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Legendario Casandra 1– Leo Williams

Legendario (Casandra 1) – Leo Williams

Legendario Casandra 1 – Leo Williams

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eyendas, tan lleno de rencores como
naufragios, tan hermoso como peligroso.
Me habría gustado ser el mar, tal vez
convertirme en la amante eterna de
Poseidón o en la pura agua, siempre tan
poderosa e indomable. Pero ese no fue
mi destino. ¿Quién puede arrepentirse de
ser cruel cuando ya es cruel? No nací
para traer felicidad, nací únicamente
para castigar.
Fue aquel hombre, aquel que resultó
ser más astuto que yo, aquel que huyó a
través del mar antes de recibir la caricia
de la muerte, aquel que intentó
convertirse en alguien legendario a mi
costa… pero yo no olvido. Él se
transformó en la desgracia de las
desgracias, en el tormento de quien fue
escogido para atormentar… hasta ahora.
Ha llegado el momento de mi
venganza.

Rastro de plumas
El graznido de las gaviotas que
sobrevolaban el barco despertó a
Zephyr Reaver. Alzó con el dedo índice
el ala del sombrero de paja que le
cubría el rostro y vislumbró el cielo
despejado de un color azul intenso.

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El
murmullo de las olas del mar y el olor a
sal le habían adormecido lo suficiente
como para perder la noción del tiempo.
Hacía muchos días que Zephyr no
lograba conciliar el sueño, casi había
olvidado la sensación tan reconfortante
que le producía el descanso.
Se desperezó lentamente y se levantó
del diván inspirando con fuerza.
Pensó que, tal vez, los días anteriores
no habían sido más que una fantasía de
su imaginación, pero recordaba
perfectamente donde se encontraba y
como había llegado hasta aquel barco.
Había alquilado una embarcación
pequeña lo suficientemente preparada
como para cruzar el Mar Mediterráneo.
El viaje estaba siendo cómodo, el
tiempo permanecía en calma y el
aislamiento en el mar calmaba el
espíritu inquieto de Zephyr. No le había
resultado sencillo encontrar a alguien
dispuesto a llevarle hasta su lugar de
destino, por alguna razón que él
desconocía, la isla a la que se dirigía no
tenía buena fama en los puertos que iban
de la costa dorada hasta la costa brava.
Después de algún tiempo fue cuando
logró convencer al capitán Dorcas para
que aceptara el trabajo.
Después de varios minutos paseando
por la cubierta, Zephyr decidió ir en
busca del oficial que se encontraba en la
cabina de mando. El barco, a pesar de
no ser tan grande como otros navíos,
contaba con todos los lujos que se
podían desear para un viaje. El
reluciente blanco con el que había sido
pintado su superestructura y la madera
lustrosa que recubría el suelo, eran un
simple indicio del coste que debía tener
la embarcación. Reaver era un hombre
joven que a sus veintiocho años había
adquirido conocimiento en muchos
campos y aunque entre ellos no se
encontraban los de ingeniería naval,
sabía reconocer la calidad con una
simple mirada.
Zephyr ascendió los últimos peldaños
de las escaleras que conducían a la
tercera planta. Golpeó la puerta de la
cabina un par de veces para anunciar su
presencia, pero al no obtener respuesta
se decidió a entrar sin esperar una
invitación. Se encontró con el capitán
Dorcas sentado de espaldas a él en su
mullido asiento, concentrado en los
paneles de navegación aparentemente
ajeno a cualquier otra cosa.
—¿Falta mucho para llegar, capitán?
—le preguntó.
—Algo más de una hora —le
respondió el oficial sin muestras de
sobresalto—. Aún no me ha quedado
claro por qué quieres ir a ese condenado
lugar.
Reaver se quedó en silencio. Avanzó
varios pasos hasta ponerse a la altura de
Dorcas y se metió las manos en los
bolsillos de los tejanos.
—¿Eso es a lo que lleva tanto rato
dándole vueltas? Desde que hablamos
por primera vez, me ha dejado claro su
aversión por el Archipiélago Casandra
—reanudó la conversación Zephyr—.
No fue sencillo convencerle, ninguna
embarcación quiere ir en esa dirección.
—Marineros inteligentes —masculló
el oficial con aspereza.
—Dígame, capitán. ¿A qué se debe
que le haya cogido tanta ojeriza a un
conjunto de islas? ¿Qué tienen de malo?
—Hijo, se nota que te gusta preguntar.
¿Es que nunca has oído hablar del
Archipiélago Casandra?
—No demasiado —respondió sin
darle importancia.
Sin duda, alguien como Zephyr sabía
perfectamente al lugar al que se dirigía,
pero hacer averiguaciones formaba parte
de su trabajo, le habían enseñado a
descubrir todo aquello que las personas
trataban de ocultar. Para él, la verdad
era un simple negocio. Por otro lado,
ese no parecía ser el caso del capitán,
un hombre de unos cincuenta años de
edad que acostumbraba a tener el ceño
fruncido y lucía unas incipientes canas
en el bigote y en el cabello que llevaba
cubierto por un sombrero azul a juego
con su uniforme.
—¿Sabes? Ese no es un buen lugar
para ir de vacaciones —le desaconsejó.
Desde que Zephyr había entrado en la
cabina, Dorcas no le había mirado ni
una sola vez, pero Reaver se dio cuenta
de que el oficial cada vez apretaba más
los puños—. Las llaman “las islas de la
época perdida”, cuando los griegos eran
los reyes de la tierra y el mar. Es cierto
que muchos turistas se acercan por la
zona debido a las leyendas, con tanta
historia de fantasía la gente acude como
moscas, pero yo de ti no me acercaría
mucho a esos arrecifes.
—¿Y cuál se supone que es el
peligro?
Dorcas profirió un profundo suspiro
antes de contestar.
—Era todavía más joven que tú
cuando mi padre me llevó a ese lugar —
comenzó a relatar con la voz propia de
un hombre curtido—. No era una época
fácil, apenas se ganaba el dinero
suficiente para sobrevivir. El comercio
con las islas generaba bastantes
beneficios y aunque era un viaje largo
no se podía prescindir de él, al menos
para los que eran capaces de orientarse
en la neblina sin perder el rumbo.
—Como bien acaba de decir, ha
pasado bastante tiempo desde entonces.
No creo que un poco de niebla suponga
un problema hoy en día.
—No se trata de la niebla, el
problema está en que siguen ocurriendo
cosas extrañas en esas islas, sigue
desapareciendo gente.
Zephyr no tuvo nada que añadir o
preguntar sobre la declaración del
capitán. El silencio volvió a apoderarse
de la cabina y ninguno de sus dos
ocupantes pareció dispuesto a
interrumpirlo. Reaver se apoyó de
espaldas en una de las

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