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Libro PDF Lazos rotos – Kate Hewitt

Lazos rotos - Kate Hewitt

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terminar su doctorado en matemáticas puras. Era una estratagema para dejar de pensar en Antonios o, por lo menos, en el Antonios con el que había pasado la semana
más bonita de su vida. Y, a veces, funcionaba. A veces.
Pero lo había echado terriblemente de menos. Había extrañado al hombre del que se había enamorado, el hombre de Nueva York.
Por desgracia, ahora creía que ni su amor ni su matrimonio eran reales. Estaba absolutamente convencida de ello. Y, sin embargo, añoraba lo que habían tenido durante
esos días maravillosos.
–Sí –dijo al cabo de unos momentos–. Quiero poner fin a nuestro matrimonio.
–Quieres el divorcio –declaró él, para disipar cualquier duda.
–En efecto.
–En ese caso, tendrás que hacer lo que te ordeno.
–¿Ah, sí? ¿Por qué?
–Porque la ley griega solo permite el divorcio si las dos partes están de acuerdo –contestó.
Lindsay lo miró con sorpresa.
–Eso no puede ser… Seguro que hay excepciones a la norma, circunstancias que permitan el divorcio sin acuerdo previo…
–Oh, sí, claro que hay excepciones. De hecho, hay dos… El adulterio y el abandono. Pero ni soy un adúltero ni te he abandonado, así que no viene al caso –afirmó–.
Por lo menos, en lo tocante a mí.
Lindsay se estremeció.
–¿Por qué quieres que vuelva a Grecia, Antonios?
–Tranquilízate. No pretendo que vuelvas conmigo –dijo con dureza–. Yo tampoco quiero que sigamos casados.
–Entonces, ¿por qué…?
–Como tal vez recuerdes, mi madre te aprecia mucho. No sabe por qué te marchaste y, sinceramente, no le he dicho nada sobre el estado actual de nuestra relación.
Lindsay se sintió culpable. Daphne Marakaios había sido muy buena con ella durante su estancia en Grecia, pero el afecto de la madre de Antonios no era motivo
suficiente para que permaneciera allí.
–¿Por qué no se lo has dicho? Ya han pasado seis meses. No lo puedes mantener eternamente en secreto.
–¿Por qué no se lo dijiste tú? –replicó Antonios. Ah, lo había olvidado… No se lo dijiste porque eres una cobarde. Huiste de nuestra casa y de nuestra cama sin
molestarte siquiera en explicar por qué querías romper nuestro matrimonio.
Lindsay respiró hondo y consideró la posibilidad de decirle que había intentado hablar muchas veces con él. Pero la desestimó. Ya no tenía sentido.
–Comprendo que estés enojado…
–No estoy enojado, Lindsay. Para estarlo, me tendría que importar. Y dejó de importarme cuando me enviaste ese mensaje de correo electrónico… Cuando te llamé
para saber lo que había pasado y te limitaste a decir que ya no querías estar conmigo. Cuando me demostraste que ni yo ni nuestro matrimonio significaban nada para ti.
–Es curioso que digas eso, porque no parecía que nuestro matrimonio te importara mucho cuando estuve en Grecia –dijo, incapaz de refrenarse.
Antonios la miró con incredulidad.
–¿Me estás culpando a mí?
–¿Yo? ¿A ti? No, por supuesto que no. Tú no tienes ninguna responsabilidad.
Él entrecerró los ojos, como si no supiera si lo había dicho en serio o con sorna. Sin embargo, lo pasó por alto y declaró:
–No me importas ni tú ni tus motivos. Pero a mi madre le importa y, como ha estado enferma, preferí no decirle nada.
–¿Enferma?
–Sí. Vuelve a tener cáncer –le informó–. Recibió los resultados de las pruebas un mes después de que te marcharas.
Lindsay se quedó atónita. Sabía que había tenido cáncer de mama, pero pensaba que lo había superado.
–Lo siento mucho, Antonios… ¿Es tratable?
Él se encogió de hombros.
–Por lo visto, no se puede hacer gran cosa.
Lindsay se quedó muy preocupada. Pensó en Daphne, aquella mujer de cabello blanco y voz dulce que trataba a todo el mundo con amabilidad. Y pensó en Antonios,
que siempre la había adorado.
En aquel momento, se arrepintió de haberse ido y de haberlo dejado a solas con su dolor. Pero, por otra parte, ¿qué podría haber hecho? Era tan infeliz en Grecia que
no habría sido de gran ayuda. Y la idea de volver le aterrorizaba.
–Antonios… –empezó a decir–. Siento mucho lo de tu madre. Lo siento sinceramente. Pero no puedo volver a tu país.
–Puedes y lo harás –bramó–. Si quieres el divorcio, claro.
Ella sacudió la cabeza.
–Entonces, no me divorciaré.
–Si no nos divorciamos, seguirás siendo mi esposa y seguirás ligada a mí –le recordó, alzando la voz–. Pero tú sabrás lo que haces.
–¿Y de qué serviría que vaya? Se llevaría un gran disgusto si me presento y le digo que estamos separados…
Antonios la miró con intensidad.
–Pero no se lo vas a decir.
–¿Cómo?
–Los médicos dicen que solo le quedan unos cuantos meses de vida. Y no se los pienso amargar con los problemas de nuestro matrimonio –dijo–. Solo te pido que,
durante unos cuantos días, finjas que seguimos felizmente casados.
–¿Quieres que finja? –preguntó, desconcertada.
Él sonrió sin humor alguno.
–Te resultará fácil, Lindsay. Eres una actriz excelente. Me lo demostraste cuando fingiste que estabas enamorada de mí.
Antonios miró la bella tez pálida de su esposa y sintió lástima de ella. Parecía completamente horrorizada ante la perspectiva de regresar a Grecia y hacerse pasar por
una mujer feliz.
Pero no iban a retomar su matrimonio. Antonios no tenía intención de invitarla otra vez a su cama. No después de que lo hubiera abandonado del modo más cobarde
posible y sin darle ninguna explicación.
Solo iba a ser una farsa, una mentira piadosa para contentar a su madre. Y, pasados unos días, ella se volvería a marchar y él no la volvería a ver.
Era lo que ambos deseaban.
–¿Unos cuantos días? –dijo ella con inseguridad–. ¿Nada más?
–Nada más –contestó–. Pero es importante que vuelvas de inmediato, porque la semana que viene es el santo de mi madre.
–¿El santo?
–En Grecia celebramos más los santos que los cumpleaños –le explicó–. Y, como las circunstancias son tan difíciles, mi familia quiere celebrarlo a lo grande.
A Antonios se le encogió el corazón. No imaginaba Villa Marakaios sin Daphne. Ya había sufrido bastante con la muerte de su padre, Evangelos, el hombre que había
levantado un imperio de la nada y que, para bien o para mal, había sido el alma de la empresa. Y, si su madre fallecía, se le partiría el corazón.
Pero Antonios pensó que ya se lo habían partido. Lindsay se lo había destrozado cuando lo abandonó. Creía que estaba enamorada de él. Creía que serían muy
felices. Y, aparentemente, todo era mentira.
–Haremos una fiesta –continuó–. Asistirán la familia, los amigos y todos los vecinos… Y tú también tienes que estar. Pero te podrás ir después si lo deseas. Le diré a
mi madre que tienes que volver a Nueva York por lo de tu doctorado en matemáticas.
–¿Quieres que asista a la fiesta? –preguntó ella, más pálida que antes–. No, por favor… No me hagas eso.
Él se enfureció.
–¿Qué te he hecho para que me trates de ese modo? ¿Qué he hecho para que desprecies a mi familia? Te dimos la bienvenida a nuestro hogar, te abrimos nuestra casa
y te dejamos entrar en nuestras vidas.
–Yo…
–Mi madre te adora, Lindsay –declaró, haciendo un esfuerzo por mantener la compostura–. Te trató como si fueras su propia hija. ¿Y así se lo pagas?
Los ojos de Lindsay se humedecieron. Estaba al borde de las lágrimas, y Antonios estuvo a punto de apiadarse de ella. Pero solo a punto.
–No le deseo ningún mal a tu madre –dijo en voz baja–. Le estoy muy agradecida. Siempre fue muy amable conmigo.
–Pues tienes una forma extraña de demostrarlo.
Lindsay lo miró con rabia, y Antonios se preguntó por qué estaba tan enfadada con él. A fin de cuentas, ella era quien había roto su matrimonio.
–Puede que sí, pero no puedo regresar a Grecia.
–¿Por qué? ¿Es que tienes un amante en Nueva York?
Ella se quedó boquiabierta.
–¿Un amante?
Antonios se encogió de hombros como si no le importara en absoluto, aunque la idea de que estuviera con otro hombre le dolía tanto que habría sido capaz de
empezar a pegar puñetazos a la pared.
–Sí, eso es lo que he dicho. No se me ocurre otro motivo para que me abandonaras de repente y te marcharas del país.
Lindsay sacudió la cabeza.
–Te equivocas, Antonios. No tengo ningún amante.
Él respiró hondo.
–Entonces, nada impide que vuelvas a Grecia.
–Pero el doctorado…
–¿No puede esperar una semana? –dijo con impaciencia.
Antonios se preguntó cómo era posible que fuera tan egoísta y cruel. Incluso en ese momento, cuando ya habían transcurrido seis meses desde su traición, seguía sin
entender que lo hubiera engañado con tanta facilidad. Se habían casado de forma impulsiva y temeraria, tras siete días de pasión; pero, a pesar de todo, había estado tan
seguro de que Lindsay lo amaba como de que él la amaba a ella.
Y no era verdad.
–Solo será una semana –insistió–. Una simple semana, y te aseguro que no me volverás a ver… No me digas que eso no te satisface.
Ella apartó la mirada.
–No, no me satisface.
Él frunció el ceño.
–No te entiendo, Lindsay.
Lindsay suspiró.
–Lo sé. No me has entendido nunca.
–¿Y la culpa la tengo yo?
Ella sacudió la cabeza.
–Es tarde para hablar de responsabilidades, Antonios. Las cosas son como son, y no hay que darles más vueltas. Nuestro matrimonio fue un error, como te dije en su
día. –Pero aún no me has dicho por qué.
–Ni tú me lo has preguntado.
–¿Cómo que no? Te lo pregunté cuando hablamos por teléfono.
–No, eso no es verdad. Me preguntaste si estaba hablando en serio, te dije que sí y me colgaste el teléfono.
Antonios apretó tantos los dientes que le dolieron.
–Fuiste tú quien se marchó, Lindsay.
–Lo sé.
–Pero ahora insinúas que nuestro matrimonio fracasó porque no hice las preguntas correctas cuando mantuvimos aquella conversación telefónica –replicó él–. Por
Dios, Lindsay… ¿Me has tomado por tonto?
–Yo no estoy insinuando nada, Antonios. Me he limitado a constatar un hecho.
–Pues permíteme que te recuerde yo otro… No me interesan tus explicaciones. También es tarde para eso –afirmó–. Solo quiero una cosa de ti, que me acompañes a
Atenas en el vuelo de esta noche. Pero hay que irse enseguida, o lo perderemos.
–Yo no he dicho que vaya a acompañarte…
–¿Quieres el divorcio? ¿O no?
Los ojos grises de Lindsay se clavaron en él.
–Está bien, iré contigo. Pero no creas ni por un momento que voy porque cedo a tu chantaje. No te acompañaré porque quiera el divorcio, sino porque quiero hablar
con tu madre y explicarle que…
–Ni se te ocurra –la interrumpió–. ¿Es que te has vuelto loca? Se llevaría un disgusto, y eso es lo último que necesita.
–¿Y cuándo le vas a decir la verdad?
–Nunca. Mi madre está al borde de la muerte, Lindsay.
–Lo sé, pero eso no justifica que la engañemos.
–Vaya, ¿desde cuándo te importan esas cosas? –dijo él con ironía–. Tú sabes más que nadie de engaños.
–Yo no te he engañado nunca, Antonios. Es verdad que estuve enamorada de ti. Te amé con toda mi alma durante aquella semana, en Nueva York.
Antonios se sintió como si le hubieran atravesado el corazón con un puñal. Se sintió como si estuviera a punto de sufrir un infarto, a punto de terminar como su
padre, que había fallecido cuando solo tenía cincuenta y nueve años.
–¿Y qué pasó luego? ¿Me dejaste de amar de repente? ¿Así como así?
Lindsay abrió la boca para decir algo, pero él siguió hablando.
–No hace falta que contestes. Ya no importa –dijo–. Vuelve a Grecia por el motivo que sea, pero necesito que estés preparada antes de una hora.
Ella lo miró un momento y asintió.
–De acuerdo.
Antonios apretó los puños y se quedó en silencio mientras ella recogía sus pertenencias. Luego, Lindsay dio media vuelta y, sin decirle una palabra ni dedicarle una
mirada, pasó junto a él y salió de la habitación.
Capítulo 2
El sol se estaba poniendo cuando ella cruzó el campus. Antonios la seguía, e iba a tan poca distancia que parecía su sombra. Pero, a diferencia de otras ocasiones,
Lindsay no prestó ninguna atención a los bellos edificios de ladrillo de la Universidad, una de las más bonitas del Noreste de los Estados Unidos.
Estaba preocupada con el viaje a Grecia. Y era muy consciente del enfado y el desprecio de su marido.
No podía negar que se lo merecía. A fin de cuentas, se había ido de la peor forma posible. Pero Antonios no tenía idea de lo mal que lo había pasado en su país. Y ella
se había resistido a contárselo porque, a pesar de que necesitaba su comprensión, tenía miedo de que él llegara a ver demasiado y a saber demasiado.
Mientras caminaba, Lindsay se intentó tranquilizar con el argumento de que su matrimonio había estado condenado desde el principio, salvedad hecha de aquella
semana mágica en Nueva York. El propio Antonios había dicho que ya no era momento de explicaciones. Y quizá fuera lo mejor, porque Lindsay sabía que, por mucho
que se empeñara, no la podría entender.
Nunca la había entendido. Ni había hecho el menor esfuerzo por entenderla.
–¿Dónde vives? –preguntó Antonios al cabo de unos minutos.
Unos cuantos estudiantes disfrutaban del débil sol de octubre en los jardines del campus. El otoño acababa de llegar a Nueva York. Las hojas de los árboles se estaban
empezando a poner rojizas, y la brisa era bastante fresca; pero el verano había sido tan largo y caluroso que todo el mundo se alegraba.
–Al otro lado de la calle –respondió.
Ella se dirigió hacia un grupo de casas de colores brillantes, con porches delanteros en los que había mecedoras y sillas de madera. Lindsay había pasado mucho
tiempo en uno de esos porches, contemplando un mundo del que siempre había sido una simple espectadora. Hasta que conoció a Antonios.
Él la había despertado. La había sacado de su letargo y le había enseñado la pasión y la alegría de vivir. Debería haberse dado cuenta de que aquellos días tan
maravillosos no podían durar.
Antonios esperó pacientemente mientras ella buscaba las llaves de la casa, con manos temblorosas. Estaba muy alterada. Y no solo por su presencia, sino también
por la perspectiva de volver a Grecia, de ver otra vez a su familia y de fingirse una esposa feliz delante de todos, en fiestas, cenas y celebraciones.
–Deja que te ayude.
Para sorpresa de Lindsay, la voz de Antonios casi sonó cálida. Le quitó la llave de la mano, la introdujo en la cerradura y abrió con facilidad.
–Gracias…
Lindsay entró en la que había sido la casa de su padre. Y le pareció extraño que Antonios estuviera allí, en el territorio de su antigua vida, en la única vida que había
conocido hasta que él apareció.
Encendió la luz y notó que él fruncía el ceño al ver el estrecho pasillo, que parecía más estrecho por las estanterías de las paredes. Había libros por todas partes, hasta
en el suelo. Lindsay estaba tan acostumbrada a ello que le parecía normal, pero se sintió algo incómoda por la reacción de Antonios.
Sin embargo, estaban en su hogar. Estaban en el sitio donde su padre y ella habían sido felices o, por lo menos, tan felices como podían serlo. Y no se iba a disculpar
por el desorden.
–Subiré a hacer el equipaje –anunció.
–¿Necesitas que te ayude?
Ella se giró hacia Antonios, sorprendida por el ofrecimiento. Aunque no estaba segura de que lo fuera. Su expresión y su voz eran tan neutras que no podía saber si
intentaba ser amable o, simplemente, condescendiente.
–No, no hace falta.
Él arqueó una ceja.
–¿Te encuentras bien, Lindsay? Las manos te temblaban tanto hace un momento que ni siquiera podías abrir la puerta.
Lindsay se ruborizó.
–¿Y te parece extraño? –replicó–. Cualquiera se pondría nervioso al estar con una persona tan enfadada como tú.
–¿Crees que no tengo motivos para estar enfadado?
Ella cerró los ojos brevemente.
–No quiero discutir contigo. Los dos sabemos que no serviría de nada. Era una simple…
–¿Constatación? –ironizó él–. Sí, por supuesto… No sabes cuánto lamento que esta experiencia sea tan difícil para ti.
Lindsay sacudió la cabeza.
–Por favor, ahorrémonos las burlas sin sentido. Quieres que vaya a Grecia y voy a ir. ¿No es suficiente?
Antonios dio un paso hacia ella.
–No, Lindsay, no es suficiente en modo alguno. Pero, teniendo en cuenta que es todo lo que te he pedido y todo lo que me puedes dar, me contentaré con ello.
Él la miró fijamente durante un largo y tenso momento. Lindsay oía los latidos de su propio corazón, y se sentía atrapada en aquellos ojos marrones, llenos de furia.
Pero, por debajo de su enfado, notaba el recuerdo de lo que habían vivido cuando las cosas iban bien, cuando Antonios la tomaba entre sus brazos y le hacía el amor.
Cuando estaban enamorados.
Él apartó la mirada y ella desapareció escaleras arriba.
Al llegar a su dormitorio, sacó una maleta del armario e intentó tranquilizarse. Al fin y al cabo, no tenía más opción que volver a Grecia. Estaba en deuda con Daphne.
Durante un tiempo, la madre de Antonios se había convertido en la madre que ella no había tenido nunca, porque la suya la había abandonado cuando solo era una niña.
La amabilidad de aquella mujer había sido como encontrar un vaso de agua en mitad de un desierto. Desgraciadamente, Lindsay había necesitado bastante más que un
vaso. Había necesitado el oasis de apoyo, comprensión, atención y cariño de su esposo.
–¿Lindsay?
Al oír su voz, se estremeció. Antonios apareció unos segundos después en la entrada del dormitorio, tan alto e imponente como de costumbre.
–Tenemos que irnos –continuó él.
–Intentaré darme prisa.
Ella empezó a meter ropa en la maleta, consciente de que no tenía nada adecuado para el tipo de actos sociales a los que debería asistir. Antonios era un empresario
muy importante, y su calendario estaba lleno de compromisos.
Lindsay había tenido ocasión de comprobarlo durante su estancia en Grecia. Ser su esposa implicaba organizar cenas, charlar con todo el mundo, comportarse como la
mejor de las anfitrionas y estar siempre a su lado, salvo cuando Antonios se iba de viaje y no volvía hasta al cabo de varias semanas. Entonces, el mundo de Lindsay se
reducía a la soledad y al dolor de sentirse ignorada.
Pero, fuera como fuera, no lo había llevado bien. Sencillamente, no estaba preparada para ese papel.
Y ahora, tendría que interpretarlo de nuevo en circunstancias bastante más difíciles. Llevaba mucho tiempo lejos de Grecia, y era evidente que la familia de Antonios
la miraría con desconfianza.
Respiró hondo e intentó concentrarse en el presente. Ya se enfrentaría a ese problema cuando se presentara.
–Dejaste mucha ropa en casa –dijo él–. No hace falta que lleves demasiada.
Lindsay miró dentro del armario y admiró las preciosas prendas que Antonios le había regalado en Nueva York, antes de que la llevara a Grecia. Casi las había
olvidado y, al verlas de nuevo, colgadas allí como si no hubiera pasado ni un día desde entonces, se sintió enferma.
–Tienes razón. Iré a por mis cosas de aseo.
Ella dio media vuelta para dirigirse al cuarto de baño, que estaba en el pasillo. Pero Antonios seguía en la entrada, y era tan grande que, cuando pasó a su lado, lo rozó
con los senos sin querer. Durante un segundo, añoró la sensación de estar entre sus brazos, envuelta en el calor de su cuerpo. Añoró la seguridad de sentirse querida y
deseada.
Pero ya no era posible.
Lindsay entró en el cuarto de baño y cerró la puerta, nerviosa. Diez minutos después, salieron de la casa y se dirigieron al aparcamiento donde estaba el coche
alquilado de Antonios. Ella dejó el equipaje en el maletero y se sentó en el asiento del copiloto. Se sentía increíble e insoportablemente cansada.
–¿Tienes que avisar a alguien? –preguntó él–. ¿Necesitas que alguien sepa que te vas?
Ella lo miró y sacudió la cabeza. El doctorado podía esperar y, en cuanto a su antiguo trabajo de profesora adjunta, lo había dejado el verano anterior, tras el
fallecimiento de su padre. Solo habían pasado nueve meses desde entonces, pero lo recordaba como si hubiera pasado toda una vida.
–No –dijo.
–¿No hay nadie que se pueda preocupar por ti? ¿Nadie que se pregunte dónde te has metido? –preguntó, extrañado.
–Sí, unos cuantos amigos. Pero les enviaré un mensaje de correo electrónico –contestó–. Lo entenderán.
–¿Les has hablado de mí?
–Por supuesto que les he hablado de ti. Tenían que saber por qué dejé mi trabajo y me fui a Grecia de repente.
Él apretó las manos sobre el volante, tenso.
–Nadie te obligó a tomar esa decisión, Lindsay.
–Lo sé.
–Dijiste que no había nada que te importara en Nueva York.
–Y eso creía…
Antonios arrancó y guardó silencio. Lindsay se giró hacia la ventanilla e intentó prepararse para toda una semana de tensión, llena de conversaciones tan difíciles y
subrepticiamente hostiles como la que acababan de mantener. Iba a ser muy complicado. Tendría que convencer a Daphne y a su familia de que el suyo era un
matrimonio feliz.
El viaje a Nueva York duró tres horas, y ni siquiera se dirigieron la palabra. Al llegar al aeropuerto, Antonios devolvió el coche alquilado, sacó el equipaje y, tras
pasar con ella el control de pasaportes, la llevó a una sala reservada para los viajeros de primera clase.
A Lindsay le pareció una situación ridícula. Se dedicaron a tomar canapés y beber champán como si estuvieran de luna de miel. Como si estuvieran enamorados.
Al cabo de unos momentos, se giró hacia Antonios y lo miró. Estaba tan serio que sintió la extraña necesidad de decir algo gracioso, para arrancarle una sonrisa. A
decir verdad, ya no sabía lo que sentía por él. Bajo su tristeza y su enfado seguía latiendo el recuerdo de aquellos días en Nueva York.
Unos días que no volverían. Unos días que tendría que emular cuando llegaran a Grecia.
–¿Lo sabe alguien? –preguntó ella.
–¿A qué te refieres?
–A lo nuestro… a que estamos separados.
–No estamos legalmente separados. Pero no, nadie lo sabe.
–¿Ni siquiera tus hermanas?
Lindsay pensó en la mandona Parthenope, con marido y un hijo; en la gregaria Xanthe, siempre de fiesta en fiesta y, por último, en Ava, que tenía su misma edad y
que, sin embargo, no podía ser más distinta a ella.
Había hecho lo posible por llevarse bien con las tres mujeres, pero eran muy posesivas con su hermano y desconfiaban de la extranjera que había aparecido de
repente. Además, su llegada las empujó a un papel subalterno, porque Lindsay empezó a ejercer el trabajo de anfitriona que, hasta entonces, les había correspondido. Y,
aunque Antonios no se diera cuenta, ellas eran muy conscientes de que no estaba a la altura de la responsabilidad.
–¿Tanto te molesta la idea de volver a ver a mi familia? –preguntó él.
Ella se puso tensa.
–No, claro que no.
–Pues es extraño, porque te has quedado pálida de repente. Cualquiera diría que estás a punto de vomitar.
Ella respiró hondo.
–Descuida, no voy a vomitar. Aunque es cierto que la perspectiva de ver a tus hermanas me pone nerviosa.
–¿Por qué? Intentaron que te sintieras como en casa.
–Solo porque tú se lo ordenaste.
Él arqueó una ceja.
–¿Y eso importa?
Lindsay estuvo a punto de decir que importaba mucho, pero los habría llevado a una discusión absurda.
–No creo que estuvieran precisamente contentas cuando te presentaste con una desconocida a la que habías tomado por esposa –declaró–. Habrían preferido que te
casaras con alguien de tu clase social.
–Sí, es posible. Pero te aceptaron de todas formas, porque sabían que estaba enamorado de ti –afirmó.
Lindsay guardó silencio. Obviamente, Antonios no sabía que sus hermanas se habían portado mal con ella. No había visto sus miradas de desprecio ni había oído sus
malévolas insinuaciones. Pero ¿qué podía hacer? ¿Explicárselo ahora, después de tanto tiempo? Ni siquiera la habría creído.
–¿No vas a decir nada?
–No –respondió.
Él apretó los labios y se giró hacia el ventanal que daba a la pista de aterrizaje, con expresión sombría. A Lindsay se le encogió el corazón, pero intentó convencerse
de que no debía sentirse culpable. Se habían casado de forma impulsiva, sin conocerse de verdad. Y tres meses de vida en común no era tiempo suficiente para que la
pasión inicial desembocara en un amor verdadero.
Lindsay era matemática. Creía en la razón, en los hechos, en la lógica. Y el amor a primera vista no tenía sitio en su mundo. Los números podían ser asombrosamente
románticos y misteriosos, pero ni ella ni él eran números y, por mucho que su corazón se hubiera empeñado en creer que su relación era posible, su mente le decía otra
cosa.
–Puede que nunca me amaras, Antonios –dijo de repente.
–¿Por eso te fuiste? ¿Porque pensabas que no estaba enamorado de ti? –preguntó con incredulidad.
–Intento explicarte cómo me sentía… Sé que ya no te interesa, pero lo intento de todas formas –dijo.
Él se cruzó de brazos.
–¿Creías que no te amaba?
Lindsay se encogió de hombros.
–No tuvimos tiempo suficiente. Nos casamos al cabo de una semana, sin conocernos siquiera…
–Estuvimos tres meses juntos –le recordó.
–Sí, ya lo sé, pero solo pasó una semana antes de que nos casáramos –puntualizó ella–. Una semana tan preciosa como fuera de la realidad.
–¿Y qué? Es verdad que fue muy poco tiempo, pero yo creía conocerte… Aunque es posible que estuviera en un error. A fin de cuentas, la mujer de quien me
enamoré no me habría abandonado como me abandonaste tú.
–Entonces, es que no me conoces.
Antonios entrecerró los ojos y la miró con desconfianza.
–¿Me estás ocultando algo, Lindsay?
–Yo…
Ella consideró la posibilidad de contárselo todo, de sincerarse. Pero, ¿habría servido de algo? Su matrimonio había terminado. Lo había roto ella misma al marcharse de
Grecia sin darle una explicación.
En cualquier caso, Lindsay no tuvo ocasión de decírselo. Antes de que encontrara el valor necesario, él le volvió a negar su mirada.
–Olvídalo –dijo–. No me importa.
Lindsay se recostó en el asiento. Se sentía aliviada y decepcionada a la vez. Pero se dijo que era mejor así.
Cuando subieron al avión, Antonios se sentó con la copa de champán que le habían servido, y que ni siquiera había probado. Su mente estaba llena de preguntas que
no se atrevía a formular, porque las respuestas carecían de importancia a esas alturas. Fueran cuales fueran las razones de Lindsay, su relación había terminado cuando le
envió aquel escueto mensaje de correo electrónico:
Querido Antonios:
Lo siento mucho, pero no puedo volver a Grecia. Nuestro matrimonio ha sido un error.
Lindsay.
La primera vez que lo leyó, pensó que era una broma. Su mente era sencillamente incapaz de procesar lo que le estaba diciendo. Era demasiado absurdo. Solo habían
pasado cuarenta y ocho horas desde la última vez que habían hecho el amor; cuarenta y ocho horas desde que ella lo había besado con tanta pasión como ternura antes
de salir del dormitorio.
¿Cómo iba a imaginar que se había ido para no volver?
Antonios no había podido creerlo, así que había buscado explicaciones de lo más alocadas. Hasta sopesó la posibilidad de que el mensaje lo hubiera escrito otra
persona. Quizá, un familiar desesperado o un hombre que deseaba a Lindsay y quería acabar con la competencia. Pero la realidad era muy diferente, como supo aquel
mismo día, cuando ella lo llamó y le repitió las palabras que había escrito.
Lindsay había dicho la verdad al afirmar que le había colgado el teléfono. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se negaba a darle explicaciones. Se limitaba a repetir que lo suyo
había terminado y que su matrimonio había sido un error.
Su incredulidad se transformó entonces en una ira profunda que no había sentido jamás, ni siquiera cuando se enteró de la traición de su padre. Estaba enamorado de
ella. La había llevado a su casa, le había presentado a su familia y la había cubierto de joyas y ropa cara. Le había ofrecido su lealtad y su compromiso. Le había
dedicado toda su devoción y, a cambio, ella le decía que su matrimonio era un error.
Aquello fue demasiado para él. La preciosa mujer de pelo rubio platino, la maravilla de ojos grises y piel clara que lo había hechizado en Nueva York lo había
abandonado sin más, y de la manera más cruel.
–Dime una cosa, Lindsay… Cuando te fuiste aquella mañana, ¿ya sabías que me ibas a abandonar? –le preguntó.
Ella ni siquiera lo miró a los ojos.
–¿Eso importa?
–A mí me importa.
Lindsay suspiró.
–Sí, lo sabía.
Antonios se sintió como si le hubieran pegado un puñetazo en la boca del estómago.
–Entonces, me mentiste…
–Yo no te mentí –dijo con tristeza–. No dije que tuviera intención de volver.
–Ni me dijiste que tuvieras intención de marcharte. Es más, te comportaste como si no pasara nada en absoluto, como si siguieras enamorada de mí –declaró con
vehemencia–. ¿Por qué, Lindsay?
Ella no dijo nada.
–¿Por qué? –repitió–. ¿Por qué no me dijiste que te ibas a ir? ¿Por qué no me dijiste que no eras feliz conmigo?
–Intenté decírtelo, pero no me escuchabas. Nunca me escuchabas.
–¿De qué estás hablando? –preguntó, perplejo–. Nunca insinuaste que hubiera el menor problema…
Ella sacudió la cabeza.
–No quiero hablar de ello, Antonios. No tiene sentido –afirmó–. Pero, si necesitas una explicación, te la daré… Me fui porque no estaba enamorada de ti. A decir
verdad, nunca lo estuve.
Antonios parpadeó, atónito.
–Entonces, ¿por qué te casaste conmigo?
–Porque pensé que te amaba. Porque me convencí de que lo nuestro era real.
Esa vez fue él quien guardó silencio.
–Yo estaba en una situación muy particular –continuó ella–. Mi padre acababa de morir unas semanas antes. Me fui a Nueva York porque necesitaba huir del dolor y
del sentimiento de soledad… Vagué por la ciudad como un alma en pena y, justo entonces, te acercaste a mí y me dijiste que te habías perdido. Cuando te miré a los
ojos, tuve una sensación increíble… fue como si estuvieras mirando una parte de mí misma que yo desconocía hasta entonces.
–Pero aquello fue real –dijo él con voz ronca.
–No, no lo fue, Antonios. Fue un cuento de hadas, un hechizo invernal. Siete días de vino y rosas, bailando hasta la madrugada y haciendo el amor en hoteles caros.
Siete días tan mágicos como maravillosos. Pero no fue real.
–Claro que lo fue.
–No. La realidad empezó después, cuando nos fuimos a Grecia y descubrí la vida que llevas. Yo me ahogaba un poco más cada día, y tú ni siquiera te dabas cuenta.
Ella se mordió el labio y se giró hacia la ventanilla del avión, intentando controlar sus emociones. En cuanto a Antonios, se encontraba en una situación similar; su
enfado anterior se había convertido en una mezcla de confusión e inseguridad, como si un golpe terrible acabara de destruir todo lo que hasta entonces le parecían
certezas.
–Lindsay… –Antonios le puso una mano en el hombro–. No lo entiendo.
Ella soltó una risa ahogada.
–Lo sé, Antonios. Nunca me has entendido. Pero ya es tarde para los dos –dijo–. Lo sabes tan bien como yo, así que no tiene sentido que sigamos hablando.
En ese momento apareció una azafata que se llevó sus copas de champán y les indicó que se pusieran los cinturones, porque faltaba poco para el despegue. Lindsay
aprovechó la interrupción para apartar la mano de Antonios y secarse las lágrimas que se habían empezado a formar

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