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La Sangre de la Virtud – Terry Goodkind

La Sangre de la Virtud – Terry Goodkind

La Sangre de la Virtud – Terry Goodkind 

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xactamente en el mismo momento seis mujeres se despertaron
sobresaltadas, y sus gritos resonaron en el atestado camarote de oficiales.
La hermana Ulicia oyó jadear a las otras, mientras trataban de recuperar el
aliento. La Hermana tragó saliva intentando normalizar su propia
respiración e inmediatamente se estremeció al notar un acerado dolor en la
garganta. Sentía los párpados húmedos pero los labios estaban tan secos
que se los humedeció con la lengua por temor a que se le agrietaran y
sangraran.
Alguien aporreaba la puerta y gritaba, aunque para Ulicia aquellos gritos no eran
más que un apagado zumbido en la cabeza. Ni siquiera trató de concentrarse en las
palabras o en su significado, pues, después de todo, lo que pudiera decir aquel
hombre era intrascendente.
La Hermana alzó una trémula mano hacia el centro del camarote, negro como boca
de lobo, y liberó su han —la esencia de su vida y su espíritu—, para inmediatamente
enviar un punto de calor hacia la lámpara de aceite que sabía que colgaba del bajo
bao. Obedientemente, la mecha se encendió emitiendo una sinuosa voluta de hollín
que seguía el lento balanceo del barco mecido por las olas.
Todas las demás mujeres estaban tan desnudas como ella misma y se habían
incorporado con la mirada fija en el débil resplandor amarillo, como si buscaran
salvación o, tal vez, asegurarse de que seguían vivas y que aún podían ver la luz. Al
contemplar la llama a Ulicia también se le escapó una lágrima. La oscuridad había sido
asfixiante, como si alguien le hubiera tirado encima una gran palada de tierra negra y
húmeda.

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Tenía las sábanas empapadas de un sudor frío, aunque eso poco importaba, pues
el aire marino lo humedecía todo permanentemente, por no hablar de los rociones que
calaban las maderas de cubierta y rezumaban luego hasta cualquier cosa que hubiera
debajo. Había olvidado ya qué era sentir en la piel ropa o sábanas secas. Ulicia odiaba
aquel barco, odiaba aquella interminable humedad, odiaba sus malos olores, odiaba el
constante cabeceo que le revolvía el estómago. Al menos seguía viva para odiar el
barco. Con cuidado se tragó la bilis que le había subido hasta la garganta.
La Hermana se pasó los dedos por los ojos para secarse la cálida humedad que le
pesaba en los párpados y extendió la mano: tenía las yemas relucientes de sangre.
Como si su ejemplo les infundiera valor, algunas de las otras también osaron hacer lo
mismo. Todas mostraban sangrantes rasguños en párpados, cejas y mejillas causados
por ellas mismas al tratar desesperadamente de abrir los ojos para despertar, en un
vano intento por escapar de un sueño que no era un sueño.
Ulicia pugnó por aclararse la mente; seguro que no había sido más que una
pesadilla.
Con un esfuerzo muy consciente, apartó la mirada de la llama para posarla en sus
compañeras. Frente a ella, en la litera inferior vio a la hermana Tovi, encorvada,
contemplando fijamente la llama. Gruesos rollos de carne le colgaban con desmayo a
los costados como si se solidarizaran con la expresión taciturna de su arrugado rostro.
Sentada junto a ella, la hermana Cecilia presentaba un insólito aspecto con sus rizos
entrecanos siempre primorosamente peinados ahora alborotados, y su habitual sonrisa
reemplazada por una cenicienta máscara de terror. Ulicia se inclinó levemente hacia
adelante para echar un vistazo a la litera de arriba. La hermana Armina, que no era tan
mayor como las hermanas Tovi ni Cecilia sino que más bien se acercaba a la edad de
Ulicia y seguía siendo una mujer atractiva, se veía demacrada. Aunque por lo general
solía mostrarse circunspecta, se enjugó la sangre de los párpados con dedos
temblorosos.
Las dos Hermanas más jóvenes y más dueñas de sí ocupaban las dos literas
situadas encima de Tovi y Cecilia, al otro lado del angosto pasillo. Unos irregulares
arañazos estropeaban el perfecto cutis de la hermana Nicci, y mechones de su cabello
rubio se le pegaban a las lágrimas, el sudor y la sangre que le cubría el rostro. Por su
parte, la hermana Merissa, igualmente hermosa, estrechaba una manta contra su pecho
desnudo no por decoro, sino porque temblaba de terror. El pelo, largo y oscuro era
una enmarañada mata.
Las otras Hermanas eran mayores y habían templado su poder en la forja de la
experiencia, pero tanto Nicci como Merissa eran poseedoras de insólitos y oscuros
talentos, de una capacidad imposible de adquirir con la experiencia. Pese a sus años,
hacían gala de una gran astucia y no se dejaban engañar ni por un momento por las
amables sonrisas ni la obsequiosidad de Cecilia y Tovi. Aunque eran jóvenes y
seguras de sí mismas, eran conscientes de que Cecilia, Tovi, Armina y, especialmente,
Ulicia podían hacerlas pedazos si quisieran. No obstante eso, eran dos de las mujeres
más formidables que hubiesen hollado la faz de la tierra, dueñas de una excepcional
maestría. Pero lo que las había convertido en escogidas del Custodio había sido su
implacable ansia de poder.
Era inquietante ver en semejante estado a aquellas mujeres a las que tan bien
conocía, aunque lo que realmente impresionó a Ulicia fue ver a Merissa aterrorizada.
Nunca había conocido a una Hermana tan dueña de sí, tan fría, tan implacable y tan
despiadada cono Merissa. De hecho, la hermana Merissa tenía un corazón de hielo
negro.
En los casi ciento setenta años que hacía que la conocía Ulicia no recordaba
haberla visto nunca llorar. Pero ahora sollozaba de manera incontrolada.
La visión de sus compañeras en tan lamentable estado de debilidad infundió
nuevas fuerzas a la hermana Ulicia, e incluso la complació; así debía ser, puesto que,
como líder, ella era la más fuerte.
El hombre seguía aporreando la puerta, preguntando qué pasaba y a qué venían
todos aquellos gritos.
—¡Déjanos en paz! —gritó furiosa Ulicia—. ¡Si te necesitamos, ya te llamaremos!
El marinero se retiró mascullando maldiciones entre dientes. Cuando se hubo
alejado, el único sonido que se oyó fueron los crujidos de la madera debido a los
bandazos que daba el barco cuando las fuertes olas se estrellaban contra la quilla, y
también los sollozos.
—Deja ya de gimotear, Merissa —le espetó Ulicia.
—Nunca había ocurrido algo así —replicó Merissa, fijando en la líder una oscura
mirada aún vidriosa por el miedo. Tovi y Cecilia asintieron. —He cumplido sus
mandatos. ¿Por qué nos hace esto? No le hemos fallado.
—De haberle fallado, ahora estaríamos allí junto con la hermana Liliana —repuso
Ulicia.
—¿Tú también la viste? —intervino Armina—. Yo la vi…
—Sí, la vi —dijo Ulicia en un tono sereno que pretendía enmascarar su propio
horror.
La hermana Nicci se apartó del rostro una retorcida y empapada guedeja rubia.
—La hermana Liliana falló al Amo —declaró, haciendo un esfuerzo por recuperar
la compostura.
—Y ahora está pagando el precio de su fracaso —añadió Merissa con voz tan fría
como la escarcha que se forma sobre los cristales de una ventana. Poco a poco su
mirada ya no era tan vidriosa y dio paso al desdén—. Ahora y para siempre. —
Aunque casi nunca permitía que sus impecables facciones revelaran el menor signo de
emoción, frunció el entrecejo en cruel gesto—. Contravino tus órdenes, hermana
Ulicia, y las del Custodio. Arruinó nuestros planes. Fue culpa suya.
Era cierto; Liliana había fallado al Custodio. Por su culpa estaban todas encerradas
en aquel maldito barco. Ulicia sintió que el rostro le ardía al pensar en la arrogancia de
Liliana. La Hermana había tenido su merecido por tratar de acaparar toda la gloria. No
obstante, tragó saliva al pasar por su mente la imagen del tormento de Liliana, y esa
vez ni siquiera notó el punzante dolor en la garganta.
—Pero ¿y nosotras? —preguntó Cecilia con una sonrisa que no era alegre, como
de costumbre, sino apenada—. ¿Tenemos que hacer lo que ese… tipo dice?
Ulicia se pasó una mano por la cara. Si eso era real, si lo que habían visto en
verdad había sucedido, no debían dudar ni perder tiempo. Tal vez no fuese más que
una pesadilla; nadie sino el mismo Custodio la había visitado antes en aquel estado de
sueño que no era sueño. Sí, seguro que lo habían soñado. La Hermana observó una
cucaracha que se metía dentro de la bacinilla. Súbitamente alzó la mirada.
—¿«Ese tipo»? Entonces, ¿no viste al Custodio? ¿Viste a un hombre?
—Jagang —respondió Cecilia con un hilo de voz.
Tovi se llevó una mano a los labios para besar el dedo anular; un antiguo gesto
con el que se suplicaba la protección del Creador. Era un hábito inmemorial que las
novicias empezaban a practicar desde el primer día de su formación. Era el primer
gesto que hacían todas las Hermanas cada mañana sin falta, al levantarse, y en tiempos
de tribulación. Probablemente Tovi lo había repetido miles de veces, como todas las
otras. Como Hermana de la Luz estaba simbólicamente prometida al Creador y a su
Voluntad. Besarse el dedo anular era una renovación simbólica de dicha promesa.
Pero, después de su traición, no se sabía qué consecuencias tendría el acto de
realizar ese gesto. La superstición aseguraba que si una Hermana de las Tinieblas, es
decir aquella que había entregado su alma al Custodio, se besaba el anular, moriría. Y
aunque tal gesto no provocara la ira del Creador, sin duda provocaría la ira del
Custodio. A medio camino de los labios, Tovi se dio cuenta de lo que estaba a punto
de hacer y apartó bruscamente la mano.
—¿Todas habéis visto a Jagang? —Ulicia fue mirando a las Hermanas una por una
y todas asintieron. Pero aún le quedaba una brizna de esperanza—. Así pues, todas
habéis visto al emperador. Eso no significa nada. ¿Le oíste decir algo? —preguntó a
Tovi, inclinándose hacia ella.
La interpelada se alzó el cobertor hasta el mentón.
—Todas estábamos allí, como siempre que el Custodio nos convoca. Estábamos
sentadas en semicírculo, desnudas como siempre. Pero quien vino no fue el Amo,
sino Jagang.
De la litera superior que ocupaba Armina se escapó un sollozo.
—¡Silencio! —ordenó Ulicia—. ¿Qué dijo? —preguntó, dirigiéndose de nuevo a
la temblorosa Tovi—. ¿Cuáles fueron sus palabras?
Tovi fijó la vista en el suelo.
—Dijo que ahora nuestras almas eran suyas. Que estábamos en su poder y que
podría matarnos cuando quisiera. Dijo que debemos reunirnos con él de inmediato o
desearíamos estar en la piel de Liliana. Dijo que, si lo hacíamos esperar, lo
lamentaríamos. —La Hermana alzó la mirada. Sus ojos se anegaron de lágrimas—. Y
luego me hizo probar lo que nos haría si no lo complacemos.
Ulicia se había quedado helada y se dio cuenta de que también ella se había
cubierto con la sábana. Haciendo un esfuerzo, volvió a dejarla en su regazo.
—¿Armina? —La aludida confirmó suavemente las palabras de Tovi—. ¿Cecilia?
—Cecilia asintió. Entonces Ulicia posó la mirada en las dos Hermanas sentadas en las
literas de arriba, frente a ella. Al parecer, ambas habían logrado con gran esfuerzo
recobrar la compostura—. ¿Y bien? ¿Oísteis esas mismas palabras?
—Sí —confirmó Nicci.
—Exactamente las mismas —dijo Merissa con voz inexpresiva—. Todo es culpa
de Liliana.
—Tal vez hemos contrariado al Custodio y, como penitencia, antes de recuperar su
favor nos entrega al emperador para que lo sirvamos —sugirió Cecilia.
Merissa se irguió. Sus ojos se convirtieron en dos ventanas que permitían
asomarse a su helado corazón.
—He entregado mi alma al Custodio —declaró—. Y si debo servir a esa vulgar
bestia para ganarme de nuevo su gracia, lo haré, aunque eso signifique lamer los pies
de ese hombre.
Ulicia recordó que Jagang, antes de alejarse del semicírculo que habían formado
en el sueño que no era tal sueño, había ordenado a Merissa que se levantara. Luego,
con gesto despreocupado, le había agarrado el seno derecho con su manaza y había
apretado hasta que a la mujer le cedieron las rodillas. Ulicia lanzó un vistazo a los
senos de Merissa y vio pálidos moretones.
Merissa no hizo ademán de cubrirse mientras posaba su serena mirada en los ojos
de la líder.
—El emperador dijo que, si lo hacíamos esperar, lo lamentaríamos.
Ulicia había oído las mismas instrucciones. Jagang había dado muestras casi de
desprecio hacia el Custodio. ¿Cómo había sido capaz de suplantar al Custodio en ese
sueño que no era sueño? El porqué no importaba; lo había hecho. Todas habían
vivido lo mismo. Así pues, no lo había soñado.
La Hermana sintió un atenazante terror en la boca del estómago, al tiempo que la
pequeña llama de esperanza se extinguía. También a ella le había dado una pequeña
muestra de lo que le esperaba si desobedecía. La sangre que se le secaba en los
párpados era un recordatorio de lo mucho que había deseado que la demostración
acabara. Había sido algo real y todas lo sabían. No tenían elección, ni tampoco tiempo
que perder. Gotas de sudor frío les resbalaron entre los senos. Si vacilaban…
Ulicia saltó de la litera.
—¡Cambiad el rumbo! —gritó, al tiempo que abría la puerta de par en par—.
¡Cambiad el rumbo ahora mismo!
No había nadie en el pasillo. Ulicia subió corriendo la escalerilla, gritando. Las
demás corrían tras ella, aporreando las puertas de los camarotes. Pero a Ulicia no le
interesaban las puertas, sino el timonel; era él quien fijaba el rumbo del barco y
ordenaba a los marineros que desplegaran tal o cual vela.
Ulicia levantó la trampilla, que se abrió a una luz opaca. Todavía no había
amanecido. Plomizas nubes bullían rozando casi la superficie de las oscuras aguas.
Una espuma luminosa hirvió justo más allá de la batayola cuando la embarcación se
deslizó por la pendiente de una enorme ola, creando la impresión de que se sumergían
en un impenetrable abismo. Las otras Hermanas emergieron por la trampilla a la
cubierta barrida por los rociones de agua.
—¡Virad! —gritó Ulicia a los marineros con los pies desnudos, que se volvieron
hacia ella con gesto de muda sorpresa.
La Hermana masculló una maldición y corrió a la popa, hacia la caña del timón.
Las cinco Hermanas corrieron sobre la inclinada cubierta pisándole los talones.
Agarrándose las solapas del abrigo con ambas manos, el timonel estiró el cuello para
comprobar qué era aquel alboroto. De la abertura situada a sus pies emergió luz de
linterna, que iluminó los rostros de los cuatro hombres encargados de la caña del
timón. Los marineros se agruparon cerca del barbudo timonel y miraron boquiabiertos
a las seis mujeres.
Ulicia jadeaba, tratando de recuperar el aliento.
—¿Qué pasa, atajo de inútiles? ¿Es que no

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