---------------

Libro PDF Las sombras de la memoria – Mercedes Guerrero

Las sombras de la memoria - Mercedes Guerrero

Descargar Libro PDF Las sombras de la memoria – Mercedes Guerrero


depositaria de este enigma. Tampoco podré
convencerlos de que no he encubierto a nadie
ni de que tengo la completa seguridad de que
ese «presunto asesino» a quien tanto la policía
española como el Servicio de Inteligencia
israelí buscan no es tal, porque lo conocí bien y
sé que sería incapaz de obrar de forma ilegal o
hacer daño a un ser humano.
El destino o la casualidad –aún no llego a
discernir cuál– me han convertido en
protagonista de una investigación que, si bien
creía artística, ha ido derivando hacia una
espiral de violencia en cuyo epicentro me han
colocado todos, tanto policías como
delincuentes, obligándome a guardar un celoso
silencio sobre algo que heredé de mi familia,
un tesoro que codician muchos y por cuya
posesión están cometiendo asesinatos y
violentando hogares.
El rostro de mi difunta tía Lina regresa con
nitidez a mi memoria; era la única hermana de
mi padre y vi vía en la casa familiar que
actualmente ocupo, desde que lo heredé tras su
fallecimiento. Era una mujer peculiar, soltera,
simpática y algo descarada, pero con un
corazón tan grande como su hogar. Cada día
colocaba una vela roja en el altar dedicado a san
Rafael situado en la esquina de la calle Lineros
con Candelaria, frente al restaurante Bodegas
Campos. Ahora mismo estoy rezándole,
invocándola para que desvíe la atención de los
investigadores lejos de los pasajes secretos
que ella misma me mostró en el interior de la
casa. Allí están guardadas las codiciadas
«pruebas del delito», y mis posibilidades de
salir indemne de este absurdo atolladero
dependen exclusivamente del azar; si no las
encuentran, quedaré libre de toda sospecha.
En estas largas horas de encierro mi mente
se divierte enviándome retazos de viejos
recuerdos. Era una adolescente cuando una
gitana me leyó la mano una tarde a la salida de
clase. Predijo que a lo largo de mi vida tomaría
una difícil decisión que cambiaría para siempre
mi destino.
–¿Es que mi destino ya está escrito? –Sonreí
con ganas, incrédula.
–Sí. Y lo han escrito otros hace mucho,
mucho tiempo… –Recuerdo que su oscura
mirada llegó a sobrecogerme–. Abre los ojos,
mi niña; veo lobos vestidos con piel de
cordero. Nada es lo que parece, nadie es quien
dice ser…
–¿Y qué más? ¿Me casaré? ¿Ésa es la
decisión que tomaré? –Mi curiosidad a los
dieciséis años no pasaba de ahí.
–Sí, reina, te casarás –contestó examinando
otra vez mi mano–. Pero antes tendrás que
superar una prueba muy difícil y correrás
graves peligros. Posees algo que muchos
codician y deberás defenderlo con astucia … –
sentenció. Después sonrió alargando su mano
para ofrecerme una ramita de romero–. Toma,
niña, te traerá buena suerte.
Aún recuerdo aquella templada tarde de
marzo en Córdoba, cuando el sol iniciaba sus
cálidos ensayos como preludio de la ardiente
lengua de fuego con la que nos obsequia
durante los largos veranos, desde mayo hasta
septiembre. Repetía mentalmente los augurios
de la gitana mientras rodeaba el lado este de la
mezquitacatedral hacia mi casa, situada en la
calle Lucano, pensando en las pieles de
cordero que me había mencionado; quizá se
equivocaba de animal y era un visón lo que
había presentido, aunque no confiaba
demasiado en esa retahíla de frases hechas que,
a buen seguro, repetiría hasta el aburrimiento a
los incautos turistas a quienes abordaba a
diario.
Sin embargo, las circunstancias en las que
me veo inmersa en estos instantes me
persuaden de dar crédito a las palabras de
aquella mujer. ¿Cómo pudo predecir hace
quince años que correría peligro? Acertó
también augurando que tendría que tomar una
decisión, y ésta, efectivamente, ha cambiado mi
vida, aunque para empeorarla, pues las
imprudentes mentiras y los deliberados
silencios que he ido perpetrando con ingenua
audacia me han conducido a la desastrosa
situación en que me encuentro ahora.
Creo que la gitana sobreestimó mi
inteligencia.
Todo empezó hace unos nueve meses. Me gusta
madrugar, y aunque era sábado la frescura de
aquella brillante mañana de septiembre invitaba
a pasear. Para mí, por otra parte, siempre ha
sido una necesidad volver al lugar donde me
crié: el casco antiguo de Córdoba. Su ambiente
es diferente al del centro; posee un aire
cosmopolita, lleno de gente de diferentes razas
y lenguas: jóvenes con mochilas y plano de la
ciudad en la mano; grupos de turistas con la
cámara al cuello escuchando con atención a
alguien que habla a voz en grito sobre Julio
Romero de Torres, Abderramán o Maimónides.
Accedí al patio de los Naranjos de la
mezquita-catedral, donde el tímido sol
impregnaba como una lluvia dorada los
milenarios muros de ese espacio que ofrece
sosiego y paz. Me senté bajo uno de sus
árboles para observar a las personas que
visitaban el monumento; sólo un exiguo grupo
acudía en esas primeras horas a la misa diaria
en una de las capillas del templo, casi todos
vecinos de la zona y algún que otro
excursionista espabilado que aprovechaba para
ahorrarse la entrada al monumento. Eran las
diez y aún no habían hecho acto de presencia
las turbas de turistas que inundan las sinuosas y
estrechas calles de la judería.
Reparé entonces en un hombre sentado
frente a mí en la rampa de la puerta del Perdón,
junto al campanario. Vestía de forma pulcra y
discreta, un pantalón negro y un jersey gris del
que asomaba el cuello blanco de una camisa.
Tenía una edad indefinida, aunque le calculé
unos sesenta y tantos, quizá más. Su cabello
negro y rizado contrastaba con su espesa barba
salpicada de nubecillas blancas. Usaba lentes
redondas, y realizaba un casi imperceptible
balanceo del cuerpo hacia atrás y hacia delante
mientras leía un libro pequeño de tapas negras
que sostenía con discreción en su regazo.
Parecía rezar como los judíos. Pero ¿qué hacía
un hebreo orando en el patio de una mezquita
originariamente musulmana y convertida en
catedral católica? Ese día era el sabbat para los
de su religión, y quizá en la sinagoga de la calle
Judíos no estaba permitido el culto. Realizaba
yo estas reflexiones cuando de pronto el
hombre alzó la vista y nuestras miradas se
cruzaron. Sus ojos, azules y penetrantes, me
observaron durante un breve instante en el que
detuvo su oscilante rezo; a continuación
regresó a su lectura, ignorándome. En aquellos
momentos no sospechaba que aquel hombre iba
a influir de forma decisiva en mi futuro,
desviándome del rumbo que yo creía ya
marcado.
Después me dirigí a la plaza del Potro,
donde solía visitar a Fali, mi gran amigo de la
infancia y compañero de juegos en la calle
Lucano. Él se fue del barrio antes que yo, pero
regresó para iniciar su carrera como
empresario, convirtiendo el antiguo hogar
familiar en un coqueto hotel con encanto. De
vez en cuando me invitaba a una cerveza en la
terraza del inmueble, situado frente a la plaza, y
nos dedicábamos a recordar nuestra niñez,
cuando jugábamos al fútbol en plena calle. Su
negocio funcionaba bien, y Fali se había
aventurado en la compra de la casa aneja al
hotel, para ampliarlo. Aquella mañana me
tropecé con él cuando se dirigía hacia allí,
cargado con un cubo de cemento y una paleta.
Le pregunté, en broma, si pensaba restaurar la
casa él solo.
–No, ¡qué va! Voy a ahorrar trabajo a los
arqueólogos municipales. –Me hizo un guiño.
Fali era «un hombretón», como diría mi
difunta tía Lina. Alto y robusto, con anchas
espaldas y fuertes brazos. A pesar de esa
apariencia, era un ser tranquilo y entrañable,
con ojos entre grises y azules que se
parapetaban tras unas gafas de miopía que le
conferían una noble mirada; su cabello rubio
ceniza no era lacio, sino recio e indomable
formando remolinos, y su sonrisa franca
inspiraba una gran confianza.
–¿Qué vas a hacer? –pregunté, intrigada.
–Ven y lo verás.
Accedimos al interior de la vieja casa
mientras Fali me hablaba de su intención de
demolerla por completo, lamentándose de la
cantidad de burocracia y de la larga espera que
debía soportar para mover un solo tabique
debido a las estrictas normas urbanísticas que
protegían el casco antiguo cordobés.
Descendimos por una angosta escalera para
llegar al sótano, donde encendió una bombilla
desnuda que colgaba de un cable retorcido y
grueso, tan antiguo como el resto del inmueble.
Allí me condujo hasta el fondo y, detrás de un
muro semiderruido, me mostró unas
inscripciones realizadas sobre yeso en el muro.
Se trataba de un cuadrado repleto de signos que
ocupaba un metro de extensión a lo ancho y
otro tanto hacia abajo.
–¿Qué es esto? –pregunté, acercándome para
estudiarlos.
–Son caracteres hebreos. Un cliente judío
que tengo los ha visto y dice que carecen de
valor, que sólo son salmos y oraciones
similares a los que hay esculpidos en las
paredes de la sinagoga. Deben de ser de la
misma época.
–¡No pensarás hacerlos desaparecer!
–Por supuesto que sí –respondió con una
carcajada–. Tienes el honor de ser la última
persona que examina estas inscripciones, ya
que dentro de una hora habrán desaparecido
bajo mi paleta de albañil, cubiertas con
cemento, y yo jamás recordaré haberlas visto.
–¡No seas burro! Esto puede tener algún
valor arqueológico, quizá ayude en el estudio
de las costumbres de los judíos durante la Edad
Media. –Mi vocación de historiadora salió a
relucir.
–El único valor que tiene para mí es evitar
que los técnicos del ayuntamiento entren aquí a
husmear y paralicen el derribo del inmueble.
Lo siento, pero esta parte de la historia de
Córdoba quedará en el limbo de los recuerdos
–replicó con una decidida y concluyente
sonrisa.
–Al menos déjame hacerle una foto –le pedí,
y enseguida hurgué en mi bolso para buscar el
teléfono móvil–. Me gustaría saber qué
significa ese texto que hay escrito, y conocer
su fecha. Siento curiosidad.
–Mi amigo Isaac puede darte toda la
información que desees; te lo presentaré uno
de estos días. Adelante, haz un reportaje
exclusivo, ¡único en el mundo mundial! –
bromeó.
Yo trabajaba por entonces en una agencia de
viajes perteneciente a una gran cadena nacional.
Aunque soy licenciada en Historia, jamás he
ejercido la profesión pues al terminar la
universidad recibí una oferta desde la oficina
de empleo para realizar un curso de formación
en la especialidad de turismo y después hice
prácticas durante varios meses en esa agencia
de viajes. Gracias a las virtudes heredadas de
mi padre –la desenvoltura y la osadía– y a las
enseñanzas de mi madre –el saber estar, entre
otras–, el director me ofreció un contrato
temporal para la campaña de verano y luego fue
renovándome el contrato hasta que me convertí
en miembro de la plantilla. Mamá no consideró
ese trabajo adecuado para mí, prefería que
estudiara para opositar a una plaza como
profesora; quizá por eso no dudé en aceptar el
empleo.
La comunicación con mi madre es algo
complicada, pues ninguna tiene buenos
antecedentes frente a la otra. Nuestra relación
siempre ha sido distante, con muchos
desacuerdos y encontronazos; uno de los más
sonados tuvo lugar cuando terminé el instituto
y debía elegir una carrera universitaria; aquello
fue para ambas una dura prueba de convivencia
al comprobar que nada teníamos en común, ni
siquiera la preferencia por los estudios que
debía realizar. Ella deseaba que me licenciara
en Derecho, «una carrera con muchas salidas»,
decía a todas horas; pero yo prefería la historia,
el arte y la geografía. Tengo un defecto que a
ella le resulta chocante, y es la curiosidad. Me
gusta indagar en el pasado, y siempre deseé
visitar los lugares que había estudiado en los
libros de historia, desde las ruinas romanas de
Gerasa, en Jordania, hasta la Gran Muralla
China. Me apasiona descubrir el origen de las
ciudades y de los monumentos, tanto religiosos
como civiles, y concluí que ese trabajo en la
agencia de viajes, que parecía agradable e
interesante, me proporcionaría la posibilidad
de hacer realidad mis deseos de conocer
mundo.
Mamá, que había crecido sujeta a estrictas
normas de educación y cuyo carácter era muy
distinto del de mi padre, tenía continuos roces
con él, y ello motivó el distanciamiento entre
ambos. Sin embargo, lograron convivir a pesar
de sus grandes desavenencias. Ella es ordenada,
exigente y arrogante. Yo había salido a papá,
que era todo lo contrario: anárquico, afectuoso
y embaucador. En casa jamás cerraba una
puerta, ni apagaba una luz, ni ajustaba la tapa de
un frasco. Recibía con una sonrisa los
reproches de mamá y prometía cambiar, y se
justificaba alegando que él había nacido así. Mi
madre observaba con impotencia las alianzas de
su marido y su hija en un gesto de sana
complicidad, encubriéndose mutuamente las
travesuras.
Pocas cosas marcan en la memoria una fecha
como la de la brusca pérdida de la persona más
importante de nuestra vida. Tenía diecisiete
años cuando mi padre murió en un accidente de
tráfico. Conservo intacta su sonrisa pícara, sus
ojos vivarachos y su abundante cabello negro
peinado hacia atrás como un mar de oscuras
olas. Aún hoy, después de tanto tiempo, lo
siento muy cerca, y su recuerdo me reconforta
en esta dura prueba que me toca vivir ahora. Mi
madre dice que me parezco mucho a él, en lo
bueno y en lo malo; imito sus gestos, hago
muchas de sus travesuras y … arriesgo
demasiado.
Papá procedía de una importante familia de
terratenientes, aunque venida a menos a lo
largo de la última mitad del siglo pasado. Mi
bisabuelo era uno de los hombres más ricos de
la ciudad a inicios del siglo xx y vivía en una
casa señorial en el centro de Córdoba. Su hijo,
mi abuelo Tomás, a quien no conocí, era un
gran artista y se marchó a París en la década de
1930, donde se casó con una francesa. Pero
ella murió al poco de nacer mi padre, y años
después mi abuelo regresó a España trayendo
con él a sus dos hijos, mi tía Adelina y mi
padre, Julián, a quienes dejó al cuidado de su
familia poco después para marcharse de nuevo
a fin de viajar por el mundo y disfrutar de una
vida bohemia. Murió joven, pues regresó muy
enfermo de uno de sus viajes y apenas pudo
hacerse nada por él. Mi padre idealizó su
recuerdo durante toda su existencia, y a
menudo me contaba los escasos momentos que
había compartido con él, lamentándose del
poco tiempo que estuvo a su lado. Estaba
convencido de que mi abuelo nunca se
recuperó de la pérdida de su mujer y que se
refugió en la pintura, aunque lejos de su hogar y
de sus hijos. Mi padre sólo tenía dieciséis años
cuando quedó huérfano, y al cumplir la mayoría
de edad comenzó a trabajar a las órdenes de su
única tía, Begoña, la hermana de su padre, hasta
que ésta falleció y le transmitió lo que quedaba
del patrimonio familiar, que en la década de
1970 había menguado mucho. Conoció a mi
madre en una cena benéfica del Círculo de la
Amistad. Ella era la única hija de un conocido y
prestigioso notario de la ciudad y no pudo
resistirse a la sonrisa franca y desenfadada de
papá, del que se enamoró perdidamente. Sin
embargo, él aún era un simple trabajador en las
propiedades de su tía y tuvo que enfrentarse a
las reticencias de su futuro suegro, quien le
impuso una condición: «Hasta que no tengas un
futuro estable y una casa decente para mantener
a tu mujer, Pilar estará donde tiene que estar»,
sentenció con solemnidad. Papá no era el yerno
que mi abuelo habría deseado, pero a pesar de
su aparente y estudiada altivez, con el tiempo
se convenció de la excelente elección de Pilar,
incluso más que ella misma.
Mis padres tuvieron que esperar siete años
para casarse, pues sólo tras heredar las
propiedades a la muerte de su tía Begoña él
pudo disponer de patrimonio. Mi madre quería
instalarse en la gran casa que había sido la
residencia de la familia durante generaciones,
pero papá se negó en redondo alegando el
elevado coste de restauración y mantenimiento.
Aquélla fue su primera gran discusión, y se
produjo antes de que contrajesen matrimonio.
Con el dinero que recibió de la venta del
discutido inmueble, mi padre adquirió una casa
menos suntuosa pero más acogedora en la calle
Lucano, cercana al hogar donde había vivido
con su hermana Adelina y su padre al regreso
de Francia, y luego, tras la muerte de éste, con
Lina. Papá era un trabajador incansable y en
cuanto tomó las riendas de las tierras se dedicó
no sólo a la explotación agraria, sino también a
la producción y la venta del aceite de oliva, y
gracias a su desenvoltura y sus excelentes
dotes comerciales consiguió introducirse en el
mercado nacional. En poco tiempo amplió el
negocio y creó una factoría de envasado y
distribución de aceite con denominación de
origen, y como no tenía suficiente con la
producción propia, adquiría el producto en toda
la comarca para distribuirlo después por toda la
geografía española. Era un hombre
emprendedor e imaginativo, y no se conformó
con la venta del verde líquido; años más tarde,
construyó una fábrica de derivados de éste,
como salsas, mayonesas, aceitunas envasadas,
etcétera.
Una vez, cuando tenía diez años, le pregunté:
–Papá, ¿nosotros somos ricos?
Él me miró con aquella inolvidable sonrisa
suya y me sentó en sus rodillas.
–Maribel, tu padre vela para que su familia
viva cómodamente y sin problemas el resto de
su existencia. Algún día todo esto será para ti y
tendrás que tomar una gran decisión: continuar
con la tradición … o venderlo todo y gastártelo
en juergas –dijo con una alegre carcajada–.
Pero te aseguro que nunca tendrás la infancia
que yo tuve.
Papá se equivocó en parte. No tuve su
infancia solitaria, es cierto, pues fui una niña
feliz y mimada que vivía en una bonita casa.
Además, conté con mi padre como mi mejor
compañero de juegos, y recuerdo que todos los
chicos de mi pandilla me envidiaban porque
estrenaba un juguete cada semana. Sin embargo,
quedé huérfana como él demasiado joven, y en
estos momentos mi vida sería muy diferente si
no me hubiera dejado tan prematuramente.
Dicen que el tiempo lo cura todo, pero la
herida que su ausencia me causó sigue abierta y
aún hoy duele, con un dolor que no han
mitigado los analgésicos de la memoria. Con
su inesperada marcha perdí la oportunidad de
tomar la gran decisión que él auguró para mí
sobre qué hacer con la herencia que pensaba
dejarme; otros lo hicieron en mi lugar. Yo
heredé únicamente una juventud tan llena de
incertidumbre y soledad como había sido la
suya.
La ausencia de mi padre no fue sólo física e
influyó en nuestra economía familiar. Los
negocios habían aumentado en volumen, pero
también en riesgo. La construcción de la
fábrica había necesitado grandes sumas de
dinero que se sostenían con préstamos e
hipotecas sobre las tierras de cultivo. Él era el
alma, el corazón y las manos de aquella
industria, un excelente gestor que entendía el
negocio. Pero los bancos no, y todos sus
sueños se desplomaron como un castillo de
naipes cuando murió. Papá fue un hombre
generoso y confiado; demasiado, creo yo, pues
ofreció su amistad a

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------