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Llévame otra vez – Dora Santos

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ELISA
La primera amenaza, de muchas, fue al mes de empezar el tratamiento. Ese día, Elisa no llegó a tiempo a su cita. Había salido a correr al parque y se dio cuenta que
en el camino perdió las llaves de su casa. Revisó tres veces cada uno de sus bolsillos, volvió a recorrer la ruta, de nuevo buscó en su pantalón, otra vuelta al parque.
Media hora en encontrarlas. Tomó una ducha a toda velocidad y decidió irse en taxi en lugar de camión.

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Espero llegar, hoy más que nunca. Me urge contarle. Respiré profundo para tranquilizar mi corazón y recuperar el aliento. Abrí la puerta de su consultorio.
Solamente diez minutos de retraso. Sin verlo a los ojos le conté que la noche anterior hice arder un abrecartas y me quemé el antebrazo. Es la forma de hacer derretir las
estalactitas que invaden mi interior, que se encajan y me derrumban.
¿Cómo empezaste con eso? preguntó el Dr. Felgré.
De chica él me cuidaba y era cariñoso, yo era su amor. Me sentía protegida. Aunque a veces era brusco. Cuando estábamos juntos yo no podía controlar mi cuerpo.
La náusea no me dejaba, yo quería irme. Mis lágrimas se amontonaban en mis ojos, no lograban salir. Al mismo tiempo empezaba a sentir palpitaciones y humedad
entre las piernas. Me odiaba. Mi cabeza daba vueltas, el aire se agotaba y me dolía aquí, en el pecho. Aprendí que para ya no pensar ni sentir, simplemente me tenía que
castigar.
Elisa terminó de hablar. Sin expresión alguna el doctor giró su silla para quedar de frente a su escritorio. Del diccionario de medicinas eligió dos. Esto te va a ayudar a
controlarte, ya que entre tu imaginación y ansiedad te estás destruyendo, dijo mientras guardaba el libro. Elisa tomó las medicinas con la esperanza de destruir las
estalactitas de una vez por todas. No fue así; a la semana siguiente el frío la invadió. No sirvo, susurró mientras buscaba en la cajita su cúter, ni las medicinas me
ayudan. Estoy harta de ahogarme, de sentir el filo, el desgarro. Volvió a resguardarse, esta vez con una cortada en el hombro. Al reportárselo al doctor, la amenazó con
internarla la próxima vez que lo hiciera.
Felgré me sugirió varias estrategias para dejar esa parte de mi vida atrás y así asegurarme de no tener que hacerme daño. Dejé de comentárselo y logré no ver más a
Lucio. Me preocupaba mi vida amorosa, era un desastre, no había forma de relacionarme con los hombres si no había sexo. Después de meses de hablar y analizar el
punto, decidió cambiar de estrategia: tienes que hablar con él, cerrar el círculo, perdónense por lo que se hayan lastimado, perdonándote a ti por lo que hiciste, date un
chance de no ser perfecta.
Aún sabiendo que era fin de semana, le hablé al doctor. Estaba angustiada. La noche anterior me había visto con Lucio.
Llegué a la sesión con el psiquiatra media hora antes. Por ser sábado, el consultorio estaba cerrado. Caminé varias veces de un lado a otro de la cuadra. Como
consigna, leía las placas de los coches y todos los números de las casas, para no hacerle caso al pico que cada vez se me enterraba más. Vi al doctor abrir. Fue un error
haber pedido la cita. Tuve el impulso de esconderme detrás del árbol, pero el Dr. Felgré ya me había visto.
Me senté. Con la mirada avergonzada dije: de verdad traté. No fue fácil. Cité a Lucio en el parque. Nos sentamos en una banca. Me quitó un mechón que cubría el
ojo izquierdo, muy despacio. ¿De qué querías hablar? De nosotros, de chicos, no me queda claro. Fue muy amable, cariñoso. Me contó de una novela que le recordaba lo
guapa, inteligente, seductora que era yo, y que justo estaba en el cine. Le dije que no me interesaba mucho, que tenía tarea, que no me gustaba el cine. Nada. Cada
objeción me la rebatía. Eras y eres una chava encantadora, nos divertíamos mucho, te encantaban los juegos que hacíamos. Nunca dijiste no cuando te invitaba al cine,
ahora porqué, más aún que tú pediste verme. Fue muy insistente y yo me quedé sin fuerza y le dije que sí, y pues en el cine me besó y demás y me odié. Y lo peor es
que ahora que se lo cuento a usted, es horrible. No sé qué hacer con las palpitaciones que crecen y crecen. La náusea me marea. Ninguna de mis técnicas sirve, me da
miedo.
El doctor me sugiere ir al baño, dice que un poco de agua en mi cara ayudará. Me pongo de pie con trabajo. Entro y reviso que no haya algún tipo de cámara u
orificio por donde me puedan espiar. No traigo mi morral. Necesito algo, lo que sea. Busco en las dos gavetas que enmarcan el espejo. En la repisa más alta sobresale la
punta de una lima. Me estiro, y con un pequeño brinco la alcanzo. Perfecto, todo sirve. Me bajo el pantalón. Repetidamente rasguño el muslo derecho… ya puedo
respirar.
Llena de temor toca la puerta para entrar de regreso al despacho. La voz tajante del doctor resonó en las cuatro paredes del consultorio: habíamos quedado en que no
te pondrías en riesgo y eso implica no ponerte en situaciones difíciles con Lucio, te dije que únicamente platicaras, aclararas no re-actuarlas. Es hora de hablar con tus
papás. Ya son meses y meses de terapia para que sigas… ¿te has vuelto a hacer daño?… eso pensaba. Giró su silla hacia la derecha, se quedó con la vista fija en las ramas
del árbol que abarcaban casi toda la ventana. Concéntrate en el muslo, arde, eso es todo, si me concentro, las palabras fluyen, la vida fluye y el doctor no me puede hacer
nada. Buscando el orificio de su cueva por donde saliera su voz, con la mirada fija en el suelo se logró oír: no quiero que mis papás sepan. Felgré esperó a que alzara la
vista: No está en ti. Si sigues así, la única opción que me dejas para que no te hagas daño es el hospital. Tú lo sabes.
El día de la reunión, Elisa estaba sentada entre su madre y su padre, el psiquiatra enfrente. Fijó su mirada en la pluma fuente que giraba entre el dedo índice y anular
del doctor, e imaginó que caería de tal forma que la punta atravesaría su muslo y la sesión se daría por terminada. Volteó a ver a su madre pensando qué haría al ver la
mezcla de sangre y tinta brotar. Oír su voz la regresó: todavía no entiendo cuál es el riesgo que corre mi hija. El doctor les volvió a explicar que la semana anterior se
había hecho daño otra vez, que eso era una conducta enferma. Recalcó que dado que las medicinas no estaban funcionando, el problema podía acentuarse y poner en
peligro su vida.
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