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La salvaje de Boston – Gloria V. Casanas

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atardecer derramaba reflejos iridiscentes sobre la bahía. Las damas contemplaban en admirado silencio el magnífico espectáculo de las gaviotas sobrevolando las
aguas en procura de la última comida del día, sus plumajes brillando como nácar y ébano bajo los rayos del sol. Se encontraban bajo una coqueta marquesina del Faneuil
Hall que las protegía del viento y realzaba su elegancia en medio del movimiento del puerto. El entrechocar de la porcelana de las tacitas de té era el único sonido que las
acompañaba desde hacía varios minutos. Dos de las señoras eran matronas de respetable apariencia, las otras dos eran más jóvenes y de disímil aspecto. Una de ellas era
Livia.
Habían tenido una jornada agitada, repleta de visitas a distintos establecimientos educativos, en procura de una colocación aunque fuera experimental para “la
muchacha que venía desde tan lejos”, como decía Mrs. Templeton en cada ocasión en que la presentaba.
Todos habían sido amables y considerados, pero nadie necesitaba a una maestra sudamericana ansiosa por aprender más de los kindergarten. Los puestos estaban
ocupados por maestras también jóvenes con idénticas ansias de practicar sus enseñanzas.
—Insisto en ampliar nuestro espectro, Allyn —exclamó Mrs. Templeton de pronto, con aire decidido—. Hemos de intentarlo donde otros dudan en aceptar, ir a los
lugares menos requeridos.
La mencionada Allyn suspiró, acongojada. El pedido de Annie Peck, su querida Annie, le había caído como un presente griego en ese período de su vida. Ella estaba
gozando de su papel de abuela ya retirada de la docencia, y volver a la carga con la burocracia de los institutos le producía tirria. ¿Cómo desamparar a esa joven
extranjera, sin embargo? Le había resultado simpática desde un principio. Tenía un no sé qué de aventurera en sus rasgos, en la mirada firme, que le recordaba a la
mismísima Annie. Lo malo era que no poseía las mismas credenciales familiares que su prima. Y el normalismo se había expandido como una ola por el país; no era
novedad una mujer joven capacitada para dar clases a los niños o formar maestros. Luego, estaba el tema del idioma. Las señoras hablaban en forma pausada y con
ademanes expresivos en deferencia hacia Livia, ya que sabían que el inglés no era su lengua original y que la joven lo había aprendido apenas unos meses antes, el mismo
esfuerzo que hicieron las maestras que viajaron a la Argentina, sólo que en la óptica de las damas aquellas mujeres estaban mejor dotadas que Livia Cañumil.
Livia escuchaba lo que se debatía acerca de ella mientras sus ojos se perdían en la lejanía.
Apenas descendió del vapor que la llevó a la ciudad de Nueva York y luego del tren que la depositó en Boston, comprendió que se había adentrado en un mundo que
le sería ajeno siempre. Inútil era que se vistiese como aquellas señoras, estudiase sus modales o profundizase en su idioma; lo que las diferenciaba era algo más hondo,
algo que provenía del espíritu. Jamás sería una de ellas, por mucho que intentara adaptarse al modo de vida que llevaban. Era bueno tener esa certeza, para no engañarse
y desengañarse luego. Se limitaría a observar, aprender y asimilar lo que viese.
Podía captar la simpatía conmiserativa de la llamada Allyn, el fastidio velado de la señora Templeton, y hasta la rígida actitud de la señorita Rose, sentada a su
derecha. La habían llevado como intérprete al principio de ese periplo, suponiendo que ella no sabría una palabra de inglés, y al ver que se las arreglaba un poco, la joven
se sintió defraudada por no poder cumplir su papel.
Livia decidió ser amable con ella.
—¿Le gusta el mar, señorita Rose?
La muchacha la miró como si un horrible insecto se hubiese posado en la nariz de su interlocutora. Tenía facciones toscas, que sabía disimular con sus bucles
alrededor de la cara y el sombrerito inclinado sobre la frente. Sus ojos, pequeños y oscuros, taladraron los de Livia con malicia.
—He nacido en Boston, y mi familia tiene una casa de verano en Newport.
Juzgó suficiente esa explicación y hundió su boca de labios delgados en la taza de té.
La señora Allyn acudió en auxilio de la protegida de Annie.
—Todos aquí aman los deportes acuáticos, a pesar de que las aguas son tan frías que producen calambres —representó la palabra “calambre” con un gesto que
endureció su mano, por si Livia no la había comprendido.
—El invierno es muy riguroso. Ha venido usted en mala época —añadió en tono lúgubre la Templeton.
—Pero estamos en otoño —dijo entonces Livia con sencillez.
Todas la miraron. El inglés sonaba extrañísimo en sus labios, como salido de una caverna invadida por el mar. Cada vez que Livia hablaba, y no lo hacía a menudo,
provocaba esa conmoción en sus interlocutores.
La cara de Mrs. Templeton comenzó a cambiar de pronto, adquirió una blandura que no tenía, sus mofletes se tiñeron de rojo y su pecho se ensanchó bajo los
volados de la blusa.
—¡Por supuesto, cómo no se me ocurrió antes! —exclamó gozosa.
La sonoridad hueca de las palabras de la recién llegada le recordó algo que se le había pasado por alto y sin embargo siempre estuvo ahí ante ellas, latente.
La voz áspera de los sordos reeducados.
Las otras le dirigieron una mirada curiosa, y la dama no las hizo esperar para enterarlas de la decisión que, a su juicio, era la apropiada al caso.
—¡La escuela para sordos de Horace Mann! Es un buen lugar para que la señorita… —y evitó pronunciar su difícil apellido— ponga a prueba sus dotes de educadora
y además contribuya como voluntaria. Es la solución ideal, aprende y a la vez colabora.
—Gladys, recuerda que estamos buscando un trabajo remunerado para Miss Livia.
—A estas alturas, Allyn, yo intentaría lo que fuera. Hace días que deambulamos sin sentido por toda la ciudad. Hemos visitado las escuelas de Boston y sus
alrededores sin éxito. A decir verdad, tu prima podría habernos dado alguna pista para ir sobre seguro.
—Annie tampoco sabía lo que se presentaría —contestó Allyn mirando de reojo a Livia y rogando por que la Templeton no se mostrase tan efusiva —y me parece
que después de saber que el país de la señorita recibió con tanto afecto a nuestras maestras, podemos retribuirle consiguiendo al menos un puesto para una de sus
discípulas. Algo temporal.
Allyn Evans era una mujer menuda de aspecto dulce, una suerte de abuelita inofensiva, aunque sus ojos celestes y vivaces eran pícaros por momentos. Lo último que
Livia deseaba era perjudicarla con su presencia, de modo que terció en esa disputa.
—Puedo trabajar en cualquier cosa mientras estudio —repuso—, no importa que no sea en un colegio.
De nuevo las damas la contemplaron azoradas. ¡Trabajar en cualquier cosa! Estaban las hilanderías de Lowell, por supuesto, pero ese trabajo de obrera textil no le
dejaría tiempo para nada más, y por cierto no era el apropiado.
—Usted habrá querido decir “en otra cosa” y no “cualquier cosa” —la corrigió con suficiencia Rose, en castellano.
Livia posó en el platillo la cuarta taza de té, que ya le revolvía las tripas.
—Dije lo que dije —afirmó—. Me contaron que aquí las mujeres luchan por el derecho a trabajar con el mismo sueldo que los hombres. Prefiero enseñar, pero si hay
otro puesto aceptable para mí, lo tomaré. No hago gastos innecesarios, me arreglaré con poco.
Allyn ahogó una sonrisa, la Templeton casi se atraganta con el resto de un bizcocho, y Rose contrajo los dedos en la taza de porcelana con fuerza suficiente para
romperla.
—Creo que visitaremos la escuela de Horace Mann antes de decidir nada —finalizó Allyn, para alivio de todas.
El instituto para sordos introducía la técnica de la lectura de los labios, defendida por Horace Mann. El educador, que había recorrido Europa para investigar lo más
avanzado de las escuelas públicas y especiales, contó con la incondicional ayuda de su propia esposa Mary y de su cuñada, Elizabeth Peabody.
Livia conocía bien el nombre de Mary Peabody Mann, era la mujer que desde Norteamérica ayudó a Sarmiento a elegir las mejores maestras para el país, y la que
convenció a Elizabeth O’Connor de aceptar aquella misión que cambió la vida de todos, la de Elizabeth y la de los que la trataron. Le pareció una buena señal que se
dirigieran a una escuela para niños afectados por problemas que les impedían asistir a escuelas comunes, y que hubiera sido fundada y atendida por la familia Mann.
El carruaje que las llevó hacia la calle de Allston las dejó frente a una casa de grandes arcadas de piedra, ventanas alineadas y techos puntiagudos. Las condujeron, con
la amabilidad que ya era proverbial en la ciudad, a un recinto que hacía las veces de secretaría y biblioteca, con paredes cubiertas por vitrinas, pupitres y escritorios.
Una mujer muy alta y más delgada aún, de fino cabello rubio peinado de modo impecable, les sonrió con elegancia.
Ethel Cleveland asistía a la directora del instituto, Sarah Fuller, cuando ésta se hallaba ocupada como en aquel momento. Escuchó con suma atención las explicaciones
de las damas y miró una sola vez a Livia mientras lo hacía. Sus ojos claros, escudados tras unas gafas de delicado montaje, parecían horadar el significado de las palabras
mismas.
Al finalizar la señora Templeton su consabido alegato en favor de aquella maestra sudamericana, Ethel juntó las manos huesudas bajo su mentón y guardó silencio

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unos instantes. Podía escucharse el péndulo del reloj de la pared en aquel silencio ensordecedor.
—Es una situación interesante —dijo por fin, y casi pudo oírse el aire contenido en los pechos de las señoras al ser expulsado con decepción. Otro fracaso.
La señora Cleveland se tomó el tiempo para explicarse.
—Tenemos un caso que podríamos asignar a la señorita.
Aquello fue extraordinario. La anciana señora Allyn miró con satisfacción a Livia y le pellizcó la mano con picardía.
—Es una niña sorda y ciega que ha llegado hace poco y no está familiarizada con los métodos, pues nunca los ha conocido. Su familia vive en Concord, y a pesar de
que nuestra institución es una escuela de día, han decidido dejarla en pupilaje durante la semana, debido a que los caminos suelen empeorar durante los meses de otoño
con las lluvias. La historia es muy triste —agregó bajando el tono, con cierta intención dramática.
—Pobre niña —dijo atolondrada la señora Templeton.
Quería resolver ese asunto cuanto antes y volver a la normalidad de su vida.
—El caso de Cecilia Robinson es especial, porque nació sorda y ciega, no como otros niños, que sufrieron la pérdida de sus sentidos a raíz de enfermedades
adquiridas. Eso lo hace más difícil, ya que ella no posee ningún recuerdo que pueda colaborar en su educación. Nuestra directora se encuentra en este mismo momento
trabajando con su instructora, y me temo que necesitará toda la ayuda que puedan darle. Hay otros alumnos y todos exigen mucha dedicación. Asumo que la señorita no
ha enseñado antes a niños especiales.
Livia recordó a sus compañeros de la escuela de la laguna. Todos podían calificarse de especiales por alguna razón. El pequeño Mario, por ejemplo, había sido un
niño enfermizo que no hablaba casi, y ella tenía muy presente la firmeza y la dulzura con que Misely procuraba suplir sus constantes ausencias con clases reforzadas.
Aunque no provenía de ningún instituto especializado, Livia se sentía capaz de atender esas situaciones. Aquellas personas tomaban como rareza o excepción casos que
allá, en su país, se consideraban normales.
—He conocido niños con dificultades graves —se limitó a contestar.
Ethel Cleveland la estudiaba con la precisión de un escalpelo.
—Podemos ponerla a prueba al principio y, si se adapta, darle un puesto de asistente.
—¡Sería una solución! —se le escapó a Mrs. Templeton.
—La señorita Cañumil es una joya —se apresuró a decir Mrs. Evans.
Ethel miró a Livia aguardando su decisión, e ignoró por completo las alusiones de las otras.
—Acepto —dijo la joven.
—Bien. Iremos a decírselo a Sarah, estará encantada de contar con alguien más.
Livia se maravillaba de la limpieza y el orden que reinaban en cada rincón de la escuela. Los pasillos podrían haber sido naves de un convento, y en las aulas que iban
dejando atrás no se escuchaba más que la voz calma del maestro, seguida por los murmullos de los alumnos. Un lugar así era ideal para aprender y enseñar.
Se detuvieron en un salón de techos abovedados. Sillas dispuestas en semicírculo acogían a dos o tres alumnos cubiertos con un guardapolvo gris. Frente a ellos tres
mujeres, una de ellas una niña que a Livia le pareció muy bonita, con sus bucles castaños sujetos por una cinta, un vestido rosa con puntillas, y una expresión dulce en
el rostro. Era llamativa la atención que prestaba a la mujer esbelta, con cuello de cisne, que llevaba prendido un camafeo y sus rizos recogidos en la coronilla. La tercera
mujer se veía mayor, quizá por su severo vestido negro y las torzadas que rodeaban su cabeza, a la usanza de los colonos. Aunque su rostro carecía del atractivo de las
otras dos, una expresión amable lo suavizaba.
Ethel hizo una seña para advertirles que no irrumpiesen en el cuarto hasta que fuera el momento propicio. Livia aprovechó para observar.
La niña tocaba con sus deditos los labios de la dama de negro ante la expectación de la mujer cisne, que inclinaba su cabeza para no perder detalle de la lección. Livia
escuchó con claridad la palabra “muñeca” mientras los dedos infantiles palpaban la boca y la garganta de la mujer. A continuación, la dama obligó a la niña a tocar una
muñeca que sentó en una silla vacía, lo que provocó sonrisas en la jovencita. Después, tomó varios cartones con letras en relieve e indicó a la mujer cisne que los pusiese
sobre la muñeca. Hecho esto, incitó a la niña a apoyar las palmas sobre los papeles y ella sonrió de nuevo.
—La muñeca está en la silla —dijo la mujer de negro llevando las manos de la niña a su boca y a su garganta otra vez.
La niña batió palmas y la mujer cisne sonrió satisfecha.
Entonces, Sarah Fuller dirigió su atención a las recién llegadas.
—Bienvenidas.
Ethel se adueñó de la situación. En tanto informaba a la directora de la escuela, Livia se dedicó a contemplar a la niña. Al verla de cerca, notó que el ojo izquierdo
sobresalía un poco, lo que arruinaba la armonía del rostro, y también pudo apreciar que
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