---------------

La sangre de los elfos – Andrzej Sapkowski

La sangre de los elfos - Andrzej Sapkowski

La sangre de los elfos – Andrzej Sapkowski

Descargar libro Gratis   De La sangre de los elfos – Andrzej Sapkowski En PDF
conducían hasta el foso, hacia la primera
terraza, vomitaban humo y brasas, las
llamas devoraban los bálagos de los
tejados apelotonados de los edificios,
lamían los muros del castillo. Desde
occidente, desde el lado de la puerta de
los muelles, llegaba un estruendo, el
sonido de una lucha encarnizada, los
secos golpes del ariete que hacían
temblar las murallas.
Los atacantes les rodearon
inesperadamente, rompiendo la
barricada que defendían unos pocos
soldados, burgueses con alabardas y
algunos migueletes de los gremios. Los
caballos cubiertos con negras mantas
volaron por encima de la barrera como
espectros, unas hojas claras y brillantes
sembraron la muerte entre los
defensores que huían.

Mira El Vídeo Para Enseñarte como descargar La sangre de los elfos – Andrzej Sapkowski

Ciri sintió cómo el jinete que la
llevaba en el arzón sujetaba
violentamente el caballo. Escuchó su
grito. ¡Agárrate!, gritaba. ¡Agárrate!
Otros jinetes con los colores de
Cintra les adelantaron, volaron a cortar
a los nilfgaardianos. Ciri lo vio con el
rabillo del ojo, durante un instante: un
loco torbellino de capas negras y
blanquiamarillas entre el gemido del
acero, el golpeteo de las espadas sobre
los escudos, el relincho de los
caballos…
Un grito. No, no un grito. Un aullido.
¡Agárrate!
Miedo. Cada sacudida, cada tirón,
cada paso del caballo desgarra
dolorosamente las manos aferradas a las
bridas. Las piernas, crispadas en una
posición incómoda, no encuentran
apoyo, los ojos lloran del humo. Los
brazos que la envuelven ahogan,
sofocan, aplastan dolorosamente las
costillas. A su alrededor se alzan los
gritos, tales como jamás había oído.
¿Qué se le puede hacer a un ser
humano para que grite así?
Miedo. Un miedo que deja sin
fuerza, que paraliza, que ahoga.
De nuevo el chirrido del hierro, el
relincho de los caballos. Las casas a su
alrededor bailan, unas ventanas que
vomitan fuego aparecen de pronto allí
donde un momento antes sólo había una
calleja embarrada, cubierta de
cadáveres, llena de los haberes que
habían desechado los fugitivos. El jinete
a sus espaldas estalla de pronto en una
extraña y ronca tos. Sobre la mano
aferrada a las riendas borbotea la
sangre. Un aullido. El silbido de una
flecha.
Una caída, un choque, un doloroso
golpe con la armadura. Junto al estrépito
de los cascos pasa fugazmente sobre la
cabeza el vientre de un caballo y una
sobrecincha deshilachada, un segundo
vientre de caballo, unas bardas
destrozadas. Unos crujidos, como los
que produce la madera de un árbol al
romperse. Pero no es un árbol, se trata
de hierro contra hierro. Un grito,
sofocado y sordo, aquí junto a ella algo
enorme y negro se desploma sobre el
barro con un chapoteo, salpicando
sangre. Un pie acorazado tiembla, se
agita, huella la tierra con unas enormes
espuelas.
Un tirón. Alguna fuerza la empuja
hacia arriba, la arrastra sobre el arzón.
¡Agárrate! De nuevo una carrera
agitada, un galope de locura. Las manos
y los pies buscan apoyo La sangre de los elfos – Andrzej Sapkowski
desesperadamente. El caballo se pone
de patas. ¡Agárrate!… No hay apoyo.
No hay… No hay… Sólo hay sangre.
Cae el caballo. No es posible saltar, no
es posible liberarse, escapar de la
tenaza de los brazos cubiertos por la
loriga. No es posible escapar de la
sangre que se vierte sobre la cabeza,
sobre la nuca.
Un choque, el chasquido del barro,
un violento golpe contra la tierra, que
parece extraordinariamente inmóvil tras
la cabalgada salvaje. El penetrante y
ronco relincho del caballo que intenta
alzar las ancas. El trueno de las
herraduras, las cuartillas y pezuñas de
caballos que les sobrepasaban. Negras
capas y negras bardas. Un grito.
En la calleja hay fuego, una
crepitante muralla roja de fuego. Contra
ella, un jinete, enorme, parece alcanzar
con su cabeza hasta por encima de los
tejados ardientes. Cubierto con unas
bardas negras, el caballo baila, agita la
testa, rebufa.
El jinete la mira. Ciri ve el brillo de
sus ojos a través de la rendija de su gran
yelmo, adornado con las alas de un ave
de presa. Ve el reflejo del fuego sobre la
ancha hoja de la espada que sujeta con
la mano bajada.
El jinete mira. Ciri no puede
moverse. Se lo impiden las manos
inertes del muerto, que la aferran por el
cinturón. La inmoviliza algo pesado y
húmedo de sangre, algo que está tendido
sobre su muslo y la clava a la tierra.
Y la inmoviliza el miedo. Un
monstruoso miedo que le retuerce las
entrañas, que provoca que Ciri deje de
escuchar los gruñidos del caballo
herido, el bramido de las llamas, los
gritos de las víctimas y el golpeteo de
los tambores. Lo único que existe, que
cuenta, que tiene significado, es el
miedo. El miedo, que ha adoptado la
forma de un caballero negro con un
yelmo adornado de plumas, parado ante
el fondo de la roja pared de un incendio
desatado.
El jinete espolea al caballo, se
agitan las alas del ave de presa en su
yelmo, el pájaro se prepara para el
vuelo. Para el ataque a una víctima
desarmada, paralizada del miedo. El
pájaro —o puede que el caballero—
grita, chilla, horrible, terrible, triunfal.
El caballo negro, la armadura negra, la
capa negra ondeando, y detrás de todo
esto el fuego, un mar de fuego.
El miedo.
El pájaro chilla. Las alas se agitan,
las plumas le golpean la cara. ¡El
miedo!
Ayuda. Por qué nadie me ayuda.
Estoy sola, soy una niña, no tengo
defensa, no me puedo mover, no puedo
siquiera alzar la voz desde mi garganta
aterrada. ¿Por qué nadie acude a
ayudarme?
¡Tengo miedo!
Los ojos ardientes en las rendijas
del gran yelmo alado. La capa negra
oculta todo…
—¡Ciri!
Se despertó bañada en sudor,
entumecida, y su propio grito, el grito
que la había despertado, aún temblaba,
vibraba allá en su interior, dentro del
pecho, le ardía en su seca garganta.
Dolían las manos aferradas a la manta,
dolían las espaldas…
—Ciri. Cálmate.
A su alrededor, la noche, oscura y
ventosa, bramando monótona y
melodiosamente sobre las copas de los
pinos, chirriando en los troncos. Ya no
había incendio ni gritos, no quedaba más
que aquella susurrante canción de cuna.
A su lado se retorcía la luz y el calor del
fuego del vivac, las llamas brillaban en
las hebillas de la impedimenta, lanzaban
destellos rojizos sobre la empuñadura y
la guarnición de la espada apoyada en la
silla de montar. No había otro fuego ni
otra espada. La mano que tocaba sus
mejillas olía a cuero y cenizas. No a
sangre.
—Geralt…
—Sólo era un sueño. Un mal sueño.
Ciri temblaba con fuerza,
retorciendo los brazos y los pies. Un
sueño. Sólo un sueño.
El fuego había empezado ya a
extinguirse, los leños de abedules son
rojos y diáfanos, se resquebrajan, saltan
con un fuego celeste. El fuego ilumina
los cabellos blancos y el agudo perfil
del hombre que la cubre con la manta y
la zamarra.
—Geralt, yo…
—Estoy a tu lado. Duerme, Ciri.
Tienes que descansar. Tenemos un largo
camino por delante todavía.
Escucho una música, pensó de
pronto. Entre estos susurros… hay una
música. Música de laúd. Y voces.
Princesa de Cintra… Hija del
destino… Niña de la Vieja Sangre, la
sangre de los elfos. Geralt de Rivia, el
Brujo Blanco y su destino. No, esto es
una leyenda. La invención de un poeta.
Ella está muerta. La mataron en las
calles de una ciudad, mientras huía…
Agárrate… agárrate…
—¿Geralt?
—¿Qué, Ciri?
—¿Qué me hizo? ¿Qué sucedió
entonces? ¿Qué… me hizo?
—¿Quién?
—El jinete… El jinete negro de las
plumas en el casco… No recuerdo nada.
Él gritó… y me miró. No recuerdo qué
sucedió. Sólo que tenía miedo… Tenía
tanto miedo…
El hombre se agachó, el resplandor
del fuego brilló en sus ojos. Eran unos
ojos extraños. Muy extraños. La Ciri de
antes se sentía atemorizada ante estos
ojos, no le gustaba mirarlos. Pero esto
era antes. Mucho antes.
—No recuerdo nada —murmuró,
mientras buscaba la mano de él, una
mano dura y áspera como una madera
sin pulir—. Aquel jinete negro…
—Sólo fue un sueño. Duerme
tranquila. Ya no volverá.
Ciri había oído antes esta
afirmación. Le había sido repetida
muchas, muchas veces, le habían
tranquilizado con ella cuando se
despertaba en mitad de la noche
gritando. Pero ahora era distinto. Ahora
lo creía. Porque ahora lo decía Geralt
de Rivia, el Lobo Blanco. Un brujo.
Aquél que era su destino. Aquél a quien
ella estaba destinada. El brujo Geralt,
que la había encontrado entre la guerra,
la muerte y el desespero, se la había
llevado consigo y prometido que ya
nunca más se separarían.
Se durmió sin soltar la mano de él.
El bardo terminó de cantar.
Inclinando lentamente la cabeza, repitió
en el laúd el motivo principal del
romance, con delicadeza, bajito, en un
tono más alto que el aprendiz que le
acompañaba.
Nadie dijo nada. Excepto la música
cada vez más tenue sólo se escuchaba el
rumor de las hojas y el crujido de las
ramas del gigantesco roble. Y luego, de
pronto, surcó el espacio el prolongado
berrido de una cabra que estaba atada
con una soga a alguno de los carros que
rodeaban el árbol prehistórico. En aquel
momento, como a una señal, se alzó uno
de los que escuchaban reunidos en un
amplio semicírculo. Echando sobre los
hombros una capa azul cobalto bordada
con cordoncillos dorados, se inclinó
rígido y con distinción.
—Te doy las gracias, maese Jaskier
—dijo con sonoridad aunque en voz no
muy alta—. Dejad que sea yo, Radcliffe
de Oxenfurt, Maestro de los Arcanos
Mágicos, quien probablemente en
nombre de todos los aquí presentes,
pronuncie palabras de agradecimiento y
reconocimiento de tu gran arte y tu
talento.
El hechicero pasó la mirada por los
reunidos, que eran más de un centenar,
arrellanados a los pies del roble en un
cerrado semicírculo, de pie, sentados en
los carros. Los oyentes afirmaron con
las cabezas, susurraron. Unas cuantas
personas comenzaron a aplaudir, otras
saludaron al cantante con las manos en
alto. Las mozas emocionadas sorbieron
las narices y se limpiaron los ojos con
lo que podían, dependiendo de su
estado, profesión y posesiones: las
villanas con las mangas o con el reverso
de la mano, las mujeres de los
mercaderes con pañuelos de lino, las
elfas y las nobles con batista e incluso
las tres hijas del comes Viliberto, el
cual, junto con todo su séquito, había
interrumpido la práctica de la cetrería
para escuchar al famoso trovador,
moqueaban con donosura y
desgarradoramente en elegantes chales
de algodón de color verde pardusco.
—No será exagerado —continuó el
hechicero— decir que nos has
emocionado hasta lo más profundo,
maese Jaskier, que nos has impulsado a
la reflexión y a la meditación, has
conmovido nuestros corazones. Que me
sea dado proclamar nuestro
agradecimiento y respeto.
El trovador se levantó y se inclinó,
rozando con la rodilla la pluma de garza
que estaba cosida al sombrerillo de
fantasía. El aprendiz dejó de tocar,
sonrió y también se inclinó, pero el
maese Jaskier le lanzó una mirada
amenazadora y gruñó algo a media voz.
El muchacho bajó la cabeza y volvió a
su callado rasguear de las cuerdas del
laúd. Los reunidos se animaron. Los
mercaderes de la caravana, murmurando
entre ellos, colocaron delante del roble
un barril de cerveza de

La sangre de los elfos – Andrzej Sapkowski

La sangre de los elfos - Andrzej Sapkowski image host

Leer En Online

Comprar Ebook  en 

Clic Aquí Para comprar 

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------