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La última respuesta – Alex Rovira

La última respuesta – Alex Rovira

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día peleándome con un guion sobre la
posibilidad de viajar en el tiempo. Tras
completar un borrador provisional,
había decidido tomar un baño caliente
para relajarme.
Aunque quedaban dos horas para la
entrega, al ver en la pantalla del móvil
el nombre de Yvette, la productora del
programa, me temí que se avecinaban
problemas.

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Llevaba dos años trabajando de
guionista para La Red, uno de los
espacios con menos audiencia de la
emisora. Era el trabajo ideal para un
ermitaño de ciudad como yo; las únicas
llamadas que recibía por parte de la
radio eran para cambiarme el tema a
última hora. En el caso de los viajes en
el tiempo, casi lo hubiera agradecido,
pero al otro lado de la línea me
esperaba algo muy diferente.
—¿Qué haces esta noche? —preguntó
ella.
Necesité unos segundos para
responder algo razonable. La
coordinadora de La Red era una de las
mujeres más atractivas que conocía,
pero nunca había imaginado que tuviera
alguna posibilidad con ella. Era una
chica dura que jamás se salía del plano
profesional.
Dando por supuesto que quería salir a
cenar conmigo, finalmente respondí:
—De hecho, nada. Llevo todo el día
intentando averiguar cómo se las
compone uno para viajar en el tiempo,
pero sólo he encontrado el relato de H.
G. Wells, películas infumables y
teóricos que son aún peores que las
películas.
—Aparca los viajes en el tiempo por
ahora, quiero proponerte algo más
interesante.
«Vamos a salir a cenar», pensé. Ya
me veía en un restaurante, a la luz de las
velas, con la divina Yvette. Sentí el
calor en mis mejillas al preguntar:
—¿Qué puede haber más interesante
que viajar en el tiempo?
—Los quince minutos de gloria a los
que todo el mundo tiene derecho, según
dicen. Aunque tú has tenido más suerte:
te han correspondido cincuenta minutos
de gloria. Tres veces más que al resto
de los mortales.
—¿De qué diablos me hablas?
—Vas a debutar como tertuliano,
Javier. Un invitado que teníamos para
esta noche ha sufrido un accidente y no
encuentro a nadie para sustituirle.
Me desinflé al momento. No sólo se
esfumaba el plan romántico creado por
mi pueril imaginación. Se trataba de
salir a las ondas, cuando mi timidez me
impedía mantener el aplomo en una
reunión de vecinos. Además, como los
guiones se preparaban con semanas de
antelación, ni siquiera recordaba cuál
era el tema programado para aquella
noche.
—Sólo faltan dos horas para la
emisión —me defendí.
—Lo sé, pero tú eres un experto en
casi todo, ¿me equivoco?
—Absolutamente. Soy un maestro del
«recorta y pega», pero intervenir en
directo para cincuenta mil oyentes es
algo muy distinto.
—Cuarenta mil —puntualizó Yvette
—, en el último estudio de medios
hemos bajado un peldaño más hacia el
infierno.
—En cualquier caso, son suficientes
para reírse de mi pobre oratoria. ¿No
tienes otra alternativa?
—Negativo. Vamos, no te hagas el
remolón. Va a ser muy fácil: Hernán
llevará el peso de la entrevista. Tú sólo
tienes que hacer dos o tres aportaciones
inteligentes a lo largo del programa.
—De relleno, vaya —añadí mientras
intentaba recordar qué guión había
redactado una semana antes.
Al parecer, el baño caliente me había
derretido la memoria.
—Einstein relativamente claro, ¿te
acuerdas? —apuntó ella impaciente—.
El programa gira en torno al libro,
aprovechando que tenemos al autor en el
estudio.
—Es un tostón —dije haciendo
memoria—. Dudo que a nadie se le
aclare la relatividad leyéndolo. Creo
que el autor no ha entendido nada de lo
que dijo Einstein. Aunque yo tampoco,
no creas.
Sin hacer ningún caso a lo que
acababa de decir, Yvette concluyó:
—Genial, entonces eres nuestro
hombre para esta noche. Sé puntual,
¿vale?
Luego colgó.
Me quedé un buen rato pasmado en la
bañera mientras el agua se iba
enfriando. Cuando tomé nuevamente el
móvil del suelo, me di cuenta de que
para llegar a la radio tendría que
ponerme en camino en menos de una
hora.
Salí del agua dejando un gran charco
en el lavabo. Era la única estancia de
proporciones decentes de mi
apartamento, que se completaba con un
saloncito para gnomos y una cocina en la
que había que entrar de lado.
Puesto que en vez de cenar con Yvette
iba a hacer de sparring a un pelmazo,
me vestí con lo primero que encontré en
el armario. Luego imprimí el guion que
había redactado yo mismo la semana
anterior. Básicamente era una
introducción para Hernán, el conductor
del programa, y una batería de preguntas
para el invitado: Juanjo Bonnín.
Faltaba encontrar el dichoso Einstein
relativamente claro, donde había
pegado algunos post-its con
comentarios. Pero se hacía tarde y aquel
mamotreto parecía haberse volatilizado.
Cuando ya había renunciado a él,
apareció sobre el taquillón del recibidor
mientras abría la puerta para salir.
Recordé entonces que lo había dejado
allí para devolverlo a la emisora. Lo
metí en mi macuto junto con el guion y
bajé los escalones de tres en tres.
Disponía de diez minutos para llegar en
moto a la radio antes de que sonara la
sintonía de La Red, que tenía la virtud
de crisparme los nervios.
Di gas a mi vieja Vespa y empecé a
sortear coches en la noche barcelonesa,
ignorando que mis cincuenta minutos de
gloria iban a ser un pase VIP hacia el
ojo del huracán.
Un envío misterioso
Dios no sólo no juega a los dados. A veces también los
tira donde no pueden ser vistos.
STEPHEN HAWKING
L
a pesadez del invitado superó todas mis
expectativas. Tras salirse por la tangente
en cada pregunta que le formulaba
Hernán, encontró la manera de
endiñarnos su currículo. Bonnín
consumió diez preciosos minutos
radiofónicos para explicar un posgrado
de la Universidad de Stanford donde
había participado como profesor
invitado.
Al otro lado del cristal, Yvette apartó
al técnico de sonido para mostrarme
unas tijeras simbólicas con el dedo
índice y el medio. Aquello significaba:
«Córtale el rollo de una vez».
Hasta aquel momento, mi
participación se había limitado al saludo
inicial y a una fugaz precisión
bibliográfica. Pasado el ecuador del
programa, me correspondía hacer de
malo de la película. Levanté levemente
la mano, signo que fue aprovechado por
Hernán para interrumpir al autor de
Einstein relativamente claro.
—Creo que Javier tiene algo que
decir sobre eso.
Yo no tenía ni idea de qué era «eso».
Hacía rato que había desconectado y
sólo el gesto de Yvette me había
devuelto a la tertulia que se había
convertido en un monólogo del invitado.
Para salir del paso, recurrí a un clásico
de la divulgación de la relatividad:
—Me gustaría que el profesor
explicara a nuestros oyentes la inclusión
por parte de Einstein del tiempo como
cuarta dimensión. Sin ello es imposible
llegar a entender su teoría.
Tras dirigirme una mirada de
reprobación —sin duda le resultaba más
estimulante hablar de sí mismo—, dio
una explicación que debía de haber
repetido cientos de veces ante sus
alumnos:
—Einstein no entendía el espacio en
tres dimensiones, sino en cuatro.
Además de ancho, largo y alto, añadió la
dimensión del tiempo. Hasta entonces,
cuando se hablaba del espacio se hacía
como si estuviera congelado en un
momento determinado. Esto impedía
entender muchos fenómenos. Hay un
ejemplo clásico: si se produjera una
explosión en una galaxia a dos millones
de años luz, hasta dentro de dos
millones de años no nos enteraríamos,
ya que la partícula considerada más
rápida es el fotón y necesitaría todo este
tiempo para llegar a la Tierra. Por lo
tanto, sólo podemos entender lo que está
sucediendo en el universo, tanto lo que
vemos como lo que no vemos, si
añadimos la cuarta dimensión: el
tiempo.
—Hablando del tiempo —intervino
Hernán—. Nos quedan pocos minutos
para cerrar el programa. El último
capítulo de su libro tiene un título
sugerente: «Lo que Einstein no dijo».
Disculpe que le haga una pregunta tan
obvia, pero ¿qué es lo que no dijo?
Mientras el entrevistado se iba por
las ramas, aproveché para abrir el libro
por el último capítulo, que tenía
señalado con un post-it. Para mi
desgracia, el profesor se sentaba a mi
lado en el estudio y pudo leer lo que
había escrito sobre la nota amarilla:
«PAJA MENTAL».
Advertí horrorizado cómo me miraba
primero con incredulidad y luego con
contenida ira. Supe que esa anotación
personal me podía costar el puesto de
guionista, aunque en ese momento no
estuviera ejerciendo como tal.
De momento, aquella indiscreción por
mi parte alteró el rumbo de su discurso:
—Sería osado resumir en pocos
minutos lo que Einstein dejó por decir,
pero estoy seguro de que el periodista
que nos acompaña tiene su propia
opinión sobre el asunto.
Me había cazado. Ahora me vería
obligado a improvisar para no quedar
como un tonto ante toda la audiencia. No
tenía la más remota idea de lo que
Einstein pudiera dejar en el tintero —
bastante trabajo me costaba entender lo
que había formulado—, pero opté por
una huida hacia delante con una
especulación improvisada:
—Bueno, cuando miramos las
investigaciones de Einstein en
perspectiva, da la impresión de que falta
algo. En 1905 empezó a plantear la
relatividad y en 1921 ganó el Nobel,
aunque no por la teoría que le haría
famoso.
—Lógicamente —me cortó el
profesor con autoridad—, porque ni
siquiera el comité de evaluación
entendía la relatividad. Tenían miedo a
dar el premio a una teoría que luego se
demostrara que era errónea. Como no
cabía duda de que Einstein era un genio,
le dieron el Nobel por un estudio más
técnico: la explicación del efecto
fotoeléctrico.
—Lo que quiero decir es que entre
1905 y 1921, siendo relativamente
joven, realizó descubrimientos muy
trascendentes. En comparación, resulta
extraño que no aportara demasiadas
novedades en los siguientes treinta y
cuatro años de su vida.
Para improvisar aquel argumento me
había valido de la cronología del libro,
cuyo autor parecía fuera de sí:
—Eso significa, caballero, que las
estadísticas Bose-Einstein y la Teoría
de Campo Unificada le parecen poca
cosa.
—Como su nombre indica —me
defendí—, las estadísticas que ha
mencionado las publicó junto al joven
físico indio que las había calculado. Y
la Teoría de Campo Unificada fue sólo
un sueño. Einstein nunca logró unificar
en una sola teoría todos los fenómenos
físicos conocidos.
Por la mirada severa

La última respuesta – Alex Rovira

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