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La tumba de Sarah – Robert Dugoni

La tumba de Sarah – Robert Dugoni

La tumba de Sarah – Robert Dugoni 

Descargar La tumba de Sarah En PDFEl instructor de tácticas que le habían
asignado en la academia de policía
había disfrutado muchísimo burlándose
de ella durante los ejercicios que debían
realizar de madrugada.
—El sueño está sobrevalorado —le
decía—. Ya aprenderás a prescindir de
él.
Le había mentido; el sueño era como
el sexo: cuanto menos se disfrutaba, más
se deseaba, y últimamente Tracy
Crosswhite no había tenido mucho ni de
uno ni de otro.
Movió los hombros y estiró el cuello.
Como tampoco había tenido tiempo de
salir a correr por la mañana, sentía el
cuerpo agarrotado y, por más años que
hiciera que se había habituado a dormir
poco o nada, se moría de sueño. Según
su médico, no debía abusar tanto de la
comida basura ni la cafeína. Sí, un buen
consejo, pero alimentarse bien y hacer
ejercicio eran cosas que requerían
tiempo y, cuando investigaba un
asesinato, a Tracy no le sobraba ni un
segundo al día. Por otra parte, renunciar
al café habría sido igual que dejar sin
carburante el motor de un automóvil. A
esas alturas, le resultaba imprescindible
para vivir.
—¡Vaya! La maestra ha madrugado.
¿Quién ha muerto?
Vic Fazzio dobló su colosal
perímetro para asomarse al tabique del
cubículo de Tracy. Era un chiste muy
viejo entre los de homicidios, aunque
aún tenía gracia cuando se hacía con la
voz bronca y el acento de Nueva Jersey
de Faz. Aquel hombre de tupé entrecano
y rasgos carnosos que se presentaba a sí
mismo como el espagueti de la sección
de homicidios, habría bordado el papel
de guardaespaldas mudo de las películas
de mafiosos. Llevaba en la mano el
crucigrama de The New York Times y un
libro de la biblioteca, lo que significaba
que ya le había hecho efecto el café.
Desdichado aquel que tuviese que usar
el servicio mientras él estaba dentro,
pues nadie ignoraba que se abandonaba
más de media hora si estaba rumiando
una respuesta del primero o topaba con
un capítulo absorbente en particular del
segundo.
Tracy le tendió una de las fotografías
del lugar de los hechos que había
impreso aquella mañana.
—Han matado a una bailarina en la
Aurora.
—Algo he oído. La cosa va de
cochinadas, ¿no?
—Peores cosas he visto investigando
crímenes sexuales.
—Se me había olvidado que has
renunciado al sexo por la muerte.
—La muerte da menos quebraderos
de cabeza —respondió ella robando a
Faz otra de sus coletillas.
Habían encontrado a Nicole Hansen,
la víctima, maniatada en una habitación

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de motel barato de la avenida Aurora
del norte de Seattle. Llevaba una cuerda
al cuello que le bajaba por la espalda y
le ligaba las muñecas y los tobillos: un
fino trabajo. Tracy le mostró también el
informe del médico forense.
—Los músculos se le entumecieron y,
al final, se le agarrotaron. Ella estiró las
piernas para aliviar el dolor… y acabó
ahogándose a sí misma. Agradable,
¿verdad?
Él estudió la instantánea.
—¿No deberían haberle hecho un
nudo que pudiera desatar?
—Eso habría sido lo más lógico; ¿no
crees?
—Entonces ¿cuál es tu teoría? ¿Que
alguien se sentó a divertirse viéndola
morir?
—O que metieron la pata y el otro se
puso nervioso y salió corriendo. Lo que
está claro es que no se ató sola.
—A lo mejor sí. ¿Y si era una
Houdini?
—Houdini se desataba, Faz. En eso
consistía precisamente su truco. —Tracy
recuperó el informe y la fotografía y los
dejó sobre su mesa—. Así que aquí
estoy, a esta hora intempestiva, contigo y
con los grillos.
—Los grillos y yo llevamos aquí
desde las cinco, maestra. Ya sabes lo
que dicen: es el pájaro temprano el que
se zampa el gusano.
—Sí: siempre que el sueño no le
impida darse cuenta de que lo tiene
delante.
—¿Y Kins? ¿Cómo es que te ha
dejado sola en la fiesta?
Ella miró el reloj.
—Tenía que estar pidiéndome una
taza de café, aunque en el tiempo que
está tardando me lo podría haber hecho
yo. —Señaló con la cabeza el libro que
llevaba Faz—: Matar a un ruiseñor.
Me tienes impresionada…
—Estoy tratando de hacer de mí una
mejor persona.
—Te lo ha elegido tu mujer, ¿no?
—No lo dudes… —Faz se apartó del
tabique—. En fin: ha llegado mi
momento intelectual. El ruiseñor se ha
puesto a cantar y me estoy animando.
—No sigas, Faz; no necesito detalles.
Faz se alejó unos pasos del cubículo,
pero se dio la vuelta con el lápiz en la
mano.
—Ayúdame, maestra: necesito una
palabra de diez letras. «Hace que el gas
natural sea más seguro.»
Tracy había enseñado química en un
centro de educación secundaria antes de
dejar la profesión para entrar en la
academia. De ahí le venía el mote.
—Mercaptano —respondió.
—¿Eh?
—Mercaptano: se añade al gas
natural para que lo huelas en caso de
que tengas una fuga en casa.
—¿En serio? ¿Y a qué huele?
—A azufre. A huevos podridos,
vaya. —Se lo deletreó.
Fazzio chupó la punta del lápiz antes
de coger las letras al dictado.
—Gracias.
Mientras se alejaba, llegó Kinsington
Rowe, que entró en el cubículo del
equipo A y entregó a Tracy una de las
dos tazas altas que llevaba.
—Lo siento —dijo.
—Estaba a punto de llamar a los de
búsqueda y rescate.
El A era uno de los cuatro equipos de
homicidios que conformaban la sección
de Crímenes Violentos, dotados a su vez
de cuatro detectives cada uno. Tracy,
Kins, Faz y Delmo Castigliano, la otra
mitad del dúo dinámico italiano,
conformaban el equipo A. Trabajaban en
sendos escritorios dispuestos en los
cuatro rincones de un cubículo de
grandes dimensiones, dándose la
espalda unos a otros tal como lo prefería
Tracy. Homicidios era una pecera en la
que la intimidad ya era un bien escaso.
En el centro del cuadrado que
compartían había una mesa común bajo
la que almacenaban carpetas relativas a
diversos casos, en tanto que cada uno de
ellos guardaba en su escritorio el
expediente del delito al que estaba
dedicado en ese momento.
Tracy cogió la taza con las dos
manos.
—Ven a mí, néctar agridulce de los
dioses. —Tras tomar un sorbo se lamió
la espuma del labio superior—. ¿Por
qué has tardado tanto?
Kins hizo un mohín mientras tomaba
asiento. Antes de retirarse —los
médicos le diagnosticaron mal una
lesión, lo que provocó una enfermedad
degenerativa en la cadera—, había sido
corredor de fútbol americano, cuatro
años en la liga universitaria y uno en la
nacional. Tarde o temprano terminaría
con una prótesis; pero él decía que
prefería aguantar cuanto le fuera posible
para pasar por la intervención solo una
vez en la vida. Entre tanto, combatía el
dolor con ibuprofeno masticable.
—¿Tanto te duele? —le preguntó
ella.—Antes era solo cuando hacía frío.
—Entonces deberías arreglártela. ¿A
qué estás esperando? Tengo entendido
que hoy en día es un simple trámite.
—Nada es un trámite si el médico
tiene que ponerte esa máscara en la cara
y decirte que sueñes con los angelitos.
Miró para otro lado sin borrar la
mueca de su rostro, lo que quería decir
que no era solo la cadera lo que
provocaba el gesto. Después de seis
años juntos, Tracy conocía todos los
estados de ánimo y las expresiones
faciales de Kins. Le bastaba verlo por la
mañana para saber si había pasado una
mala noche o había estado retozando.
Era el tercer compañero que había
tenido en homicidios. El primero, Floyd
Hattie, había dicho que prefería
jubilarse a trabajar con una mujer. Y
había obrado en consecuencia. El
segundo le duró seis meses, justo hasta
que la esposa de él la conoció en una
barbacoa y decidió que no le convenía
que su marido compartiese oficina con
una rubia soltera de metro setenta y siete
y treinta y seis años.
Lo cierto es que cuando Kins se
ofreció voluntario para ser su pareja,
ella podía haber sido un tanto más
sensible.
—Vale, pero ¿y tu mujer? —le había
preguntado—. No tendréis gresca, ¿no?
—Ojalá —había respondido él—.
Con tres críos de menos de ocho años,
no nos queda mucho tiempo para ese
tipo de diversiones.
Ella supo de inmediato que tendría a
su lado a alguien con quien podría
trabajar. Habían acordado tratarse
siempre con total sinceridad, sin
recelos; y la cosa había funcionado tan
bien que ya llevaban así seis años.
—Te preocupa algo diferente,
¿verdad, Kins?
Él dejó escapar un suspiro y la miró a
los ojos.
—Me ha entretenido Billy en el
vestíbulo —dijo, refiriéndose al
sargento del equipo.
—Espero que haya tenido un buen
motivo para interponerse entre mi café y
yo, porque estaría dispuesta a matar por
menos.
Kins no sonrió. El parloteo de las
noticias de la mañana que difundía la
televisión suspendida sobre el cubículo
del equipo B se colaba en el suyo. En la
mesa de alguien sonaba una llamada de
teléfono que nadie atendía.
—¿Tiene algo que ver con lo de
Hansen? ¿Se están empezando a enfadar
los jefazos?
Él negó con la cabeza.
—Lo han llamado del despacho del
forense, Tracy. —La miró a los ojos—.
Dos cazadores han encontrado los restos
de un cadáver en las colinas de Cedar
Grove.
CAPÍTULO 2
Tracy agitó los dedos con ademán
nervioso. La brisa suave que había ido
aumentando su fuerza a lo largo del
día comenzó a soplar a rachas y abrió
el faldón de su guardapolvo
avejentado. Esperó a que amainase.
Después de dos días de competición,
quedaba solo una última etapa para
determinar quién ganaría el
Campeonato Estatal de Tiro con Armas
Clásicas de Washington de 1993. A sus
veintidós años había obtenido ya tres
veces el trofeo, aunque en la edición
anterior había perdido ante Sarah,
cuatro años menor que ella, y en la que
estaban a punto de terminar, las dos
hermanas iban casi empatadas.
El director sostenía el cronómetro
cerca del oído de Tracy.
—Te toca, Crossdraw —susurró.
El nombre de vaquera que había
elegido hacía alusión a su apellido y
también al tipo de pistolera, la
cruzada, que más les gustaba a Sarah y
a ella. Tracy bajó el ala de su Stetson,
se llenó los pulmones de aire y rindió
homenaje a la mejor película que haya
conocido el cine del Oeste:
—Gordo y tuerto, ¿eh? ¡Ahora
veremos!
Se oyó el pitido del cronómetro. Ella
sacó con la mano diestra el Colt que
llevaba en la cadera contraria, lo
amartilló y disparó. Con la pistola de
la derecha fuera ya de la funda y
montada, abatió el segundo blanco.
Tomó ritmo y, cobrando velocidad, fue
descargando las dos armas con tanta
rapidez que apenas le era posible oír el
tintineo metálico de los blancos por
encima del ruido que hacían.
Mano derecha; percutor; fuego.
Mano izquierda; percutor; fuego.
Mano derecha; percutor; fuego.
Apuntó a la hilera inferior. Derecha,
fuego; izquierda, fuego.
Los tres últimos disparos se
sucedieron con prontitud. Pam, pam,
pam.
Tracy hizo girar las pistolas en
torno a sus dedos y las dejó de un
golpe en la mesa de madera.
—¡Tiempo!
Entre el público se oyeron algunos
aplausos, aunque se acallaron a
medida que iban reparando los
espectadores en lo que ya sabía Tracy:
se habían oído diez disparos y solo
nueve golpes metálicos. El quinto
blanco de la última hilera seguía en
pie. Había fallado.
Los tres observadores que se
encontraban en las inmediaciones lo
confirmaron levantando un dedo. El
fallo iba a costarle caro: cinco
segundos de penalización. Tracy
observó el blanco con gesto incrédulo;
pero sabía que mirándolo no iba a
hacer que cayera. A regañadientes,
recogió los revólveres, los enfundó con
rabia y se apartó.
Todos los presentes volvieron
entonces la vista a Sarah

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