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Libro Ley del tiempo Bilogia para siempre 2- Loli Deen

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PDF Descargar —Sí mami. Adiós —respondió la pequeña colgada de la mano de su maestra y con una enorme sonrisa.
Ese día me tocaba quedarme después de hora en la cafetería, uno de los proveedores me avisó la noche anterior que llegaría a última hora a hacer la entrega y
debía esperarlo para firmar el recibo.
Caminé tranquilamente hasta el trabajo, era un hermoso día soleado de finales de septiembre. El clima era cálido por las tardes y refrescaba un poco en la noche.
—Buenos días chicas —saludé a Silvi y Evelyn mientras me dirigía a la oficina trasera.
Mi jornada laboral estaba oficialmente a punto de terminar, pero aún me quedaba esperar unas horas más. Salí en busca de un café y me entretuve charlando con
mi compañera.
—Lo juro, el lugar es maravilloso Becca. Debes venir alguna noche —dijo Silvi emocionada, su novio acababa de comprar un bar y estaban acondicionándolo
para la pronta inauguración.
—Por supuesto que iré. Cuenta conmigo ¿Tengo tragos gratis?
—50% de descuento.
—Suena bien.
Un escalofrío me recorrió la espalda y de pronto todo el ambiente a mi alrededor pareció cargado.
—Rebecca… —mi cuerpo se estremeció de inmediato. Era su voz, podría reconocerlo en un mar de gritos. Cinco años después y parecía que jamás hubiera
dejado de oírlo. Sonaba mucho más rudo de lo que recordaba, aun así, era él. El hombre que más amé en toda mi vida, tanto, que aún dolía.
Mi cuerpo se tensó de inmediato, al tiempo que los recuerdos se amontonaban en mi mente. La respiración se me detuvo. Cerré los ojos para inspirarme valentía
y me giré para comprobar que estaba en lo cierto.
Ahí estaba él, el protagonista de todos mis sueños. Mi para siempre. El gran y único amor de mi vida. Y como si mis sentimientos no fueran suficientes, lucía
aún mejor de lo que yo podía recordar. Ya no era un chico de 18 años, las imágenes de mi cabeza no le hacían justicia.
Estaba más alto y mucho más grandote y musculoso. Era un hombre hermoso y llamativo. A pesar de llevar una chaqueta de cuero negra, sobre la sudadera a
tono, se le remarcaban los fuertes brazos, esos definidos hombros anchos y los trapecios inflados. Su figura iba formando una V hasta su cintura, para llegar a unas
fuertes y definidas piernas. Su cabello lucía diferente, muy corto y algo rapado en los costados, definitivamente militar. Su mandíbula estaba tan tensa que podía notar la
vena gruesa que sobresalía en su cuello. Esa boca en forma de corazón por la que perdí la cordura tantas veces se cerraba en una línea recta y apretada. Sus manos en
puños, como si estuviera listo para una lucha. Cuando nuestros ojos se cruzaron, el tiempo se detuvo. Fue como si no hubiera pasado un solo día, todos los
sentimientos por él seguían intactos, imborrables, y me quemaban la piel. Pero al ver su mirada, supe que no era el Jake que yo conocí y amé. ¿Amé? ¿Cuándo dejé de
hacerlo, idiota? En sus ojos no había una sola pizca de amor por mí. Sí acaso… ¿odio? ¿Rencor? ¿Ira? ¿Tristeza? No lo sabía con exactitud, de lo que estaba segura es
que mi Jake, el de mis recuerdos, jamás me hubiera mirado así. Definitivamente no conocía a este sujeto.
Incité a mi cuerpo a reaccionar. Tragué saliva de forma compulsiva tratando de bajar el nudo que sentía en la garganta.
—Jake… —dije en un suspiro que sonó absolutamente débil y devastado, me odié a mí misma por eso. Él me desarmaba, me convertía en agua corriendo por sus
dedos, me desvanecía.
—Hola —volvió a decir, esta vez con las manos en los bolsillos. Bien, al menos estaba nervioso. Hay cosas que nunca cambian.
—¿Qué haces aquí? —pregunté incrédula. Mi primer instinto fue lanzarme hacia él y abrazarlo con fuerza durante horas, días, semanas… y agradecer porque
estuviera a salvo. Fueron tantas las veces que el miedo no me dejó dormir. Al comprobar que se encontraba de una sola pieza, sentí un peso enorme abandonar mi
cuerpo. Como si recién hubiera sido capaz de volver a respirar luego de 5 largos años. La incertidumbre de saber si estaba bien me mataba. Pero eso no era posible.

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Éramos dos extraños ahora. Dos personas distintas. La vida nos había cambiado.
—¿Podes hablar a solas? —respondió seriamente.
—Claro, sígueme —dije y me encaminé hacia mi oficina.
De repente las preguntas se agolparon en mi cerebro y un nuevo terror me abordó.
¿Qué hacía aquí? ¿Cómo me había encontrado? ¿Qué diablos quería conmigo? Me preguntaba en mi interior mientras recorría los escasos 20 pasos hasta la
oficina. Podía sentirlo detrás de mí y mi piel se erizaba. El calor que emanaba su cuerpo me resultaba abrasador.
Cerré la puerta detrás de nosotros e hice un gesto con la mano invitándolo a tomar asiento, mientras yo me acomodaba en la silla frente a mi escritorio. Por
suerte la madera escondía mis temblorosas piernas. Apoyé ambas manos sobre él y me incliné levemente. Expectante.
Devuélveme la cordura
Frente a mí tenía a la mujer que me atormentaba internamente. Pero no había ni rastro de la niña tímida y vulnerable que yo conocía. Becca se había convertido
en toda una mujer, segura, fuerte y decidida. Por no decir que estaba más hermosa de lo que yo podía recordar. Esos hermosos ojos grises me perdían por completo y
ahora había un nuevo brillo en ellos, que no lograba leer con claridad, ¿acaso estaba feliz de verme?
Su cuerpo era un maldito infierno en la tierra, sus caderas estaban más definidas, su trasero erguido y respingón, como siempre. Sus pechos se notaban más
llenos y esa boca carnosa me invitaba continuamente a perderme en ella. Me obligué a concentrarme.
—Bien Jake, ¿qué demonios haces aquí? —dijo en un tono desafiante.
—Necesitamos hablar Becks.
—No me digas Becks. ¿Acaso te volviste loco? —la vena de su frente resaltó. Estaba enojada. ¿Por qué mierda podría ser ella la enojada?
—Seré directo y claro. No quiero estar más tiempo del necesario aquí.
—Me parece perfecto. ¿Qué haces aquí?
—Puedes agradecerle a Candice por eso.
—No veo nada que agradecer.
—Hace unos días me llamó a la base y me contó una inquietante historia.
—¿Y bien? ¿Eso por qué debería importarme? —respondió levantando una ceja altanera. Me recordé que debía mantener la calma.
—¿Tienes una hija?
—¿Y eso a ti que mierda te importa Jake?
—Me importa si es mía.
—¿Tuya? ¡Esto tiene que ser una maldita broma!
—¿Lo es? ¿Acaso hay alguna posibilidad de que esa niña sea mi hija?
—¿A qué viene esto? Si mal no recuerdo hace 5 años te olvidaste de mí. ¿Qué tiene que ver mi hija en esto?
—Entonces es cierto… tienes una hija.
—Eso es mi maldito problema.
—¿Qué edad tiene Rebecca?
—¡¿Qué te importa?! —estaba claramente a la defensiva y mi estado de ánimo estaba realmente al límite. No quería perder los estribos y luché por calmarme
tomando largas respiraciones.
—¡Me importa si es mía carajo! Me quitaste muchas cosas Rebecca, pero jamás esperé que me robaras la oportunidad de estar con mi hija.
—¿Te robe qué? Déjame recordarte que fuiste tú el que me sacó de su vida. Me desechaste como si yo fuera una cosa. Te importó una mierda lo que pasara
conmigo… y vienes años después exigiendo… ¿qué exactamente Jake? —una tímida lágrima corrió por su mejilla y ella la secó rápidamente.
—Eres una maldita Rebecca… al menos ten el valor de responder por tus actos.
—Vete de aquí Jake ¡Ahora mismo!
—No me iré a ningún lado hasta no saber si esa niña es mía.
—Es mía. Lo fue desde que estuvo en mi vientre. Desde que tú decidiste que su vida no merecía la pena. Desde que amarme interfería en tus grandes planes.
Espero que hayas conseguido todo lo que deseabas…
—¿Pero de qué demonios hablas?
—Por favor… vete. No hay nada más que puedas quitarme. Ya rompiste mi corazón hace tiempo. no queda nada más por tomar.
—¡Tú me abandonaste! ¡Con una maldita carta! ¡Una carta! Después de todas las promesas, de todo lo que te amaba… —golpeé el escritorio con mi puño. Ya
estaba bien el papel de víctima cuando era ella la perra en esta historia.
—¡Vete de aquí! —gritó poniéndose de pie y las lágrimas corrieron sin reparo por su bello rostro.
—Dímelo. ¿Es mi hija?
—¡No!
Dio unos pasos largos y abrió la puerta. Me levanté a punto de estallar. Decidí salir a tomar un poco de aire y tratar de recobrar la cordura antes de que fuera
demasiado tarde.
Caminé con mi cuerpo al borde de la erupción, mientras cruzaba el espacio desde la pequeña oficina hasta el salón.
Sentí que ella venía detrás de mí.
—No regreses jamás Jake —dijo en mi espalda, pero no me giré.
—¡Papá! —la dulce y cantarina voz me alertó. Una pequeña y hermosa niña rubia de ojos azules corría desesperada con los brazos abiertos y los ojos cubiertos
de lágrimas hacia mí.
Me detuve en seco. Mi corazón latió con fuerza, absolutamente desbocado en mi pecho. La respiración se me cortó y sentí un inmenso nudo en la garganta.
Me quedé de piedra y los ojos me ardieron. Ella se abrazó a mis piernas, como si yo fuera un salvavidas en medio del océano. Confundido giré en busca de
Rebecca. Ella estaba apoyada contra la pared, devastada, cubría su rostro con ambas manos y su pecho bajaba y subía con fuerza.
Algo se despertó en mí. Es como si conociera a esa pequeña de siempre. Mi corazón pareció descongelarse en el momento que acaricié sus suaves bucles. Era
mía. Lo sentí en lo más profundo de mi ser. Mi sangre la reconoció y la reclamó.
Sin poder evitarlo me agaché a su altura y la separé levemente de mi cuerpo. Puse mis manos en sus pequeños y delgados hombros y la miré a los ojos.
Ella sollozaba y sorbía por su pequeña nariz. Me vi reflejado en esos preciosos ojos zafiro y la gravedad pareció dejar de aferrarme a la tierra.

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—¡Vi-viniste papi! Yo lo sabía… siempre supe que volverías… —dijo entre lágrimas.
—Hope… —respondió una derrotada Rebecca a mis espaldas— ven conmigo pequeña.
—¡No! —respondí desesperado. Abracé su pequeño cuerpecito y la levanté en brazos apretándola tan fuerte como podía sin lastimarla. Sus brazos se aferraron
fuertemente a mi cuello y hundió su rostro en él.
Cerré los ojos y no pude aguantarlo, por primera vez en toda mi vida lloré.
No sé cuánto tiempo pasamos en esa posición. Pero ninguno de los dos quería romper el abrazo. Como si al hacerlo todo se esfumaría.
—¿Ya no tienes que proteger el mundo de los malos? —preguntó una vez que sus lágrimas le dieron una tregua.
—¿Cómo? —dije sin entender nada. ¿Cómo era posible que ella me conociera? ¿Cómo supo que era yo? ¿Acaso Rebecca le había hablado de mí? ¿Pero por qué?
¿Cuál era la lógica? Estaba claro que no quería que yo supiera de su existencia. ¿Por qué otra razón ocultarme a mi hija?
—Mamá dijo que estabas lejos defendiéndonos de los malos. Que por eso no venias a verme… —volví a buscar a Becca con la mirada. Ella respiró hondo y dio
unos pasos hasta nosotros, se detuvo frente a mí y asintió con la cabeza.
—Sí pequeña, es cierto. Estaba muy lejos.
—¿Ya no te irás?
—No hay nada en este mundo que logre apartarme de ti otra vez. Lo prometo.
Ella puso sus pequeñas manos sobre mis mejillas, pegó su nariz a la mía y dijo bajito.
—Te amo papá. Te extrañé.
Sentí mi cuerpo como gelatina, las piernas se me aflojaron y el corazón se me hizo un puño en el pecho. La apreté con más fuerza a mí.
Que no sea un sueño
Me sentí una intrusa al ver la imagen que tenía frente a mí. Me pareció completamente injusto que mi pequeña hija estuviera abriéndole el corazón al hombre que
la abandonó. Aquel que eligió no conocerla. Me rompía el corazón verla así. Absolutamente entregada a él. Brindándose pura y desinteresadamente a su padre. Un padre
que no la merecía. Que no había hecho más que despreciarla.
Pero me recordé que yo misma causé esto. Desde que estaba en mi vientre le hablaba de él. Hice que lo conociera y lo amara. La pequeña tenía un pequeño altar
al lado de su cama con fotos mías y de Jake. Para ella, él era una especie de héroe. Lo veneraba. Y yo era la única responsable de eso.
Cristina, quién hasta entonces había permanecido al margen de todo, se acercó a mí y apretó mi hombro cariñosamente, dándome las fuerzas que me faltaban.
—Ven Hope. Vayamos a buscar ese batido que tanto te gusta —dijo a la niña ofreciendo sus brazos. Pero ella se aferró con fuerza a las solapas de la chaqueta de
su padre.
—¡No! No quiero ir —respondió determinada.
—Ve cariño. Tu papá estará aquí esperándote —dije odiando las palabras que salían de mi boca.
—No me iré pequeña. Lo prometo —dijo él mirándola a los ojos. Se lo pensó unos segundos y finalmente asintió. Besó su mejilla con cariño y aceptó los brazos
de su Cris.
Le agradecí con la mirada a mi madrastra. Necesitaba un segundo para recomponerme.
—Tienes muchas cosas que explicarme —anunció Jake con una mirada de odio, cuando la niña se alejó.
—Ven —dije volviendo hacia la oficina.
Me senté y dejé caer la cabeza en mis manos y comencé a llorar con desesperación. Estaba tan al borde del colapso que necesitaba sacarlo de mí.
—Tranquilízate Becca. Respira hondo —dijo él tomando una gran bocanada de aire.
—¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué apareces 5 años después fingiendo que yo soy la mala de la película?
—Ya te lo dije, Candice me llamó y me dijo que te había visto en el parque con una niña pequeña que se parecía a mí. Tomé el primer vuelo de regreso y vine a
que me aclararas las cosas.
—¿Qué cambió? ¿Por qué de repente te interesa? —pregunté confusa.
—¿De qué hablas? Si yo hubiera sabido de su existencia…
—¿Si hubieras sabido? “No dejaré que arruines mi vida, mi carrera y la vida de esa criatura… lo mejor será terminar con el embarazo no deseado” —dije
recordándole sus propias palabras.
—¿De qué demonios hablas Becca?
—Eso me dijiste en tu carta. La única carta que respondiste en meses. Y solo dijiste que te olvide…
—Yo… ¿qué?… jamás escribí eso… nunca recibí ni una sola carta tuya. ¿Me estás tomando por idiota?
Pasé una mano por mi frente tratando de aclarar mis ideas. Si estaba actuando, se había convertido en un excelente actor digno de un Oscar. Pero su rostro lucía
tan sorprendido y desencajado que me hizo dudar de lo que yo decía.
—¡Diablos! Ya no tengo tu carta… la rompí hace años. Aun así, recuerdo cada maldita palabra.
—¡No escribí eso! Yo no sabía de ella… jamás recibí una sola respuesta tuya. Excepto la que decía que me abandonabas.
—Te escribí cada semana… hasta ese día.
—Becca, te lo juro por mi vida.
—Yo nunca te abandoné Jake. Fuiste tú.
—¡No! Espera —rebuscó en sus bolsillos y sacó un papel algo amarillento y arrugado y me lo entregó. Lo abrí y lo leí.
No podía creer lo que veía.
—Yo no escribí esto Jake. Jamás hubiera hecho algo así. Te hubiera esperado toda la vida. Te amaba

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