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Libro Llegare hasta ti – Andrea Pereira

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PDF Descargar en las aguas turbulentas. Un feroz sacudón arrojó a
todos al piso e hizo que una pierna de José se
enredara entre los vestigios de la red que se perdía
y comenzó a arrastrarlo con ella. La desesperación
del marinero alertó a los demás, los hombres se
pusieron de pie y se arrojaron sobre el compañero
aprisionado. Roberto lo jalaba de los hombros y
Miguelete intentaba desenredar la malla de sogas
de las piernas; para su sorpresa, fue mucho más
fácil izar la red que desenredarla, y con ayuda de
los otros dos hombres, que notaron lo mismo, la
levantaron con rapidez.
—¿Qué es esto? —preguntó Miguelete, alzando
la red para observar lo que estaba atrapado allí.
—Parece que hay algo bajo las algas —
respondió Roberto, dubitativamente.
—Sacadla —indicó José entusiasmado e hizo
un breve paréntesis en sus movimientos para hacer
una observación—. ¿Os habéis dado cuenta que el
mar se ha quedado quieto?
Los hombres miraron sobre la borda, la quietud
de las aguas parecía la representación de la calma,
todo era tranquilidad donde instantes atrás había
puro caos. Recuperados de la asombrosa muestra
de versatilidad marina, volvieron su atención
sobre el extraño bulto rescatado.
—¡Capitán! —gritó Roberto, girando hacia la
bitácora alta—. ¡Mirad esto! —urgió, señalando la
red.
Los hombres, sin ningún tipo de cuidado,
sacaron el envoltorio de algas de la red y la
apoyaron en el piso. Podía vislumbrarse debajo de
las envolventes plantas marinas una figura blanca,
no era grande, no medía más de medio metro
cuadrado y se apreciaba el blanco de los extremos.
Con rapidez, cortaron las algas y apareció la
escultura de un bello corcel blanco.
—No es vieja —determinó José, rascándose la
crecida barba blanca—. No tiene costras pegadas.
No vale nada —afirmó un tanto desilusionado,
sentimiento muy difícil de ver surgir en el curtido
pescador de sesenta y dos años; a su edad había
desarrollado un repelente natural ante las
decepciones, sin embargo, en esa ocasión, no
podía evitar que el sentimiento se colara en sus
palabras.
—No os apresuréis, hombre —indicó el
capitán, llegando hasta ellos. El mar parecía
dormido después del estallido de genio repentino y
fugaz, por eso bajó para ver lo izado por sus
hombres. Conocía de tesoros encontrados por los
pescadores y no dejaba de soñar que un día
también encontraría uno.
—Os digo que no vale el precio de la madera
con la que está hecho —insistió José.
—Mirad las inscripciones de la piedra
atrapada en las patas traseras, eso parece antiguo
—señaló Roberto.
—Está partida al medio —agregó Miguelete,
con la misma desilusión que José.
—De todos modos, la llevaremos a la tienda de
antigüedades —adujo el capitán, dando por
terminada la evaluación del corcel y las piedras
atrapadas en sus patas—. Puede que no sea
antigua, pero es una maldita porquería bella. Si al
menos vale el precio del combustible gastado el
día de hoy, estaré satisfecho y les daré su paga
aunque no tengamos carga.

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—¿No volveremos a echar la red, capitán? —
preguntó Roberto sorprendido.
—El mar está extraño, será mejor que
regresemos al puerto —determinó.
Capítulo I
Gijón, 2005
La oficina estaba alborotada, seis días no
laborables era un motivo de festejo. Al feriado de
Semana Santa se sumaban dos días de
inspecciones edilicias, en los cuales el personal
completo de la empresa no trabajaría para dejar a
los ingenieros y arquitectos actuar con comodidad.
Faltaba media hora para las cuatro de la tarde,
horario en el cual se retiraban los once empleados
que trabajaban en el cuarto piso donde funcionaba
el departamento comercial de una empresa de
cobertura social que ocupaba todo el edificio.
Después de una semana de mucha tensión y
negociados difíciles para llegar al alto objetivo
impuesto para ese mes, los empleados del área
comercial esperaban impacientes que se cumpliera
el horario para salir a hacer los últimos
preparativos del viaje.
Uno de los ejecutivos encargado de ese
departamento, dos semanas atrás, había instado a
sus empleados a cerrar el mes con un número
mayor de afiliados nuevos, tomando como
referencia los últimos doce meses, si cumplían el
objetivo, podrían navegar en su yate privado por
las azules y agitadas aguas del mar Cantábrico sin
tener que pagar por el viaje. Tal motivación dejó
un mes con un número inusual de nuevos
beneficiarios de la cobertura social SB.
—¿Has podido con la guardia vieja? —
preguntó el jefe a la ejecutiva de cuentas
encargada de convencer a los directivos de una
fábrica de Gijón que, en el pasado, se resistió
varias veces a cambiar su vigente empresa de
servicio social.
—¡Por supuesto! ¡Ya los tenemos! —exclamó
con una sonrisa radiante—, y van a incorporar diez
empleados la próxima semana.
—¡Enhorabuena! —la felicitó mientras la
empleada cerraba los legajos—. Doscientos
cuarenta y ocho —le notificó a la mujer que reía
satisfecha del número de nuevos beneficiarios que
sumó a la empresa de servicios en el mes.
—Mara, ¿qué pasó con el club? —preguntó a
otra.
—No los pude retener, el presidente ha dicho
que el club está a días de presentar la quiebra —
anunció con tristeza.
—Debes comenzar con las bajas. Cuarenta
socios menos para ti, Mara. El mes entrante
deberás salir a la calle a buscar reemplazos.
—Lo sé —afirmó nostálgica.
—Pues recargarás pilas en el viaje y la semana
próxima los conseguirás —propuso el jefe,
acariciando la mejilla de la rubia y presumida
Mara, que sonreía con coquetería y falso sonrojo.
Airan Bersé era el seductor y mujeriego jefe de
planta. Se ligó con casi todas las mujeres que

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trabajaban en la empresa, y Mara era la última
incorporación a aquella firma. Airan era apuesto,
con su cabello muy corto, casi rapado, solo se
dejaba una sombra oscura en el cuero cabelludo
que brillaba como el oro cuando a las diminutas
hebras le pasaba el rayo de sol que entraba por la
ventana. Grandes ojos, de un celeste cristalino,
coronados con bellas pestañas arqueadas, en una
cara esculpida por un ángel artista, y el cuerpo
propio de un jugador profesional de rugbi era la
fantasía erótica de las mujeres y la envidia de los
hombres que alababan la resistencia física del
titular del área que no descansaba en sus

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conquistas, tenía tiempo para losNo había tenido vedada la diversión durante el
año entero que duró su matrimonio, pero fue
discreto y cuidadoso, todos en la empresa
aseguraban que la conducta casi prolija que llevó
por todo un año fue para no soportar las críticas de
su padre, el dueño de la firma en la que todos
trabajaban, y no por respeto a su esposa, una
modelo que no podía dejar de ser parte de un
desfile de moda si éste pretendía ser prestigioso.
Moira Navi estudiaba los movimientos de su
jefe y sonreía, a ella le había hecho la misma corte
al ingresar a trabajar, pero en esas tierras había
fracasado y según las malas lenguas que no
tardaron en mantenerla al tanto de todos los
chismes, fue la segunda en rechazar al don Juan de
la oficina; la primera en darle la espalda y cerrarle
las puertas, literalmente, fue su esposa, tres años
atrás, cansada de las infidelidades. Moira
trabajaba en esa empresa desde hacía un poco más
de dos años y vio a cada una de las conquistas de
su jefe y solo sonreído cuando cada tantos meses
lo intentaba otra vez con ella.
Airan pasó revista de los logros y de los
escasos fracasos de los diez ejecutivos de cuentas
que estaban a su cargo y al finalizar, señaló que,
como en los tres meses anteriores, Moira fue quien
cerró con las mayores ventas mensuales y se
acercó para felicitarla.
—Estás convirtiéndote en la ejecutiva estrella
de esta oficina —la aduló Airan con una media
sonrisa. A pesar de resistirse, las palabras hacían
cosquillas en el estómago de Moira—. ¿Segura de
no querer embarcar con nosotros? Eres la invitada
de honor.
—Te agradezco, Airan, pero no puedo este fin
de semana. Es mi aniversario de noviazgo con
Santiago.
—Ese hombre lleva toda mi envidia sobre sus
espaldas, debe de pesarle mucho —señaló meloso
—. Si yo fuera él, ya te habría colocado hace
mucho tiempo un anillo en ese largo y bello dedo
que tienes —dijo, tomando las manos de Moira
para besarle la palma.
—No lo creo —rechazó las palabras y, con una
sonrisa, retiró sus manos de las de su jefe—. En
verdad, me hubiese gustado mucho realizar ese
viaje con vosotros, pero Santiago reservó los
pasajes para pasar el largo fin de semana en Ibiza.
—Sol, playa, desenfreno —dijo en voz alta, se
acercó más y le susurró en el oído—. Locura,
cuerpos desnudos, descontrol. ¿Por qué no lo has
comentado antes? Hubiera viajado a Ibiza
—Igualmente para ti —saludó Mara.
—¡Feliz aniversario! —participaron algunos
compañeros que superpusieron sus voces en el
saludo.
—¡Gracias a todos! —devolvió Moira,
levantando la mano para saludar a sus compañeros
y compañeras, que, como ella, se preparaban para
dejar el trabajo.
Airan seguía parado a su lado y la observaba
acomodar las cosas con las que trabajaba antes de
abandonar el lugar. Ella levantó la taza que estaba
en su escritorio, acomodó el teclado de la
computadora y el auricular que usaba para los
llamados. Cerró las conexiones telefónicas y luego
se enfrentó a él, solicitándole con la mirada
permiso para moverse.
—Si os arrepentís, partimos del puerto de
Gijón mañana a las seis de la mañana —informó,
renuente a perder la posibilidad de contar con
Moira en aquel viaje—. Sabes que puedes traer a
tu hombre si lo deseas.
—Lo agradezco, pero ya tenemos planes hechos
hace más de un mes.
—Pasadlo bien… a pesar de estar sin mí.
—No te quepa duda que lo haré. Tú también
diviértete con los chicos.
—¡No! Yo lo haré con las chicas, que los
cabrones se las arreglen solos.

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