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Libro Latidos de una bala – Alexandra Roma

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PDF Descargar punto de la madrugada. Apenas había
dormido debido a que esperaba con
ansias partir hacia lo que yo denominaba
«la bella Italia». Por fin se iba a cumplir
un sueño que había comenzado cuatro
meses antes cuando, junto con mis dos
mejores amigas, Pilar y Tamara,
compraba por Internet los billetes de un
vuelo low cost.
Sabíamos desde el inicio que
nuestro destino sería Italia, un país que
nos embrujaba con su belleza e historia.
Seleccionar la ciudad en concreto fue
algo más complicado. Finalmente, nos
decidimos por Nápoles tras ver las
imágenes en Google. Así de simple. Las
fotos fueron nuestro mejor aliciente a la
hora de decidir. Luego todo ocurrió muy
rápido y, con un mísero clic, nuestra
ilusión quedó patente en un folio
impreso que indicaba que en julio las
tres nos marcharíamos a vivir una
experiencia única, como son todas las
vacaciones en la juventud con las
personas que quieres.
Lo único malo de nuestra elección
eran los horarios del vuelo: cuando eres
estudiante, te decantas por lo más
barato, y eso conlleva madrugar
muchísimo y hacer un transbordo entre
medias.
—¡Despertad! ¡Nos vamos a Italia!
—exclamó Tamara mientras se tiraba
encima de mí en la cama. Era su primer
viaje al extranjero y estaba mucho más
emocionada, nerviosa y excitada que el
resto.
—Salir a estas horas es criminal.
Debería considerarse delito —matizó
Pilar mientras bostezaba y su boca se
abría formando una gran «O».
—No te quejes —dije—. Piensa en
esta noche, cuando estés rodeada de
italianos atractivos —agregué mientras
me desprendía del sueño y la pereza
poniéndome en pie de un salto.
Normalmente me costaba despertarme,
remoloneaba cinco minutos más
tapándome con las sábanas, pero,
sabiendo que empezaban mis
vacaciones, actué como si estuviera
totalmente despejada y por una vez en la
vida no odié el ruido siniestro del
despertador.
Como casi siempre, había dejado
todo para el final. Menos mal que
después de varios viajes había
aprendido que hacer una lista con las
cosas necesarias era algo
imprescindible para no comenzar con el
pie izquierdo. Agarré la hoja de papel,
me subí encima de la cama para captar
su atención y comencé a leer en voz alta
para que ellas tampoco olvidaran nada
de lo necesario.
—¿Pasaporte? —pregunté mientras
revisaba en mi bolso que lo llevaba.
—Sí —contestó deprisa Pilar
moviéndolo delante de mi cara.
—Espera un momento… —me
pidió Tamara mientras volcaba el
contenido de su bolso en mis pies.
Francamente, nunca había sabido cómo
lograba encontrar nada en esos bolsos
que se parecían más a una maleta o a un
baúl sin fondo—. ¡Aquí está! —afirmó
enseñándomelo orgullosa.
—De todas maneras, no es
necesario, ¿verdad, Berta? —me
preguntó Pilar.
—No, pero si perdemos el carné…
—Ambas pusieron los ojos en blanco,
como indicando que eso era algo
improbable—. Bueno, vosotras mismas,
pero sin identificación no podemos salir
del país. Yo suelo llevar el carné y el
pasaporte, uno lo dejo en el hotel y el
otro lo tengo conmigo.
—¿Y quién te garantiza que
queramos volver de allí? —bromeó
Tamara poniendo una cara traviesa a la
que acompañaba una ancha sonrisa. La
ilusión de todo primer viaje de juventud
estaba totalmente patente en ella: vivir
una historia de amor. Esos amores que
se marcan a fuego lento en tu piel y
recuerdas cuando pasa el tiempo y ya
eres adulta con un deje de nostalgia.
—A ver si al final vas a ser tú la
que no quieras volver… —interrumpió
Pilar mientras me tiraba un cojín, que
acertó de pleno en mi cara a pesar de su
habitual mala puntería.
—No, yo soy demasiado madura
para hacer esas tonterías —ironicé.
—Anda, continúa con la lista,
señorita madura —me interrumpió
Tamara, que ya estaba ansiosa por partir
rumbo a Italia, deseando que las horas
pasaran más rápido hasta llegar a
nuestro destino.
Seguimos con la lista y, cuando nos
aseguramos de que lo llevábamos todo,
llamamos a un taxi para ir al aeropuerto.
El trayecto se nos hizo mucho más largo
de lo que en realidad fue. Cada dos
minutos preguntábamos a nuestro taxista,
un cincuentón bastante agradable, cuánto
quedaba, como niñas pequeñas, con
ansia. Una vez en la terminal, corrimos
con las maletas a cuestas hasta el
embarque. Cuando por fin estábamos
dentro y a tiempo, respiramos tranquilas.
No habíamos perdido el vuelo. Las
vacaciones con las que tanto habíamos
fantaseado eran reales. Nos
marchábamos.
—Creo que deberíamos comprar la
bebida aquí —sugerí nada más entrar a
la zona exenta de impuestos.
La bebida era una parte importante
de nuestro periplo, puesto que, aunque
para nuestros padres el motivo del viaje
era practicar italiano después de llevar
cinco años aprendiendo el idioma en una
pequeña academia de Atocha, estaba
claro que también queríamos salir,
disfrutar de la noche italiana. Al ser
estudiantes, no teníamos mucho dinero y
desconocíamos el precio de la bebida
allí, por lo que decidimos llevar las
botellas de España. (No sé si será una
leyenda urbana, pero siempre que hablas
con alguien que ha ido al extranjero, te
matiza lo caros que son los cubatas, las
botellas, los hielos, cómo los cargan
menos de alcohol… Vamos, que en
España es donde mejor se puede beber,
o eso se dice.)
—¿Cuántas botellas de ron? —
preguntó Pilar, que ya estaba mirándolas
y buscando su marca favorita.
—Por lo menos tres —apuntó
Tamara, que estaba ojeando las revistas
del corazón con idea de coger una para
el viaje, decantándose por la Cuore y
sus graciosos Aargs.
Al final compramos cuatro
botellas, ya que, según un razonamiento
universal, «mejor que sobre que no que
falte». Buscamos nuestra puerta y nos
sentamos en esa sala de espera agónica

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hasta que te informan que puedes
embarcar.
—Estoy cagada de miedo —repetía
sin cesar Tamara. También era la
primera vez que subía a un avión y
llevaba asustada desde que compramos
los billetes.
—Tranquila, no vas a notar ni que
vas volando —la tranquilizaba Pilar en
un intento por animarla. En lo que esta
no pensaba era en los millones de veces
que Tamara había escuchado esta misma
frase y que, si no había hecho caso a la
primera, no lo iba a hacer ahora.
—Te sentarás entre nosotras dos —
le expliqué yo—, para que puedas
apretarnos la mano lo fuerte que quieras.
Te infundiremos valor. —Me reí de ella.
—Creo que preferiría beberme dos
o tres cervezas —bromeó Tamara.
—¡Claro, y que nos echen del
avión por escándalo público! —le
espeté con confianza.
Por fin nos dieron la orden de
embarque y me senté en la ventanilla, un
puesto muy cotizado por lo general, pero
que ese día no quería absolutamente
nadie. Mientras ascendíamos, miré por
ese hueco circular que te permite seguir
en contacto con el exterior y por el que
pasas de ver edificios a un cielo abierto,
despidiéndome de mi ciudad, Madrid.
—¿Ves cómo no es para tanto? —
pregunté a Tamara una vez que nos
desabrochamos los cinturones de
seguridad.
—Ya, si me está entrando hasta
sueño —me dijo riendo.
—Pues no te duermas, que Pilar ya
está roncando con el MP3 y, si no, me
aburro —le pedí.

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Seis minutos más tarde, Tamara
dormía apoyada en mi brazo —más
concretamente, tenía su cabeza recostada
sobre mi hombro, impidiéndome
cualquier tipo de movilidad—. No sé
qué tendrán los aviones que suelen
producir un efecto somnífero. Antes de
despegar se oían voces eufóricas por el
inicio de las vacaciones; minutos
después reinaba el más absoluto
silencio, solo interrumpido por
pequeños y graciosos ronquidos o
cuchicheos entre osados que no habían
sucumbido al encanto de descansar
durante dos horas.
Acostumbrada a aburrirme durante
las interminables horas de los vuelos,
había aprendido a llevarme aditivos que
me mantuviesen entretenida. En este
caso, un MP3 cargado de canciones
ñoñas, esa música que constantemente
puedes adaptar a tu vida y, aunque no
sea de manera literal, en la que siempre
encuentras el doble sentido de la letra
que hace que te sientas protagonista, que
la sientas y no solo la escuches.
La primera canción que sonó fue Ti
scatterò una foto, de Tiziano Ferro. Su
sonido me invadió, penetró en mi
interior y me sentí tentada de sacar mi
segundo entretenimiento: una novela que
me había marcado, de esas que no te
dejan indiferente y hacen que se te ponga
la piel de gallina simplemente con
sostenerlas en tus manos, sabiendo la
historia que contiene en su interior y a la
que tú diste vida en tu imaginación. Esas
páginas que cuando las recuerdas te
encogen el corazón. A tres metros sobre
el cielo, de Federico Moccia. No era
casualidad que mi libro elegido para
este viaje fuera de un autor italiano. Una
historia que relata un amor imposible
entre dos jóvenes de Roma. Supongo
que en el fondo me lo quería releer y
soñar que tal vez encontraría a mi Step
en esas pequeñas vacaciones en la bota
de Europa.
Haciendo auténticas proezas para
no despertar a Tamara, cogí el libro del
bolso y lo abrí por la primera página.
Siempre me había gustado Italia; se
podría decir que era de mis países
favoritos en la esfera terrestre. De
pequeña, siempre soñaba con viajar allí
y vivir la historia de mi vida. Como si
su cultura y su tierra me llamaran. Con
el paso del tiempo maduré y, aunque
seguía siendo un país interesante, ya no
ocupaba tanto espacio en mis
pensamientos. Sin embargo, tras leer las
novelas de Moccia, mi obsesión había
vuelto más fuerte; necesitaba viajar,
conocer a mi italiano y que este me
hiciera vivir una historia de película,
algo improbable, pero con lo que podía
ilusionarme.
—¿Hemos llegado ya? —me
interrumpió Tamara mientras se
limpiaba la babilla de la comisura de la
boca.
—Menos mal que a ti te daba
miedo…, solo te has dormido a los diez
minutos… —bromeé mientras cerraba el
libro de golpe.
—¿Ya estás leyendo? —Ignoró mi
comentario y me arrancó el libro de las
manos—. ¿A tres metros sobre el cielo?
Ya veo. —Enarcó una ceja.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Siempre quieres vivir historias
que has leído o has visto en la televisión
—apuntó mofándose de mí.
—¡Eso no es cierto! —repliqué
pese a que ella llevaba parte de razón.
—¿No? ¿Te pongo ejemplos? —
Asentí y ella comenzó a enumerar—:
Cuando estrenaron Titanic, tu sueño era
que alguien en un barco te diera un beso

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en la proa… Querías ser enfermera
durante la época de Pearl Harbor…,
con…
—¡Para! —la corté riéndome.
Por desgracia, todas las cosas que
decía eran ciertas. De hecho, con quince
años guardaba todos los recortes de las
revistas sobre Leonardo DiCaprio en los
que hablaban de sus gustos, aficiones,
miedos, inquietudes…, con la ilusión de
que el día que le conociera sería amor a
primera vista. Lo más patético era que
aún no los había tirado, y eso que las
posibilidades de conocerle eran nulas.
—Menos mal que aún no te ha dado
por tener un romance con un vampiro.
Me temía que después de Crepúsculo
partieras a Transilvania en busca de un
Edward… —añadió, poniendo los ojos
en blanco. Crepúsculo había sido mi

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última obsesión postadolescente, como
si nunca fuera a madurar.
—Soñar es gratis —repliqué—, y
los libros y las películas me permiten
disfrutar de una realidad que nunca será
mía. En estas páginas —me justifiqué
mientras le quitaba el libro— hay
sentimientos e ilusiones que se
transmiten a través de la palabra.
—¿Qué? ¿Cómo que nunca será tu
realidad? —preguntó Pilar, que se
acababa de incorporar—. Dame ahora
mismo un folio y un boli, Tamara —
ordenó.
—Pues no sé si llevaré… —
contestó, empezando a rebuscar en el
interior de su enorme bolso.
—En esa maleta llevas de todo —
se mofó Pilar mientras la ayudaba en la
tarea. Entre ambas consiguieron dar con
una pequeña libreta, de la que
arrancaron una hoja, y un boli.
—¿Y ahora qué? —pregunté con la
incertidumbre.
—Ahora vamos a hacer un ranking
de tus momentos favoritos, de esos que
te gustaría vivir, y de las realidades que,
según tú, no serán tuyas —comentó Pilar
con esa sonrisa de ensoñadora que tanto
me gustaba.
—¿Para qué? —pregunté sin
entender el significado.
—Para dárselos a tu hombre de
película, Berta. El día que encuentres al
chico que te remueva las entrañas, le
entregas este papel y que los haga
realidad —dijo la romántica de Pilar.
—¿Cuál es el primero? —preguntó
Tamara boli en mano, lista para tomar
nota.
—No sé…, menuda tontería —le
resté importancia. No me gustaba ser el
centro de atención, pero podía ser
divertido; una manera para que el
tiempo corriese más deprisa.
—El beso de Titanic —respondió
Pilar por mí—. Sin lugar a dudas, ese es
su momento más importante.
—¿El segundo? —preguntó Tamara
a Pilar. —El de A tres metros sobre el
cielo —volvió a contestar Pilar por mí
—. Además, es el más asequible ahora
que estamos en Italia.
—¿Tercero? —preguntó Tamara
mientras escribía los otros dos a toda
velocidad con una letra más propia de
un médico.
—Creo que es… —comenzó de
nuevo Pilar.
—El del puente Milvio, de Tengo
ganas de ti —contesté esta vez yo.
—¿El de los candados? —preguntó
Pilar.
—Sí, el de sellar el amor con un
candado y tirar las llaves al Tíber. —
Reí.
—Pues no son deseos tan difíciles
ni improbables —afirmó Tamara—.
Toma tu lista y ya sabes… —Me metió
el folio hecho una bola arrugada en el
bolso—, algún día puede que se
cumplan.
—Quién sabe, a lo mejor en este
viaje… —continuó con la broma Pilar.
—¡No! —contestó Tamara—. Es
mi primer viaje, así que si hay una
historia bonita de amor, lo más
razonable es que sea para mí. —Las tres
estallamos en carcajadas ante lo absurdo
de la «discusión».
La primera parada fue en Milán.
Una ciudad de la cual solo vimos el
aeropuerto y «los monumentos» que allí
se bajaban, pues íbamos de un lado a
otro mirando a los italianos, modelos en
su mayoría, que aterrizaban en la
denominada «cuna de la moda».
Se suponía que debíamos pasar allí
al menos tres horas, por lo que
decidimos buscar algo que hacer para
pasar el rato. Lo primero fue comer:
empleamos mucho más tiempo del
necesario en digerir el pequeño bocata
de jamón york y la botellita de agua.
Después nos dedicamos a deambular de
un lado a otro de la zona de comercios,
sin rumbo fijo. Tras pasar cuatro veces
por la misma tienda de ropa, Tamara
tuvo una visión que la «perturbó».
—No miréis las dos a la vez, ¿eh?
—matizó antes de hablar—. ¿Veis a ese
chico que está sentado en el banco?
Como cabía pensar, Pilar y yo nos
giramos instintivamente sin disimulo
alguno.
Era un chico normal, moreno, con
grandes ojos marrones y lo que se intuía
como un cuerpo trabajado.

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