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Libro Las damas de la laguna – Rafael Salin

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PDF Descargar La vida es algo más de lo que se ve en un televisor, por lo menos eso dicen los que no la ven. Pero el aparato cautiva, porque lo incorporamos en automático al
mito existencial, es parte de la luz de la caverna. Si no es real la realidad, ¿por qué no dejar que otros, a través del televisor nos la dirijan y digieran? Ese ha sido nuestro
principal error y el de Rathko más que nadie.
Dos niños ven dibujos animados en un viejo aparato de televisión. Están en la sala sentados en un sillón viejo, al que se le ven los resortes y el algodón grisáceo,
grueso del tipo que se usa estopa, es de lo que está relleno, mas resortes, tablas, y algo extra. Está oscuro ese espacio, que se percibe habitado, a través de la ventana
sin cortinas, se filtra adormilada la luz de la calle. Hay otros departamentos iguales, en edificios como palomares, es la parte nueva de la ciudad de Belgrado. Su padre,
un piloto aviador de la fuerza aérea yugoslava había conseguido el televisor, en una de sus promociones o ascensos. Era de fabricación occidental, marca Phillips,
probablemente de los primeros que se construyeron en los años cincuenta en Holanda. Su acabado era de maderas finas, un color café con vivos de marfil, la pantalla era
verde cuando apagada, gris al encenderse. Tenía cuatro botones cilíndricos de plástico negros, con muecas a lo largo de sus cuerpos que facilitaban la sujeción de esas
perillas, que están al frente del aparato, lo mismo que las bocinas. Cuando se movía el botón de encendido, aparecían lucecitas rojas y amarillas en el interior de la caja de
madera, esos eran los bulbos, mismos que se podían ver por una rejas de madera que los cubría, que entonces parecían ser parte de una ciudad de noche y en miniatura.
Las aperturas eran para la ventilación a los lados del aparato, que tardaba varios minutos en que el puntito central, blanco y luminoso de la pantalla, fuera creciendo,
hasta que se llenaba toda, entonces se podían ver las imágenes. Sus padres les habían dicho que era para que el aparato se calentara.
Rathko y Sergei miraban extasiados las caricaturas. Las favoritas de Rathko eran las del Coyote y el Correcaminos. El primero, invariablemente fallaba en atrapar
al pájaro que se quería comer. Antes de escapar, en una actitud de burla, hacia un sonido peculiar: “Beep-Beep” , y se escabullía, lo mismo de un mazo gigante, de un
costal de dinamita, de las redes, cajas, cuerdas, camiones, barrancos, escopetas de perdigones, ametralladoras, bombas, todas ellas de marca ACME, que parecía era la
principal compañía proveedora de productos para atrapar cosas en las caricaturas. Rathko se enojaba cada que el coyote fallaba en su cacería, lo maldecía por estúpido.
Era el mas pequeño de los hermanos, Sergei le llevaba varios años, y dejó de ver esas caricaturas al poco tiempo. Él era el mayor de los cuatro hermanos, por entonces
de doce años, ya veía las cosas de otra forma, él era como el correcaminos, le gustaba burlarse de los coyotes, como su padre, los maestros en la escuela, y los lideres del
grupo de pioneros socialistas, incluso cuando le sacaba la lengua y le hacía trompetillas, para luego decir “ Beep-Beep.”
Un día vio que Rathko se pasaba de largo cuando él se carcajeaba con alguno de los episodios del correcaminos, uno en donde el coyote se disfrazaba de
correcaminos y ni así podía comerse al mentado pájaro burlón. A él le dio curiosidad preguntarle porque le caí tan mal el pajarraco. Fue en la noche cuando habían
apagado la luz, de la recámara que compartían que hablaron del tema. Rathko en la litera de abajo, vio como se asomaba la cabeza de Sergei, y con una amplia sonrisa le
preguntaba el porque se enojaba tanto con el coyote.
— ¡Por que la vida no es así! Los malos son los que ganan siempre, y el coyote es el malo, pero lo ponen como un estúpido ¡Eso no es real!
— ¿Malo el coyote? Si solo se lo quiere comer.
— ¡Por eso! Lo quiere matar para comérselo, es malo.
— ¿Y quien te dijo que solo los malos ganan? – Sergei se había vuelto a recostar y miraba el techo de su recamara, una de las dos del departamento pequeño que el
Estado le había dado a su familia.
— ¡Nadie me lo ha dicho! Se ve en la vida ¿No te has dado cuenta? – El hermano mayor no sabia bien a que se refería, pero Rathko era muy especial ya, se esforzaba
en hacer travesuras, en ser el líder de su pandilla en la escuela.
— ¡Es verdad Sergei! – hizo una pausa y como no escucho ya su respuesta, pensó que este se había quedado dormido. Rathko dibujaba, utilizando la luz azulosa que
se filtraba por la ventana sin cortinas. El dibujo era un correcaminos que era ahorcado por el coyote, que por fin daba brincos de gusto, y se colocaba una servilleta en el
pecho para comerse al ave, portaba un tenedor y un cuchillo, además de la lengua de fuera.
Esa noche Rathko soñó que él y su hermano formaban una banda de coyotes. Tenían un escondite en una cueva, había otros chicos, lo sabía porque hacían mucho

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ruido, entre todos trazaban un plan para atrapar al pájaro. Se fijó, que cuando Sergei mencionaba a su presa, esa que iban capturar, siempre se refería al Malvado
Pajarraco. Sobre la pared de la cueva, había unas fotografías del correcaminos, su rostro de ave estaba deformado, se le veían incluso con dientes entre el pico, y los ojos
enrojecidos. Los chicos con trajes de coyote discutían al principio, luego cada quien hacía lo que le daba la gana. Rathko se acerco a su hermano, que era el único que
seguía con el rostro fruncido, trazando líneas en un pizarrón y diciendo palabras entre los labios que él no entendía.
— ¿Por qué dices que el correcaminos es malvado? ¡Nosotros somos lo malos, los que siempre ganamos! – Dejó de trazar las líneas y se giró por completo, entonces
era la cara de su padre, el piloto aviador que trataba a su familia como si esta fuera parte del ejercito.
— ¡Es una estrategia militar tarado! El enemigo siempre es el malvado, el subhumano, el inferior, sino como vas a poder eliminarlos.
Una risa amplia se dibujó en el rostro de su padre que cambiaba en ese momento hacia Sergei.
— ¡Entendiste ya Miko!
— ¡Si papá! Ya lo entendí todo.
VIVIR EN LA IRREALIDAD
Retrospectivamente, pensé que sería más fácil describir lo que me ha sucedido. Sin embargo, mi memoria está obnubilada, como cuando te despiertas después de
muchas horas de dormir. Esto es, después de no dormir por muchos días, cuando tu sueño está fraccionado y lo vives lleno de sobresaltos. Una noche, de pronto
duermes bien, pero todo lo que te ha pasado, el recuerdo de todo eso, esta fraccionado dentro de tu cabeza. A veces no sabes del todo, si sueñas o ya estas despierto,
me refiero a estar despierto como el resto de las personas que puedan estar leyendo esto, por ejemplo. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. En el caso de la
cordura esto es una verdad monolítica, al mismo tiempo que gigantesca. Yo he perdido la brújula, eso que me orientaba antes y que me hacía no dudar de nada, yo vivía
en un estado de conciencia temerario. Pero ahora, no es lo mismo. Tengo que cerciorarme de que estoy despierto, consciente, aún cuando pueda tener muchas
alucinaciones, que he llegado a distinguir y clasificar. Antes de eso, el ver imágenes, escuchar a las voces estando solo o acompañado, me ponía al borde del colapso
nervioso. El corazón a cien por ciento, los músculos tensos, la boca seca. Miraba a la gente, buscando que ellos me dijera que también escuchaban o que vieran lo mismo

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que yo, me hice un gran lector de personas. Si ellos no mostraban estar extrañados, asombrados, mirando fijamente al mismo punto en la pared como yo, entonces solo
Abel Zúñiga, su servidor, era el único que tenía esas experiencias. Difíciles y tormentosas, sobre todo al principio. Pero me fui acostumbrando. Aunque no del todo.
Me llamo Abel Zúñiga Peñaloza, Abelito me decían en mi casa cuando pequeño. Esas sombras que ahora veo en mis sueños, y que eran mis padres, que ya se
fueron para siempre de mi vida. Soy ingeniero, y me volví loco de buenas a primeras. Los médicos le llaman a esto psicosis, que en mi caso particular, específicamente
es la esquizofrenia. Pero yo no me di cuenta de que estaba enfermo por mucho tiempo, hasta que acabe internado en el hospital psiquiátrico, que por estos rumbos le
llaman manicomio. ¿Cómo pudo ser que me creyera tantas cosas absurdas? La comparación con el soñar es la mas correcta, por eso insisto en que no es fácil saberlo.
Leo lo que escribo, varias veces, a varia horas del día y de la noche, solo para constatar que no lo he soñado. Porque, cuando soñamos, pocas veces nos preguntamos,
mas bien casi nunca lo hacemos, si estamos soñando. Nos creemos todo, alucinamos, volamos, nos angustiamos, y los cuerdos piensan que nunca han estado locos,
porque el hada de la memoria, les borra el terrible e ilógico mundo de los sueños. Eso es la psicosis, no saber si se estás despierto o dormido y seguir por la vida, como
si nada ¡No! Todo lo contrario, con el miedo en el cuerpo como si en cualquier momento te fuera a brincar un coyote.
El estar dormido te lleva a soñar, de pronto y sin que te percates, ya todos tus marcos de referencia están cambiados, parece que no, pero no eres capaz de
preguntarte en ese momento: ¿Estaré soñando? ¡Vamos! Volar o atravesar las paredes, ver a mi padres, platicar con ellos, y con otros que igual están muertos ¿ Pero
cómo no me despierto? ¿Por qué no hice conciencia de que estaba dormido? Eso lo podía hacer en el cine, en las películas de terror, cuando me repetía dentro de mi
cabeza, que todo era irreal, que eran actores, que había muy buenos efectos, pero a pesar de eso, no dejaba de temblar, de sudar, de tener el corazón a mil por hora ¿A
mil por hora? Por eso, cuando no me pregunto si estoy dormido o despierto, sé que entonces estoy dormido, que se me ha olvidado ver la realidad parado desde la otra
acera, en la esquina del semáforo, cuestionarla: ¿Estoy dormido y escribiendo todo esto?
Cuando empecé a sentir que las cosas eran diferentes, que captaba cosas que antes no podía hacer, cuando noté que mi rostro me era ajeno, que la imagen que yo

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miraba en el espejo, no era como me sentía adentro de mi, y que mis ideas se me borraban de pronto, como que alguien me las robaba, fue entonces que percibí que yo
no era normal. Ahora, escribo y me veo en el espejo, en la pantalla de mi ordenador, y me doy cuenta, de que entonces no era que no me reconociera, en realidad, no me
emocionaba con mi rostro, me era indiferente. Veía a un extraño que me miraba, desde el otro lado del espejo. La esquizofrenia te produce un estado de inmersión en un
mundo mágico, de pensamientos parapsicológicos, que son un placebo, relativamente eficaz contra la angustia de estar en un proceso de disolverte.
La culpa es de los cables. ¡Que aberrante todo! ¿No? Yo un ingeniero, con los cables descompuestos. Investigue, el porque me sucedía lo de no emocionarme con
las caras. No era que estuviera rodeado de extraños, que se parecieran o que fueran los dobles de mis familiares, amigos, conocidos. Se le llama a eso, síndrome de
Sosias, de Capgras, de los dobles, de los impostores. Todo eso viene de la mitología griega, para hacer mas aberrante las cosas, escogemos mitos, para explicarnos las
distorsiones de la realidad. ¿No es para cagarse de risa?
Los dioses griegos eran como súper héroes de comics, solo que tenían una debilidad, su talón de Aquiles, su creación, nosotros los seres humanos. Los dioses
masculinos, se cogían a mujeres, de ellas salían semidioses. Al revés no sucedía, Palas Atenea, podía por ejemplo acostarse con Alain Delon o Brad Pitt, y no se
embarazaba, parece que las diosas tenían ya alguna pastilla anticonceptiva, o la del día después. La historia de los dobles en la mitología surge cuando Zeus se
transforma en Anfitrión, para seducir a la esposa de este ser humano, de nombre Alcmena. Al verdadero Anfitrión, le han pasado un pitazo de las intensiones de Zeus,
y le confía a su sobrino Sosias que le avise de las acechanzas de Zeus. Solo que el dios lo sabe casi todo, y
sonrisa, pero sus ojos y cejas mostraban desprecio, venganza, y lo que era mas grave una sed de poder enorme. En los siguientes días me aparecieron más preguntas,
ahora, eran voces de interlocutores en mi cabeza, hoy se que esos eran mis pensamientos sonoros, que debatían entre si: “¿Por qué yo? ¿Asesino de quien o de quienes?
¿Y que puedo hacer yo?” Otras preguntas sobre el tema se me hicieron como pensamientos obsesivos. Si yo había sido el elegido para decodificar esa información, era
para algo, pero no sabía para qué, y eso me llevo a una exacerbación de mi enfermedad, aunque yo no entendía aún que era lo que me sucedía. ¡Vamos! De que
considerara que era una enfermedad ni de manera remota.
Algunos días mas tarde, no recuerdo cuantos, después de descubrir mi misión en esta vida, comencé a sentir mucho miedo, que por momentos escalaba al terror,
una sensación de sobresalto que difícilmente podía controlar. Era un temblor fino en el interior de mi, de mis músculos, de mi abdomen, en la espalda. No eran
escalofríos, mas bien era como cuando esta uno muy emocionado por algo agradable, que presientes te va a ocurrir, pero en mi caso, esto era una señal de alerta extrema.
¡Mi familia! Tenía que cuidar a mi familia, y todos mis sentidos estaban en alerta máxima. Por mi y por mi familia. Quien quiera que me hubiera enviado esos mensajes,
se había transformado en una voz, en el interior de mi cabeza, pero a todas luces ajenas a mi, que me arengaba para que estuviera alerta, listo para atacar, defender a mis
padres.
“¡Huye! ¡Escóndete! ¡Protege a los tuyos! Si el Presidente sabe que tú has sido informado de sus planes ¿Crees que te va a dejar vivo? ¡Los van a matar a todos!
¡Tú tienes que esconderte hasta que te digan cual va ser tu misión!”
En especial una voz no me abandonaba , era como un disco interno, que me decía y repetía las mismas advertencias, hasta que una noche, ya desesperado estaba
dispuesto a suicidarme. ¡No podía callar a esa pinche voz! Ya estaba trepado en la barda de mi casa, hasta arriba en la azotea, eran como veinte metros desde donde yo
estabas al suelo. Cuando la voz se me manifestó de nuevo.
— “¡Que vas a hacer Pendejo! Si te matas, me matas y nos matas a todos, y con este acto banal y egoísta, dejas a todos los mexicanos a merced del chaparro. Tu
misión es de tal magnitud, que quizás mueras, pero hasta entonces y no ahora”
— “¿Quién eres desgraciado?”
— “¡Soy Caín, el hermano de Abel, y vivo dentro de ti! Ese es nuestro secreto, para esto fuiste diseñado, criado, seleccionado, para llevarme en tu interior, soy tu
lado oscuro Abelito, pero en estos casos, el mal solo puede ser enfrentado por sus iguales. Porque el mal siempre triunfa, y son los malvados los que te convencen que
es al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?”
Me baje con cuidado de la barda, temblaba y sudaba copiosamente, me senté en los lavaderos y me puse a llorar. Repetía entre dientes “¡Por qué a mi!” “¡Por qué
a mi!” “¡Por qué a mi!” Pero nadie me escuchaba. Solo el maldito Caín, que incluso guardaba silencio dentro de mi cabeza. La zona de los lavaderos, el agua de las
piletas, y algunas gotas que se escapaban de su encierro y rodaban hasta las piletas. Ropa seca y mojada, agitadas por el viento, desde arriba, la noche se ve diferente, y
ese solo pensamiento de lo diferente, me convenció de seguir vivo.
A los pocos días, empecé a notar que casi toda la comida me sabía extraña, la de mi madre, esa no, pero cuando íbamos a comer fuera, que era cada domingo, si
notaba algo amargo, metálico, poco definido, que se quedaba pegado a mi paladar y en la lengua. Trataba de buscar a mi alrededor alguna identificación, alguna señal que
me hiciera reconocer a los agentes del Chaparro, hasta que Caín, por fin dio con ellos. “¡Los que traen banderita mexicana!” No era que fuera una bandera de metal en la
solapa, había otras formas de ser tricolor. Revisaba a las personas, si tenían el rojo, blanco y el verde en las ropas que usaban, esos eran los enviados, los sicarios, los
destinados para asesinarme. Corbatas verdes o rojas, camisas blancas, las combinaciones no se daban siempre, pero
Antes de que pudieran sacar el primer cuerpo, mismos que estaba atados con cadenas y piedras, lastrados hasta el fondo de la laguna, habían encontraron otros
dos cadáveres a menos de veinte metros y a cincuenta metros, todo un racimo de cuerpos, todas ellas estaban

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