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La vida sin Pixie (Trilogía pixelada 2) – Ruy Xoconostle

La vida sin Pixie Trilogía pixelada 2 – Ruy Xoconostle

La vida sin Pixie Trilogía pixelada 2 – Ruy Xoconostle

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Ese es Clavius carraspeando. No le hacen caso, así es que se cruza de brazos, como enfrentándolas, y añade:
—¿Y bien?
—¿Qué quieres?
Esa es Debbie Jay, claro.
—¿Nos podemos ir? Se me hace tarde para el trabajo.
—Espérate tantito, ¿sí?
—Caraxo.
—Ash.

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A regañadientes, las tres cotorras se separan de la nicotina y el tabaco. Pero sólo es momentáneo: en breve seguirán tomando café y fumando cancros y cotilleando.
¿Sobre qué?
Sobre nada.
¿Por qué?
No lo sé.
—¿Vienes, ma?
Y Madre:
—Na, yo los alcanzo en lo de los Randyson. Tengo que hacer un mandado.
Clavius se recarga contra un librero. Mira su reloj. Se acomoda la corbata. El traje príncipe de Gales parece incomodarlo. Me siento como un payaso, piensa. Gira
la cabeza a la izquierda. Por un pasillo aparece fugazmente una figura en pants y playera y pelos parados.
Es Cuki.
—¡Hey!
Detenerse.
Regresar.
Asomarse.
—¿Qué? —pregunta Cuki desde una posición segura, asomando sólo la cabeza.
—¿Vienes?
Encogiendo los hombros:
—No mames —y se esfuma—. Ya vienen Cole y Pimp por mí —añade la voz de Cuki desde algún sitio de la casa.
Clavius encoge los hombros y camina hacia la voz. Al final del pasillo hay otro pasillo, y al final de éste, un baño. Cuki abre la llave del lavabo justo cuando su
hermano lo alcanza.
—Oye, ¿cómo estás? —se pasa rápidamente la lengua por los labios—. ¿Nervioso?
—No.
—Te vamos a ver todos en la fiesta de los Randyson.
Cuki no dice nada. Sólo llena el lavabo de agua. Una vez que está rebosante, mete la cabeza ahí.
—¿Estás nervioso? —insiste Clavius.
Sacar la cabeza, empapada:
—No problemo.
Meter la cabeza.
—¡Clavius!
Detenerse.
Regresar.
—¿Qué? —pregunta Clavius desde una posición segura, asomando sólo la cabeza.
—¿No estabas xodiendo con que nos fuéramos? —pregunta Debbie Jay desde el pasillo—. Ven, te voy a anotar el teléfono de los Randyson para lo que se ofrezca.
Clavius se encoge de hombros y mira a su esposa escribir algo en un papel. En un descuido, se voltea con Cuki y lo señala con el dedo índice:
—¡No vayas a faltar a tu entrevista, wey!
Sacar la cabeza, empapada:
—No problemo.
✫ ✫ ✫
—No hay problema—platica el chofer, una especie de oriental mezclado con indígena. Los pedales le quedan lejos, y ve a sus pasajeros por el retrovisor—, vamos
a tomar el Lyndon B. Johnson, que a esta hora está menos cargado. ¿Es su primera vez en el Valle, missy?
—Segunda —responde Midyet, todavía con la mirada perdida.
—¿Ya había venido, entonces? ¿Por una entrevista?
—No, es mi primera vez en el fido.
—Claro. ¿Y usted? —se dirige al acompañante de Midyet. Por decencia, evitaré decir su nombre, así es que me referiré a él por el apelativo que todos conocemos:
“Primo Perfecto”. Si alguien más lo llama por su nombre cristiano, simplemente lo omitiré con un censurado—. ¿También repite visita al Valle?
—No, esta es mi primera.
—¿Y qué le parece? ¿No es el ombligo del mundo?
—No lo había pensado así —dice con desprecio Primo Perfecto.
—El Valle es grande y omnipotente —filosofa el chofer, sonriente—. Y Naucalpan podrá no ser su capital, pero es la urbe. Y con mayúsculas: LA URBE.
Naucalpan es el ombligo de México.
✫ ✫ ✫
El downtownde Naucalpan estáen ebullición. Marchas, tráfico absurdo, gente caminando por las calles, frío y calor simultáneamente. Los edificios de vidrio y metal
se sienten parcos y ausentes. Clavius y Joselín Damm circulan, ya solos, a vuelta de rueda en la Wagoneer. No hablan. Simplemente escuchan el radio y observan la
colorida y hormigueante calle afuera.
Clavius encuentra un papel doblado en la bolsa de su camisa. Lo abre. Qué es esto, piensa. El teléfono de casa de los Randyson. Claro. Recuerda cuando Debbie
Jay se lo dio en la casa de San Diego de los Padres. Mmm. Piensa que le urge salir de la ciudad. Perderse en la playa. Y no regresar.
Semáforo. Luz roja.
¡Splat!
Dropea el pensamiento.
—¡Oye, no!
¡Splat! ¡Splat!
Un morro limpiavidrios se ufana con su parabrisas.
—¡No! ¡No!
No tiene que decir más. Dos huichos salen de la nada y amagan al descamisado, arrastrándolo lejos de la Wagoneer y hasta la banqueta, en donde lo esposan.
Joselín Damm observa la escena con apatía. La camioneta arranca, pero él sigue con la mirada el arresto del limpiavidrios.
—Qué hueva —asevera.
✫ ✫ ✫
—Qué pereza—se estira Midyet en su asiento—. Mucho tráfico.
—Así es la hora pico, missy. Pero verá que llegamos pronto. En unos cuarenta y cinco minutos.
—Dígame, ¿cómo se llama el restaurante al que vamos?
—Gogladys o algo. Se desayuna rico. Muy buen restaurante. De los mejores de la zona.
Midyet le hace una mueca a Primo Perfecto, quien de inmediato busca el itinerario.
—¿censurado, me pasas la agenda, por favor? Agradeciendo, Midyet toma el documento.
golightly’s
—Golightly’s —lee en voz baja, casi adormilada.
—Missy…
Ese es el chofer.
—¿Sí?
—¿Le puedo decir algo?
—Por supuesto —sale de su sopor.
—Con todo respeto para el caballero aquí presente —le sonríe a Primo Perfecto—, es usted una jovencita muy hermosa y muy educada. Y sus ojos en verdad son
cautivadores. Usted va que vuela para dejar huella en el programa.
Primo Perfecto sostiene la risa en la garganta.
—¡Gracias!
Midyet ha dicho lo último con una sonrisa charming que ilumina el interior de la limusina.
—Y quería preguntarle si no es usted la actriz que salió en esa película…
—¿Cuál película? —pregunta Midyet, divertida.
Primo Perfecto se encoge de hombros.
—La de Laberinto.
Arqueando las cejas, Midyet responde:
—No. No soy. Pero muchas gracias —regresa la mirada al frío paisaje naucalpense—. Ya salí en un libro. Pero nunca en una película.
✫ ✫ ✫
Brubaker no es una película,sino un edificio. Cole y Pimp están sentados en unos sillones comodísimos del piso 93. Ajá, una sala de espera. Ya han asaltado la
máquina de Nescafé que tan diligentemente alguien ha puesto para que los visitantes no desesperen mientras aguardan su turno.
—Señor, no se puede fumar.
Esa es la recepcionista, quien ya le dijo dos veces a Cole y Pimp que
—¡No se puede fumar!
Uff.
En el letrero que está encima de la recepción se lee:
editorial francine-gladys
Es el piso 93 del edificio Brubaker, es una espaciosa oficina, es un sujeto relativamente gordo de corbata y camisa arremangada que seguramente tiene los niveles de
colesterol y ácido úrico hasta el cielo y metidos por el culo. Observa a Cuki con interés. Y con hueva.
No hablan.
Cuki juega con un clip. Bebe de su cerveza.
El sujeto gordo es un editor. Se apellida Jiménez.
Suda copiosamente.
En una pared de la oficina tiene un póster de Paul Newman en Cool Hand Luke.
Bebe de una taza con café humeante. En ésta se lee: Editors are forever. I’m so glad you are mine.
Carraspea.
Empieza de nuevo:
—No me parece buena idea que la heroína de tu primer libro, que resulta ser tu novia muerta |
—Nunca nos casamos, tich.
—Espera. ¿Quién dijo que se casaron?
—Nadie. Pero lo pensaste —Cuki deja el clip y comienza a arrancar, ociosamente, la etiqueta de la botella—. ¿O me vas a decir que no lo pensaste?
—¿Estás nervioso por lo de hoy? Sé que es un día complicado, por lo de la entrevista y todo…
—¿Quién está nervioso? Yo no estoy nervioso. ¿Tú estás nervioso?
—Olvídalo —el Editor Jiménez agita las manos.
—Si estás nervioso cancelamos todo.
—¿Puedo seguir?
—Por favor.
Cuki se ve particularmente paiki y huevón. Con sus pants desaliñados y sus Vans y su gorra de los Dodgers.
Y su chelota en la mano.
—Te decía que no me parece buena idea que la heroína de tu primer libro, que francamente no tiene nada que ver con el segundo, sea precisamente la heroína del
segundo.
—Estás muy repetitivo hoy. Y cacofónico.
—Lo sé —dice el editor con desgano.
—¿Cuál es tu punto?
—Mi punto es que no me encanta que mezcles a la Pixie del primer libro armando una Pixie completamente nueva en el segundo.
—¡Considera a Pixie como un personaje de ficción y asunto arreglado!
—No, justamente el problema es que Pixie no es un personaje de ficción, sino alguien que era de carne y hue |
—Mi Pixie está muerta —una lagrimita de cocodrilo se asoma por el rostro de Cuki—. ¿Tienes que recordármelo todo el tiempo?
—Cuki, yo…
—Y nunca nos casamos —Cuki agita el dedo índice con un movimiento pendular. Mastica y escupe el clip.
—¿De nuevo con esa mamada?
—No me digas que no lo pensaste —se termina de un trago la Miller High Life.
—¿Ya acabaste? —el gordo trata de arrebatarle el casco vacío.
—¡Es mío, es mío! —forcejean, y Cuki finalmente se impone.
—¿Para qué lo quieres?
—¡Los colecciono!
—Estás mal. Muy mal —el Editor Jiménez respira pesadamente.
—Pixie y Baquero son buenos nombres —Cuki abraza su botella—. Excelentes nombres.
—¡Pero Pixie es la heroína del primer libro!
—¿Y eso qué?
—¿Quieres que la gente piense que tienes una fijación con tu ex novia, que está muerta, por cierto?
—Me lastimas, tich.
—Cuki |
—Me vale madres que lo piensen. Todos creen que nos casamos y eso también me vale madres. He aprendido a que me valga madres.
—Ahora tú estás repitiendo palabras.
—¿Cómo debería de llamarse entonces?
—No lo sé, pero…
—¿No lo sabes? ¿No eres tú el editor? —sigue dando manazos al aire—. Como esa mierda de que yo escriba la cuarta de forros —lo arremeda, haciendo una voz
gangosa—. “Cuki, haz tú la cuarta de forros porque a mí me da hueva.”
—No me chingues.
—¿Qué quieres, wey?
—¿Cómo me dijiste?
—¡Güey! ¡Güey!
—Caraxo —el Editor Jiménez se limpia el sudor de la frente con la mano—. Yo sólo sé que Pixie y Baquero no es un buen título.
—Te recuerdo que yo quería ponerle al primero Coahuila, Texas y no me dejaste.
—Retomando el tema: no creo que Pixie y Baquero sea un buen título.
—Retomando mi tema: si me hubieras dejado no estaríamos metidos en este pedo.
—¿Si te hubiera dejado qué?
—Usar Coahuila, Texas para el primer libro.
—¡Eso no tiene nada que ver!
—¡Tiene mucho que ver!
—¡Pixie y Baquero no es un buen título! ¡Fin de la discusión!
El Editor Jiménez se está poniendo bastante pendejo. Y necio.
El sarcasmo siempre es bueno, piensa Cuki, y dice:
—¿Cómo debería ponerle entonces? —Cuki mira la botella de cerveza que había puesto en sus brazos—, ¿Miller y Baquero?
—¡Preferible!
—Te tengo una mejor: ¿qué tal Miller y Jiménez?
—No me estés chingando, Cuki…
—Tú empezaste.
—Mira, yo…
—¡Con una chingada, que no me casé con ella!
—¿Qué caraxos te pasa?
Cuki tira la botella de Miller High Life en el escritorio. Realmente encabronado, el Editor Jiménez se levanta.
—¿Qué pedo contigo? —increpa.
—No, qué pedo contigo.
—¿Qué pedo contigo?
—No: qué pedo contigo.
—Estás loco.
—Voy a hablar con tu jefe —Cuki se levanta, hecho una furia.
—Haz lo que se te hinchen los huevos, maniático.
Cuki se detiene en la puerta:
—¡Ya me voy a hablar con tu jefe!
Portazo.
—¡Por mí, arráncatela! —el Editor Jiménez recoge la botella de Miller High Life—. Tienes problemas mentales. Pendejo.
✫ ✫ ✫
—Tengo problemas mentales.
Marpis recarga las palmas en el lavabo del baño de mujeres. Observa su traqueteada figura en el espejo. No tan vieja, pero tampoco tan joven.
—¿Por qué dices eso, darling?
Esa es Anyi Vlap-Vlap, abrazándola fraternalmente. Marpis sólo atina a encogerse de hombros.
—No sé, algo me pasa. Ya tiene tiempo.
—Ajá…
—Me siento como fuera de lugar. Como que nada tiene sentido. Como que la vida se me ha complicado y a la vez es inútilmente simple y banal. Nada me
sorprende, nada me llena. Ni los viajes, ni la ropa, ni que mi hermano salga en el fido… siento que he caído en una rutina que, quizá, debería de hacerme feliz, ¡pues
alguna vez me hizo feliz!, pero ya no. Ya no. ¿Sabes? —voltea y encara a Anyi Vlap-Vlap—. Como cuando sientes que absolutamente nada tiene sentido y despiertas
con un agujero en el estómago y te vas a dormir con un agujero en el estómago. ¿Sabes?
Anyi Vlap-Vlap cierra la boca.
—No, la verdad no sé.
Mmm.
—Luego se te pasa, darling —la rodea con su brazo y la sacude de los hombros—. Vámonos, nos están esperando ya en la mesa.
Marpis suspira y después repite:
—Sí, vamos. Nos están esperando.
✫ ✫ ✫
—Te estaba esperando—dice El Paiki Que Vive Adentro De La Cabeza De Alo al tiempo que pone otra cerveza en la mesa de latón. Es la quinta de la mañana y
Alo, muy sentado, ve con curiosidad a su amigo imaginario.
—¿Otra? —es su pregunta, con un leve atisbo de culpa.
—Otra —es la sardónica respuesta de El Paiki.
—Tengo que desayunar algo. O me voy a poner muy estúpido.
—¿Qué pasó con tu hermana?
—Se encabronó.
—¿Por tu culpa?
—Algo hay de eso.
—¡Felicidades! Ya era hora de que la castigaras.
—Me siento mal.
—No mames.
—¿Crees que sería bueno que hablara con ella?
—¿Para que te veas como un rogón?
—No le voy a rogar, sólo quiero arreglar el problema.
—No vayas, man.
—¿Tú qué sabes? Ni siquiera existes.
—¡Perdedor! ¡Mediocre!
Poniéndose la bolsa de Aurrerá bajo el brazo, buceando entre los estudiantes, manoseando el cemento, oliendo las señales, siguiendo las huellas como el buen sioux
que es, Alo busca y busca a Karen. Por el highway 12 cruzan dos rubias, cuatro morenas, seis caníbales, una caravana mortuoria, una patrulla motorizada y unos
cuantos estudiantes más acercándose al antro de cervezas.
Al fin la encuentra, sentada en el cofre de un Ford.
Brazos cruzados y cara despreocupada.
—¡Sunrise! —gritonea Alo—, ¡Sunrise!
Karen se llama Karen en honor a Karen Carpenter, cuyo ridículamente exitoso sencillo (They Long To Be) Close to You puso en un estado de shock permanente a
Madre, quien no lo dudó un segundo y decidió nombrar a su casi recién nacida en honor a la soon-to-be-anoréxica-favorita-de-este-lado-del-Atlántico. Alo le dice Karen
a Karen, y no precisamente por la anoréxica, sino porque así se llama. Pero también le dice, como ya se habrán dado cuenta, “Sunrise” o “la Sunrise”, y a veces “Tequila
Sunrise”. El mote nació un día de verano, o de primavera, whatever, en el que Alo se quedó dormido en uno de los camastros junto a la piscina de la casa de San Diego
de los Padres. Las muy diversas razones por las que el huevón burgués le metía con singular alegría a las siestas no vienen al caso, lo verdaderamente importante es que,
en ese día de verano o primavera (whatever), tuvo un sueño. Aquella noche pasé a visitar a miermano Cuki para jugar un poco del viejo y nostálgico Atari. En la cocina,
mientras asaltaba el fridge de los Pirulazao, Alo se me acercó y me describió su sueño:
“Estaba echado con las piernas encima del volante de un Cadillac azul, azul cielo. Vestiduras blancas. Convertible. Vestía pantalones de algodón y cinturón de
cuero; camisa de cuello largo y manga corta; zapatos de charol y calcetines blancos; sombrero de paja y lentes oscuros. El carro se encontraba parado en la periferia de
un enorme estacionamiento, el cual estaba totalmente vacío, con excepción del lugar que el Cadillac y yo ocupábamos. Frente a mí, lejísimos, parecía haber una tienda de
grocery. Yo soy más viejo de lo que soy. Entonces, noto que alguien sale de la tienda de grocery. Comienza a sonar (They Long To Be) Close To You , ya sabes, la
canción de mierda que le encanta a Madre. Cuando la figura se vuelve nítida, caigo en cuenta de que es una mujer. Viste blusa y falda azul cielo, muy pegada, arriba
(definitivamente) de la rodilla; guantes, alpargatas y bolso blancos; también lentes oscuros y un pequeño sombrero circular. Bajo los pies del volante. Se detiene frente a
mí. Nos quitamos los lentes al mismo tiempo. La mujer es Karen. Sube al carro sin que yo mueva un dedo. Me dice: ‘¿Cómo te llamo?’, y yo le contesto: ‘Alo. ¿Y yo a
ti?’ Luego de un segundo, responde: ‘Sunrise’.”
Bueno, más o menos así era el sueño. No me pidan que se los cuente al pie de la letra, todo eso pasó hace tiempo. De todos modos, al menos tres puntos quedaron
comprobados: uno, que algunos sueños son locos y estúpidos; dos, que Karen también era la Sunrise. Al menos en la cabeza idiota de Alo.
Tres: que un sueño con música de fondo de los Carpenter es una combinación apestosamente peligrosa.
—Sunrise…
La Sunrise voltea.
—Qué ondas.
—Oye… ¿estás enojada?
—No.
—Pero lo siento en tu voz.
—¿Qué? ¿El dizque enojo?
—Pues sí.
—¿Duele?
—Algo.
—Eres un recabroncito.
—Oye.
—Eu.
—¿Quién eres? —dice lo último pegando su nariz a la de la Sunrise—. ¿Eh, quién eres?
—Confórmate con saber quién no soy.
—Ay sí, cálmate tú.
—Válgame, Alito.
—Bueh.
—No soy moralina, ni fresa, ni me da frío. ¿Okey?
—Eres superwoman. Y eres impresionantemente hermosa.
—Ajá.
—Eres fea, entonces.
—No soy repugnante.
—Okey, eres bonita.
—Por eso, no soy fea.
—¿Y nosotros?
—¿Nosotros qué?
—¿También me enteraré de qué sucede con nosotros sabiendo lo que no somos?
—Sí. Creo.
—¿Qué no somos?
—No somos novios.
La Sunrise se aparta con delicadeza.
—Entonces, ¿vas a ir a lo de los Randyson? —pregunta Alo, ligeramente derrotado.
—Sí. ¿Y tú?
—Sólo si tú vas.
—Yo creo que sí.
—Entonces sí voy.
—Okey —Karen se acomoda el mechón rosado—. Sabes… creo que hoy me habló Cuki.
—¿Cómo que crees que te habló?
—Me dieron el recado de que alguien llamó al dormitorio —Karen bosteza—. Pero no se identificó.
—¿Segura que fue él?
—Sí. Lo conozco.
(…)
—¿Con quién vas?
—¿A dónde?
—A lo de los Randyson.
La Sunrise ríe.
—¿Cómo que con quién voy? Con Bobby.
Eso dolió.
—¿No es obvio, Alito?
—Pero…
—No más pendejadas por favor. Y tira esa mierda —señala la bolsa de Aurrerá

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