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Libro Lazarus Falcon Priest – Fernando Claudín

Libro Lazarus Falcon Priest - Fernando Claudín

Libro Lazarus Falcon Priest – Fernando Claudín

PDF Descargar culpa e impotencia.
Seguramente.
Amy se puso a llorar. Se
secó enseguida las lágrimas. No deseaba
volver a sentirse triste. Ya no estaba
sola. No corría peligro. Don era
diferente a su ex marido. Debía ser
fuerte y tener confianza en el futuro.
-¿Sabes? En Estados
Unidos violan a una mujer cada seis
minutos -dijo.
-No me sorprende.
Don suspiró. Amy estaba
obsesionada con la violencia de género.
No sabía cómo distraer su atención para
que pensase en otras cosas.
-¿Te gustó el concierto de
Rupa&The April Fishes? –preguntó para
cambiar de tema.
-Claro que sí.
¡Al día siguiente se enfundó una
camiseta azul en la marcha Misión
Solidaria para Mantener Nuestras
Calles Seguras que recorrió las calles
de Misión protestando contra los casos
de agresiones sexuales que se producían
en el barrio!
***
El inspector Malcolm Coleman
miró las fotografías que la detective
había depositado sobre la mesa.
-Un doble asesinato. En el barrio
residencial de Woodacre, a veinticinco

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millas de San Francisco –dijo ella.
-¿Atraco?
-La oficina del Sheriff descartó
esa posibilidad. Todo estaba en orden
en la casa.
-¿Nombre de las víctimas?
-Don Smith y Amy Harris.
El inspector dio un respingo.
-¿Amy Harris? Es una autora de
cómics, si no me equivoco.
-En efecto. ¿Conocida?
-Por lo menos a nivel local, en el
área de San Francisco, lo cual tiene
mérito; vivimos en la ciudad de Estados
Unidos con más tiendas de cómics.
Supongo que usted no es aficionada a
los cómics, señorita Robinson.
-No.
-Mi casa queda al lado de
Isotope, la tienda de cómics más popular
de la ciudad. Su propietario, James
Sime, es amigo mío.
-El otro día echaron un reportaje
sobre él en la tele. Me llamó la atención
con esa cresta medio punk medio león
de la selva, su traje a rayas de mafioso
de los años veinte y unos mostachos que
le llegan hasta el mentón.
-Un tipo genial. ¿Conoce usted a
Robert Kirkman?
-No.
-Ha creado un cómic muy
popular, The Walking Dead.
-¿El de la serie de televisión?
-Ajá. Kirkman se lleva muy bien
con James; hizo un personaje diabólico,
llamado precisamente Isotope,
inspirándose en él; incluso lleva su
peculiar peinado.
***
-Dígame cómo se siente, señora
Madison Evans –dijo Oliver Evans en
un tono jocoso.
-Realizada, a mis setenta y tres

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años.
-Lo celebro. ¿Aunque lleve
casada cincuenta y dos?
-Pamela es una mujer
extraordinaria que ha encauzado su vida
y tiene su propia familia. Eso es lo
importante.
Oliver le apretó la mano.
-¿Fuiste ayer a la Catedral de
Santa María?
-Claro, me encanta ir allí.
-¡Es un edificio horrible! Una
mezcla de poliedro surrealista y nave
espacial. Los vecinos de Cathedral Hill
lo comparan con una lavadora industrial
Maytag. Lo llaman Nuestra Señora de
Maytag. Oliver no entendía ese culto al
feísmo de los arquitectos modernos.
-La Santa María de Tokio es
igualmente desagradable -añadió.
-Me gusta pasear por aquí –dijo
Madison, cambiando de tema
deliberadamente.
-A mí también –convino Oliver
observando con curiosidad el
embarcadero de Fisherman´s Wharf.
-Es increíble que el puerto se
haya transformado en un mercado,
¿verdad?
-¡Y tanto!
Oliver se dijo que ambos
nacieron en San Francisco y había
transcurrido allí su vida; eran testigos de
los cambios de la ciudad durante ese
tiempo.
***

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-No entiendo cómo puede
gustarte tanto esta mierda de Pier 39 –
dijo Lazarus F.-. ¡Te has vuelto tan
necio como los habitantes de esta
maldita ciudad!
-Para mí era un ritual venir aquí
a tomar café cuando trabajaba en
Morgan Stanley.
-Cuando trabajabas en Morgan
Stanley eras un perfecto hijo de puta,
Priest.
Lazarus P. se dijo que la vida
había cambiado radicalmente para él. En
la época de Morgan Stanley tenía un
empleo envidiable, ganaba un dineral,
estaba casado con una belleza
californiana y tenía dos preciosos hijos.
-Antes cambiaba de coche cada
año y ahora me tengo que conformar con
esta mierda de Dodge de más de doce
años.
En King Street había el
embotellamiento habitual de The
Embarcadero.
-¿A dónde se supone que vamos?
–preguntó Lazarus F.
-A ver a madre.
-¿Otra vez? No serás libre hasta
que rompas con ella, como hice yo.
-Tú rompiste con ella porque
madre no quería saber nada de ti.
-Soy el puto halcón peregrino.
Siempre fui el malo de la película.
Madre es el origen de todas las
diferencias entre nosotros y de las
desgracias también.
-¿Cuándo la viste por última
vez?
-Cuando me marché de casa. Yo
tenía entonces dieciocho.
-No te marchaste tú, Falcon.
Madre te echó a patadas.
-Le daba miedo haber parido a
un halcón.
2
-Me refiero al tipo que violó a
tres mujeres en la calle 24, a la vuelta
de tu casa.
-¿Frederick Dozier? Bueno,
lo han condenado; no arruinará la vida a
más mujeres. Es una ciudad segura,
cariño.
Amy no estaba de acuerdo.
Ella conocía otra cara de la realidad.
-He mantenido clarificadoras
conversaciones con Alma Muñoz.
-¿Quién?
-La directora de SFWAR,
Mujeres de San Francisco Contra la
Violación.
-Ah.
-Nos reunimos en el pobre
sótano que desde hace cuarenta años
sirve de sede a la asociación.
-Tu matrimonio empezó fruto de
una violación, ¿no?
-Mi ex marido me violó durante
un campamento de verano. Cuando aún
éramos menores. Luego nuestras
familias respectivas pensaron que lo
mejor era casarnos, para evitar
escándalos y que no me viese obligada a
abortar. La mezcla de estupidez y
fanatismo religioso es una combinación
muy peligrosa.
-La Misión es un barrio de
lo más tranquilo.
Don parecía un disco
rayado.
Estaba empeñado en que se
mudase a su casa.
***
-Recuerdo haber comprado uno
de sus cómics caseros. James me
comentó que la autora era una artista que
se auto-publicaba y distribuía
personalmente sus obras en las tiendas.
-¿Le gustó?
-No, la verdad. Demasiado
truculento y espeso. Yo leo cómics para
entretenerme, no para pasarlo mal.
Se hizo el silencio en la oficina
del inspector, donde reinaba un
confortable desorden. Coleman y
Sabrina habían imprimido pinceladas de
su personalidad, empezando por las
fotografías que presidían la mesa. La del
inspector, muy reciente, lo mostraba en
sus pletóricos cincuenta y tres años.
Alto, apuesto, distinguido. Luciendo con
ese estilo suyo elegante el traje que
acababa de comprarse en John Varvatos.
Coleman se hizo retratar en su
querida Chinatown, al pie de una vistosa
casa con forma de pagoda. Como era de
esperar había posado de escorzo, con la
cabeza ladeada, mostrando el lado
izquierdo de su rostro, el bueno. En el
derecho tenía una fea cicatriz,
impresionante si uno la veía por primera
vez, que le atravesaba la cabeza desde
la sien hasta el mentón, lo cual era una
lástima, a juicio de Sabrina.
Por lo demás el inspector era un
cincuentón atractivo, comparable a
George Clooney o Bruce Willis, con el
que compartía la calvicie. Claro que
Bruce Willis exhibía su cabeza calva sin
el menor reparo y en cambio Coleman la
ocultaba con su variado repertorio de
sombreros adquiridos en Faze Apparel,
uno cada tres meses, con pulcra
puntualidad, para seguir nutriendo su
colección.
La fotografía de Sabrina fue
tomada ocho meses atrás, el día de su
vigésimo séptimo cumpleaños, frente al
edificio principal de la prisión de
Alcatraz, adonde ella acudió tras abonar
los treinta y tres dólares que costaban
los servicios del tour turístico, que
incluían paseo en barco alrededor de la
isla, documental en audio de cuarenta y
cinco minutos, el Doing Time: Alcatraz
Cellhouse Tour -donde intervenían
antiguos funcionarios de prisiones y
convictos de los tiempos en que la
popular cárcel estaba en activo-, vídeo
orientativo producido por Discovery
Channel, visita guiada desde el muelle
hasta los jardines históricos y las
sórdidas dependencias carcelarias, y el
extra final: vívida audio-guía que ponía
los pelos de punta al visitante más
insensible, a elegir entre Historias de
Alcatraz y Sonidos de Alcatraz, la
opción por la que se decantó Sabrina;
había escuchado la otra en su visita
anterior. Como era de esperar la audioguía
le impresionó. Se emitía cuando era
noche cerrada y mostraba la ceremonia
de apertura y cierre de puertas de toda
la cárcel, reproduciendo la sensación
claustrofóbica que padecían los
prisioneros.
-Amy vivía en la escena del
crimen junto a su hija Emily, una joven
de veintidós años que trabaja de
encargada en un conocido pub de la zona
–prosiguió la detective.
-¿De encargada, tan joven?
-Fue contratada en el local
cuando tenía dieciséis años; al parecer
es una persona muy capaz y responsable.
-Una excepción. A los jóvenes
norteamericanos de hoy en día sólo les
interesa alcanzar un grado de
imbecilidad supina asomándose al
espejito mágico de sus juguetes
tecnológicos.
Sabrina sonrió.
-¿Don era su marido?
-Su novio. Salía con él desde
hacía unos meses. Se separó del marido
seis años atrás. Era un maltratador.
-Muy viril.
-Don fue a pasar la noche en
casa de Amy porque Emily se ha ido de
acampada con su novio al Yosemite.
-¿Quién dio la voz de alarma?
-Un vecino de la zona llamó al
teléfono de emergencias a las dos y
media de la madrugada –Sabrina sacó un
papel del portafolio-. Dijo: Estoy en
Woodacre y acabo de oír seis disparos
y después he oído a alguien que corría
calle abajo por Red Book. Hemos oído
a alguien que entraba en un coche. La
operadora replicó: ¿Puede decirme
algo del coche? ¿Qué ha visto? Y el
comunicante dijo: Nada. Siete minutos
después la centralita de emergencias
recibió una llamada del camarero
hispano, compañero de Emily, al que
han alquilado una habitación. Dijo: La
madre de mi casera y su novio están
muertos. Y la operadora le informó que
había unos agentes en camino.
-¿Cuántos disparos?
Sabrina tomó del portafolio
cinco fotografías que mostraban la
escena del crimen desde diferentes
ángulos.
-Seis. Tres por cada víctima.
El inspector examinó las
fotografías. Don estaba tumbado en el
suelo. Parecía haberse caído de la cama
mientras recibía los disparos, como si
hiciese un intento desesperado por
defenderse. Amy estaba tumbada en la
cama, rodeada por un charco de sangre.
-¿Munición?
-Balas de nueve milímetros.
-¿Huellas dactilares?
-No.
-¿Móvil presumible?
-Ninguno, por el momento.
-¿Algún potencial enemigo en el
entorno de las víctimas?
La detective denegó con la
cabeza.
-Tanto Amy como Don eran
personas solitarias, aunque él tenía que
tratar a muchos clientes y proveedores
en la tienda que regentaba y ella conocía
a todos los comerciantes de cómics de
San Francisco. No hay constancia de
ninguna enemistad.
-¿Qué ha sido del maltratador?
-El ex marido de Amy falleció
hace un año de una embolia cerebral.
Coleman rió sin humor.
-Ahora entiendo por qué han
retirado el caso a la oficina del Sheriff y
nos lo han endosado a nosotros.
Sabrina prefería no hacer
comentarios. La guerra de competencias
jurisdiccionales entre el San Francisco
Police Department, al que ellos
pertenecían, y el San Francisco Sheriff’s
Department era un culebrón
interminable.
En cambio Coleman se mostraba
crítico con sus mandos siempre que
tenía ocasión. Consideraba que el
Departamento de Policía estaba
gangrenado por corruptelas varias.
Empezando por su superior inmediato,
el teniente Clark. Es un meapilas
descerebrado fanático, decía.
Según Coleman el teniente Clark
se había sacado una secta de la chistera,
la Iglesia de Yoda, que veneraba al
popular personaje de Star Wars. Los
fieles se reunían cada domingo al pie de
la estatua de tamaño natural del maestro
de los jedi situada junto al Golden Gate
Bridge, en los jardines del parque el
Presidio, entre palmeras y eucaliptus.
Allí arengaban a los peregrinos, fans y
curiosos que se acercaban a
contemplarla.
Aunque el teniente Clark no tenía
aspecto de Yoda con puntiagudas orejas
de soplillo y pies en forma de garras,
aspiraba a ser un Maestro de la Fuerza
con los poderes que George Lucas había
conferido al personaje en la película.
Clark y sus correligionarios captaban
adeptos asegurando a los seguidores de
la exitosa saga que si bebían el agua de
la fuente instalada al pie de la estatua de
Yoda, que contenía la sabiduría
universal, serían bautizados en su
Iglesia.
Algunos los tomaban en serio.
Veían al maestro jedi como un tótem
religioso. Y su pétrea recreación los
sugestionaba más que la Estatua de la
Libertad.
***
Lazarus P. avanzaba a velocidad
moderada por la US-101 hacia Oregon
Expy. Se sentía sobreexcitado. Le
ocurría siempre que se dirigía a Palo
Alto, a casa de su madre. Era una
mezcla de ilusión y temor.
-¡Vas a pasarte la salida! –
exclamó Lazarus F.
Lazarus P. dio un volantazo justo
a tiempo para tomar la salida
Embarcadero Rd/Oregon Expwy. Luego
siguió hasta Ross Rd, se incorporó a
Oregon Avenue y aparcó frente al
número trece.
En el trece de Oregon Avenue,
en Palo Alto, se encontraba la casa de
los horrores, a juicio de Lazarus F.
-¿Me esperas aquí?
-Claro.
-Puedes poner música. Ayer metí
más en la guantera. Hay de todo:
Creedence Clearwater Revival, Santana,
Grateful Dead, Journey, Jefferson
Airplane.
-El rock pastelero te lo dejo a ti,
Priest.
-También Faith No More.
-Sólo me gusta el punk. Un
acorde de Dead Kennedys tiene más
valor que todo lo que has mencionado.
-Como quieras.
Lazarus P. abandonó el Dodge
dando un portazo.
Cuando se disponía a apretar el
timbre, la puerta se abrió y apareció
Sibylle.
-¡Madre!
-Pasa.
Lazarus P. entró en la casa y se
acomodó en una silla. Sibylle se quedó
de pie en mitad del salón, debajo de la
lámpara de araña, con los brazos en
jarras.
Ahí estaba madre; no había
cambiado nada.
Sibylle con sus gafas de montura
gruesa cuyas lentes le empequeñecían
grotescamente los ojos. Y ese pelo
negro y estropajoso que le caía sobre la
espalda y los hombros. Y la delgadez
cadavérica. Sumergida en el
característico vestido espantoso y
obsoleto que tapaba recatadamente su
cuerpo alámbrico, dejando ver sólo un
fragmento de las huesudas pantorrillas.
Parecía mentira que esa mujer
tan menguada y exenta de atractivo fuese
su madre. Resultaba increíble que un
hombre le hiciese el amor. Pero así
ocurrió, de lo contrario no estaría él
allí.
-Has sido un niño bueno –dijo la
voz ronca, grave, autoritaria, de Sibylle.
-Sí, madre.
-Realizaste mi sueño, el que
alenté para ti. Fuiste sacerdote y la luz
de Robert Davis eclipsó tu oscuridad.
-Sí, madre.
-Las dos identidades se
unificaron en tu deslumbrante
personalidad.
Eso no lo tengo claro, se dijo
Lazarus P.
-Luego los triunfos vinieron
rodados. Entraste en Morgan Stanley, te
compraste una hermosa casa y un bonito
coche, te casaste con Fiona y tuviste dos
hijos preciosos, Rita y Terry, la parejita
perfecta.
-Así fue, madre.
Sibylle le sostuvo la mirada. Al
recibirlo estaba rígida, tensa, como de
costumbre. Ahora temblaba, a punto de
estallar, por una razón que él ignoraba.
¿Por qué lo había convocado a
través del campo astral?
Ella no compartía la
modernidad; abjuraba de la tecnología.
No tenía televisión, teléfono fijo, móvil
ni ordenador. En su casa no había ningún
electrodoméstico. Lavaba la ropa a
mano y consumía los alimentos
rápidamente, para evitar que se
estropeasen.
Cada tres días venía el
repartidor con la compra; sólo salía de
casa para acudir a la iglesia, una vez por
semana, a pie; no le gustaba utilizar los
medios de transporte. Debido a su vida
sedentaria resultaba un trayecto
agotador, dos horas de caminata, el
tiempo que tardaba a su ritmo lento para
ir hasta el templo crowder más cercano,
situado en el 3865 de Middlefield Rd, y
regresar a casa.
El mundo exterior de Sibylle se
reducía a ese itinerario formado por las
calles Oregon Avenue y Middlefield
Rd., una L perfecta en su simplicidad,
con su ángulo recto. Eso era todo.
-Hace mucho tiempo que no veo
a Fiona y a tus hijos.
-Lo sé.
-¿Por qué te has dejado el pelo
largo?
Lazarus P. se encogió de
hombros. Le gustaba su nuevo look. Con
coleta se sentía un indio salvaje.
-¡Llevas unas ropas tan vulgares!
Antes siempre ibas con traje y corbata.
-Impecable.
-Has cambiado.
-Pues sí.
-¿Regresó tu mitad oscura?
-Tal vez.
-¿Abjuras de Robert Davis?
Lazarus P. sonrió.
-Se han invertido los términos,
madre –dijo, desafiante.
3
-Me gusta viajar y conocer otras
culturas, pero esta ciudad está llena de
recuerdos para nosotros –dijo Madison.
-¡Ya lo creo, Madi! -replicó
Oliver mirando con complicidad a su
mujer.
Le seguía pareciendo tan
hermosa y cautivadora como siempre.
Aunque su espléndida melena se hubiera
vuelto blanca como la nieve y su
atractiva cara estuviese surcada de
arrugas. Le gustaba gorda como una
ballena; era irrelevante que no se
moviese con la gracia de antaño.
Aún no se creía que una mujer de
su calibre se casase con él. Las
diferencias entre ambos resultaban
notables, empezando por el físico. Ella
era mucho más guapa y le sacaba una
cabeza de estatura. Él, pequeño, vivaz,
lleno de energía, contrastaba con la
naturaleza contemplativa de Madison,
que además era más refinada e
intelectual.
Por algo estudié Historia del
Arte, querido, solía decir. Se había
pasado la vida leyendo, visitando
museos, pintando acuarelas y
esculpiendo obras que triunfaban en las
galerías y se vendían como rosquillas
por Internet, a través de la página web
que programó Pamela: qué bueno tener
una hija informática, se enorgullecía
ella.
En cambio él procedía de una
familia modesta que no le dio una
educación adecuada. Se crió en
Bayview-Hunters Point, al sureste de la
ciudad, un barrio marginal con un
elevado índice de delincuencia. Su
universidad fue la calle. Desde muy
joven se acostumbró a ganarse la vida
en un ambiente hostil que puso a prueba
su capacidad de supervivencia.
***
-No han localizado a Emily. Sus
compañeros de trabajo hace días que no
la ven.
-¿Y los amigos?
-Sólo saben que está en el
Yosemite con su novio.
-¿Qué hacen los Rangers?
-Peinar las zonas de acampada.
-¿Se ha distribuido su fotografía?
-Por todas partes. Además
Sandy, la hermana mayor de Amy, ha
hecho un llamamiento por televisión,
dirigido a Emily; le dice que la quiere,
la echa de menos y que por favor se
ponga en contacto con ella.
-Pobre mujer.
-Está destrozada tras la muerte
de su hermana y le aterroriza perder
también a su sobrina. Es lógico.
-¿La oficina del Sheriff siguió
los pasos de Emily?
-Su pista se pierde en el pub de
Berkeley donde fue vista por última vez,
acompañada de su novio.
-¿Qué sabe del novio?
-La oficina del Sheriff averiguó
que se llama Lazarus.
Coleman enarcó las cejas,
sorprendido.
-¿Como el programa
informático?
-Pues sí.
-Sus padres serán descerebrados
programadores.
-Según la oficina del Sheriff no
le gusta que le hagan fotos.
-¿Es condenadamente feo?
En la mayoría de los casos que
les asignaban ella se encargaba de las
investigaciones preliminares. Y se había
apresurado a cumplir sus deberes.
La mirada de Coleman se posó
en la corona que Sabrina había
depositado sobre una estantería. La
gloriosa corona de Miss San Francisco
que conquistó diez años atrás. Una pieza
magnífica de Diamond Nexus Labs, la
empresa que fabricaba las coronas de
Miss Universo desde el año 2009. El
diseño, muy vistoso, resaltaba la
brillante elegancia de las piedras
preciosas.
Al inspector le pareció absurdo
que ella dejase su flamante corona en la
oficina. Aunque cerrasen la puerta con
llave cualquier intruso habilidoso podía
hurtarla. Naturalmente no uno venido de
fuera; las fuertes medidas de seguridad
de la comisaría le impedirían el acceso.
Quizá un empleado de mantenimiento o
del servicio de limpieza.
La testaruda señorita Robinson
no dio su brazo a torcer. La corona se
queda aquí y punto; yo tengo tanto
derecho como usted al espacio
disponible en esta oficina, dijo, tajante.
La detective infravaloraba los
éxitos conseguidos con su espectacular
belleza, poniéndolos a un nivel inferior
que su actividad como policía. Se
presentó a los concursos de belleza
condicionada por una madre presumida

Libro Lazarus Falcon Priest - Fernando Claudín
y un padre hijoputa; buscaban la fama y
el dinero que no consiguieron por sí
mismos.
Sabrina soñaba con ser policía
desde que se batía el cobre con la
chavalería de Tenderloin, uno de los
barrios más peligrosos de San
Francisco; no hacía honor a su nombre:
solomillo.
Junto a la corona había una
fotografía de la coronación. Sabrina en
traje de baño; posaba satisfecha,
luciendo en el pecho la banda
triunfadora. El título, impreso sobre una
resplandeciente tela blanca, estaba
escrito con letras plateadas revestidas
de una fina línea de brillantes. Sus ojos
almendrados denotaban cierta
perplejidad, a juicio de Coleman. ¿La
detective se sentía allí como un burro en
un garaje?
Lo aceptase o no era un típico
bellezón californiano: alta, atlética. Lo
tenía todo: impresionante melena rubia,
figura bien delineada, guapura facial.
¡Era justo que recibiese ese premio!
Claro que al inspector le gustaba
más ahora. Diez años atrás siguió un
régimen muy estricto, vigilada por sus
padres, para no excederse del peso
permitido a la hora del pesaje, y se veía
un tanto raquítica. Al haber ganado
algunos kilos, mostraba un aspecto
mucho más saludable y tenía un tipazo
que cortaba la respiración cuando se
ponía las prendas

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