido a las aplicaciones que contenía y
el modo en que estaba diseñado. Y lo
más raro, es que el gobierno también lo
quería; los hombres habían preguntado
por él.
Ernesto volvió a suspirar para tratar de
serenarse. Se quedó pensando un
momento más. Volvió a recordar cada
suceso de lo que había acontecido desde
que su tía llamó. Trató de ver todos
aquellos detalles ocultos durante su vida
que posiblemente olvidó, algo que le
revelara qué era lo que ocurría. Se
encontraba solo, frustrado y con miedo.
¿Qué era lo que el gobierno quería de él
y su familia? Todos odiaban al
gobierno, por supuesto, pero su familia
siempre se portó de una manera
tranquila y pacífica respecto a éste, más
trabajando para el ayuntamiento. ¿Qué
los diferencia a ellos de las demás
personas? ¿Y qué era lo que él mismo
hizo como para que no lo dejaran ir?
¿Qué se suponía que él debía saber
según lo que había dicho el hombre?
Sintió el inicio de un calambre en la
pierna derecha y reaccionó. Su cuerpo
seguía en la misma posición desde que
había entrado ahí, congelado a causa del
pánico. Aunque posiblemente sólo
habrían pasado cinco minutos desde que
todo quedó en silencio, a él le parecían
horas y, a la misma vez, segundos.
Cada minuto que transcurría era
esencial. ¿Qué les harían a sus padres
las dichosas “autoridades”? Quiso salir
pero recordó la advertencia que le dio
su padre y pensó que probablemente
estaría alguien afuera esperándolo con
una navaja justo para degollarlo. Se
sentía inútil y desprotegido ante la
situación. Volvió a recordar a su
familia, y otra vez lloró.
Una vibración lo despertó. Con un
sobresalto, abrió los ojos para ser
cegado por la luz que emitía el
computador. No sabía si había dormido
un minuto o tal vez diez horas; la
espalda y las piernas le dolían. El
computador seguía vibrando en su
muñeca.
Llamada entrante.
Tenía miedo de responder. Con todo lo
que había sucedido, ahora le tendría
miedo incluso a su propia sombra. Su
padre le dijo que alguien iba a
comunicarse con él, pero no le dijo
cómo, ni quién. A la mejor, el
computador era el medio. Fuera como
fuese, quería salir de ahí y encontrar a
sus padres.
Pausadamente, movió un dedo encima de
la opción verde y contestó la llamada.
Todas las aplicaciones desaparecieron,
quedando en su lugar un hombre con un
suéter negro y una capucha

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