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Libro PDF La última voluntad – Daniel Gerardo Perrotta

La última voluntad – Daniel Gerardo Perrotta

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Leisser leyó el mensaje con una
sonrisa de satisfacción: finalmente había
llegado su turno. Días atrás había
arribado a Buenos Aires luego de un
largo vuelo desde Salzburgo, con
escalas en Viena y Roma.
Cuando Lukas Frankl, director del
Museo de Ciencias Naturales de
Salzburgo, le indicó su nueva misión, le
hizo entrega de una carpeta que contenía
la información necesaria para su
planificación. Él mismo había obtenido
para su jefe, en un viaje a Tánger, el
nombre de su blanco: José Alfredo
Cambeiro. Ahora completaría el trabajo
en Buenos Aires.
El arribo a la ciudad tuvo lugar en
pleno inicio de la primavera. El clima
era benigno y agradable. Eligió alojarse
en un importante hotel situado en la
recova de Arroyo y la avenida 9 de
Julio. Desde su habitación con vista al
sur divisaba la amplia vía, poblada de
jacarandás con una nube azul violácea
en sus copas y cientos de palos
borrachos que, alternando flores blancas
y rosas, enmarcaban el nutrido y
desordenado tránsito vehicular. En su
condición de austríaco, por lo demás, le
llamaban muchísimo la atención ciertas
costumbres porteñas, principalmente el
modo de conducir, la urbanidad y el
respeto por los conciudadanos. Esa
idiosincrasia de Buenos Aires, capaz de
amalgamar el estilo de una ciudad
europea y la barbarie de la selva,
acrecentaba su admiración.
Con la rigurosidad de un experto,
Leisser estudió el expediente hasta en
sus mínimos detalles. Comprendía que
el éxito de cada una de sus misiones
dependía de la calidad de la
planificación; por eso elaboraba sus
estrategias considerando todos los
posibles escenarios y previendo
acciones para cada uno de ellos.
Uno de los elementos críticos y
fundamentales a la hora de elaborar su
plan, fue determinar la nómina de las
personas allegadas a Cambeiro. Luego
de analizarla, la repasó en voz alta.
“Marcia, su esposa; Paula, su sobrina y
asistente de su médico personal, este
mismo, el doctor Canosi y Danilo Rufo,
un ex alumno y amigo. La misión no
parecía complicada, pero él jamás se
confiaba.
Su plan primario fue acceder
directamente al objetivo y cumplir por
cualquier medio con la misión. Sin
embargo, se había presentado un
problema inesperado, una voraz
enfermedad llevó a la tumba a Cambeiro
antes de lo previsto. Como camino
alternativo, Leisser había centrado su
esfuerzo en la sobrina del fallecido. La
circunstancia ratificó la bondad de
contar con planes alternativos.
No podía permitirse un error en su
estrategia que pusiera en riesgo su
objetivo. Su jefe era tan dadivoso en el
éxito como implacable en los fracasos.
Niki Leisser conocía la recompensa por
cumplir, aunque imaginaba las
consecuencias de su fracaso. Por eso no
fallaría.
Por fortuna Cambeiro no se había
llevado el secreto a la tumba, su ex
alumno Danilo Rufo había resultado
elegido como legatario. El austríaco era
experto en el arte de conseguir lo que se
propusiera, y sabía que no tenía
espacios para arriesgar en esas
circunstancias. Paula, muy cercana al
doctor Canosi y al matrimonio
Cambeiro, le sería de invalorable ayuda.
Buscó el nombre de Paula Agüero en
las redes sociales y no le costó mucho
encontrarla. “Gracias por dejar tanta
información personal en Facebook, me
has ahorrado mucho trabajo”, pensó con
satisfacción.
Se convirtió en un asiduo visitante a
la sala de chateo preferida por ella.
Pocos días después, era ya en un
personaje conocido por los participantes
habituales. Conocer Buenos Aires lo
ayudó en su tarea de acercamiento
indirecto y luego los comentarios
inteligentes y punzantes, despertaron la
atención de ella. De manera sutil, se fue
acercando hasta lograr que Paula lo
esperase cada noche.
La invitación a conversar en privado
fue el devenir natural de su estrategia.
“Cualquiera diría que me conoces”
escribió ella y de inmediato la
conversación comenzó a discurrir con
intensidad. Haber vivido un tiempo en
Argentina y regresar para desarrollar un
importante emprendimiento comercial le
sirvió para terminar de ganar su
confianza.
Divorciada y sin hijos, con treinta y
siete años de edad, Paula estaba abierta
a nuevas experiencias. Cualquier
persona observadora podía detectar sus
puntos débiles aun a través de la fría
pantalla de una computadora, pero
exponer su perfil la volvió más
vulnerable aún.
A Paula le sorprendió gratamente el
contacto del austríaco. Niki Leisser
tenía cuarenta y cinco años, muy bien
llevados, su físico estaba intacto y
poseía una cabellera entrecana que
enmarcaba una cara filosa. Sin duda
había elegido sus mejores fotos para
subir al Facebook y eso contribuyó a
atraerla más. El resto fue un trabajo fino,
sustentado en una agradable
conversación.
Él se presentó como representante
de una compañía internacional que había
adquirido un predio a orillas de un lago
en San Martín de los Andes. “Mi función
es integral”, había dicho Niki, “debo
ocuparme de todo el proyecto. El primer
paso es conseguir inversores para la
construcción de un lujoso hotel”.
Con la habilidad de la experiencia
Leisser fue llevando en pocos días la
relación hacia el lugar deseado y hasta
llegar a seducir a Paula con fantasías y
promesas que obviamente no pensaba
cumplir. Muy pronto consiguió que ella
contara los minutos para volver a
encontrarlo cada noche. De vez en
cuando Niki inventaba un viaje o
reuniones de negocios con dos
objetivos: hacerla desear y ofrecer una
imagen de importante ejecutivo.
Paula no era nueva en la búsqueda
de relaciones por Internet, no obstante,
no dejaba de ser incauta a pesar de
haber sufrido más de una desilusión.
“Debo viajar a Buenos Aires,
Paula”, dijo Leisser desde Salzburgo y
ella se sintió embargada por la
felicidad, “y tú debes solicitar ya una
semana de vacaciones. Iremos juntos a
la cordillera. Tendré mucho trabajo,
pero estaremos juntos, eso lo prometo.”
Leisser elaboró con esmero y detalle
el tipo de hombre que cuadraba a la
perfección con la fantasía construida por
ella. La instaba sin pudor a que dejara
Buenos Aires y volviera con él a la
mágica Salzburgo, cuando el trabajo
finalizara. Ella, a pesar de que tenía a
sus padres y a su tía, evaluaba la idea en
un regocijado silencio. “Dos almas
gemelas no pueden separarse”, pensaba.
En forma hábil, Niki fue contándole
a Paula detalles su supuesto trabajo.
“Mis inversores son muy exigentes,
Paula; pretenden el mejor y exclusivo
lugar y la construcción del mejor hotel,
al costo de una casa de madera”. Así,
tomando nombres reales de verdaderos
emprendedores mezclados con
personajes inventados, fue otorgándole
un grado de veracidad irrefutable a su
relato.
Por otra parte, confesiones de un
lado, acarreaban confesiones del otro.
Ella le contaba la rutina de su trabajo,
cada vez con más detalle.

CAPÍTULO 3: Adolf Gürlt
En 1885, durante su jornada diaria,
un trabajador descubrió en un
yacimiento de carbón ubicado en la
localidad de Wolfsegg am Hausruck, un
extraño cubo de siete centímetros
exactos de lado y ocho kilogramos de
peso que tenía una serie de
inscripciones en caracteres
desconocidos. Lo inusual del
descubrimiento, y sobre todo su peso,
condiciones que le impedirían sortear la
revisación a la salida, indujeron a su
descubridor a entregarlo a un
sorprendido doctor Gürlt, ingeniero
responsable de la empresa. En esa
época el mero intento de robar algún
material extraído de la mina podía
valerles a los trabajadores la aplicación
de castigos físicos de violencia
inusitada. Un hecho como ese, podía
costarle una mano al culpable.
El extraño cubo captó la atención
inmediata del doctor Gürlt, quien ordenó
un análisis químico del objeto.
Mayúscula fue su sorpresa cuando leyó
el resultado. El cubo era un compuesto
de una aleación especial de acero, con
contenido de níquel y escasa cantidad de
azufre. Además, no parecía estar sujeto
ni a desgastes ni a la corrosión. Esto
último también resultaba por demás de
particular, ya que sólo la mera
exposición al ambiente reinante en la
mina donde fue hallado, debía haber
degradado de alguna manera el metal.
Gürlt supo al instante que esa aleación
resultaba imposible de encontrar en la
naturaleza.
Esto llevó al cada vez más
sorprendido doctor a proponer y
analizar todas las hipótesis factibles
respecto al origen y la utilidad del
objeto. Su primer pensamiento fue que
podía tratarse de un meteorito fundido
en su ingreso a la atmósfera del planeta.
Pronto dio por tierra tal teoría al no
poder hallar ninguna explicación
razonable a la forma perfecta y mucho
menos a las inscripciones que el cubo
mostraba. Lejos estaban de ser casuales.
Estudios posteriores demostraron que
esa aleación tampoco se hallaba
naturalmente en el espacio exterior, lo
que le valió suponer que era un objeto
había sido desarrollado mediante
técnicas avanzadas.
Más se asombró cuando un equipo
de expertos investigadores estableció la
antigüedad del cubo en doce millones de
años. Según las teorías más arriesgadas
el hombre tenía una antigüedad de cien
mil años en la Tierra. Pocos años antes,
Charles Darwin había revolucionado
todos los fundamentos científicos con su
teoría respecto al origen de las especies
y del hombre en particular, afirmando
que éste descendía de alguna forma
animal menos organizada. Las
evidencias probaban que el dominio
sobre el metal había comenzado apenas
unos miles de años atrás, por ende y más
allá de cualquier discusión respecto a la
fecha de la aparición del hombre en el
planeta, la antigüedad adjudicada al
cubo descartaba que hubiese sido
manufacturado por humanos.
Lo que comenzó como una simple
curiosidad, terminó siendo una obsesión
para el doctor Gürlt y para su
colaborador, el joven discípulo Karl
Maier. Ambos, a partir de ese momento
dedicaron cada segundo de sus vidas a
intentar desentrañar el misterio del
cubo.A esa altura Gürlt estaba convencido
de que cualquier teoría que se basara en
las certezas que poseían sería
inquietante y revolucionaria.
“Karl, debes ser consciente de que
están en juego todos los pilares que
sostienen el saber humano”, le había
dicho a su colaborador, quien lo
admiraba y estaba siempre a la
expectativa de sus palabras. “Debemos
ser responsables y cuestionarnos con
profundidad si desde la ética nos
compete continuar con esta investigación
y enfrentarnos entonces a los eventuales
resultados”. Había comprendido que
podían estar frente a la llave capaz de
abrir la puerta al desmoronamiento de
teorías, de la propia historia e incluso
de varias religiones.
“Doctor Gürlt”, había dicho Maier a
manera de ruego, aunque exultante,
“somos científicos. ¡Es nuestra
obligación! Usted mismo me ha
enseñado ese concepto”.
Gürlt, frotando sus manos, lo miró
con seriedad y sintió cierto temor a
descubrir la verdad, pero en última
instancia, el joven tenía razón. Ellos
eran científicos y las inimaginables
consecuencias que podrían sobrevenir,
de confirmarse algunas de sus
suposiciones, constituían un verdadero
aliciente para continuar hasta el final.
“La historia del mundo está en
revisión”, le había respondido.
Podían afirmar y sostener que el
cubo no era producto de la naturaleza.
Pero, por otro lado, el dato de su
antigüedad los desconcertaba aún más,
no había registro alguno respecto a la
existencia del hombre sobre la Tierra en
aquellos tiempos remotos. El cubo tenía
doce increíbles millones de años.

CAPÍTULO 4: Danilo Rufo
Cuando se levantó el sol de
primavera, más temprano que en los días
de invierno, se filtraba entre las rendijas
de la cortina de su cuarto. Esa mañana
no bebería alcohol, como últimamente
había estado haciendo. Dejó
preparándose un café mientras repetía su
rutina diaria de ejercicios. La llamada
del doctor le parecía ahora lejana y
hasta dudosa; como siempre ocurre con
los eventos extraños que suceden por la
noche cuando uno los recuerda al
despertar, pero no podía quitar de sus
pensamientos la conversación que
habían mantenido.
Como cada miércoles, pasaría a
visitar a su abuela. Más tarde recogería
la herencia dejada por su profesor y
amigo, quien, una vez más, había
despertado en forma inesperada su
afición por resolver enigmas. La rutina
de su visita, como tantas otras
autoimpuestas, jamás la incumplió.
Realizar sus actos con un carácter ritual
era resultado de su propio carácter
obsesivo, más allá de cualquier
circunstancia o adversidad que a
cualquier otra persona le hubiese
servido como excusa para no hacer tal o
cual cosa.
La abuela lo esperaba como
siempre. Veía por sus ojos. A pesar de
que sabía que Danilo jamás llegaría
antes de su hora acostumbrada,
cumpliendo así el ritual a su
puntualidad, dos horas antes, ella estaba
ya esperándolo con un té y sus galletas.
Cuando tocó el timbre era la hora
exacta y la abuela lo abrazó con todo su
amor. “Qué te ocurre, Danilo? Luces
preocupado…”, le dijo. Con sólo
mirarlo había percibido que algo
extraño le ocurría.
“Cambeiro, como siempre, me pone
a prueba una vez más, aún después de su
propia muerte”, le respondió. La abuela
esperó paciente que Danilo continuara
relatando lo que había ocurrido la noche
anterior. “Y entonces…”, continuó,
“pasaré a buscar la llave y veremos cuál
es la sorpresa póstuma de mi querido
profesor”.
La abuela lo miró intrigada; si bien
sabía que este tipo de sorpresas eran
habituales en Cambeiro, esta vez no
parecía ser una más. La circunstancia
era distinta. Recordó el primer día de
clase de Danilo, en su doctorado en
Historia Antigua. Cambeiro había
encargado a sus alumnos la tarea de
armar un índice con toda la bibliografía
que pudieran hallar referida a la historia
del Antiguo Egipto. En la era anterior a
Internet esto suponía un trabajo arduo de
investigación. Los datos que los alumnos
debían registrar eran el título del libro,
nombre del autor, editorial, año de
edición y el lugar o biblioteca donde se
hallaba. El plazo otorgado, seis meses.
Por supuesto que no todos los
estudiantes trabajaron con la conciencia
y el rigor que aplicaba Danilo a todos
los actos de su vida. Algunos de ellos
visitaron una biblioteca la semana
previa a la entrega y sumaron sin mucho
esfuerzo cerca de cien títulos. Otros, un
poco más aplicados, llegaron al medio
millar. Danilo planificó su acción
considerando los seis meses de plazo
con los que contaba. Sus abuelos lo
ayudaron en el trabajo de campo:
elaborar una lista de las principales
bibliotecas públicas de la ciudad, a fin
de que su nieto las recorriera. Y así,
conformó una lista que superaba los dos
mil quinientos títulos.
El día de la entrega llegó. Cambeiro
entró al aula como siempre, apoyó sobre
el escritorio su maletín desbordante de
papeles y tras saludar preguntó:
“¿Alguno no ha cumplido con el trabajo
acerca del Antiguo Egipto?”, elevando
las cejas y abriendo desmesuradamente
sus ojos, como era costumbre en él. Por
supuesto, ningún alumno en sus cabales
osaría incumplir sus mandatos.
La respuesta unánime fue:
“Cumplimos”. Luego preguntó a uno por
uno acerca de la cantidad de títulos que
había podido encontrar. Los alumnos
iban informando y, cuando Danilo
expresó la cantidad reunida por él, todos
sus compañeros lo miraron sorprendidos
mientras se alzaban murmullos.
Cuando todos esperaban que el
profesor requiriera la entrega de los
trabajos para su evaluación y
calificación, como solía ser de rigor en
estos casos, Cambeiro comenzó con el
dictado de su clase normal. Los alumnos
se miraron sorprendidos y algunos se
quejaron por lo bajo de haber perdido
su tiempo recorriendo bibliotecas. Uno
de ellos se atrevió a hablar: “Profesor,
disculpe, pero usted nos ha encargado un
arduo trabajo, le hemos dedicado mucho
tiempo, mucho esfuerzo. En lo particular
he recorrido durante semanas todas las
bibliotecas posibles. ¿Ahora usted ni
siquiera va a mirarlos o a calificarlos?
¿Nos podría explicar cuál es la razón de
todo esto?”, preguntó entre exigente y
molesto.
Cambeiro lo observó durante
segundos que parecieron siglos. La
tensión podía sentirse en el aire mientras
los alumnos esperaban la respuesta del
peculiar profesor, quien levantó las
cejas, abrió los ojos, miró fijo hacia un
horizonte inexistente, y luego dictaminó:
“Les he dado la mejor lección que
podría darles cualquier profesor en toda
su carrera universitaria”.
La respuesta dejó a todos los
alumnos tan callados como intrigados.
Cuando parecía que iba a continuar la
clase, el profesor agregó: “Y me extraña
que una persona inteligente, que cursa
una carrera de grado en Historia, me
pregunte eso”. El alumno se quedó
mudo, avergonzado.
Danilo, como el resto de sus
compañeros, lo miraba molesto y
expectante. Cambeiro captó
inmediatamente la situación y decidió ir
más allá. “Recuérdeme su nombre, por
favor”, dijo, dirigiéndose con sorna a
Danilo, aunque conocía de antemano la
respuesta. “Mi nombre es Danilo Rufo,
señor”, contestó remarcando con
molestia la última palabra. “Imagino,
señor Rufo, que usted tampoco entiende
el sentido del trabajo…”, dijo.
Danilo absorbió la aseveración
como un golpe profundo en su plexo,
molesto además por las formas del
profesor. Respiró profundo, lo miró a
los ojos y le respondió: “En lo personal,
no tengo la certeza de que nos haya dado
hoy, la mejor lección que podría dictar
cualquier profesor en toda nuestra
carrera universitaria, sin embargo,
confío en su experiencia. Creo que en
forma práctica nos ha mostrado en toda
su extensión lo que implica ser un
investigador”.
Cambeiro, se sintió en posición de
jaque mate, pero asintió con la cabeza
como si nada hubiera pasado. A partir
de allí, una mutua admiración marcaría
sus destinos.
La abuela, volviendo a la realidad,
intentó entender la situación y, a pesar
de las intrigas que despertaba la actitud
de Cambeiro y su misterioso legado, no
hizo más preguntas ni comentarios sobre
el tema.
Más tarde Danilo abrazó a su abuela
y mientras subía a su auto seguía
pensando en la llamada. Tendría tiempo
de retirar la llave antes de su clase.

CAPÍTULO 5: José Alfredo
Cambeiro
La enfermera agregó calmantes en el
suero, le tomó el pulso, luego la presión,
y salió cerrando la puerta. El hospital
entraba en el silencio de la noche y
Cambeiro repasó los últimos dos meses
de su vida, la cual se apagaba de modo
irremediable.
“José, lamento decirle que los
resultados no son buenos”, Canosi hizo
una tensa pausa y agregó: “Tiene uno de
los cánceres más agresivos; mejor
dicho, el peor”.
Cambeiro miró a Paula, que se
encontraba a punto de llorar, y preguntó
al doctor con las cejas levantadas y
abriendo demasiado los ojos: “¿Cuánto
tiempo resta, antes de dejar de valerme
por mi mismo?
Con gesto adusto y su frialdad
acostumbrada, Canosi respondió

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