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Libro Las chicas buenas no… mienten – Victoria Dahl

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Libro Las chicas buenas no… mienten – Victoria Dahl

PDF Descargar Son muchas las personas que contribuyen al
bienestar de esta autora durante el proceso de
escritura de un libro. Mi familia, por supuesto, que se
sacrifica diariamente por las novelas románticas.
Gracias por quererme sin condiciones. Mi agente,
Amy, que está siempre a mi lado. Y mi editora, Tara,
que trabaja diligentemente bajo una enorme cantidad
de presiones junto a todo el equipo de Harlequin.
Gracias.
Como siempre, Jennifer Echols estuvo a mi lado
como una verdadera amiga, animadora y firme
supervisora. Es una constante en mi vida y no podría
hacer esto sin ella.
También quiero dar las gracias a las mujeres
maravillosas de Peeners, que me proporcionaron
consejo, apoyo y bromas subidas de tono cuando las
necesité. Gracias.
RaeAnna Thayne y Nicola Jordan son las mejores
compañeras del mundo a la hora de proporcionar
ideas. Sin ellas, esta serie seguiría consistiendo en diez
líneas garabateadas en una libreta. Gracias.
Por supuesto, toda la estructura del libro está
equilibrada por la maravillosa inspiración de las
cervezas artesanales. Vosotras me enseñasteis a
apreciar la cerveza y os adoro.
Y, lo más importante, gracias a mis lectoras.
Vosotras sois mi inspiración y hacéis que todo esto
merezca la pena.
Por último, me gustaría dar las gracias a todos mis
nuevos amigos de Twitter. Me habéis hecho compañía
durante la escritura del libro, aunque habéis fracasado
de manera estrepitosa a la hora de mantenerme en mi
camino.
Capítulo 1
Tessa Donovan fijó la mirada en el aparcamiento
de la cervecería Donovan Brothers, hechizada por el
resplandor azul y rojo que cubría la pared del edifico de
ladrillo. No era capaz de apartar la mirada. Las luces
de la policía resultaban completamente fuera de lugar
junto al canto de los pájaros y la luz pálida de la
primera hora de la mañana.
Su hermano Jamie permanecía entre dos coches de
policía aparcados de cualquier manera cerca de la
puerta de atrás. Tenía una expresión de aturdimiento,
probablemente porque jamás se habría despertado tan
temprano de forma voluntaria.
Tessa caminó con paso decidido hacia el
aparcamiento y agarró a su hermano por el cuello de
su arrugada camiseta.
–¡Eh! –protestó Jamie.
Tessa tiró de él para acercarlo a ella hasta que
quedaron nariz contra nariz.
–James Francis Donovan –susurró–, ¿qué has
hecho?
–¿De qué estás hablando? –preguntó Jamie.
Sonó suficientemente indignado como para que, por
un segundo, Tessa estuviera a punto de creerle. Pero
solo por un segundo.
Tessa le retorció el cuello de la camiseta con
fuerza.
–Suéltalo.

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–Vamos, Tessa –Jamie se liberó de su mano y
señaló con un gesto de enfado los coches de policía–.
Espero que no me estés acusando de haber hecho algo
relacionado con el robo. Dejé conectada la alarma y
cerré bien las puertas. La culpa no ha sido mía.
Tessa recorrió con mirada recelosa a su hermano.
Tenía el aspecto de siempre. Alto, atractivo y relajado.
Sus vaqueros estaban desgastados por miles de
lavados. La camiseta se había desteñido hasta adquirir
un color gris de un tono indeterminado. El pelo, rubio,
lo llevaba revuelto, como si acabara de levantarse de la
cama, pero aquello no era ninguna novedad.
Desgraciadamente, tampoco lo era la expresión de
culpabilidad que apareció en sus ojos cuando le miró.
–¡Maldita sea, Jamie!
–Tessa…
–Sé que lo del robo no ha sido culpa tuya, pero tú
mismo has dicho que te has encontrado la puerta
abierta. Así que, ¿qué demonios estabas haciendo aquí
a las siete de la mañana? ¿Y por qué me has llamado a
mí en vez de llamar a Eric?
Eric era el hermano mayor de Jamie y Tessa.
Aunque los tres eran propietarios a partes iguales de la
cervecería, Eric siempre había llevado las riendas del
negocio. Lo más lógico habría sido llamarle a él para
informarle del robo. Sin embargo, Jamie había
preferido llamarla a ella. Aquello no presagiaba nada
bueno. Nada bueno en absoluto.
Jamie se pasó la mano por el pelo y alzó la mirada
hacia el cielo azul claro.
–Es terrible, Tessa.
A Tessa se le cayó el corazón por debajo del nivel
del asfalto.
–¿Qué es terrible, Jamie? ¿Qué?
–Monica Kendall vino ayer por la noche.
–No. ¡Oh, no, no, no! –Monica Kendall era la
vicepresidenta de High West Air y la llave de un
contrato para la distribución de sus cervezas en el que
Eric había estado trabajando desde hacía meses–.
Jamie, por favor, dime que no lo has hecho. Ni siquiera
tú habrías hecho algo tan estúpido.
–¿Ni siquiera yo? Bonita frase para dirigírsela a un
hermano.
–¡Jamie! –gritó.
¡Dios santo! Deseó que la policía apagara las luces
de los coches patrulla. Aquellos colores se le estaban
clavando en las cuencas de los ojos.
Jamie renunció por fin a su actitud indignada. Dejó
caer los hombros y la cabeza.
–No sé lo que pasó –musitó–. Dijo que quería que
le hiciera un recorrido por la cervecería. Por supuesto,
probó algunas cervezas, y después…
–¿Y después?
–Necesitaba que la llevaran a casa.
El corazón hundido de Tessa dio un débil vuelco.
Sabía exactamente lo que le pretendía decir su
hermano. Las mujeres adoraban a Jamie y, a los
veintinueve años, él estaba en un momento álgido para
que aquella adoración fuera correspondida.
–No –musitó Tessa–. Esto no puede estar
sucediendo.
–La llevé a casa –le explicó Jamie–. No podía
hacer otra cosa.
–¡Podías haber llamado a un taxi!
–Tessa, por Dios, yo solo pretendía llevarla a casa,
volver en taxi y… no tenía intención de…
–¿No tenías intención? ¡Dios mío, Jamie, eres
como un animal! Intenta pensar alguna vez con el
cerebro. Aunque solo sea en ocasiones especiales, si
es lo único de lo que eres capaz.
El dolor asomó a los ojos verdes de Jamie e,
inmediatamente, Tessa se sintió fatal. Jamie había
estado presionando últimamente para realizar más
tareas en la cervecería, intentando asumir una mayor
responsabilidad, pero Eric se había resistido. Si se
enteraba de aquello…
–De acuerdo –comenzó a razonar Tessa, tomando
aire para tranquilizarse–. De acuerdo, siempre y
cuando su padre no se entere, Monica no dirá nada,
¿verdad? ¿Por qué iba a querer decir nada?
La mirada de arrepentimiento de Jamie decía algo
completamente diferente, pero antes de que Tessa
pudiera sonsacárselo, se abrió la puerta trasera de la
cervecería y salieron los policías.
–Viene un detective hacia aquí. Querrá hablar con
usted cuando llegue, señor Donovan.
–Gracias –musitó Jamie.
Tessa estiró el cuello para intentar ver a través de
la puerta entreabierta.
–¿Estás seguro de que los tanques están bien?
Jamie asintió.
–Todo está perfectamente, solo han desaparecido
un par de ordenadores y un barril de cerveza.
Aquel robo debería haber sido el acontecimiento
más preocupante del día. En cualquier otro momento,
Tessa habría estado llorando y retorciéndose las manos
por aquel allanamiento. Pero si Eric descubría lo que
Jamie había hecho con Monica Kendall, aquello
arruinaría la relación entre los dos hermanos, y sus
hermanos eran todo lo que Tessa tenía. Tenía que
encontrar la manera de arreglar lo sucedido.
–Por favor, Jamie –le pidió cuando el policía
comenzó a caminar hacia el coche patrulla–, dime que
no tienes otra mala noticia.
Jamie suspiró como si hubiera estado conteniendo
la respiración.
–Ha sido una estupidez. Tienes razón. Una
completa estupidez. Pero pensé que no tendría ninguna
importancia. Todo había ido bien. Pero no me había
dado cuenta de… Cuando nos fuimos a su casa ayer
por la noche, pensé que era una casa que tenía a los
pies de la montaña. Pero me equivoqué. En realidad,
Monica vive en la casa de invitados de sus padres.
Por un momento, el mundo comenzó a girar
alrededor de la cabeza de Tessa. El cielo, las nubes y
los pinos de color verde oscuro comenzaron a rotar en
un giro lento y mareante. Cerró los ojos y rezó.
–Cuando Monica estaba saliendo del garaje, su
padre pasó corriendo al lado del coche. Y me vio.
–¡Oh, Dios mío!
Aquella era una tormenta de malas noticias. Sus
hermanos habían estado trabajándose a Roland
Kendall durante meses, intentando convencerle de que
la cerveza Donovan Brothers era la cerveza artesanal
perfecta para ser servida en los vuelos de la flamante
compañía aérea High West Airline. Eric había estado
trabajando obstinadamente hasta ese momento,
intentando hacer llegar su marca a nuevas manos, a
nuevos clientes. Unas semanas atrás, por fin había
conseguido concertar una reunión con Roland Kendall
y con su hija, Monica. Le habían hecho la oferta final.
El trato ya estaba prácticamente cerrado, les habían
enviado los contratos.
Y de pronto… aparecía el desastre en forma de
Jamie Donovan.
–Te voy a matar –dijo con rotundidad–. Esa era
precisamente la única mujer a la que deberías haber
evitado acercarte.
–¡Eso no es justo! –replicó Jamie–. Eric y tú
siempre habláis como si me acostara cada noche con
una mujer. ¡Hacía meses que no salía con nadie!
Tessa se cruzó de brazos y se alejó de él,
intentando pensar.
–¿Estás seguro de que te ha visto?
–Sí, me ha visto. Aunque supongo que es posible
que no me haya reconocido.
–De acuerdo. A lo mejor podemos manejarlo –
razonó Tessa, pensando a toda velocidad–. En primer
lugar, no le digas nada a Eric.
Jamie sacudió la cabeza.
–Necesito decírselo.
–¿Es que te has vuelto loco? –replicó ella–. Eric se
pondrá hecho una furia. ¡Se enfadará con los dos! Yo
me puse de tu parte en todo esto. Le pedí que te dejara
ayudar con las negociaciones. No se lo digas a Eric.
–Se enterará. Y no tengo ningún interés en
esconderme de él como si fuera un niño intentando
evitar un castigo. La cervecería también es mía. Si he
echado algo a perder, me enfrentaré a ello.
–Esto no es solo cosa tuya, Jamie. Somos una
familia y no quiero que esto sea lo que al final nos lleve
a separarnos. Así que mantén la boca cerrada hasta
que averigüe lo que piensa hacer Roland Kendall.
Jamie alzó las manos en un gesto de frustración,
pero Tessa lo ignoró. A veces, la mejor defensa era un
buen ataque, y Tessa estaba dispuesta a atacar aquel
día.
–Te diré lo que vamos a hacer –propuso
precipitadamente–. Yo voy a marcharme. Tú llama a
Eric como si fuera el primero con el que te has puesto
en contacto. Si te lo pregunta, dile que has pasado la
noche en casa de una mujer que ha sido la que te ha
dejado esta mañana en la cervecería, pero no
menciones a Monica Kendall. Yo volveré dentro de
unos veinte minutos y me comportaré como si no
hubiera estado antes aquí.
–¡Dios mío! Te has vuelto de lo más retorcida –
musitó Jamie.
No tenía idea de hasta qué punto.
–Más tarde, llamaré a Ronald Kendall y veré si soy
capaz de descubrir en qué estado se encuentra. Pero
tú mantén la boca cerrada.
–Tessa… –comenzó a decir Jamie.
Pero Tessa se alejó con paso decidido, dirigiéndose
hacia la calle que conducía a su casa.
Sabía que debería estar preocupada por el robo,
pero en aquel momento, el robo le parecía el último de

sus problemas. En realidad, perder el contrato con
High West Airline no tendría por qué ser una tragedia
familiar, pero lo sería.
Eric se estaba mostrando cada vez más reservado
en su papel de cabeza de familia. Tessa podía
comprenderlo. Había asumido el papel de su padre
desde que sus progenitores habían muerto en un
accidente de tráfico. Eric solo tenía veinticuatro años
cuando se había visto obligado a hacerse cargo de dos
adolescentes y un negocio. De modo que comprendía
que trece años después le costara dar un paso atrás.
Pero tenía que hacerlo.
Y si Eric necesitaba relajarse un poco, Jamie
necesitaba añadir algo de tensión a su mundo. No
podía seguir viviendo como un despreocupado
camarero durante el resto de su vida. ¡Maldita fuera!
Si ni siquiera pretendía hacerlo. Jamie quería asumir
sus responsabilidades y trabajar como un auténtico
socio. Menos, aparentemente, en lo que supusiera
alguna restricción en su relación con las mujeres. Pero
muchos hombres de éxito tenían ese mismo problema.
No había ninguna razón por la que Jamie no debiera
sumarse a la dirección de la cervecería.
Tessa vio que se acercaba otro coche patrulla
seguido por un turismo sospechosamente discreto.
Bajó la cabeza, intentando escapar del escenario del
crimen sin ser vista. Su casa, la casa en la que se
habían criado los tres hermanos, estaba a solo tres
manzanas de allí. Se cambiaría los pantalones de yoga
por unos vaqueros y se cepillaría el pelo, como si
llevara una hora levantada antes de haber recibido la
llamada de Jamie. Y hablando del tema…
Pulsó la tecla de repetición de llamada del teléfono
móvil.
–¿Has llamado a Eric?
–Viene hacia aquí –susurró Jamie. Y le recordó
después–: Esto no me gusta.
–Lo sé. Pero tenemos que hacer las cosas bien.
–Es nuestro hermano, Tessa, no nuestro padre. No
tenemos por qué responder ante él.
–No, pero se lo debes. Los dos se lo debemos.
Con el eco del suspiro de Jamie sonando todavía a
través del teléfono, Tessa se dirigió rápidamente hacia
su casa sin dejar de pensar en su hermano. De
momento, había hecho todo lo que había podido. Y
hasta que no pasaran varias horas, no podía llamar a
Roland Kendall. Si todavía no había ubicado el rostro
de Jamie, su llamada podía alertarle. Tenía que ser
paciente y planificar aquella mentira sin precipitación.
No tenía por qué ser difícil. Había manejado la
relación de sus hermanos desde que sus padres habían
muerto. Había jugado el papel de árbitro entre ellos,
había evitado peleas y les había obligado a pasar
tiempo juntos durante las comidas de los domingos y
las celebraciones de las fiestas. Eran la única familia
que tenía y no estaba dispuesta a perderla y, menos,
por un contrato.
–Puedo manejar la situación –se dijo a sí misma
mientras giraba en la calle y corría hacia su casa–.
Seguro que todo saldrá bien.
Pero entonces, ¿por qué estaba tan nerviosa?
El detective Luke Asher se quitó los guantes de
látex con un movimiento brusco y los tiró en el
contenedor del callejón antes de estrecharle la mano a
Eric Donovan.
–Eric, me alegro de volver a verte, aunque no en
estas circunstancias.
–Bueno, Jamie acaba de decirme que no se han
llevado gran cosa. De hecho, me sorprendió verte aquí.
–Estoy seguro de que no perderás nada más que el
deducible del seguro por los ordenadores. Pero
estamos más preocupados con la información que
guardan los ordenadores. Números de la Seguridad
Social, información sobre tarjetas de crédito…
Últimamente ha habido una oleada de este tipo de
robos en distintos establecimientos. Los policías del
coche patrulla me dijeron que los ladrones habían
conseguido eludir la alarma de alguna manera. Eso me
hace pensar que es menos probable que se trate de un
robo cualquiera.
Eric desvió la mirada hacia su hermano.
–¿Estás seguro de que consiguieron sortear la
alarma? A lo mejor no estaba conectada.
Luke estaba convencido de que jamás había visto a
nadie pasar de la relajación a la furia a tanta velocidad
como lo hizo Jamie.
–Ya te he dicho que conecté esa maldita alarma,
Eric.
–Y yo sé que crees que lo hiciste –respondió Eric.
Jamie torció los labios y apretó las manos.
–Vete al infierno.
Luke alzó las manos con la esperanza de restaurar
la paz.
–Es evidente que Jamie conectó la alarma, sobre
eso no hay ninguna duda. La empresa de seguridad
nos indicó que la alarma fue activada a las nueve y
media y volvieron a desconectarla a la una de la
madrugada.
Jamie le dirigió a su hermano una mirada
incendiara, pero no pareció satisfecho con aquella
defensa. La tensión aumentó cuando comenzó a
caminar hacia un coche patrulla con los brazos
cruzados, como si aquella fuera la única manera de
mantener las manos quietas. Era extraño. Luke
conocía a Jamie desde hacía diez años y le
consideraba un hombre que siempre se había movido
dentro de una escala que comenzaba en la
somnolencia y terminaba en la absoluta
despreocupación.
Luke se aclaró la garganta.
–¿Sabéis qué tipo de información almacenan los
ordenadores sobre las nóminas?
Jamie miró por encima del hombro.
–Tessa sabe más sobre todo eso. Es ella la que se
ocupa de ese tipo de cosas. Seguro que aparecerá en
cualquier…
–La gestión de las nóminas la tenemos
subcontratada. –le interrumpió Eric–. Así que la
información es limitada. Y no creo que haya ninguna
información sobre tarjetas de crédito en el PC. Con un
poco de suerte, los daños serán mínimos.
–Estupendo –respondió Luke–. Aquí ya casi hemos
terminado. Estamos recogiendo algunas huellas y
después os dejaremos en paz. Espero que todo esto
solo haya representado para vosotros un pequeño
inconveniente. Hace un par de semanas entraron en
una agencia de empleo. Tenían miles de números de la
Seguridad Social en uno de los archivos.

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–Caramba.
–Sí. Y ahora, si me perdonáis, voy a echar un
vistazo por aquí.
Luke se dirigió hacia la parte de atrás del edificio
con la esperanza de encontrar algo que estuviera fuera
de lugar, pero el exterior parecía no haber sufrido
ningún problema. Las tarimas de madera estaban
perfectamente apiladas en columnas. Había un tanque
de dióxido de carbono de unos tres metros de largo
sobre el cemento inmaculado, sin un solo escombro o
una sola mala hierba. Lo mismo podía decirse del silo
de acero inoxidable en el que se almacenaba el grano.
Luke sabía, por lo que había visto en el interior, que
la puerta de madera corrugada daba a la zona de
embotellamiento y a un pequeño espacio para la carga.
Si él hubiera pensado alguna vez en una cervecería
como un lugar similar a un bar, habría cambiado de
opinión al ver aquello. Ningún bar del mundo tenía una
parte trasera tan limpia.
Como no encontró nada que pudiera resultar ni
remotamente sospechoso, rodeó el edificio. La luz del
sol estropeaba la cerveza, le había explicado Jamie, así
que las pocas ventanas del edificio estaban muy altas y
siempre cerradas.
Luke estaba a punto de reunirse con Jamie y con
Eric cuando se fijó en una mujer que se acercaba por
el aparcamiento. Su coleta rubia se movía mientras
corría hacia ellos. Luke se descubrió recorriéndola con
la mirada, fijándose en sus estrechos vaqueros y en sus
maravillosos muslos. Además de un cuerpo de infarto,
tenía un aspecto absolutamente inocente, con las
mejillas sonrojadas y los ojos brillantes.
–¡Eh, chicos! –exclamó la mujer casi sin aliento–.
¿Qué ha pasado? ¿Sabéis algo más?
Eric alargó los brazos hacia ella para darle un
abrazo y Luke utilizó sus habilidades detectivescas
para decidir que aquella era su hermana. Por algo le
pagaban lo que le pagaban. Además, la mujer se
parecía mucho a Jamie Donovan, aunque era más baja
y mucho más guapa.
La mujer le dirigió a Jamie una mirada tensa. Jamie
miró hacia el suelo y apretó los labios. Fuera lo que
fuera lo que había entre ellos, pareció dejarse de lado
cuando la mujer lo miró y le sonrió.
–¡Hola! –le saludó, tendiéndole la mano–. Soy
Tessa Donovan.
–Detective Asher –respondió él.
Al estrecharle la mano, reparó en la delgadez de
sus huesos y llegó hasta él una delicada fragancia
floral que le hizo aclararse la garganta para
defenderse. Su vida ya era suficientemente complicada
como para fijarse en el perfume de una mujer
atractiva.
Afortunadamente, Tessa siguió a Eric Donovan al
interior de la cervecería para ver los daños. Luke se
quedó entonces a solas con Jamie.
–¿Cómo te van las cosas? –le preguntó.
Habían coincidido durante un año en la Universidad
de Colorado y aunque estaban en cursos diferentes,
habían acudido en muchas ocasiones a las mismas
fiestas. A muchas.
–¿Jamie? –insistió Luke.
–¿Qué? ¡Ah, lo siento! Bien, va todo bien, aparte
de esto. ¿Y tú cómo estás? He oído decir que…
Jamie pareció contenerse en el último momento,
haciéndole recordar a Luke que Boulder podía ser una
ciudad de cien mil almas, pero aun así, continuaba
siendo una ciudad pequeña. Los rumores sobre Luke
no habían quedado confinados en el departamento de
policía.
–Bien, estoy bien –contestó Luke a la pregunta que
Jamie no había terminado de formular.
–¡Oh! Genial.
Jamie le dio una palmadita en el hombro, pero
cuando la compañera de Luke salió de la cervecería
guardándose una libreta en el bolsillo de la chaqueta, la
mirada de Jamie fue directamente hacia su vientre.
Era imposible no notarlo.
–¿Conoces a la detective Parker? –preguntó Luke,
como si la situación no fuera en absoluto embarazosa–.
Jamie, esta es Simone Parker. Simone, te presento a
Jamie Donovan. Fuimos juntos a la universidad.
–Encantada de conocerte –respondió ella con la
voz tan dulce y suave como siempre.
A la gente siempre le sorprendía su feminidad, a
pesar de su piel marrón y sin mácula y aquellos ojos
oscuros capaces de extasiar a cualquier hombre. Por
lo visto, pensaban que una detective tenía que ser una
mujer dura y agresiva. Pero Simone, era,
sencillamente, la policía más inteligente que Luke había
conocido jamás y había alcanzado la categoría de
detective adelantando a cuantos la rodeaban.
Simone se excusó con una sonrisa mientras Luke le
tendía a Jamie una tarjeta.
–De acuerdo. Llámame si se te ocurre algo.
Estaremos en contacto.
–Genial. ¡Eh! Es una mujer guapísima, tío.
Luke se detuvo cuando estaba a punto de volverse
y se encogió por dentro ante lo que estaba insinuando.
Le habría gustado aclararle que Simone era su
compañera de trabajo, no su novia, pero aquello
motivaría otras preguntas que no quería contestar. Que
no podía contestar. De modo que se obligó a terminar
el paso que había comenzado a dar y se dirigió al
coche que compartía con Simone.
Hasta unos meses atrás, le había resultado fácil
ocupar aquel lugar. En aquel momento, aquel enorme
vientre de embarazada parecía ocupar todo el espacio
del maldito coche y a él le faltaba el aire para respirar.
A pesar de todos los años que llevaba trabajando como
detective, Luke no era capaz de averiguar por qué
demonios las cosas habían ido tan mal. Y Simone no
iba a contárselo a nadie.
Capítulo 2
Tessa andaba pendiente del reloj mientras
preparaba la barra para la hora punta de la tarde. Eran
las cinco menos cuarto y Roland Kendall todavía no le
había devuelto la llamada.
Ella no había querido dejarle ningún mensaje. Y
había calculado el momento perfecto para ponerse en
contacto con él: después del almuerzo, cuando la
mañana ya quedaba suficientemente lejos y antes de
las cinco, por si acaso tenía que salir a por bebidas
antes del partido de los Rockies. Ella no tenía su
número de móvil y no se le había ocurrido ninguna
razón que justificara el pedírselo a Eric.
Así que había llamado a las oficinas de Kendall a
las dos y media y cuando su secretaria le había dicho
que no estaba disponible, había colgado el teléfono.
Pero cuando había vuelto a llamar a las tres, la
secretaria había preguntado con toda intención:

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«¿Quiere dejarle algún mensaje, señorita Donovan?».
¡Maldito identificador de llamadas!
En aquel momento, Tessa estaba atascada,
pendiente de que le devolvieran la llamada. Odiaba
esperar. Gracias a Dios, aquella tarde le tocaba
trabajar en el bar. Su despacho se había convertido en
una caja sofocante y el ordenador nuevo no llegaría
hasta el día siguiente. Pero el trabajo en el bar era
tranquilo, especialmente a aquella hora. No servían
comidas, así que los únicos clientes eran los clientes
habituales que llegaban desde el establecimiento de
bocadillos que tenían en la calle de enfrente. Aunque
durante la semana solían ofrecer recorridos para
enseñar la cervecería, no tenían ninguno previsto para
aquel día, de modo que pudo barrer, limpiar las sillas e
incluso limpiar las cartas plastificadas de las cervezas.
Todo ello sin dejar de pensar ni un solo instante en el
reloj. Las cinco de la tarde se cernían en el horizonte y
todavía no había oído una sola palabra de Roland
Kendall.
Jamie no estaba allí para poder lamentarse con él,
así que abrió la aplicación de Twitter en el teléfono
móvil y comenzó a teclear. Ella era la única de los
hermanos interesada en el uso de las nuevas
tecnologías como una herramienta de mercadotecnia,
así que estaba a cargo de la cuenta de Twitter. Pero
Jamie… Jamie era el rostro de la compañía. Y la voz.
Sonrió cuando terminó de escribir su mensaje desde
la cuenta de Jamie Donovan.
Mi hermana ganó una discusión y me hizo
admitir que soy un idiota. Déjate caer esta noche
por aquí, dime que tú también has perdido en una
discusión y paga la mitad por tu primera pinta.
Ya estaba. Se sintió un poco mejor, pero, como si
pretendiera advertirla en contra de cualquier posible
alivio, la voz de Eric se filtró desde la5 parte de atrás
de la cervecería mientras su hermano hacía otra
llamada a la empresa responsable de la seguridad de la
cervecería. En realidad, si su tono era indicativo de
algo, a la antigua empresa de seguridad de la
cervecería. Y toda la tranquilidad que había alcanzado,
se esfumó inmediatamente.
Estaba haciendo tanto esfuerzo para escuchar la
conversación de Eric que saltó como un gato asustado
cuando se abrió la puerta de la cervecería. Antes de
que hubiera podido esbozar una sonrisa de bienvenida,
distinguió la silueta de Jamie recortada contra la luz del
sol.
–¡Jamie! –corrió hacia él para poder preguntarle en
un susurro–: ¿Has llamado a Monica?
–No –parecía incluso más desolado que la propia
Tessa.
–¿Por qué no? Te he dejado un mensaje. No he
conseguido hablar con su padre y…
–Porque fue una aventura sin la menor importancia,
Tessa. Tanto para ella como para mí. Si la llamo hoy,
podría pensar que tengo algún interés en mantener una
relación más seria y eso no va a ayudar en esta
situación.
Tessa lo reconsideró.
–¡Oh! Es posible que tengas razón. Si ella decide
que quiere volver a verte, podría ser desastroso.
–Exactamente. Esta mañana lo hemos dejado todo
en un terreno neutral.
–¡Vaya! Has desarrollado todo un vocabulario para
hablar del tema.
–Calla –le espetó Jamie–. No soy ningún
mujeriego.
–¡Oh, lo siento! Eso ha sido un golpe bajo, por así
decirlo –al ver que lo único que conseguía era que su
hermano la mirara con el ceño todavía más fruncido,
Tessa se puso de puntillas y le dio un beso en la
mejilla–. No te enfades.
–Como tú digas. ¿Has hablado con Roland
Kendall?
Tessa negó con la cabeza mientras Jamie le quitaba
la bayeta de la mano y comenzaba a limpiar la barra.
Estaba perfecta, pero para Jamie nunca era suficiente,
al menos por lo que ella podía decir.
–Le he dejado un mensaje, pero no he recibido
respuesta.
–Sabe que era yo, Tessa. Tenemos que decírselo a
Eric antes de que se entere por Kendall.
–Todavía no. Si existe la más remota posibilidad de
que Kendall no te haya reconocido, no vamos a
decírselo a Eric. Porque sabes lo que te haría,
¿verdad?
–¿Jamás volvería a confiarme nada que no fuera la
barra y se comportaría como si yo hubiera nacido con
medio cerebro? Sí, estoy al tanto de la opinión que
tiene sobre mí.
Tessa mantuvo la boca cerrada mientras apilaba los
vasos. Curiosamente, aunque la cervecería se llamaba
Donovan Brothers, Tessa parecía ser la única que se
sentía cómoda con el papel que jugaba en el negocio.
Eric parecía aferrarse a él, no soportaba que sus
hermanos asumieran nuevas responsabilidades y Jamie
se veía obligado a enfrentarse a la mano de hierro de
su hermano. Tessa estaba intentando ayudarle sin que
Eric se enfadara, pero, ¡Dios santo!, Jamie parecía
estar dando traspiés a cada paso.
Tessa se dirigió a la parte de atrás para buscar
limón en rodajas para la cerveza de levadura de trigo,
pero cuando cruzó las puertas, estuvo a punto de
tropezar con el maestro cervecero, Wallace Hood.
Él ni siquiera miró en su dirección, pasó por delante
de ella y fue corriendo desde las oficinas a su paraíso
acristalado de tubos y tanques de cerveza. Eric salió
de su despacho.
–¿Qué le pasa a Wallace? –le preguntó Tessa a su
hermano.
–Está convencido de que han alterado los tanques.
Yo le he asegurado que no habían tocado nada.
Tessa observó a Wallace mientras este acariciaba
con delicadeza y con el ceño fruncido por la
preocupación uno de aquellos mastodontes metálicos.
Lo comprendía. En otras circunstancias, ella también
se habría abrazado a sus ordenadores. Pero habían
desaparecido, y tenía otras preocupaciones en su
pecho.
Una de esas preocupaciones sacudió la cabeza y
suspiró.
–El técnico de la alarma debería estar aquí dentro
de una hora para comprobar la caja y la instalación
eléctrica. Pero nuestro contrato vence
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