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Libro PDF Las 7 sombras del Apocalipsis – Raquel Montiel

Las 7 sombras del Apocalipsis – Raquel Montiel

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tu sinceridad
y tu apoyo.
Capítulo I
Eran las siete y media de la
mañana. El despertador sonó insensible
al sueño que Ariadna tenía por haberse
acostado tarde aquella noche. Se había
quedado hasta las dos de la mañana
viendo una de esas películas de miedo
que tanto le gustaban. Se trataba de “La
séptima profecía”.
Sin abrir los ojos buscó a tientas el
maldito despertador que la estaba
volviendo loca. “¿Dónde…?”,
“¡Crasshh!”, “oh, oh…” Se incorporó
sobresaltada. “Que no se haya roto, por
favor, que no se haya roto”. Miró al
suelo temiéndose lo peor.
—¡Mierda!— exclamó en lo que fue
casi un susurro.
El despertador se había hecho añicos.
Tenía que recogerlo cuanto antes.
Cuando su madre se enterase la mataría.
De puntillas salió de su habitación y
fue hasta la cocina a por la escoba y el
recogedor. “Ojalá mi madre no lo haya
oído”.
—¿Tati?— oyó a sus espaldas.
Su hermano, de cinco años, se había
despertado, seguramente por el ruido, ya
que dormía en la habitación de al lado.
La miraba soñoliento, frotándose los
ojos con ambas manos. Ariadna se
volvió. “Está riquísimo con ese pijama”.
Era de esos que son de cuerpo entero,
incluso tenía capucha y orejitas. Parecía
un pequeño osito de peluche con él.
—Álvaro, vuelve a la cama.
—¿Qué vas a limpiar?— dijo
elevando la voz.
—¡Ssshhh! Nada— apoyó la escoba
en la pared y dejó a su lado el recogedor
— Vamos, vuelve a la cama, yo te
taparé.
Álvaro se metió en su cama. Ariadna
le tapó y le dio un beso en la frente.
—¿Qué se ha roto?
—Ya te he dicho que nada. Sólo…
sólo iba a limpiar mi habitación para
que mamá tenga menos que hacer.
—¡Ah…! ¿Ya te vas?
Ariadna miró a su reloj. “¡Oh Dios
mío, voy a llegar tarde a mi primer día
de clase!”.
—Sí, ya me voy. Duérmete, ¿vale?—
él no contestó.
Salió de puntillas de la habitación,
cogió la escoba y el recogedor y limpió
a toda prisa las huellas del homicidio.
Se vistió en dos segundos, se tomó un
vaso de zumo de naranja y antes de salir
por la puerta se miró en el espejo e
intentó peinarse, pero le fue imposible,
aquella mañana los rizos estaban
rebeldes, así que se hizo una coleta. Le
encantaba el espejo de cuerpo entero de
la entradita, en él se veía reflejada una
jovencita que aparentaba más de
diecinueve, medía 1’70 y eso
disimulaba sus cinco o seis kilos de
más. Por otra parte, no era muy guapa,
pero no estaba mal. La nariz chata, como
la de su abuelo, los labios gruesos y
unos enormes y preciosos ojos
marrones.
Salió de la casa. “¡El bolso!”. Ese día
no harían nada, pero había cosas sin las
cuales no se podía salir a la calle:
dinero, el carnet y el móvil. Entró de
nuevo y cogió el bolso.
—¿Tati?
No, eso no podía ser verdad.
—Álvaro, ¿no te he dicho que te
duermas?
—No tengo sueño ¿Por qué no me
cuentas un cuento?
“Sí, no tengo nada mejor que hacer”.
Miró al reloj de su muñeca. Tenía que
estar en la Universidad en menos de
cuarenta y cinco minutos.
—Cariño, ahora no puedo, voy a
llegar tarde— su paciencia empezaba a
agotarse.
—Si no me cuentas un cuento le digo
a mamá que has roto algo.
—Ni se te ocurra— ¿la estaba
chantajeado un niño de cinco años?
—¡Mamá!— gritó su aguda voz
infantil.
—¿Quieres callarte?— dijo tapándole
la boca— Álvaro, por favor, voy a
llegar tarde— dijo mientras le soltaba.
—¡Jajajaja!
Salió corriendo a la habitación de su
madre, abrió la puerta y saltó encima de
la cama. Ariadna corrió tras de él.
—¡Álvaro!
—Tati— dijo con la voz casi
quebrada.
—¿Qué?
—Mamá no está— dijo casi llorando.
—¡Qué!— exclamó a la vez que
encendía la luz.
Efectivamente su madre no estaba.
Pero… ¿dónde se habría metido?, ¿qué
iba a hacer ahora con su hermano?
—¿Dónde está mamá?— dijo él
llorando.
—Está… seguro que ha ido a comprar
algo— sí, a las ocho menos cinco de la
mañana— No te preocupes, le dejaré
una nota y te llevaré a casa de la señora
Dolores ¿Vale?— el niño asintió con la
cabeza— Vamos, te vestiré.
A las ocho y cinco salían de su casa a
la de la señora Dolores. “Nos va a
matar, menos mal que no duerme
mucho”, iba pensando Ariadna mientras
llamaba a la puerta.
—Qué raro, no contesta nadie—
volvió a llamar— A lo mejor se ha ido a
casa de alguna de sus hijas. Llamaremos
a Lourdes— nada— ¡Pero qué pasa hoy!
¿Dónde se ha metido todo el mundo?—
miró al reloj, las ocho y diez, “vale, he
perdido el autobús de las ocho, si
pienso algo rápido tal vez pueda coger
el de las ocho y veinte… ¡no se me
ocurre nada!… Espera, ¡qué locura!”—
Álvaro.
—Sííí…
—Me prometes que si te vienes
conmigo a mi cole te portarás bien.
—Sí, sí, sí, te lo prometo— dijo
entusiasmado.
—Bien, espérame aquí un momento.
Álvaro se quedó mirando cómo su
hermana corría a su casa y entraba de
nuevo. Ariadna dejó una nota a su madre
avisándola de que se había llevado a
Álvaro.
Las ocho y veinte, las ocho y
veinticinco, ¡las ocho y media! ¿Dónde
se había metido el autobús? “Creo que
lo mejor es que vayamos andando”, si se
daban prisa podrían llegar en unos
treinta minutos. Eso pasaba por vivir en
una punta de Getafe y tener que ir hasta
la otra.
Después de veinticinco empezaron a
divisar la Universidad Carlos III.
—Tati, ¿por qué no hay nadie por la
calle?
—Eh…
Era cierto, desde que habían salido de
su casa no habían visto a nadie andando
por la calle, ni siquiera coches, la
ciudad estaba en completo silencio
—Están durmiendo, es… es muy
pronto— mintió empezando a
preocuparse.
—Ah… ¿Cuánto queda? Estoy
cansado.
—Poco. Ves eso de ahí— su hermano
asintió con la cabeza— Pues es donde
tenemos que llegar.
—Tati, estoy cansado— dijo
aflojando la marcha.
—Ven aquí, tormento— le cogió en
brazos.
Apoyado en la verja había un chico
moreno que miraba al suelo.
—¡Hola!— saludó Ariadna— ¿No
han abierto todavía?
—No— dijo él cortante.
—Son más de las nueve, ya debería
estar abierto.
—No me digas. Llevo aquí media
hora— parecía molesto, y ni siquiera
había levantado la vista.
“¡Qué agradable!”, se dijo irónica.
—No tienes por qué contestarme así,
yo no tengo la culpa. Y, además, es de
mala educación no mirar a quien te está
hablando.
—Perdona, ¿vas a deleitarme con otra
frase ética? No estoy de humor para eso
de la educación— la miró directamente
a los ojos.
Sus ojos eran preciosos, verdes como
las esmeraldas. Su cara era hermosa,
más que hermosa equilibrada, la nariz ni
grande ni pequeña y la boca mediana
con labios intermedios, ni carnosos ni
finos. El equilibrio buscado por los
griegos se encontraba en aquella cara.
No era Míster Universo, pero no estaba
mal. —Tati, tengo frío— se quejó el
pequeño tapándose el cuello con sus
manitas— Y ese chico me da miedo—
le susurró al oído.
—No te preocupes. No permitiré que
te haga nada— le aseguró dándole un
beso en la mejilla.
—¿Por qué traes a ese niño? ¿Quieres
traumatizarle antes de tiempo? Seguro
que eres su madre, es lo que se lleva
ahora, ¿no?
—¡Eres imb…!— dejo al niño en el
suelo— Un momento. Álvaro, ¿por qué
no cuentas los pasos que hay de aquí a
ese árbol?
—¿Vas a decirle una palabrota?—
preguntó su hermano con ojos
inquisidores.
—No, no voy a decir ninguna
palabrota.
—Ya sabes lo que dijo mamá “Si
dices palabrotas viene el hombre de
naranja y se te lleva”— le dijo
señalándola con el dedo.
—Álvaro, confía en mí, no diré
ninguna palabrota.
—Lo prometes.
—Sí, vamos ve a contar— lo miró
mientras se alejaba un poco— Es mi
hermano, y le he traído porque no sé
dónde demonios está mi madre, ¿vale?
— dijo exasperada— Además, a ti qué
te importa y… ¿por qué eres tan borde?
—Yo tampoco sé dónde está mi
madre. Ella iba a traerme, pero esta
mañana no había nadie en mi casa. He
estado esperando al bus más de veinte
minutos y al final he tenido que venir
andando— la miró directamente a los
ojos— ¿Te vale?
—Idiota.
—¡Tati, tati!— exclamó el niño
lanzándose a los brazos de su hermana
— Hay más de veinte pasos.
—Ya son casi las nueve y media, ¿no
te parece un poco extraño que no haya ni
un alma por la calle?
—La verdad es que este silencio me
está poniendo los pelos de punta. Ni
siquiera hay pájaros ni perros
vagabundos— dijo el muchacho, esta
vez sin pizca de sarcasmo.
—¿Cómo te llamas?— preguntó
Álvaro que se refugiaba del extraño tras
su hermana.
—Lucas, ¿y tú?— el chico estiró la
mano para que el pequeño la estrechara.
—Yo me llamo Álvaro y ésta es mi
hermana Ariadna— se acercó, ya sin
miedo, e hizo lo propio.
—Y dime, ¿vas al cole?— le
preguntó mientras se agachaba.
—Sí— contestó Álvaro orgulloso de
sí mismo.
—¿Y te gusta?
Ariadna admiraba la escena
enternecida. De repente notó que algo no
iba bien. Miró hacia los lados, segura de
que, de un momento a otro, algo iba a
pasar. Al otro lado de la

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