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Libro PDF Las aguas de la eterna juventud – Donna Leon

Las aguas de la eterna juventud - Donna Leon

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un par de sujetalibros, ambas señoras de
la nobleza veneciana ocuparon los dos
extremos de una mesa donde se sentaban
ocho personas más.
L a contessa Lando-Continui, que
era una mujer menuda, estaba hablando
en inglés con muy poco acento italiano y
tenía que esforzarse para que la voz se
oyese a lo largo de toda la mesa, pero
no se la veía nerviosa por hablar en
público. Su aspecto era muy cuidado: su
cabello era una corona de rizos dorados,
corto y con un peinado juvenil que
parecía del todo natural en alguien de su
reducido tamaño. Llevaba un vestido de
color verde oscuro y mangas largas que
permitían prestar atención a las manos,
finas y de dedos largos, sin una sola
mácula típica de su edad. Tenía los ojos
casi del mismo color que el vestido y se
complementaban muy bien con el tono
de pelo escogido. Mientras la
observaba, Brunetti reforzó su
convicción de que medio siglo antes
debió de ser una mujer muy atractiva.
Volvió a prestar atención a la
conversación y la oyó decir:
—Tuve la gran fortuna de crecer en
una Venecia distinta, no en este
decorado creado para evocar a los
turistas una ciudad en la que, hasta
cierto punto, no han estado. Brunetti
asintió con la cabeza para expresar su
conformidad y siguió comiendo
spaghetti con marisco mientras pensaba
en cuánto se parecían a los de Paola;
quizá porque la cocinera que los había
hecho era la misma mujer que inició a
Paola en la cocina.
—Me causa gran tristeza que la
Administración municipal haga todo lo
que está en su mano para que vengan
más turistas. Al mismo tiempo —
empezó a decir la contessa, pero antes
de continuar alzó la mirada y repasó los
rostros que tenía delante—, las familias
venecianas, sobre todo las más jóvenes,
se marchan porque no pueden pagar los
alquileres ni comprar una casa.
Su aflicción era tan palpable que
Brunetti miró a su esposa. Paola estaba
sentada frente a él, al otro lado de la
mesa, y asintió.
A la izquierda de la contessa había
un joven inglés de cabello claro a quien
ésta había presentado como lord No Sé
Quién. A su lado estaba la famosa
historiadora de Inglaterra cuyo libro
sobre los Saboya Brunetti había leído y
disfrutado. Era posible que la presencia
de la doctora Moore fuese el resultado
de no haber mencionado la participación
de la familia del difunto esposo de la
anfitriona, los Lando-Continui, con el
régimen de Mussolini. A su izquierda se
sentaba otro ciudadano inglés al que
habían presentado como banquero; justo
enfrente de Brunetti estaba Paola, a la
derecha de su madre.
Así pues, Brunetti estaba junto a su
suegra y delante de su esposa y, aunque
sospechaba que aquella disposición
debía de violar las normas de etiqueta,
el alivio que le producía estar cerca de
ellas era mayor que su preocupación por
l a politesse. A la izquierda de Paola
estaba la compañera del banquero, una
mujer que resultó ser catedrática de
Derecho en Oxford; después, un hombre
que a lo largo de los años Brunetti había
visto por la calle y, por último, un
periodista alemán que llevaba años en la
ciudad y había adquirido tal punto de
cinismo que ya casi era italiano.
Brunetti miró a ambas contessas y,
como siempre que las veía juntas, pensó
en los emparejamientos tan extraños que
formaba la vida. La contessa Falier
había heredado a la otra cuando ésta
enviudó. Aunque eran amigas desde
hacía años, el vínculo entre ambas se
reforzó con el fallecimiento del conte
Lando-Continui, y pasaron de ser buenas
amigas a amigas de verdad, hecho que
Brunetti sopesaba cada vez que
coincidía con la segunda, por lo
diferentes que eran una de la otra en
cuanto a seriedad y sensatez. La
contessa Lando-Continui siempre se
había mostrado cortés con él, en
ocasiones incluso afable, pero el
commissario solía preguntarse si no lo
estaría tratando como un apéndice de
Paola y de su suegra. ¿Era así como se
sentían la mayoría de las esposas?
—Repito que… —decía la
contessa Lando-Continui, y Brunetti
volvió a prestarle toda su atención.
Mientras tomaba aliento para
cumplir esa promesa, la interrumpió una
floritura que el segundo hombre de su
derecha hizo con la mano. Era aquel que
Brunetti creía haber reconocido. De
pelo oscuro, rondaba los cuarenta y
llevaba una barba y un bigote
influenciados sin duda por el último zar
ruso; el hombre terció en voz alta
aprovechando la pausa que su gesto
había provocado.
—Mi estimada contessa —empezó,
y se levantó sin prisa—, todos somos
culpables de animar a los turistas a
venir, incluso usted.
La contessa se volvió hacia él, con
aparente desconcierto por la conjunción
de las palabras culpables y usted, y
puede que incluso algo nerviosa por si
aquel personaje sabía algo que pudiera
unirlas con legitimidad. Colocó ambas
manos a los lados del plato con las
palmas hacia abajo y señales de tensión,
como preparándose para tirar del mantel
hacia el suelo si la conversación iba por
esos derroteros.
Los comensales se sumieron en un
mutismo desconcertado. El hombre
sonrió a la anfitriona y se abrió paso por
la grieta que había dejado su silencio.
Habló en inglés, por deferencia hacia la
mayoría de los presentes, a quienes miró
uno a uno.
—Como ya saben, la bizarría de
nuestra anfitriona a la hora de ayudar en
la restauración de numerosos
monumentos de la ciudad ha contribuido
a preservar mucha de la belleza de
Venecia y, por consiguiente, ha
aumentado de forma inconmensurable su
atractivo como destino para aquellos
que la aman y valoran sus maravillas.
Miró a su alrededor y sonrió al
público.
Dado que estaba de pie cerca de
ella y hablaba con claridad, era
imposible que a la contessa se le
hubiera escapado la palabra bizarría,
pues después de que él la pronunciase se
le había suavizado la expresión y había
aflojado el puño alrededor del mantel.
Alzó la mano con la palma hacia delante
en dirección al caballero como si
quisiera impedir más alabanzas. Sin
embargo, reflexionó Brunetti, la voz de
la verdad no podía ser refutada, así que
el tipo tomó su copa y la levantó. El
commissario se preguntó si se habría
aprendido de memoria el parlamento,
por la facilidad con la que lo había
recitado.
Entonces Brunetti se inclinó hacia
delante y, al ver que el hombre era
corpulento, recordó que los habían
presentado hacía unos años, en una
reunión del Circolo Italo-Britannico.
Eso explicaba lo bien que se
desenvolvía en inglés. Una foto pequeña
de su rostro barbado había aparecido
unas semanas antes en un artículo de Il
Gazzettino que informaba de que la
Comisión de Bellas Artes lo había
nombrado para dirigir un estudio de las
placas de mármol tallado de la ciudad.
Brunetti había leído el artículo porque
sobre el dintel del Palazzo Falier había
cinco de ellas.
—Amigos míos y amigos de La
Serenissima —prosiguió el tipo con una
sonrisa aún más cálida—, me gustaría
tomarme la libertad de brindar por
nuestra anfitriona, la contessa
Demetriana Lando-Continui. Además,
me gustaría darle las gracias a título
personal como veneciano y también a
título profesional como alguien que
trabaja para preservar la ciudad: gracias
por todo lo que ha hecho por proteger el
futuro de mi ciudad.
Miró a la contessa, sonrió y
añadió:—
Nuestra ciudad.
Entonces levantó la otra mano e
hizo un gesto que abarcaba al resto y
corregía la menor sensación de que
hubiese excluido a los no venecianos;
para que no quedase duda, les ofreció
una sonrisa más amplia incluso.
—Vuestra ciudad, pues lleváis a
Venecia en el corazón y en vuestros
sueños, y eso os convierte en veneziani
como nosotros.
El aplauso que siguió duró tanto
que al final tuvo que posar la copa para
alzar ambas manos y de ese modo
rehusar tan fervorosa reacción.
Brunetti hubiera preferido estar
sentado junto a Paola, para poder
preguntarle si corrían el riesgo de entrar
en choque anafiláctico por exceso de
encanto; sin embargo, le bastó una
mirada rápida para comprender que ella
compartía su preocupación.
Cuando se hizo el silencio, el
hombre siguió hablando y esa vez se
dirigió a la contessa.
—Quiero que sepa que los
miembros de Salva Serenissima le están
profundamente agradecidos por liderar
los esfuerzos que invertimos en
conseguir que el tejido de esta ciudad
que tanto amamos continúe siendo una
parte integral y ejemplar de nuestra vida
y nuestras esperanzas.
De nuevo alzó la copa, pero esa
vez dibujó con ella un círculo que los
incluía a todos en el elogio.
El banquero y su compañera se
pusieron en pie como al final de una
conmovedora obra de teatro, pero al ver
que los otros comensales permanecían
en sus sillas, el banquero se alisó una
arruga del pantalón y volvió a tomar
asiento, y ella se colocó la camisa por
debajo con mucho primor, como si ése
fuera el motivo de haberse levantado.
«Salva Serenissima», pensó
Brunetti. Ya comprendía la conexión de
aquel tipo con la contessa. Antes de
tener ocasión de preguntarse qué hacía
el orador en la organización, una voz
grave atronó en inglés: «¡Eso! ¡Eso!»,
como si estuvieran en la Cámara de los
Lores y su señoría quisiera expresar su
aprobación. Brunetti se forzó a sonreír y
brindó con el resto, aunque no bebió de
la copa. Desvió la mirada en dirección a
Paola, que estaba en posición de tres
cuartos mirando hacia el otro extremo de
la mesa, a la amiga de su madre. Como
si se hubiera percatado de su atención,
se volvió hacia él y se permitió cerrar
los ojos y abrirlos poco a poco, igual
que si acabasen de decirle que la
crucifixión no había hecho más que
empezar y aún le faltaban varios clavos.
El hombre que había hablado
parecía haber agotado su reserva de
halagos, así que se sentó y retomó la
cena, que ya estaba fría. La contessa
Lando-Continui hizo lo mismo. El resto
intentó reanudar las diferentes
conversaciones y en cuestión de minutos
la velada continuó con un tintineo de
voces elocuentes y de cubertería de
plata.
Brunetti se volvió hacia su suegra y
advirtió que el border collie había
desaparecido para dar paso a un caniche
somnoliento; muy decorativo pero
aburrido y distraído. La contessa Falier,
al ver que Paola charlaba con el
banquero, dejó el tenedor y se recostó
en la silla. El commissario comprobó
que la mujer de su izquierda estaba
hablando con el que había propuesto un
brindis por la contessa Lando-Continui,
así que volvió a dirigir su atención a su
suegra, una mujer cuyas opiniones a
menudo lo sorprendían tanto como las
fuentes tan dispares que consultaba para
formarlas.
Su charla acabó versando sobre las
novedades de la semana en torno al
gigantesco proyecto de ingeniería, el
sistema MOSE, que debía proteger
Venecia del riesgo de las mareas. Igual
que muchos otros residentes, ambos
pensaban desde el principio que el
asunto olía muy mal y que todo lo que
había ocurrido en las últimas tres
décadas no había hecho más que
acentuar el tufo. Brunetti había leído y
oído demasiadas cosas para tener
esperanza de que aquel sistema tan
complicado y de coste faraónico cuyas
enormes barreras metálicas debían
impedir que el agua del mar entrase en
la laguna funcionara algún día. La única
certeza era que el importe del
mantenimiento aumentaría año tras año.
La investigación que se estaba llevando
a cabo sobre los millones
desaparecidos, pues se rumoreaba que
el total tal vez ascendiese a una cifra
astronómica, estaba en manos de la
Guardia di Finanza, y la policía local
sabía poco más de lo que se publicaba
en la prensa.
Ante los primeros indicios de la
magnitud del saqueo a los fondos
europeos, las autoridades de la ciudad
habían enrojecido de rabia; pero no
pasó mucho tiempo antes de que ésta se
tornase en vergüenza, cuando uno de los
altos funcionarios primero se declaró
inocente y poco después concedió que
tal vez una pequeña parte del dinero del
proyecto MOSE se hubiera desviado a
su campaña electoral. Aun así, insistió
en que no había tocado ni un solo euro
para uso personal; al parecer creía que
comprar unas elecciones era menos
censurable que comprar un traje de la
sastrería Brioni.
Tras un breve coqueteo con la
indignación, el sentido común innato de
Brunetti había ganado la batalla y había
acabado por desechar el asco como
respuesta adecuada. Era mejor pensar
como un napolitano y considerarlo todo
un teatro, una farsa en la que los líderes
representan sus mejores papeles.
En cuanto los dos se cansaron del
tema, Brunetti se dio cuenta de
inmediato.
—La conoces de toda la vida,
¿verdad? —preguntó, y echó un breve
vistazo a la cabeza de la mesa, donde la
contessa Lando-Continui hablaba con el
periodista alemán.
—Desde que llegué a Venecia.
Hace años.
Brunetti no tenía claro si sonaba
contenta por ello o no; en todos aquellos
años apenas había revelado sus
sentimientos por la ciudad por la que
había abandonado su Florencia natal;
había mostrado muy poco más allá de su
amor por su familia.
—Sé que puede ser una sargento de
la peor calaña, pero también es muy
generosa y considerada. —La contessa
Falier cabeceó para reafirmar lo que
acababa de decir y añadió—: Aunque
creo que la mayoría no se da cuenta. De
todos modos, la pobre no se relaciona
con mucha gente.
L a contessa Falier miró a su
alrededor antes de proseguir en voz
baja.
—Esta velada es una excepción.
Organiza cenas con potenciales
patrocinadores, pero no le gusta hacerlo.
—¿Y por qué se molesta? Seguro
que tienen un

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