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Less Cruel Amor 4 – Flor M. Urdaneta

Less Cruel Amor 4 – Flor M. Urdaneta

Less Cruel Amor 4 – Flor M. Urdaneta 

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va más allá de un titular y dos columnas de un diario. Lo nuestro no se trató de una historia marcada por la tragedia, fue la tragedia en sí misma.
Todo comenzó unos cinco meses atrás, cuando lo conocí en el estadio de Sun Life, donde jugaban los Huracanes de Miami contra los Delfines. Yo llevaba la
camiseta verde de los Delfines y Adam la roja de los Huracanes.
Gritaba «Arriba los Delfines» solo para molestar al tipo de al lado. Sus labios se curvaban hacia arriba cada vez que gritaba, era una linda sonrisa. Sus ojos verdes
eran como dos esmeraldas brillantes y su cabello cobrizo, combinado con su piel pálida, lo hacían parecer un querubín. La camiseta roja apenas cubría sus grandes
bíceps y era muy alto, tanto que a su lado parecía uno de los siete enanitos de Blancanieves.
—Por ti cambiaría de equipo, preciosa. —habló y su voz sonó como el trueno que sigue al rayo. Era gruesa, poderosa… hasta la consideré muy sexy.

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—Entonces hazlo. —lo incité. El rubio elevó los hombros hacia arriba y se la quitó, quedando desnudo del torso para arriba. Sus grandes músculos pectorales me
secaron la boca al instante. Ya no era un querubín, era un dios del Olimpo.
El juego terminó con la victoria de los Huracanes y me enojé mucho, tanto que Adam me sacó arrastras del estadio cuando inicié una acalorada discusión con los
fanáticos del equipo vencedor.
—¿Estás más calmada, preciosa? —susurró cuando estuvimos dentro de su Jeep Wrangler.
—Es injusto, los Delfines estuvieron cerca. Muy cerca. —me quejé mientras él sonreía.
—Se te marca una línea aquí —dijo tocando mi entrecejo—, cuando estás enojada. Tienes unos lindos ojos…
—Less —completé—. ¿Y tú eres?
—Adam Payne. —respondió con una mueca.
Estaba siendo muy imprudente al subirme al auto de un completo desconocido pero era muy sexy y no parecía un acechador, así que… no dudé en hacerlo.
»¿Te gustaría cenar conmigo, Less?
—Mientras yo elija dónde.
—Hecho.
Adam encendió su Jeep y condujo a la pizzería Digiorno, mi favorita en Miami. Comimos ahí una pizza Hawaiana y luego subimos al Jeep para ir a casa. Era un
largo camino desde Miami Gardens hasta Virginia Biscaney —donde vivía con mis padres—, por lo que aprovechamos el viaje para conocernos.
Adam tenía veinticuatro años, los cumplió el dos de octubre, una semana antes de conocerlo. Supe que estudiaba psicología en la Universidad de Florida y me
causó mucha gracia; un tipo con su porte daba más para jugador, marine o modelo. Pero no lo veía como un psicólogo.
Le mencioné que estudiaba periodismo deportivo en la misma universidad y entonces dijo—: Ahora lo entiendo.
—¿Qué entiendes? —repliqué.
—Que hacía una mujer tan hermosa en un estadio de fútbol. —sonreí al tiempo que mis mejillas se sonrojaron. No era la primera vez que alguien me decía hermosa,
pero me gustaba mucho como lo pronunciaba él, su voz hacía magia en mí.
Mi primer novio fue Max, tenía dieciséis años cuando eso. Él era rubio y delgado, de mi misma estatura. Me gustaba mucho pero no llegué a enamorarme. El sexo
con él fue horrible, tan mal que llegué a jurar que nunca más lo haría.
A los diecisiete, conocí a Will. Él era un pelirrojo de ojos verdes encantadores pero tan aburrido como una morsa. El sexo con él fue un poco mejor. Solo un poco.
De ahí en adelante, me dejé de tonterías, comencé a disfrutar del sexo sin compromisos. No tenía madera de novia. Al menos, eso pensaba entonces.
Cuando Adam detuvo el auto cerca de casa, sentí un dolor agudizarse en mi estómago. Quería besarlo, probar esa boca carnosa y rosada que adornaba su rostro…
Me moría por hacerlo.
—¿Te puedo besar? —me preguntó como si leyera mis pensamientos. Su voz era tan poderosa que pensé que no le sería difícil derretir un témpano de hielo.
No respondí sino que acerqué mis labios a los suyos. Sus grandes manos rodearon mi cintura y la temperatura de mi cuerpo se elevó como un volcán.
En pocos segundos, estaba sobre su regazo, con su enorme virilidad presionando mi sexo. Supe entonces que era momento de detenernos o terminaríamos follando
en su Jeep.
—Gracias por la cena, Adam. —murmuré aún agitada por la intensidad de aquel beso.
—Si me regalas tu número, me daré por servido. —aseguró y no dudé en dárselo.
Esa noche no había nada más en mi cabeza que Adam Payne; el sabor mentolado de sus labios, el olor varonil de su colonia y el bulto de su entrepierna
presionando mi pelvis.
Salimos un par de veces y nunca faltaron los besos apasionados. Adam nunca trató de llegar más lejos y me pareció muy dulce. Si no podíamos vernos, nos
escribíamos mensajes. Y cuando salíamos, era perfecto. Adam era considerado, tierno, cariñoso y muy respetuoso. A veces demasiado.
Cuando me fui a Londres para la presentación de Lexie, lo eché de menos cada segundo. No tenía dudas, estaba enamorada de Adam Payne. Cosa que era un
misterio para Lexie y uno más grande para mí, porque yo nunca fui el tipo de persona que se deslumbraba por nadie. Pero ese rubio se ganó un gran espacio en mi
corazón.
—Hola, bebé —me saludó en el aeropuerto con un beso casto, pues mis padres estaban conmigo—. Esto es para ti.
Me entregó una caja de bombones, que devoré de camino a su apartamento de soltero en Virginia Beach.
—¿Sabes qué día es hoy? —Me preguntó mientras me sentaba en el sofá de una plaza.
—Veinte de noviembre. —respondí.
—Sí. Un mes desde que somos novios, bebé. Feliz primer mes.
Me dio un sobre blanco que contenía dos entradas para el concierto de Legend, un grupo de rock muy bueno que había surgido en Miami.
—¡Gracias! —chillé y me colgué de su cuello como un koala. Nos besamos como dos posesos hasta detenernos en el sofá. Una vez ahí, deslizo su lengua hasta la
línea de mi escote.
»Adam —le advertí y se detuvo.
Yo no era una mujer pura y santa pero quería darme mi tiempo antes de llegar más lejos. Ya eso de follar por follar me estaba cansando.
El gran día del concierto llegó. Estaba muy emocionada. Cuando vi a Adam en el umbral, mi garganta se secó al instante. Aquella camiseta blanca de cuello en “V”
junto con unos vaqueros negros, le dieron un aspecto más punk que las camisas a cuadros o sudaderas que solía usar.
Una vez en el concierto, mi alma de roquera se desató: grité, canté y salté con cada canción, mientras Adam estaba inmóvil como una estatua; no le gustaba ese tipo
de música pero estaba ahí por mí. Me pareció un gran gesto.
—Oye, castaña. ¿Te gustaría que llevemos la fiesta a mi auto? —Me invitó un moreno de ojos marrones.
—¿Qué mierda dijiste? —gruñó Adam y lo tomó por la camiseta con los puños.
—¡Adam, suéltalo! —grité.
—Pídele disculpas. ¡Hazlo pedazo de basura!
—¡Estás loco! Yo solo…
—¡Que lo hagas, maldito!
—Adam, por favor. —dije temblando. No me gustaba verlo así, no quería que hiciera una estupidez. Pero él no me escuchó.
Al ver que el moreno no se disculpaba, le dio un fuerte golpe en el rostro con el puño y luego dos más. El caos se desató, comencé a tirar de su camiseta para
sacarlo de ahí pero él estaba muy furioso.
—Suéltame, Less. —gruñó y no lo hice. Quería que parara.
»¡Maldición! Suéltame. —dijo con los ojos encendidos en furia, entonces lo solté y lo dejé en el infierno que había desatado.
Lo esperé en el jeep porque no tenía forma de irme andando a casa, estaba muy lejos.
—Bebé, lo siento —me pidió mientras acunaba mi rostro con las manos y me secaba las lágrimas—. Te amo, Less. Eres mi vida. Nunca te alejes de mí. Nunca.
—Yo también te amo, Adam. Pero no tenías que hacer eso. El tipo solo estaba flirteando.
—Me importa un carajo. Tú eres mía, Less. Mía y de nadie más. —habló con los dientes apretados y me abrazó fuerte a su cuerpo. De alguna forma, eso me hizo
sentir halagada. Me hizo sentir que en verdad me amaba.
Fuimos a su apartamento al salir de ahí y pedimos comida china. Luego de comer, nos sentamos en la sala a ver una película de zombis que buscamos en Netflix.
Me acosté sobre su pecho y jugueteé con mis dedos, trazando un camino desde arriba hasta el inicio de sus vaqueros. Adam se unió al juego y comenzó a acariciar
mi espalda con su dedo pulgar. Yo llevaba una camiseta blanca sin mangas, lo que facilitó que se deslizara hacia arriba por el roce y dejara al descubierto mi piel.
Me dejé llevar por el oleaje de excitación y terminé desnuda debajo de él sobre el colchón de su habitación. Los dientes de Adam mordieron sin piedad mis labios,
cosa que me dolió y me gustó en proporciones iguales. Luego, comenzó a recorrer mi cuerpo con besos húmedos, acompañados de mordidas.
Su salvajismo y desesperación eran algo nuevo para mí. Me volvía loca pero también me asustaba.
—Eres hermosa, Less. Eres mi bebé hermosa. —susurró antes de perderse entre mis muslos.
Dos de sus dedos penetraron sin piedad mi centro mientras que otro presionaba insistentemente el delicado botón que me tensaba los músculos.
Estaba muy húmeda y a punto de estallar cuando él se detuvo. Me giró, poniéndome de espaldas, y hundió uno de sus dedos en mi zona anal. Me aparté y le dije
que no quería, que no me sentía cómoda con ello. Apartó el dedo con un bufido pero luego dijo:
»Como tú quieras, preciosa. —Me sentí incómoda al escuchar esa palabra, porque, de cierta forma, me recordaba a Lexie. Siempre la recordaba cuando él la decía,
pero nunca le pedí que no lo hiciera porque no quería explicarle.
El sonido del envoltorio de un preservativo anunciaba su inminente acometida a mi ávido sexo. Poco después, su enorme miembro me invadió con fuertes y
profundas embestidas. Cuando me uní a su movimiento, deseosa de alcanzar el clímax, escuché como decía entre jadeos «Eres mi perra». No lo tomé como ofensa
porque deseaba ser todo para él, porque quería ser su único objeto de deseo.
De ahí en adelante no podíamos parar. Teníamos sexo cada vez que podíamos y muchas veces era salvaje. Adam era muy fuerte y me dejaba cardenales en los
brazos por lo duro que me sostenía. Sus mordidas también dejaban marcas en mi piel. Cuando le reclamé por ello, se disgustó conmigo y estuvimos separados durante
todo un mes. Le dije a Lexie que había roto con él por la Nutella, era una mejor excusa que la verdad.
Debí olvidarme de él en aquel entonces. Debí abrir los ojos y darme cuenta lo dañada que era nuestra relación. Pero él siempre lograba que volviera a sus brazos.
Era una relación enferma y malsana. ¿Cómo más iba a ser? Adam era un maldito violador.
Capítulo 2
—Bebé, lo siento. Lo siento. Vuelve conmigo. —Me rogó en el estacionamiento del campus una tarde. Lo echaba de menos y no me tomó mucho perdonarlo. Una
hora después, estábamos jadeando en el colchón de su apartamento.
Me acostumbré a escucharlo decirme perra y hasta me gustaba. A veces gritaba soy tu perra para alentarlo a que me follara duro. Era algo extraño y hasta retorcido
pero sentía que era algo de los dos.
Su temperamento era un poco cambiante, pero no le daba importancia porque yo tampoco era muy cuerda que se dijera; discutía con él a propósito por cualquier
tontería y luego lo solucionábamos en la cama.
Adam volvió a marcarme la piel, pero dejé de darle importancia, los cardenales se podían cubrir con sudaderas o camisetas de mangas largas, eso no era problema,
me decía yo para justificarlo.
Una noche salí de juerga con unas amigas del campus y llegué tarde a casa. Adam lo supo, no sé cómo.
—¿Adónde fuiste anoche? —gruñó con el ceño fruncido y los dientes apretados.
—Fui con Mery al pub y…
—No lo hagas de nuevo, Less. ¿Me escuchas? No saldrás de fiesta mientras seas mi novia. —me amenazó.
La vista se me nubló al escuchar sus palabras, no quería perderlo. Todos pensaban que era Less, la chica ruda que usaba botas militares y escuchaba música de
rock. Pero en realidad era como un títere en sus manos. Estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera.
—Perdóname, Adam. No lo haré de nuevo. —le dije y él asintió.
—Ven conmigo. —ordenó.
Salimos del campus rumbo a su apartamento y me acorraló contra la pared una vez ahí. Sus besos no eran suaves y deliciosos, eran enérgicos y crueles.
Con una mano sostenía las mías sobre mi cabeza y con la otra me desvestía. Estaba muy excitada, ya me estaba acostumbrado a la rudeza con la que hacíamos el
amor.
Luego me separó de la pared y me ordenó que me arrodillara en el suelo, lo hice. Cuando estuve con las palmas abiertas, y las rodillas clavadas en el piso de
parquet, me azotó el trasero con la mano abierta. Grité por el dolor intenso que se propagó en mi piel pero no le dije que parara.
Sin darme tregua, folló mi sexo con rudeza hasta correrse con fuerza dentro de mí. Para ese momento yo usaba la píldora y no usábamos preservativos.
Pensé que había terminado, pero luego lubricó mi ano con su semen, presionando su pulgar dentro y fuera. Al principio fue incómodo, pero luego me comenzó a
excitar.
«Eres mía, Less. Eres mi perra», farfulló antes de acometer la zona que había preparado. Me embistió dentro y fuera sin detenerse, sin dejar de pronunciar aquellas
palabras. La excitación que sentía antes se transformó en dolor. Ya no quería hacer aquello, pero era muy tarde para decírselo. Por un momento, asocié aquel acto al
ataque de Lexie, me sentí sucia y utilizada. Pero luego me dije que Adam era mi novio y que su placer debía ser el mío.
Dos días después, conocí a los padres de Adam. Me puse uno de los vestidos cortos de Lexie y un par de bailarinas. Me tomé una selfie y se la envié a Adrien con
las palabras: «¿Te resulta familiar?». Él me respondió: «¿A quién intentas engañar?». Sonreí y bajé las escaleras sin responder el último mensaje. Para esa fecha Adrien y
Lexie tenían dos meses de casados.
Llegamos a una linda casa en South Beach, donde vivían sus padres, y me presentó como su novia delante de todos. Katerina, su madre, me trató con mucho
cariño; sus ojos verdes eran hermosísimos y su cabello brillaba dorado como el sol. Su padre también se llamaba Adam; su cabello era castaño oscuro y sus ojos grises.
El único parecido que encontré entre padre e hijo fue su nariz alargada.
Ann, su hermana pequeña, tenía once años, era idéntica a su madre pero mucho más curiosa. Sentí que estaba en un cuestionario de mil preguntas frente a la niña.
Poco después, sirvieron un delicioso estofado para la cena. Charlamos de mis estudios y de nuestros planes de mudarnos juntos. Ellos eran unos padres más
liberales que los míos y no se escandalizaron por ello.
Habíamos pasado a la sala cuando necesité con urgencia ir al baño. Pedí permiso y no tardé más de diez minutos. Al volver Adam tenía mi móvil en las manos, se le
veía furioso y hostil.
Me despedí con la promesa de volver pronto y me subí al Jeep en silencio. Si él estaba enojado lo mejor era no hablar.
Lo seguí sin decir nada cuando se bajó del Jeep frente al edificio donde vivía; sabía cómo resolvería su enojo y hasta pensé que me lo merecía. Estaba tan errada.
En cuanto la puerta se cerró, me presionó contra la pared de la sala y besó mis labios con fuerza al tiempo que me los mordía, haciéndome probar el sabor de la
sangre.
Su enorme mano bajó hasta mi entrepierna y apartó la tela de mis bragas sin delicadeza. Un dedo, dos y luego un tercero, invadieron mi sexo con ímpetu. Gemí ante
sus acometidas, dolorida por la ausencia de la humedad.
—Guarda silencio, perra. —ordenó con ira.
No me gustó esta vez, había algo en su mirada que me decía que algo iba mal, muy mal. Aun así, callé.
Adam deslizó mi vestido hacia arriba y me penetró sin quitarse la ropa. Me desplomé sobre su pecho poco después. Pero eso no fue todo, en menos de dos
minutos, estaba listo para más. Me posicionó en el suelo, como solía hacerlo cuando quería sexo anal, y me azotó el trasero muchas veces. Me ardía la piel, tanto que
lloré, lloré todo el tiempo que me embistió.
—Eres mía. Lo aprenderás por las buenas o por las malas. —siseó mientras me seguía penetrando. No me importaba de lo que estaba hablando solo quería que se
detuviera.
Cuando se derramó dentro de mí, me levanté del suelo, corrí al baño y me escondí a llorar ahí. No entendía por qué me trataba así. No sabía si todas las parejas
pasaban por cosas como esas pero no tenía a quien preguntarle. Lexie apenas estaba resolviendo sus problemas de sexo con su esposo, así que no era una opción. Y
mamá, pues, era mamá.
—Bebé, perdóname. —dijo detrás de la puerta. No quería verlo, Adam era como dos personas y eso comenzaba a asustarme.
»Es que… Vi la foto que le enviaste a ese Adrien y sabes lo celoso que soy. Yo… te amo demasiado, Less. Eres mía, bebé. No quiero compartir nada de ti.
Pensé que era cierto, que no debí enviarle esa foto a Adrien y que todo fue mi culpa. Pero, a pesar de mis argumentos, me sentí muy triste.
»Te juro, Less que nunca más pasará algo así. Te lo prometo. Sal de ahí, bebé.
Sequé mis lágrimas mientras le abría la puerta. Entró y me abrazó a su cuerpo. Su perfume logró tranquilizarme un poco. Luego de eso abrió el grifo de la ducha y
me desvistió con dulzura. Su ropa terminó en el suelo y nos metimos juntos debajo del agua tibia.
Adam tomó una esponja y puso en ella un gel de baño que olía delicioso. Con delicadeza, la frotó por mi piel, desde mi espalda hasta mis tobillos. Hicimos el amor
en ese pequeño espacio y fue maravilloso. Fue muy tierno.
Luego de ese día el sexo fue dulce. A veces extrañaba su lado salvaje, pero me daba miedo que fuera demasiado, así que lo mantuvimos igual.
Para el mes de mayo, ya habíamos rentado un lindo apartamento cerca de la Universidad de Florida. Era mucho más grande que el suyo y estaba completamente
equipado.
Un enorme sofá marrón tipo “L” estaba en la esquina de la sala mientras unos lindos cojines cuadrados en color beige le hacían compañía. Frente a él, había una
gran pantalla de plasma. Ver películas era un gusto que compartíamos. El comedor era pequeño, una mesa de vidrio redonda con cuatro sillas de hierro y asientos de
cuero, en el mismo tono del sofá.
Una cama tamaño king ocupaba la habitación y detrás de ella había un enorme ventanal que ofrecía unas lindas vistas del jardín cercano al campus de la Universidad
de Florida. Adam estaba en el último año de Psicología, pero a mí me faltaba más de año y medio para graduarme.
Adam me tomó por la cintura y me susurró al oído—: Me haces el hombre más feliz del mundo, bebé. Te amo con mi vida. ¿Lo sabes?
—Te amo, Adam. Eres mi mundo entero. —le dije ese día.
Estrenamos el colchón del apartamento esa tarde. Fue la última vez que mi cuerpo le perteneció a él.
Llegué a casa tarde en la noche y supe que Lexie estaba ahí. Corrí escaleras arriba y abrí la puerta sin tocar. Ella estaba tumbada en la cama hecha un mar de
lágrimas.
Había dejado de preocuparme por Lexie desde que se casó con Adrien. Pensé que había conseguido a su príncipe de cuentos y que no necesitaba que estuviera
pendiente de sus emociones.
—¿Qué pasó? —le pregunté. No me respondió. Me acurruqué a su lado para abrazarla mientras lloraba y no hice más preguntas.
Al día siguiente Adrien se apareció en casa. Me entregó un paquete para Lexie y lo tomé a regañadientes. No sabía qué estaba pasando, pero algo malo debió
hacerle para que mi hermana se viniera de Londres, abandonando la compañía de ballet.
Esa noche Adam y yo hablaríamos con mis padres de la mudanza. Solo faltaban siete días para comenzar nuestra vida juntos y estaba muy feliz por ello.
Salía de la habitación para encontrarme con él cuando escuché unos gritos en la sala, bajé corriendo las escaleras y vi a Lexie tumbada en el suelo mientras él trataba
de despertarla.
—¡Less! —dijo entornando los ojos cuando me vio— Pensé que eras tú. Yo solo dije: «hola preciosa» y ella comenzó a temblar.
—¡Joder, Adam!
—¿Qué? —preguntó confundido.
Mamá y papá llegaron en ese momento y la llevaron a su habitación. Yo me quedé abajo con él, le dije que Lexie sufría de esos ataques cuando le decían preciosa,
omitiendo la historia de la violación. Le pedí que se fuera y le prometí que hablaríamos con mis padres al día siguiente.
Lexie se encerró en su habitación esa noche y no pude hablar con ella. Pero sabía que estaba muy triste, lo podía sentir. Y eso me partía el alma.
Salí temprano en la mañana para la universidad y, cuando llegué a casa, pasada las siete de la noche, la puerta de su habitación estaba abierta. Entré y le pedí
disculpas por lo de Adam. Ella me preguntó por Adrien y le confirmé que ciertamente se había ido a Londres.
Le dije que no entendía por qué estaba dejando a su esposo entonces Lexie se levantó de la cama y me dijo que yo era muy importante para ella, que era su otra
mitad, que jamás hubiera deseado lastimarte y que recordara que me amaba demasiado.
—Lexie, ¿de qué hablas? Me estás asustando. —Le pregunté. Mi corazón golpeaba fuerte en mi pecho. Sabía que lo que diría era muy difícil para ella. Sentía su
pena y el profundo dolor que la ahogaba.
—Less… lo siento. Lo siento tanto.
—Lexie, dímelo. —Sostuve sus manos y me preparé para lo peor. Algo como que Adrien fuera un farsante o un imbécil infiel, pero no para lo que dijo.
—Adam… él fue el hombre que abusó de mí. —balbuceó.
Me separé de ella de golpe. Me enojé con Lexie. Me enojé mucho.
—No puedes decir algo así. Que él te llamara con la palabra con “P”, no significa nada. Él no… Adam no pudo hacerte eso.
Caminé como un animal enjaulado en la pequeña habitación, al tiempo que mi cabeza se llenaba con miles de imágenes.
—Less… es su voz. Fue él. No te diría si no estuviera segura.
—Es mentira. ¡Mentira! —grité. No podía ser cierto. Adam era rudo a veces pero no le haría algo así a nadie. No lo haría, me decía a mí misma para tratar de
sobrellevar el dolor, pero en el fondo sabía que era capaz de eso.
—Less… Lo siento tanto. Yo no quería… Yo… Lo siento. —Lexie se acercó a mí, pero la empujé, haciendo que se cayera en el suelo. No me importó, lo único que
quería era que cerrara la boca.
—Te odio, Lexie. ¡Te odio! —le grité y me fui de casa.
Después de correr sin rumbo fijo en medio de la oscuridad, me detuve en el viejo muelle de Atlantic Beach. Apoyé mis manos en mis rodillas mientras respiraba
forzosamente, sintiendo mis pulmones arder. El dolor de mi alma y de mi cuerpo se había sumido a una lucha que no me daba tregua, querían equipararse pero, sin duda,
la primera le ganó por goleada.
Aunque mi corazón me quería convencer de lo contrario, mi mente no dejaba de atormentarme con los hechos.
Me cuestioné mi relación con Adam, cada discusión, cada vez que me castigaba por lo que consideraba malo… Y entonces lo supe. Adam no me amaba, todo era
una ilusión. Porque él podía ser cariñoso y hasta romántico en sus momentos, pero a la hora del sexo, el amor que decía sentir por mí, se convertía en simple lujuria. Lo
idealicé. Quise mi propio cuento de hadas y terminé en una película de terror.
Había visto las señales, muchas de ellas, pero me hice la tonta. Él era un monstruo que me manipulaba con la culpa. Me hacía sentir que merecía sus castigos, que le
debía algo.
En medio de la oscuridad de la noche, y con el viento azorándome, cerré los ojos y recordé a Lexie tirada en el suelo de aquel estadio con la piel rota. Oía sus gritos,
las lágrimas derramándose imparables en su rostro… Recordé el dolor que sentí mientras la violaban. Desde pequeña podía sentir sus emociones. Para Lexie era más
difícil porque yo era como una fortaleza y se le hacía imposible traspasar mis barreras.
La brisa hacía que mi cabello bailara libre con el viento, en conjunción con los pensamientos que flotaban en mi cabeza, pensamientos oscuros y
peligrosos. Y, en esa noche fría y oscura, me sentí una traidora. Me sentí cómplice de aquella bestialidad. Me sentí como un montón de basura… Solo quería morirme.
Pasé mis piernas por encima de las barandas de madera y me sostuve del pasamanos del muelle. Quería terminar con el dolor que apretaba mi pecho. No podía
vivir en un mundo en el que el hombre que amaba fuera el mismo que abusó de mi otra mitad, de mi dulce e inocente Lexie… de la persona que más amaba en el mundo.
Pero entonces escuché una voz diciendo—: Oye, Caperucita. No estarás pensando en saltar, ¿cierto?
Capítulo 3
Justin
¡Joder! —gruño cuando Sarah o Susan, no recuerdo muy bien su nombre, se ocupa de mi amigo ahí abajo.
La morena se incorpora de mi regazo con una sonrisa de satisfacción, luego de hacerme correr en su boca. Se recuesta sobre el respaldo del asiento, saca de su bolso
un tubo plateado y baja la visera para mirarse en el pequeño espejo para pintarse los labios.
—Me gusta el restaurant Zuma o el Red Lobester, pero puedo ir a alguno que te guste a ti. Asegúrate que sirvan langosta. —dice mientras se pone un brillo que
huele a frutas tropicales.
—Lo siento, Susan…
—Sarah.
—Sarah… Te juro que me gustaría llevarte a cenar, pero no puedo. Nos vemos luego. —le digo mientras le quito el seguro a la puerta.
—¡Jódete! —Me insulta, mostrándome el dedo medio antes de bajarse azotando la puerta de mi Bugatti.
¡Ouch! Me duele el corazón cuando maltratan a mi auto.
I Don’t Wanna Miss a Thing de Aerosmith comienza a retumbar en los altavoces cuando enciendo el reproductor. Bajo la ventanilla y dejo que la brisa se meta en
mi deportivo mientras dejo detrás el estadio de los Marlins. Mi destino, Atlantic Beach, la playa donde acostumbro a ir antes del inicio de la temporada. Se ha vuelto
como un rito para mí.
Sé que las cenizas de mamá ya no están en esas aguas. Sé que hablarle al viento no garantiza que me escuche. Pero es lo único que hace llevadera su ausencia.
Al llegar a la playa, me quito los zapatos deportivos para caminar por la orilla igual que aquella tarde, cuando las cenizas volaron al viento a medida que papá y yo
avanzamos.
Han pasado más de tres años y todavía no le encuentro una explicación para lo que hizo. ¿Por qué no pensó en mí? ¿Por qué nos dejó? Me sigue doliendo muy
dentro cada vez que me hago esas preguntas.
«¡¿Qué mierda?! Ese borrón rojo arriba del muelle parece una persona. ¿Qué cree que hace?».
Cuando llego al muelle, descubro que una mujer está del otro lado de la baranda dispuesta a lanzarse. Son unos tres metros desde aquí arriba hasta el agua y, con lo
fuerte que están las olas, no le iría nada bien.
—Oye, Caperucita. No estarás pensando en saltar ¿Cierto? —Su sudadera roja con capucha me hizo darle ese apodo.
—No. Solo estoy tomando el aire. —Mal momento para ser sarcástica.
—Entonces iré contigo. Si tú saltas, yo salto. —le digo y me acerco lentamente hasta su lugar.
—¿Acabas de citar a Titanic?
—Cuando el agua está tan fría como la de ahí abajo, te golpea igual que mil cuchillos clavándose por todo el cuerpo… no puedes respirar… no puedes pensar…
únicamente sientes dolor. —Vuelvo a citar la aclamada película. Mamá me hizo verla más de cinco veces cuando era un niño, todavía no sé para qué.
—¡Ya deja eso y vete! —grita. Doy un paso más al frente, ignorando su petición, y le digo:
—No sé por qué quieres adelantar tu funeral, pero te propongo un trato —Lo digo a medida que paso una pierna por encima de la baranda—. Déjame demostrarte
que hay cosas por las que vale la pena vivir. Si después de eso, todavía quieres saltar, entonces lo haces.
Miro a la chica a mi lado mientras me sujeto con ambas manos de la madera. Aunque su cabello castaño danza con el viento y me impide ver su rostro.
—¿Por qué te importa? —Me gusta cómo suena su voz, es suave y serena como la brisa.
—No me importa, solo quiero tener una escena como la de DiCaprio.
—¿Cuál? ¿En la que muere congelado en el Atlántico?
—No, en la que tiene sexo en el auto. —bromeo. Pero la verdad es que sí me importa, nadie debería decidir terminar su vida así. No sé qué la llevó a esto pero no
dejaré que lo haga.
—Eso suena divertido. —murmura y se comienza a reír a carcajadas como si no estuviera al borde del muelle.
—¿Tenemos un trato? —insisto, porque quiero alejarla ahora mismo del borde.
Su respuesta no es audible, ella simplemente pasa ambas piernas por encima de las tablas de madera y vuelve a la seguridad del muelle. Un par de ojos celestes
claros, e inmensos como el mar, me miran cuando la miro a la cara.
—Tú eres… Tú me entrevistaste hace más de dos años en el estadio de los Marlins. —Le digo sorprendido.
Ella frunce los labios y cierra los ojos de golpe, dejando salir un par de lágrimas. Pero después su llanto silencioso se convierte en un grito estruendoso. Muevo mis
pies para alcanzarla cuando veo como se vuelve a la baranda y la abrazo por la espalda. Mientras la sostengo, puedo sentir el fuerte temblor que sacude su cuerpo y lo
rápido que late su corazón.
—Tranquila, Caperucita. Te tengo. —le susurro al oído. Estoy determinado a sostenerla tanto como ella lo necesite.
—Debía ser yo. Debía ser yo. —repite con la voz temblorosa.
No sé si sea lo correcto sostenerla de esta forma. No sé si debo decirle algo. Solo sé que no quiero apartarme de su lado y del dulce olor a lavanda que emana de su
cabello.
»Conociste a mi hermana, no a mí. Somos gemelas idénticas —susurra más calmada—. Ya me puedes soltar, Dicaprio.
—¿Me prometes que no saltarás?
—No hoy.
Separo mi cuerpo del suyo con lentitud, pero atento a sus movimientos por si intenta saltar de nuevo. No quería alejarme, estaba comenzando a acostumbrarme a
su olor, a su pequeño y voluminoso cuerpo encajando en el mío.
Trae puesta una sudadera roja, unos vaqueros rasgados —que se ciñen a la perfecta curva de su trasero— y unas botas militares negras, muy pesadas para su
pequeño cuerpo.
—¿Cuál es tu plan, DiCaprio? —me pregunta luego de girarse hacia mí, pero no respondo, sino que me quedo como un tarado mirando sus labios rojos, deseando
probarlos.
Aparto la vista de ahí, para mirarla directo a sus grandes ojos, que encajan a la perfección con su nariz perfilada y su rostro triangular. La Caperucita es hermosa.
—Dime que tienes un plan y que no fue solo una enorme falacia. —No quedaré como un tonto preguntándole que significa la palabra falacia así que sonrío y
asiento.
—Tengo un plan. —Respondo, pero no tengo un plan.
—¿En verdad te creíste DiCaprio? ¿Por qué estás descalzo? —inquiere, mientras mira mis pies. Muy graciosa.
—Eh… no. Los dejé allá —Señalo a la orilla de la playa—. Vamos por ellos y luego te daré la mejor noche de tu vida, Caperucita. —Extiendo la mano, en señal
evidente de mi invitación para que me entregue la suya, pero no me la ofrece.
—Si te voy a dar la mano, al menos preséntate como es debido.
—Justin Crowley, campo corto de los Marlins de Florida, fanático de Aerosmith y de la comida chatarra. En mis tiempos libres, rescato castañas en peligro y pido
como recompensa una sola cosa: una sonrisa. —Ella sonríe ampliamente, dejándome como evidencia que puede ser más hermosa todavía.
—¿Cuántas llevas hasta la fecha? —bromea.
—Una. Por cierto, necesito tu nombre, teléfono y dirección para llenar el formulario. Soy un hombre muy organizado en cuanto a eso.
—Llámame Rose. —Hago un gesto de decepción y a ella parece divertirle.
¿Cómo puede una persona con tan buen humor haber pensado en morir? ¿Qué fue tan malo que la hizo siquiera considerarlo?
Su mano pequeña encaja en la mía y caminamos con los dedos entrelazados hasta donde dejé mis deportivos. De camino acá, no dejaba de pensar en qué hacer para
que esta chica desista de su locura.
—¿Qué hacías aquí, Justin? —murmura con la mirada pérdida hacia el océano oscuro.
—Caminaba por la orilla.
—¿Por qué?
—¿Por qué ibas a saltar? —Contraataco.
—Olvídalo. —espeta y se gira con la intención de huir. Pero no dejaré
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